«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo

 Por Edinson Martínez

En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.

Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.

Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes.  ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa.  El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.

El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.

En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando  expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.

Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.

 

La vida de Juan Rulfo 

Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.

Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.

Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.

Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.

 

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches  trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.

 

Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor:

…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar

al país donde los sabios se retiran

Del agravio de buscar labios que sacan de quicio

Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios de los peces de ciudad

que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo

Que no merecen nadar

El Dorado era un champú

La virtud, unos brazos en cruz

El pecado, una página web

En Comala comprendí

Que al lugar donde has sido feliz

No debieras tratar de volver…

Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.

Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.

«¡Diles que no me maten!»: Un Llano en llamas venezolano

Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.

El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.

En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.

El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.

Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.

Muchas gracias a Edinson Martínez por enviarnos este artículo. Es verdaderamente magnífico. Ha sido publicado en otros portales.

Edinson Martínez. Escritor, economista, editor y radiodifusor.  Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Es autor de la novela Vidas paralelas (2014) y es articulista de conocidos diarios. Recientemente publicó el libro de ensayos El peso de las palabras.

 

Editora de la web: Carmen Cristina Wolf

@carmencristinawolf

@circuloescritoresvenezuela

 

 

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