Lo bello y lo roto: Por qué el arte, a veces, ocurre en un escenario
Por Raquel Markus – Finckler
Creí que iba a un concierto: Lo bello y lo roto. Beret en Caracas por primera vez. Y terminé entrando en un territorio que todavía no sé nombrar del todo.
Desde que lo escuché por primera vez quedé prendada de él. No solo de su voz, aunque la tiene, y de esas que no olvidas, cálida y algo raspada, capaz de susurrar y de llenar un anfiteatro sin perder intimidad, sino de su manera de decir. De esa forma tan suya de escribir desde algo roto, algo bello, algo muy dolido y vivido.
Beret es, antes que nada, un poeta. Un poeta con una voz que lo acompaña perfectamente: no llama la atención sobre sí misma, sino que se pone al servicio de lo que dice. Y como los grandes artistas, ha logrado sublimar el dolor de la vida, tomar aquello que podría quedarse en herida, en queja, en caída, y convertirlo en poesía, en belleza, en una forma de verdad compartida.
Siempre he admirado su manera de transmitir, su elegancia para romperse en público sin convertir la ruptura en espectáculo barato, y esa extraña generosidad de quien nos cura un poco el alma mostrando, con pudor y con valentía, las propias heridas.
La tarde del concierto empezó con un cielo imposible sobre Caracas. Rosa, azul, naranja, nubes. Como si alguien hubiese decidido escribir un prólogo solo para nosotras: mi hija y yo.
Fuimos con esa compostura elegante que ensayamos cuando queremos aparentar absoluta serenidad mientras por dentro somos una estampida. La verdad es que ambas gritábamos internamente. Esa mezcla de emoción adolescente y felicidad adulta, esa forma extraña en que ciertas canciones nos devuelven a todos los años que hemos sido, estaba ahí desde antes de que empezara la música.
Hubo selfies, risas, espera, miradas cómplices, esa electricidad previa de los conciertos cuando todavía no ha pasado nada, pero el cuerpo ya sabe que algo va a pasar. Y en algún punto entendí que aquello nunca fue solo un concierto: éramos ella y yo construyendo memoria. Esos recuerdos que años después no empiezan con una fecha sino con una frase: ¿te acuerdas cuando…? Porque hay fotos para Instagram y hay fotos para el alma. Una selfie no documenta una noche, documenta intimidad. Complicidad. Historia compartida. Una de esas pequeñas ceremonias familiares que no se anuncian como importantes, pero lo son.
Durante su presentación, Beret se mostró genuinamente sorprendido de que el público venezolano no solo lo conociera, sino que se supiera sus canciones, que las cantara con él, que respondiera con esa pasión, esa entrega, esa manera tan nuestra de abrazar lo que nos toca.
Contó que para llegar a tiempo no había tenido oportunidad de dormir en veinticuatro horas, que estaba agotado, pero que después de conocer al público caraqueño entendía que todo había valido la pena. Y creo que allí hubo un intercambio real, algo que no se puede fabricar desde la producción de un espectáculo: él nos cantó desde su cansancio y nosotros le respondimos desde una forma de afecto inmediato, de gratitud, de reconocimiento.
Cantó Ojalá y algo adentro me hizo clic. Porque hay canciones que no se escuchan: se reconocen. Van directo a una zona menos educada, menos defensiva, menos dispuesta a fingir que todo está bajo control.
Pero ese no fue el momento que me partió. Fue otro. Una canción que no conocía: Tata.
Antes de cantarla, Beret contó que la había escrito para su hermana, el mismo día en que murió. Dijo algo que preparó el silencio antes de la canción, algo sobre ella, sobre lo que había significado, sobre esa forma de presencia que no desaparece del todo cuando alguien se va. Y entonces empezó a cantar: “Tú ya eras un ángel antes de haberte ido”.
Hay versos que no están escritos para lucirse, sino para sobrevivir. Ese verso cayó sobre todos nosotros con una fuerza extraña, no como una frase bonita, sino como una verdad que alguien había logrado decir después de atravesar lo indecible.
De pronto el anfiteatro entero hizo algo profundamente humano: se sentó y escuchó. De verdad. Sin teléfonos levantados, sin ansiedad por grabarlo todo, sin ruido. Solo dolor. Solo amor. Solo verdad.
Así se reconoce a un artista de verdad: no cuando entretiene, no cuando ejecuta impecablemente un repertorio, sino cuando toma una herida imposible y la convierte en algo tan humano que miles de desconocidos terminan llorando en el mismo idioma.
Eso no es espectáculo. Eso es arte.
Y allí, sentada entre desconocidos quebrados por una historia ajena que de pronto se volvió un poco nuestra, entendí con una claridad brutal lo que quiero. No fama. No aplausos vacíos. No la idea de parecer artista. No la superficie brillante de una carrera. Quiero crear algo tan verdadero, tan necesario, que alguien se detenga. Que alguien escuche. Que alguien sienta: esto me tocó. Puede ser una persona. Pueden ser mil. No importa. El arte no se mide por volumen. Se mide por profundidad.
Luego vino el cierre. Beret cantó Lo siento a coro con todos los presentes. Miles de personas cantándole a alguien distinto, porque esa es otra de las cosas misteriosas que hacen las canciones: todos decimos las mismas palabras, pero cada quien se las entrega a su propio fantasma.
En su última canción, Beret se puso la bandera de Venezuela y el anfiteatro entero respondió como si el abrazo fuese mutuo. Dijo que era su primera vez en el país, pero que estaba seguro de que no sería la última. Y en ese momento, todos sentimos que esa promesa también nos pertenecía.
Llovió apenas al final, mientras salíamos. Lo justo. Una refrescadita necesaria. Como si Caracas hubiese querido firmar la noche sin arruinarla, solo dejando caer sobre nosotros una mínima bendición de agua.
Salí con catorce emociones sin procesar y una verdad nueva entre las manos. Fui a ver a Beret y terminé encontrando una versión más precisa de mí misma. Y quizá lo más hermoso fue salir de allí con cien pequeños momentos junto a mi hija, de esos que se quedan en el cuerpo, en la memoria, en las fotos que no son solo fotos, en las frases que algún día empezarán con ¿te acuerdas cuando…? y que ahora nos pertenecen a las dos para siempre.
Creí que solo iba a un concierto. Y terminé recordando para qué existe el arte.

