
A LOS 100 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE GUANAPE


No hay forma de narrarlo sin quebrarse.
Pero igual que sucedió en el pasado, igual que sucederá en el futuro, los poetas, los escritores, los escribidores, tenemos el deber de hacerlo. De narrarlo. De contarlo. De expresarlo. De escribirlo. Aunque en el camino nos rompamos.
Porque cuando una tragedia ocurre, también ocurre otra. Empieza la carrera por imponer versiones, por llenar los silencios con declaraciones, por acomodar la memoria a la conveniencia de alguien. Y entonces escribir deja de ser un oficio. Se convierte en un acto de testimonio.
Vi el humo y la ceniza elevándose al cielo como si un volcán hubiera despertado en medio de la ciudad. Mientras el humo subía, los edificios bajaban. Mientras la tierra temblaba, las familias se quebraban. La gente moría. Los árboles crujían como si recordaran un dolor antiguo, uno de esos que nunca terminan de irse y que regresan cuando la tierra decide hablar otra vez.
Después vino un silencio aún más grande que el estruendo.
El silencio del que espera ayuda y no la ve llegar. El silencio del que descubre que, cuando la tierra deja de moverse, todavía queda otra batalla: remover piedras con las propias manos, con las manos de los vecinos, con picos, con palas, esperando una maquinaria que no aparece, un equipo que no llega, una dirección que nunca termina de organizar el caos.
Los míos están bien. Pero conocidos míos no tanto.
Hay mucha gente desamparada. Todos conocemos a alguien que perdió a alguien. A alguien que sigue buscando entre los escombros. A alguien que no pierde la esperanza aunque ya parezca no tener sentido mantenerla.
Todos conocemos a alguien que no tiene dónde vivir, salvo en un espacio prestado o en uno que antes era propio y ahora está lleno de grietas.
Todos conocemos a alguien que llora desesperado y no tenemos respuesta alguna para darle.
Hay personas de luto paradas sobre un país que no alcanza a abrazarlas, sostenerlas ni consolarlas.
Y eso también duele.
Los terremotos derrumban edificios.
Nosotros intentamos impedir que también derrumben el significado.
Y entonces empiezan los porqués.
¿Por qué otra vez?
¿Por qué aquí?
¿Por qué tanta gente?
Nos acostumbramos a creer que toda pregunta merece una respuesta. Pero la naturaleza simplemente es. No es cruel. No es piadosa. No castiga. No perdona. No negocia. Somos nosotros quienes intentamos traducir su lenguaje a categorías humanas para soportar aquello que no comprendemos.
Tal vez las respuestas nunca estuvieron afuera.
Y algunas veces temo que tampoco estén adentro.
Tal vez somos nosotros los que entramos al laberinto. Tal vez el laberinto no está hecho de piedras, sino de preguntas sin respuesta. Y tal vez, si llegamos al centro, nos encontremos de frente con el Minotauro. Y sea como vernos en el espejo. Porque tal vez somos nosotros mismos el monstruo al que tanto tememos.
Me quedo buscando el hilo.
Pero yo siempre pierdo los hilos.
Y ahora tampoco encuentro el ovillo.
Dicen que la historia es un espiral. Que las tragedias cambian de escenario y de protagonistas, pero vuelven. Si eso es cierto, una se pregunta por qué seguimos aprendiendo tan poco. Por qué seguimos buscando respuestas entre los escombros con la misma desesperación con la que los rescatistas buscan sobrevivientes. Sabemos que cada hora disminuye las posibilidades. Sin embargo, seguimos buscando.
Porque esa también es nuestra naturaleza.
Aferrarnos a la vida.
Buscar sentido.
Intentar comprender.
Y escribir.
Aun así, seguimos aferrados a la vida. Porque la vida siempre encuentra la forma de abrirse paso.
Estoy escribiendo esto y no sé si lo que siento se nota. Supongo que sí. Supongo que para eso sirven las palabras cuando ya no sirven de nada más.
Las palabras no alcanzan.
Nunca alcanzan.
Pero precisamente por eso existen la literatura y la poesía. Escribimos cuando el lenguaje se queda corto. Cuando el dolor desborda el diccionario. Cuando el silencio pesa demasiado.
No escribimos para explicar una tragedia.
Escribimos para que la tragedia no desaparezca.
Porque si no escribimos, otros escribirán por nosotros. Porque si no dejamos testimonio, lo cubrirán versiones interesadas, discursos oportunos, cifras, estadísticas, relatos incompletos y, muchas veces, mentiras.
Nuestro deber no consiste en tener respuestas.
Consiste en decir: esto sucedió.
Yo estuve aquí.
Lo vi.
Lo escuché.
Lo lloré.
Y lo escribí.
No sé si sirve.
No sé si alcanza.
Soy una poeta.
Busco sentido donde el sentido parece haberse derrumbado.
No sé hacer otra cosa.
Y quizá, en tiempos como estos, eso también sea una forma de sostener entre todos lo único que todavía no debería caerse: la memoria.
Raquel Markus-Finckler
@escritora.creativa
En estos días de inmenso dolor que vive nuestro país a causa de la catástrofe ocurrida el 24 de junio, agradecemos a Farah Cisneros su texto, que nos llama a vivir con mayor conciencia, a agradecer constantemente, a amar sin condiciones:
VIVIENDO EN TÍ
Tu pelo suave
cayendo al infinito
desconoce el negro abismo
de mis secretos sagrados.
Entretanto
mis besos de yesca te circundan
prendidos
sobre tu piel de paja
entre mis labios.
Soledad,
quiero no ser para que me quieras,
para morder
tus pechos fértiles de amor y llanto,
sorberte
desde los placeres de la tierra
y diluirte
en mi cósmico vigor intergaláctico.
Quiero hacer cubismo
con mi corazón desfigurándome,
soledad,
desbocarme por ti
en cuerpo y alma
y morir en tu espejismo sin palabras,
construirte y reconstruirte
en el olvido,
golpe a golpe,
piedra sobre piedra,
llorar,
gritar,
patalear
y desparramarme
descifrando el mundo
con las claves del silencio.
Reencontrarme quiero
con mi destino, soledad,
principio y fin
de todos los destinos,
y disfrutar de la paz suprema
en Aquel que todo lo colma.
BOHEMIOS DISFRAZADOS
En las noches de utilería
los bohemios sueñan lirios de alba,
crepúsculos donde anclar sus días,
risas donde escanciar sus lágrimas,
cielos fértiles de melodías
de luz y sombra entreveradas
con ardientes cuerpos que palpitan
en llamas de amor escarlata.
Con ebriedad de ilusionistas
los bohemios ríen, los bohemios bailan
haciendo cascabelear de inventivas
las carretas de sus caravanas.
Cupidos disfrazados de vida,
de angustias, pasiones y añoranzas,
heraldos de hechizo y poesía,
de vino, belleza y esperanza
escondiendo su candidez de artistas
tras la rigidez de sus máscaras.
Los bohemios lloran y a la vez cantan,
meditan incursiones furtivas,
exploran soledades del alma,
fuentes grávidas de sinfonías,
guirnaldas de exóticas fragancias,
multicolores fantasías
de urbe y orbe acrisoladas
en la intrincada acería
de sus trashumantes miradas.
En la luna de las letanías
los bohemios rezan y aguardan
fusiones de mística armonía
o simple delectación mundana
entre burbujeantes correrías
bañadas en lodo o en champaña.
Inmersos en su estrellería
de ensueños y visiones vagas
los bohemios gritan y a la vez callan
resucitando musas cautivas
y ángeles de fuego y agua.
RECUBANS
Tras el estruendo la calma,
hondo respiro,
plenitud serena,
dulce distensión,
ebria indolencia,
sorda quietud
de silencio extremo,
verdioscuro,
musgoso,
aletargado,
yerto,
envolviendo en su densidad de helechos
su vacío umbrío de ultratumba.
José Chocrón. Nacido en Caracas (Venezuela), a temprana edad se trasladó con su familia a España, residenciándose en la ciudad de Melilla En 1960 se radicó con su familia en Madrid. Allí cursó sus estudios de Bachillerato y obtuvo en 1974 la licenciatura de Derecho en la Universidad Complutense de esta ciudad. En 1976 se graduó de Abogado en la Universidad de Carabobo(Venezuela), residenciándose en Caracas, Venezuela.
Lo bello y lo roto: Por qué el arte, a veces, ocurre en un escenario
Por Raquel Markus – Finckler
Creí que iba a un concierto: Lo bello y lo roto. Beret en Caracas por primera vez. Y terminé entrando en un territorio que todavía no sé nombrar del todo.
Desde que lo escuché por primera vez quedé prendada de él. No solo de su voz, aunque la tiene, y de esas que no olvidas, cálida y algo raspada, capaz de susurrar y de llenar un anfiteatro sin perder intimidad, sino de su manera de decir. De esa forma tan suya de escribir desde algo roto, algo bello, algo muy dolido y vivido.
Beret es, antes que nada, un poeta. Un poeta con una voz que lo acompaña perfectamente: no llama la atención sobre sí misma, sino que se pone al servicio de lo que dice. Y como los grandes artistas, ha logrado sublimar el dolor de la vida, tomar aquello que podría quedarse en herida, en queja, en caída, y convertirlo en poesía, en belleza, en una forma de verdad compartida.
Siempre he admirado su manera de transmitir, su elegancia para romperse en público sin convertir la ruptura en espectáculo barato, y esa extraña generosidad de quien nos cura un poco el alma mostrando, con pudor y con valentía, las propias heridas.
La tarde del concierto empezó con un cielo imposible sobre Caracas. Rosa, azul, naranja, nubes. Como si alguien hubiese decidido escribir un prólogo solo para nosotras: mi hija y yo.
Fuimos con esa compostura elegante que ensayamos cuando queremos aparentar absoluta serenidad mientras por dentro somos una estampida. La verdad es que ambas gritábamos internamente. Esa mezcla de emoción adolescente y felicidad adulta, esa forma extraña en que ciertas canciones nos devuelven a todos los años que hemos sido, estaba ahí desde antes de que empezara la música.
Hubo selfies, risas, espera, miradas cómplices, esa electricidad previa de los conciertos cuando todavía no ha pasado nada, pero el cuerpo ya sabe que algo va a pasar. Y en algún punto entendí que aquello nunca fue solo un concierto: éramos ella y yo construyendo memoria. Esos recuerdos que años después no empiezan con una fecha sino con una frase: ¿te acuerdas cuando…? Porque hay fotos para Instagram y hay fotos para el alma. Una selfie no documenta una noche, documenta intimidad. Complicidad. Historia compartida. Una de esas pequeñas ceremonias familiares que no se anuncian como importantes, pero lo son.
Durante su presentación, Beret se mostró genuinamente sorprendido de que el público venezolano no solo lo conociera, sino que se supiera sus canciones, que las cantara con él, que respondiera con esa pasión, esa entrega, esa manera tan nuestra de abrazar lo que nos toca.
Contó que para llegar a tiempo no había tenido oportunidad de dormir en veinticuatro horas, que estaba agotado, pero que después de conocer al público caraqueño entendía que todo había valido la pena. Y creo que allí hubo un intercambio real, algo que no se puede fabricar desde la producción de un espectáculo: él nos cantó desde su cansancio y nosotros le respondimos desde una forma de afecto inmediato, de gratitud, de reconocimiento.
Cantó Ojalá y algo adentro me hizo clic. Porque hay canciones que no se escuchan: se reconocen. Van directo a una zona menos educada, menos defensiva, menos dispuesta a fingir que todo está bajo control.
Pero ese no fue el momento que me partió. Fue otro. Una canción que no conocía: Tata.
Antes de cantarla, Beret contó que la había escrito para su hermana, el mismo día en que murió. Dijo algo que preparó el silencio antes de la canción, algo sobre ella, sobre lo que había significado, sobre esa forma de presencia que no desaparece del todo cuando alguien se va. Y entonces empezó a cantar: “Tú ya eras un ángel antes de haberte ido”.
Hay versos que no están escritos para lucirse, sino para sobrevivir. Ese verso cayó sobre todos nosotros con una fuerza extraña, no como una frase bonita, sino como una verdad que alguien había logrado decir después de atravesar lo indecible.
De pronto el anfiteatro entero hizo algo profundamente humano: se sentó y escuchó. De verdad. Sin teléfonos levantados, sin ansiedad por grabarlo todo, sin ruido. Solo dolor. Solo amor. Solo verdad.
Así se reconoce a un artista de verdad: no cuando entretiene, no cuando ejecuta impecablemente un repertorio, sino cuando toma una herida imposible y la convierte en algo tan humano que miles de desconocidos terminan llorando en el mismo idioma.
Eso no es espectáculo. Eso es arte.
Y allí, sentada entre desconocidos quebrados por una historia ajena que de pronto se volvió un poco nuestra, entendí con una claridad brutal lo que quiero. No fama. No aplausos vacíos. No la idea de parecer artista. No la superficie brillante de una carrera. Quiero crear algo tan verdadero, tan necesario, que alguien se detenga. Que alguien escuche. Que alguien sienta: esto me tocó. Puede ser una persona. Pueden ser mil. No importa. El arte no se mide por volumen. Se mide por profundidad.
Luego vino el cierre. Beret cantó Lo siento a coro con todos los presentes. Miles de personas cantándole a alguien distinto, porque esa es otra de las cosas misteriosas que hacen las canciones: todos decimos las mismas palabras, pero cada quien se las entrega a su propio fantasma.
En su última canción, Beret se puso la bandera de Venezuela y el anfiteatro entero respondió como si el abrazo fuese mutuo. Dijo que era su primera vez en el país, pero que estaba seguro de que no sería la última. Y en ese momento, todos sentimos que esa promesa también nos pertenecía.
Llovió apenas al final, mientras salíamos. Lo justo. Una refrescadita necesaria. Como si Caracas hubiese querido firmar la noche sin arruinarla, solo dejando caer sobre nosotros una mínima bendición de agua.
Salí con catorce emociones sin procesar y una verdad nueva entre las manos. Fui a ver a Beret y terminé encontrando una versión más precisa de mí misma. Y quizá lo más hermoso fue salir de allí con cien pequeños momentos junto a mi hija, de esos que se quedan en el cuerpo, en la memoria, en las fotos que no son solo fotos, en las frases que algún día empezarán con ¿te acuerdas cuando…? y que ahora nos pertenecen a las dos para siempre.
Creí que solo iba a un concierto. Y terminé recordando para qué existe el arte.
Frankenstein: de monstruo gótico a criatura piadosa
Elizabeth Rojas Pernía
Las mayores dificultades del hombre empiezan cuando puede hacer lo que quiere
H. Huxley
El mito que crea Mary Shelley en su novela Frankenstein o el moderno Prometeo es uno original e innovador, aunque esté vinculado a otros mitos o historias, como, sin duda, el de Prometeo, incluido en su título, pero también con el Dr. Fausto, de Marlowe, que representa la monstruosidad del conocimiento, o con el Gólem, de la leyenda judía. Y también hay antecedentes en poemas épicos del s. XVII, como El paraíso perdido, de John Milton, donde Satanás interpela a su creador, «¿Te pedí, por ventura, Creador, que transformaras en hombre este barro del que vengo? ¿Te imploré alguna vez que me sacaras de la oscuridad?», frases que la autora inglesa incluye como epígrafe al inicio de su obra. Y la gestación de este clásico de la literatura universal, en 1816, ocurre en un contexto tan peculiar como lo será su trama. Ese año sin verano, debido a la violenta erupción del volcán Tambora, en Indonesia, que oscureció completamente los cielos de varios países, dejó atrapados en la Villa Diodati, en Suiza, a Mary Godwin (aún sin el apellido de casada), Percy Shelley y Claire Clairmont, en su visita a Lord Byron, quien estaba acompañado por el Dr. Polidori, su médico personal. Esos días y noches, que forzosamente transcurrían bajo techo, eran amenizados por la lectura de una colección alemana de cuentos de fantasmas, que inspiró al anfitrión a retar a sus amigos a escribir el mejor cuento de terror. Mary se tomó el reto tan en serio, que tuvo una horrible visión fantasmal que dio origen a su magistral relato gótico.
El Romanticismo, movimiento en el que se inscribe la obra de Mary Shelley, amplía los límites de la belleza hasta incluir la categoría de lo sublime ?rescatada del planteamiento original que hiciera el griego Longino?, que más allá de lo bello, como armónico, equilibrado y que evoca calma y placer, incorpora lo aterrador, lo inconmensurable, lo desmesurado, que simultáneamente produce placer y terror. La literatura gótica, derivación inglesa del Romanticismo, representa esa particular estética, que alcanza su máxima expresión con el Frankenstein de la jovencísima y culta Mary Wollstonecraft Godwin. Al nacer en hogar de Mary Wollstonecraft, considerada la primera feminista, autora de la Vindicación de los derechos de la mujer, y de William Godwin, filósofo político, escritor y precursor del pensamiento anarquista, creció rodeada de libros y presenció frecuentes debates filosóficos, políticos y científicos en la casa de su padre.
La transgresión de Víctor Frankenstein, científico brillante, de ambición desmedida, y moderno Prometeo ?que ya no es un semidios o un titán capaz de crear vida, sino un mortal que lo hace a partir de cadáveres?, es monstruosa, de acuerdo a la concepción de su autora literaria, pero más monstruosa aún es su incapacidad moral para hacerse cargo de su creación. Al rechazar, maltratar y desentenderse de la criatura, está mostrando que detrás de su genialidad, inteligencia y racionalidad, acecha su pequeñez afectiva. Así narra M. Shelley ese momento de creación:
«Fue en una noche gris de noviembre cuando vi culminar mi labor. Con una ansiedad que rozaba la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos de la vida para infundir una chispa de existencia en el ser inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia repiqueteaba lúgubremente contra los cristales, y mi vela estaba casi consumida, cuando, a la luz tenue de aquella penosa vela, vi abrirse el ojo amarillo y apagado de la criatura; respiraba con dificultad, y un movimiento convulsivo agitaba sus extremidades». «Lo había deseado con un ardor que superaba con creces la moderación; pero ahora que había terminado, la belleza del sueño se desvaneció, y un horror y una repugnancia indescriptibles llenaron mi corazón. Incapaz de soportar la apariencia del ser que había creado, salí corriendo de la habitación…»
Prometeo, ser mitológico con el que Shelley asocia su protagonista, ha sido una figura a la que continuamente se ha apelado, tanto en el arte como en la filosofía. Ha sido asociado con el arquetipo del héroe rebelde, que desobedece a Zeus para favorecer a la raza humana, y simultáneamente con el transgresor del orden olímpico. Sin embargo, para que una actitud heroica pueda ser considerada prometeica debe poseer, además de fuerza y astucia, compasión: fue esa cualidad, junto a la indocilidad, lo que condujo a Prometeo a robar el fuego divino, para otorgárselo a los seres humanos y promover así el conocimiento, el progreso y la civilización. La consecuencia de transgredir las restricciones impuestas para beneficiar a la raza humana fue su sufrimiento incesante.
Si no toda fuerza, transgresión o rebeldía son prometeicas, pues requieren de la inclinación inicial a proteger y actuar con calidez y cercanía hacia los protegidos, Víctor Frankenstein no sería propiamente prometeico a pesar de poseer algunos de sus rasgos característicos, porque carece de la filantropía del Prometeo original. La creación de vida, razón que anima su primera transgresión, solo está motivada por la soberbia de creerse apto de vencer a la muerte misma. Si sería, en cambio, titánico, esto es, desbordado.
El 7 de noviembre de 2025, a los 207 años de haber sido publicada por primera vez la novela, Guillermo del Toro estrenó la última versión cinematográfica de esta obra, que posee más de 60 adaptaciones a la fecha, y en su elenco incluye al nada grotesco Jacob Elordi, a cargo de la criatura. En el culmen de su carrera, vemos al mexicano permitirse varias transgresiones, que son más que licencias creativas. El padre de Víctor aquí es aberrante, en contraste con el padre original que se muestra amoroso, atento e interesado en guiar a su hijo, de inteligencia y curiosidad intelectual enormes. Del Toro convierte al padre de su Víctor en uno que, a fuerza de frialdad afectiva y de maltratos, termina forjando un pequeño monstruo, quien más tarde replicará la misma crueldad al relacionarse, e intentar educar, al ser al que da vida en su laboratorio. Otra importante transgresión es que la criatura fílmica del Del Toro luce más cercana a lo bello que a lo sublime. Elordi sigue siendo guapo debajo de todas las prótesis y de todo el maquillaje; como criatura posee un cuerpo esbelto, bien formado, una estatura imponente, pero no descomunal, y sus costuras-cicatrices, indefensión inicial, movimientos erráticos y vulnerabilidad aparente, ejercen una atracción irresistible en Elizabeth, quien prefiere un instante a su lado ?así sea el último de vida? que una vida entera casada con William, su apolíneo prometido. Solo a un ser con estas características, menos monstruosas, puede este director mexicano convertir en alguien capaz de mudar la sed de venganza en perdón y el deseo de matar en reconciliación, pero, además, volverlo el hijo de un padre que nunca lo fue.
Mas allá de todo el mérito que el acto de perdonar pueda tener en la vida humana, si se eliminan, o ignoran, los elementos titánicos, se corre el peligro de mirar ingenuamente nuestra psique -o la de otros-, en cuya misteriosa profundidad y complejidad, pueden anidar aspectos irredimibles. La obra de Shelley, que sí mantiene la monstruosidad intacta ?la de Víctor al jugar a ser Dios, crear vida y vencer la muerte, y la de la criatura, al usar su atroz fuerza física y su locuacidad como armas principales para imponerse?, está manteniendo la lupa en el peligro, en lo amenazante, en lo que una vez desatado, no cesa en su destrucción: los aspectos titánicos, que son incapaces de experimentar el perdón y la dulce reconciliación. Es la razón, ni más ni menos, que, según el mito originario, condujo a Zeus a desterrar al Erebo a dichas fuerzas, donde deben permanecer a buen resguardo pues no fueron aniquiladas, solo vencidas. Guillermo Del Toro, al hacer un guion piadoso, cubre la historia con una dulzura que la aleja tanto de la novela que le sirvió de inspiración, que termina siendo casi otra obra, no solo otro lenguaje. Las preguntas existenciales, morales, que plantea la autora inglesa no son protagonistas aquí. Su tercera transgresión, al volver a la criatura invencible e inmortal, la convierte en una suerte de ser quimérico: es titánico y, a la vez, puede conmoverse hasta las lágrimas y estampar un beso en la frente de su arrogante padre -como es forzado a ser en esta versión-, mientras lo absuelve completamente, y ambos se declaran amor, en una escena que recuerda demasiado el largo linaje de telenovelas mexicanas que el director lleva a cuestas como herencia. También es explícita la enorme influencia de su educación católica: apenas creada, la criatura es elevada por el Dr. Víctor Frankenstein sobre un soporte a manera de cruz, con los brazos extendidos y el cuerpo semidesnudo, y está a punto de recibir la chispa que le insuflará vida, como a un Cristo a punto de iniciar, no de terminar, su camino de sufrimiento. El desenlace de esta novísima trama será, pues, la resolución del conflicto entre criatura y creador mediante el perdón, lo cual permite que Víctor muera en paz y la criatura viva eternamente, sin estar poseído por la sed de venganza. ¡Redención alcanzando las cumbres del melodrama!
La criatura de Del Toro parece traslucir más una necesidad profundamente personal del director, que algo que esté en la propuesta de Shelley, y que más bien la traiciona. El niño que fue, y que aún anida dentro de Guillermo del Toro, que se sentía al mismo tiempo un freak y un devoto católico, con la realización de su Frankenstein da rienda suelta (con una cinematografía deslumbrante, hay que decirlo) a su urgencia infantil de reconciliación cristiana entre un padre y un hijo. Es conocido el profundo rechazo que la temprana afición de Guillermo del Toro por el cine y por los monstruos produjo en su padre, quien calificaba sus inclinaciones artísticas de “capricho inútil”. El distanciamiento fue inevitable durante años.
Si hablamos de monstruos, hablamos del latín monstrum ?advertencia divina?, y de monstrare – mostrar para referirse a lo que se muestra diferente, deforme y que presagia una desgracia. Víctor Frankenstein escoge las partes más bellas de distintos cadáveres, las une y produce algo terrible. La autora misma llama a su personaje engendro, ser demoníaco. En la edición de 1831, escribe: «Y ahora, de nuevo, envío a mi espantosa progenie a que avance y prospere». El mérito enorme y atemporal de la novela de Shelley es revelar lo monstruoso que se manifiesta de diferentes maneras: soberbia, violencia, venganza, crueldad o ambición extrema. Y hay que insistir en la doble monstruosidad que concibió la autora inglesa. Es literal en la criatura, y es de carácter en Víctor. Es preciso detenerse en las enormes implicaciones que tuvo la intuición inicial de Mary, alimentadas por su vasta cultura literaria y filosófica. Al condenar la actitud encarnada por el brillante e indetenible Dr. Frankenstein, está señalando los peligros que ya asechaban a la Inglaterra de la Revolución Industrial. El triunfo desmedido de la razón, del progreso científico y tecnológico sin consideración por las consecuencias éticas, encarnado en Víctor, así como la crítica al poder patriarcal (un niño que pierde tempranamente a su madre y que de adulto se propone crear él solo, sin la participación femenina, a otro ser). Al mismo tiempo, Shelley muestra en su obra el surgimiento de la clase trabajadora explotada y desdeñada por los poderosos, representada por la criatura anónima y abandonada por su creador.
Cuando Frankenstein juega a ser dios apunta al ámbito que está más allá de la tierra. Su desconocimiento de lo sagrado vuelve su acción monstruosa, imperdonable, aunque Del Toro necesitó imperiosamente que su Víctor lo recibiera de su criatura. Esa suprema transgresión le negó su tercer Premio Óscar, a mejor película, quizás el más deseado.
Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía (UCAB), con estudios de posgrado en
Alemania (Universidad Alberto Magno); Psicoterapeuta de orientación junguiana; Coach Ontológico certificado; Master en Crítica Cinematográfica; Diplomado en Literatura del Mundo; Autora del libro “Viaje al centro de la Resiliencia” y de relatos de microficción.
Articulista en Papel Literario de El Nacional; Prodavinci; La Gran Aldea; El Espectador, Círculo de Escritores de Venezuela.
«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo
Por Edinson Martínez
En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.
Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.
Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes. ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa. El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.
El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.
En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.
Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.
La vida de Juan Rulfo
Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.
Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.
Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.
Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.
Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor:
…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar
al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios que sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios de los peces de ciudad
que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo
Que no merecen nadar
El Dorado era un champú
La virtud, unos brazos en cruz
El pecado, una página web
En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver…
Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.
Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.
Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.
El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.
En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.
El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.
Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.
Muchas gracias a Edinson Martínez por enviarnos este artículo. Es verdaderamente magnífico. Ha sido publicado en otros portales.
Edinson Martínez. Escritor, economista, editor y radiodifusor. Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Es autor de la novela Vidas paralelas (2014) y es articulista de conocidos diarios. Recientemente publicó el libro de ensayos El peso de las palabras.
@carmencristinawolf
@circuloescritoresvenezuela
Por Raquel Markus-Finckler
La fe es un territorio íntimo, pero también una experiencia compartida. Un lugar donde la razón, muchas veces, tiene que aprender a callar… aunque, curiosamente, algunos razonamientos también puedan conducirnos hasta ella.
Salí de ver La lengua en pedazos, la obra de Juan Mayorga inspirada en El libro de la vida de Teresa de Ávila… y algo en mí no volvió al mismo lugar.
Teresa no explicaba la fe. Escribía desde dentro de ella. Desde la duda, desde el quiebre, desde una experiencia de Dios que no siempre consolaba… pero que nunca la dejaba intacta. Fue cuestionada, vigilada, incluso juzgada, porque hablar de lo invisible con tanta certeza siempre incomoda a quienes necesitan pruebas.
La obra no me hizo llorar. Hizo algo aún más extraño: me hizo temblar. Era un estremecimiento que no pasaba por la mente, porque la mente no entendía nada… pero el alma sí. El alma entendía y sentía.
Traté de comprender el porqué de “eso”. De ponerle nombre. De domesticarlo. Pero no encontré una respuesta… encontré una intuición: que ese tipo de fe no llega como certeza, sino como una inquietud que no se deja resolver. Una pregunta viva. Una grieta. Algo que no viene a calmar, sino a abrir.
Algo en esos diálogos le hablaba directamente a mi alma, como si le recordaran una verdad que no sabe explicar, pero reconoce. Y en ese reconocimiento también había una advertencia: que esa fe —cuando es absoluta, cuando es radical— será muchas veces señalada como locura. Como delirio. Como algo que hay que corregir. Porque lo racional no logra descifrarla, ni entenderla, ni justificarla.
Soy judía. Mi espiritualidad es judía. Y, sin embargo, en ningún momento sentí contradicción. Porque, en el fondo, hablamos del mismo misterio: un Dios intangible, invisible, incomprensible, inabarcable. Un Dios que no se prueba… se intuye. Que no se toca… pero se siente.
Creemos así: a lo ciego, a lo sordo, a lo que solo puede rozarse con el alma. Y aun así… ahí apostamos todo.
Y cuando intentamos explicarlo, cuando queremos traducir esa experiencia para quien no la ha vivido, terminamos —como dice el título de la obra— con la lengua en pedazos.
¿Cuántas veces me he aferrado a la fe como última tabla de salvación, cuando nada alrededor tenía sentido… y tampoco lo tenía seguir aferrada? Y sin embargo, ahí está: etérea, transparente, intangible. Ausente cuando más la buscamos, avasallante cuando más la necesitamos… incluso cuando no la queremos.
Algo que Teresa de Ávila escribió en el siglo XVI sigue teniendo sentido en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que una mujer que enfrentó la duda, la precariedad, la pobreza y el estigma pueda hablarnos de la fe con palabras que todavía nos hacen temblar?
¿Cómo puede enseñarle algo a una generación que parece tener más fe en la tecnología que en sí misma?
¿Hay todavía espacio para el espíritu en una sociedad que ha decidido pesar todo lo invisible?
Tal vez… las respuestas no estén en los lugares donde solemos buscarlas.
A veces no entendemos por qué algo nos estremece… pero aun así, vale la pena ir a sentirlo.
La dirección de Carolina Rincón y Jeizer Ruíz, la puesta en escena —precisa, contenida y profundamente simbólica— y las actuaciones de Wilfredo Cisneros y Grecia Augusta Rodríguez nos impactaron con una capacidad de expresión e interpretación fuera de lo normal… como si no actuaran, sino que atravesaran algo frente a nosotros, y fueron fundamentales para este viaje interior.
Gracias a mi querida amiga Gisela Cappellin, productora ejecutiva de esta obra, por invitarme a presenciar algo que no se explica… pero que, sin duda, se siente.
—