´MADRE, MAMÁ…
“El sueño del tiempo”: la poesía venezolana actual en edición digital de libre acceso acceso
“El sueño del tiempo”: la poesía venezolana actual se lanza en edición digital de libre acceso
MOCA, PUERTO RICO / VALENCIA, VENEZUELA – Bajo el sello de la Editorial Letras Salvajes, se anuncia el lanzamiento oficial de la antología “El sueño del tiempo: Poesía
venezolana actual (Volumen II)”. Esta obra, editada por los escritores y académicos
Alberto Martínez-Márquez (Puerto Rico) y Mirih Berbin (Venezuela), reúne el trabajo de
31 voces fundamentales que definen el panorama lírico contemporáneo del país
sudamericano.
Tras el éxito del primer volumen, esta segunda entrega profundiza en la «fuerza
volcánica» de la palabra escrita en Venezuela, presentando una polifonía de autores que
habitan tanto el territorio nacional como la diáspora. La selección no solo destaca la
producción actual, sino que establece un diálogo necesario con las raíces de la poesía
venezolana, rindiendo homenaje a figuras tutelares como Rafael Cadenas, Ana Enriqueta
Terán, Reynaldo Pérez So, Vicente Gerbasi y Víctor “El Chino” Valera Mora.
Una apuesta por la democratización de la cultura.
Fiel a la filosofía de la Editorial Letras Salvajes, el libro se publica bajo el concepto de
“izquierdos no-reservados”. Esta premisa busca que la obra circule sin trabas burocráticas
ni comerciales, permitiendo su reproducción y distribución gratuita para que la poesía
alcance todos los rincones posibles.
Esta antología ha tenido la intención de recoger voces de todas las regiones del país…
permitiendo que se amplíe el panorama de la propuesta literaria en Venezuela desde la
forma más libre y compleja de escritura: la poesía”, expresa Mirih Berbin en el prólogo
de la edición. Incluye poemas de los siguientes autores venezolanos: Antonio Robles, Carlos Alberto Aguilar, Carmen Rojas Larrazábal, Carmen Cristina Wolf, César Seco, Ennio Tucci, Ernesto Marrero Ramírez, Yoyiana Ahumada, Glendys Pacheco, J. Gregorio Maita. Isaura Duarte, Jessica Álvarez, José A. Rosales, José Linares, José Gregorio Vilchez, Juan Lebrun, Leonardo Alezones, Lilia Ferrer Morillo, Liwin Acosta, Miki Poche, Miriam Rodríguez, Niddy Calderón, Nidia Portocarrero, Pedro Varguillas, Roger Herrera Rivas, Stefano Carcone, Vanessa Márquez, Venus Azuaje, Wefi Salih, Yurimia Boscán.
Disponibilidad y acceso
Para garantizar su preservación y fácil consumo, “El sueño del tiempo (Vol. II)” ha sido alojado en tres de las plataformas digitales más importantes de gestión documental y lectura interactiva, donde puede ser consultado de forma gratuita:
Internet Archive (Descarga y archivo): http://archive.org/details/el_sueno_del_tiempo2
Calameo (Lectura fluida): http://calameo.com/read/005996314a9315c405ea0
FlipHTML5 (Formato interactivo): http://fliphtml5.com/gjtsj/el_sueno_del_tiempo2/
Sobre los editores
Alberto Martínez-Márquez es un reconocido poeta, crítico y profesor universitario
puertorriqueño, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto
Rico en Aguadilla y editor de la revista Letras Salvajes.
Mirih Berbin es una destacada gestora cultural, editora, poeta, escritora y docente
universitaria venezolana, cuya labor ha sido fundamental para el puente literario entre
ambas naciones.
Contacto de prensa
Editorial Letras Salvajes
revistaletrassalvajes@gmail.com
Consejo editorial:
Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros, Ernesto Marrero
Asesoría Técnica: Jorge Gómez Jiménez. Letralia
23 DE ABRIL: DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA ESPAÑOL
«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo
«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo
Por Edinson Martínez
En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.
Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.
Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes. ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa. El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.
El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.
En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.
Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.
La vida de Juan Rulfo
Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.
Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.
Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.
Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.
Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor:
…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar
al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios que sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios de los peces de ciudad
que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo
Que no merecen nadar
El Dorado era un champú
La virtud, unos brazos en cruz
El pecado, una página web
En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver…
Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.
Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.
«¡Diles que no me maten!»: Un Llano en llamas venezolano
Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.
El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.
En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.
El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.
Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.
Muchas gracias a Edinson Martínez por enviarnos este artículo. Es verdaderamente magnífico. Ha sido publicado en otros portales.
Edinson Martínez. Escritor, economista, editor y radiodifusor. Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Es autor de la novela Vidas paralelas (2014) y es articulista de conocidos diarios. Recientemente publicó el libro de ensayos El peso de las palabras.
Editora de la web: Carmen Cristina Wolf
@carmencristinawolf
@circuloescritoresvenezuela
La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos
La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos
Por Raquel Markus-Finckler
La fe es un territorio íntimo, pero también una experiencia compartida. Un lugar donde la razón, muchas veces, tiene que aprender a callar… aunque, curiosamente, algunos razonamientos también puedan conducirnos hasta ella.
Salí de ver La lengua en pedazos, la obra de Juan Mayorga inspirada en El libro de la vida de Teresa de Ávila… y algo en mí no volvió al mismo lugar.
Teresa no explicaba la fe. Escribía desde dentro de ella. Desde la duda, desde el quiebre, desde una experiencia de Dios que no siempre consolaba… pero que nunca la dejaba intacta. Fue cuestionada, vigilada, incluso juzgada, porque hablar de lo invisible con tanta certeza siempre incomoda a quienes necesitan pruebas.
La obra no me hizo llorar. Hizo algo aún más extraño: me hizo temblar. Era un estremecimiento que no pasaba por la mente, porque la mente no entendía nada… pero el alma sí. El alma entendía y sentía.
Traté de comprender el porqué de “eso”. De ponerle nombre. De domesticarlo. Pero no encontré una respuesta… encontré una intuición: que ese tipo de fe no llega como certeza, sino como una inquietud que no se deja resolver. Una pregunta viva. Una grieta. Algo que no viene a calmar, sino a abrir.
Algo en esos diálogos le hablaba directamente a mi alma, como si le recordaran una verdad que no sabe explicar, pero reconoce. Y en ese reconocimiento también había una advertencia: que esa fe —cuando es absoluta, cuando es radical— será muchas veces señalada como locura. Como delirio. Como algo que hay que corregir. Porque lo racional no logra descifrarla, ni entenderla, ni justificarla.
Soy judía. Mi espiritualidad es judía. Y, sin embargo, en ningún momento sentí contradicción. Porque, en el fondo, hablamos del mismo misterio: un Dios intangible, invisible, incomprensible, inabarcable. Un Dios que no se prueba… se intuye. Que no se toca… pero se siente.
Creemos así: a lo ciego, a lo sordo, a lo que solo puede rozarse con el alma. Y aun así… ahí apostamos todo.
Y cuando intentamos explicarlo, cuando queremos traducir esa experiencia para quien no la ha vivido, terminamos —como dice el título de la obra— con la lengua en pedazos.
¿Cuántas veces me he aferrado a la fe como última tabla de salvación, cuando nada alrededor tenía sentido… y tampoco lo tenía seguir aferrada? Y sin embargo, ahí está: etérea, transparente, intangible. Ausente cuando más la buscamos, avasallante cuando más la necesitamos… incluso cuando no la queremos.
Algo que Teresa de Ávila escribió en el siglo XVI sigue teniendo sentido en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que una mujer que enfrentó la duda, la precariedad, la pobreza y el estigma pueda hablarnos de la fe con palabras que todavía nos hacen temblar?
¿Cómo puede enseñarle algo a una generación que parece tener más fe en la tecnología que en sí misma?
¿Hay todavía espacio para el espíritu en una sociedad que ha decidido pesar todo lo invisible?
Tal vez… las respuestas no estén en los lugares donde solemos buscarlas.
A veces no entendemos por qué algo nos estremece… pero aun así, vale la pena ir a sentirlo.
La dirección de Carolina Rincón y Jeizer Ruíz, la puesta en escena —precisa, contenida y profundamente simbólica— y las actuaciones de Wilfredo Cisneros y Grecia Augusta Rodríguez nos impactaron con una capacidad de expresión e interpretación fuera de lo normal… como si no actuaran, sino que atravesaran algo frente a nosotros, y fueron fundamentales para este viaje interior.
Gracias a mi querida amiga Gisela Cappellin, productora ejecutiva de esta obra, por invitarme a presenciar algo que no se explica… pero que, sin duda, se siente.
—
Editora de la web: Carmen Cristina Wolf
MARIANA LIBERTAD: SELECCIÓN DE POEMAS
Mariana Libertad. Caracas (1974) Académica, ensayista y poeta. Es autora de Oscura Bisagra (2017), Adherencias. Tratado sobre la mujeritud (2020), La naturaleza química de las emanaciones (2020) y El libro de los destinos (2021).
Los poemas contenidos en Solicitud de arraigo atraviesan diversas tradiciones para dar paso a la memoria familiar. Artemis, Hécate, Perséfone o Aracne aparecen entre los pasos de frontera, los autobuses que viajan de madrugada y el latido de una nueva vida.
En este libro, Mariana Libertad examina el viaje humano desde la vulnerabilidad del
cuerpo y la conciencia histórica que atraviesa cada desplazamiento. En esa travesía también
surge la figura de la hija migrante, portadora de una herencia que mezcla lenguas y esperanzas. El resultado es un poemario que acompaña al lector hacia una pregunta
esencial: ¿Qué significa habitar la tierra cuando el origen se vuelve itinerante?
Aquí nos tropezamos con la convicción de que cada palabra puede sembrar hogar.
Ángela dos Passos
La duda
¿Cuánto tiempo nos tomará entender
el idioma de la risa,
y la cortesía de los que llegan
con las uñas colmadas de otras tierras?
Solicitud de arraigo
Mientras bebo el salitre
y escucho los reclamos de la arena,
la radiación cerúlea me clausura los ojos.
A tientas, persigo el espejismo,
creamos un oasis,
sellamos la muralla,
sin aplomo y con sed
me desvanezco.
Es muy arduo quererte, vida nueva.
Apuntes sobre la cotidianidad
Me arrebatan el suelo cuando acaban las horas inclinadas del día.
Sostengo nuestra noche con hombros fatigados,
me quedo suspendida en un tiempo sin costas ni asideros,
me inclino en el sofá y nombro lo que queda cuando el mundanal ruido se ha callado.
Me cuesta comprender cuál de nosotras escala la montaña por designio de Zeus.
¿Acaso soy la piedra que rueda cumbre abajo?, ¿o la cima sardónica que nos ve regresar?
Ven conmigo,
revisemos las grietas que dejó la jornada,
y hagamos que subir nos duela menos, antes de que comience un nuevo día.
Editora: Carmen Cristina Wolf
HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN
HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN
Por Hebe Munoz
Hay palabras que no se dicen: se siembran.
Yo lo he sentido muchas veces. La palabra, cuando nace de un temblor verdadero, no cae en el aire como polvo inútil: se hunde en la tierra invisible del otro. Allí, en la oscuridad fértil del lector, comienza su trabajo secreto. Germina sin ruido. Echa raíz en lo hondo. Y un día —cuando menos lo esperamos— florece.
Siempre he pensado en la poesía como en una semilla diminuta que contiene un bosque entero. En su pequeñez late una arquitectura futura: troncos, sombras, pájaros, frutos. El poema es apenas un puñado de sílabas; su fruto, en cambio, puede ser una conciencia despierta.
Cuando leo a Miguel de Unamuno y escucho su clamor —“¡Que inventen ellos!”— o aquel latido suyo tan desnudo: “Me duele España”, siento que la palabra no es ornamento, sino raíz que se hunde en la historia. En él la lengua no es un jardín decorativo: es un campo de batalla espiritual. Su verso, sobrio y ardiente, me recuerda que escribir es un acto de responsabilidad, casi de fe. La palabra sembrada puede doler, pero también puede salvar.
También la poesía abre grietas de luz como en Octavio Paz, cuando sus imágenes se despliegan con esa lógica del sueño que no es irracional sino más honda que la vigilia. “Un sauce de cristal, un chopo de agua…” escribe, y de pronto el lenguaje se vuelve savia transparente. El surrealismo, en sus manos, no es evasión sino exploración de las raíces invisibles del ser. La palabra germina en territorios donde el lector no sabía que había tierra.
Yo creo que todo poema verdadero es una invitación a crecer.
La semilla necesita oscuridad y silencio. También el lector. Y el poeta. Hay un recogimiento previo al brote, una humildad necesaria. Pienso en Emily Dickinson y en su susurro luminoso: “Hope is the thing with feathers”. La esperanza —esa criatura alada— anida en el alma y canta sin palabras. Así también la poesía: a veces parece pequeña, casi invisible, pero su canto persiste incluso en el invierno.
La palabra que se siembra con autenticidad tiene vocación de fruto. Y el fruto no es el aplauso. Es el cambio.
He visto cómo un verso puede alterar una decisión, abrir una compasión, incendiar una rebeldía serena. La poesía no transforma el mundo con estruendo; lo hace con raíces. Trabaja por debajo de las noticias, de las consignas, de la prisa. Es un crecimiento lento. Orgánico.
Pero también el poeta es semilla.
No escribimos desde la superioridad, sino desde la vulnerabilidad. Somos granos arrojados al surco de nuestra generación. Nuestra tarea no es imponer sombra, sino ofrecerla cuando el árbol crezca. Cuidar la palabra es cuidar la tierra común. El idioma no nos pertenece: lo hemos recibido como herencia y debemos entregarlo fecundo.
En este sentido, recuerdo la voz maternal y firme de Gabriela Mistral: “Piececitos de niño, azulosos de frío…”. En esos versos hay ternura, pero también denuncia; hay belleza, pero también responsabilidad. La palabra abraza y despierta. La poesía se vuelve pan compartido.
Sembrar implica confianza. No vemos el fruto inmediato. No sabemos en qué corazón caerá la sílaba. Sin embargo, escribimos. Y al escribir, aceptamos una ética: no degradar la lengua, no empobrecerla con descuido, no usarla como arma de humo. La palabra es semilla viva; si la descuidamos, la esterilizamos.
Yo deseo que cada poema sea una invitación a sembrar en uno mismo. Que quien lo lea se pregunte: ¿qué palabra habita en mí sin haber germinado aún? ¿Qué bosque posible llevo bajo la piel?
La poesía no es un lujo: es un acto de cultivo interior. Nos recuerda que somos tierra fértil, incluso cuando nos creemos áridos. Que en lo más hondo hay humedad esperando.
Sembrar palabras es un gesto de esperanza activa. No basta con contemplar la flor: hay que plantar. No basta con admirar el fruto: hay que compartirlo. El poeta siembra; el lector riega; el tiempo hace su obra silenciosa.
Y así, de semilla en semilla, el lenguaje florece.
Y al florecer, nos transforma.
LA VIDA QUE SOMOS
Siete semillas
I
AGUA
Huele a tierra mojada
después de la lluvia
tu cuerpo de hoja verde
tu flor de granada
en la boca
La humedad evaporada
de los poros de tu piel
es la victoria sobre el cansancio
destilada
en hilos de saliva
tejiendo telarañas de besos
con perlas de rocío
Amaneció
sí
después del torrencial aguacero
que hizo de nuestras venas
crecidas de ríos imponentes
los ví desde la cama
corrían caudalosos
hasta nuestros cabellos
cual mares sobre la almohada
La tierra mojada
la arena empapada
los ojos húmedos
hojas verdes en la noche
granada roja en la boca
II
AIRE
Respirar
por la nariz de la noche
esta vida que somos
flotando en el mar que nos habita
nos devuelve los fragmentos
que se nos han quedado en el aire
No ha habido
incertidumbres estáticas
más bien un ir y venir
de peces convencidos
de que en el tepor de las corrientes
se puede nadar en el pensamiento
tratando de conquistar
un sueño minúsculo
entre las algas aderidas al alma
Se puede ver
con claridad
esparcido sobre todo lo que fue
la cantidad enorme
de fragilidades
en medio de los remolinos del pecho
cuando los errores cometidos
se convierten en un río crecido
que sin piedad deja un lodasal a su paso
Ver con los ojos del sol naciente
nos regresa a la novedad
al asombro de haber superado
una tiniebla empecinada en mentirnos
acerca de la esperanza
una tempestad que gritaba muerte
y que se carcajeaba en nuestra cara
pensando que así
sucumbiríamos ante ella
III
TIERRA
Contarte acerca de quién soy
cuando somos los dos
es una empresa de hormiga obrera
con una hoja en su espalda
cuidando el jardín
del hogar que nos habita
es un vuelo incansable
de abeja recolectora
desde las cineas multicolores
hasta el néctar denso y viscoso
de nuestros dias
es un vuelo de golondrina
que sabe
que le pertenece al cielo
por eso arriesga ascensos y descensos
siendo capaz de planear
despidiendo así nuestros inviernos
IV
FUEGO
Por más dias de cara al sol
aún con el alma descosida
quemamos las naves
defendiendo el latido
del rojocorazónvivo
en lo sagrado atemporal
por lo sangrado vivificador
Por el calor y la luz
ardemos en el centro purificador
del mirarnos a los ojos
sin cenizas
Llamamos las cosas por su nombre
amor al volcán
y a los besos
lava
ardor al abrazo
llamaradas
a ese persistente
movimiento transformador
que nos da forma
así recuperamos
las chispas dispersas
de quienes somos
sin que se opongan
los miedos
ni los otros
ni otra cosa
ni nos morimos
ni nos iremos
ni qué dirán
la permanencia
es no prescindir del viaje
ni renunciar a la dicha de renacer
Que nos encuentren los siglos
trasnochados y con sueños
bajo el incendio del alba
propagada en punta de estrellas
Que nos encuentre
sí
que nos encuentren
frente a esta hoguera
ardiendo
V
EL CUERPO
Mis huesos contenidos
en esta estructura compleja
donde cada órgano palpita
junto a cada célula que se mueve
y en todo tejido se entreteje del sabernos
bailan al son de las canciones
que salen de tu boca
Mis pies se mueven ligeros
tibios y desclazos
sobre la dicha de tu presencia
al ritmo de tus labios
que hacen nido en mis orejas
Todo deja huella en mi piel
El tacto y el contacto
delinean la forma del espacio que ocupo
con enigmas de fluir de sangre
proclamando lo tangible
de la sed
Se me queda
tu rostro entre la manos
lo blando y lo duro entre los dedos
cuál memoria de la noche interminable
y de la luz que lo borra todo
Hebe Muñoz. Nacida en Pto. Cabello, Venezuela, reside actualmente en Italia. Ha publicado los poemarios bilingües: (it-esp) PEGASA, Renacida de las aguas (Editorial Feltrinelli. 2014), presentado en el Festival Internacional del Libro BookCity de Milàn, Italia-Sala Khaled al-Saad, MUDEC Museo de las Culturas. 2016; ESCUDEROS de la Libertad (Editorial Feltrinelli 2018) presentado con lectura pública en el marco del evento “Venezuela” del Festival Internacional de Poesía de Génova y EXILIADOS, historia de la diáspora venezolana en Italia (Editorial Mondadori. Crowfounding. 2019. En colaboraciòn con la fotógrafa Irene Nasoni. Edición en italiano) Ha participado como poeta invitada en diversas antologías poéticas internacionales de caracter artistico y como proyectos humanitarios, así como también, en distintos Festivales internacionales y Jamming poéticos.
Editora: Carmen Cristina Wolf
LA GRAMÁTICA DE LO IMPERCEPTIBLE
La Gramática de lo imperceptible
Por Jerónimo Alayón
| El mundo está enfermo de gigantismo. Creemos que la verdad habita solo en lo inmenso… trágica ceguera del espíritu. La vastedad es con frecuencia un velo, un estorbo, una distracción para el ser. Lo grande nos impone su presencia, pero lo diminuto concita nuestra fuerza de voluntad y, a menudo, un tipo especial de inteligencia. El ojo humano es perezoso: rápido mira lo colosal, pero es tardo para hurgar en lo invisible el soporte del cosmos. Un grano de arena y una estrella poseen la misma dignidad ontológica, pero rara vez nos detenemos a considerar la majestad de aquel. Bien visto, el átomo es la catedral del universo, pero, al ignorar esta verdad, le amputamos a la realidad su parte más fundamental. Vivimos tan aturdidos entre la obviedad de lo superficial y el ruido de lo macroscópico que hemos perdido la capacidad de asombro ante lo pequeño. Hemos confundido tamaño con grandeza. |
| Hay en las cosas pequeñas un silencio sagrado y sobrecogedor. Una mota de polvo flota en el rayo de sol que penetra por la ventana de casa. No ha pedido permiso para existir. Tampoco busca ser nombrada, pero su mudez es una forma de elocuencia superior. Hay en el silencio de lo diminuto una suerte de resistencia ontológica, la negativa a participar en la mascarada de las apariencias. Los objetos mínimos son guardianes de la quietud. Una hilacha colgando de la frazada, una grieta en la taza, un insecto agazapado bajo una hoja… En ellos habita una verdad sin adjetivos… desafiando nuestro lenguaje hecho de conceptos ruidosos. Las cosas mudas son, simplemente son. Desafían nuestra narcosis utilitaria. Su existencia es un fin en sí mismo. Contemplar lo pequeño es aprender a escuchar con la mirada. |
| Paradójicamente, la pequeñez es un espejo del infinito. Al viajar a la profundidad del cosmos, no hay límite. En nuestro organismo hay compuestos infinitesimales que formaron parte del polvo cósmico en el origen del universo y, sin embargo, lo diminuto es la frontera de nuestra percepción. Cuando el ojo claudica, nacen el misterio y el prodigio: el microscopio nos dice, por ejemplo, que el vacío está poblado de pequeñeces relevantes y que lo simple es un espejismo, que no hay trivialidad en la naturaleza, que lo trivial es nuestra desatención, no haber entendido que el universo es un poderoso tejido de minucias y una profunda suma de silencios. Con la edad perdemos la capacidad para contemplar el detalle, quizás porque hemos olvidado que en lo pequeño habitan, al unísono, lo sagrado y la nada. |
| Contemplar lo pequeño es un acto de rebeldía ontológica y ética, una forma de justicia, pues validamos la entidad de aquello que el mundo ignora en su elefantiasis metafísica. La contemplación es una suerte de oración laica. Exige tiempo, quietud y lentitud. El ser requiere calma para fecundar la ontología. En una época como la que vivimos, la parsimonia es subversiva, pero es la única vía para reconocer la alteridad de lo diminuto. Al hacernos testigos del mundo, podemos descubrir que hay una paz peculiar en observar lo nimio: aquello que no espera nada de nosotros, es libre auténticamente y, como tal, se emancipa de la importancia, categoría con la que medimos falsamente la grandeza de las cosas. |
| Hay también en lo diminuto una estética de la precisión. No hay espacio para lo accesorio. En lo pequeño, forma y fondo coinciden. La belleza de lo mínimo es siempre descarnada y, sin embargo, posee la elegancia de lo esencial. No solemos verlo así —dada nuestra ceguera—, pero el drama de nuestra existencia se vive milímetro a milímetro. La vida es un suceso conformado por una secuencia de instantes ínfimos que llamamos momentos. Visto así, la eternidad no sería una duración infinita, sino la inacabable profundidad de una brevísima porción de tiempo. Me gusta pensar que quien habita en el detalle ha conquistado lo sempiterno. La prisa, por tanto, es exilio del ser. La calma es el ancla a lo imperecedero. |
| El hombre que habita en el detalle hace del silencio su morada. Las cosas mudas no reclaman nuestra atención ni piden que las nombremos. En su mutismo hay fe de que, tarde o temprano, serán alcanzadas por la luz. Su silencio, por consiguiente, no es vacío, sino la certeza de que todo está penetrado por una minúscula sospecha de eternidad. En cada célula nuestra late nuestro nombre, sin embargo, hacen su trabajo calladas. Nuestra salud es el silencio de ellas… Todo lo que de bueno hay en el mundo tiene su domicilio en la mudez de la armonía. |
| Cruzamos la vida ambicionando dejar grandes obras, ser recordados por la estatura colosal de nuestras acciones, gozar de la admiración de quienes nos secundarán, pero todo eso no será más que la cicatriz de lo efímero. A menudo, tras la gloria solo quedan la soledad y el vacío interior. Entender que cada partícula infinitesimal es un testigo del cosmos y cada silencio de las cosas mudas una invitación al asombro es una vacuna contra la arrogancia. ¡Somos tan breves y, sin embargo, tan displicentes con la brevedad de lo pequeño! La pequeñez no es una carencia ni un error: es el susurro de lo absoluto. La verdadera grandeza está en la capacidad de poder oírlo. |
| © Jerónimo Alayón y El Nacional. https://bit.ly/3KcYCYv |
| CITA CHICAGO: Alayón, Jerónimo. «La gramática de lo imperceptible». El Nacional. 20 de marzo de 2026. https://is.gd/LzsaS1 |
Jorge Gómez Jiménez: selección del libro inédito Los temblores del mundo

Tus noches son actos telúricos,
fenómenos naturales,
terribles sismos de piel,
rugientes maremotos sudorosos,
llameantes lenguas de fuego
que brotan gimiendo de tu cuello.
Son, tus noches, devastaciones
totales, abrumadoras,
que estremecen impúdicas
todo intento de concreción.
Te escribo en mayúsculas
como un grito destemplado,
tímpano de tus ojos,
sacrificio de un sentido
para mi grito.
La noche
en una llanura de tela
ante ti
te acerca a tu fiera
A grandes zancadas
a tientas
en la oscuridad
encuentras el destino de sangre
que te depara tu fiera
oculta en la tela
de tu noche
Quisiera estar ante ti
decirte que te extraño
cuánto te extraño
mirarte tocarte besarte
y no estar en mí
sino en ti
y hacerte creer
que esto es un poema
y no un sollozo
Mi alma se debate
en una guerra sin cuartel
con los malhechores
de la tristeza.
Basta que mi alma pida refuerzos
y mi memoria empieza a pensarte,
y aunque termine
perdiendo la guerra
son reconfortantes
las pequeñas batallas
de las que tu recuerdo sale
siempre
triunfante.
Tus silencios
son el jolgorio prematuro
de la muerte,
el caldo esencial
del hastío,
el triunfo odioso
de la tristeza.
Me brindan
tus silencios
una agonía que avanza
a un ritmo
infinitesimal,
me tuercen el cuello
con manos blindadas,
me evaporan
y me hacen caer
tus silencios
como una lluvia
en el horizonte.
Cuán lejos de nuestro fino estilo
Que yo vaya a ti y te pida
Me aclares si para siempre
Te he perdido
Si algún día vuelves
Frente bajo sobre mí
Conmigo
Vaya qué bien
Me felicito
Pero qué importan
Las vicisitudes
El ir y venir de los días
Cuán lejos de nuestro fino estilo
sería que me conforme
Pero qué bien
Me felicito
Porque hace tanto te tengo
Porque tu recuerdo es ya
Suficiente
Para justificarlo todo
Un cuerpo pequeño
como el tuyo
ha de temblar de frío
por las noches
sólo
para que un cuerpo
desmesurado
como el mío
le sirva de cobijo.
La vida del solitario
suele circunscribirse
a un recuerdo.
¿Qué recuerdo de ti
perturbará mis tardes
cuando la vida,
el futuro,
te reclame?
¿Qué sonrisa,
qué franja de piel,
qué mirada,
qué palabra,
qué de ti
me asediará
una mañana fría,
ante un café
que aún no vislumbro?
Jorge Gómez Jiménez
Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Autor de los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Recibió en 2023 el Botón Filuc, máxima distinción de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, por su trayectoria como escritor y editor. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.
MUJER DE TIERRA ÁRIDA
Mujer de tierra árida
Por Ernesto Marrero Ramírez
Editora: Carmen Cristina Wolf @carmencristinawolf
Asesoría Técnica: Jorge Gómez Jiménez Letralia
LAS MUJERES DE MI HISTORIA
LAS MUJERES DE MI HISTORIA
Por Lidia Salas
Autora de los siguientes poemarios: Arañando el silencio. Finalista del 1º Concurso de Poesía Libre de la Universidad de Córdoba. (Colombia) Ediciones Puesto de Combate. Bogotá. Colombia. 1984 Mambo Café Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas.1994. Mención de honor del Concurso de Poesía del Ateneo “Casa de Aguas” (Venezuela) Venturosa. Premio Único del VII Concurso Nacional de IPASME. Caracas, Venezuela. 1995. Luna de Tarot Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas. 2000. Este poemario fue llevado al teatro en la Semana del Poesía en Escena en Caracas.. Coautora con Elena Vera de la antología Quaterni Deni 1988. Katharsis. Editorial Lector Cómplice. Caracas. 2013. Ciudad de Azul y Vientos, libro digital (Amazon) Edición impresa: Editorial Lector Cómplice. Caracas, 2016. Autora de las siguientes plaquettes: Sedas de otoño (2006) e Itinerario Fugaz. La Palabra, 7 secretos de su energía creadora 2024. Edición impresa y en Amazon
(2007) Edición de la Universidad Nacional Abierta. Su poema “Hechizo de isla” fue finalista en el III premio Internacional de Poesía Amorosa en Palma de Mallorca. España. Publicado en la Antología del Círculo de Bellas Artes de la misma ciudad. 2005.
Editora: Carmen Cristina Wolf
Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose
Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose
Por Farah Cisneros
Editora: carmen Cristina Wolf
Poemas de Carmen Cristina Wolf traducidos al francés
CARMEN CRISTINA WOLF/VENEZUELA/EDICIÓN BILINGÜE ESPAÑOL – FRANCÉS/POR: JUSTINE TEMEYISSA/LA CASA QUE SOY
SELECCIÓN DE «ESCRIBE UN POEMA PARA MÍ»
1
AMANTE
No dejes caer la noche sin decírselo
La rosa no se avergüenza de velar
en lucidez al alba
Mejor un instante de atrevido sonrojo
a mil versos de sensata palidez
AMANT
Ne laisse pas la nuit tomber sans le lui dire
La rose n’a pas honte de veiller
dans la lucidité à l’aube
Mieux vaut un instant de rougeur audacieuse
à mille vers de pâleur sensée
2
Si pudieras contarme el secreto de los girasoles
la cayena indefensa en medio de la lluvia
si pudieras decirme el sabor rojo de los tulipanes
y el matiz verdinegro de las hojas.
Dime cómo besan en la piel
sus colores de agosto
escribe un poema que sea ahora
no dejes que se pierdan tus versos vegetales.
Si tu pouvais me révéler le secret des tournesols
la cayenne sans défense au milieu de la pluie
si tu pouvais me dire la saveur rouge des tulipes
et la nuance verte-noire des feuilles.
Dis-moi comment leurs couleurs d’août embrassent la peau
écris un poème qui soit maintenant
ne laisse pas tes vers végétaux se perdre.
3
Te escribo con urgencia
porque no puede ser de otra manera
para pedirte que me cuentes
cómo es el sonido de las constelaciones
los colores del relámpago
el galope de los caballos
en las tempestades de octubre
Je t’écris avec urgence
car il ne peut en être autrement
pour te demander de me raconter
quel est le son des constellations
les couleurs de l’éclair
le galop des chevaux
dans les tempêtes d’octobre
Fuente http://lacasaquesoy.blogspot.com/2024/12/carmen-cristina-wolfvenezuelaedicion.html
El poema
es una barca atada a una promesa
un hallazgo posible
Carmen Cristina Wolf
LA TIRANÍA DEL ALGORITMO EN LA LITERATURA
La tiranía del algoritmo en la literatura
Econ. Edinson Martínez
Cuando comencé a escribir mis primeros artículos, hace un poco más de medio siglo, lo hice en una máquina Brother. Era lo frecuente entre los jóvenes de mi generación; aquella ya había pasado por varias manos porque era el medio más moderno disponible entonces. Los textos giraban sobre temas tan elementales como ingenuos del entorno que nos rodeaba. Como registra la historia de la última mitad del siglo XX, el clima intelectual de la época estaba fuertemente influido por los autores del boom literario latinoamericano y una abundante literatura política.
Eran los tiempos de una juventud inquieta que escribía sobre lo que quería, sin más restricciones que las derivadas de su particular percepción, como entiendo que ocurría con los autores consagrados y todo aquel que aspiraba a fraguarse un lugar en el ámbito de las letras. De modo que la libertad —o, en todo caso, la soberanía para escoger los tópicos sobre los cuales escribir— era un asunto del único arbitrio y decisión de quien los suscribía. Acaso se admitía una considerada insinuación, una tímida sugerencia o una recomendación vertida desde las más íntimas cercanías para matizar o influir en la exposición de determinadas ideas, pero nunca una imposición de terceros por razones de estilo o tendencias con fines mercantiles, alienando así la natural soberanía del oficio de escribir.
El título que escogí para estas notas ya antes otros autores lo han empleado para describir el mismo propósito que anima esta escritura. Uno de ellos es Kyle Chayka[1], con su artículo The Tyranny of the Algorithm: Why Every Coffee Shop Looks the Same («La tiranía del algoritmo: por qué todas las cafeterías se ven iguales»), donde desarrolla una bien argumentada exposición sobre la influencia que los algoritmos tienen en las preferencias de las personas. Aunque el asunto, en realidad, no es nuevo —porque en el pasado la influencia de los mass media fue determinante para la manipulación de la conciencia colectiva a escala planetaria—, el escrito en cuestión plantea una inquietante línea argumental sobre la alienación colectiva en el presente siglo: una realidad de estereotipos y perspectivas similares como nunca antes conoció la humanidad, donde la piedra angular de todo este proceso la constituye la abrumadora influencia de las redes sociales.
Si en el pasado la fabricación de estereotipos era un proceso de reproducción cultural permanente, aquello ocurría en lapsos temporales relativamente largos que permitían la reacción contestataria de la sociedad; a lo que habría que añadir un contexto intelectual dotado de valores culturales para contener, con sentido crítico, el propósito de estandarizar los gustos y la concepción de la vida. De ahí la abundante literatura sobre el tema durante aquel periodo. De aquel lapso valdría la pena citar, por ejemplo, la obra de Wilson Bryan Key (1988), Seducción subliminal:
«Los lenguajes subliminales no se enseñan en las escuelas: la base de la eficacia de los medios de comunicación modernos es un lenguaje dentro de un lenguaje, uno que nos comunica a cada uno de nosotros a un nivel inferior de nuestro conocimiento consciente, que llega al mecanismo desconocido de la inconsciencia humana. Este es un lenguaje basado en la capacidad humana de recibir información subliminal, subconsciente o inconscientemente. Este lenguaje ha producido de manera verdadera la base de ganancia de los medios de comunicación masiva». (p. 39).
Hoy en día, situándonos en los últimos veinte años, aquel contexto de reproducción de estereotipos se ha agudizado de manera dramática. Lo que antes tardaba meses o días en consolidarse, ahora se consigue en instantes. Así, una idea, imagen o enunciado puede darle la vuelta al mundo de forma inmediata y, conforme a los algoritmos, conocer casi al instante cuál ha sido su impacto. El artículo de Chayka describe cómo ya no importa si estás en Bogotá, Madrid o Tokio; el algoritmo ha dictado un estándar estético global que anula la identidad local en favor de una uniformidad de gustos. Explica cómo los negocios han adoptado una estética idéntica para que todos tengan una misma imagen. Alguien podría preguntarse: «¿Qué hay de malo en eso?». En apariencia, nada, si se valora solo como tendencia estética. El asunto se complica cuando ese mismo algoritmo impone preferencias en otros ámbitos, como el político, donde ya vemos reivindicar perversiones del pasado mientras se defenestran logros civilizatorios si conviene a determinados intereses globales.
Aquí encaja mi reflexión sobre la literatura. Creo que nunca en la historia hubo tantas personas escribiendo y tantos lectores confluyendo en las dos caras de una misma moneda. Mi angustia es que esta maravilla del ingenio humano termine siendo una mercancía en el más estricto sentido; que el ejercicio intelectual concluya contando a los lectores solo lo que desean de acuerdo a preferencias previamente estereotipadas, en una clara enajenación de su soberanía intelectual. Una abominable deriva que desterraría de la creación el brillo de su autenticidad.
Tendríamos, por un lado, una legión de consumidores de contenidos promedio dictados por plataformas masivas y, por el otro, la seudoliteratura usurpando el lugar de la creación auténtica. Una realidad difícil de develar cuando el antifaz de la posverdad domina la sociedad, haciendo realidad la advertencia de Herbert Marcuse: «La catástrofe verdadera es la perspectiva de idiotización, deshumanización y manipulación total del hombre».
En este contexto, mucho me temo que el lugar de los escritores estará comprometido por la presencia de la IA como instrumento para generar contenidos que alimentan el consumo masivo, conforme a la escritura sin arte del algoritmo. Estamos ante una doble alienación: el escritor pierde el control sobre su creatividad —ya no decide género, estilo ni tema— y el lector consume lo que le llega bajo una velada manipulación. Me abruma la idea de que la literatura se transforme en un producto de moda, cuando en realidad es un testimonio de vida. Cuando leemos a Saramago, a Rulfo, a Borges o a García Márquez, nos conectamos con las obsesiones, los miedos y el tiempo que envuelve a los autores con el paisaje seco y espectral como residuo de una revolución, por ejemplo, la cosmogonía que cambió la percepción de la literatura latinoamericana, o los laberintos porteños de una ciudad que se queda para siempre en el imaginario del lector.
La literatura es la creación humana más trascendente desde que se inventara la escritura y, quizás, el prodigio intelectual de mayor relevancia desde el instante mismo en que nuestros antepasados sintieron el peso de su ser al ver su cara reflejada en un arroyo.
El peligro no es que la IA escriba como un genio o sea capaz de imitar nuestras emociones, sino que los seres humanos nos acostumbremos a leer como máquinas, atrapados en el contenido promedio de las redes sociales sin admitir la excepcionalidad; esa maravilla con la que cada autor se presenta ante sus lectores, el élan vital que le impulsa a concebir la literatura como un constante desafío de sus capacidades para sorprender a sus semejantes. Este riesgo nunca antes lo tuvo la humanidad, incluso cuando en el pasado los mass media influían abiertamente en corrientes de opinión, modas y preferencias de consumo.
No estoy seguro de que, con el despliegue alucinante de las nuevas tecnologías y plataformas, podamos tener una convivencia equilibrada entre ellas y el arte de escribir. Lo ideal sería que remitan principalmente a su uso como instrumentos de soporte —sea documental o de inmediatez en el acceso a fuentes— y no a la suplantación del ingenio humano para convertirnos en víctimas de la probabilidad estadística que dictan los algoritmos. Es una puja de resultados impredecibles que quizás resulte favorable a la perspectiva que represento; es posible, dada la historia construida por el hombre, pero nadie podría garantizarlo.
Algunos con quienes he conversado el tema sacan a colación el caso de la fotografía: cuando apareció, los pintores —entre ellos los retratistas— imaginaron que su arte desaparecería, pero con el tiempo la fotografía también derivó en un arte. No estoy seguro de que en nuestro tiempo ocurra lo mismo en la inevitable interacción entre escritores, lectores, IA y redes sociales.
Por ahora, a quienes deseamos una ponderación soberana del asunto, solo nos queda persistir. Busquemos el modo en que una tecnología que amenaza con hacer «caída y mesa limpia» termine facilitando las cosas para que, como el escultor, la IA se limite a buscar la piedra en la cantera, picarla y pulirla, para que el artista finalmente la talle y cree la obra que ha de ser admirada como expresión de su auténtica excepcionalidad y no como la aburrida rutina del estereotipo que no sorprende a nadie.
[1] Kyle Chayka es un reconocido periodista y crítico cultural estadounidense, actualmente redactor de plantilla en la revista The New Yorker, donde escribe la columna «Infinite Scroll» sobre tecnología y cultura de internet
Edinson Martínez. Narrador con raíces zulianas y alma universal, nació en Cabimas, estado Zulia, en 1957, y actualmente reside en Ciudad Ojeda, municipio Lagunillas. Es economista de profesión, pero ha dedicado gran parte de su vida a la literatura, el periodismo y la docencia universitaria. Miembro del Círculo de Esctritores de Venezuela.














