Día Internacional de la Poesía

El lenguaje: Un barco personal

Escrito con motivo del Día Internacional de la Poesía

Los seres humanos no tenemos otro apoyo ni otro refugio más que el Lenguaje y el Amor. Nos vamos haciendo, crecemos y nos construimos a través de lo que pensamos, decimos y creamos como sistema individual y social. O tenemos que conformarnos con un molde ya hecho, lo cual es un fastidio, aunque parezca cómodo, o nos damos a la tarea de construir nuestra propia embarcación. Ahondar en el ser del lenguaje permite encontrar caminos y avizorar horizontes para encarar el peor de los males de este mundo de la postmodernidad: el vacío o la pérdida de sentido de todo lo que nos rodea y de nuestra propia existencia.

Uno de los libros que me acompañan en el viaje por estos rumbos, es Ontología del Lenguaje de Rafael Echeverría (Dolmen ediciones). Parece una exageración, pero identificar y ahondar en los actos lingüísticos básicos, tales como decir sí o no, las declaraciones, afirmaciones, juicios, ofrecimientos, peticiones y promesas, en fin, todo lo que expresamos y callamos a cada instante, puede ser vital para entender un poco más nuestro universo personal y desplazarnos del desconcierto a la comprensión.

Dicho de otra forma, no hay palabras inocentes que caigan en saco roto. Toda frase construye un mundo de significados y genera acciones constructivas, tiernas, respetuosas, adorables o perversas. Es preferible hablar menos y reflexionar más sobre lo que pensamos y decimos. Este ejercicio puede convertirse en un juego fascinante, en un verdadero placer, al menos para mí, que no pretendo sentar cátedra en estos menesteres. Ya la vida está muy enredada últimamente para pretender algo que vaya más allá de pensar apasionadamente en las cosas.

Hablemos de la poesía

Sin pretender ponernos a buscar imposibles definiciones, recuerdo a Octavio Paz cuando dice que el poema es una obra única, irrepetible, insustituible, es una unidad autosuficiente. El poema empieza y termina en él mismo. No es fácil poner a las palabras a decir lo que el poeta quiere que digan. El libera las palabras de la conversación, y vuelve a reunirlas en su condición de amigas, gracias a las frases: sonido-silencio, sonido-silencio y así.

Un poema que es un verdadero poema nos acelera el pulso. Puede hacernos sentir asombro, admiración, ternura, rabia, espanto, alegría, dolor. nostalgia. Pero jamás nos dejará indiferentes.

Todo lo que pensamos y sentimos, lo imaginario y lo real, puede ser transformado en poema. Una vez escrito, el poema es propiedad de quien lo haga suyo, no de quien lo escribió.

Berkeley dijo que el sabor de la manzana no está en la manzana, sino en el encuentro de la manzana con el paladar, así el ser del poema está en el encuentro entre el poema y el ser humano que lo lee o lo escucha. El poema sólo existe a medias cuando no es leído. Y cuando el poeta dice que a él no le importa si lo leen o no, me permito dudar de su sinceridad, porque no hay nada más gratificante que encontrar a alguien conmovido con un verso escrito por nosotros.

El poema es una confesión de fe: el poeta puede o no creer en Dios, puede amar la vida o aborrecerla, creer que el ser humano es bueno, o malo, o ambas cosas, no creer absolutamente en nada. Aun así, el poema es una confesión de fe.

El auténtico poema no es fruto de la inspiración. Se aprende a escribir, y es el fruto de una larga paciencia y de un intenso trabajo. Dice García Lorca:

«Si es que soy poeta por la gracia de Dios, o del demonio, también lo es que lo soy gracias a la técnica y al esfuerzo, y a saber de una manera absoluta, lo que es un poema.»

Concluyo estás líneas con una Anotación de Rafael Cadenas: «Un pueblo sin conciencia de la lengua termina repitiendo los slogans de los embaucadores, es decir, muere como pueblo».

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Eventos del 16 al 21 de marzo

16 al 21 de marzo de 2009 – Noticias

Lunes 16

Diálogo con Armando Rojas Guardia y presentación de su libro Patria y otros poemas, con la participación de Gabriela Kizer y Karina Wesolowski, en el marco de la 1 Semana Equinoccial
Lugar: Librería Liberarte, C. C. Los Chaguaramos, Los Chaguaramos / Hora: 5:00 pm

Martes 17

Presentación de Teoría poética, de Ludovico Silva, con palabras de presentación de Héctor Silva Michelena y Edda Armas, en el marco de la 1 Semana Equinoccial
Lugar: Librería El Buscón, Centro Comercial Paseo Las Mercedes, Las Mercedes / Hora: 7:00 pm

Miércoles 18

Entrega del V Premio Nacional del Libro de Venezuela, organizado por CENAL
Lugar: Celarg, Sala 1, Av. Luis Roche con 3ra Transversal, Altamira Norte / Hora: 7:00 pm

Presentación de la novela Bajo tierra (ganadora de la Bienal de Novela Adriano González León 2008), de Gustavo Valle, editada por Norma, con palabras de presentación de Rafael Castillo Zapata
Lugar: Espacios Abiertos Econoinvest, Av. Francisco de Miranda, torre Mene Grande, Los Palos Grandes / Hora: 7:30 pm

Jueves 19

Charla Edgar Allan Poe: el hombre de multitudes, a cargo de Atanasio Alegre, organizada por el Círculo de Escritores de Venezuela
Lugar: Sala Cabrujas, Cultura Chacao, Centro Comercial El Parque, Nível C-1, Av. Francisco de Miranda / Hora: 6:00 pm

Presentación de El nacimiento del lector y otros ensayos, de Víctor Bravo, y Apuntes sobre la decapitación y otros ensayos, de Andrés Levell, con palabras de Emeterio Gómez y los autores, en el marco de la 1 Semana Equinoccial
Lugar: Librería El Buscón, Centro Comercial Paseo Las Mercedes, Las Mercedes / Hora: 7:00 pm

Sábado 21

Encuentro y tertulia con Federico Vegas
Lugar: Librería Las Musas, Qta. Mitos, calle Coquivacoa, via carretera vieja de Baruta hacia urbanización El Peñón / Hora: 5:00 pm

Fiesta de la Joven Poesía Venezolana. Recital y presentación de la antología En obra, de Gina Saraceni, y de los poemarios: La respuesta de los techos, de Alexis Romero; La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos, de Adalber Salas; y Muralla intermedia, de Camila Ríos Armas, con música de Luis Enrique Belmonte y Enio Escauriza, coordinado por Willy McKey y Santiago Acosta, en ocasión del Equinoccio de primavera
Lugar: Librería Libroria, Calle Madrid con Trinidad, Qta. Trinidad, piso 2, Las Mercedes / Hora: 5:30 pm

Fuente: Ficción Breve Venezolana

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Taller de poesía y alquimia en la Sala Cabrujas de Los Palos Grandes

El Círculo de Escritores de Venezuela ofrecerá un Taller de Poesía y Alquimia a cargo de la escritora venezolana María Isabel Novillo que tendrá lugar el sábado 28 de marzo en la Sala Cabrujas de Los Palos Grandes, con el apoyo de Cultura Chacao.

Entre los temas que serán desarrollados durante el taller figuran: El metal y su virtud, Transmutación de la voz poética, Emblemas alquímicos en la literatura, La Unión Sagrada, El Rocío, El Jardín, El Sol, La Pureza, La Perla, El Nacimiento de la Primavera. María Isabel Novillo, poeta y docente en la Universidad de Los Andes, ha publicado diversos libros, entre los que se cuentan: «Poemas Peregrinos», «Metálica virtud», «El Caballero de la Isla», entre otros. Ha obtenido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales, como el Premio de Poesía Casa de la Cultura de Maracay (1992), Premio de Poesía Simón Darío Ramírez, de la Asociación de Escritores de Mérida (2004), Mención de Honor en el Concurso de Poesía del Ateneo de Escuque (1997).

El público tendrá la oportunidad de participar en el taller de poesía y alquimia que dictará esta destacada autora, el sábado 28 de marzo, de 9:00 a.m. a 12:00 p.m. y de 2:00 p.m. a 5:00 p.m., en la Sala Cabrujas, ubicada en la Avenida Francisco de Miranda con 3º Avenida de Los Palos Grandes, C.C. El Parque, nivel C-1. Las personas interesadas pueden solicitar información e inscribirse a través del correo electrónico: literaturayvida@yahoo.com.

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Charla de Edgar Allan Poe: el hombre de multitudes

El jueves 19 de marzo a las 6 de la tarde, está prevista una charla del escritor Atanasio Alegre sobre Edgar Allan Poe, el hombre de multitudes, en la Sala Cabrujas de Cultura Chacao. Una síntesis de la vida y obra de Poe fue escrita por Alegre y publicada en el Papel Literario de El Nacional el 28 de febrero de 2009.

Poe nació en 1809 y murió 40 años después. Además de poeta, narrador y ensayista, fue un extraordinario periodista literario. Su talento para la adaptación, su versatilidad e innovación lo condujeron a un creciente encuentro con el público. Sus relatos le han ubicado como una referencia inelubible en la historia de la literatura de Occidente.

Algunos de sus cuentos más conocidos son: Los crímenes de la Calle Morgue, La caída de la casa Usher, El gato negro, El escarabajo de oro. Se le conoce universalmente por el poema El cuervo (The raven).

* Atanasio Alegre es psicólogo clínico, novelista, ensayista, Vicepresidente del Círculo de Escritores de Venezuela y Director de la Revista ConcienciActiva 21.

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Tributo a Armando Rojas Guardia

Por Bernardo Infante Daboin

El lanzamiento de «Fuera de tiesto», selección y compilación que abarca textos de toda la poesía escrita por Armando Rojas Guardia, gracias al esfuerzo editorial de bid & co y EBUC (Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela), ha sido organizado como un Tributo al poeta, y tendrá lugar el próximo jueves 5 de marzo, a las 5:30 p.m., en el Foyer de la Biblioteca Central de la UCV.

El acto contará con la participación de tres poetas: Harry Almela, responsable de la selección y autor del estudio introductorio de «Fuera de tiesto»; Igor Barreto, que compartió con Rojas Guardia la experiencia de vida hermanada en la poesía y las intenciones y propósitos del grupo Tráfico en la década de los 80, y Patricia Guzmán, a quien el poeta le confiara puntualmente sus poemas, germen de sus libros, para su publicación en prensa, que esbozará, entretejiendo el testimonio desgranado de éste, el perfil humanísimo de Rojas Guardia.

Transcurridas tres décadas desde la aparición de «Del mismo amor ardiendo», el primero de sus ya casi veinte títulos publicados, entre poesía y ensayo, este poeta, nacido en Caracas en 1949, cuya infancia y juventud transcurrió en paisajes tan distantes y/o distintos como la República Checa, Haití, Nicaragua y Suiza, y sobre el que Juan Liscano afirmara que poseía «cierta santidad, cierta pureza insólita, cierta inocencia nómada, cierto júbilo inocente», no queda duda de que hoy merece que se le rinda Tributo como gesto de agradecimiento por haber enaltecido con la tesitura espiritual y emocional de su voz, la poesía contemporánea venezolana.

Bernardo Infante Daboín
bid & co. editor c.a.
Caracas, Venezuela

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El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha – Sonetos

El martes 10 de febrero en el Palacio de las Academias fue bautizado el libro El Ingenioso Hidalgo de la Mancha, Sonetos», escrito por el Dr. Juan Manuel Ramírez Pérez, con la presentación del Ex presidente de la República Dr. Ramón J. Velásquez, en el Salón de Sesiones de la Academia Venezolana de la Lengua, presidida por el Doctor Oscar Sambrano Urdaneta. El escritor Ramírez Pérez es Miembro Correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela, diplomático, poeta, novelista y ensayista nacido en Colombia.

Los sonetos de este libro son magistrales, invalorable aporte del poeta a la lengua castellana.

Carmen Cristina Wolf

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Gustavo Valle, Premio Bienal de Novela Adriano González León

Por Carmen Cristina Wolf

Felicitamos al escritor venezolano Gustavo Valle, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Este Premio fue creado en el año 2004, con al propósito de apoyar y difundir la obra de los novelistas de nuestro país y de rendir homenaje al escritor trujillano Adriano Ganzález León. El evento fue organizado por el PEN de Venezuela, el Grupo Editorial Norma y las Empresas Econoinvest.

Entre 38 obras originales recibidos bajo seudónimo, fue seleccionada de manera unánime la novela Bajo tierra. Se entregó a los periodistas convocados una sinopsis de la obra, escrita por Rafael Castillo Zapata, de la cual se transcriben unas líneas: …»El lenguaje desnudo y ligeramente coloquial, con un tono desenfadado y una articulación sintáctica serena, sin aspavientos metafóricos, sin excesiva imaginaria, pero con la suficiente destreza imaginativa como para crear situaciones verbales y figurativas impactantes y enternecedoras, hacen de esta novela un libro divertido e inteligente»… El relato se inicia con una catástrofe y concluye con otra, en unas inesperadas y jamás advertidas catacumbas caraqueñas.

El Círculo de Escritores de Venezuela agradece la convocatoria al acto público del veredicto, y felicita al escritor Gustavo Valle. «Hay mucha gente buscando a otra gente y eso se siente, de verdad que se siente». Así comienza la novela. En algún lugar recóndito del inconsciente los lectores esperábamos también esta historia.

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Alberto Enrique Urdaneta Fuenmayor

La Junta Directiva del Círculo de Escritores de Venezuela,
expresa sus más sentidas condolencias al escritor y amigo
Alejo Urdaneta Fuenmayor, integrante del Consejo Consultivo
de esta Asociación, por el fallecimiento de su
hermano Alberto Urdaneta Fuenmayor, e invitan al acto del sepelio
que se efectuará en el Cementerio del Este (La Guairita),
hoy 18 de febrero de 2009 a las 11:30 de la mañana.

Que el Padre Eterno lo reciba en su Amante Corazón.

El Señor es mi Pastor, nada me falta,
en verdes prados me hace reposar,
donde brota agua fresca me conduce,
me guía por senderos rectos por amor a su Nombre.

Aunque vaya por senderos muy oscuros
no temeré,
porque está junto a mí tu vara y tu cayado.

Habitaré en la casa de Yahvé
todos los días de mi vida.

Salmo 23

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Protagónicas, de Inés Muñoz Aguirre

Doce entrevistas a destacas mujeres como Marietta Santana, Isolda Salvatierra, María Gómez, Sonia Sgambatti, Caridad Canelón, Carmen Sofía Leoni; Raquel Castaños, Irene Pérez Schael; Corina Castro; María Eugenia Arria, Maria Elena Giusti y Gladis Parentelli forman parte del libro PROTAGÓNICAS, escrito por la dramaturgo y periodista Inés Muñoz Aguirre y publicado por la Fundación Polar en su colección Periodismo y Memoria.

PROTAGÓNICAS será presentado el martes 10 de febrero a las 7 de la noche en la librería El Buscón del Centro Cultural Trasnocho, en Paseo Las Mercedes. La presentación estará a cargo de Nelson Bocaranda, quien es el autor del prologo.

Inés Muñoz Aguirre, se ha destacado en su carrera periodística, la cual desempeña en calidad de asesora, siendo además editora de dos importantes medios especializados como lo son el Constructor Report y Publicarte, este ultimo dedicado al sector cultural donde ha realizado gran parte de su carrera como dramaturgo. Entre las obras publicadas de Inés Muñoz Aguirre se encuentran las piezas teatrales. Violaceo, Pasajero de un largo viaje, Tocados de Luna, Color Naranja, Satélite y no visión, así como el libro Ciudadano Dycvensa, ejemplo de inversión social, donde desarrolla el tema de la Responsabilidad Social Empresarial. PROTAGÓNICAS, publicado a mediados del 2008 da inicio, según palabras de su autora a la publicación de una serie de entrevistas que contribuyen a dejar testimonio sobre importantes momentos del país en diversos ámbitos y el aporte que han realizado destacadas mujeres al desarrollo de sectores de tanta importancia como la comunicación, la política, el espectáculo, el derecho, la gerencia, la ciencia, las artes plásticas, y el deporte. Es por ello que Muñoz Aguirre, anunciará el día de la presentación quienes serán sus próximas PROTAGÓNICAS.

Sobre este importante trabajo periodístico Nelson Bocaranda expresa:

» Hilvana, nuestra apreciada Inés, los sentimientos y las vivencias de las «Protagónicas» de este libro con la amabilidad de una poeta que deja que el periodismo fluya suavemente —pero con paciente y pertinaz olfato inquisitivo— para encontrarnos con los mundos interiores de estas doce mujeres, distintas y similares, únicas y grupales, santas y pecadoras, humanas y divinas. Poco a poco van confesando recónditos detalles de sus muy variadas existencias en testimonios que —a lo mejor— nunca antes habían exteriorizado para dejar constancia de sus logros en el trajín de sus vidas.

Cual obra teatral de la autora pasamos de una a una en actos y episodios disfrutando los cuentos vivenciales que van lanzando al aire página tras página. Una tras otra se van descubriendo ante nuestros ojos.» (Fragmento)

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Aprende a escribir un cuento

El Círculo de Escritores de Venezuela y Cultura Chacao anuncian la apertura del Taller:

«Aprende a escribir un cuento», que será dictado gratuitamente por Heberto Gamero Contín, Premio de Cuentos de El Nacional 2008.

Lugar: Sala Cabrujas, 3a Av de Los Palos Grandes con Av Francisco de Miranda, Torre El Parque, Nivel C-1
Fecha: 7, 14 21 y 28 de febrero (sábados), Ocho (8) horas en total.
Horario: 9 a 11 am. El día 14 será de 3 a 5 pm.

Interesados formalizar su inscripción por los teléfonos 0416 629 70 62; 0424 105 31 36
Cupo limitado

Agradecemos a los Miembros del Círculo dar publicidad a este Taller

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Prodigio, pródigo y prodigioso

Palabras sobre palabras

Por Francisco Javier Pérez

Si Alexander Ritter Alzamora Rumazo fuera sólo un prodigio, pues al día promedia los 14 años de edad y en nuestros tiempos no son frecuentes los niños poetas, esta situación sería motivo más que suficiente de atención. Pero, si a la condición de prodigio creador sumamos el carácter prodigioso de una escritura de sorprendente factura, nos encontramos pisando los terrenos inexplicables del gran arte. Estética asida a la reflexión filosófica de la realidad en seguimiento de la creación pictórica y poética, el niño poeta se impone a la glosa como una de las imágenes más persistentes de su escritura y, está claro, como una de las más queridas de la propia poesía: remedo virtuoso del mundo en la hechura defectuosa del lenguaje. «¿Qué sería de un pensamiento si no tuviera la gloria de las palabras?», se pregunta el pequeño poeta, permanente filósofo. Estas reflexiones y muchas otras surgen de la lectura de Fissures/Fisuras (Ediciones de la Embajada de México en Venezuela, 2007), cuarto libro de este niño poeta, heredero de una estirpe de maestros de la palabra (entre los que contamos a su abuela, Lupe Rumazo, y a su bisabuelo, Alfonso Rumazo González, los dos escritores y los dos maestros). Muestras anteriores han sido: Y pensar que las hojas del otoño estaban vivas en otro tiempo y La creación de la creación, publicaciones del Círculo de Escritores de Venezuela.

En Fisuras, el niño poeta confronta primero dos lenguas y sus poéticas, pues la obra está concebida, no como un mismo libro en francés y en español, sino como obra en dos partes en donde el mismo espíritu poético es recorrido en una lengua y en otra; una clara conciencia de que ninguna lengua sola basta para expresar lo que la poesía se impone más como filosofía del mundo que como estética de la palabra (un giro a la idea de Mallarmé, que pensaba sólo en las palabras del poema y no en los pensamientos del poema): «La filosofía es la ciencia/ de los pensamientos humanos/ o sea del gran bazar del espíritu».

Dedica a Rimbaud, otro prodigio niño y otro prodigio prodigioso, un texto para compartir su poética: «Tú, Arte/ Tú eres la expresión de nuestros espíritus/ Todo eso pasa/ por la evolución de la creación/ Tú transformas al humano/ con lo cual tú te transformas también/ Tú eres el caos representado,/ el caos humano/ Tú eres asimismo el reflejo/ del dolor de tu creador/ Puesto que tú eres él/ como él es tú». Piensa a Saint-Exupéry, como quien lo hace con la libertad, y le señala su clave de infantil eternidad: «Él se liberó de las cadenas humanas, él permaneció eternamente niño». Recuerda a Papá Goriot y le ofrece un poema sobre el egoísmo de los hombres. En el Panteón advierte sobre los grandes, sabiéndolos mortales cuando hombres, los hace inmortales cuando dioses: «Están acostados y reposan, pero son inmortales». Este niño poeta cree que los adioses nunca lo son, pues siempre vuelven los despedidos («El adiós nunca es adiós/ porque uno siempre vuelve»).

Saludo los cuatro versos que componen su nombre: «Alexander Ritter Alzamora Rumazo» y las cuatro iniciales de su rima y su sino: «arar». Símbolo de lo mejor de su poesía, nombres y letras de una semántica pródiga, de una lengua prodigio y de un arte prodigioso.

Publicado en El Nacional

Alexander Ritter es el escritor más joven del Círculo de Escritores de Venezuela

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Contar para vivirlo

Antonio López Ortega: Indio Desnudo

Por Carlos Pacheco

La toma inicial nos muestra un set de filmación y sus alrededores, tal vez en una terraza frente al Ávila, incluyendo las cámaras, los micrófonos, los soportes del decorado y hasta el director, guión en mano, impartiendo instrucciones desde su silla plegable. Hasta la ciudad se divisa. Te advierto, querido lector, que estoy valiéndome de una alegoría cinematográfica para comentar Indio desnudo, el nuevo volumen de relatos de Antonio López Ortega. Naturalmente, protagoniza el cuentista mismo, ejerciendo frente a su laptop su oficio de tramador de ficciones, pero también expresando sus reflexiones y comentarios metaficcionales sobre las historias que se esfuerza en narrar y sobre las estrategias que (tal vez) se lo permitan. La coprotagonista es sin duda la escritura, sus multifacéticas modalidades. La cámara, en efecto, se cierra por momentos sobre el acto de escribir, sobre su sentido y sus dificultades, sobre su capacidad de sanar las cuitas de quien escribe, de permitirle ver el mundo con mayor nitidez y de vislumbrar el sentido de eso que vemos, de las historias que contamos. Se escribe, se narra —parecen decirnos las historias mismas— para vivir más plenamente, para entender «cómo acaecen las cosas, cómo calzan y se convierten en sentido, […] para cambiar vidas y postular destinos» con total libertad, como dice el anónimo estudiante de Física de la USB y escritor experimental de «Conquista de Marte», uno de los relatos.

Sí, porque de hecho, en algunos cuentos, nuestra alegórica cámara tiene también la capacidad de ingresar en la escritura del cuentista y enfocar también a los protagonistas ficcionales que en ella van apareciendo. Los entes de ficción, sus entornos y la acción representada se hacen perceptibles entonces con aparente autonomía o distancia de quien narra. Un buen ejemplo es la pieza titulada «Ahogo». A través de su propia escritura, se nos muestra una joven tan afectada por la inesperada visita de la muerte que la ha dejado sola y sin sosiego que no tolera la indagación ajena sobre su súbita tragedia. El relato se produce entonces a contracorriente, como empujado por la propia negativa de la muchacha a escribir sobre lo que tanto le duele, porque siente su pérdida como «una línea de sangre, sí, que alguien ha escrito en mi cuerpo. ¿En la médula, en el vientre, en el pecho?» De la intensidad de este dolor de joven mujer sale una historia que logra justamente trascender la radical negativa con la que ella cierra este recuento, capaz de tan alta temperatura emocional: «Por eso esta historia no será de nadie».

También en otros relatos la cámara ficcional del autor de Ajena (2001) construye personajes femeninos muy convincentes. Esas voces y perspectivas de mujer, sean narradoras protagonistas o no, llaman la atención en «El origen de las especies», «La pulsera», «La copa en tus labios» y sobre todo «De guerrillas y animales», donde algunos de los fragmentos entrelazados corresponden a un guerrillera colombiana, reclutada aún niña, que lucha por tener y conservar a su hijo, y una secuestrada a quien usted, querido lector, podría muy bien llamar Ingrid, quien escribe una carta a su madre en el momento más desesperado.

Jardín Botánico de Caracas

En varios relatos, las tomas se alternan entre la historia narrada (sus personajes, sus incidencias) y el proceso de narrarlas (el cortazariano narrador bregando con sus dificultades). En «La pulsera», por ejemplo, se cuenta la muerte súbita y violenta de una adolescente en Los Corales durante el deslave de Vargas. Sin embargo, como confiesa el cuentista narrador «lo que tengo a la mano es una imagen de cierre, tan perturbadora como inadmisible». El relato consiste entonces es el proceso de desarrollar un cuento literario que corresponda a esa impactante imagen, clave del título, cuya razón de ser, naturalmente, permanecerá oculta al lector hasta pocas líneas antes de la conclusión. «Nunca he sabido cómo abordar este relato», es la queja del cuentista que abre el relato. Sin embargo, inmediatamente despliega los recursos de su repertorio de narrador y poco a poco va encontrando alternativas válidas. La medular es el personaje de Teresa, la vecina y amiga de la joven barrida por el lodazal, quien permanece atormentada por el desgarrador episodio, con su testimonio palpable en la pulsera y con el diario que —años después— termina escribiendo como antídoto a su angustia. Los fragmentos de ese diario tan ostensiblemente apócrifo alimentan sin embargo con gran eficiencia la verosimilitud de la pieza narrativa. En escasas seis páginas, se ofrece así un descarnado despliegue de los intríngulis de un proceso de construcción ficcional, mientras al mismo tiempo se entrega una historia verosímil que no pierde intensidad emocional alguna por dejar expuesta su construcción como cuento.

En varias piezas el lente enfoca de nuevo al cuentista mientras va narrando. Y ocurre que, en pleno ejercicio de ese género cada vez más popular llamado autoficción, se produce una serie de abiertas correspondencias entre ese narrador y el autor real. Nada que ver, naturalmente con algún impulso autobiográfico o memorialista. Más bien puede decirse que lúdicamente se construye un López Ortega de ficción, innominado pero tan reconocible en los relatos como Elías Pino Iturrieta, Carlos Leáñez, Benito Irady, José Peñín y otras figuras de nuestra escena cultural. Se trata de una apuesta persistente en la obra anterior de López Ortega, desde Calendario (1985), hasta Fractura y otros relatos (2006), que aquí adquiere una mayor variedad y refinamiento. Se trata, como dijimos alguna vez, de «una consciente voluntad de velar y revelar a la vez, en el propio texto, esa relación fantasmática entre el protagonista ficcional y su creador, en un juego de complicidades con el lector que forma parte en muchos textos de la letra gruesa del contrato de lectura.»

Los relatos donde este juego de autoficción es más visible e interesante son «Inmaculada» y «Verano asesino». En el primero el protagonista narrador, un directivo del Conac hacia el 2000, transforma muy creativamente los recuerdos de un congreso internacional de gestión cultural en Granada en la deliciosa intriga sobre un misterioso, ubicuo y multifacético personaje femenino que intriga y trastorna por turnos a los cuatro integrantes de la delegación venezolana.

En «Verano asesino», el López Ortega ficcional es un estudiante universitario. Por su relativa extensión, pero sobre todo por la complejidad y la profundidad de dimensiones que adquiere al final, es un relato con visos de noveleta. En sus extensos párrafos se van alternando dos historias muy distintas cuya relación y carácter, así como la autoría de la segunda sólo se revelan en el inesperado desenlace. La primera consiste en una estampa muy vívida del París experimentado por dos jóvenes becarios de Fundayacucho en la primera mitad de los ochenta. Uno de ellos, más ecuánime y consciente, asume la voz y perspectiva narrativas, pero la acción está más centrada en la inestabilidad sentimental y académica del otro, un «Carlucho» altísimo y delgado que para algunos lectores resultará perfectamente identificable con un referente real. Los antiguos compañeros de colegio comparten tanto el minúsculo apartamento como un inagotable apetito cinematográfico.

La segunda historia versa sobre un infanticidio al parecer muy polémico en la época, donde (también al parecer), luego de condenar a un inocente, la policía trata de probar la culpabilidad de la propia madre. Esta historia va siendo contada a través de la secuencia de fragmentos supuestamente escritos por un reportero, un psicoanalista, un cronista y un sociólogo. El magistral párrafo de cierre revela el verdadero carácter y la verdadera autoría de estos cuatro relatos fragmentarios. ¿Por qué alguien se había dado el trabajo de descomponer el monológico relato periodístico de los hechos del crimen para convertirlo en una polifonía ficcional, más acorde con la complejidad e irresolución de la realidad «real»? Esta pregunta sólo puede hacérsela cada lector en su debido momento. El relato le sirve los elementos en bandeja de plata, le entrega las pistas y en diferentes e irresueltas dimensiones pone de nuevo el dedo en la llaga de la perdurable disyuntiva entre lo «real» y lo «ficticio».

Uno de los protagonistas sobre los que la cámara ficcional logra una más acuciosa y comprehensiva penetración es el del relato que da título al volumen, un antropólogo de Corpovargas, mientras es detenido por días en la carretera de Osma por una grave avería de su camioneta. Durante el regreso con la grúa, a punto de ser barrido en plena ruta por el diluvio del 99, el gesto inexplicable de un campesino frente al frondoso «indio desnudo» pone a prueba toda racionalidad y todo cálculo pragmático.

También hay cuentos (como «El otro seno», «Las nubes», o «Palmas al cielo») en los que sorprende al lector que en cierta forma no pase nada, aunque en realidad es mucho lo que sucede en la interioridad del narrador. Su pensamiento, su recuerdo, su interpretación del acontecer es lo importante. Y entonces destaca uno de los valores verdaderamente memorables de estos cuentos: nos muestran que cada episodio de la vida (incluso de la propia vida), por banal o cotidiano que parezca, es narrable: está lleno de interés, de detalles elocuentes, lleno de significado para los ojos que saben observar. Un buen narrador es capaz de dotar a cualquier recodo aparentemente banal de la experiencia de narrabilidad, es decir no sólo de gracia y buena escritura, sino también de trascendencia y significación.

El nuevo libro de López Ortega hace honor así a las palabras de Guillermo Cabrera infante en el epígrafe: «Los cuentos son el contar. La narración es la aventura.» Porque Indio desnudo apuesta con arrojo por los poderes que sólo tiene la ficción de revelar la naturaleza profunda de la realidad. Tal vez el mayor aporte de las variadas historias que lo componen sea mostrar una vez más, a través de sabrosos relatos, la capacidad de la creatividad ficcional para ayudar tanto a quien escribe como a quien lee a percibir y comprender mejor las paradojas de su existencia. Y si volvemos para cerrar a la alegórica película que nos ha servido para trenzar este comentario, pareciera que ese cuentista que la protagoniza junto con su partner la escritura, no sólo viven para contar la vida, sino que la cuentan para mejor vivirla.

Publicado en el Papel Literario de El Nacional, el 25 de octubre de 2008.

Carlos Pacheco: Nació en Caracas, 1948. Investigador, ensayista, crítico literario y editor, obtuvo su doctorado en el King´s College de la Universidad de Londres bajo la dirección de William Rowe. Es Profesor Titular jubilado de la Universidad Simón Bolívar, donde ha sido Coordinador del Postgrado en Literatura, Decano de Estudios Generales y Decano de Estudios de Postgrado. Investigador, se dedica en particular al estudio de la narrativa latinoamericana contemporánea y la teoría de la narrativa.


La Carlota, Caracas 1953

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Edda Armas: Armadura de piedra

Por Alberto Hernández

¿Qué piedra define este libro de Edda Armas? ¿Qué dolor encajado libera de tiempo lo dicho en estas páginas, y más cuando al final, donde el aliento encuentra retirada, leemos que están dedicadas a los caídos? ¿Cuántos fueron los que propiciaron estos poemas, estas desgarraduras, este país vertido en imágenes, en sonidos duros, perceptibles? ¿Bastó un solo alarido de la calle, un estrecho margen entre la vida y la muerte para que se entrecortaran las horas?

Para este lector ruidoso que muere a diario, Armadura de piedra es una punzada, el «grito de los que sobreviven», «un aullido de lobo circundado». Y así, con el mismo sobresalto del primer poema, concito el momento —las ruedas del reloj— en medio de una multitud desaforada. «Volverán.// Ahora son fantasmas, seres/ inanimados, nombres apenas.// La historia los destruye/ les quema las alas/ van con el alma desprovista/ en la orfandad de una vigilia/ encadenada sin día ni noche.// El insomne puede invocarlos/ igual los sueña, ellos acuden».

La maldición de Whitman nos perturba, nos lacera. Nos hace primera persona individual, solitaria. El epígrafe rompe el silencio. En otros tiempos, otros libros, la poeta desencajó en breves sonidos esa manera de ausencia, como pudo haberlo dicho Alfredo Chacón de En roto todo silencio. Esta vez, más allá de cualquier nostalgia, está un paisaje roto, una intemperie humana brutalmente transgredida.

II

La conmoción revisa a quien lee en voz baja, en voz hacia las vísceras. Pronuncio quedo el texto y soy el poema, el temblor de Edda Armas, esta crónica sigilosa: «Aquí, ahora/ somos esta circunstancia/ este cielo eclipsado/ este olvido de lo humano// una inexactitud en el dolor/ que nos aflige sin retorno». ¿Quién se atrevería a preguntar por estaciones, por miedos, por esta circunstancia? Sin ánimo de querer dibujar la realidad, leo los días y los meses, ya los años de esta circunstancia, de este escándalo en la sangre, de este dolor clavado en alguna parte del silencio: el alma que nos queda, algo que cuelga en el adentro y nos disipa. La redondez de este libro está en la agitación que provoca en quien lo visita. Una vez de pie, otra sentado, el mundo, lo que nos sobra de él, pasa frente a nosotros, a este yo enjuto, atrapado en estos textos tan nacionales como espirituales, dolorosos.

Confieso que he muerto con este libro. Confieso que no atiendo a ninguna sugerencia crítica, manoseadamente literaria. Confieso que me duelen estas páginas. Me arden en los ojos «con la cabeza abierta». Miro por la ventana y susurro rabia. El árbol de mi jardín de todos guarda el secreto de un llanto frente a los edificios vecinos. ¿Qué piedra entonces nos aguarda con su armadura, qué dedos de alfileres para despertar?

III

«Somos espejos fraguados de muchas despedidas.// El suelo que pisamos hoy/ confirma la premonición que era sueño ayer.// Llegó el hombre accionando la palabra guerra.// Náusea demencial. Disputa eterna, trono del Rey». Una imagen repetida nos desnuda. La voz del pasado, el encanto de las palabras del padre, el país que fue, todo hecho sombra, delirio, convulsión. Armados con «la daga en el bolsillo», el dolor nos asalta. El poema, hecho «sonido y furia», destroza la tranquilidad: «¿Dónde un trozo de tierra sin violencia?».

En este instante adquieren fuerza las Conversaciones de Whitman: «¡Dios maldiga las guerras, todas¡».

Una larga lista de sonidos nos sumerge en el dolor que los poemas dejan en la blancura de las páginas, constantes que prefiguran el recorrido inventado por la realidad. «Cortado/ ante la jauría», «la ausencia quema», «una fatalidad», «Uno ora», «Solos, «La locura preserva el poder», «lo cruel», «Es amargo y es camino», «Dolor extremo», «precariedad, devastación, vacío», «Duele la llaga». Un compendio que refracta el exilio hacia el lugar menos advertido.

En este riesgo verbal, nuestra poeta se aleja de los libros anteriores. En éste expone la vida, toda su sensibilidad. Con este trabajo Edda nos tensa por completo. Nos lastima desde la lastimadura de las imágenes: «Duele la llaga, la marca, la verdad que esperamos./ La paz que ninguna civilización alcanza./ Sé que te irás por la única ventana/ que abre y cierra a voluntad».

Quien lee continúa aturdido, fajado con estos poemas ásperos, hermosamente lacerantes.

¿Cuántas piedras nos cubrirán? ¿Cuántas caídas debemos evitar?

Alberto Hernández
Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Tiene un postgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999). Reside en Maracay, estado Aragua, Venezuela, donde dirige el suplemento cultural Contenido, que circula en el diario El Periodiquito.

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Edgar Vidaurre Miranda: La fugitiva noche en tálamo de montaña

Por Milagro Haack

«Tus palabras mudas se encuentran con las mías en una ceremonia
que no alumbran las lámparas»
Rabindranath Tagore.

Nos quedamos muchas veces dormidos en lejanas tierras a nuestra raíz madre, dueña y sierva del íntimo espejo que nunca miramos, anhelando tomar el espirituoso sorbo de su aliento firme, palpando entonces, apenas, el santo olor de los lirios, vuelto espinoso ramaje, por un olvido del cardinal primogénito juntando moradores enraizados a lo siempre amoroso, «esa sustancia del mundo, ¿cómo traerlo a nuestras manos?»

Sin embargo, su voz habita en lo profundo sobre propias calmosas aguas, donde comienza este navego de Edgar Vidaurre, «Conjurada por la flor de sal», sintiendo su más alto rocío, abriendo su concurrido diálogo con solas voces, escondidas dentro del descarnado goteo fluyendo entre lo sublime y lo mundano por su inquebrantable memoria: «Vino como si fuese una fiebre, con ese cuerpo, esa mirada. Cuando yo cerraba los ojos, ella abría la tierra y el eco de su perfume brotaba de su boca». Latente sacrificio que va atravesando una fértil soledad impuesta, un alma reconociendo a la voz entre búsquedas de la sal de aposentos, introduciéndose en el sueño mar del poeta, para volcarnos desde su primer conjuro, lo hospedado del llamando, de la que se omite, la que nunca esperamos ser alado remolino seducido por su arco lunar. Collar,»sobre los campos donde la tierra se hace trasparente, ella también.»

Cosiendo, términos y comienzos sobre las consagradas hebras de la vida, indicando un solo cauce norte de su cultivado río. -Ella-, como ese penetrante oleaje, acaricia lo aceitoso de saberse viva y reclama su sacerdocio a la fugitiva noche en tálamo de montaña, tejiendo del sentado día, igual destejiendo de la poblada sombra, abanicados rituales, nutriéndose a través del cortejado misionero visitante: «Le dije entonces que se durmiera, que no susurrara más el nombre por el que me llamaba ni la agonía presentida detrás de las ventanas».

Frases, amaneciendo en el costado temor al responderle el poeta entre la negación al intervenido encuentro, que se anuda a la otra visión del intercambio, como si uno mismo respondiese las presagiadas frases que vendrán del otro: misma otra, siendo una sola voz en penumbra con el acierto aliento de la repuesta dada mediante el diálogo, con un ánima despertando de la ausencia, al no ser sentida en su esplendoroso reclamo, de no ser amada con la mixtura de sus inclinados atardeceres, bajo la jugosa alfombra de la azul dualidad, necesaria para su develamiento amando sola esponsales, visual por tierra: «Esa otra claridad, que pertenece a la noche, tiene el color de la piel del corazón, donde todos los hombres dormidos se parecen. Sin embargo, ellos desperdician su pobreza a plena luz del día. Y aún a plena luz, bajo el agobio de la sed, como un ser mirífico que otorga su cuerpo desnudo y espléndido, mi amada pobreza espera la mirada.»

Sólo así, en su desnuda pobreza, -ella- va, sobre estos entredichos pasos de Vidaurre, conversando con él -su dormido amante-; el cual, -el poeta- «como si él mismo fuera la boca del verano amado por aquella muchacha malva» que, espera verlo tan dual como ella, la ya confesada -amante- dentro de sus cubiertas aguas tratando de vivirla, de compartida, mientras, la naturaleza le pide ser lazo sin la intervención de lo humano: «Esa mujer que se parece tanto a la tierra. Esa mujer que fuera mi última morada»

Lo colectivo de este recorrido arrecife del religioso poeta, se presenta bajo la sorpresa de diferentes complejos mantos, y traslúcido germina la señal de múltiples arquetipos: desde un pretendiente a un pretendido deseo de intercalar otros ámbitos donde la sombra de una unión esta barajado en nuestro centro interno. Edgar Vidaurre, lo descalza, con regresos a las amantadas redes, igual cobijo en manos dadoras de vida: Vasija reflejo que lo moldea, bebiendo de sus palabras con una abrazada sutileza, a su ella, a todas sus ellas, anudándola, luego, cruzando mensajes con la propia ausencia de él, -el amante- cuando la encuentra muy dentro del calado velo, desplegándose, sobre el salino aire refugiado en su recibimiento: «Pero era el aliento quien arrastraba nuestras almas al lugar que nunca mencionamos». Transitorio desvelo, anunciando el cercado en confinada frontera, apreciándola ya raíz de su árbol, siendo, agua, la noche donde el portavoz femenino baja al fondo mismo de las entretelas -del poeta- con un dolo incrustado, «Ahora la lloramos en la orilla, despojados del beso del Sur, que da a las pobres bocas el sabor de la sal. Bocas del dolor, abiertas al rastro de su perfume, que apenas podemos soportar.»

Vidaurre, nos va hilando hacia la búsqueda, esposado al vigilante verbo de una ella, -la amante- con trajes de otras diferentes peticiones, por donde busca a su él, – el amado- desangrado desde el primer encuentro por el poeta, dándole lo peregrino a lo femenino, cuando reinstala su morada, siguiéndola, por los atormentados caminos, llevándolo al parejo olvido. Al mismo tiempo, la recuerda protegiendo la resguardada noche en tálamo de montaña: lugar donde se le presenta la encrucijada, vistiéndose, una vez más con el místico atuendo de enamorado:»Envuelto por dos jóvenes, la mujer del Oriente que señala el pecho con su mano izquierda. La otra de cabellos azulados, más severa, toca levemente su hombro derecho, señalando hacia la tierra.»

Fugitivo intervalo, -del amante- entre distancias, que a lo largo nos van encaminando hacia esa multiplicidad de tonos «azulados», envolviendo de salina agua la tierra, la presencia continua de una creadora, dadora: Sólo anuncio de la madre-amante, que sostiene al poeta, hechizado por la palabra. Misma feminidad buscando los trasfondos, los oscuros trasfondos a un lado del camino, girando hacia una pertenencia de voces que se cruzan mediante un sigilo de temple poético: «¿Cómo habitar las aguas? Un hombre que respira desiertos soporta el agobio en la incesante fugacidad de las aguas.»

El deseo de lo concebido por atávicos designios, cruzando cultos de amplia sonoridad en alianza con los hombres al percibir su denso movimiento frente a la mar: «El silencio también es una pasión, inmensamente abierta. Una boca roja abierta de aflicción. Es el aliento de este mundo, la soledad del grano que no muera», a la vista del nervudo oleaje que se mezcla con la estacional orilla, imagen poética de su solo universo. Mientras, las verdades voceadas por el viento adivinan el muelle precipitando las barreras de lo humano: santiamén donde pueden verse a pleno mediodía, el desdoblamiento en los pensamientos del poeta, anhelando luminarias honduras al darse la mano una ola con la otra, saludándolo todo, con ese noble espíritu que las rodea y comienza a mover, otras subterráneas aguas dejando la sal para el cubrimiento del alimento, ámbito de la poesía alma que lo acompaña: «Ahora un ángel negro sin pudor despierta nuestra pena y la mantiene quieta, como suspendida en el aire.»

Muchas veces, -el poeta- se detiene junto al fragmentado canto dejando que el poniente lleve el cauce, leyendo un afín espacio, rodeándonos, pidiendo solo escuchas, lo sensible de mirarse en lo quebradizo de la amalgama noche: «Próximo al misterio, cierto no poder descifrarlo, su cercanía empavorece. Aun así, yo arrojo mi canto hacia una montaña oscura.» Edgar Vidaurre, la transita a espaldas del lado fibroso viento, agrupando traspapelados diálogos, intercalando ritmos dentro de sus castañuelas. Igualando lo bajo de la amatoria niebla, sin desatender el paso del pañuelo por las tres cuerdas, encontrándose con lo ya escrito: «Yo te veía desde la otra orilla oscura, esperándome, dueña de otro anhelo. Anhelo de un mundo sin forma. Esto éramos nosotros, y lo llamábamos sed.» Solitario oleaje reflexivo, de Vidaurre, quedándose en lo nocturno, al caer el silencio para recoger ángeles desplegando el círculo relámpago, mientras la voz se oculta tras las hojas de un bajar cortinas, diciéndonos,»Mas ahora, yo la nombro. Con mi mano, donde el alma áspera del mando se hace redonda como un fruto.»

Edgar Vidaurre, continua por sus claros senderos, mostrando convividos escritos, más la búsqueda se ata a su mismo cordero, apreciando el término sacrificio: «Yo le ataba una cinta de sangre en la muñeca como otorgándole mi propia salvación.» El ritualismo se ancla en el aroma amoroso de un imposible roce de materia, aún presentándonos, la sémola dando alimento a los nacientes espíritus, a los seres que volviendo su mirada se encuentran ya en el precipicio de una esperanza: «Y seguirán siendo los tiempos del amor, aunque nos cueste separarnos de ti, para morir tras un deseo impermanente, entre las huellas del verano y esta tierra que nos alumbra y nos sostiene. Esta tierra que ha sido siempre nuestra madre.» El retorno a la raíz, la madre por tierra, la dadora, símbolo de lo armónico inmortal, presenciado desde el inicio, siendo siempre escudo fuego del hijo en altares de su deseo natural; principio del dejarse ir hacia la muerte como sabia ceremonia de aquello imprevisible, impalpable, para la mirada. Más, para el aliento interno, se aloja cual espina desde una misma ráfaga del instante por el inmaterial llamado, marcándolo -el poeta- otros pasos sobre su mismo cielo: «A pesar del imposible retorno, su ceniza sigue copulando lenta y oscuramente a través de la tierra, con la rama que la dejó caer.»

Los diferentes amores en su complejidad se van dando, bebiendo la sutil parábola, insistente en el diálogo cargado de lo simbólico privativo del poeta Vidaurre, realzando a la mujer dadora, la recibidora, la hermana pronunciando su llegada: «Ella sirvió a mi madre cuando yo vine al mundo». Abrigando otro enraizado velo de emisaria presencia: el mito de la hermana-madre. Rehaciendo cada vez más el germen rastro, hacia la luz del amor ya terrenal. Sin embargo, sigue siendo parte de su gemela alma. Su Artemis que no existe en los campos que él recorre. Sólo la sabe, la reconoce sobre la fresca hierba, entrando con su otra alma: «Esa mujer silenciosa en el balcón no es la flor oscura que contiene en las ramas la eternidad de un ave.» Parentesco espejo, de una multiplicidad dentro del despliego claro del poeta, rozando el sentir lo intuitivo femenino mediante la naturaleza; misma portadora y regeneradora de vida, «con el gesto de las cosas que se vuelven fugitivas y sus ojos cerrados que suplican No, todavía no. Lejos del centro. Del único lugar donde el alma no nos hace sombra.» Reconciliación de las médulas, más en el alma hay un torbellino, de cuál será la estacionaria sangre corriendo por las venas con su saliente pálpito silencio: su indivisa -ella-, poseyendo, «la eternidad de un ave», bajando de su cobijo universo, a la que no pretende quedarse con ser, sólo un leve instante, intrínseco al lado de este peregrino cortejo.

Entre tanto, los buenos piensos caen sintiendo -el poeta- lo más cercano, pulsando en el vacío, al -amado-amante-, de su etérea estancia, haciéndolo parte real de un punteo traspasar hojas por la orillada luz de tantas susurradas puertas. Vidaurre, lo materializa con el suave monasterio de su palabra y no se pierde dándonos otro paso al ojeo de un buscado escrito: «Recordé entonces los versos de un viejo poeta que decía Después que la rosa hubo de entregarse al sol y marchitarse, el viento heredó polvareda de oro. La tierra dijo de sus ruinas: He aquí mi canto, que ha regresado a mí…» La purificación ceremonial a través del diálogo escrito, origina los amanecidos signos orientados al realce del destinado cimiento, y siendo parte de sus aguas, le reclama sólo un testigo sacrificio para la veneración del encuentro: Amor dormido bajo su misterioso atuendo religioso.

El poeta, atiende su respirada carne entregándole su doblez en miramiento a los sobresalientes espacios no ojeados en el atajado eclipse de cuarto creciente con diluvio festejo: «Él me ha regalado una de sus flores invisibles y hela aquí sobre mi boca, apenas vislumbrada, todavía no amada.» Fugitivo, todo concluye, para -el amado-, su -amante-tierra, su madre-tierra, le ofrece retornar a la vida, abriéndose otro mojado cielo, al primogénito penetrante bálsamo, refugiando los impalpables latidos de tantas eludidas albas. Sus albas, en nombre de «un hombre con la pupila roja espera su regreso del Este. Se ha entregado a ella. Ese vínculo con la brisa. Esa rama interna que se vuelve cuerpo fugitivo.» Y entre los estruendos, brota al fin ese secreto comunicado solitario de una sola lírica visita: «No es un juego de inocencia esta visión, este viaje. Ahora estoy seguro de que era la senda inicial de los buscadores.»

Los pasos sobre este medio espejo de Vidaurre, son de un redoble campaneo entre su caminar y el paseo por los altos mares, amado por lo callado de su verbo, que emanando, «sin tocar el suelo, después de haberla amado, la estoy contemplando.» Acariciándolo en lo profundo de su vigilada aguja, que atando al sabio templo de Dios, lo seduce hacia el mismo tornadizo vivero de mortal montura: «Debía decirle que estaba cansado, que la sed de formas era sólo eso, sed. Que parecía no existir, que su imagen en mi sueño se derrumbaba. Pero el canto se fue volviendo montaña». Atendiendo ese otro llamado, -del poeta-, se va por sus montañas, y su muerte en vísperas amatorias con semblantes de mismo canto -del amante-, juntando todos los aislados silencios, fluyen, hablan sobre la vida dejando espacios. Alimentan lo verdadero de un pasado pálpito. «Y digo esto porque, al finalizar la estación, los pájaros ignoran la ausencia del milagro en flor que nos supone la muerte.» Encontrando el inmortal lago donde recostar la mirada, del amante-amado, que a su vez, palpa la fascinación íntima de Dionisio y Narciso por las aguas, recreando por acaso, su legado por amarle tanto dentro de sus cañas en soplo de aguas.

Edgar, nos marca estos encuentros, entra por los iguales pasillos-ventanas, ya sin sus descansos enlaces, se revela como un dios, entre las pausas, allí, donde -el poeta- le abre su risco en nube muy dentro: «Era la fuerza, esa fuerza que nos trae de una sola vez el fruto, y luego otra luz que no conoce, y el amado silencio» que cierra esta muy permanente y pobladora puerta. Entonces, retorna a su palabra y encuentra a un tan ataviado -amante- de la tierra, perdiéndose entre el relámpago y el suelto viento, bajando por su íntimo líquido afecto, pero: «¿Ves esta espina? Ahora ya no hay hombre sino herida, por eso no me has reconocido.» Quizá, los tormentos de aves cruzaron el mismo cielo, pero ella, su interna -amante-, florece, custodiando el enlutado y largo manto arropando sólo el cuerpo. Más, sus desnudos pies desvisten el inevitable viaje, tanteando ya la muerte de su -amado- por estar al otro lado de su costilla, desierto, esperándole: «No la busques más en lo leve, que sólo tu deseo brilla, como una joya en el aire. Si quieres saber, ella, sigue viva bajo el dolor innombrable, amarga, amarga.» Pareciera decirle el poeta al amante de su amada.

Renuevos embarazos, escuchando salamandras en viva sombra, cautivada por los parajes por donde se sumerge Vidaurre: místicos paisajes de su igual amorosa alga, «Yo soy, yo soy tú mismo.» Mágica inocencia, con este llamado, atándolo por un siempre amén al crecido santo lago, vistiéndolo con otro siempre amén al monumento espumoso rocío su medio cuerpo, cosiendo su flecha hacia la devota luz, sin percatarse que en su lineal triángulo poseía todo el infinito, incrustándolo al único de suyo-ella- corazón. Y bajando por lo muy profundo de sus búsquedas, que se han cantado por milenios hasta encontrarse con las idénticas miradas del nativo verano, cruzando nuevamente el arrecife, juntando una vez más, el cruce de la fugitiva noche en tálamo de montaña, entre dichos de cantares bíblicos, como, «reprochando algo, a la fugitiva… luz.»

Estremecimiento, fue ese sentido escalofrío: «Ahora cuando sé que no hay fuego semejante al deseo. Que no existe río parecido a esta sed.» Sólo en ese ahora, entrevé -el poeta-, la forma de lo ilusorio que no retorna. Y, su portavoz, -el amado- amante- manando por el encuentro de Vidaurre, se fue de lo profundo, hacia el destello de lo femenino, con este solitario testimonio, cual pájaro en picada de vuelo. Clavándosele en la pupila ya cerrando su último aliento. Quitándole lo libre de pertenecer al viento, y cantarlo a lo íntimo del santo lago, para concebir la unión del agua entrando por sus aguas. Devolviéndonos, Vidaurre, a -la amante-, como ofrenda, sólo la envoltura de mirarla a través del meditado espejo para: «Retornar a ese silencio que había antes de la creación.»

Madre-amante, igual constelación de su amada-desamor. Espejo, ya mistificado, donde, él -poeta- reclama a sus ellas, sobre su recién recinto desvelo. Igual, aquél que envuelvo en tibias sábanas, el Ulises logrando entrar al templo de las espigadas rosas que tanto añora lo femenino de su nombre. Afín, -ella-, la fugitiva de Vidaurre, duerme al lado de la madre, entre sus aguas con sus mismos atavíos. «Yo soy esa flor, soy mi deseo, que sólo existe en ella, sólo por ella.» Porque él o ella son lo infinito de todo sonido entre monjes silencios. Y algún día ese quién buscado estará bajo todos los siglos, mientras brille lo rojo en espina que espolear vuestras manos, muy señora dominando su entera fugitiva alma: «Ahora que has retirado tu velo. En la sombra donde mi sed confluye con las aguas.» Sortilegio recibimiento al final del recorrido, concediendo entreverla en su silvestre fugacidad el poeta Vidaurre a través de su única «rosa malva», su más íntima -amante-: la poesía.

Mis saludos, sencillamente gracias
Milagro Haack.
Amanecer del día, 14 de mayo de 2001

Milagro Haack, poeta, ensayista, editora, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela

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Carlos Pacheco: Nuevo integrante del Círculo de Escritores de Venezuela

Es un privilegio para el CEV, contar con la Membresía del escritor Carlos Pacheco

Nació en Caracas, 1948. Investigador, ensayista, crítico literario y editor, obtuvo su doctorado en el King´s College de la Universidad de Londres bajo la dirección de William Rowe. Es Profesor Titular jubilado de la Universidad Simón Bolívar, donde ha sido Coordinador del Postgrado en Literatura, Decano de Estudios Generales y Decano de Estudios de Postgrado. Investigador nivel III del PPI, se dedica en particular al estudio de la narrativa latinoamericana contemporánea y la teoría de la narrativa.

Ha sido profesor invitado en Brown University (Providence, RI), la Universidad de Salamanca, Rice University (Houston) y la Universidad de Cincinnati. Ha sido Jurado del Premio «Rómulo Gallegos» y del Premio Pegasus de Novela, entre otros. Además de numerosos artículos y ensayos publicados en revistas de la especialidad, es autor de Narrativa de la dictadura y crítica literaria (1986); La comarca oral (1992); Del cuento y sus alrededores (1993 y 1997), con Luis Barrera Linares, y La patria y el parricidio (2001); editor de Alfonso Reyes: la vida de la literatura (Alcante 1992), coordinador, con Luz Marina Rivas, de Novelar contra el olvido, revista Estudios (2001) y coordinador, con Luis Barrera Linares y Beatriz González Stephan, de Nación y Literatura. Itinerarios de la palabra escrita en Venezuela (2006).

Su trabajo ha merecido el Premio de Investigación «Andrés Bello» (1982), el Premio de Crítica «Rafael Barret», Oklahoma State University (1985) y el Premio USB a la Destacada Labor Docente 1996. Desde 2000, es Honorary Research Fellow de la Universidad de Londres. En julio 2008 fue electo Individuo de Número de la Academis Venezolana de la Lengua. Actualmente dirige la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar.

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