Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose
Por Farah Cisneros
Editora: carmen Cristina Wolf
Editora: carmen Cristina Wolf
CARMEN CRISTINA WOLF/VENEZUELA/EDICIÓN BILINGÜE ESPAÑOL – FRANCÉS/POR: JUSTINE TEMEYISSA/LA CASA QUE SOY
SELECCIÓN DE «ESCRIBE UN POEMA PARA MÍ»
AMANTE
No dejes caer la noche sin decírselo
La rosa no se avergüenza de velar
en lucidez al alba
Mejor un instante de atrevido sonrojo
a mil versos de sensata palidez
AMANT
Ne laisse pas la nuit tomber sans le lui dire
La rose n’a pas honte de veiller
dans la lucidité à l’aube
Mieux vaut un instant de rougeur audacieuse
à mille vers de pâleur sensée
Si pudieras contarme el secreto de los girasoles
la cayena indefensa en medio de la lluvia
si pudieras decirme el sabor rojo de los tulipanes
y el matiz verdinegro de las hojas.
Dime cómo besan en la piel
sus colores de agosto
escribe un poema que sea ahora
no dejes que se pierdan tus versos vegetales.
Si tu pouvais me révéler le secret des tournesols
la cayenne sans défense au milieu de la pluie
si tu pouvais me dire la saveur rouge des tulipes
et la nuance verte-noire des feuilles.
Dis-moi comment leurs couleurs d’août embrassent la peau
écris un poème qui soit maintenant
ne laisse pas tes vers végétaux se perdre.
Te escribo con urgencia
porque no puede ser de otra manera
para pedirte que me cuentes
cómo es el sonido de las constelaciones
los colores del relámpago
el galope de los caballos
en las tempestades de octubre
Je t’écris avec urgence
car il ne peut en être autrement
pour te demander de me raconter
quel est le son des constellations
les couleurs de l’éclair
le galop des chevaux
dans les tempêtes d’octobre
El poema
es una barca atada a una promesa
un hallazgo posible
Carmen Cristina Wolf
La tiranía del algoritmo en la literatura
Econ. Edinson Martínez
Cuando comencé a escribir mis primeros artículos, hace un poco más de medio siglo, lo hice en una máquina Brother. Era lo frecuente entre los jóvenes de mi generación; aquella ya había pasado por varias manos porque era el medio más moderno disponible entonces. Los textos giraban sobre temas tan elementales como ingenuos del entorno que nos rodeaba. Como registra la historia de la última mitad del siglo XX, el clima intelectual de la época estaba fuertemente influido por los autores del boom literario latinoamericano y una abundante literatura política.
Eran los tiempos de una juventud inquieta que escribía sobre lo que quería, sin más restricciones que las derivadas de su particular percepción, como entiendo que ocurría con los autores consagrados y todo aquel que aspiraba a fraguarse un lugar en el ámbito de las letras. De modo que la libertad —o, en todo caso, la soberanía para escoger los tópicos sobre los cuales escribir— era un asunto del único arbitrio y decisión de quien los suscribía. Acaso se admitía una considerada insinuación, una tímida sugerencia o una recomendación vertida desde las más íntimas cercanías para matizar o influir en la exposición de determinadas ideas, pero nunca una imposición de terceros por razones de estilo o tendencias con fines mercantiles, alienando así la natural soberanía del oficio de escribir.
El título que escogí para estas notas ya antes otros autores lo han empleado para describir el mismo propósito que anima esta escritura. Uno de ellos es Kyle Chayka[1], con su artículo The Tyranny of the Algorithm: Why Every Coffee Shop Looks the Same («La tiranía del algoritmo: por qué todas las cafeterías se ven iguales»), donde desarrolla una bien argumentada exposición sobre la influencia que los algoritmos tienen en las preferencias de las personas. Aunque el asunto, en realidad, no es nuevo —porque en el pasado la influencia de los mass media fue determinante para la manipulación de la conciencia colectiva a escala planetaria—, el escrito en cuestión plantea una inquietante línea argumental sobre la alienación colectiva en el presente siglo: una realidad de estereotipos y perspectivas similares como nunca antes conoció la humanidad, donde la piedra angular de todo este proceso la constituye la abrumadora influencia de las redes sociales.
Si en el pasado la fabricación de estereotipos era un proceso de reproducción cultural permanente, aquello ocurría en lapsos temporales relativamente largos que permitían la reacción contestataria de la sociedad; a lo que habría que añadir un contexto intelectual dotado de valores culturales para contener, con sentido crítico, el propósito de estandarizar los gustos y la concepción de la vida. De ahí la abundante literatura sobre el tema durante aquel periodo. De aquel lapso valdría la pena citar, por ejemplo, la obra de Wilson Bryan Key (1988), Seducción subliminal:
«Los lenguajes subliminales no se enseñan en las escuelas: la base de la eficacia de los medios de comunicación modernos es un lenguaje dentro de un lenguaje, uno que nos comunica a cada uno de nosotros a un nivel inferior de nuestro conocimiento consciente, que llega al mecanismo desconocido de la inconsciencia humana. Este es un lenguaje basado en la capacidad humana de recibir información subliminal, subconsciente o inconscientemente. Este lenguaje ha producido de manera verdadera la base de ganancia de los medios de comunicación masiva». (p. 39).
Hoy en día, situándonos en los últimos veinte años, aquel contexto de reproducción de estereotipos se ha agudizado de manera dramática. Lo que antes tardaba meses o días en consolidarse, ahora se consigue en instantes. Así, una idea, imagen o enunciado puede darle la vuelta al mundo de forma inmediata y, conforme a los algoritmos, conocer casi al instante cuál ha sido su impacto. El artículo de Chayka describe cómo ya no importa si estás en Bogotá, Madrid o Tokio; el algoritmo ha dictado un estándar estético global que anula la identidad local en favor de una uniformidad de gustos. Explica cómo los negocios han adoptado una estética idéntica para que todos tengan una misma imagen. Alguien podría preguntarse: «¿Qué hay de malo en eso?». En apariencia, nada, si se valora solo como tendencia estética. El asunto se complica cuando ese mismo algoritmo impone preferencias en otros ámbitos, como el político, donde ya vemos reivindicar perversiones del pasado mientras se defenestran logros civilizatorios si conviene a determinados intereses globales.
Aquí encaja mi reflexión sobre la literatura. Creo que nunca en la historia hubo tantas personas escribiendo y tantos lectores confluyendo en las dos caras de una misma moneda. Mi angustia es que esta maravilla del ingenio humano termine siendo una mercancía en el más estricto sentido; que el ejercicio intelectual concluya contando a los lectores solo lo que desean de acuerdo a preferencias previamente estereotipadas, en una clara enajenación de su soberanía intelectual. Una abominable deriva que desterraría de la creación el brillo de su autenticidad.
Tendríamos, por un lado, una legión de consumidores de contenidos promedio dictados por plataformas masivas y, por el otro, la seudoliteratura usurpando el lugar de la creación auténtica. Una realidad difícil de develar cuando el antifaz de la posverdad domina la sociedad, haciendo realidad la advertencia de Herbert Marcuse: «La catástrofe verdadera es la perspectiva de idiotización, deshumanización y manipulación total del hombre».
En este contexto, mucho me temo que el lugar de los escritores estará comprometido por la presencia de la IA como instrumento para generar contenidos que alimentan el consumo masivo, conforme a la escritura sin arte del algoritmo. Estamos ante una doble alienación: el escritor pierde el control sobre su creatividad —ya no decide género, estilo ni tema— y el lector consume lo que le llega bajo una velada manipulación. Me abruma la idea de que la literatura se transforme en un producto de moda, cuando en realidad es un testimonio de vida. Cuando leemos a Saramago, a Rulfo, a Borges o a García Márquez, nos conectamos con las obsesiones, los miedos y el tiempo que envuelve a los autores con el paisaje seco y espectral como residuo de una revolución, por ejemplo, la cosmogonía que cambió la percepción de la literatura latinoamericana, o los laberintos porteños de una ciudad que se queda para siempre en el imaginario del lector.
La literatura es la creación humana más trascendente desde que se inventara la escritura y, quizás, el prodigio intelectual de mayor relevancia desde el instante mismo en que nuestros antepasados sintieron el peso de su ser al ver su cara reflejada en un arroyo.
El peligro no es que la IA escriba como un genio o sea capaz de imitar nuestras emociones, sino que los seres humanos nos acostumbremos a leer como máquinas, atrapados en el contenido promedio de las redes sociales sin admitir la excepcionalidad; esa maravilla con la que cada autor se presenta ante sus lectores, el élan vital que le impulsa a concebir la literatura como un constante desafío de sus capacidades para sorprender a sus semejantes. Este riesgo nunca antes lo tuvo la humanidad, incluso cuando en el pasado los mass media influían abiertamente en corrientes de opinión, modas y preferencias de consumo.
No estoy seguro de que, con el despliegue alucinante de las nuevas tecnologías y plataformas, podamos tener una convivencia equilibrada entre ellas y el arte de escribir. Lo ideal sería que remitan principalmente a su uso como instrumentos de soporte —sea documental o de inmediatez en el acceso a fuentes— y no a la suplantación del ingenio humano para convertirnos en víctimas de la probabilidad estadística que dictan los algoritmos. Es una puja de resultados impredecibles que quizás resulte favorable a la perspectiva que represento; es posible, dada la historia construida por el hombre, pero nadie podría garantizarlo.
Algunos con quienes he conversado el tema sacan a colación el caso de la fotografía: cuando apareció, los pintores —entre ellos los retratistas— imaginaron que su arte desaparecería, pero con el tiempo la fotografía también derivó en un arte. No estoy seguro de que en nuestro tiempo ocurra lo mismo en la inevitable interacción entre escritores, lectores, IA y redes sociales.
Por ahora, a quienes deseamos una ponderación soberana del asunto, solo nos queda persistir. Busquemos el modo en que una tecnología que amenaza con hacer «caída y mesa limpia» termine facilitando las cosas para que, como el escultor, la IA se limite a buscar la piedra en la cantera, picarla y pulirla, para que el artista finalmente la talle y cree la obra que ha de ser admirada como expresión de su auténtica excepcionalidad y no como la aburrida rutina del estereotipo que no sorprende a nadie.
[1] Kyle Chayka es un reconocido periodista y crítico cultural estadounidense, actualmente redactor de plantilla en la revista The New Yorker, donde escribe la columna «Infinite Scroll» sobre tecnología y cultura de internet
Edinson Martínez. Narrador con raíces zulianas y alma universal, nació en Cabimas, estado Zulia, en 1957, y actualmente reside en Ciudad Ojeda, municipio Lagunillas. Es economista de profesión, pero ha dedicado gran parte de su vida a la literatura, el periodismo y la docencia universitaria. Miembro del Círculo de Esctritores de Venezuela.
La Libertad como experiencia estética
Elizabeth Rojas Pernía
Siempre estoy buscando la respuesta: ¿por qué nuestro sufrimiento no se convierte en libertad? ¿Qué puede lograr el arte? Svetlana Aleksiévich
No el placer, la gloria, el poder: solo la libertad Fernando Pessoa
Nuestra época es tal que produce temblor. ¿Cuál es la libertad que tenemos a nuestra disposición en períodos turbulentos, de cambios radicales, de enorme incertidumbre y de irrupción cada vez más frecuente del poder autoritario?, ¿podemos siquiera seguir hablando de libertades?
Mientras lo averiguamos, conviene recordar que no estamos solos ante la inmensidad de esta marea política, económica, bélica –que incluye esa particularísima forma de guerra que es la arancelaria y la más reciente, de connotaciones nucleares, con carácter más espeluznante– que nos está tocando vivir, y que parece poseer una fuerza capaz de ahogarnos. No estamos solos, pese a que por momentos podamos sentirnos desvalidos. Contamos, como especie creadora de significados, con un enorme legado ético y estético al cual apelar, en el cual refugiarnos y del cual obtener luces, cuando casi toda referencia previa, incluso de lo que nos hace humanos, se ha oscurecido o parece a punto de ser arrasada. Pensemos en el advenimiento de la sociedad digital ?donde, expresado por Bruce Sterling, «Cuesta demasiado seguir siendo humano»?, y en la propagación de la fluidez en casi todas las nociones que nos son fundamentales, como referencias de nuestro inquietante presente.
Estamos, al mismo tiempo, ante la oportunidad de recordar que con nuestros modos de interpretar y enfrentar el descalabro actual podemos, también nosotros, dejar una herencia significativa a las generaciones que sigan, si fracasamos en la empresa de la autodestrucción, claro está. O no. Depende de lo que elijamos. Si elegimos responder a muchas formas en que el mundo parece estar interpelándonos, desde una comprensión más abarcante de lo que somos, de lo que hemos sido y que deje abierto el camino para lo que otros elijan ser, estaríamos rescatando una tradición que nos concebía como conectados, pertenecientes y expresiones del anima mundi, el alma del mundo, conectada, a su vez, a un orden superior. «Si la civilización ha de sobrevivir, la expansión de la comprensión es una necesidad primordial», en las contundentes palabras de Alfred North Whitehead. Esa comprensión aparece nítidamente asumida por Fernando Pessoa, al decir, poética e íntimamente, «He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos». Si somos manifestaciones de esa alma del mundo ?y no solo animales racionales o seres cogitantes, ergo, seres definidos casi exclusivamente por su aparato mental o su biología, condiciones necesarias, pero no suficientes?, comprenderemos que más allá de la esfera minúscula de nuestro “yo personal” (cuando deviene prisión mental, cognitiva o emocional, estemos conscientes de ello o no) se extiende la vastedad. Ensancharnos es posible cuando logramos reconocernos en manifestaciones del arte, y en vidas, que nos han mostrado al mundo y sus desasosiegos como el valle de la creación del alma, como supo ver John Keats, desde su comprensión poética. El arte puede revelarnos cómo encontrar belleza y sentido en medio de la oscuridad que reduce, aplasta o confina. Ese sentido que se muestra, al no dejarnos hundir en la desesperación sin propósito, también forja nuestro carácter. Y, a menudo, esas revelaciones surgen del arte de las palabras. Cada vez que nos encontramos a un otro, en la ficción literaria o fuera de ella, que ha visto, sabido y expresado algo trascendente estamos en presencia de un acto de libertad. La literatura –heredera de los mitos, ámbito de riqueza inacabable que une lo celestial y lo terrenal–, manifestación creativa que los seres humanos hemos recibido y nos hemos otorgado, puede ser portal hacia la verdad y la libertad, en tanto expresión de conocimiento diferente al meramente científico: Las pruebas cansan la verdad, dijo George Braque, desde su sensibilidad pictórica. Por su parte, Roberto Calasso, insigne recuperador de nuestras tradiciones más antiguas y conocedor de los tiempos en los que andamos, se refirió a los dioses como huéspedes de la literatura, aunque huidizos. Y lo son, porque su carácter es evanescente, pero el infortunio mayor no reside allí, sino en el hecho de que la humanidad haya abandonado a sus dioses, y con ello se privara de sus revelaciones. El esfuerzo por secularizar el mundo ha sido sostenido y ha dado amargos frutos, como el abandono de lo sagrado y el consiguiente confinamiento en lo exclusivamente terrenal y sus secuelas de vacío existencial, y más aún, la reaparición de lo que ha sido abandonado en formas terribles como el fanatismo y otras formas de violencia. Un fruto diferente, pero igualmente amargo y debilitante para nuestra salud psíquica es la sustitución casi total de la narración por la información: metáforas e imágenes eternas a cambio de noticias y datos efímeros. Una comprensión empobrecida del mundo –esa particular pérdida de libertad–, por consiguiente, no basta para detener la destrucción y emprender, eventualmente, la perenne reconstrucción.
Adentrarnos en algunas alegorías magníficas encarnadas en ciertas vidas, dentro de la ficción literaria y fuera de ella, y dejarnos transformar por la capacidad de sugerir significados que poseen, y que no podemos ver directamente por más que nos urja, es un hacer oblicuo que nuestros tiempos, salvajemente frontales, requieren, si hemos de recibir algo de luz en este sombrío tránsito por la opresión. Hacerlo es honrar y extender lo heredado.
En un cuento llamado Un descenso al Maelström, de los muchos notables que el genio de Edgar Allan Poe produjo, se narra la aventura de un hombre que, a pesar de haber sido arrastrado por un remolino capaz de tragarse enteros barcos, ballenas, árboles y todo lo que tuviera el infortunio de encontrarse en las cercanías de su vórtice, logra salir con vida. En la embarcación que poseía junto a sus dos hermanos, se dirigían con frecuencia, no a los lugares escogidos por la mayoría de los pescadores, sino hacia zonas donde las corrientes eran más violentas y peligrosas, pero la pesca más variada y abundante. Se llenaban de orgullo al comprobar que solo ellos poseían la reciedumbre para exponerse a pescar en aguas donde el peligro era horrible, tal como lo describe el narrador de la escalofriante peripecia. Cuando la pequeña embarcación era destruida casi por completo por la furia del torbellino, él intentaba sostenerse con sus pulgares a una argolla fijada cerca del mástil de proa. Y, mientras su vida era tan vulnerable como ínfima, el pescador siente una enorme curiosidad por saber qué ocurría en el interior de ese vórtice de apetito y bramidos terroríficos, que aumentaba a medida que sentía su fin más cercano y lo condujo a las más agudas observaciones. Notó que entre los pertrechos que iban siendo succionados por esas fauces insaciables, los objetos cilíndricos eran los que ofrecían mayor resistencia a la succión y, por tanto, tardaban más en ser absorbidos. Resuelve desatar un barril de la popa y amarrarse con las mismas correas a ese pequeño tonel, renunciar a la aparente protección y sentido de seguridad que le había ofrecido el bote hasta ese momento y descender al mar. Ocurrió lo que sus observaciones le habían mostrado: la barrica de forma cilíndrica con la que compartía suerte, lo mantuvo lejos de las corrientes más violentas. Su desafortunado hermano, en cambio, incapaz de pensar en algo más que en continuar aferrado a la embarcación, no pudo contar su propia versión de lo acontecido. Finalmente, impulsado por un mar ya menos violento, el hombre recala en la orilla y es rescatado por algunos de sus compañeros, quienes con dificultad logran reconocerlo: al cabo de seis horas de terror su cabello está completamente blanco.
En este relato-espejo, podemos ver reflejadas algunas imágenes de nuestras propias travesías, como individuos y como sociedades. Ahora, cuando todo parece dar vueltas o hundirse, saber encontrar a qué aferrarse –dónde refugiarse, sea un lugar, una idea o un valor–, y cuándo saltar ?desprenderse de formatos previos de estar en el mundo?, si el peligro es inminente, deviene expresión de libertad. Hay circunstancias en que ser responsables significa, estar dispuestos a descender (¡aunque si la arrogancia es demasiado grande, esto no es posible!), porque nuestro tránsito por la vida no es, ni mucho menos, solo ascendente. En medio de coyunturas que amenazan con hacer pedazos la vida tal como la conocíamos, se ponen en juego capacidades dilatadas de observación que no utilizamos, o que ni siquiera sabemos que poseemos, cuando las aguas están en calma.
En la concepción de la filósofa y teórica de la política, Hannah Arendt, el género humano está constituido por seres nacientes, en lugar de solo seres arrojados a un vivir para la muerte, y propone mirarnos como poseedores de una enorme potencialidad, como principio ontológico que nos es inherente: la libertad de comenzar de nuevo y aportar algo inédito al mundo. Cuando nuestra acción no es redundante, sino que introduce algo inesperado, puede ocurrir lo que ella denominó milagros. El pescador de Poe estaría de acuerdo, después de su descenso.
Las narraciones que siguen a continuación muestran claramente la naturaleza diversa de nuestro operar y cómo no es infrecuente que el sufrimiento produzca nuevos comienzos, a veces milagrosos, si sabemos mirar los contextos lo más libres posible de condicionamientos.
Parte de nuestro estremecimiento, como habitantes de este momento histórico, es la amenaza casi permanente de guerra, ante a la cual podemos encontrarnos en la condición de víctimas y ejecutores directos o de espectadores dolientes, si no tenemos el infortunio de ser indiferentes. Si alguien ha sido tanto víctima como ejecutor, como a menudo suele ser el caso de los soldados, un mecanismo psicológico que aparece a menudo es el olvido o el silencio. Ambas opciones pueden aliviar parcialmente esa angustia que ha sido llamada estrés postraumático; con todo, lo que nos mantiene humanos es poder recordar, reelaborar e intentar otorgar algún tipo de sentido.
Para Svetlana Aleksiévich, escritora de origen bielorruso y ucraniano, ganadora del Premio Nobel de literatura 2015, la libertad, además de fundamento para la democracia, es recuperación de la memoria. Para miles de mujeres que participaron en la lucha contra el Ejército Nazi, durante la II Guerra Mundial, esa memoria estaba enterrada bajo los escombros de la culpa y la vergüenza. Svetlana las buscó, las entrevistó y, sobre todo, las escuchó callada, atenta y compasivamente, mientras ellas, silenciadas por décadas, expresaban la verdad de su sufrimiento. Al hacerlo, las estaba liberando de la retórica triunfalista que el Estado Soviético –y sus maridos, en el espacio doméstico– les habían impuesto. Ella misma, en cambio, se enfrentaba al riesgo de ser perseguida y condenada por presentar una versión de la guerra y de las combatientes diferente a la narrativa oficial. Su obra, La guerra no tiene rostro de mujer (1983), solo pudo publicarse en el exterior, dado que tales manifestaciones de libertad de expresión no eran toleradas en la Unión Soviética. Y siguen prohibidas en la Rusia actual. A través de la palabra, del encuentro, de la confesión y de la intimidad, estas exsoldados pudieron liberar sus corazones de los barrotes del silencio obligado, o autoimpuesto, y de la indecible aflicción que la participación en aquel horrendo conflicto supuso para la mayoría de ellas. Aleksiévich, que se ha referido a sí misma como oído humano, hizo posible, mediante incontables diálogos, que aquellas almas pobladas de tinieblas sintieran que algo se despejaba, que las heroicas y pesadas máscaras oficiales caían y que la sensibilidad humana regresaba poco a poco a sus cuerpos y a sus vidas. Acerca de estas mujeres, que contribuyeron a la aplastante victoria del Ejército Rojo, se preguntó desde el principio, ¿Qué les ocurrió?, ¿Cómo les transformó?, ¿De qué tenían miedo?, ¿Cómo era aprender a matar? Esas preguntas y las respuestas, que podían salir a borbotones o aparecer reticentes y demoradas, se convirtieron en actos de enorme valentía. A través del relato de sus vivencias aterradoras, estaban revelando la parte no grandiosa de la guerra, «Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte» Y, a pesar de la mudez, la negación o el falseamiento inicial, ruegan a la periodista que regrese, que les siga permitiendo hablar de sus espantosos secretos: «Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…» La mayor de las liberaciones que ocurrió fue romper el silencio que las había atenazado durante demasiados años: las mujeres soldados de Aleksiévich, volvieron a nacer, experimentaron la libertad de ser otra vez seres sintientes, a pesar de haber casi apagado dentro de ellas esa capacidad, hasta acaso extinguirla, para poder seguir asesinando y representando el papel que Estado les asignó, loado hasta enronquecer, con el apoteósico: ¡Hemos ganado la guerra!
La escritora define lo que recopiló como anotaciones del alma. Por lo tanto, lo que escucha está lejos de ser solo un canto glorioso. «Nuestra Victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa». Cada entrevistada que se atreve a regresar a esos remotos lugares psíquicos donde ocultaron recuerdos intolerables, a rasgar el velo del miedo y a soltar la mordaza portada por años, va liberando sentimientos largamente bloqueados o cuestionados. Porque, ¿cómo avergonzarse de una hazaña tal?, ¿cómo arrepentirse de los sacrificios hechos por la amada Patria Soviética? No obstante, la verdad, finalmente, surge libre, y se hace carne en cada una.
Seguir creando espacios para dar voz se erige como un imperativo democrático en medio de las alarmantes tendencias autoritarias a censurar, que inevitablemente conducen a diversas formas de autocensura. Leer, o escribir, libros que sean «el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros» –como estaba convencido Kafka que debía ser– representa una experiencia, liberadora como pocas, a nuestra disposición. Los libros de esta mujer sensible, que escucha al alma y la vierte en palabras, coloca el fuego de las verdades donde antes había frías mentiras o helados silencios.
III. El amor y la libertad como desobediencia
Avanzando aún más en la dimensión ética, dentro del ámbito estético de la literatura, para aumentar nuestra comprensión sobre la libertad que nos es posible como seres humanos, traigamos a nuestros días una obra que tendría que ser faro permanentemente encendido para cuando el frenesí tiránico amenace la vida. Hablamos de Antígona, tragedia magnífica concebida por Sófocles (495-406 a.C.), presentada en Atenas por primera vez en el año 441 a. C. y representada 32 veces seguidas. Su protagonista representa a la perfección lo que Friedrich Schelling llamó héroes que luchan contra la fuerza superior del destino, y honra, como pocas figuras, la libertad humana. Más allá de visiones nihilistas que veríamos aparecer en el siglo XX, como resultado del espanto que dejaron en la psique colectiva las dos guerras mundiales, estamos enraizados a una tradición, cargada también de conflictos bélicos, que, pese a lo cual, supo reflexionar sobre el sentido del vivir humano desde categorías más dilatadas. En las desgracias de Antígona hay algo que tocó hondamente a los griegos de la época y que ha obrado el mismo efecto en las múltiples generaciones que la han conocido a lo largo de los siglos transcurridos desde su creación. Sentimos una enorme compasión ante el sufrimiento de la joven tebana. En sus luchas, caídas y elecciones hay algo en nosotros que las reconoce como propias, cercanas o posibles: hay una suerte de epifanía que nos revela algo enteramente nuestro. Esta núbil princesa, cuyo nombre significa la que está parada ante sus antepasados, encarna el obrar polémico y libre. Se enfrenta a Creonte, regente de Tebas y tío materno, al desobedecer su implacable edicto de dejar insepulto el cuerpo de su hermano, Polinices, considerado traidor a la patria. Conocedora de los rituales funerarios que proceden, y guiada por su amor indeclinable, se cuela durante la noche, hace las libaciones correspondientes y esparce la tierra sobre el hermano inerte. Cumple con los mandatos de su corazón y con los designios superiores de los dioses, los únicos ante quienes se somete, y, al hacerlo, detiene la tiranía. La leal hija de Edipo, en su actuar insubordinado, representa el conflicto entre la esfera pública –el Estado– y el ámbito privado –oikos– y, con lenguaje actual, diríamos que se convierte en la primera ciudadana en ejercer la desobediencia civil. Conviene que como habitantes del s. XXI, repensemos lo que esta expresión implica, pues, aunque está dicha en términos negativos –desobedecer– apela sobre todo a la afirmación de la propia identidad, obedecer a una ley interior superior: in foro conscientiae. El gobernante quiere imponer su ley a cualquier costo y Antígona no puede ignorar los rituales prescritos por un orden superior para cualquier alma antes de descender al Hades ni puede desatender a su corazón. Dejar a la intemperie, presa de aves de carroña, los restos de Polinices, y tampoco llorarlo –parte de las prohibiciones reales– no es concebible para ella, y se rebela. Esta decisión inapelable define su carácter, en claro contraste con su hermana, Ismene, quien no es capaz de desobedecer, «¡Ah, entonces, hermana, no esperes que yo haga nada contra la voluntad de la ciudad!», y, en cambio, trata en vano de disuadir de su brío a Antígona, «¡Oh, hermana, no te dejes llevar por el ardor! ¡Ten cuidado!», en cuyo corazón no tiene cabida el temor al monarca déspota ni a sus leyes. La cobardía no le es propia; la valentía, en cambio, implícita en su decisión, procede del amor y el respeto a los dioses.
Y continúa ejerciendo su capacidad para elegir hasta su último aliento, pues en un acto libérrimo se quita la vida, antes que esperar la muerte en la catacumba donde la soberbia del regente la había confinado. En esa decisión final está contenido el acto fundamental de su vida. Antígona, en lugar de quedar paralizada por miedo o por obediencia ciega, opta por reivindicar –y abrirnos esa posibilidad– su condición de individuo (así fuera solo en el ámbito familiar, dadas las inevitables limitaciones que se le imponían como mujer), y desde una elevada conciencia moral, se reafirma hasta el final de su vida. Creonte, en cambio, apresado en los barrotes de su rigidez, arrastra consigo a toda su familia en la tragedia inevitable que ocasiona. La muerte, que ocurre en ambos bandos enfrentados, tiene significados diametralmente diferentes. Una, representa la liberación y la honra; la otra, el castigo a consecuencia de la hybris.
Hasta las nociones mismas de libertad y de responsabilidad requieren ser interrogadas ante la enormidad de Antígona. Nos deja la convicción de que la libertad humana no está determinada, de manera absoluta, desde lo colectivo ni puede ser completamente aplastada por gobernantes o leyes despóticas. Desafiar fronteras políticas no solo es posible, a veces resulta imperativo cuando nos encontramos ante el mandato de nuestra propia conciencia, si la elección temprana que hemos tenido el privilegio de hacer, o de haber sido guiados a hacer, ha sido la de cultivar nuestro sentido de la moralidad.
Si continuamos rastreando y recuperando partes de nuestro legado ético y estético, también en vidas más allá de la literatura, encontramos a un hombre cuya capacidad de lidiar con la fatalidad, mientras era forzado a casi abandonar la condición de humano, y de aprender nuevamente a vivir después de haber atravesado el infierno, nos dejan no solo en el lugar del asombro y la admiración, sino en un lugar distinto para mirarnos, en adelante. Ese hombre, tantas veces citado, es Viktor Frankl (1905-1997), neurólogo y psiquiatra austríaco, confinado en diversos campos nazis debido a su condición de judío. Ya liberado, publica uno de los libros más hondos que se han escrito sobre las experiencias de este averno del siglo XX, El hombre en busca de sentido (1991), recopilación de sus memorias y reflexiones, a partir de las vivencias en los campos donde trascurrió su vida, entre 1942 y 1945. Pocas experiencias han sido tan devastadoras para quienes las sufrieron y tan desoladoras para quienes sucesivamente hemos tenido conocimiento de tales atrocidades. La infamia que condenó a millones de personas a morir en los campos de exterminio ?expresión última de eficiencia en la industria del asesinato? y a aquellos que lograban mantenerse apenas vivos, a soportar condiciones diseñadas para arrebatarles la dignidad humana misma, no reconocida en ellos por sus persecutores, captores y exterminadores, es algo que inundó de vergüenza, junto a un infinito estremecimiento, a gran parte de la sociedad mundial. No a todos. Ya sabemos que hay aún partidarios de consolidar soluciones finales para sus causas. Por otro lado, casi el mismo asombro puede producir la constatación de que, en medio de situaciones inimaginables, más allá de lo soportable, hay en el ser humano algo capaz de abrirse paso ?no de inmediato, no impulsivamente, no sin que algo muera antes?, y que ese algo, a lo mejor desconocido antes de la llegada de lo abismal, empieza a asomarse poco a poco en medio de charcos de odio, de miseria, de muerte, y a revelar, o a recordar, con su contundencia, que la vida sigue allí afuera y, también, aquí adentro, así la parte que está entumecida de espanto lo haya olvidado, y la parte que parece aniquilada, lo ignore. En medio del estupor que produce el canibalismo, esa oscura peculiaridad de nuestra estirpe, capaz de una destrucción o crueldad extrema hacia individuos de la misma especie, encontramos valiosísimos testimonios de seres que logran afrontar las mayores adversidades a fuerza de recogimiento, de ir hacia el espacio mayor que yace adentro: «A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una intensa vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual», dice Frankl en su obra autobiográfica. Se refiere, entre otras cosas, a que en medio de los trabajos forzados –cavar zanjas en pleno invierno y medio desnudos, con el cuerpo cubierto solo de harapos y de lo que iba quedando de piel para cubrir los huesos– surgían conversaciones de una trascendencia inaudita. La inminencia constante de la enfermedad, la desolación y la muerte, parecían encontrar contención en una particular comunión con los compañeros de infortunio, en la compasión frente al inmenso sufrimiento compartido –cuando el envilecimiento que los rodeaba, y a cuyo contagio estaban permanente expuestos, no había hecho estragos en sus psiques– y en las prácticas religiosas que jamás dejaron de estar presentes en las inmundas barracas. No solo eso. Con el estómago atormentado por las punzadas del hambre, en organismos que empezaban a devorarse a sí mismos en una desesperada estrategia de sobrevivencia, podía aparecer en todo su fulgor la belleza del vivir. Frankl cuenta que un día un prisionero corre a las barracas, donde sus compañeros recién llegados de otra despiadada jornada de trabajo, insultos, golpes, y les grita, lleno de arrobamiento, que salgan a admirar una magnífica puesta de sol. Ellos asienten. Salen nuevamente, casi a rastras, y mientras todos están enmudecidos ante los exuberantes colores de aquel atardecer –desde el azul acero al rojo bermellón– que en ese momento el cielo quiso regalarles, escuchan a un compañero decir «¡Qué bello podría ser el mundo!». Continúa relatando Frankl, «A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias». A esta experiencia, lleno de lucidez, la llamó la huida hacia adentro. Sí, es válido huir –que no desistir ni renunciar–, cuando la huida es protección, preservación de la vida, olvido momentáneo de la crueldad, antes de volver a presentarse. Cuando lo único que les quedaba era la existencia desnuda, cuando sabían que ya no tenían nada más que perder, salvo la vida, aún persistía en ellos el aprecio por la naturaleza y el arte, como reafirmación incontestable de amor fati.
Además de la posibilidad de redención a través del sentido estético, contamos con algo más que notable, y aquellos muertos vivientes, víctimas de la crueldad que manchó de oprobio la historia humana para siempre, también lo relataron. Se trata, sí, y por insólito que resulte, del sentido del humor. «El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que en la existencia humana el humor puede proporcionar el distanciamiento imprescindible para sobreponerse a cualquier situación, así no sea más que por unos segundos», como pudo constatar, desde los primeros días de aquel confinamiento, el psiquiatra vienés, creador, por lo demás, de la Logoterapia o terapia del sentido. El enorme valor de la experiencia desgarradora que vivió y de las reflexiones que vertió en su libro, se destilan claramente en estas palabras, «Al hombre se le puede quitar todo excepto una cosa: la última de las libertades humanas ?la elección de la propia actitud ante la adversidad?, decidir el propio camino». Y el humor puede ser una de las más contundentes elecciones; una que allane el camino hacia otras posibilidades que no veríamos si el desconsuelo nos cubriera completamente el rostro. Y aquellos que pasaron un tiempo en el infierno y dejaron sus testimonios, quisieron salvarnos a los que veníamos después.
No solemos, pese a todo, valernos del humor suficientemente. Esa expresión de alegría que nos es tan propia, tiene la particularidad de aparecer en medio de valles de sombra de muerte como un cayado capaz de sostenernos, así sea solo por unos preciosos segundos. «Hemos sido creados para la alegría, esta es ontológicamente anterior al dolor y superior a él. Pero el camino de la alegría, en virtud de que somos finitos, implica momentos de dolor», expresó, con vivo convencimiento, el poeta venezolano Armando Rojas Guardia.
En la tradición nativa norteamericana hay una historia que los ancianos contaban a los jóvenes en tiempos de tribulaciones. Dejemos que este cuento iniciático surta su efecto sobre nosotros, en tiempos que lo ameritan.
Hay una cueva donde reside todo el conocimiento que buscamos, todas las respuestas que necesitamos. Si encuentras esa cueva verás a una anciana mujer sentada tejiendo un hermoso tapiz, y lo ha estado haciendo por mucho tiempo. Ella está a punto de terminar el tejido de la manera más bella y única posible, pero de tanto en tanto debe ir al fondo de la cueva donde hay un caldero colgando sobre el fuego. Allí dentro están todas las semillas de todos los árboles y arbustos y plantas y granos y flores, y si ese caldo no se revuelve de cada cierto tiempo puede quemarse, y si las semillas se queman no habría más bosques ni flores ni granos. Así, la anciana coloca su tejido en el suelo para ir al fondo la cueva y hacer lo que tiene que hacer. Cuando regresa con su paso lento al tejido en el cual ha estado trabajado, lo encuentra casi desecho, pues un perro negro ha entrado a la cueva mientras ella revolvía el caldo de semillas, y al ver un hilo suelto no pudo evitar halarlo tantas veces hasta casi deshacer todo el hermoso trabajo y dejar un desastre allí en el suelo de la cueva. Cuando ella ve su tejido hecho trizas, se detiene en silencio un momento… Luego, vuelve a sentarse, ve un hilo suelto y lo recoge. Al tocarlo tiene una nueva visión de un tapiz aún más hermoso que el anterior, y se pone de nuevo a tejer y a tejer, como lo ha hecho antes, solo que ahora está tejiendo una nueva versión del tejido, una nueva imagen de lo que puede tejer con esos hilos de vida.
En este relato, que ocurre en una cueva, símbolo, entre muchas otras cosas, de regeneración, protección, origen y renacimiento, hay tres momentos clave. El primero, la anciana debe detener brevemente el tejido que la ocupa, pues otra labor vital la espera, la de remover el contenido del caldo para evitar que se queme; el fuego debe ser regulado. El segundo, la mujer regresa, encuentra los destrozos ocasionados por el perro negro, se detiene, observa y siente lo acontecido. El tercero, se sienta de nuevo a urdir, encuentra un hilo suelto y ocurre la revelación: la visión del nuevo tejido que va a emprender, mucho más bello que el anterior. Ha ocurrido una conexión vertical. Y ello, porque la mujer sabia espera, presta atención, a la manera planteada por Simone Weil: un estado tal de receptividad, de vaciamiento del pequeño yo, que propicia que la realidad se revele. Solo en este esperar atento puede el ser humano experimentar la libertad como conexión profunda con una dimensión trascendente.
Necesitamos liberarnos de una visión, interpretación y valoración de la realidad solo horizontal –riesgo permanente de repetición, que necesariamente nos impide ver lo que, en cambio, nos permitiría una visión vertical, implícita en la afirmación de Albert Einstein, «No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos». La anciana lo sabe, por lo que, en lugar de salir llena de rabia armada con un garrote a perseguir al perro, se detiene y espera que desde lo alto le llegue la inspiración que la coloque en la senda de la reconstrucción del tejido, aunque de uno diferente, uno mejor. La mujer sabia lo que está uniendo son los hilos del mundo, este mundo que nunca está acabado, sino en continuo proceso de hacerse, y nosotros con él, en cada acción, en cada decisión y en cada acto libre. En todo colapso, la imaginación es puesta al servicio de la recomposición: hay situaciones que requieren ser reimaginadas antes de poder ser enfrentadas y, eventualmente, resueltas. Si en la esfera de lo individual, o en la de lo social, nos lanzamos a recomponer lo que ha sido destruido sin que hayamos prestado atención a otra visión posible, estamos ante la acción desenfrenada, repetitiva y sin sentido, condenada al fracaso. Los tiempos de esperar y los tiempos de accionar, si han de ser acertados, deben ser tiempos kairós, y eso lo conoce nuestra sabiduría interior. Estamos presenciando, y padeciendo, la devastación ocasionada por diversos perros negros, en las reacciones de muchos gobernantes inflados por el exceso de poder y dominados por la impetuosidad. Aun así, recibiremos nuevas visiones, encontraremos nuevos hilos y emprenderemos nuevos tejidos, cuando el tiempo sea preciso, si evitamos el pragmatismo desbordado. Soportar el caos ¿lo que sea que llegue a deshacer los hilos de la vida? es una dura, pero imperiosa lección de iniciación a la verdadera vida. Existir no se trata de experimentar solo el equilibrio, de transitar por un camino recto o de meramente mantenerse vivo. Descubrir cuáles hilos nos llaman –y despiertan nuestra vocación– cuando los perros negros han derrumbado lo existente, es lo que nos va a mostrar de qué forma misteriosa estamos entretejidos con la vida y con el mundo, y cómo abordar los tiempos de desmoronamiento, de incertidumbre o de fatalidad. Sin importar las condiciones, es preciso que nos aferremos a esos hilos (como el hombre del Maelström a su pequeño barril, una vez que vio y comprendió). Lo que hayamos creado, si hemos sabido esperar la revelación de la nueva imagen, es lo que entregaremos de vuelta al mundo.
Nuestra libertad fundacional reside en expandir la comprensión de lo que somos y, a partir de allí, de los actos que estamos en capacidad de ejercer. La libertad no es la misma si tenemos una visión reducida del ser humano, que si esa visión se agranda. A veces es un asunto público, a veces, en cambio, es tan privado que puede provenir incluso de nuestro inconsciente, o puede ser algo que se geste ahora y vea la luz en el futuro. Necesitamos alguna claridad en nuestro mundo oscurecido y abrumado por el exceso, la velocidad, la insignificancia y lo cuantitativo como criterios casi últimos que rigen nuestro vivir, y lo encogen. Y claridad puede significar mirar de nuevo, mirar con los ojos internos que iluminan lo que el alma quiere mostrarnos. Una novela escrita en 1818 puede alumbrar nuestra comprensión de la actualidad.
Mary Shelley es una joven de diecinueve años cuando publica de manera anónima su obra, Frankenstein o el moderno Prometeo. La enorme aceptación que recibió esta novela por parte del público -aunque no de inmediato- y de la crítica se debió tanto a la fascinación que produjeron sus elementos de terror gótico, como a las relevantes cuestiones que plantea en torno a los límites del conocimiento, la responsabilidad ética de la ciencia y las consecuencias de las propias decisiones. Uno de sus protagonistas, Víctor Frankenstein, científico obsesionado por crear vida y superar la muerte, emprende una serie de peligrosos experimentos hasta que logra crear, a partir de partes bellas de cadáveres, un ser que resulta grotesco, y que es el otro personaje central de esta novela. Aparece aquí la primera transgresión de este hombre de conocimiento, extremadamente ambicioso: la manipulación de la muerte. El tamaño descomunal que adquiere su criatura es una metáfora de la monstruosidad que puede surgir al querer estirar artificialmente los límites de lo que es ético para la vida humana, y de la inflación que hay en ello, aún si de intenciones bellas o buenas se trata. Frankenstein se permite la libertad de crear, operando como nadie antes sobre la materia, pero se desentiende de su horrenda y poderosa creación, ausencia de responsabilidad moral, segunda transgresión de este científico obnubilado, ocasionando con su actuar desquiciado más de una tragedia. En esta historia del s. XIX, crítica metafórica a los peligros del progreso sin frenos que ya mostraba la Revolución Industrial, el ser creado se subleva y se venga de su creador. En medio del auge actual de desarrollos científicos e innovaciones tecnológicas vertiginosos, que parecen avanzar sin límites ni fronteras hasta vulnerar lo que es y ha sido la humanidad, conviene recordar la mirada que nos legó la mitología griega clásica: en presencia de la hybris, o soberbia desmedida, aparece Némesis, diosa de la venganza y de la justicia, a restaurar el orden transgredido por los mortales, castigando a quienes el orgullo haya cegado.
VII. Palabras de cierre, que no finales
Detrás de decisiones que tomamos en pos de nuestra libertad, suele esconderse un significado profundo, y la siguiente historia podría develárnoslo. Al final de su vida, al Rabino Zusha, un hombre brillante y reverenciado por su comunidad, sus estudiantes, reunidos alrededor de su lecho, le preguntan cómo se siente ante su inminente partida. Con gran sorpresa le escuchan decir que siente temor. «¿Cómo puedes tú, que tienes la brillantez de Abraham y la visión de Moisés sentir temor?», le responden. Él les explica que teme a lo que Dios pueda decirle. «Si Dios me preguntara, ¿Zusha, por qué no fuiste más como Abraham?, yo podría responderle que yo no vine al mundo a ser como Abraham, y si me preguntara ¿Zusha, por qué no fuiste más como Moises?, le respondería que yo no vine al mundo a ser como Moisés, pero si Dios me preguntara por qué no fui más como Zusha, para eso no tendría respuesta». En su meditación postrera, este hombre religioso deja una enseñanza primordial: si al final de nuestras vidas nos encontráramos con Dios, lo único que importaría es si fuimos quienes vinimos a ser. Esta es, en última instancia, la libertad fundante de cualquier otra.
Estamos hechos para ser los protagonistas de nuestras vidas. Lo contrario es volvernos hypokrites, en el sentido griego de la palabra usada tanto para los actores que representaban personajes, como para quien finge ser quien no es. La visión inicial para conquistar la libertad puede provenir del resplandor que nos rodea, si sabemos mirar los símbolos que aparecen a nuestro alrededor, o puede anidar adentro, si nos detenemos a hurgar allí. El vuelo puede surgir si no nos disolvemos en la desolación, cuando eso sea posible. Sin embargo, es preciso asumir que la libertad es un asunto de perseverancia, de esfuerzo sostenido, de perennidad, y en un mundo gobernado por la velocidad, lo efímero y el corto plazo, esa narración constante que construye libertades, se reduce ante el dato instantáneo, incesante e indigerible: urge estar atentos a los irresistibles cantos de sirenas de los mares digitales (donde abunda la información, pero escasea la reflexión), que se pueden convertir en la nueva alucinación de poder absoluto. Lo que nos ciegue frente a los límites de lo propiamente humano, invocará la aparición de Némesis, las veces que haga falta.
Lo reiteramos: no estamos solos en nuestras tribulaciones, especialmente las que atañen a las amenazas a la libertad, si nos dejamos acompañar de los saberes que nos legaron quienes desde la distancia nos observan y esperan no poco de nosotros, de lo que en el presente podamos tejer con las imágenes que se nos siguen revelando, si inclinamos la cabeza y cultivamos una silenciosa actitud contemplativa, preparación necesaria para adentrarnos en el bullicio del mundo.
Reconocer la belleza en el arte, en la ética encarnada en vidas inspiradoras y en la naturaleza misma, nos dotará de los hilos de Ariadna que nos permitan internarnos en los laberintos que a cada uno nos traiga la existencia, terminar con los minotauros que atenacen nuestra libertad y regresar a la salida habiendo ensanchado, responsablemente, las posibilidades para todos los demás. Ello sería producir milagros, mediante nuestro actuar en el mundo, de acuerdo al ovillo que nos legó Hannah Arendt. Buscar en lo terrenal y en lo celestial maneras de preservar la libertad que nos define, es y será nuestro destino común, hasta que sintamos en los tuétanos que estamos hechos de materia divina, esto es, libre.
Referencias
Alexiévich, A. (2015). La guerra no tiene rostro de mujer. Editorial Debate.
Alexiévich, A. (2016). Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Editorial Debate.
Frankl, V. E. (1991). El hombre en busca de sentido. Herder.
Han, B. (2023). Vida Contemplativa. Elogio de la Inactividad. Taurus.
Kafka, F. (1983) Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino. Editorial Teorema.
Poe, E. (2016). Cuentos Completos. Penguin Clásicos.
Sófocles, Antígona. (2014). Editorial Gredos.
Weil, S. Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social. Paidós, Barcelona. 1995.
Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía (UCAB), con estudios de posgrado en
Alemania (Universidad Alberto Magno); Psicoterapeuta de orientación junguiana; Coach
Ontológico certificado; Master en Crítica Cinematográfica; Diplomado en Literatura del
Mundo; Autora del libro “Viaje al centro de la Resiliencia” y de relatos de microficción.
Articulista en Papel Literario de El Nacional; Prodavinci; La Gran Aldea; El Espectador
El punto azulJerónimo Alayón
El 14 de febrero de 1990, a una distancia de 6000 millones de kilómetros, la sonda espacial Voyager I nos miró desde el sistema solar exterior a través de la lente de su cámara. La fotografía resultante es célebre: Un punto azul pálido. Carl Sagan, en un libro hermoso pero cargado de melancolía existencial, utilizó este tenue fulgor azulado como metáfora de nuestra irrelevancia cósmica y nos instó a la humildad señalando que, ante la vastedad del universo, nuestras vanidades y guerras carecen de sentido.
Leí el libro de Sagan en mi juventud y me impactó, pero, sin invalidar su postura, prefiero pensar hoy que hay otra lectura posible sobre el tenue destello azul que somos, una que no nace de la minusvalía ante el vacío, sino del fuego que ardió en el pecho de quienes construyeron la sonda espacial que tomó la foto. Aquella fotografía es más que solo un recordatorio de nuestra pequeñez: es también un monumento a nuestra grandeza.
A fin de que ese punto azul existiera en nuestra retina, la humanidad tuvo que llevar a cabo un acto de voluntad inédito: construir la máquina humana que más lejos ha viajado en el cosmos. Hoy por hoy, la Voyager I es el único artefacto humano que ha ingresado al espacio interestelar, a más de 20 000 millones de kilómetros de la Tierra, completamente fuera del ámbito de influencia del Sol y rumbo al centro de la Vía Láctea. No somos una mota de polvo que simplemente está ahí. Hemos sido capaces de decidir, por cuenta propia, alejarnos lo suficiente de nuestro hogar para contemplarnos desde el silencio de las estrellas.
La pretendida insignificancia humana de Sagan es una medida física, pero la grandeza de aquellos científicos que hicieron posible el lanzamiento de la Voyager I el 5 de septiembre de 1977 —incluido el propio Sagan— es una medida del espíritu. Que una especie, confinada a una biósfera frágil y sujeta a las leyes de la entropía, haya sido capaz de proyectar el fruto de su inteligencia más allá del límite de la heliosfera es un acto de rebelión metafísica. La Voyager I no es solo metal y silicio. Es un signo de la voluntad humana navegando por el vacío interestelar. Cuando Sagan asegura que la Tierra es un escenario muy pequeño en la vastedad cósmica, olvida que el universo, sin un observador que lo nombre y lo mida, es un caos mudo. Nosotros le otorgamos la categoría de vastedad.
Sagan criticaba la sangre derramada para controlar momentáneamente una fracción de ese punto azul. Ciertamente, es así, pero esos conflictos, luchas de poder y ambiciones desmedidas —con excesiva frecuencia trágicas— también son el producto de una energía vital desbordada que forma parte de las luces y sombras de nuestra especie. En la sonda espacial Voyager I viaja un disco fonográfico bañado en oro con saludos en más de cincuenta idiomas, cantos de ballenas, sonidos de la naturaleza, piezas de media docena de compositores de música académica, el sonido de las ondas cerebrales y más de cien imágenes. Se trata de un grito de esperanza en medio del vacío interestelar, el deseo de encontrarnos con alguien más…
La raza humana no es una especie pasiva. Somos los eternos buscadores de significado. Si hemos peleado por fracciones de ese punto azul, quizás sea porque a ratos lo hemos amado con una intensidad feroz. Nuestra historia no es solo una crónica de la crueldad, sino una epopeya de la superación. Cada frontera cruzada, cada sistema político ensayado y cada revolución científica son un peldaño en una escalera que apunta hacia afuera, a la inmensidad interestelar. La misma ambición que llevó a los imperios a expandirse es la que alimentó la curiosidad de los astrónomos que diseñaron la misión Voyager. No se puede encender la luz de la exploración sin el calor del fuego humano, con todas sus contradicciones.
Desde una perspectiva puramente física, un sol es más importante que un hombre debido a su masa. Desde una perspectiva ontológica, el sol arde, pero no sabe que arde. Las galaxias colisionan en un silencio sobrecogedor sin conciencia de ello. Somos el punto donde el universo ha despertado. En ese pequeño destello azul, se concentra toda la conciencia conocida del cosmos. Somos los traductores de las leyes de la física a poemas, ecuaciones y sinfonías.
La verdadera nobleza de nuestra especie radica en su rechazo a los límites. Nuestra condición humana nos impele a desafiar una y mil veces más las Columnas de Hércules y la advertencia de «Non terrae plus ultra» (‘no existe tierra más allá’). La naturaleza del hombre no es el refugio, sino la partida. Somos el eterno Odiseo y, aunque aún no lo sabemos con absoluta certeza, buscamos una Ítaca más allá de los cúmulos siderales. Aquel destello azul fotografiado en 1990 es la mirada nostálgica de un niño que sale de casa. Lejos de sentirnos intimidados por la oscuridad que rodea a ese punto, debemos estar orgullosos de que nuestra luz interior sea lo suficientemente potente como para iluminar el camino hacia el exterior.
Ese destello azul nos dice que somos raros, que somos valiosos y que somos —hasta donde sabemos— el único asilo de la razón en el universo. No somos un error estadístico en la oscuridad: somos el evento más inquietante que le ha ocurrido a la materia en miles de millones de años. Si alguna vez nos encontramos con otra especie en la vastedad cósmica, que sea desde la dignidad de quien tuvo conciencia del valor de su luz racional… no desde el raquitismo moral de alguien que eligió ahogarse en el lodo de su miseria humana.
Cuando miro de nuevo la fotografía del Voyager I, aquella que me impresionó en mi juventud, no veo ya un pálido destello azulado. Veo un faro. Veo el fulgor de una especie que se negó a ser devorada por el olvido. Veo el empuje de una raza que desafía la lógica de las estrellas. Ese punto azul es el testimonio de nuestro origen, pero el vacío que lo rodea es el lienzo donde soñamos explorar nuestro futuro.
Somos pequeños en tamaño, pero nuestra voluntad es descomunal. Eso nos hace también humildes cuando tenemos conciencia de nuestros límites. Saber que esa inmensidad puede tener sentido para nuestra especie es una tarea profundamente humana. Nuestra nobleza no está en el lugar que ocupamos, sino en la dirección en la que miramos, hacia lo alto, hacia las estrellas.
Mientras la Voyager I continúa su viaje solitario hacia el corazón de nuestra galaxia, lleva consigo algo más que circuitos: lleva el eco de una especie que, sintiéndose pequeña, se atrevió a soñar con lo infinito. Esa sonda es nuestro mensajero, el testimonio de que no aceptamos la oscuridad como frontera, sino como un desafío.
Nuestra nobleza reside en esa rara contradicción: somos seres imperfectos y limitados, atados a un diminuto punto azul, pero nuestras mentes son capaces de contener galaxias enteras. Cada vez que un ser humano busca la verdad, cada vez que un artista plasma la belleza o un ingeniero desafía lo imposible, estamos justificando nuestra existencia ante el silencio de las estrellas.
Alayón, Jerónimo. «El punto azul». El Nacional. 6 de febrero de 2026. https://is.gd/pdR5Uw
CITA APA: Alayón, J. (2026, 6 de febrero). El punto azul. El Nacional. https://is.gd/pdR5Uw
Jerónimo Alayón Gómez (Caracas, 1966). Lingüista, escritor y profesor en la Universidad Central de Venezuela. Escibe para el disrio El Nacional y para la web del Círculo de Escritores de Venezuela.
DESDE ENTONCES
He querido escribirles sobre mi playa
ella aparece cuando asomo una sonrisa
antes el cuerpo sonaba siempre a olas
recreaba en el alba la línea perpendicular
y el movimiento
me gustaría escribirles del desgaste del silbido
la continuación de los momentos en que el día
se duerme y despierta con absoluta precisión
en la línea del hilo de la ola
mayormente soleado, me avisan,
puedo estar tan lejos de esa agua
y aun así sentir al sol recrear su música
y su paisaje
vivo en el mar desde entonces.
PEQUEÑOS DIOSES
Decimos tierra antes de llenarnos de asfalto
tocamos la parte superficial de las cosas
el producto de nuestras manos,
nuestra propia invención
decimos aire y ahora
elegimos el grado,
una temperatura artificial,
es lo que mi mano decida
decimos agua y sólo confiamos
en el plástico que nos vende una de manantial
ya no se puede creer en cualquier laguna,
nunca se sabe el peligro
que trae lo natural
decimos fuego pero no tenemos idea
de cómo encenderlo
somos más primitivos que hace 7000 años.
Hacemos daño con tanta comodidad
pero estamos lejos de mirar el final de arcoíris
nada satisface a los Pequeños Dioses
que habitan nuestro planeta.
EL TECLADO HIELA LAS PAREDES DE LA NOCHE
Por un tiempo el eco fue el abrazo de su voz
Conocerse era dejar de opacar la mirada entre sus ojos
veía salir de la chimenea algún cuento de afuera
el pretexto de un genio
sonando a media noche mis bocinas
éramos él y yo, afuera el mundo
los fantasmas diluían estaciones
pero no hay fogata sin aire
se descongelan los Alpes
y el teclado hiela las paredes de la noche
ahora
el día es el preludio de otro día
la noche es el insomnio predecible
y la repetición
de que no volverá a llamar.
SOMOS DE LAS PALABRAS
Deja que el lenguaje sea libre de palabras
recrear las partes
a las que dejaste de pertenecer
al azar no asisten las verdades
ellas visitan otros espacios
bares
conversas de media tarde
encendemos micrófonos
sin saber exactamente qué decir
encendemos la mecha
sin pensar
en el tamaño de la llamarada
el mes se acerca al vuelo constante
donde se tacha la línea
porque somos de las palabras
el acento más pequeño
órganos inamovibles emergiendo del centro
desplegándonos
replegándonos
se pueden dejar al azar las acciones
los espasmos
el golpe de la no disidencia
en el mundo que escondemos a los otros.
MUJER DE TRAPO
Cuando nadie piensa hacer de la noche su casa
yo la convierto en la mía
El orden encanta y desencanta
si dejas de escuchar el resto
los objetos caminan de un lugar a otro
y siempre los sobreponemos en la mesa
sobre
ponemos
decorar cobra sentido si una mujer
actúa como muñeca
mujer cosida y descosida por los años
sentada, arreglada cada noche
cinco minutos y a levantarse a ordenar
a escondidas, la mujer lleva un corazón
se sabe de los paños y de lo limpio
el orden siempre adivina
a donde van los rayos en cada cambio lunar,
esa mujer de trapo soy yo.
A una madre, ama de casa, mujer
se la busca para dar la solución
antes de salir el problema.
Ahí están todas las mujeres de tela
cosiendo y descosiendo gran parte de la familia
descansan, se sientan al terminar los deberes
decorar cobra otro sentido
cuando se trata de descubrirnos a nosotras
sin ellos,
sin ornamentos,
solo quedamos
quienes somos en realidad.
Síntesis biográfica Mirih Berbin (Bolívar, 1983) Es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster y profesora asistente de la Universidad de Carabobo.
Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto en la ciudad de Valencia. Ha sido traductora en varios encuentros internacionales de poesía. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación. Dictó un taller de poesía en Puerto Cabello llamado “Cuando expreso todo lo que habito”. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia. Ha escrito y dirigido 8 obras de teatro, incluyendo una bilingüe (inglés-español) y dos obras para niños y niñas.
Fue reseñada en el Libro “Ellas” de Laura Antillano (2013). Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, periódicos, blogs, apps y portales nacionales e internacionales. Fue columnista de las páginas culturales semanales del Diario La Costa y de Ciudad Valencia (2025) titulado ¨Después de todo¨. Publicó Mareas (2009), Hacerme Templo (2016) e Hilos Nacientes (2025), Su poesía ha sido traducida al árabe, italiano, inglés, catalán y francés.
Por Jerónimo Alayón
| Las meninas, de Diego Velázquez, no es solo un cuadro de cámara o un retrato familiar, sino una compleja meditación pictórica sobre la naturaleza de la visión y su laberinto visual, en el que la realidad, la representación y la interpretación se cruzan, solapan y divergen. Frente a la pintura, perdemos las certezas. Eso la hace absolutamente adelantada a su tiempo. |
| La complejidad estética de Las meninas comienza con su carácter multifocal. El punto focal del cuadro —lo que primero captura nuestra mirada— es la infanta Margarita Teresa de Austria. Ella se encuentra ligeramente a la izquierda del centro del óleo, pasando sobre su frente la línea del tercio horizontal inferior. Es el personaje más iluminado y con la vestimenta más clara, todo lo cual contribuye notablemente a que sea el centro visual de la obra que, dada las dimensiones de la pintura, alcanza una escala natural. |
| El punto de fuga geométrico —o foco geometral— está al fondo, en un área luminosa que se halla a la altura de la quinta fila de paneles de la puerta, entre esta y el chambelán de la reina. Allí convergen las líneas de perspectiva trazadas por el techo y los marcos de los cuadros y ventanas de la pared derecha, así como por las dos arañas del techo. Es el segundo punto focal hacia el que se dirige la mirada. |
| El foco narrativo del cuadro está en el espejo de la pared del fondo. En él se reflejan los reyes de España, Felipe IV y Mariana de Austria, conforme al protocolo de la realeza (la consorte a la derecha del rey, invertidos por el espejo). Este reflejo de la pareja real resignifica la obra, que pasa de ser un simple retrato familiar a convertirse en un fino juego intelectual sobre el poder, la realidad y nuestra forma de percibir el mundo. |
| De las nueve personas que se hallan en la habitación, seis miran, en apariencia, al espectador, pero realmente miran a los reyes, que se reflejan en el espejo del fondo y están fuera del óleo. La narrativa de la obra podría ser que Velázquez estaba haciendo un retrato de la pareja real cuando la infanta Margarita y su séquito irrumpieron en la estancia, lo cual explicaría que esta se halle de espaldas al pintor. Se cuenta que el poeta francés Théophile Gautier, contemplando este detalle, preguntó: «¿Dónde está el cuadro?». |
| El espejo merece una consideración mayor de nuestra parte. Contrastando con la penumbra de los cuadros del fondo, concentra una gran luminosidad constituyéndose, junto a la infanta y la puerta trasera, en uno de los tres focos luminosos de la pintura. El uso del espejo en la literatura y el arte remite frecuentemente a la fractura de la identidad y a lo ilusorio, coincidiendo con la crisis que la Corona española sufría por entonces: sin un hijo varón que heredara el trono, el futuro de la rama española de los Habsburgo estaba en las manos de la infanta Margarita, prometida en matrimonio a su tío Leopoldo I. |
| Es notable el hecho de que los reyes apenas están ubicados en el espacio ficcional del cuadro como un pálido reflejo. Felipe IV el Grande es una ausencia incómoda en la pintura. Sobrecoge pensar que —casi cuatro siglos después— nosotros, con nuestra humana y mezquina finitud, frente al lienzo del Museo del Prado, ocupemos el mismo lugar que el Rey Planeta y su consorte en 1656. Al romper la cuarta pared y colocar fuera del óleo a la pareja real, Velázquez fractura la unidad ontológica del cuadro desplazando el centro desde el objeto representado hacia el acto de representar, y haciendo de Las meninas una obra que nos interpela sobre el modo como percibimos e interpretamos el poder. |
| Otro aspecto crucial de la obra es su diseño geométrico. Ya señalamos que todas las líneas de perspectiva tienen como foco geometral el espacio luminoso bajo el codo de José Nieto, chambelán de la reina. Si colocamos allí el ojo de una espiral de Fibonacci, orientada horizontalmente en sentido de las agujas del reloj, se dibuja un rectángulo áureo que incluye a los personajes principales del cuadro, a saber, de izquierda a derecha: Velázquez, María Agustina Sarmiento de Sotomayor (menina de la infanta), Margarita de Austria, Isabel de Velasco (menina de la reina), Marcela de Ulloa (camarera mayor de la infanta) y José Nieto. |
| Ahora bien, si reorientamos verticalmente el rectángulo áureo —coincidiendo con el formato del lienzo— y colocamos el ojo de la espiral en el centro del espejo —foco narrativo del cuadro—, quedan incluidos, además de la pareja real, las meninas y la infanta, lo que podría explicar, dada su centralidad focal, que la obra hubiese cambiado su título en 1843 de La familia de Felipe IV al que conocemos. Si ampliamos el rectángulo áureo a todo el margen derecho de la pintura, el ojo de la espiral descansa, justamente, sobre el pecho de la infanta, quedando excluido del grupo familiar Velázquez. |
| La composición del conjunto humano de la obra es completamente simétrica por tríos. En un primer trío, están Velázquez, la menina María Agustina y la infanta. En el segundo —en perfecta simetría descendente con el primero, quedando los hombres en los extremos—, la menina Isabel y los enanos María Bárbara Asquín y Nicolasito Pertusato. En el tercero, la camarera Marcela, el guardadamas Diego Ruiz y José Nieto. Solo los reyes rompen el patrón. |
| Por encima de los tres focos luminosos de la obra, hay algo sorprendente: Velázquez consigue hacernos sentir, en ese fondo y techo cavernosos, el aire que da cuerpo a la estancia. Es el espacio del vacío y el silencio que realza, por contraste, la presencia humana. Su discreto claroscuro crea una sólida atmósfera. En esa penumbra final se difuminan dos copias de cuadros de Rubens: Apolo vencedor de Pan y Minerva y Aracne. Si tales pinturas —como en efecto parece— ya estaban en aquella habitación del Alcázar de Madrid, carecen de significado, pero, si el pintor las eligió, podrían tener un notable sentido retórico reforzando el argumento de la sumisión a la autoridad real y la defensa de la pintura como un arte noble y no un simple oficio manual sujeto a impuestos (como se acostumbraba concebirla por entonces). |
| En una aproximación filosófica a Las meninas, lo primero que salta a la vista es el asunto ontológico. El pintor, que habitualmente está escindido de su cuadro, en este caso está integrado. Sin embargo, el espejo del fondo rompe la unidad ontológica del óleo no solo porque coloca al objeto pictórico fuera del lienzo, sino porque nos subsume a él. Velázquez consigue invertir la caverna de Platón en esta obra, toda vez que en ella el reflejo, equivalente a la sombra, no condensa la falsedad, sino que capitaliza lo verdadero. |
| Hay en la obra, también, cierta ontología de lo oculto y lo impreciso. Los reyes, por ejemplo, aparecen difusos y son tan solo un reflejo, una sombra inalcanzable. María Asquín sostiene en su mano izquierda algo vago, que se ha pretendido decir que sea el anillo de compromiso de la infanta. El lienzo que pinta Velázquez está de espaldas al espectador, de modo que es imposible saber qué hay en él. Al fondo, José Nieto no se sabe si entra o se retira. En todo caso, Las meninas es una oda pictórica al misterio y la incertidumbre. |
| Este aire de imprecisión emerge de la propia técnica pictórica. Sin que nos atrevamos a llamarla impresionista, Velázquez juega con la pincelada suelta creando manchas de pintura que cobran forma al tomar distancia con el cuadro. El rostro borroso de la enana o las difusas manos del guardadamas se perfilan al mirarlos de lejos. Otra vez el espectador deviene en protagonista recomponiendo la imagen al distanciarse de ella. |
| Esta falta de trabazón en el trazo del pincel hace de Las meninas una obra que se aleja definitivamente de las seguridades teocéntricas del Medioevo. De hecho, no hay en el cuadro una sola alusión a un elemento religioso. La cruz de Santiago sobre el pecho de Velázquez la mandó pintar el rey tras la muerte del pintor, anulando con ello la total laicidad de la pintura. Este óleo representa, entre tantas cosas, la fragilidad humana, signada en la figura de la infanta, y la relatividad de un poder que se visibiliza solo a través de su reflejo. |
| Las meninas no logran escapar al halo de misterio que las cubre tanto como a su autor. El hallazgo de ciertos libros en la biblioteca personal de Velázquez tras su deceso ha alimentado especulaciones, la más de las veces improductivas, como la de que uniendo con una línea las cabezas del pintor, las meninas, la infanta y el chambelán se dibuja la constelación Corona Borealis, lo cual es falso porque a esta la delinean principalmente siete estrellas. No se puede encajar en el lienzo el trazo de la Corona Boreal sin deformarlo sustancialmente. |
| Así mismo, el mastín español que duerme a los pies de la enana ha desatado toda suerte de especulaciones sobre su nombre. Sin embargo, el pintor y crítico Antonio Palomino, que obtuvo de Juan de Alfaro, discípulo de Velázquez, la información más detallada del cuadro, solo se limitó a decir la raza del perro, común por entonces en la corte española. |
| Sin embargo, asfixiada por tanta ocurrencia anecdótica, subyace una incógnita revelada por los rayos X practicados a la obra: ¿por qué el pintor rectificó su autorretrato —que miraba a la infanta— para mirar a los reyes?, o… ¿a nosotros? De todas, la mirada de Velázquez es la que tiene el mayor poder de resignificación de la obra, según como respondamos a esta interrogante. Personalmente, casi oigo en su mirada un cuestionamiento: «¿Acaso vosotros creéis que no ejerzo una arte nobilísimo?». |
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| © Jerónimo Alayón y El Nacional. |
| CITA CHICAGO: Alayón, Jerónimo. «La mirada de Velázquez». El Nacional. 23 de enero de 2026. https://is.gd/Gm7NwI |
| CITA APA: Alayón, J. (2026, 23 de enero). La mirada de Velázquez. El Nacional. https://is.gd/Gm7NwILas |

Jerónimo Alayón
Tras el fallecimiento de santa Teresa de Jesús en 1582, se halló —encartado en su breviario— un papel con una letrilla de su puño y letra que ha sido dada a conocer como Nada te turbe. Lo que parecía un poema de consuelo escrito por una religiosa afligida es uno de los documentos más densos de la espiritualidad occidental. En tan solo nueve versos de la primera estrofa, Teresa de Jesús condensó un sistema metafísico y una respuesta a la angustia existencial articulada en tres ejes: temporalidad del mundo, inmutabilidad de Dios y suficiencia del sujeto habitado por Dios.
Antes de abordar estas cuestiones, conviene hacer algunas consideraciones de orden filológico a la luz del texto:
Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta.
Santa Teresa escribió en una época de transición hacia el barroco, y si bien ello se nota en la construcción estrófica de Nada te turbe, su lenguaje rehúye el ornato culterano. La primera de las diez estrofas (que citamos arriba) no se corresponde con algún tipo estrófico conocido, ni siquiera por aproximación. Las siguientes nueve son seguidillas simples —salvo tres que son variaciones— con mucha inestabilidad acentual, utilizando mayormente los versos dactílicos (con acento en las sílabas 1 y 4), yámbicos (2 y 4) y anapéstico (1, 3 y 6), que modulan rítmica y musicalmente la composición. Se puede observar la tensión entre forma y fondo —clásica del barroco— en la fluctuación métrica de las estrofas II, VI y VII.
Aun cuando la composición ha sido considerada una letrilla, también se la podría categorizar como una glosa por la presencia de un epígrafe (primera estrofa) y un estribillo al final de cada una de las restantes estrofas. El poema comienza con un imperativo apotropaico, esto es, dos prohibiciones que, a manera de fórmula, buscan proteger el alma: «Nada te turbe; / nada te espante». El uso de este recurso establece, de una parte, un soliloquio de la santa con su alma y, de otra parte, un lenguaje performativo que crea la realidad que nombra despejando el campo de batalla de la conciencia para la llegada de lo sagrado.
Temporalidad del mundo. Un siglo antes de la muerte de Teresa, Jorge Manrique había escrito las Coplas por la muerte de su padre (ca. 1480), un memento mori, una de las obras más emblemáticas de la angustia occidental por la muerte en tanto que fin de la vida. Para Teresa, por el contrario, aquella es ocasión para el desapego liberador («Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero», dice en otro poema).
En la estrofa II, Teresa comienza a desarrollar su ontología de la ligereza: «Eleva tu pensamiento, / al cielo sube», pero es en la estrofa IV donde construye el eje que conecta el poema con la futilidad del mundo fenoménico de Manrique (cuyas Coplas gozaban ya de popularidad) y con la gran tradición occidental sobre el tiempo: «¿Ves la gloria del mundo? / Es gloria vana; / nada tiene de estable, / todo se pasa». Es notable la influencia de la copla II de Manrique: «Pues si vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / y acabado, / si juzgamos sabiamente, / daremos lo no venido / por pasado».
El verso «todo se pasa» es la clave del sistema metafísico teresiano. Si todo se pasa, nada de lo que ocurre en el plano fenoménico tiene entidad suficiente para modificar el núcleo del ser. La ontología de la ligereza insinuada por Teresa supone que el mundo es un camino («una noche, la mala posada», dice en sus escritos), y la turbación nace del error cognitivo de otorgar categoría de eternidad a lo que es meramente transitorio. Teresa de Ávila —que dio al poema soporte bíblico— nos recuerda en este verso lo que Jesús dijo a sus discípulos en el monte de los Olivos: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35).
Para el existencialismo sartreano y camusiano, la angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada y el absurdo. Teresa va más allá ofreciendo una salida: la angustia nace del apego a realidades movedizas, pero si todo se pasa, el mundo pierde su poder terrorífico. Por consiguiente, el dolor, la persecución, el fracaso —tanto como el éxito— y la incertidumbre pierden así mismo su peso ontológico en el eco de las palabras de Jesús: «No se turben. Crean en Dios y crean en mí también» (Jn 14, 1).
Inmutabilidad de Dios. Ante la inestabilidad del mundo y la fuerte concepción heraclítea de Occidente, Teresa planta la roca de Parménides: «Dios no se muda». Imposible no sentir en este verso el eco del primer motor inmóvil de Aristóteles, redimensionado en la tercera vía de santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios: «Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro (…). Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En este, todos reconocen a Dios». El genio de Teresa transforma toda esta abstracción teológica en una premisa básica y pragmática: Dios no es un concepto frío y distante, sino un refugio donde podemos guarecernos de lo impredecible.
En un tiempo de crisis multifactorial en el que la Iglesia había sido fracturada por el cisma protestante y la sociedad europea se hallaba asediada por las guerras religiosas y la Inquisición, la afirmación teresiana de que Dios no se muda constituyó una declaración de resistencia espiritual, la certeza de que existe un centro inmutable a pesar de la periferia en ruinas. En el idiolecto teresiano, el término verdad es sinónimo de real, por tanto, en medio del caos de las apariencias y falsedades, Dios es el asidero real. El misticismo platónico de Teresa nos propone ascender de la multiplicidad mudable a la unidad inalterable con Dios.
En este proceso de resistencia espiritual, Teresa propone la paciencia como una hypomoné (‘resistencia, perseverancia’), virtud que permite al paciente esperar en actitud activa —manteniéndose firme bajo presión— con fe, esperanza y constancia, en la seguridad de que lo que espera llegará. En otras palabras, mantener el eje interior alineado con Dios cuando el exterior colapsa. «La paciencia / todo lo alcanza» no significa en la espiritualidad teresiana obtener todo lo deseado, sino conseguir la llave que nos abre a la trascendencia absoluta sincronizándonos con los tiempos de Dios. En la mística de Teresa, la unión con Dios cesa ipso facto la distancia entre el deseo y la realidad porque ambos son uno en Dios.
Suficiencia del sujeto habitado por Dios. «Quien a Dios tiene, / nada le falta». Estos dos versos suponen la kénosis (‘vaciamiento’) que conduce a la plenitud en Dios. La mística teresiana es contundente: quien quiera poseer a Dios debe hacer espacio en su alma desapegándose de lo pasajero para dejarse poseer por Dios. La angustia existencial surge de la carencia producida por el deseo no saciado. Teresa nos propone abandonar la indigencia espiritual uniéndonos a la fuente ontológica más completa, en la que la palabra escasez pierde su sentido. Solo así es posible llegar al verso último: «Solo Dios basta».
En estas tres palabras finales se resume la madurez espiritual de Teresa. El concepto de bastarse nos remite inexorablemente al de autarquía (‘bastarse a sí mismo) de los cínicos y estoicos. Sin embargo, Teresa propone un más allá, avanzar a la tearquía: más que bastarnos a nosotros mismos, se trata de alcanzar la suficiencia en la alteridad unitiva con Dios. Solo Dios basta es la respuesta al vacío existencial que causa la incertidumbre e inestabilidad del mundo, la fórmula que cierra el círculo abierto por el nada te turbe. Si Dios es suficiente, la nada, el absurdo y la angustia no tienen dónde habitar.
El poema que ha comenzado con la nada que niega la angustia termina con el solo que afirma la suficiencia en Dios. Se trata de un juego fascinante por medio del cual Teresa plantea partir de una nada que no es nihilista, sino vacío fértil, silencio fecundo que antecede al Verbo. Mucho tiene que decirnos aún la letrilla de Teresa de Jesús cuando nos ahogamos entre la ansiedad y la dislocación de las grandes certezas. Nos invita a no dejar de mirar el mundo y sus atrocidades, pero alineados con lo absoluto, de manera tal que podamos colocar allí, en medio del horror y la ignominia, un contenido trascendente que otorgue presencia y sentido al caos. Más que solo un poema religioso, Nada te turbe es también un grito de resistencia ontológica que nos recuerda que lo que somos no se encuentra en lo que poseemos o en lo que nos sucede, sino en aquel que permanece cuando todo lo demás ha pasado.
Fuente: El Nacional
CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «Nada te turbe». El Nacional. 9 de enero de 2026. https://is.gd/vYFPef
CITA APA:
Alayón, J. (2026, 9 de enero). Nada te turbe. El Nacional. https://is.gd/vYFPef
El mar come oro
El anciano tenía una mirada que a ratos parecía perdida, como si la fijara en otros tiempos y sucesos, pero serena y hasta deliciosa por su sosiego. La casa era acogedora; libros y adornos se alternaban sobre el mobiliario. En la chimenea ardían troncos que exhalaban su perfume hacia el tejado.
«El mar come oro», dijo de improviso. Su tono denotaba algo largamente rumiado en el corazón, un sentimiento que no termina de precisarse ni se logra expresar. “Eso decía mi madre”, le comentó a doña Briseida, mientras ella se entretenía en hacer figuras de origami.
“Doña Helena, doña Helena Briseida, créame. El mar come oro, como el tiempo se alimenta de memoria”. Doña Briseida escuchaba con atención, pero haciendo origamis. Por cortesía, sin saber muy bien por qué lo hacía, le formuló una pregunta al anciano. “¿Usted cree que el mar se alimente solamente de oro?”. Sus manos seguían doblando y desdoblando aquellas hojas de papel. “No, se apresuró el anciano. Sería ingenuo pensarlo; pero, sin duda, ama el oro, engullirlo, poseerlo”. “¿Será algún pez quien se come el oro?, dijo doña Briseida”. La pregunta quedó en el aire un largo rato, interrumpida su respuesta por sorbos de café y el silbido de los hipocampos que junto a pulpillos de colores decoraban la jarra de porcelana. “¿Será alguna criatura mitológica, piensa usted, algunas de esas que nos legó la Antigüedad o quizá otra nunca vista, tal vez incluso nunca imaginada?”, insistió doña Briseida.
La tarde se demoraba y por los ventanales se veían pinos de aguja, papagayos en flor y cafetos cargados de granos rojos. Guayabos y yagrumos esperaban el paso de ardillas y perezas. “¿Quiere otra galleta? ¿De cocholate, como dicen los pequeños, o una de jengibre?”. Las manos de doña Briseida sostenían lo que semejaba un bajel. “¿Quizá sea un monstruo de muchas cabezas que atormenta a los humanos y persigue sus riquezas, un calamar gigante, un cetáceo?”. “No lo creo, dijo el anciano. Mi madre se refería al mar, al mar como un ser vivo, tal vez como una persona, como una deidad primaria, anterior a las de la tierra. El mar necesita mucha fuerza para mover las olas, para avivar los océanos y tantas tormentas, huracanes y maremotos”.
Doña Briseida levantó su mirada de los papeles que le servían de barro para crear figuras. “¡El mar!, exclamó. Claro, por eso tantos buques cargados de oro han naufragado en la costa o en medio de los océanos y barcos con pasajeros enjoyados han terminado en las profundidades abisales”. “Sí, el mar come oro”, aseveró de nuevo el anciano”.
“¿Doña Helena, usted alguna vez ha visto monstruos en su… ?”, preguntó el anciano, y, casi al mismo tiempo doña Briseida le mostró la figura de una horrible bestia de muchas cabezas que lucía su dorada piel sobre la mano de la artista. Él quería saber algo más, no solamente si la dama había visto quimeras o seres aberrantes. La pregunta, sin embargo, quedó en el aire, cortada a medias.
El anciano calló y, tras mirar la figura de papel, se puso a contemplar los arabescos de la bandeja de cristal con las galletas. Pensó que el tiempo consume la memoria, se regodea en ella, la viste con sus mejores galas. El mar come oro y el tiempo memoria. Estaba seguro de ello y los años le habían ido dando la razón. De ambos prefería el tiempo, la evocación de cosas sencillas, las sentencias breves e inequívocas de sus mayores, los remedios que escuchó en la cocina a las señoras de servicio, la descripción de los caminos y de las antiguas quincallas de campos y pueblos pequeños, el silbido de los muñequitos del reloj al cantar las horas decisivas, el aroma de las hojas y musgos de los pesebres, el nombre de los vecinos y amigos de la infancia y las historias de los libros apasionantes que llenaron de júbilo sus días pasados.
“El mar come oro”, decía su madre. “El tiempo se alimenta de memoria, sentenciaba él; pero lo hace con gula, con desmesura, con furibundez. El tiempo se come los recuerdos, los atesora en su vientre de semillas y de tanto en tanto los hace germinar”. El silencioso soliloquio acompañaba la minuciosidad de las técnicas de doña Briseida.
Quizá había pasado mucho tiempo allí, pensó, y miró los árboles del jardín a través de las ventanas. “Doña Helena, doña Helena Briseida, ¿usted todavía está ahí, haciendo sus figurillas, recreando este mundo que nos rodea”.
El anciano se volvió hacia un escaparate de cristal que guardaba figurillas de porcelana y curiosidades. El esqueleto de un hipocampo, una concha de nácar, figurillas chinas, cacharros en miniatura, un tigre en reposo, cerámicas indígenas y un elefante ensillado con un asiento de terciopelo verde. Se fijaba en cada pieza, acariciaba alguna con la mirada y relataba su historia o anécdotas alusivas.
Con nada de prisa ni desespero, doña Briseida continuaba plegando las hojas de papel, a la par que hacía comentarios sobre los dichos del anciano o gestos que conformaban su veracidad o el asombro que producían. Desde niña había amado la papiroflexia. Sus manos modelaron soles y dragones, perros falderos y castillos encantados, un azor en reposo y búhos sobre la giba de dromedarios y camellos. Sus manos, ahora con arrugas y lunares, pero siempre en nombre de su corazón, plegaron sus fantasías en muchos colores y siluetas. Cuando era pequeña esperaba con emoción los regalos de Navidad y, en sus listas de deseos y encargos, destacaban pliegos de papel y creyones para resaltar algún detalle o rasgo particular. A una vaca no le podían faltar cuernos ni ubres, a una oveja le colocaba algún indicio de tierna lana, a un asno le imprimía la paciencia del amo y a una estrella el brillo imprescindible para ser vista desde el desierto, las montañas o los mares remotos. En el colegio la llamaban para decorar los salones y engalanar actos y solemnidades. De adolescente y de joven confió sueños e inhibiciones a sus pliegos y, ya de adulta, no paró de contar historias asombrosas con figuras que salían de sus manos.
“¿Qué hace con las figuras de papel? No veo ninguna por aquí”, le preguntó el anciano, observando una especie de cofre antiguo con patas de garra y elaborada cerradura que doña Briseida estaba concluyendo con un papel de tonalidad ocre. Debió llamarle la atención porque sin esperar una respuesta le volvió a preguntar: “¿Y ese cofre para qué le va a servir? “¿Qué guardará allí?”.
Doña Briseida suspiró y ambos, quizá sin decírselo, pensaron a la vez en esos castillos de ensueño que pueblan con magia las novelas de caballeros andantes, cárceles de princesas y nigromantes disfrazados, llenos de muebles tan elaborados como ese arcón que ha de abrirse para revelar algún secreto. “Allí puede guardar oro, doña Helena; pero también memorias, sobre todo si lo acolcha con telas suaves y pequeños cojines para evitar que se maltraten”. El anciano dijo aquellas palabras con suavidad, pero con gran aplomo y consentimiento.
Ya la noche empezaba a caer y una asistente de doña Briseida había traído una jarra de chocolate caliente y panecillos de avena. Mientras tomaban la merienda, el anciano volvió a insistir en guardar oro y memorias en aquel robusto arcón de papel. “¿No le parece una buena idea, doña Helena?”. Y doña Briseida, que sin duda estaba más acostumbrada a ser llamada por su segundo nombre que por solo el primero, sostuvo un momento la taza en alto, como en un ademán de invocar sabiduría y ponderación para responder a su amigo. “Todo el oro del mundo pudiera caber allí; estoy segura de ello; pero la memoria, en cambio, no. Los recuerdos son más poderosos que cualquier herramienta humana y capaces de refundar el mundo múltiples veces”.
El anciano no sabía quién había hablado, si él mismo guiado por el Espíritu o si la luz de alguna potente luminaria hecha por doña Helena Briseida con papel brillante. Tenía razón la mujer. Todo el oro del mundo podía reducirse a las diminutas dimensiones del baúl. No había duda de ello. Guardar allí los recuerdos sería imposible. Los recuerdos se multiplican y amplían como los luceros cuando el cielo se aclara sobre bosques y descampados.
De pronto, el rostro del anciano se iluminó y comenzó a hablar, como si declamara. “Mi madre tenía razón. El mar come oro, lo devora, pero luego lo pule y lo devuelve. Voy a contarle una historia. Un mago llevaba oro para hacer un obsequio. El mar estaba hambriento. Se desencadenó una tormenta y el barco naufragó. El oro, íntegro, se perdió. Eso lo debió leer mi madre en algún viejo libro de relatos o quizá se lo oyó a su aya, tan dada a contar cuentos como a consentir niños confiados a su cuidado. Me inclino por lo segundo, doña Helena. Es lo más seguro. Las ayas saben los cuentos mejor que sus autores”.
Aquel mago, explicó luego el anciano, se había salvado del naufragio y, sin el oro que llevaba, llegó a una playa lejana. El cielo lo guio de nuevo hacia los derroteros que debía recorrer. Iba triste no por el oro en sí mismo, sino porque ya no podría entregar el obsequio. En su desespero, el hombre se dedicó a encontrar un regalo digno. Tal vez la búsqueda se alargó demasiado y no pudo escapar de la voracidad del tiempo.
Con sus papeles en mano, doña Briseida escuchaba la historia del mago. Ya se había hecho de noche en aquellas montañas y el anciano retrasaba su despedida. “Doña Helena, el mar come oro, pero lo devuelve. Quizá una ola haya depositado el oro de aquel mago en alguna playa. Lo encontraría una viuda desesperada, o alguien tratando de recolectar troncos en la arena para hacer muebles y aparejos, o un pescador tras recoger las redes aquella jornada vacías. Siempre es así. El mar come oro, pero también lo regurgita. El mar come oro, decía mi madre; y el tiempo se alimenta de memorias, creo yo, doña Helena. Aunque no debería, a veces olvido detalles y fechas, incluso rostros y lugares. Me siento avasallado por las garras del tiempo. No es necesario recordar todo, doña Helena, en especial cuando se ha vivido mucho. La gente se burla cuando digo esto, pero usted es otra clase de persona. Por eso le soy sincero. Me voy. Tal vez venga pronto. Guárdeme figuras de papel, como estas que me ha regalado. Me gustaría una corona, pues recuerdo haber tenido una. Guárdeme algún camello o elefante y ya no la importuno más. Descanse, doña Helena.”
El anciano ya salía de la casa cuando se volteó y, casi como en un susurro, le dijo a doña Briseida: “Ya no recuerdo si mi madre le daba de comer oro al mar y o si alguna vez me vi yo obligado a hacerlo. Quizá anduve por el desierto buscando un oasis, pero no alcancé a tiempo las pirámides. Hágame unas de papel y en pos de ellas huiré”.
Panamá, 6 de enero, 2026
Horacio Biord Castillo
Horacio Biord Castillo
Licenciado en Letras (UCAB, 1984). Magíster en Historia de las Américas (UCAB, 1995). Doctor en Historia (UCAB, 2002). Investigador Asociado Titular y jefe del Centro de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Profesor Asociado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Individuo de número y primer vicedirector de la Academia de la Historia del Estado Miranda (sillón letra R).
Obra publicada
Aborígenes de la región centro-norte de Venezuela (1550-1600): una ponderación etnográfica de la obra de José de Oviedo y Baños. Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 2001; Niebla en las sierras: los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela. 1550-1625. Caracas, Academia Nacional de la Historia, 2005 (Biblioteca de la ANH, Serie Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 258); los poemarios Sueño que nunca llega. Poemarios. San Antonio de los Altos, Alcaldía del Municipio Los Salias (Colección Alcaldía Los Salias, 14), 1994; Quaderno de Mérida. Caracas, Academia Venezolana de la Lengua (Serie “Académicos Actuales, 2”), 2010; Quaderno de Quetzalan. Caracas, Ediciones Grupo TEI, 2011; Retazos. (1979-1998). Logroño, Siníndice, 2011; Mea estrellas la noche. Caracas, Ediciones Grupo TEI, 2013; Quaderno de Brasilia. Caracas, Ediciones Grupo TEI, 2014. Ha publicado numerosos artículos y capítulos en revistas y libros especializados.
Del silencio a la sinfonía: la vida late con fuerza en la red
Por Raquel Markus – Finckler / @escritora.creativa
En un encuentro de líderes, creadores y pensadores que tuvo lugar en Río de Janeiro, pude defender ante un aforo internacional la pausa, la contemplación y el silencio como actos revolucionarios que posibilitan la creatividad y la creación como respuesta a la distracción y la anestesia emocional. Esta es la crónica de una conferencia que se volvió experiencia colectiva.
Hay encuentros que no caben en una agenda. Son esos espacios donde algo despierta sin pedir permiso, donde la memoria se asoma y donde la identidad se reconoce en el otro con una naturalidad casi antigua. La tercera edición del Jewish Leadership Network (JLN) —un foro internacional que reúne a líderes, educadores, creadores y pensadores del pueblo judío— fue precisamente eso: un territorio donde el futuro se ensaya en tiempo presente y el futuro se construye con visión colectiva.
Durante cuatro días, frente a la playa de Copacabana, más de cien personas de tres continentes conversaron sobre los grandes temas de nuestro tiempo: la tensión entre tradición e innovación, el liderazgo que acepta su vulnerabilidad, la salud mental colectiva e individual, vulnerabilidad y sensibilidad, del networking como herramienta fundamental para crear oportunidades de crecimiento y fortalecer los emprendimientos, y del desafío de mantener viva la cultura y la conexión en un mundo que, a veces, nos resulta demasiado acelerado, distraído, anestesiado y amnésico.
Fui invitada a ese espacio como Keynote Speaker para una sesión dedicada a educación, tecnología, arte y colaboración. Mi presentación, de media hora, llevaba un título que era también una tesis personal: “Del silencio a la sinfonía: un viaje por la mente creativa” y fue moderada por mi nuevo y joven amigo Nicolas Levi, presidente de la escuela Beth School de Buenos Aires.
Y quiero detenerme aquí, porque esa charla es el núcleo de lo que deseo compartir. Le ofrecí a mi audiencia la posibilidad de realizar un recorrido que nació, precisamente, en un espacio de silencio y contemplación.
Hablé de Platón, de su cueva y de esa realidad que solo intuimos entre sombras, y propuse que nosotros hoy estamos encadenados a luces y sombras más brillantes y engañosas: las de las pantallas, las notificaciones y el flujo constante de contenido intrascendente que nos roba el tiempo para crear. Solo educando la mente y el alma es posible salir de la cueva, aunque ese proceso resulte doloroso y, al principio, la luz pueda cegarnos.
Hablé de George Orwell y del Gran Hermano, para recordar que la vigilancia —externa o autoimpuesta— es enemiga de la libertad interior, esa de la que nace el pensamiento original. Lo que sucede ahora no es una invasión de nuestra privacidad: es una invitación a robarnos nuestra privacidad. Si Orwell siguiera vivo nos diría que 1984 era una metáfora, no un manual.
Hablé de Jonathan Livingston, la gaviota de Richard Bach, y de su vuelo insurrecto. Nos preguntamos cuántas veces nosotros dejamos de volar alto y lejos, por miedo a la crítica o a abandonar la seguridad de nuestras cuevas. Pasamos la vida anestesiados y distraídos, viendo pasar reflejos, pantallas y rutinas, olvidando que también podemos volar por pasión, por juego, por alegría, por propósito.
Hablé de Albert Einstein sentado en su escritorio, imaginando un rayo de luz, y de Steve Jobs conectando puntos mirando hacia atrás. Ejemplos de cómo la creatividad no es un don mágico, sino el resultado de permitir que la mente vague y una piezas aparentemente desconectadas. Son dos movimientos de una misma danza: el silencio que observa y el pensamiento que vaga. Es el laboratorio secreto de la creatividad, donde la lógica se relaja y el azar se vuelve maestro.
El hilo conductor era claro: nuestras sociedades han confundido exposición con verdad, visibilidad con libertad y silencio con vacío. Hemos renunciado a la calma interna para entregarnos a estímulos inmediatos. Cambiamos el ser por el estar, el existir por la apariencia. Adoramos el envoltorio y desechamos el contenido. Renunciamos a lo que somos para publicar lo que no somos.
Por eso insistí, apoyándome en lo que la neurociencia nos ha regalado, en tres ideas fundamentales: Las ideas no nacen del ruido, sino de la pausa. El insight es hijo de la calma. La creatividad surge cuando se deja vagar la mente y se unen piezas distantes.
La filosofía, la poesía y el arte no son ornamentos de nuestra civilización. Son mapas potentes de la mente y el alma humana que nos enseñan cómo pensamos, cómo nos inspiramos y cómo nos conectamos para construir, justamente, sinfonías a partir del silencio.
¿Y qué ocurrió después de la charla? Que la teoría se volvió experiencia. El verdadero poder del encuentro no estuvo solo en los paneles, sino en las conversaciones al borde del mar, en los bailes que unieron cuerpos, en las miradas que decían más que cualquier PowerPoint.
Allí, entre líderes, pensadores y artistas de diversas generaciones y países, sentí algo profundo: escucharlos, conversar y reconocernos mutuamente fue un gesto silencioso de pertenencia. Una confirmación íntima de que formo parte de una constelación amplia que piensa, crea y construye no por deber, sino con responsabilidad, compromiso y una búsqueda genuina de verdad y belleza.
Y eso ocurrió en Río. No solo en los salones, sino en cada conversación a la orilla del mar, en los rituales compartidos al caer el sol, en la música que nos hizo sentir vivos y unidos, en las mesas donde el alimento fue también la palabra, en el café compartido y, sobre todo, en las miradas que tejieron un entendimiento más profundo que cualquier discurso.
Allí comprendí, en la piel, que volver a co-construir comunidad no es un lema institucional. Es una urgencia espiritual. Es entender que la tradición no es un museo, la identidad no es una consigna y el futuro no depende de un comité: depende de cada uno de nosotros, de que podamos enfrentar con coraje el reto de pensar, crear y colaborar, sin miedo a las sombras que intentan distraernos.
Por eso, al regresar, escribí y compartí una canción sobre este encuentro. Porque la poesía y el arte son formas válidas y valiosas de construir memoria. La comunidad no es una noción abstracta; es un pulso vivo que se reconoce al tocar al otro, una fuerza que nos permite mantenernos conectados, fuertes y unidos a través del tiempo y la distancia.
Regresé con una certeza tangible: la vida late con fuerza en la red invisible que nos sostiene. Una red que une generaciones, geografías y experiencias. Una red donde cada uno es, a la vez, raíz y rama, chispa y llama, bosque y raíces entrelazadas.
Si algo puede transformar estos tiempos de vértigo y ruido que nos rodean es, justamente, la posibilidad colectiva de volver al silencio. Para escuchar nuestras propias almas. Para permitir que las ideas nazcan. Y para recordar, siempre, la lección más hermosa y necesaria: que ninguna sinfonía se toca en soledad.
Hasta la próxima, Río. Me dejaste con sed en el alma, ahora necesito más: de recibir más, de entregar más, de conectar más y de seguir construyendo, hombro con hombro, ese futuro hermoso e inmenso que merecemos —un futuro que se teje cuando, a pesar de todo, seguimos creyendo, nos mantenemos de pie y aprendemos, por fin, a existir unidos. Después de todo: la vida late con fuerza en la red.
—
Raquel Markus – Finckler
Periodista . Escritora . Poeta . Editora
@escritora.creativa
CELEBRACIÓN DÍA DEL ESCRITOR
La Academia Venezolana de la Lengua y el Círculo de Escritores de Venezuela me han honrado con la invitación a pronunciar unas palabras en ocasión del Día del Escritor, celebrado en nuestro país cada 29 de noviembre.
Al recibir la invitación, acudió a mi memoria una frase de Julio Garmendia: “No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especulaciones del pensamiento”. Entonces, otras palabras comenzaron a agolparse: obligación, compromiso, rubor, sonrojo… hasta que una se instaló con fuerza conmovedora: tinta. Comprendí que ella, como la sangre, es común a todos los escritores.
Otra palabra, celebración, me condujo a conmemoración, recuerdo, evocación, veneración. Hoy es propicio evocar a los escritores venezolanos cuyos nombres han trascendido fronteras y cuyo legado permanece en sus obras. Mencionaré solo algunos: José Rafael Pocaterra, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos, Teresa de la Parra, Adriano González León, Salvador Garmendia, Hanni Ossott, Aquiles Nazoa, Ida Gramcko, Arturo Uslar Pietri, Eugenio Montejo, Julio Garmendia, Elizabeth Schön, Armando Rojas Guardia, José Antonio Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Luz Machado… y, por supuesto, Andrés Bello, cuya fecha de nacimiento fue escogida para conmemorar en Venezuela el Día del Escritor.
Andrés de Jesús, María y José Bello López fue filósofo, jurista, político y poeta, nacido en Caracas. Emigrante expatriado, adquirió la nacionalidad chilena y en esa tierra reposan sus restos. Y cómo no recordar también a tantos escritores venezolanos que hoy viven fuera del país. Confío en que pronto nuestra tierra vuelva a ofrecer las condiciones necesarias para que haya oportunidades, festivales, ferias, encuentros, abrazos, y que todos los escritores venezolanos, como la familia que somos, podamos reunirnos aquí, en nuestra casa. Los jóvenes merecen un tiempo no de cierre de librerías, sino de apertura de espacios para las letras.
El afán de comunicar nos acompaña desde los jeroglíficos en piedra, pasando por el primer alfabeto, el papel, la imprenta, el telégrafo, hasta la máquina de escribir. Ya en el siglo XX, los ordenadores y procesadores de texto aceleraron la difusión de la palabra escrita. Con la llegada de la web, el conocimiento se globalizó y las redes sociales se convirtieron en un medio dominante, aunque muchas veces sustituyen palabras por imágenes y abreviaturas. Surge así un nuevo orden de la palabra escrita, donde espacio y tiempo se reconfiguran: palabras, imágenes y sonidos conviven en un mismo contenido, con mayor velocidad y menor costo. La lectura adquiere una nueva dimensión: la hipertextualidad, dinámica e inestable. Este espacio híbrido ha transformado la percepción de los consumidores culturales y ha dado lugar a los hyperlectores, un nuevo público. En inglés incluso se acuña el término reater (to read + to write), porque en el mundo digital leer y escribir se entrecruzan.
Sin embargo, quienes nos llamamos escritores seguimos siendo un grupo capaz de reflexionar, razonar e interpretar desde el lenguaje. La escritura es la mejor manera de materializar y transmitir ideas, plasmándolas en obras literarias. Lo expresó con sencillez Rómulo Gallegos: “Literatura, el arte de la palabra”.
En toda celebración surgen los buenos deseos. A los escritores venezolanos les auguro descubrir la esencia de lo que cada uno es y que esa verdad habite con sabiduría en su interior. Les deseo tiempo para lecturas de calidad y horas de sosiego para disfrutar de sus mejores ideas. Que sus opiniones sean escuchadas, comentadas y recomendadas. Y aflora entonces la palabra felicitación, manifestación de alegría y complacencia. En uno de mis libros menciono a Shiraz, la lejana ciudad que alguna vez fue capital de Irán, donde la lengua se recuerda en las tumbas de sus poetas más amados. En Venezuela podemos festejar en vida los logros de nuestros escritores. Las distinciones internacionales se celebran como conmemoraciones de la patria: banderas que se alzan en fotografías y elogios que se publican sobre nuestras obras. Así ocurrió con Yolanda Pantin al recibir el Premio García Lorca y, más recientemente, con Rafael Cadenas al ser distinguido con el Premio Miguel de Cervantes, máximo galardón de las letras en español. Con orgullo podemos decir que en 2022 Venezuela alcanzó ese reconocimiento supremo y en 2025, las letras venezolanas han vuelto a brillar en el ámbito internacional. Las poetas Carmen Verde Arocha, distinguida con el Premio Antonio Bouza en Burgos, y Verónica Jaffé, galardonada con el Premio Casa de América de Poesía Latinoamericana, han sido reconoci-das por la fuerza y sensibilidad de su obra, reafirmando el lugar de la poesía venezolana en el panorama literario mundial.
Todo esto convierte al Día del Escritor en Venezuela en una verdadera fiesta. Celebremos con júbilo la certeza de que, pese a cualquier circunstancia, la palabra escrita venezolana persistirá iluminando el trayecto de nuestra tradición literaria. Como enseña el maestro Rafael Cadenas: “Que cada palabra lleve lo que dice. Que sea como el temblor que la sostiene. Que se mantenga como un latido”.
Gisela Cappellin (Caracas, 1959). Educadora, poeta, narradora y editora. Cursó estudios de Educación en la Universidad Metropolitana y de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello. Se ha dedicado profesionalmente a la Educación Pre-escolar. En 1983 funda el Centro Infantil Vizcaya, institución educativa que desde entonces dirige. Ha publicado: Roraima: cuaderno de viaje (2005); en Poesía: Sicalipsis (2007), Poemitas. Palabras de estimulación sensorial (2016). En narrativa: La cena (2009), Primavera en Berlín (2010), Espacios privados (2013), Lunas compartidas (2021). En su sello editorial Gisela Cappellin Ediciones ha publicado a importantes autores venezolanos como la reconocida poeta y editora Carmen Verde Arocha con su libro de poesía Canción gótica (2018), al productor musical, cronista escénico y libretista Federico Pacanins con sus Haikus caraqueños (2019), y a la poeta María Dolores Ara y la diseñadora gráfica Elena Terife con un libro titulado Recetas infalibles para sufrir con propiedad (2020).
Si las puertas de la percepción se purificaran,
todo se le aparecería al hombre tal como es, infinito.
William Blake
El símbolo y el misterio no son adornos del lenguaje, sino su fundamento más profundo. El símbolo es puente entre una realidad explícita y otra oculta. El misterio, por su parte, es el sentido que no se agota en sí mismo, lo que se revela velándose. Escribir desde el símbolo y el misterio implica aceptar que la palabra no es dueña del mundo, sino huésped de lo infinito. El escritor que busca lo trascendente sabe que la realidad no se agota en lo visible. Sabe —como sospechaba Heráclito— que la naturaleza ama ocultarse, y que en ese ocultamiento está la sede de la belleza absoluta.
El acto de escribir se convierte así en una arqueología del espíritu. No se trata de decir lo que se sabe, sino de merodear lo que se ignora hasta que el lenguaje —fatigado de sus propios límites— se quiebra y deja pasar una luz que no le pertenece, la luz del misterio. El símbolo es el prisma que permite intuir esa luz sin quedar ciego.
Quisiera hacer un paréntesis para recordar que el origen etimológico de la palabra símbolo se remonta al griego ???????? (symbolon, ‘señal de reconocimiento’). En la antigüedad clásica griega, un symbolon era un objeto que se partía en dos, de modo que cada una de dos personas guardaba una parte con el fin de encajarlas a futuro como señal de reconocimiento mutuo o de un acuerdo. Por tanto, en cada symbolon habita una esperanza de completarse como signo.
Este, sin duda, es el sentido de toda escritura forjada como y desde el símbolo: el intento de reunir lo que ha sido escindido, el anhelo de zurcir por medio de la palabra el hiato ontológico y metafísico. Sin importar si ha sido mítica o existencial, tras la caída cada hombre se siente ciudadano de la escisión, y el lenguaje cotidiano de la tribu solo consigue profundizar aun más la grieta que separa al sujeto del mundo, lo finito de lo infinito, la psique del cosmos.
Solo el símbolo literario es capaz de salvar el abismo. Más que un puente es el pontifex, el artífice de puentes. El símbolo no solo indica, sino que participa de aquello que significa y deviene en encarnación abriendo la dimensión ontológica de un misterio que preserva. Cuando Rilke invoca al ángel, no está haciendo uso de una simple figura retórica para ornamentar el poema, sino que está convocando el misterio. El símbolo literario es la parte visible de una realidad invisible que reclama completitud.
Cuando el autor escribe desde esta consciencia no busca ser original, sino originario… busca descender a la región del ser donde el symbolon puede ser recompuesto. Escribir simbólicamente es aspirar a que cada objeto del mundo, cada gesto humano, cada caída de hoja y cada ascenso desde el Hades sea la mitad de un mensaje cuyo remitente es el misterio. El texto se convierte así en el topos donde lo finito y lo infinito se tocan, siquiera sea por un instante, antes de que la razón ilustrada vuelva a imponer sus fronteras.
En un mundo empobrecido por la transparencia del dato, el símbolo insurge con su opacidad fecunda, con una densidad ontológica que reta a la razón e invita a pensar. En el seno de su noche aguarda por nosotros la hija de la luz. Cada símbolo es el umbral a lo absoluto que no puede ser reducido ni al cálculo ni a la definición.
El misterio es la patria del símbolo. Poco sabemos ya del misterio en una era desencantada y escéptica como la que vivimos… El misterio es lo numinoso, aquello que —por su naturaleza y excediendo los límites del entendimiento humano— se nos ofrece a la intuición como alimento del espíritu. Si el símbolo es el hacedor de puentes, el misterio es el abismo insondable sobre el que pretende cruzar el símbolo. El misterio no es lo ignoto cognoscible, sino aquello que jamás será domesticado por la razón. Es la sombra que hace posible la revelación de la luz.
Escribir desde el misterio también es aceptar cierta condición de orfandad ante su majestad. Es saberse ante la zarza ardiente sin pretender apagarla con sesudas disquisiciones de la razón ilustrada. Buena parte de la literatura contemporánea está obsesionada con la transparencia, y los lectores demandan textos que no opongan resistencia a ser consumidos con facilidad, textos fáciles de entender. La belleza difícil y plena, sin embargo, esa a la que aspiraba Hölderlin en el Hiperión, esa que «abre el cielo de la perfección ante el amor anhelante», siempre es terrible al comienzo porque nos desinstala de la comodidad.
Quien escribe desde el misterio es inefablemente guardián de la sombra que protege lo arcano. Su palabra densa enfrenta el vértigo de nombrar lo esencial, y a cada paso teme la banalidad. Sabe, en el fondo, que trata con entidades sin cuerpo: las ideas. En este sentido, el símbolo rima con la realidad intangible, es el rayo sublime que hiende la oscuridad y por un instante revela el lugar exacto de cada cosa oculta en el mundo. Cada símbolo nos inicia en un misterio.
Escribir desde el símbolo y el misterio es, en definitiva, un combate con el ángel que —como a Jacob— nos dejará heridos, bendecidos y renombrados. Esa herida es el estilo. El estilo de quien escribe desde el misterio y el símbolo no es una pose ni una superficial elección estética: es la cicatriz de su encuentro con lo inefable.
Por ello escribir es morir indeclinablemente. Escribir así cuesta la vida. No hay modo de transitar incólume la senda del símbolo hacia el misterio. Escribir así supone una contemplación tan intensa del mundo que los objetos comienzan a desatar sus límites y a liberar su alma, que el lenguaje se descoyunta con tal potencia que vierte su sangre antigua y se hace sensible al lenguaje de las cosas mudas y… sin embargo, siempre nos parecerá insuficiente el lenguaje para girarnos al mundo y señalar, en medio de la luz más alta, la palabra, la única, justo aquella que aún no ha sido soñada por ninguna pluma y que escapa a toda posibilidad se ser aprehendida por la razón.
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Editora: Carmen Cristina Wolf
ESCRIBIR PARA NO MORIR
El Día del Escritor en Venezuela fue instituido en 1969 por el entonces Presidente de la República, Dr. Rafael Caldera. La razón era por demás evidente. Ese día, en 1781, había nacido en Caracas la más grande figura de la gramática y la lingüística hispana, don Andrés Bello. Caldera, un bellista apasionado, había contribuido por décadas a restablecer la figura de don Andrés entre los venezolanos. Aun cuando en España y Chile su obra era ampliamente estudiada, en Venezuela, desde el alborear del siglo XX, su nombre había sido postergado. El Dr. Caldera, siendo un joven de 19 años, obtuvo la primera edición del Premio Andrés Bello que otorga la Academia Venezolana de la Lengua. En ese primer certamen de 1935, su libro sobre Bello fue recibido con gran alborozo e impulsó nuevo interés por la figura de don Andrés. Publicado en 1946, pasó a formar parte del canon de estudios sobre el caraqueño universal.
Rafael Caldera, intelectual por méritos propios, se volvió una suerte de abanderado de la obra de Bello. A su lado, con enorme devoción y compromiso, también figuraría el admirado Pedro Grases que contribuyó con textos de relevante significación para los estudios bellistas. Tomaría el testigo otro gran erudito, don Oscar Sambrano Urdaneta. Los tres serían Individuos de Número de la Academia Venezolana de la Lengua.
Una de las mayores cruzadas que los seres humanos hemos entablado a lo largo de milenios de existencia, es la batalla contra la muerte. Esa sombra indevelable que se cierne en el anochecer de nuestras vidas.
En la prehistoria, cuando aún el trazo pictórico en las cavernas no representaba letras o fonemas sino figuras y dibujos, aún entonces ya se sentía esa pulsión por trascender, por dejar una huella que superara el habitar terrenal. No podíamos ser simplemente olvido, debíamos comunicar nuestra experiencia vital, lo que habíamos visto, olido y oído. Pero sobre todo, lo que habíamos pensado y nos había emocionado.
Sería en la Mesopotamia antigua, en la civilización sumeria, donde la primera forma de escritura perpetuaría la forma hablada. La oralidad, difusa en cuanto tiene la permanencia de los mismos hablantes, se volvía representación incrustada en lo que entrañaba eternidad: la piedra.
Habla y escritura comportan sujeto y reflejo de un mismo espejo. No son lo mismo, pero en la esencialidad sí lo son. Una debe sonar y comprenderse en la boca, la otra debe verse y entenderse en los ojos.
Escribimos para no morir, para enviar un mensaje allende de nuestros calendarios, para exorcizar el miedo a esa noche llamada muerte, para reír nuestras alegrías y llorar nuestras tristezas. Para renacer cientos de años después de nuestra partida en los ojos de algún otro que jamás nos vio pero nos reconocerá. Que reirá nuestras risas sin saber quiénes fuimos, que llorará nuestras lágrimas sin conocer lo que vivimos.
Escribimos como sortilegio a la maldición última del adiós. Visto así, escribimos entonces para vivir, para ser, para existir eternamente.
Reciban todos los escritores venezolanos, este 29 de noviembre de 2025, una salutación y un reconocimiento por esa labor absolutamente individual pero indeclinablemente colectiva de vencer la noche de nuestros días.
Con motivo de la celebración del Día del Escritor, publicamos una selección fr poemas de la venezolana Carmen Cristina Wolf. De sus libros Donde no cuenta el tiempo (Ed. Bernavil 2023) y Escribe un poema para mí (2000)
RENACER EN PRIMAVERA
A Odiseo Elitys
Dejar atrás la tristeza
olvidar la soledad
vivir el tiempo de los días felices
Renacer
como fresca primavera
en el pecho
2
SILENCIO Y HOJA EN BLANCO
Pensar de nuevo el mundo
tomarlo por alguno de sus hilos
escribir en constancia del asalto de dudas
a manera de legado.
Algunos días acostumbro
acariciar los prados y dejarme cortejar por la brisa
y las interminables filas de palmeras
mientras miles de pies dejaban huella
en las caminerías de la playa.
En la habitación frente a la mesa
la mecedora cruje
soporta mi peso y las ausencias
hoja en blanco y silencio me acompañan.
Las horas se deslizan sin ruido
el poema halló su lugar en el cuaderno.
Algunos días llevo el golpe de la calle
ya no escribo como antes
los verbos peso, los mido y aquilato
en la Tierra la libertad está asediada.
Bajo mis pies la espuma dibuja frías panteras
se enrosca en mis tobillos como una serpiente de plata
Cuánto duele la piel de la palabra
desnuda ante la piedra
antiguos cantos surgen en el fondo de mis sienes.
Es tarde y en el fondo de la noche
las manos no abandonan la costumbre de amar
reclinan la fatiga en el silencio, despliegan cobertores
sirven vasos de leche y acompañan las últimas historias.
El Ángel las conduce al libro de los cuentos
así cumplen su ciclo eterno de palabras.
3
AIRES DE LIBERTAD
Te pierdes tras los edificios
me quedaré con tu espuma y tus formas
los pies se quedan anclados en el polvo
tú vuelas más allá de las copas de los árboles
hasta que cae la lluvia en algún prado
El aire es libre, más aun que las nubes
El hombre permanece asido a sus apegos
sembrado en algún punto de la tierra
va pegado a su sombra
a veces el alma escapa de su cárcel de huesos
Solo es libre su esencia
4
HE VISTO TANTO
A Jaroslav Seifert
Me enamoro de las palabras
por eso olvido los hechos
cuánto quisiera decir
y aunque estoy atenta
enmudezco de pronto…
Leo tu canción de amor
y me enseña que oyes
lo que es silencio para los otros…
miras los pies descalzos
pisan la hierba y tú ves
lo que los otros no atisban
ciegos de tanta mente inútil
Ves amor
donde otros no sienten más que indiferencia
5
EN EL EXILIO
Oscura incertidumbre, frío punzante
país ajeno bajo un cielo prestado
se respiraba apenas
un aire de papel amarillento
de libros en desorden
Esperaba algún murmullo de palabras
un saludo en la sombra
La radio… sí, la radio
salvación en las horas insomnes de ceniza
Escuchas Candilejas…
“Eres luz de abril, yo tarde gris”
O la voz cálida de Elena Rose
“Un cielito azul me lo merezco”…
Buscó la vieja gorra, la chaqueta, el paraguas
Hoy no… hoy no… hoy no…
La muerte no le encontraría
sobre un sillón desvencijado, triste
como un muñeco roto en un rincón
Con su traje deslucido
asaltó la avenida
la infamia no le ganaría el juego
Poemas 1 al 5 pertenecen a “Donde no cuenta el tiempo”
6
Cuando el mar se recoge en su concha de arena
escucho el vuelo ausente del ruiseñor
pasos lejanos anuncian tu llegada
El sol abriga un lejano roce de lluvia
De la piel quisiéramos ser solo lo estrujado
esa marea circundante
nos conduce a un prado de rocío
en alocadas naves
Se aproxima el esplendor
tan igual a sí mismo y siempre diferente
Y celebra la vida
en clave de sol
7
Mi hogar es el poema
Casa ardiente de palabras
aun sin pronunciar.
8
EL POEMA
es una barca anclada a una promesa
Hoy construimos ciudades de palabras
y las calles, los puentes y los ríos
traen un sello lacrado
en el color de tu voz
9
NO ES IMPOSIBLE LIBERAR EL VERBO
desatar los nudos de la costumbre
y concederle un horizonte de poema
Amándose
con la voluptuosidad de la sintaxis
se abrazarán sonidos y sentidos
Seremos cuerpo y sangre en palabras
Los poemas 6 al 10 pertenecen al libro “Escribe un poema para mí”
©Carmen Cristina Wolf