Beatriz Alicia García

LA MUSICALIDAD LORQUIANA

Por Beatriz Alicia García

 

A Nazario Fernández

Escribo estas líneas en la Granada natal de Federico García Lorca, me lleno de esos paisajes que vieron sus ojos, esa música que creció escuchando, la algazara de su Andalucía. Escribo con todo lo que pude encontrar en mi memoria que me acercara a Federico. Por ejemplo, los ojillos cansados de Antonio Canales después de su última función en el Teatro Teresa Carreño hace algunos años. Su duende maravilloso que desplegó alas en sus Bernarda Alba y Guernica. Nunca había visto algo igual sobre un escenario. También he traído esa forma de hablar de mi amigo andaluz, Nazario. La memoria me ha traído también dos ojos como dos puñales, los ojos de Paco de Lucía, mirándome una tarde, también en el Teresa Carreño, cuando iba camino a una presentación de su disco «Soroco». Nunca olvidaré esa mirada. Por cosas así amaba a Andalucía sin conocerla. Pero sobre todo por Lorca, por Federico García Lorca.

Hacerle pases a la muerte, como hace el torero en la arena, y el artista verdaderamente comprometido, es una «faena» que se las trae, un riesgo que pocos asumen, como lo hizo Lorca. Y el fin final que lo encontró una tarde infame no hizo más que confirmar un destino tan ligado al corazón de España, en el que sangre, pasión y muerte siempre se han hermanado. En ningún país de Europa se postergó tanto la Edad Media, afecta a la pasión y muerte de nuestro Señor, y también a las desbordadas pasiones más bien terrenales.

A mí Lorca me entró por el oído, los primeros versos que debí escuchar o leer debieron de ser sin duda los de Romancero Gitano, lo más conocido de la poesía lorquiana, lo más musical y contagioso. El Lorca del «Romancero», y se me disculpará la blasfemia, es para mí como el jazz, por lo que tiene de expresión genuina y libre, expresión del alma de un pueblo, de un contingente de personas desarraigadas y trashumantes. Esa libertad alada que no puede permitirse un compositor clásico.

Yo ante Beethoven me siento fervorosa, pero ante Duke Ellington o Miles Davis, Paquito D’ Rivera o Pedrito López, la cosa va más de tú a tú, de conversa entre amigos, de «epa, ¿cómo estás?», «a moverse señores que llegó la orquesta». Bueno, así me pasó con Lorca, la musicalidad de sus versos me atrapó, como le atrapa a uno la coloratura de voz de algunos cantantes: «Verde que te quiero verde,/verde viento, verde ramas», condimentado a veces con picardía: «Y yo me la llevé al río/creyendo que era mozuela,/pero tenía marido»…

Pero luego vino Soledad, Soledad Montoya. Yo buscaba un texto para un ejercicio teatral, tenía que hacer un monólogo, y tropecé con un ejemplar del «Romancero» que me había regalado un amigo, Iván García. Y fue releer el «Romance de la pena negra» y enamorarme del personaje de Soledad. A los dieciocho o diecinueve años que tenía entonces uno no mide los riesgos. Allí me puso mi profesor de teatro, Eduardo Gil, a sacar alma, hasta que exhausta y cansada, dí aquella Soledad Montoya:

Las piquetas de los gallos

cavan buscando la aurora

mientras por el monte oscuro

baja Soledad Montoya.

 

(…)

Ese es otro Lorca, ese que también es noche del alma, formas difusas que se delinean en la Soledad Montoya del «Romance de la pena negra». La noche guarda sus secretos en capas negras y mortajas de viuda; la sinrazón de los terrores nocturnos, de los «caprichos» de un Goya. En el «Romance de la pena negra» son un esbozo, una advertencia: «caballo que se desboca/al fin encuentra la mar/y se lo tragan las olas»… Pero es que el duende no se allega si no va a venir la muerte, despacito o de sopetón, o en las manos de huestes hambrientas de sangre. Pero allí aparece, se manifiesta, toma cuerpo. La muerte nunca amenaza, llega, es la hora.

Luego se traduce en llanto, en canto o quejío, como en el «Llanto por Ignacio Sánchez Mejíaz: “¡Qué no quiero verla!//Dile a la luna que venga,/que no quiero ver la sangre/de Ignacio sobre la arena./¡Qué no quiero verla!//La luna de par en par./Caballo de nubes quietas,/Que mi recuerdo se quema./¡Avisad a los jazmines/con su blancura pequeña!»

Ahora acudiré nuevamente a la memoria, para hablar, quiero decir escribir, impertinentemente, de un Lorca que conozco poco, el Lorca músico. Recientemente pude escuchar a María Josefina Riera, «mezzosoprano venezolana nacida en Madrid», interpretar en una sala de conciertos en Caracas canciones de Granados, Fernando Obradors y antiguas canciones españolas «recogidas y armonizadas por Lorca», bajo la alcahuetería amistosa, dice el programa de sala, de Manuel de Falla.  Ellas son: Anda jaleo, Los cuatro muleros, Las tres hojas, Los mozos de Moleón, Las morillas de Jaén, El café de chinitas, Nana de Sevilla, Los peregrinitos y Sevillanas del siglo XVIII.

Por último quisiera mencionar a un Lorca menos musical, más vanguardista y malamente truncado, el de Poeta en Nueva York. Si bien no se despega de su tradición, de ese fraseo suyo, lo entronca con una experiencia que lo tocó mucho, su estadía en la ciudad metrópolis por excelencia, donde confluyen tantas cosas, tantas culturas diversas, ecos «futuristas». En los versos de Lorca se traducen en maridaje entre un espíritu romántico, oscuro y el disparo de imágenes surrealistas:

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres

 

que no sueñan

 

Y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

 

Beatriz Alicia García Naranjo. Poeta, ensayista profesora venezolana. Correctora orofesional de txtos, asesora y editora. Magister en Literatura. Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela.

 

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

 

 

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