El pesimismo en Luis Enrique Mármol. Un ovillo que conduce al laberinto de Arthur Schopenhauer
Por Ernesto Marrero Ramírez
La Generación del 18 es el nombre que se le dio a un grupo de poetas venezolanos de comienzos del Siglo XX. Se les agrupa como generación sobre todo porque rompieron con la retórica del modernismo en la poesía venezolana. Son considerados como un tipo de “prevanguardia”. Vale resaltar que esta Generación no es considerada un movimiento poético formal, ya que no poseen ningún manifiesto que los identifiquen. Pueden ser vistos como un grupo heterogéneo, donde muchos de sus miembros se consideraban románticos, postmodernistas, surrealistas, parnasianos o simbolistas. También se caracterizó por su rechazo a la dictadura gomecista y su negativa al positivismo, sistema de pensamiento al cual estaban afiliados muchos intelectuales de la época.
Luis Enrique Mármol perteneció a esta generación, donde compartió con reverentes compañeros como Fernando Paz Castillo, Antonio Arráiz, Enrique Bernardo Núñez, Ramón Díaz Sánchez, Andrés Eloy Blanco y Jacinto Fombona Pachano.
Nuestro escritor nació en la Caracas de los techos rojos, en la parroquia Santa Rosalía el 21 de agosto de 1897, ya en las postrimerías del siglo XIX. Hijo único del médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia Infante de Mármol. Cursó su educación primaria y secundaria en el colegio de los padres franceses de Caracas y se graduó de bachiller en filosofía el 27 de septiembre de 1912. Cuatro días después, para sofocar las protestas estudiantiles que culminaron con la huelga decretada por la Asociación General de Estudiantes, el gobierno dictatorial de Juan Vicente Gómez clausuró la Universidad Central de Venezuela, suceso que se extendió hasta el 7 de julio de 1922.
Mientras la Universidad Central permanece cerrada, Mármol se desempeña en diversas actividades relacionadas con el mundo de las letras. Así llegó a ser redactor de El Universal y colaborador en diversos diarios y revistas de Caracas: en el semanario Cultura, El Nuevo Diario (dirigido por Gil Fortoul y Vallenilla Lanz), en El Heraldo, El Sol, El Día, Actualidades y Perfiles, entre otros. De la misma manera va a colaborar junto a los nombres más relevantes de la “Generación del 18” en la revista semanal Fígaro (1919), en la revista Élite (de Juan de Guruceaga), y como jefe de redacción del magacín semanal ilustrado Flirt (1921), dirigido por el poeta Ángel Miguel Queremel.[1]
Firmó sus escritos con variados seudónimos: “Renato Molina”, “Kara-Keño”, “Luis Valenzuela”, “Cómodo Comodián”, “Gregorio Iturriza”, “L’enfant de Marbre”, “Cándido Pérez” y “L.E.M”.
Hacia el año 1915, cuando ya contaba 18 de edad, publicó una página de poemas en El Nuevo Diario. No eran los primeros que mostraba al público; pero sí los primeros que anunciaban ya el futuro de un hondo pesimismo y a la vez de una enorme madurez, se perfilaba un joven que podía ver el mundo de manera profunda, como si fuera un hombre de edad avanzada. Uno de aquellos poemas se titulaba “Nuestro Señor el Tedio». Un término que le acompañaría por el resto de su carrera como escritor.
Al respecto comenta Paz Castillo: “El tedio lo sigue como la sombra al caminante. Se esconde a sus pies en ciertas ocasiones, cuando se aumenta la luz que orienta su caminar angustiado, pero no desaparece”[2].
Diversos planteamientos sobre el hastío han sido realizados por muchos pensadores tanto en el mundo de la Filosofía como de la Literatura: Pascal, Rousseau, Kant, Kierkegaard, Heidegger, Benjamín, Adorno, por mencionar algunos filósofos, y en el mundo de la literatura se puede citar a Goethe, Flauber, Stendhal, Thomas Mann, Beckett, Dostoievsky, Chejov, Baudelaire, Leopardi, Proust, Byron, Eliot, Ibsen, Valery, Antonio Machado y Pessoa.
Al respecto del hastío, aclara Schopenhauer[3]:
El aburrimiento no es un mal despreciable […] Él es quien hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí se busquen, sin embargo, unos a otros tan locamente: es la fuente del instinto social. El Estado lo considera como una calamidad pública, y por prudencia toma medidas para combatirlo, vigilando que todo el mundo tenga un trabajo obligatorio.[4]
Así mismo, el filósofo noruego Lars Svendsen, en su libro Filosofía del tedio, comenta al respecto: “El ser humano tiene necesidades que determinan bien la naturaleza, bien la sociedad, bien la fuerza de la imaginación. Cuando los objetivos no se ven cumplidos, nos vemos abocados al sufrimiento; cuando los alcanzamos, obtenemos el tedio como resultado”[5].
En 1924, Marmol publica los Pastiches criollos, un pequeño folleto de apenas 54 páginas, con el estilo chispeante, irónico, lúdico y humorístico, contrapuesto al de sus otros poemas; donde muestra una cara distinta de su obra poética. Según expresa Pedro Emilio Coll en la carta-prólogo del mencionado libro: es «… la mejor crítica que tenemos de nuestro tiempo…». Mármol pasaba aquí revista a los registros estilísticos y temáticos de sus contemporáneos, para ofrecer al público lector una serie de recreaciones (o «pastiches») que, a la vez, servía de pretexto para mostrar su genio, agudeza y versatilidad en el mundo de las letras. Va a hacer alarde aquí de su capacidad para emular distintos universos literarios, basados en la riqueza estilística y lírica de estos escritores.
El poemario La locura del otro se publica post mortem. En este libro se puede observar un manifiesto de su vida, una visión introspectiva y hasta un halo premonitorio sobre su muerte prematura. Es una poesía con tilde trascendente, donde la finitud de la existencia y la inevitable partida pueden producir un profundo hastío ante el vacío y la rutina de la vida cotidiana. Es un sentirse “extranjero” en un mundo ligero que poco entiende la sensibilidad y la profundidad con que un poeta puede vivir su proceso existencial-literario.
En el poema “El extranjero” se expresa de esta manera:
Gulliver contemplaba como a sus pies hervía
en torpes ansias sórdidas la ciudad trepidante.
Odio, injusticias, crímenes… y Gulliver sentía
el orgullo de ser gigante!
Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa
que los liliputienses llamaban la montaña…
A sus pies descansaba la ciudad bulliciosa
de Liliput ?romántica, luminosa y extraña!
Abríanse en la sombra trémulas luces de oro;
luz en palacio, en la cabaña, claridad…
Luis Enrique Mármol se encuentra en sus poemas con la otredad, con aquel “Otro” que vive en sus entrañas. Es como ver su mundo interior a través de una pequeña ventana que va a mostrarle sus sombras, en el buen sentido jungiano. A veces ese otro funge como juez, como amigo confidente, como conciencia de ser y juntos recolectan sueños, divagan, reflexionan, padecen y cuestionan el Sentido de la existencia.
Aunque no haya encontrado ninguna evidencia bibliográfica que indique que Mármol estudió directamente a Arthur Schopenhauer, sus escritos se encuentran marcados por su rúbrica. Los temas que trata con mayor énfasis, como son la muerte, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión, son indicios de la influencia de la filosofía Schopenhaueriana en su obra. Recordemos que nuestro escritor se gradúa de bachiller en filosofía y es muy posible que en algún momento se haya encontrado con este pensador. También pudo haberse topado con escritores que estaban influenciados por este filósofo como es el caso del poeta cubano Julián del Casal, quien para la época tenía mucho renombre. O de pronto pudo haber caminado los derroteros de Giacomo Leopardi, un poeta pesimista que la enfermedad lo llevó a comprender, en carne propia, la fragilidad de la vida y la relación entre el hastío, el dolor y el deseo, un paralelismo total con el filósofo de Danzig.
En la presente ponencia trataré de mostrar el vínculo existente entre el pensamiento pesimista de Luis Enrique Mármol y el filósofo Alemán Arthur Schopenhauer:
En el año 1919 Mármol escribe Canto del desencanto, un poema donde se puede percibir el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión en el poeta. Una marca ineludible de Schopenhauer:
Ha tiempo que hizo presa de mí lo ineludible…
Otrora fuera mi alma recia fecundidad,
impulso y vibración creadora… Hoy un terrible
tedio, un marasmo estéril, suspéndase invencible
sobre mi vida absurda, gris, sin finalidad!
Con mi sed de improviso presentí el mundo exiguo;
palpita en mi ser todo el vigor antiguo;
dije: ?Ornará mis sienes olímpica guirnalda.
Si me es hostil la vida, la domaré. violento!…
Mi alma fue un haz de impulsos de combatir… y siento
desde entonces el dolor de una herida en la espalda!
Vulgares contratiempos, obstáculos pigmeos,
mil dolores triviales, mil mezquinos deseos
?indolencia, fastidio, vicio, impureza?, oscuros
buitres, me devoraron mis Sueños-Prometeos,
de entrañas palpitantes de milagros futuros!
Cavilante fulgor de mis tinieblas brota
?noble palidez pobre cual estrella remota,
?sonda de luz que indaga la hondura del abismo…
Es así como me siento entre la sombra ignota
tu trémula presencia, oh! jirón de idealismo
que ondeas, triste, sobre mi entusiasmo en derrota!
En la columna de su pensamiento filosófico, Schopenhauer explica que la vida oscila en un movimiento pendular entre el dolor (Schemerz) y el hastío (Langeweile)[6]. Con cada deseo satisfecho brota la figura del tedio y entonces emerge un nuevo deseo, pero si este no es saciado viene el inevitable sufrimiento. En ese ciclo interminable se sumergen las personas de este mundo, y forman así una especie de círculo vicioso del cual es muy difícil escapar. Para Schopenhauer solamente hay tres posible maneras de salir: la primera es a través de la muerte, pero este es un acto ficticio ya que con esta decisión el suicida lo que quiere es escapar del sufrimiento que le produce esta vida, pero no de la voluntad y su deseo insaciable, que es la causa originaria de dicho dolor. Por tal motivo, la naturaleza simplemente continuará colocando otros individuos en el puesto de este para continuar su tarea. La segunda forma es a través de la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado y en especial de la música, pero este acto es temporal, ya que solamente distrae por un instante y luego se vuelve a caer en el mismo estado. Y la tercera forma de romper con esta ilusión es mediante el trabajo que lleva a cabo el asceta o místico, que logra penetrar en las profundidades de su mente y despertar del ensueño que produce este mundo ilusorio; en sí, aniquilar a la voluntad de vivir y lograr así la disolución del falso yo.
En el año 1923, nuestro poeta redacta el poema “Canto de exaltación”, donde manifiesta nuevamente estos conceptos:
Hombre risueño o triste, o sereno, triunfante
O desilusionado, eres mi semejante!
Tú que sufres profunda pena ¿quizá creíste
que tu pena es la pena más intensa que existe?
Tú, a quien extraño júbilo maravilloso exalta
¿pensaste que tu dicha es la dicha más alta?
Tú, lleno de premiosas inquietudes, que vas
en línea recta, ¿ignora que nunca llegarás?
Tú, que en reposo sueñas y sueñas, noche y día
¿juzgaste que eras dueño de la sabiduría?
Triunfador imperioso, soberbio de desdenes
¿En dónde está la realidad de lo que tienes?
Vencido al que la vida fue terrible madrastra,
Piensas estar inmóvil… y la vida te arrastra! […]
***
A ratos estoy triste, siniestramente triste!
Un halo gris las formas y las ideas viste,
y un cansancio impreciso me invade, sordo y blando:
es el dolor de todo lo que vamos dejando;
el hastío de lo que vamos poseyendo;
la nostalgia de cuanto se ha ido destruyendo;
el anhelo obsediante de lo que no alcanzamos
nunca… el remordimiento de que desdeñamos…
Los ojos de una bella mujer desconocida
que nunca más encontraremos en la vida!
El ocaso que sobre la ciudad apiñada
se inviste de una gracia dulce y desesperada!
En el año 1920 publica el poema “Es el siglo”, donde va a realizar una crítica fuerte al crecimiento acelerado de la sociedad que venía acompañado del deterioro social y moral que presagiaba el siglo XX. En estos versos se va a apoyar en Milton y su poema: Paraíso perdido, para referirse al a los vientos malignos que se avecinan. Desde luego ya había visto la malignidad de la primera guerra mundial y, aunque no llegó a ver la segunda, entendió que en el fondo esta confrontaciones mundiales de hombres contra hombre no son más que el producto de la manifestación de sus bajos instintos: del egoísmo, la ambición y la sed de poder, detrás de los cuales se esconden el deseo, el hastío, el dolor y la desilusión:
En el siglo doliente y sórdido
de los grandes proyectos tardíos,
es la edad de los Remordimientos,
El imperio del ?Quién lo hubiera sabido!
Mucho vigor estéril, mucho esfuerzo frustrado,
son el solo legado de pretéritos siglos…
¡qué muchos de nosotros, ya cansados, vayamos
irremediablemente hacia el hastío!
Todo conspira contra los hombres: el deseo,
Lo imposible, la desigualdad, el equilibrio,
la amargura, lo frustrado y lo logrado,
ese implacable heraldo del fastidio!
Otro tema fundamental que va a ser reiterativo en la obra de nuestro escritor en el de la muerte, que para Schopenhauer es “el auténtico genio inspirador, el musageta de la filosofía”.[7]
Según afirma Schopenhauer, a excepción del ser humano, ningún ser vivo se asombra de su propia existencia. Y aclara que su asombro es aún mayor cuando se topa con la muerte y percibe su finitud, entiende de esta manera que todo esfuerzo es vano para evitar este fin. El efecto que esto genera en el hombre es de un profundo temor a saber que tarde o temprano tendrá que enfrentar este hecho; es decir, el horroris mortis, que va ligado a su vez con el llamado instinto de conservación.[8] La esencia, el fondo que moviliza este mundo, es el impulso a la vida, el vehemente deseo de vivir, y aclara Hernan Caro: “Existe horror a la muerte porque la esencia del hombre es la voluntad de vivir, el deseo de no cesar, o como diría Unamuno, el ansia de inmortalidad”[9].
En el año 1919 escribe el poema Todos iban, un poema donde va a reflexionar sobre la muerte y el impacto que produce en el enlutado, en él cruza por la etapa de Duelo, a diferencia de los que viven en la carrera cotidiana de la vida:
Todos iban desorientados:
perseguían un objeto próximo;
unos iban a su trabajo,
otros al trabajo de los otros…
Los ojos errantes y vagos,
hacia la mancha de los pinos
cruzó indolente un enlutado…
?A dónde vas?
?No sé ?me dijo.
Todos iban desorientados,
y el enlutado hacia sí mismo!
En el mismo año escribe Mármol el poema Iluso Ayer. Otro escrito cargado de sufrimiento, hastío, dolor, desilusión y culmina refiriéndose a la muerte:
Iluso ayer, yo dije de la vida y su encanto;
la vida, ayer engaño, hoy penoso deber.
Ya no me queda nada y por lo tanto
no tengo nada que temer!
Vida, dame la estúpida serenidad de un santo
O vuélveme mis locas inquietudes de ayer!
Y la Verdad, glotona de sueños insaciables:
?Pobre espíritu enjuto, pobre carne maleable,
alucinada de amor y de luz,
encontrarás el tedio en todo lo invariable,
el dolor del anhelo en lo inestable,
¡y hasta después de muerto soportarás tu cruz!
Arthur Schopenhauer define a la muerte como una especie de sueño profundo en el que desaparece la percepción individual y todo lo demás despierta: “La muerte es un sueño en el cual queda olvidada la individualidad; todo lo demás despierta o, por mejor decir, permanece en vigilia”[10]. Pero esta inquietud, este saber que la inevitable partida acompañará al individuo durante toda su vida, es algo intrínseco de la conciencia humana. Un detonante inspirador que se ha manifestado también dentro del mundo de la literatura: el cuento, la novela y la poesía han servido de receptáculo al torrencial expresivo que genera la muerte, tanto por su aceptación o rechazo. Escritores como Víctor Hugo, Giacomo Leopardi, William Shakespeare, Geoffrey Chaucer, Emily Bronté, Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Horacio Silvestre Quiroga, Mario Benedetti, Octavio Paz y Gabriel García Márquez han tenido una influencia significativa en esta temática. También es importante resaltar que el romanticismo fue muy influenciado por este tema. Un movimiento cultural en el que se sostuvo el primado de la intuición y el sentimiento sobre la razón; lo imprevisible sobre lo previsible; lo multiforme ante lo uniforme; lo oculto ante lo presente; lo sublime más que lo bello; lo aristocrático más que lo burgués; lo colectivo ante lo individual; lo interno más que lo externo y lo dramático más que lo apacible[11].
Luis Enrique Mármol falleció en Valencia el 17 de septiembre de 1926, a la corta edad de 29 años. Meses antes había sufrido un accidente automovilístico del cual nunca se recuperó. Veinte años después de su muerte, sus restos fueron traídos desde Valencia al Cementerio General del Sur, donde reposan hoy. Antonio Arráiz, en unas palabras de duelo ante la muerte de Luis Enrique Mármol, comentó:
Amó como alucinado las cosas espléndidas; el triunfo, el heroísmo y la belleza. No tuvo tiempo de desilusionarse. Fue puro y melancólico como una idea que no cuajó. Ya que los ojos no lloran, haga el alma silencio en su memoria.
En esta ocasión voy a disentir de las palabras de Antonio Arráiz y me permitiré decir que Luis Enrique Mármol si llegó a desilusionarse, y mucho. Esto fue algo que mostró con maestría en sus poemas. Una poesía sincera que emerge de lo más profundo del alma. Una vez escribí que “la poesía es el canal que utiliza el poeta para poder expresar lo concebido por el espíritu, en otras palabras, es expresión interna y para lograr este objetivo hay que excavar en nuestras entrañas para que aflore un nuevo mundo donde la imaginación y la realidad se conjuguen para darle forma al verso y a la prosa”. Y la poesía de Mármol es introspección prístina y transparente; donde la desilusión, el dolor y el hastío, se van a expresar en contra de una vida dominada por los deseos vanos y por un sociedad inmersa en la rutina y el adormecimiento que nos aleja del sendero de una conciencia reflexiva que se capaz de aportar un legado profundo al entorno social de su momento histórico.
[1] Cfr. Cristina Solaeche, María. https://letralia.com/216/ensayo02.htm
[2] Paz Castillo, Fernando. Obras Completas. Los del dieciocho. Tomo V. Caracas: Ediciones de la Casa de Bello, 1995. p. 287
[3]Cfr. Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Barcelona: Tusquets Editores, 2006. p. 24
[4]Schopenhauer, Arthur. El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Edicomunicación, S.A, 1998. p. 92
[5]Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Barcelona: TusQuets Editores, 2006, p. 72
[6]Cfr. Maceiras Fafian, Manuel. Schopenhauer y Kierkegaard: Sentimiento y pasión. Madrid: Editorial Cincel, 1985. p.92
[7] Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación Vol. II. Madrid: Fondo de Cultura, 2003
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[8]Cfr. Caro, Hernán Darío. 2001. El origen de la necesidad metafísica del hombre (una de las muchas pruebas que Schopenhauer nunca ofreció). Revista Saga N? 3. Bogotá: Universidad Nacional [En www. saga. unal. edu.co/etexts/pdf/saga3/caro.pdf], p.30
[9]Ibid., p.32
[10]Schopenhauer, Arthur. Metafísica de las costumbres, Madrid: Editorial Trotta, 2001. p. 10
[11]Cfr. Mora, Ferrater, Diccionario de filosofía. Barcelona: Editorial Ariel, 2004. p. 3115

