¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo  

«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo

 Por Edinson Martínez

 

En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.

Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.

Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes.  ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa.  El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.

El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.

En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando  expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.

Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.

 

La vida de Juan Rulfo 

 

Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.

Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.

Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.

Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.

 

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches  trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.

 

Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor.

 

…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar

al país donde los sabios se retiran

Del agravio de buscar labios que sacan de quicio

Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios de los peces de ciudad

que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo

Que no merecen nadar

El Dorado era un champú

La virtud, unos brazos en cruz

El pecado, una página web

En Comala comprendí

Que al lugar donde has sido feliz

No debieras tratar de volver…

Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.

 

Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.

 

«¡Diles que no me maten!»: Un Llano en llamas venezolano

 

Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.

El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.

En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.

El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.

Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.

 

Edinson Martínez. Escritor, editor y radiodifusor venezolano. Autor de la novela Vidas paralelas. 

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

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INTERMITENCIA, POEMA DE CLAUDIA SIERICH

 

Claudia S. Sierich (Caracas, 1963) es poeta, traductora literaria e intérprete en conferencias, formada entre Venezuela, Alemania y Europa central. Su trabajo se mueve entre lenguas —español, alemán e inglés— y entre disciplinas, haciendo de la traducción un espacio de creación poética y pensamiento. Es Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela.

Radicada entre Berlín y Caracas, ha desarrollado su obra en poesía, ensayo y la escritura experimental, con una honda reflexión sobre el lenguaje, la percepción y la experiencia del mundo contemporáneo.

Su libro Imposible de lugar (2008) obtuvo el Premio de Poesía de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores y mención honorífica del Premio Municipal de Poesía de Caracas. Posteriormente publicó dicha la dádiva (2011) y Sombra de paraíso (2015), textos donde la escritura se vuelve fragmento, deriva y exploración del sentido.

Este poema es de Claudia:

Intermitencia

No me refiero a la simultaneidad que en nuestro fuero interior

vivimos

Hablo de la simultaneidad de sucesos externos a los que irremediablemente estamos expuestos

 

Por fortuna

esta mañana de un domingo berlinés, si no me procura

rayos de sol ni radiancia

 

me rinde el presente de un fulgor

sonoro: se mudó por un rato

un pájaro invisible

al viejo castaño del patio

 

Cómo llama la atención

No conozco su silbido

No es canto de paraulata

– ruiseñor, se diría acá –

(no es su hora, sola

melodiosa de madrugada)

 

No es celebración del mirlo

ni el runruneo de la paloma –

 

Es silbido

claro y metálico

como tropical

 

y resuena como una insistente

repetida pregunta; pero también

me recordó del canario

 

mío de niña

 

que cuando tirileaba

preguntaba así, así –

 

Este trino

sobre el castaño berlinés tiene

más largo aliento, más

penetración, más

color naranja

 

Interroga el día aun descalzo

(mientras todo calla, qué cosa)

 

Y vuela el anhelo, el anhelo

de quienes lo alcanzan

a escuchar, y calma

 

Y es todo sol

No volvió

el raro llamado de la criatura

 

Sí dejó luz, luz

remanso intermitente

Claudia Sierich

Editor: Carmen Cristina Wolf

 

 

 

 

 

 

 

 

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MIRIH BERBIN: SELECCIÓN DE POEMAS

LOS NIÑOS JUEGAN

Desde el silencio se dibujan
dos pequeñas siluetas

Se forman círculos
donde afuera no es salir
adentro no es entrar.
Se despiertan líneas vitales
desempañando sombras en rotación
que no se habían visto.

Se levanta un brazo sin detener el aire
se abandonan espacios
sosteniendo la risa
del gesto sin llanto

se afina el silencio
sabiendo que en la raíz
una mano aparece
y arranca de golpe lo malo

En la calma se ve que el piso tiene un piso
el techo otro techo

Una niña y un niño juegan a atraparse
ellos cantan,
cuentan

y salen corriendo

los niños juegan a contrariarse
a perseguirse
a buscarse un mayor
que les proteja la risa.

Juegan a devolver aquello
que se nos había perdido:
la alegría que dibuja la silueta
de los pequeños amantes.

Los niños juegan a enseñarnos
la inocencia.

MIRAR LAS PALABRAS QUE DICES

Yo no escucho
no importa cuán fuerte hablen
no presto atención si voy rápido.
No estoy escuchando el ritmo de la mañana
solo veo lo que permiten,
un mar de personas se muestra entre formas
me dicen palabras grandes
pequeñas
coloridas.

En algún punto me adherí unas vendas
y unos audífonos
casi se me da natural
caminar en automático.

Disculpe
yo no escucho
voy hacia una pared de humo
que me abanica con sus obligaciones
y cuando me bajo de la urbanidad del día

Recuerdo las palabras
que dejé de escuchar
que simulé haber ignorado,
recuerdo cada intención
cada comando,

cada voz como un abrazo de cerca,
recuerdo que afuera se quedaron
con una pequeña versión de mí
pero no hay tiempo de dar respuestas
cuando se está sentada
a solas.

HAS DEJADO DE ESCRIBIRTE

Has dejado de escribirte en las líneas de mis dedos
quédate
la brisa no elige el abrazo
la voluntad prepara las sombras
anida fatigas que en la noche me inundan

la estadía de la quietud exige
en cada cuadro una conversación a medias

has dejado de escribirte en las líneas de mis dedos.
Vienes con tus espacios a descubrir la tarde
y cuando se que puedo
empezar a acostumbrarme a que me mires
a que me hables de historia
la tarde con su aire de mover mis cabellos
me está diciendo
que ya te vas.

ME PIERDO

El envase se abre y traspaso lo contemplativo
en el alimento de la tarde

el caudillo traspasa las cerraduras
y me encuentro sola
en medio de la tarde que cobija sus pétalos
con la huella que viene hablando
de lo que hemos encontrado

el caudillo traspasa las cerraduras
y me encuentro nuevamente sola
en medio de la tarde que asoma la luna
traspasada entre los pinceles de los palos
de un árbol
esta postura de la mirada tiene frío

me he quedado ya sin latencia
y escucho una canción que no logro identificar
este crujir de la noche

rompe.

Mirih Berbin. San Félix, estado Bolívar – 1983

Reside en Valencia desde hace una década. Es poeta, traductora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Licenciada en Educación mención Inglés por la Universidad de Carabobo (UC). Es Profesora asistente del Departamento de Idiomas Modernos de la Escuela de Educación de la UC, laboró en el Departamento de Filosofía de la misma institución. Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela.

Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Ha sido traductora en el Encuentro Internacional de Poesía Universidad de Carabobo (EIPUC) (2006-2007), en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes (2008), en el Festival Mundial de Poesía (2009 al 2011). Tiene más de cien lecturas de poesía en todo el país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación. Ha participado en más de 20 ponencias y conferencias  sobre sus aportes a la educación y la enseñanza. Dictó un taller de poesía con la Alcaldía de Puerto Cabello y el Instituto Municipal Autónomo de Cultura del mismo puerto llamado “Cuando expreso todo lo que habito”.

Fue reseñada en el Libro “Ellas” de Laura Antillano (2013). Su poesía se ha publicado en numerosas revistas. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Mareas (2009) su primer libro, fue publicado por el Perro y la Rana de la colección Cada día un libro. Su segundo libro Hacerme Templo (2016) se publicó en versión digital por Casimpenta CA, dirigido por Trotsky Vargas. Hilos Nacientes, su tercer poemario, se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido publicada en árabe, francés e inglés.

Poesía: Después de todo, ella…

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

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Ars Poetica en Pacto de otro mar

Por Ana María Hurtado

Si eres poeta, verás claramente que flota
una nube en esta hoja de papel…

Thich Nhat Hanh

Nos arrojamos sobre las olas de los mares
tratando de saciarnos en espacios más abiertos.

Friedrich Hölderlin

El mar ha sido siempre un tema recurrente en poesía dada su contextura multisémica, su ilimitada capacidad de evocación, de ser imagen y símbolo antes que palabra; mar que conserva la cualidad primordial de ser misterio, abismo, profundidad insondable y amenazante, de seducir, engullir, expulsar; mar de naufragios y odiseas, y así podríamos continuar de forma indefinida porque el mar en su exceso de realidad es elemento que inunda no solo todo la experiencia humana: terrena, animal, psíquica y espiritual, sino que abunda en su proyección lingüística. El mar también se halla cifrado en el origen del lenguaje, es sonido insistente de la circulación sanguínea del útero materno, El mar es el antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar, dijo Borges. Inagotable proveedor de metáforas y metonimias, y por tanto en ese hilo asociativo es también sustancia inconsciente, experiencia onírica, lúdica y poética, tema que particularmente me interesa en la presente aproximación al poemario Pacto de otro mar de Mariela Cordero (LP5 Editora, 2024), de tal manera que cuando nos ofrece su poemario nacido bajo el influjo de un viaje a Taiwán, es decir al otro lado de nuestro mundo, viaje que de por sí es generador de asombro y amplitud poética, nos ofrece también de forma indefectible una indagación que se convierte en Ars Poetica .

signos de la verdad/que me acecha /desde el fondo
Cordero despliega una honda incursión en las formas del lenguaje, sobre su cambiante oleaje, su misterio y la imposibilidad del decir junto al deseo de decir, constancia del sentir humano, humanidad compartida, visionaria del mar en tanto extensión inabarcable. Los viajes, como dirá Pessoa, son los viajeros, y este viaje es la poeta en tránsito, mostrándonos cómo su médula poética resulta estremecida por la profundidad de estas aguas. Más allá de la experiencia en capas que va de la inmediatez del encuentro con otra cultura, de una aproximación diferente a lo sagrado, la poeta va a discurrir hacia la profundidad del devenir poético. La poesía pulsa por hablar de sí misma. La Poesía es una diosa que se devela y se esconde, seduce, asombra e hipnotiza como el mar, te hace ver monstruos marinos, o te hace escuchar el canto de lo inefable, la poesía desea ser vista y que se le permita su expresión, pero vista a través del habla elusiva, tal como la postulase Hanni Ossott. El habla de la naturaleza es impersonal, intransitiva, señalaba Ossott … no hay en ella acción sino acontecimiento. Esto nos lleva al umbral del fenómeno poético en íntima coniuctio con la naturaleza.

en el lugar/ para contemplar la agonía/ahí/te quieren tierra/pero sigues siendo/mar.
Este seguir siendo mar nos abre a la amplitud marina, a lo que eres, haciendo resonar polifónicamente ser y mar, salimos de él y no lo hemos dejado (estamos conformados de un setenta por ciento de agua) pero sí también mar es inconsciente seguiríamos la misma asociación de ideas, igual sí mar es misterio, asombro o terror, seguiríamos siendo mar. Pasamos entonces a la formulación del acontecimiento poético en tanto pulso ontológico.

La poeta a través de la metáfora del mar, asume que hay una dicotomía, entre lo que otros quieren de ti y lo que en esencia eres te quieren tierra…pero en esencia sigues siendo lo que eres, eres mar, A simple vista, el mar puede ser una tranquila sabana desplegada, sin embargo, es sólo apariencia, he ahí la dicotomía que se convierte en hechizo e imagen primordial y rica en simbolismos, en realidades, misterio, profundidad. ¿Cómo no ser mar? Partiendo de una metáfora tan cercana a nuestro mundo emocional, ya desde los primeros versos la poeta se hace mar, entonces el pacto podría remitirnos a la necesidad ontológica de ser lo que en profundidad se es, y no lo que se aparenta, o lo que el engañoso enjambre de los sentidos nos hace percibir, nos remite a un pacto consigo misma, con su esencialidad. María Zambrano, afirma que el poeta es un consagrado a la palabra, y vincula esa función a su condición de identidad: el poeta no quiere ser, si algo sobre él no es.

En la brisa/se mueve una tregua/para aspirar hondo/y embriagarnos de magnitud /antes/de la tormenta. /Así ha sido pactado.
Vemos como la poeta Mariela Cordero da cuenta del encuentro de mares, que van desde el océano de la interioridad hasta los mares del lenguaje, pasando por el encuentro con mares de otras latitudes, tanto geográficas como del alma. De tal manera que este poemario nos sumerge en una corriente continua de voces que son intimidad, Si quiero comunicarme debe descender al fondo de mí mismo y del otro, dice Hanni Ossott en las Hablas rotas. El descubrimiento de lo sagrado en la hondura de un mar emparentado con el inconsciente desde el tejido simbólico que nos atraviesa, nos conduce a la conformación de un lenguaje donde la poesía se mira a sí misma y se envuelve en este oleaje. Y desde allí se propicia el Pacto, en el sentido de compromiso, vínculo que se explaya en esa mirada que pacta. Nos preguntamos ¿Qué pacta? ¿Con quién? ¿Qué pacto se impone al poeta y al lector?
El pacto puede ser un guiño de la poeta para nombrar la embriaguez ante de la tormenta, un guiño que nos involucra; en los pactos siempre están involucrados varios, incluso como testigos, hacer un pacto con otro mar poético es atrayente, aspirar hondo parte del misterio que signa la existencia del poeta, haber establecido un compromiso con el lenguaje, que la mirada, el sentimiento, el descubrimiento o el asombro pasen por el tejido inagotable aunque insuficiente del lenguaje. ¿Y la tormenta? ¿Esa insuficiencia?

Seguimos siendo/aquello/que nuestras bocas/nunca/nombraron.
Cuando dice contempla la agonía nos acerca a ese lugar del ser poético que intuye la persistente agonía del lenguaje como vía de representación. La voz del mar da nombre al siguiente poema, explicita así la indagación que hará sobre la voz. La secuencia es: seguir siendo mar, la voz y el grito, siendo este último, expresión sonora del cuerpo, sostenida en lo indecible pero que pugna por ser dicho o ser escuchado, en tanto imperativo de humanidad, aquello que se dice desde la sonoridad del cuerpo: el alarido blanco del silencio.

Ahora pueden/lavarse las manos con sangre.
Lavarse las manos con sangre remite a una utilización literal del cuerpo para intentar instrumentalizar la herida, y evitar que se convierta en denuncia del ser, y aun más en contractura vital, palanca para existir. Será ese el dilema poético o mienten los poetas como decían Platón y Nietzsche, la alternativa es beber la sangre derramada y convertirse en herida que habla, a través de un lenguaje que no es elusivo ni operatorio.

Permanece quieto/ manso/ ante aquel oleaje /movido por secuencias desconocidas.
La poeta nos invita a la quietud , a la atención y la asunción del instante, sin pretensiones, acaso única manera de contemplar el mar, disposición para la mansedumbre, la escucha y el hacerse eco, canal, este acto se configura como una propuesta del acto poético mismo, la poesía como aquel oleaje movido por secuencias desconocidas; entonces lo esencial en Mariela -ese mar- va perfilando sus ondas hacia la vibración y movimiento del lenguaje como trasmisor, transductor, lugar de proliferación de sentidos y de multiformes criaturas marinas. Los poetas, aunque parezcan hablar de diversas cosas, en el fondo siempre hablan del fenómeno poético que se filtra en el discurso, eso se ve con gran claridad en el ejemplo paradigmático de Hölderlin, pero se puede asumir que no ocurre solo en el poeta alemán, sino que la poesía busca expresarse, mostrar su misterio, su necesidad, o su deseo… y la poesía habla de sí misma en el lenguaje diáfano de Mariela Cordero. Muestra el alarido blanco, el silencio en tanto componente esencial.

Venía cansada/mi boca estaba hastiada/del mismo resabio amargo/acumulado por las palabras /no dichas/ tras los labios cosidos
Mariela en su viaje ha mirado otros mares, y esto la ha invitado a resonar con la inagotable posibilidad del mar para devenir en acontecimiento poético, asomándose desde la ventana marina deja salir las palabras no dichas, tras la imposibilidad del cuerpo para hacerse sujeto de enunciación. Cuerpo que solo conoce la sed de decir. Decir sed es decir deseo, apuntar hacia la realidad última de ser para el deseo: deseo de decir, acaso. Sin embargo, el agua de mar no calma la sed, escuece las entrañas, hay un saber-sabor primigenio que duele y deja sin piel, pero te acerca al enigma.

Me mostró sus entrañas y algunos/enigmas/no sin antes herirme.
He aquí el enigma de la palabra poética, cuando accedes a su entraña, accedes también a enigmas que terminan hiriendo. ¿Tiene el enigma otro destino posible que no sea el herir? ¿Cada enigma es guardián de una herida? La resolución de los enigmas, el develamiento, siempre deja abierta una herida, es la pérdida de alguna inocencia, o la asunción a otra inocencia más necesaria, más audaz.

Me arrastraste/para arrancar de mis labios/una palabra/de rendición/ Eso me dio el Caribe
¿Cuál es la palabra de rendición? aquella consciente de su limitación, aquella conquistada y relegada, por ser pura imposibilidad ante lo real, Nuestra habla es fracaso, carencia, anhelo, carencia es lo sin fondo, de nuevo Hanni Ossott. Por estar excedida no significa renegar de su derrota. Pero lo hace desde otro mar, hay que hacer otro pacto con el lenguaje para dar a la expresión poética la profundidad de otro océano, sumergirse en el lenguaje sabiéndolo abismo: que solo te preparaba/para la profundidad/de otro océano. Mar y poesía son fundamento de todo lenguaje.

El sol se pone/sobre el mar que me es ajeno
La poeta va en la búsqueda de otro mar -el ajeno- y el mar que descubre es otro y el mismo, de tal forma que resuena tanto con la interioridad humana, con el inconsciente que baña la orilla personal, hasta aquel que se dispone a lo desconocido colectivo, ancestral, primigenio. Es otro el mar que dejamos atrás y él que nos espera, dentro de aquellas espirales/ verdes como bosques oscuros
.

Entrabas a ciegas/en el otro mar.
Necesidad de enceguecer, cerrar los ojos y entrar al otro mar, el linde entre el afuera y el adentro, explorar el otro territorio que no es discursivo sino elusivo, ¿Cuál es el mar que me es ajeno? Ese que me deja sin palabras, la poeta atraviesa ese mar que ha percibido como ajeno, pero que invita por encima del eco que la traspasa, para encontrar esa verdad que la acecha desde el fondo …

Pero yo /no tengo/palabras.
Este poemario habla desde un lirismo desnudo y preciso, como recién salido de la espuma (aphros) del mar, de aquello que no puede decirse a menos que uno deje de ser yo, y emprenda un viaje iniciático dejando de lado los pronombres, la patria, lo conocido. Habla de amor en esa clave, y del lenguaje y de la lucha, pero sobre todo habla de ser poeta, de intentar hacer un pacto con otro mar, donde soy arena desparramada. Encontraremos una erótica sutil que emerge de la exploración del lenguaje y desde el lenguaje, que nos interpela desde el nombrar y cómo, dónde el bautizo o la redención o la rendición.

Cada poeta trae un enigma a descifrar, su porción de misterio que le impone trazar líneas en la orilla del mar que es el lenguaje. Mariela Cordero en Pacto de otro mar nos envuelve en su misterio. Parafraseando a Thich Nhat Hanh, si leemos con atención veremos cómo se agita con suavidad un mar en las hojas de este poemario.

Ana María Hurtado
Enero 2026

 

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LA BOLSA DE MI ABUELO, POR HEBERTO GAMERO

La Bolsa de mi abuelo relata la historia de un abuelo que enseña a su nieto lo provechoso que puede ser para su futuro futuro invertir en la Bolsa de valores cuando se seleccionan las mejores empresas (Análisis fundamental) y se determina el momento correcto de compra (Análisis técnico). También la importancia de las estrategias a seguir según la edad e intereses del inversor.

Un libro fascinante sobre cómo invertir con éxito en la bolsa de valores, cómo hacer dinero sin la preocupación de un juego impredecible, cómo dormir tranquilo mientras nuestra inversión crece y crece con los simples ingredientes del estudio, la paciencia y el sentido común.

Escrito con toques de novela, La Bolsa de mi abuelo se sirve de la ficción para mostrarnos un mundo de realidades, de experiencias vividas, la segura certeza de que es posible lograr la libertad financiera cuando el conocimiento vence al miedo y a las consecuencias de un indeseado azar.

 

Heberto Gamero es empresario, cuentista, novelista y cronista. Nació en Venezuela el 5 de diciembre de 1952.

Obras publicadas

  • Cuentos de pareja y otros relatos. (Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009)
  • Los zapatos de mi hermano, oficios y otros relatos. (Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, 2010)[2]
  • Once reseñas literarias. Publicarte (Periódico cultural, 2011)
  • Prepare la maleta, hijo, que nos vamos a Caracas. (Ensayo. Volumen colectivo La voz de la ciudad. Publicarte, 2012)
  • De carne y hueso. (Cuentos biográficos. Editorial Aflora libros. Edición digital. España, 2012)
  • Los zapatos de mi hermano (Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar. Venezuela, 2010)
  • Caracas-Ushuaia (Monte Ávila Editores. Venezuela, 2012)
  • Taller Aprende a escribir un cuento (Círculo de Escritores de Venezuela, 2015)
  • Trilogía sobre Escritores, Pintores y Músicos (Cersa Editorial. España, 2016)
  • La Cita Real (Kálathos ediciones SL. España, 2024)
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La dignidad entre los escombros, por Ernesto Marrero Ramírez

 Foto: Valentina Moncada

La dignidad entre los escombros

Por Ernesto Marrero Ramírez

La naturaleza es el único testigo que no sabe mentir, pero cuando habla, lo hace con una potencia que calcina las palabras y ensombrece la visión. Venezuela, ese suelo que ya guardaba el eco amargo del deslave de Vargas, el caos político de tantos años y sus nefastas consecuencias, la crisis globalizada de una cruel pandemia que doblegó al mundo y un bombardeo que sorprendió la noche de Caracas, recibe ahora un golpe de brutalidad telúrica: dos terremotos consecutivos que han dejado al país sumido en una devastación física y emocional sin precedentes. No se trata solo del derrumbe de infraestructuras, sino del colapso absoluto de la cotidianidad de miles de venezolanos que hoy enfrentan la pérdida de sus familias, viviendas, negocios y de su integridad corpórea a través de la mutilación física o psicológica, sucesos que obligan a clamar por un sentido que reoriente sus vidas nuevamente.

Fueron dos bramidos profundos, subterráneos, los que en pocos segundos desmantelaron el frágil escenario de un día cualquiera, uno de magnitud 7.2 y otro de 7.5. Personas que abrazaban la vida quedaron sepultadas o despojadas de un familiar, un amigo o de un sueño. Cuando el polvo finalmente se asentó, no quedó más que el silencio espeso de una catástrofe y la mirada perdida de un pueblo que se descubre, de la noche a la mañana, habitando el vacío absoluto. ¿Cómo regresar a la vida cuando el mapa de tu existencia ha desaparecido? ¿Cómo se respira cuando el pecho está lleno de cenizas, lágrimas y fantasmas?

Ante una tragedia que desgarra la carne y el sentido, la respuesta no puede ser el frío análisis intelectual ni el consuelo superfluo de un optimismo burdo. Hay dolores que exigen ser habitados con una dignidad bravía. Cuando ya no queda nada afuera, el ser humano se ve obligado a mirar hacia ese único territorio que ninguna catástrofe puede agrietar: la trinchera de su Ser. Para levantarse de las ruinas de este presente, es necesario tejer un hilo de Ariadna, invisible pero indestructible, que traslade al dolor hacia la liberación de este laberinto, transformando la oscuridad de la pérdida en el amanecer de una nueva forma de habitar el mundo.

Estas letras proponen un sendero de resistencia y reconstrucción humana para el pueblo venezolano, sustentado en un tejido conceptual de cuatro pilares filosóficos: las situaciones límite de Karl Jaspers, la Logoterapia de Viktor Frankl, la dicotomía del control y la ciudadela interna del Estoicismo griego y la doctrina de la impermanencia budista.

Venezuela encarna de manera clara lo que el filósofo existencialista Karl Jaspers denominó una “Situación límite”. Para él, los seres humanos flotamos habitualmente en un mar de ocupaciones mundanas y seguridades ficticias que nos sumergen en una especie de adormecimiento. Sin embargo, de forma inevitable, tropezamos con muros inamovibles constituidos por el sufrimiento, la culpa, el azar y la muerte. Este terremoto rasgó de golpe la bruma de lo cotidiano y arrojó a las personas a una confrontación directa con la finitud de la existencia. Al romperse la estructura que nos sostenía, cae también la imagen ilusoria de lo que creíamos ser. En el fondo de ese despojo absoluto, descalzos ante la temporalidad, emerge la verdad más pura de nuestra condición: la conciencia de una fuerza íntima, desnuda y soberana que sobrevive a los escombros: “la existencia auténtica”.

La resiliencia comienza cuando nos atrevemos a mirar el abismo de frente, a llorar sobre las piedras caídas y aceptar el naufragio, no como un destino final, sino como una revelación. Intentar esquivar el golpe, fingir que el fuego del vacío no quema o buscar una explicación lógica al azote del azar es prolongar la agonía.

Es desde esa sinceridad donde cobra fuerza la voz de Viktor Frankl, recordándonos que, en “los campos de concentración de la vida”, donde al hombre se le arrebata la patria, el hogar, la familia y hasta la integridad de su propio cuerpo, permanece intacta la última de las libertades humana: la elección de la propia percepción sobre las adversidades de este mundo.

Un terremoto destruye la soberanía externa, pero no puede legislar sobre la soberanía del alma. El sentido no se encuentra en la tragedia, sino en la respuesta que le damos. El camino hacia adelante exige que el sobreviviente inyecte un “para qué” a su respiración. Sobrevivir con un cuerpo transformado por los golpes, sostener la mano de un huérfano, acompañar a un herido o levantar una pared con el único brazo que queda, son actos de una belleza monumental. Quien encuentra un “porqué” para resistir, descubre que sus cicatrices ya no son marcas de derrota, sino cimientos de su propia trascendencia. Ya lo decía el propio Frankl en su libro El hombre en búsqueda de sentido: “El talante con el que un hombre acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, la forma en que carga con su cruz, le ofrece una singular oportunidad –incluso bajo las circunstancias más adversas– para dotar su vida de un sentido más profundo”.

Para sostener esa postura ante un infortunio, los antiguos estoicos nos legaron la arquitectura de la “ciudadela interna”: no un refugio para escondernos del caos exterior, sino una fortaleza mental para observarlo con claridad. Ellos nos enseñaron a trazar una línea implacable entre lo que el destino nos depara y nuestra capacidad de elegir cómo responder. El sismo, el derrumbe, el ayer que se llevó tantas vidas, pertenecen a la corriente incontrolable del universo. Pelear mentalmente con esos segundos en que la tierra tembló es un delirio que agota las pocas fuerzas que nos quedan. La libertad estoica no es indiferencia; es presencia absoluta en el único instante que poseemos: “el aquí y el ahora”. El suelo ya se movió, el evento es neutro, fuera de nuestro control. Solo queda levantarse y restaurar el orden de nuestra razón. La pregunta que salva no mira al pasado con reproche sino con aceptación, y al presente con el ímpetu del náufrago que decide actuar: ¿qué me exigen hacer la virtud, la justicia y el deber en este preciso momento, con lo mucho o poco que me ha quedado?

Esta quietud interior se ilumina cuando comprendemos la enseñanza budista de la “impermanencia” (Anicca); porque nada en este mundo está hecho para durar, los soles se apagan, las montañas se desgastan, las ciudades y los cuerpos se transforman. El sufrimiento humano se vuelve intolerable cuando nos aferramos a las formas exigiéndoles que no cambien. Frente a la herida de la pérdida, Buda nos advierte sobre las dos flechas. La primera es el dolor inevitable de la tragedia: el golpe del concreto, el llanto por el familiar que fallece, la frustración por el miembro amputado. Negar esa flecha sería deshumanizarnos. Pero la segunda flecha es la que nos lanzamos nosotros mismos a través del resentimiento, la culpa y la resistencia a aceptar que el mundo ha cambiado. Esa es la que transforma el dolor natural en un “sufrimiento estéril” (Dukkha).

Al abrazar el flujo constante de la vida y aceptar la realidad, desarmamos la segunda flecha y entendemos que, si bien todo lo hermoso puede transformarse en cenizas en un instante, de igual manera la devastación y las ruinas no van a permanecer por siempre. La impermanencia, que hoy se vistió de herida, mañana se vestirá de reconstrucción. Además, al caer los muros de cemento, caen también los muros del ego y nace el destello de la compasión. Al descubrir que el dolor del vecino es mi propio dolor, la resiliencia deja de ser un esfuerzo solitario y se convierte en un milagro colectivo.

Superar esta desgracia en Venezuela no significa olvidar el trauma ni pretender que la vida volverá a ser la misma. Significa tener el coraje de fundar una nueva existencia sobre las grietas del pasado. Los cuatro pilares del pensamiento que revisamos, no son teorías para debatir en un aula; son antorchas para encender en mitad de la oscura noche. Nos dicen que somos vulnerables ante los embates de la naturaleza, pero invencibles en nuestra libertad de elegir cómo responder ante ella.

El sendero de la vida se camina paso a paso, con el cuerpo que nos ha quedado, honrando a los que ya no caminan a nuestro lado y recibiendo a los nuevos viajeros que vienen a acompañarnos. Continuar el camino no es un acto de olvido, sino de “transmutación existencial”.

El venezolano no se reconstruirá simplemente con nuevas edificaciones, sino conociendo el santuario de la virtud y la riqueza de su mundo interior. Cuando un ciudadano comparte su ración de pan en medio del desastre, cuando una mirada cansada encuentra un propósito para levantarse al alba, cada vez que aceptamos los Misterios de la vida y avanzamos con Propósito, mostramos que el espíritu humano es infinitamente más profundo que la tierra que lo sostiene. Que tiemble el suelo si ha de temblar, que la fortaleza del alma sigue en pie y nos conducirá hacia la cima del mañana.

 

Ernesto Marrero Ramírez

Poeta, novelista, ensayista. Filósofo y profesor universitario

 

 

Editores: Carmen Cristina Wolf

 

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La Venezuela por consolar, la Venezuela por rehacer

 

La Venezuela por consolar, la Venezuela por rehacer

Por Horacio Biord Castillo

El viaducto Nº 1 de la autopista Caracas-La Guaira, cuya construcción finalizó en 1953, colapsó el 19 de marzo de 2006, tras décadas de creciente deterioro. En ese momento tuve la sensación de que en Venezuela se había resquebrajado algo. Quisiera decir «en el alma venezolana», pero no sé si la expresión sería la más adecuada.

Al menos, la ilusión de progreso, muy vinculada a la idea de modernidad, se había roto en ese momento. Desde la década de 1940, quizá desde finales de la anterior, el país moderno se había ido construyendo lentamente, gracias al impulso financiero del petróleo y una voluntad política sostenida de crecimiento. Esa construcción se manifestaba, en parte, mediante la erección o fortalecimiento, según el caso, de la institucionalidad y la edificación de grandes obras públicas, como hospitales, vías de comunicación, edificios públicos y centros educativos (escuelas, liceos, universidades).

Recordé entonces la dicotomía de la Venezuela real y la Venezuela ficticia, planteada por Arturo Uslar Pietri. Pensé en lo que se construía para una Venezuela imaginada más como fachada y no para la Venezuela concebida en su verdadera naturaleza, esa Venezuela profunda que resulta más fácil de definir que de aprehender en sí misma, sus contornos e isoglosas socioculturales, y planificar y actuar en consecuencia. Al caer el viaducto Nº 1, se resquebrajaba parte de la historia reciente del país y sus ilusiones.

Las noticias sobre el desplazamiento de la montaña en la que se asienta el basamento sur del viaducto habían empezado a conocerse desde mucho tiempo atrás. Era la consecuencia de fenómenos geológicos consustanciales a la estructura de la Cordillera de la Costa, pero agravados y acelerados por un proceso desordenado de invasión de tierras y urbanización. No solamente el peso, sino también el manejo hidráulico, era inadecuado. Desde la segunda mitad de la década de 1980, los distintos gobiernos hicieron caso omiso de las advertencias sobre el deterioro de las condiciones de la montaña ubicada en la base sur del viaducto.

Cuando se resquebrajó y, finalmente, se vino abajo, se rompía la ilusión de la Gran Venezuela, tal como la percibieron los antecedentes postgomecistas inmediatos y luego los delirios de la Venezuela saudita. Sentía como si la construcción simbolizara la superficial frente a lo real: no bastaba la mejor tecnología, que aseguró el éxito de la autopista Caracas – La Guaira, si las condiciones del país, su pobreza, exclusiones e inequidades, como las que impulsaron el desorden urbanístico de Gramovén y sus alrededores, no se habían atendido suficientemente.

Las anteriores reflexiones no cuestionan la importancia del viaducto y de la autopista y de obras civiles como esas, sino que lo usa como símbolo de una Venezuela que, décadas atrás, se asumía como un país en «vías de desarrollo», sin considerar las condiciones reales de la mayor parte de la población, tanto urbana como rural. Todo lo que supuso su resquebrajamiento (como las dificultades de comunicación entre Caracas y La Guaira, el aeropuerto y el puerto y sus efectos para la población local) me hacía pensar en las consecuencias de no atender la Venezuela profunda como conditio sine que non para construir un progreso inclusivo y sostenible.

Con los terremotos de san Juan, del día 24 de junio de 2026, ese mismo sentimiento me viene a la mente. ¡Cuánto hay que hacer por esta Venezuela que debe, además, mirarse muy adentro, muy en su profundidad, una Venezuela que necesita rehacerse del todo y no solo las zonas más afectadas ni meramente las estructuras físicas!

Venezuela, en estos momentos, necesita ser consolada. Empero, más adelante, en un muy corto plazo, necesita reflexionar, verse a sí misma y renovarse. No será una tarea fácil su verdadera refundación y su completa independencia, pero es el reto que surge de las cenizas, de tanta destrucción y persecución. Está lleno de grandes piedras y, ahora, de escombros, el camino a una nueva y distinta vieja Venezuela, orgullosa de su diversidad, que, sin embargo, aspira a consolidarse en igualdad, inclusión y libertad, sin repetir los errores del siglo XX ni las involuciones y asimetrías de lo que llevamos de XXI, y apuntando a la democracia y al Estado de derecho.

Julio 2026

Comité Editorial: Carmen Cristina Wolf, Farah Cineros

 

 

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DEL SILENCIO BLANCO DE LONDON AL TERREMOTO DEL 24J. APUNTES SOBRE LA VENEZOLANIDAD

 

DEL SILENCIO BLANCO DE LONDON AL TERREMOTO DEL 24J. APUNTES SOBRE LA VENEZOLANIDAD

Por Jerónimo Alayón

De innumerables artimañas se sirve la naturaleza para convencer al hombre de su finitud
Jack London
Un terremoto es mucho más que un evento geológico: derrumba certezas, sepulta sueños y pone fin a la mascarada de la habitabilidad social. Nos sienta de golpe ante lo peor y lo mejor de la condición humana. Nadie sale indemne de los escombros. Un sismo es, fundamentalmente, una conmoción ontológica y metafísica.
En El silencio blanco, Jack London nos introduce en la llanura helada del Ártico. Allí, tres viajeros cruzan la inmensidad cuando un accidente con el trineo deja a uno de ellos, Mason, al borde de la muerte. Ante la mirada atónita de su esposa y de su amigo, el orden se desvanece: la jauría de perros se descontrola, devora las escasas provisiones y el caos toma cuerpo. Nada vuelve a ser lo que era.
El pasado 24 de junio, el doble terremoto en Venezuela nos arrojó a nuestro propio silencio blanco. Aunque el relato de London coquetee con la autoficción, su potencia literaria es estrictamente metafórica. En su tragedia están cifrados el ímpetu que raya en imprudencia, la tragedia sobrevenida, la rapiña de los miserables que medran en la desgracia ajena y, también, el coraje de quien se sobrepone al espanto para hacer lo correcto. Si proyectamos el mapa de London sobre la venezolanidad que emergió tras el doble sismo, hallaremos las claves de cómo nuestra identidad se desplazó antropológicamente.
Si algo nos dejó claro esta tragedia es que el pueblo venezolano merece un respeto reverencial. Durante las primeras cuarenta y ocho horas, la gente se volcó a la calle sola, solísima, al rescate de los suyos. Quienes lo habían perdido todo removían escombros con las manos desnudas, sostenidos solo por la voluntad del vecino. En esos dos primeros días, comprendimos el peso real de una frase que London suelta al vuelo: «Esa es la ocasión, si es que hay alguna en la vida, en que el hombre camina solo con su Dios». Hace tiempo que nos sabemos abandonados como sociedad. Sin embargo, nos sobrepusimos a la orfandad institucional. La empatía fue nuestra primera línea de defensa.
Cuando finalmente llegó la ayuda nacional e internacional —burlando los inauditos cercos y estorbos gubernamentales—, fuimos testigos de la gratitud de un pueblo que se desbordó en cuidados hacia los rescatistas. El jefe del contingente de socorro español confesaba con asombro que no habían tenido necesidad de tocar sus propias provisiones. Hay una paradoja conmovedora en esto: un país empobrecido como pocos en la región demostró que la única opulencia indispensable en la desgracia es la de la generosidad.
Mención aparte merecen los motorizados, un gremio que arrastra una pesada estigmatización debida a las tensiones cotidianas del tránsito. Desde la noche del 24-J, los vimos transformarse. Se organizaron en caravanas kilométricas, convirtiéndose en el sistema circulatorio de la ayuda humanitaria que, con esfuerzo, acopiaba la población. Rompieron el aislamiento de zonas inaccesibles con un sacrificio que la historia local no debería olvidar.
Tampoco faltaron los rostros del abismo: miradas que nos interpelaban desde las hendiduras del concreto esperando el rescate. En esos ojos nos reconocimos. Era la resistencia de quien mira con testaruda esperanza desde el fondo del horror. Es la misma fe colectiva que Rómulo Gallegos sintetizó hace casi un siglo en Doña Bárbara: «Tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera».
La espera no fue pasiva. Se sazonó con la clásica humorada criolla. El nuestro es, cada vez más, un humor negro que insurge contra el absurdo. Detrás de la chanza hay amargura, claro está, pero también una lúcida caricatura del espanto. Al reírnos del azar y de la muerte, les arrebatamos el poder de destruirnos del todo.
El lienzo, sin embargo, no es inmaculado. El reverso de la moneda mostró las taras históricas de nuestra cultura: el pillaje oportunista, la arbitrariedad de autoridades mezquinas, el apoltronamiento de quienes prefirieron ver un partido de fútbol antes que tender la mano al vecino y el tráfico de influencias. Tuvimos que convivir con la insensibilidad de quienes subieron el volumen de la música en pleno duelo nacional y con la mezquindad de quienes se negaron a ofrecer albergue y recursos o usaron el dolor ajeno como combustible para alimentar su vanidad y visibilidad en las redes sociales. Somos también esa tiniebla.
Pero es en el vector luminoso donde se registra el verdadero vuelco antropológico. Este desastre desnudó a un pueblo que la política pretendía dormido o anestesiado. En cuestión de horas, la ciudadanía se articuló orgánicamente sin necesidad de cúpulas ni de liderazgos mesiánicos. Un tejido social que lucía humillado plantó cara con determinación a una autoridad desnortada. Dando desde la escasez, se construyó una riqueza colectiva.
Desde ese territorio interior devastado por el silencio y el abandono, el venezolano no eligió la resignación. Por el contrario, ha templado una identidad hoy más acerada. Somos, al cabo, un pueblo que ha conquistado una mayor dignidad ontológica.

© Jerónimo Alayón

Fuente: El Nacionalhttps://bit.ly/3KcYCYv

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A LOS 100 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE GUANAPE

Jesús Peñalver
Jesús Peñalver.
A LOS 199 AÑOS DE GUANAPE.
Jesús Peñalver
                            A Mita, mi madre,
                            In memoriam.
El pasado 7 de junio se cumplieron 199 años de la fundación de Guanape, hoy parroquia ubicada y dependiente del Municipio Autónomo Bruzual del estado Anzoátegui.                                Cuenta la historia que en la década de los años ochenta del siglo XVIII, Barcelona perdió el mando de las tierras que están ubicadas al oeste del río Unare, en razón de lo cual pasaron a ser provincias de Caracas.
Fue el 7 de junio de 1827, cuando por diligencias legítimas de los señores Calixto Vicente de Armas, Vicente María y Carlos Armas, Manuel Itriago, Rosalino Ron, Esteban Francisco Marrero, Bartolomé Rivas, entre otros no menos prominentes guanapenses de la época, solicitaron en nombre de su pueblo-para entonces provincia de Caracas- su categoría de Municipio y de Parroquia Eclesiástica por ante el Alcalde Municipal de la Concepción de Píritu y de conformidad con las leyes vigentes para la fecha.                      En mayo de 1821, el general Carlos Soublete, vicepresidente de Venezuela en campaña, visitó a Guanape, girándole convocatoria desde este pueblo al jefe del Ejército de Oriente, José Francisco Bermúdez; al general Pedro Zaraza, jefe del Estado Mayor de los Ejércitos del Alto Llano; al coronel Felipe Macedo, comandante en jefe de las columnas de operaciones; y el comandante Calixto Vicente de Armas Cañas, abrirá las puertas de su casa a esa oficialidad del nuevo estado libre, que durante tres días asienta allí su sede y recibe la generosa y patriótica hospitalidad del pueblo de Guanape.
En esa ocasión, y en casa aún en pie, pernoctó el general en jefe Carlos Soublette.
Es así como desde entonces data la vida civil de este noble pueblo, y así consta en acta que reposa en el Registro Principal del estado Anzoátegui, con sede en Barcelona, la ciudad capital. De modo que dentro de pocos días, Guanape celebrará el centésimo nonagésimo noveno aniversario de su fundación, en el marco del cual el Centro Cultural y Deportivo Guanape, fundado en 1985 como asociación civil sin fines de lucro, organiza una programación deportiva y cultural para la ocasión, dándole así a la fecha la importancia histórica que se merece, para beneficio, entretenimiento y complacencia de toda la comunidad, de los invitados y visitantes.
La importancia de los pueblos se aprecia por su tradición histórica, no por su caudal de votos. Lo uno es permanente, lo otro es transitorio. Guanape presenta un amplio aval en ambos sentidos. En Guanape, en 1821, se reúnen los generales Carlos Soublette, vicepresidente de Venezuela en campaña; José Francisco Bermúdez, jefe del Ejército de Oriente y Pedro Zaraza, jefe del Alto Llano, lo cual refiere que el pueblo de Guanape fue punto de partida para gloriosas acciones de guerra en la lucha por la independencia de Venezuela.
Después de tan importantes hechos históricos, se lamenta de tristes condiciones de existencia que le impiden su progreso, a pesar de toda la hospitalidad que brindó a nuestros libertadores, además de ser tierra tributaria de la Cuenca del Unare.
Aquí nacieron los escritores y poetas Jesús Saume Barrios, Rafael José Muñoz (el poeta Muñoz), el célebre autor de “El Círculo de los Tres Soles”, Juan Manuel García, entre otros no menos relevantes figuras meritorias que han contribuido con aportes importantes a la sociedad.
Conviene resaltar, además, que el próximo 2 de febrero -como todos los años-  se celebran las fiestas en honor a nuestra santa patrona Virgen de la Candelaria. Uno no vuelve a Guanape porque Guanape nunca ha dejado de estar en uno, revuelto en la saliva y en la sangre de uno, sin dejar de nombrarlo ni de sentirlo nunca como propio y legítimo.
De allí la urgente necesidad y la perentoria tarea de toda la ciudadanía y de las autoridades, para que Guanape alcance mejores condiciones de existencia, disfrute de servicios públicos en óptimas condiciones, se apoyen a las instituciones públicas y privadas asentadas en la comunidad, y se le dé reconocimiento al valor histórico que esta noble comunidad representa en el Oriente venezolano.
Afirmó el poeta Andrés Eloy Blanco el 23 de junio 1948 (hace ya más de 75 años): “El municipio es el gobierno de la casa, es el gobierno del ama de llaves, de sacar las cuentas del mercado, de limpiar la telaraña, no sólo de las paredes y los techos, sino también la conciencia ciudadana en el manejo del diario”.
Conviene insistir en la necesaria e imperiosa solución del gravísimo problema que significa la ausencia de un buen servicio de suministro de agua potable. No es broma, no es sorna y tampoco sarcasmo. Guanape no puede seguir siendo un desierto y sus ciudadanos tratados como caballos. ¿Hasta cuándo la falta de agua? ¡Ya basta! La comunidad clama por un servicio de agua óptimo, permanente y en condiciones que permitan una vida digna que sirva a la convivencia y al bienestar colectivo.
Nuestro pueblo no puede seguir solo celebrando fiestas y enterrando a sus hijos. Guanape no se aferra a este recodo de un valle de muerta prosperidad, entre el cementerio de sus aguas idas y el cementerio de sus hombres muertos.

Editores: Carmen Cristina Wolf, Ernesto Marrero

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CUANDO EL SILENCIO SUPERA AL DESASTRE

Cuando el silencio supera al desastre

Por Raquel Markus-Finckler

No hay forma de narrarlo sin quebrarse.

Pero igual que sucedió en el pasado, igual que sucederá en el futuro, los poetas, los escritores, los escribidores, tenemos el deber de hacerlo. De narrarlo. De contarlo. De expresarlo. De escribirlo. Aunque en el camino nos rompamos.

Porque cuando una tragedia ocurre, también ocurre otra. Empieza la carrera por imponer versiones, por llenar los silencios con declaraciones, por acomodar la memoria a la conveniencia de alguien. Y entonces escribir deja de ser un oficio. Se convierte en un acto de testimonio.

Vi el humo y la ceniza elevándose al cielo como si un volcán hubiera despertado en medio de la ciudad. Mientras el humo subía, los edificios bajaban. Mientras la tierra temblaba, las familias se quebraban. La gente moría. Los árboles crujían como si recordaran un dolor antiguo, uno de esos que nunca terminan de irse y que regresan cuando la tierra decide hablar otra vez.

Después vino un silencio aún más grande que el estruendo.

El silencio del que espera ayuda y no la ve llegar. El silencio del que descubre que, cuando la tierra deja de moverse, todavía queda otra batalla: remover piedras con las propias manos, con las manos de los vecinos, con picos, con palas, esperando una maquinaria que no aparece, un equipo que no llega, una dirección que nunca termina de organizar el caos.

Los míos están bien. Pero conocidos míos no tanto.

Hay mucha gente desamparada. Todos conocemos a alguien que perdió a alguien. A alguien que sigue buscando entre los escombros. A alguien que no pierde la esperanza aunque ya parezca no tener sentido mantenerla.

Todos conocemos a alguien que no tiene dónde vivir, salvo en un espacio prestado o en uno que antes era propio y ahora está lleno de grietas.

Todos conocemos a alguien que llora desesperado y no tenemos respuesta alguna para darle.

Hay personas de luto paradas sobre un país que no alcanza a abrazarlas, sostenerlas ni consolarlas.

Y eso también duele.

Los terremotos derrumban edificios.

Nosotros intentamos impedir que también derrumben el significado.

Y entonces empiezan los porqués.

¿Por qué otra vez?

¿Por qué aquí?

¿Por qué tanta gente?

Nos acostumbramos a creer que toda pregunta merece una respuesta. Pero la naturaleza simplemente es. No es cruel. No es piadosa. No castiga. No perdona. No negocia. Somos nosotros quienes intentamos traducir su lenguaje a categorías humanas para soportar aquello que no comprendemos.

Tal vez las respuestas nunca estuvieron afuera.

Y algunas veces temo que tampoco estén adentro.

Tal vez somos nosotros los que entramos al laberinto. Tal vez el laberinto no está hecho de piedras, sino de preguntas sin respuesta. Y tal vez, si llegamos al centro, nos encontremos de frente con el Minotauro. Y sea como vernos en el espejo. Porque tal vez somos nosotros mismos el monstruo al que tanto tememos.

Me quedo buscando el hilo.

Pero yo siempre pierdo los hilos.

Y ahora tampoco encuentro el ovillo.

Dicen que la historia es un espiral. Que las tragedias cambian de escenario y de protagonistas, pero vuelven. Si eso es cierto, una se pregunta por qué seguimos aprendiendo tan poco. Por qué seguimos buscando respuestas entre los escombros con la misma desesperación con la que los rescatistas buscan sobrevivientes. Sabemos que cada hora disminuye las posibilidades. Sin embargo, seguimos buscando.

Porque esa también es nuestra naturaleza.

Aferrarnos a la vida.

Buscar sentido.

Intentar comprender.

Y escribir.

Aun así, seguimos aferrados a la vida. Porque la vida siempre encuentra la forma de abrirse paso.

Estoy escribiendo esto y no sé si lo que siento se nota. Supongo que sí. Supongo que para eso sirven las palabras cuando ya no sirven de nada más.

He pensado mucho en estos días que quizá la gente ya no necesita otra noticia. Ni otro video. Ni otra cifra. Creo que necesita saber que no está sola. Que sentirse desbordada está bien. Que sentir miedo, impotencia, angustia, culpa por creer que podría hacer más, está bien. Que hacerse preguntas difíciles y no encontrar respuestas también forma parte de estar viva.

Las palabras no alcanzan.

Nunca alcanzan.

Pero precisamente por eso existen la literatura y la poesía. Escribimos cuando el lenguaje se queda corto. Cuando el dolor desborda el diccionario. Cuando el silencio pesa demasiado.

No escribimos para explicar una tragedia.

Escribimos para que la tragedia no desaparezca.

Porque si no escribimos, otros escribirán por nosotros. Porque si no dejamos testimonio, lo cubrirán versiones interesadas, discursos oportunos, cifras, estadísticas, relatos incompletos y, muchas veces, mentiras.

Nuestro deber no consiste en tener respuestas.

Consiste en decir: esto sucedió.

Yo estuve aquí.

Lo vi.

Lo escuché.

Lo lloré.

Y lo escribí.

No sé si sirve.

No sé si alcanza.

Soy una poeta.

Busco sentido donde el sentido parece haberse derrumbado.

No sé hacer otra cosa.

Y quizá, en tiempos como estos, eso también sea una forma de sostener entre todos lo único que todavía no debería caerse: la memoria.

Raquel Markus-Finckler

@escritora.creativa

 

Editores: Carmen Cristina Wolf, Ernesto Marrero. Farah Cisneros

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BAJO UN NUEVO CIELO

BAJO UN NUEVO CIELO
Lidia Salas
      Quienes sobrevivimos a los dos terremotos del pasado 24 de junio, vemos la vida con gratitud infinita y activa.
       Sabemos que fue la Misericordia Divina, quien nos concedió la gracia de seguir viviendo en el mismo espacio doméstico, pero rodeados  del entorno desgarrado por una catástrofe de dimensiones inconmensurables.
      Esta oportunidad de vida es una señal de la misión que aguarda nuestra aceptación.
El  azar no existe. Este grito de la tierra, metáfora usada por Farah Cisneros en su reflexión sobre  la catástrofe,  tiene un sentido que todos debemos conocer.
       Es oportuno recordar que las leyes de la creación que mantienen la realidad en la que transitamos, están inspiradas en el amor. Las tragedias tienen también un sentido que debemos  buscar con humildad.
     Tendremos la fe necesaria para fluir en la corriente del dolor que nos arrastra, sin rabia, sin miedo, para poder  encontrar a Dios entre las lágrimas?
      Dónde encontrar las estrellas que iluminen la senda, la misión, la disciplina, para alcanzar el estado de luz que aguarda a esta tierra, después de tantos años de sombras?
      Hemos leído las palabras de quienes tratan de describir, no sólo la realidad de estos días trágicos, sino la devastación de un país víctima desde antes, de un poder depredador y malvado.
      Pasamos horas mirando vídeos como si apagar esa fuente de información fuera una traición para los hermanos, víctimas de un desastre telúrico y de un país fallido e indolente.
      Debemos ir más allá de intoxicar la mente con tanta información.  Hagamos silencio para escuchar la voz de nuestro ser interior, para saber el propósito que a cada alma le toca en la tarea impostergable de reconstruir a Venezuela, como una república de paz, de justicia y de abundancia, con los pedazos dolientes de la patria herida.
      Quienes trabajamos con las palabras, en la pedagogía de la enseñanza o en el arte de expresar la verdad y la belleza, en la escritura literaria, tenemos la responsabilidad de acercarnos a quienes gimen para ayudarlos a transformar el grito en canto. La queja en gratitud por el milagro de estar vivos. La rabia en serenidad para aguardar la justicia que debe llegar a los verdugos.
        Entonemos versos que iluminen, que  acompañen,  y que transformen lo oscuro del dolor en la luz rutilante del amor.
        Que nuestras frases señalen la fuerza de un pueblo que ha dejado las uñas en el polvo, para rescatar a desconocidos atrapados bajo los escombros.
     Señalemos los milagros donde la gloria del Señor ha brillado sobre la estupidez de la avaricia.  Hagamos un coro   de esperanza el que debemos entonar para disolver el sordo
rugido del egoísmo.
      Es el momento de acercarnos,  con una llamada, con un saludo. Entregar en secreto las ayudas que podamos realizar desde nuestras posibilidades. Acompañar con nuestra escucha   a alguien que habita la desolación, en soledad.
      Entre los muchos textos leídos recordamos el que alguien escribió: «Ante el desastre no deberíamos preguntar, el por qué, sino el para qué».
      Sin duda alguna, este terremoto es una oportunidad para acercarnos más a Dios y a nuestros hermanos.
    Pero, como amantes de la naturaleza, volver a contemplar los verdes y los azules de ese nuevo cielo que tendrá la Venezuela con la cual soñamos.
 Lidia Salas. 6 de julio 2026.

Editor: Carmen Cristina Wolf

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CUANDO LA TIERRA HABLÓ

 

Farah Cisneros

En estos días de inmenso dolor que vive nuestro país a causa de la catástrofe ocurrida el 24 de junio, agradecemos a Farah Cisneros su texto, que nos llama a vivir con mayor conciencia, a agradecer constantemente, a amar sin condiciones:

CUANDO LA TIERRA HABLÓ

Por Farah Cisneros

El 24 de junio la tierra alzó la voz.
Ahora se abre un tiempo nuevo. El tiempo de sacar de los escombros aquello que aún permanece. De reconocer lo perdido, honrar la ausencia y comenzar, con infinita paciencia, la tarea de reconstruir la vida
No fue un susurro ni una advertencia tímida. Fue un grito profundo, antiguo, imposible de ignorar. Bajo nuestros pies se movió aquello que creíamos inmóvil, y en apenas unos instantes comprendimos, una vez más, cuán frágiles son nuestras certezas.
Con el temblor también se estremecieron los hogares, los recuerdos, los abrazos pendientes y los sueños de quienes ya no regresarán. Muchas vidas quedaron suspendidas en el instante mismo en que la tierra decidió recordarnos su inmensa fuerza.
Después llegó el silencio.
Ese silencio que no nace de la calma, sino del asombro. El que obliga a mirar alrededor buscando respuestas donde solo quedan ausencias, polvo y escombros.
Pero incluso allí, entre los restos de lo perdido, comienza a abrirse otro tiempo.
El tiempo de recoger con respeto lo que aún permanece en pie. El tiempo de extender una mano antes que una opinión. El tiempo de llorar juntos, de consolar sin prisa y de comprender que reconstruir una ciudad es una tarea inmensa, pero reconstruir el alma de un pueblo lo es aún más.
Ningún edificio se levanta únicamente con concreto. También hacen falta esperanza, solidaridad, paciencia y amor. Esos son los materiales invisibles con los que las personas vuelven a ponerse de pie.
Que este dolor no nos encuentre divididos, sino profundamente humanos.
Que aprendamos a abrazar con más fuerza, a agradecer con más frecuencia y a vivir con mayor conciencia la inmensa fortuna de un nuevo amanecer.
Porque cuando la tierra tiembla, no solo nos recuerda su poder.
También nos invita a descubrir la fortaleza que habita en el corazón de quienes, aun con lágrimas en los ojos, deciden volver a empezar.
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José Chocrón: selección de poemas

VIVIENDO EN TÍ

 

Tu pelo suave

cayendo   al infinito

desconoce el negro abismo

de mis secretos sagrados.

Entretanto

mis besos de yesca te circundan

prendidos

sobre tu piel de paja

entre mis labios.

Soledad,

quiero no ser para que me quieras,

para morder

tus pechos fértiles de amor y llanto,

sorberte

desde los placeres de la tierra

y diluirte

en mi cósmico vigor intergaláctico.

Quiero hacer cubismo

con mi corazón desfigurándome,

soledad,

desbocarme por ti

en cuerpo y alma

y morir en tu espejismo sin  palabras,

construirte y reconstruirte

en el olvido,

golpe a golpe,

piedra sobre piedra,

llorar,

gritar,

patalear

y desparramarme

descifrando el mundo

con las claves del  silencio.

Reencontrarme quiero

con mi destino, soledad,

principio y fin

de todos los destinos,

y disfrutar  de la paz suprema

en Aquel que todo lo colma.

 

BOHEMIOS DISFRAZADOS

En las noches de utilería

los bohemios sueñan lirios  de alba,

crepúsculos donde  anclar sus días,

risas donde escanciar sus lágrimas,

cielos fértiles de melodías

de luz y sombra  entreveradas

con ardientes cuerpos que palpitan

en llamas de amor escarlata.

Con ebriedad de ilusionistas

los bohemios ríen, los bohemios bailan

haciendo cascabelear de inventivas

las carretas de sus caravanas.

Cupidos disfrazados de vida,

de angustias, pasiones y añoranzas,

heraldos de hechizo y  poesía,

de vino, belleza y esperanza

escondiendo su candidez de artistas

tras la rigidez de sus máscaras.

Los bohemios lloran y a la vez cantan,

meditan incursiones furtivas,

exploran soledades del alma,

fuentes grávidas de sinfonías,

guirnaldas de exóticas fragancias,

multicolores fantasías

de urbe y orbe acrisoladas

en la intrincada acería

de sus trashumantes miradas.

En la luna de las letanías

los bohemios rezan y aguardan

fusiones de mística armonía

o simple delectación mundana

entre burbujeantes correrías

bañadas en lodo o en champaña.

Inmersos en su estrellería

de ensueños y visiones vagas

los bohemios gritan y a la vez callan

resucitando musas cautivas

y ángeles de fuego y agua.

 

RECUBANS

Tras el estruendo la calma,

hondo respiro,

plenitud serena,

dulce distensión,

ebria indolencia,

sorda quietud

de silencio extremo,

verdioscuro,

musgoso,

aletargado,

yerto,

envolviendo en su densidad de helechos

su vacío umbrío de ultratumba.

José Chocrón. Nacido en Caracas (Venezuela), a temprana edad se trasladó con su familia a España, residenciándose en la ciudad de Melilla  En 1960 se radicó con su familia en Madrid. Allí cursó sus estudios de Bachillerato y obtuvo en 1974 la licenciatura de Derecho en la Universidad Complutense de esta ciudad. En 1976 se graduó de Abogado en la Universidad de Carabobo(Venezuela), residenciándose en Caracas, Venezuela.

Ha colaborado en diversas revistas literarias en España, tales como «Poesía Hispánica», así como con artículos de investigación histórica en la revista «Maguén-Escudo» editada por el Centro de Estudios Sefardies de Caracas. Es miembro del Consejo Directivo Conjunto del Museo Sefardí Morris E. Curiel de Caracas y Centro de Estudios Sefardíes de Caracas y  autor de cuatro libros de poesía:»PÚRPURA» (Ediciones Arte y Bibliofilia, Colección «Gloria a  la Palabra». Madrid, 1974)»;»SENDEROS DE NIEBLA» (Colección “Devenir”, dirigida por el  editor Juan Pastor. Madrid, 1991); “EL JARDIN DE LAS HORAS” (Colección “Devenir el Otro”, dirigida por el  editor Juan Pastor. Madrid, 2008) y “NOCHES EN BLANCO”, libro de haikus escrito en coautoría con Ignacio Aguirre de Cárcer (Editorial Planeta Venezolana, S.A. Caracas, 2009). También es autor de dos libros de investigación histórica: “LA IDENTIDAD SECRETA DE FRANCISCO DE MIRANDA”, Editorial Alfa (Caracas, julio 2011) y  ”VENEZUELA SEFARDÍ. PERÍODO HISPÁNICO E INDEPENDENCIA”. Oscar Todtmann editores (Caracas, 2024).

Editores: Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros

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EDGAR VIDAURRE: DIARIO DE UN PIANO ABIERTO

 

Diario de un piano abierto
He salido y he podido entonces florecer y presentir nuevamente esos umbrales que me muestran (aunque todavía inalcanzable) la certeza en la dulzura de los frutos. Entiendo entonces que he salido, solo para regresar a Panayía, a mi propio atardecer donde al fin puedo tener esos encuentros con la luz y con los amados gorriones que traducen esa hora crepuscular en un soplo de aire inefable.
Así entonces, a solas con las estrellas y el silencio que se esparce sobre las montañas del sueño, siento el susurro de su cantinela sosegada, la presencia viva de su huella, de su imagen, que no solo me aleja de la vivencia de soñarla, sino de mí mismo. Y entonces vuelvo a ser joven y despierto a la belleza, como un niño asombrado con un cuento nocturno y lleno de magia que le susurra al oído un hada.
.

Edgar Vidaurre – Diario de un piano abierto – Fragmento

Edgar Vidaurre Miranda
Edgar Vidaurre. Poeta, ensayista, editor y profesor universitario.
Director de la Editorial Diosa Blanca
https://diosablanca.org/

Comité Editorial: Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros

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Lo bello y lo roto: Por qué el arte, a veces, ocurre en un escenario

 

Lo bello y lo roto: Por qué el arte, a veces, ocurre en un escenario

Por Raquel Markus – Finckler

Creí que iba a un concierto: Lo bello y lo roto. Beret en Caracas por primera vez. Y terminé entrando en un territorio que todavía no sé nombrar del todo.

Desde que lo escuché por primera vez quedé prendada de él. No solo de su voz, aunque la tiene, y de esas que no olvidas, cálida y algo raspada, capaz de susurrar y de llenar un anfiteatro sin perder intimidad, sino de su manera de decir. De esa forma tan suya de escribir desde algo roto, algo bello, algo muy dolido y vivido.

Beret es, antes que nada, un poeta. Un poeta con una voz que lo acompaña perfectamente: no llama la atención sobre sí misma, sino que se pone al servicio de lo que dice. Y como los grandes artistas, ha logrado sublimar el dolor de la vida, tomar aquello que podría quedarse en herida, en queja, en caída, y convertirlo en poesía, en belleza, en una forma de verdad compartida.

Siempre he admirado su manera de transmitir, su elegancia para romperse en público sin convertir la ruptura en espectáculo barato, y esa extraña generosidad de quien nos cura un poco el alma mostrando, con pudor y con valentía, las propias heridas.

La tarde del concierto empezó con un cielo imposible sobre Caracas. Rosa, azul, naranja, nubes. Como si alguien hubiese decidido escribir un prólogo solo para nosotras: mi hija y yo.

Fuimos con esa compostura elegante que ensayamos cuando queremos aparentar absoluta serenidad mientras por dentro somos una estampida. La verdad es que ambas gritábamos internamente. Esa mezcla de emoción adolescente y felicidad adulta, esa forma extraña en que ciertas canciones nos devuelven a todos los años que hemos sido, estaba ahí desde antes de que empezara la música.

Hubo selfies, risas, espera, miradas cómplices, esa electricidad previa de los conciertos cuando todavía no ha pasado nada, pero el cuerpo ya sabe que algo va a pasar. Y en algún punto entendí que aquello nunca fue solo un concierto: éramos ella y yo construyendo memoria. Esos recuerdos que años después no empiezan con una fecha sino con una frase: ¿te acuerdas cuando…? Porque hay fotos para Instagram y hay fotos para el alma. Una selfie no documenta una noche, documenta intimidad. Complicidad. Historia compartida. Una de esas pequeñas ceremonias familiares que no se anuncian como importantes, pero lo son.

Durante su presentación, Beret se mostró genuinamente sorprendido de que el público venezolano no solo lo conociera, sino que se supiera sus canciones, que las cantara con él, que respondiera con esa pasión, esa entrega, esa manera tan nuestra de abrazar lo que nos toca.

Contó que para llegar a tiempo no había tenido oportunidad de dormir en veinticuatro horas, que estaba agotado, pero que después de conocer al público caraqueño entendía que todo había valido la pena. Y creo que allí hubo un intercambio real, algo que no se puede fabricar desde la producción de un espectáculo: él nos cantó desde su cansancio y nosotros le respondimos desde una forma de afecto inmediato, de gratitud, de reconocimiento.

Cantó Ojalá y algo adentro me hizo clic. Porque hay canciones que no se escuchan: se reconocen. Van directo a una zona menos educada, menos defensiva, menos dispuesta a fingir que todo está bajo control.

Pero ese no fue el momento que me partió. Fue otro. Una canción que no conocía: Tata.

Antes de cantarla, Beret contó que la había escrito para su hermana, el mismo día en que murió. Dijo algo que preparó el silencio antes de la canción, algo sobre ella, sobre lo que había significado, sobre esa forma de presencia que no desaparece del todo cuando alguien se va. Y entonces empezó a cantar: “Tú ya eras un ángel antes de haberte ido”.

Hay versos que no están escritos para lucirse, sino para sobrevivir. Ese verso cayó sobre todos nosotros con una fuerza extraña, no como una frase bonita, sino como una verdad que alguien había logrado decir después de atravesar lo indecible.

De pronto el anfiteatro entero hizo algo profundamente humano: se sentó y escuchó. De verdad. Sin teléfonos levantados, sin ansiedad por grabarlo todo, sin ruido. Solo dolor. Solo amor. Solo verdad.

Así se reconoce a un artista de verdad: no cuando entretiene, no cuando ejecuta impecablemente un repertorio, sino cuando toma una herida imposible y la convierte en algo tan humano que miles de desconocidos terminan llorando en el mismo idioma.

Eso no es espectáculo. Eso es arte.

Y allí, sentada entre desconocidos quebrados por una historia ajena que de pronto se volvió un poco nuestra, entendí con una claridad brutal lo que quiero. No fama. No aplausos vacíos. No la idea de parecer artista. No la superficie brillante de una carrera. Quiero crear algo tan verdadero, tan necesario, que alguien se detenga. Que alguien escuche. Que alguien sienta: esto me tocó. Puede ser una persona. Pueden ser mil. No importa. El arte no se mide por volumen. Se mide por profundidad.

Luego vino el cierre. Beret cantó Lo siento a coro con todos los presentes. Miles de personas cantándole a alguien distinto, porque esa es otra de las cosas misteriosas que hacen las canciones: todos decimos las mismas palabras, pero cada quien se las entrega a su propio fantasma.

En su última canción, Beret se puso la bandera de Venezuela y el anfiteatro entero respondió como si el abrazo fuese mutuo. Dijo que era su primera vez en el país, pero que estaba seguro de que no sería la última. Y en ese momento, todos sentimos que esa promesa también nos pertenecía.

Llovió apenas al final, mientras salíamos. Lo justo. Una refrescadita necesaria. Como si Caracas hubiese querido firmar la noche sin arruinarla, solo dejando caer sobre nosotros una mínima bendición de agua.

Salí con catorce emociones sin procesar y una verdad nueva entre las manos. Fui a ver a Beret y terminé encontrando una versión más precisa de mí misma. Y quizá lo más hermoso fue salir de allí con cien pequeños momentos junto a mi hija, de esos que se quedan en el cuerpo, en la memoria, en las fotos que no son solo fotos, en las frases que algún día empezarán con ¿te acuerdas cuando…? y que ahora nos pertenecen a las dos para siempre.

Creí que solo iba a un concierto. Y terminé recordando para qué existe el arte.

Raquel Markus – Finckler

Periodista . Escritora . Poeta . Editora

@escritora.creativa

Comité editorial: Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros

Asesor técnico: Jorge Gómez Jiménez

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