EN EL 71.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ANDRÉS ELOY BLANCO   

Andrés Eloy Blanco

EN EL 71.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ANDRÉS ELOY BLANCO
Por Jesús Peñalver
¡Se podría estar callado,
¡Callado… pero no puedo!
Los grillos le han hecho callos
al silencio!
Castillo de Puerto Cabello, 1931, lugar de reclusión
Hoy, hace 71 años, murió el grande poeta oriental Andrés Eloy Blanco, y he querido rendirle homenaje con estas palabras que dimanan de mi costado izquierdo, y no solo por el amor a la poesía que tengo y profeso gracias a Mita, mi madre, sino porque hoy se honra una vez más –nunca será demasiado ni definitivo– al oceánico poeta cumanés.
Intentaré en apretado resumen, y visto el espacio que me dan los generosos editores, recoger en estas líneas, más bien un esbozo que desde luego será escaso, la actuación del bardo oriental en los más conocidos ámbitos de su vida.
Político
Nació en Cumaná el 6 de agosto de 1896 y murió en México el 21 de mayo de 1955. Se graduó de doctor en ciencias políticas en la UCV. De 1929 a 1933 fue prisionero o confinado de Juan Vicente Gómez en la cárcel de La Rotunda, de donde fue trasladado al Castillo de Puerto Cabello y luego confinado a pequeños pueblos de los Andes venezolanos.
Después de la muerte de Gómez militó en el PDN (del 37 al 39, en la clandestinidad) y a partir de 1941, en el partido AD, cuyo himno (la letra) es obra suya. Ese año publicó Navegación de Altura, una especie de cartilla cívica sobre el proceso electoral que entonces se libraba entre Medina Angarita y Rómulo Gallegos como candidatos presidenciales. En él postulaba la tolerancia y el equilibrio en la lucha política, pero más que eso, las páginas de Navegación de Altura contienen uno de los mejores y más lúcidos diagnósticos de la antinomia militarismo-civilismo que ensombreció tantas décadas de historia venezolana, y que hoy debemos releer por conveniente, necesario y esclarecedor, con vista en la hora aciaga que hoy vive nuestro país. Este fue un tema que desveló al escritor, lo analizó a fondo en obras como Vargas, Albacea de la Angustia, su espléndida biografía del primer presidente civil, cuya elección consideró a destiempo.
Vivió poco y produjo mucho. Solo vivió 59 años, dejando a su muerte una prolija obra. Murió en la plenitud de su capacidad creadora. Conviene resaltar que a su vida venezolana le puso fin el golpe de Estado de 1948 (el poeta tenía apenas 52 años) cuando hubo de irse de Venezuela, condenado al exilio.
Fundó partidos políticos, ejerció cargos de importancia, concejal, diputado, incluso presidió la Asamblea Nacional Constituyente entre el 17 de diciembre de 1946 y el 22 de octubre de 1947, cuyo objetivo fue preparar, discutir, redactar y aprobar el texto de la Constitución en 1947. Fue canciller y con este rol viajó a Francia a la III Asamblea General de la ONU, al mismo tiempo que se aprobaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
De allí se desprenden dos papeles o documentos del ministro Blanco: 1.- Su análisis de la situación mundial de la postguerra, del papel de la ONU y de cómo podían y debían echarse unas bases para la paz duradera. 2) Y su último discurso que apoyaba la moción de México, que partía de ese mismo propósito para evitar la confusión y las tensiones que ya nacían entre el Este y el Oeste, lo que después se conoció como la Guerra Fría.
Humanista
Sin duda alguna, humanista de visión política que cree en la cultura y en el destino del hombre. En ese momento cuenta con 52 años. Inicia su destierro con una carta para el presidente norteamericano Harry S. Truman sobre el inaceptable reconocimiento de gobiernos nacidos de golpes de Estado. Había sido derrocado don Rómulo Gallegos.
La experiencia de la ANC no tuvo precedentes: no solo fue el primer parlamento elegido por el voto popular en Venezuela, sino también fue singular por la calidad, diversidad y categoría intelectual de sus integrantes y por el pluralismo ideológico predominante. Por algo o por mucho, Rafael Caldera lo llamó “el amortiguador de la Constituyente”.
Allí hizo gala del talento y de su cultura jurídica, de tolerancia, conciliación, y siempre en todo momento, de buen humor.
Un hombre de ideas, a veces angustiado que no escatimó esfuerzos de impresión, que pensó y escribió con intensidad, que reflexionó y dejó un legado incomparable, muchísimas páginas de meditación y sabiduría, siempre tolerantes, pero también siempre transparentes, porque fue, como su amigo Rómulo Gallegos, un hombre con una posición en la vida.
«…La política me ha dado más quebrantos que alegrías, pero me ha dado buenas alegrías; y este escribir a diario, esta faena del columnista, a caza del centavo, nos obliga a abandonar la obra literaria que más codiciaríamos: los poemas, el teatro, el ensayo”.
Andrés Eloy Blanco
Ante un ataque artero de contrarios políticos, señaló:
«Mi casa de Los Chorros tardó tres años en construirse. Fue el único plan trienal que se ha cumplido en Venezuela». Andrés Eloy Blanco
Y ante otro ataque ruin de sus enemigos políticos:
“Mi columna vertebral, que no se ha doblado nunca, sino ante la máquina de escribir”. Andrés Eloy Blanco (7-12-45)
Afirmó el poeta Andrés Eloy Blanco el 23 de junio de 1948 (hace ya 77 años): “El Municipio es el gobierno de la casa, es el gobierno del ama de llaves, de sacar las cuentas del mercado, de limpiar la telaraña, no sólo de las paredes y los techos, sino también la conciencia ciudadana en el manejo del diario”.
Andrés Eloy y la prensa
Juan Guglieni propuso a la constituyente del 47, elevar a rango constitucional, al que popularmente se conocía como 4º poder: la prensa.
De aprobarse esa propuesta, advirtió Andrés Eloy Blanco, la prensa quedaría sometida a las limitaciones sancionadas para los otros tres poderes. El poeta quería a la prensa libre en todos los sentidos: que no hubiera ley que la reglamentara. Que los periodistas no levantaran cercas gremiales a su profesión; que cualquiera pudiera editar periódicos.
Sostenía el poeta que los dueños de estos no controlaran las opiniones de quienes escribían en ellos. Ni censura oficial ni censura capitalista.
A Andrés Eloy, a quien le tocó ser periodista bajo una dictadura, le parecía insoportable que los gobiernos controlaran la prensa. Andrés Eloy Blanco siempre pidió libertad irrestricta para los medios.
Humorista
Luis Manuel Peñalver recopiló a Andrés Eloy Blanco
En la casa del poeta Andrés Eloy Blanco, en Cumaná, dentro de la colección que allí se encuentra, están más de cuarenta poesías, escritas de puño y letra del poeta.
Estos papelitos (bond blanco), bastante amarillentos por su edad, no miden más de 16 x 12 cm, escritos en su mayoría con lápiz de grafito. Fueron estos versos recopilados y donados a la Fundación Andrés Eloy Blanco por el doctor Luis Manuel Peñalver en el año de 1965, hace ya bastante tiempo, cuando se inauguró La Casa del Poeta.
Bajo la conducción de Andrés Eloy Blanco, la Asamblea Nacional Constituyente se instala el 17 de diciembre de 1946, y delibera el primer semestre del año 1947. El 5 de julio entra en vigencia la Constitución. Todos los partidos están representados en la Asamblea, y los debates son transmitidos por radio; el país se politiza y participa como nunca antes.
Estos manuscritos de Andrés Eloy Blanco daban la vuelta a la sala, “por debajo de la mesa”, y una vez que llegaban a manos de Peñalver, los guardaba en su bolsillo. Es importante reconocer que el doctor Luís Manuel Peñalver valoraba enormemente este juego humorístico del poeta.
«Sres. se suspende la sesión. Me voy a la clínica porque ha nacido un hijo mío y voy a inscribirlo en AD».
15/10/47 Andrés Eloy Blanco
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (1)
Estaba Andrés Eloy en casa del poeta cubano Nicolás Guillén, en La Habana, cuando le fue presentado un famoso recitador cubano, Luis Carbonell. En la conversación que sostuvieron, Carbonell le manifestó al venezolano su disgusto por la versión musical de «Píntame angelitos negros». Andrés Eloy le contestó que a él tampoco le gustaba, pero que esa canción era la única que le rentaba ingresos económicos; de manera que ese dinero él no lo consideraba como derechos de autor, sino como indemnización por daños y perjuicios.
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (2)
Corría el mes de abril de 1947 y Andrés Eloy Blanco era presidente de la Cámara, dejó encargado por un momento al diputado Augusto Malavé Villalba, quien sufría de lambdacismo y por eso cambió una «ere» por una «ele». Se va a “abril”–dijo. El diputado Edecio la Riva que estaba muy pendiente, le reprochó el error de dicción. Andrés Eloy subía los escalones del estrado y oyó el reproche. Al sentarse en la presidencia, hablo emocionado: “EL COMPAÑERO Malavé se levantó esta mañana contento. ¡Y se sintió poeta! Y se hizo la resolución de comunicárselo a sus compañeros de cámara. Y es así como al comenzar la sesión, les ha dicho “Se va abril” … y viene mayo, con sus lluvias y sus flores… yo le agradezco al compañero el apunte”. Y entonces agitando la campañilla, dijo con gran solemnidad: “-Se va abril”.
Y hubo un silencio magnífico en la cámara.
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (3)
En el viejo Congreso de la República, en los tiempos cuando Isaías Medina Angarita era el presidente de Venezuela, ocurrió que Pedro Cruz Bajares negó muchas veces el derecho de palabra al diputado Andrés Eloy Blanco, quien le dedicó esta cuarteta:
Te pedí la palabrita
y me diste tus negares
te espero en la bajadita
cuando de la Cruz Bajares
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (4)
A Copei se le consideraba en aquellos años como un partido conservador y aristocrático, pero tenía entre sus congresantes a José Camacho, de tez oscura y origen popular, muy apreciado por Andrés Eloy Blanco. A Camacho compuso estos versos famosos:
Cosas que no son de ley
siempre resultan un fiasco:
mujer orinando en frasco
y negro inscrito en Copei.
Otra, de su tiempo de injusta prisión. Entró un esbirro a la mazmorra y preguntó: ¿Quiénes son aquí los adecos? «El Negro Encarnación y yo, somos los adecos», dijo el poeta.
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (5)
En 1946 ó 1947 fue necesario hacer unas reparaciones en la planta alta del Capitolio, en el que funcionaba la Asamblea Nacional Constituyente.
El público, y entre él el público femenino, en vez de ascender a las galerías tenía que permanecer en la planta baja. Entonces el presidente, que era Andrés Eloy Blanco, improvisó una copla, casi dramática:
Por vicio de construcción
el Senado está de duelo,
pues pa’ coger un picón
hay que agacharse en el suelo.
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (6)
A un cura constituyentista que miraba mucho a las damas en las barras:
Hay un cura en las sesiones
que mira mucho a las barras
y es pariente de los Parras
por parte de los Picones.
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (7)
A un cura muy fornido le compuso:
El padre Sánchez Espejo
por su robusto cogote,
en lugar de ser un padre
debiera ser un padrote.
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (8)
A otro sacerdote que se distraía mucho en libros sagrados durante los debates:
Mientras todos van en pos
de un entendimiento humano
el padre, breviario en mano,
se está entendiendo con Dios
ANÉCDOTA ANDRES ELOY BLANCO (9)
El padre Luis Eduardo Vera recorrió varios micrófonos y todos le producían un ruido que no lo dejaba hablar. De inmediato Andrés Eloy Blanco rimó:
Se ha demostrado hace un rato
que el colega Padre Vera
no es un colega cualquiera,
pues le ronca el aparato.
Poeta
Cultivó distintos géneros (poesía, teatro, novela, ensayo, artículos y crónicas) pero de todos los géneros que componen su obra, el fundamental es el de la poesía. En ella alcanzó los más altos lugares, en ella trabajó más persistentemente a lo largo de su vida. Es su poesía por lo que se le conoce y reconoce abiertamente, sin olvidar su bonhomía, su afabilidad y buen humor, atributos que le ayudaron determinantemente en la escena pública, ámbito en el que también se realizó, siendo uno de los primeros entre nosotros que entendió la búsqueda del poder por los caminos de la política (de la paz) y no de la fuerza.
Es imposible estudiar la poesía de Andrés Eloy sin escuchar el eco de la significación popular del personaje, fruto de la consustanciación natural del poeta con su pueblo, al punto de que este se vio leído e interpretado en sus versos.
Quizá Andrés Eloy sea el único poeta venezolano cuya poesía se recita de memoria y con mucha vehemencia.
Es imposible leer la obra poética de Andrés Eloy, sin recordar que quien escribe es un integrante principal de la generación que inventó la política en Venezuela, que creó los partidos políticos modernos, que convocó a elecciones universales, directa y secretas y que llevó al sector civil al mando, asignándole al militar las tareas profesionales previstas por la Constitución Nacional.
Volviendo al poeta homenajeado y cantado hoy, diré que Andrés Eloy publica Tierras que me Oyeron en 1921, pero el inicio de su legendaria notoriedad ocurre con el Canto a España en 1923. Como se sabe, este poema la valió al cumanés el premio del concurso auspiciado por la Real Academia Española de la Lengua, en la ciudad de Santander. El poeta viajó a España a recibirlo y meses después, a su regreso, fue recibido como se reciben a los héroes.
Las 25.000 pesetas del premio le permitieron prolongar su estadía en Europa. Viajó por Francia e Italia antes de regresar a Madrid, donde recibió la distinción de ser el único invitado a la Cena de Año Nuevo ofrecida a los miembros por la Real Academia de la Lengua. Conoció personalmente a Antonio Machado y Ramón del Valle Inclán, figuras relevantes de la Generación del 98. Y a otros notables como Jacinto Benavente, Francisco Giner de los Ríos y Antonio Maura, director de la RAE. También compartió vinos y tapas, con jóvenes poetas que constituirán la generación del 27, entre ellos Gerardo Diego.
Estuvo en España ocho meses, escribió y publicó la novela El Amor no fue a los Toros y un poemario, Las Cuatro Puertas, de los cuales no se conservaron ejemplares. El poeta poseía un magistral señorío de la palabra, considerado por ello como uno de los oradores notables del país y como poeta, fue artífice de una obra fecunda de amplia tesitura, a ratos sencilla popular, a ratos refinada exquisita.
Andrés Eloy Blanco, poeta, ensayista, cuentista, dramaturgo y orador. Es una de las figuras más representativas de la Generación del 28. En 1916 inicia su carrera literaria con su poema «Canto a la espiga y al arado».
Por definición él fue poeta de varias tendencias, complejo en su expresión y en los rumbos de su acierto lírico. Es poeta civil, político, intimista, de vanguardia, poeta universal, poeta americano, poeta de su tiempo, pero poeta también del pasado. De vanguardia como lo demuestra en su poemario Baedeker 2000, un libro, a mi modo de ver una pieza notable dentro de nuestra expresión vanguardista.
Lo que más impresiona de este libro es la poderosa imaginación de índole narrativa utilizada para exponer un mundo. Para ello, el poeta Blanco echa mano de una serie de recursos vanguardistas que podrían asociarse al futurismo, ultraísmo, surrealismo, el creacionismo hispanoamericano o a una lectura combinada de estos, los cuales tuvieron una marcada influencia en la literatura de la posguerra europea (el término “vanguardia” tiene un origen militar), y que luego fueron asimilados en América de manera progresiva; así tenemos que el Ultraísmo español influenció poderosamente la poesía de Jorge Luis Borges entre 1919 y 1922; también dieron origen a un movimiento tan radicalmente personalizado como el creacionismo de Vicente Huidobro, a quien se ha señalado como el iniciador de la vanguardia en castellano con la publicación del poema «Ecuatorial» en 1918; o el caso notable de César Vallejo, cuyo libro Los Heraldos Negros (1919) condensa toda una experiencia vanguardista tamizada por una personalidad de ancestros indígenas peruanos, en ocasiones guiada por un dilema existencial que se debatió entre París y España; en Venezuela, el caso de Salustio González Rincones, que publica sus Trece Sonetos con Estrambote a Sigma (1922) y La Yerba Santa (1928), como ejemplos de la variedad de las resonancias de la vanguardia en América.
Blanco, en el título de su libro, alude paródicamente al de una de esas guías turísticas, que se propone recorrer, en su viaje poético, un periplo de lo que será Venezuela para el año 2000. Con su don verbal y humor extraordinario, Andrés Eloy Blanco consiguió en éste uno de sus más felices momentos poéticos, que influenció a otros nota­bles poetas venezolanos como Alarico Gómez, Miguel Otero Silva, Job Pim y Aquiles Nazoa. Pero no sólo a ellos. También a otros nos legó la firme lección de su aguda inteligencia y de su privilegiada sensi­bilidad, con una voz que fue capaz de anticiparse al porvenir dando muestras no sólo de un gran amor por su país, sino por muchos de los hombres que habitan buena parte de la Tierra. Pues ese es, a fin de cuen­tas, el Andrés Eloy Blanco que permanecerá.
La mayor parte de su obra se detiene en el aspecto popular de su poesía, y algunos críticos, de manera despectiva, se refieren sólo al verso fácil, a la improvisación momentánea, como si escribir para el pueblo no fuera en realidad la más alta aspiración de un poeta, la máxima excelencia.
Andrés Eloy Blanco era un hombre de una amplia cultura literaria, filosófica, jurídica, política, científica y técnica; esta amplitud de conocimientos se aprecia en sus discursos y conferencias de la más variada temática. Es por encima y ante que todo, un poeta culto que lleva al pueblo, en la interpretación auténtica de los valores contenidos en su alma, las que son preocupaciones de su época. Sin embargo, su poesía es muy amplia en cuanto al contenido, es un escritor que pasa con singular maestría de lo histórico a lo amoroso, de lo íntimo a lo foráneo, de lo general a lo colectivo, de lo popular a lo culto, de lo universal a lo nacional.
Decir que Andrés Eloy es el poeta de Venezuela, como lo hace Miguel Otero Silva, es elevarlo a la más alta categoría que pueda alcanzar poeta alguno, «ninguno encarna, como lo hace a todo trance Andrés Eloy Blanco, el poeta de este pueblo y de esta tierra. El poeta cuyos versos repiten los venezolanos a media voz cuando amamos, cuando sufrimos o cuando compartimos», o como lo reseña Prieto Figueroa: «Su tarea de poeta del pueblo es la expresión de un proceso de decantación, de sublimación, que lo va acercando lentamente a la prístina fuente que mana confusa del alma popular».
El propio Andrés Eloy narra cómo llegó a convertirse en el poeta del pueblo de Venezuela. De cómo el dolor y la sangre le dieron el tono que buscaba, la esperada voz querida por él y que anuncia en la introducción de su poemario Poda. Él nos cuenta: «Yo fui poeta de juegos florales y corría el tremendo riesgo de llegar a ser el más cortesano de los poetas o el más poeta de los cortesanos… para encontrarme conmigo mismo, para encontrar mi propio camino, el que yo no había olvidado porque no lo había perdido nunca… Yo soy, pues, y me enorgullezco de decirlo, un discípulo del pueblo… y que mucho después, cuando el pueblo mismo, el dolor de ese pueblo, la angustia de ese pueblo como el mejor de los maestros, hizo de mí, hasta como poeta, un hombre distinto del que yo era, y no me quejo».
Por encima de cuanto escribió resplandece el hombre, la calidad humana que hizo de Andrés Eloy Blanco el más claro testimonio de la consagración de una vida al servicio de la nación, o como diría Picón Salas: «Intérprete cabal del refrán, el mito y la tradición vernácula».
Sobre Simón Bolívar:
“Se ha citado mucho a Bolívar; pero Bolívar sirve para todo… A Bolívar no se puede citar sino con cuidado… Bolívar sirve para justificar un acto de represión.
El Bolívar de 1828, llevando al arzobispo de Bogotá como miembro del Consejo de Estado, es un dictador en pleno ejercicio de la dictadura; y el Bolívar de 1830 ya no es sino el desprendimiento del creador amargado por la creación.
Pero Bolívar es oceánico. Es el árbol: el que quiera una fruta para darle qué comer a alguien, allí está Bolívar frutal; el que quiera una estaca para darle golpes a un yangüés, allí está Bolívar con ramazones; el que quiera una cruz para clavar a alguien, allí tiene a Bolívar con sus ramas cruzadas; el que quiera una flor para adornar la frente de la patria, allí está Bolívar florecido, y el que quiera una sombra para esconderse y ocultar una trampa o disparar un perdigón sobre algún incauto pájaro electoral, allí está Bolívar frondoso”.
* yangüés, sa
adj. Natural de alguno de los pueblos que llevan por nombre Yanguas. U. t. c. s.
adj. Perteneciente o relativo a Yanguas o a los yangüeses.
Yangüeses en Don Quijote e impresor de La Cuesta.
Los eruditos siguen todavía debatiendo acerca del capítulo XV de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en el que el caballero de la triste figura y su fiel escudero Sancho son apaleados por unos arrieros que, los cervantinos contemporáneos son prácticamente unánimes en identificarles como yangüeses sorianos.
Andrés Eloy, Rómulo Gallegos y Doña Bárbara
La novela comenzaba (había escrito el autor): “Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen meridional”, pero Gallegos decidió modificarla de esta forma —se dice que a sugerencia del poeta Andrés Eloy Blanco—: “Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha”.
El poeta Andrés Eloy Blanco fue abogado de Doña Bárbara. El poeta, que también fue un eminente hombre de leyes, ejerció su profesión de abogado en Apure, y fue contratado para defender a doña Francisca Vásquez de Carrillo (la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos). De modo que fue el poeta quien le presentó a Gallegos a la mujer que sería su personaje, conocida en vida como Pancha Vázquez en las sabanas del bajo Apure.
Fue Andrés Eloy quien le comentó las características de esta mujer al escritor Rómulo Gallegos. Era toda una mujer que se parecía a un hombre para jinetear caballos, y enlazar cimarrones, codiciosa, supersticiosa, sin grimas para quitarse de por delante a quien le estorbase.
A la muerte del poeta
Como lo dijera León Felipe frente al féretro del cumanés Andrés Eloy Blanco:
“¡Aquí no ha muerto nadie! Al que vamos a enterrar es un poeta. Está tendido pero no está muerto. ¿Está mudo? ¡No está mudo! Un muerto no habla ni canta… y este poeta sigue hablando y cantando.
Todo gran poeta sigue hablando y cantando, después del salto mortal ¡no está muerto!”.
Para finalizar, conviene decir que el grande Andrés Eloy Blanco pertenece a la generación que hizo el tránsito de la Venezuela rural a la urbana, que le atribuyó al estado un papel protagónico, para bien y para mal, en el desarrollo de la sociedad y que, en pocas palabras, hizo de la democracia su proyecto histórico.
Si usted no ha leído a Andrés Eloy Blanco, se ha perdido una Venezuela necesaria para enorgullecerse, para llenarse el espíritu de la historia que hay que ondear al aire como bandera de dignidad y amor. Y como él mismo diría:
“Tengo dos hijos tierra, tengo dos hijos cielo, el andar que buscaba para el último paso, las alas que pedía para el último vuelo”.
Gracias al escritor Jesús Peñalver por su semblanza sobre la vida y obra de Andrés Ely Blanc.
Comité Editorial:
Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros, Ernesto Marrero 
Comparte esto:

´MADRE, MAMÁ…

MADRE, MAMÁ …
Por Lidia Salas
Cuando pronuncio estas palabras,  florecen en los labios   pétalos blancos y escarlatas.
 Regreso, entonces, a la hora del último abrazo,  la llovizna de nuestras lágrimas humedecía los rostros. Sabíamos que  no habría otra vez para el encuentro, que la distancia y las fronteras, me  dejarían irremediablemente  huérfana  de tu regazo tibio, de tu mirada triste… Por eso el deshacer el abrazo, se abrió ese caudal de dolor que me atraviesa.
Ahora que  habitas en la orilla de luces infinitas, el pequeño pájaro vuelve en las mañanas al dintel de mi ventana, para derramar sus trinos como mensaje cifrado… Balsamo de belleza que cauteriza y sana.
 Celebro en esta fecha, tu corazón desbordado en ternura. Tus palabras iluminadas con esa humilde manera tan tuya,  como la capacidad de entregarte sin pedir nada a cambio.
    Celebro tus manos laboriosas, fuertes y buenas como el  espíritu indomable que se elevó siempre sobre nuestros errores y pequeñeces.
Tu vida, larga y fecunda… Los momentos cuando compartimos en la iglesia la fe cristiana, la fascinación por el cine, por la música y por la poesía. Siempre fuiste la más fiel y orgullosa de mis seguidoras.
La cercanía que nos hizo tan felices, sobrepasó la madeja que se teje entre madres e hijos.
Ojalá estas palabras pudieran llegar hasta tí, como  canto de amor, ahora cuando la eternidad es sinfonía de luces.
Somos dos ríos, cuyas aguas se disolverán alguna vez, de nuevo unidas para siempre, en el océano del paraíso que Dios, en su infinita misericordia, concede a quienes hacemos del amor un ejercicio de vida.
Un abrazo fervoroso a las madres de mi entorno. La maternidad, ha sido sin dudas, el milagro que nos llevó a otra dimensión del amor. Sin olvidar, que el cuidado y la entrega a otros seres que se acogieron como propios, es una manera sublime de ser parte de la creación de la vida. ¡ Feliz día de la madre! ¡Bendiciones!
 Lidia Salas. Día de la Madre. 2026.
Consejo Editorial:
Carmen Cristina Wolf. Farah Cisneros, Ernesto Marrero
Asesoría técnica: Jorge Gómez Jiménez Revista Letralia
Comparte esto:

“El sueño del tiempo”: la poesía venezolana actual en edición digital de libre acceso acceso

“El sueño del tiempo”: la poesía venezolana actual se lanza en edición digital de libre acceso

MOCA, PUERTO RICO / VALENCIA, VENEZUELA – Bajo el sello de la Editorial Letras Salvajes, se anuncia el lanzamiento oficial de la antología “El sueño del tiempo: Poesía
venezolana actual (Volumen II)”. Esta obra, editada por los escritores y académicos
Alberto Martínez-Márquez (Puerto Rico) y Mirih Berbin (Venezuela), reúne el trabajo de
31 voces fundamentales que definen el panorama lírico contemporáneo del país
sudamericano.
Tras el éxito del primer volumen, esta segunda entrega profundiza en la «fuerza
volcánica» de la palabra escrita en Venezuela, presentando una polifonía de autores que
habitan tanto el territorio nacional como la diáspora. La selección no solo destaca la
producción actual, sino que establece un diálogo necesario con las raíces de la poesía
venezolana, rindiendo homenaje a figuras tutelares como Rafael Cadenas, Ana Enriqueta
Terán, Reynaldo Pérez So, Vicente Gerbasi y Víctor “El Chino” Valera Mora.
Una apuesta por la democratización de la cultura.
Fiel a la filosofía de la Editorial Letras Salvajes, el libro se publica bajo el concepto de
“izquierdos no-reservados”. Esta premisa busca que la obra circule sin trabas burocráticas
ni comerciales, permitiendo su reproducción y distribución gratuita para que la poesía
alcance todos los rincones posibles.
Esta antología ha tenido la intención de recoger voces de todas las regiones del país…
permitiendo que se amplíe el panorama de la propuesta literaria en Venezuela desde la
forma más libre y compleja de escritura: la poesía”, expresa Mirih Berbin en el prólogo
de la edición. Incluye poemas de los siguientes autores venezolanos: Antonio Robles, Carlos Alberto Aguilar, Carmen Rojas Larrazábal, Carmen Cristina Wolf, César Seco, Ennio Tucci, Ernesto Marrero Ramírez, Yoyiana Ahumada,   Glendys Pacheco, J. Gregorio Maita. Isaura Duarte, Jessica Álvarez, José A. Rosales, José Linares, José Gregorio Vilchez, Juan Lebrun, Leonardo Alezones, Lilia Ferrer Morillo, Liwin Acosta, Miki Poche, Miriam Rodríguez, Niddy Calderón,  Nidia Portocarrero, Pedro Varguillas, Roger Herrera Rivas, Stefano Carcone, Vanessa Márquez, Venus Azuaje, Wefi Salih, Yurimia Boscán. 
Disponibilidad y acceso
Para garantizar su preservación y fácil consumo, “El sueño del tiempo (Vol. II)” ha sido alojado en tres de las plataformas digitales más importantes de gestión documental y lectura interactiva, donde puede ser consultado de forma gratuita:
Internet Archive (Descarga y archivo): http://archive.org/details/el_sueno_del_tiempo2
Calameo (Lectura fluida): http://calameo.com/read/005996314a9315c405ea0
FlipHTML5 (Formato interactivo): http://fliphtml5.com/gjtsj/el_sueno_del_tiempo2/
Sobre los editores
Alberto Martínez-Márquez es un reconocido poeta, crítico y profesor universitario
puertorriqueño, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto
Rico en Aguadilla y editor de la revista Letras Salvajes.
Mirih Berbin es una destacada gestora cultural, editora, poeta, escritora y docente
universitaria venezolana, cuya labor ha sido fundamental para el puente literario entre
ambas naciones.
Contacto de prensa
Editorial Letras Salvajes
revistaletrassalvajes@gmail.com

 

 

Consejo editorial:

Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros, Ernesto Marrero

Asesoría Técnica: Jorge Gómez Jiménez. Letralia

 

Comparte esto:

23 DE ABRIL: DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA ESPAÑOL

El Círculo de Escritores de Venezuela celebra con entusiasmo el Día del Libro y del Idioma, establecido por la UNESCO con el objetivo de fomentar la lectura, apoyar la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual a través  del derecho de autor. El 15 de junio de 1989 se inició en algunos países, para expandir la lectura y en 2010 la celebración ya había alcanzado más de cien países.
Gracias a la escritora Lidia Salas por el texto a continuación:
DÍA DEL LIBRO: CELEBRACIÓN DE LA LECTURA
Uno de los recursos más eficaces para escapar del peso de la rutina en la cotidianidad, es el ejercicio de la lectura.
Irene Vallejo, quien ha convertido en best sellers, sus ensayos sobre el origen del libro, los tipos  de  bibliotecas y la importancia de la lectura, ha dicho que el ser humano cuando le gusta leer, desarrolla la compasión y la empatía e influye en la construcción de una mejor sociedad.
Definitivamente, la literatura ofrece historias e ideas, que han sido catalogadas como el «poder mágico» que concede a los lectores, el disfrute de la belleza y del sentido de la felicidad.
Quienes iniciamos la pasión de la lectura desde los primeros años,  recordamos los universos que iluminaron la realidad opaca, con el brillo de personajes y eventos inolvidables; en las leyendas de héroes quienes defendían a los más débiles;  el final feliz donde el amor triunfaba siempre sobre las insidias de brujas y de gobernantes perversos.
Las informaciones que traen las páginas, establecen la verdad del conocimiento. Los argumentos filosóficos  establecen las razones de la justicia y del bien, sobre el mal y la codicia Estos principios conceden los fundamentos de los valores que elevan a la raza humana, hasta  un plano  espiritual superior.
Escritores como Alan Pauls, José María Picó, Emilio Lladó, han escrito interesantes reflexiones sobre la voz de los libros, sobre el fervor de quienes leen en estado de gracia, de la curiosidad que mueve esta actividad, del ritmo del lenguaje que se conecta con la respiración de los lectores.
 Mención especial a Carlos Ruiz Zafón quien manifiesta en algunas de sus novelas, la existencia del  «cementerio de los libros perdidos», en su famosa novela La sombra del viento.   Inolvidable concepto, que nos empujó a buscar su ubicación cuando visitamos Barcelona.
La escritura creativa se concibe también, como instrumento de resistencia ante el abuso de las tiranías.
Entre los clásicos se encuentran muchos ejemplos de personajes como Eneas, quienes ante el dolor de la patria perdida, se comprometen a fomentar la esperanza, a luchar por la restitución de la libertad.
 El amor, la fuerza más poderosa que enlaza a los hombres  en parejas, y que inspiran las novelas y cantos inolvidables, es elemento esencial de los autores que elevaron el romanticismo a títulos de sublime recordación.
Desde épocas  remotas, el ser humano se refugió en los libros, no sólo  en busca de información, sino para recrearse en el universo de la imaginación, más hermoso que el mundo cotidiano. Ficción y realidad se hacen un solo hecho verosímil en la fiebre de quien absorto lee.
De este ejercicio surge el sentimiento que nos une a los grandes autores.
La lectura oral de épocas pasadas, donde existían hasta lectores de oficio, se traduce hoy en los audiolibros que se escuchan mientras se realizan otras actividades.
La lectura silenciosa es la costumbre que en nuestro caso, nos ha rescatado de la soledad y de la tristeza..
Estas frases tienen la intención de celebrar los libros. De rendir tributo a la lectura como actividad que nos conduce a la libertad y al humanismo.
Gracias a todos
 los escritores, cuyas páginas edificaron el alma que nos sostiene.
©Lidia Salas
Círculo de Escritores de Venezuela
Junta Directiva: Edgar Vidaurre, Magaly Salazar Sanabria, Carmen Cristina Wolf, Lidia Salas, Yoyiana Ahumada, Farah Cisneros, Ernesto Marrero Ramírez.
Consejo Consultivo: Gisela Cappellin, Marisol Marrero, Alvaro Pérez Capiello, Carlos Alarico Gómez
Consejo Editorial:
Carmen Cristina Wolf @carmencristinawolf Instagram
Farah Cisneros @farah_cisneros Instagram
Yoyiana Ahumada Licea @cuartaparedsoy en Instagram
Asesoría técnica: Jorge Gómez Jiménez  https://letralia.com/
Día del Libro y del Idioma
Comparte esto:

«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo

«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo

 Por Edinson Martínez

En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.

Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.

Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes.  ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa.  El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.

El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.

En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando  expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.

Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.

 

La vida de Juan Rulfo 

Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.

Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.

Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.

Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.

 

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches  trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.

 

Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor:

…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar

al país donde los sabios se retiran

Del agravio de buscar labios que sacan de quicio

Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen

el cristal de los acuarios de los peces de ciudad

que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo

Que no merecen nadar

El Dorado era un champú

La virtud, unos brazos en cruz

El pecado, una página web

En Comala comprendí

Que al lugar donde has sido feliz

No debieras tratar de volver…

Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.

Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.

«¡Diles que no me maten!»: Un Llano en llamas venezolano

Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.

El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.

En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.

El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.

Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.

Muchas gracias a Edinson Martínez por enviarnos este artículo. Es verdaderamente magnífico. Ha sido publicado en otros portales.

Edinson Martínez. Escritor, economista, editor y radiodifusor.  Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Es autor de la novela Vidas paralelas (2014) y es articulista de conocidos diarios. Recientemente publicó el libro de ensayos El peso de las palabras.

 

Editora de la web: Carmen Cristina Wolf

@carmencristinawolf

@circuloescritoresvenezuela

 

 

Comparte esto:

La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos

La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos

Por Raquel Markus-Finckler

La fe es un territorio íntimo, pero también una experiencia compartida. Un lugar donde la razón, muchas veces, tiene que aprender a callar… aunque, curiosamente, algunos razonamientos también puedan conducirnos hasta ella.

Salí de ver La lengua en pedazos, la obra de Juan Mayorga inspirada en El libro de la vida de Teresa de Ávila… y algo en mí no volvió al mismo lugar.

Teresa no explicaba la fe. Escribía desde dentro de ella. Desde la duda, desde el quiebre, desde una experiencia de Dios que no siempre consolaba… pero que nunca la dejaba intacta. Fue cuestionada, vigilada, incluso juzgada, porque hablar de lo invisible con tanta certeza siempre incomoda a quienes necesitan pruebas.

La obra no me hizo llorar. Hizo algo aún más extraño: me hizo temblar. Era un estremecimiento que no pasaba por la mente, porque la mente no entendía nada… pero el alma sí. El alma entendía y sentía.

Traté de comprender el porqué de “eso”. De ponerle nombre. De domesticarlo. Pero no encontré una respuesta… encontré una intuición: que ese tipo de fe no llega como certeza, sino como una inquietud que no se deja resolver. Una pregunta viva. Una grieta. Algo que no viene a calmar, sino a abrir.

Algo en esos diálogos le hablaba directamente a mi alma, como si le recordaran una verdad que no sabe explicar, pero reconoce. Y en ese reconocimiento también había una advertencia: que esa fe —cuando es absoluta, cuando es radical— será muchas veces señalada como locura. Como delirio. Como algo que hay que corregir. Porque lo racional no logra descifrarla, ni entenderla, ni justificarla.

Soy judía. Mi espiritualidad es judía. Y, sin embargo, en ningún momento sentí contradicción. Porque, en el fondo, hablamos del mismo misterio: un Dios intangible, invisible, incomprensible, inabarcable. Un Dios que no se prueba… se intuye. Que no se toca… pero se siente.

Creemos así: a lo ciego, a lo sordo, a lo que solo puede rozarse con el alma. Y aun así… ahí apostamos todo.

Y cuando intentamos explicarlo, cuando queremos traducir esa experiencia para quien no la ha vivido, terminamos —como dice el título de la obra— con la lengua en pedazos.

¿Cuántas veces me he aferrado a la fe como última tabla de salvación, cuando nada alrededor tenía sentido… y tampoco lo tenía seguir aferrada? Y sin embargo, ahí está: etérea, transparente, intangible. Ausente cuando más la buscamos, avasallante cuando más la necesitamos… incluso cuando no la queremos.

Algo que Teresa de Ávila escribió en el siglo XVI sigue teniendo sentido en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que una mujer que enfrentó la duda, la precariedad, la pobreza y el estigma pueda hablarnos de la fe con palabras que todavía nos hacen temblar?

¿Cómo puede enseñarle algo a una generación que parece tener más fe en la tecnología que en sí misma?

¿Hay todavía espacio para el espíritu en una sociedad que ha decidido pesar todo lo invisible?

Tal vez… las respuestas no estén en los lugares donde solemos buscarlas.

A veces no entendemos por qué algo nos estremece… pero aun así, vale la pena ir a sentirlo.

La dirección de Carolina Rincón y Jeizer Ruíz, la puesta en escena —precisa, contenida y profundamente simbólica— y las actuaciones de Wilfredo Cisneros y Grecia Augusta Rodríguez nos impactaron con una capacidad de expresión e interpretación fuera de lo normal… como si no actuaran, sino que atravesaran algo frente a nosotros, y fueron fundamentales para este viaje interior.

Gracias a mi querida amiga Gisela Cappellin, productora ejecutiva de esta obra, por invitarme a presenciar algo que no se explica… pero que, sin duda, se siente.


Raquel Markus – Finckler
Periodista . Escritora . Poeta . Editora

@escritora.creativa

Editora de la web: Carmen Cristina Wolf

Comparte esto:

MARIANA LIBERTAD: SELECCIÓN DE POEMAS

 

Mariana Libertad. Caracas (1974) Académica, ensayista y poeta. Es autora de Oscura Bisagra (2017), Adherencias. Tratado sobre la mujeritud (2020), La naturaleza química de las emanaciones (2020) y El libro de los destinos (2021).

Los poemas contenidos en Solicitud de arraigo atraviesan diversas tradiciones para dar paso a la memoria familiar. Artemis, Hécate, Perséfone o Aracne aparecen entre los pasos de frontera, los autobuses que viajan de madrugada y el latido de una nueva vida.
En este libro, Mariana Libertad examina el viaje humano desde la vulnerabilidad del
cuerpo y la conciencia histórica que atraviesa cada desplazamiento. En esa travesía también
surge la figura de la hija migrante, portadora de una herencia que mezcla lenguas y esperanzas. El resultado es un poemario que acompaña al lector hacia una pregunta
esencial: ¿Qué significa habitar la tierra cuando el origen se vuelve itinerante?

Aquí nos tropezamos con la convicción de que cada palabra puede sembrar hogar.

Ángela dos Passos

 

La duda

¿Cuánto tiempo nos tomará entender
el idioma de la risa,
y la cortesía de los que llegan
con las uñas colmadas de otras tierras?

 

Solicitud de arraigo

Mientras bebo el salitre

y escucho los reclamos de la arena,

la radiación cerúlea me clausura los ojos.

 

A tientas, persigo el espejismo,

creamos un oasis,

sellamos la muralla,

 

sin aplomo y con sed

me desvanezco.

 

Es muy arduo quererte, vida nueva.

 

Apuntes sobre la cotidianidad

Me arrebatan el suelo cuando acaban las horas inclinadas del día.

Sostengo nuestra noche con hombros fatigados,

me quedo suspendida en un tiempo sin costas ni asideros,

me inclino en el sofá y nombro lo que queda cuando el mundanal ruido se ha callado.

 

Me cuesta comprender cuál de nosotras escala la montaña por designio de Zeus.

¿Acaso soy la piedra que rueda cumbre abajo?, ¿o la cima sardónica que nos ve regresar?

 

Ven conmigo,

revisemos las grietas que dejó la jornada,

y hagamos que subir nos duela menos, antes de que comience un nuevo día.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

 

Comparte esto:

HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN

HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN

Por Hebe Munoz

 

Hay palabras que no se dicen: se siembran.

Yo lo he sentido muchas veces. La palabra, cuando nace de un temblor verdadero, no cae en el aire como polvo inútil: se hunde en la tierra invisible del otro. Allí, en la oscuridad fértil del lector, comienza su trabajo secreto. Germina sin ruido. Echa raíz en lo hondo. Y un día —cuando menos lo esperamos— florece.

Siempre he pensado en la poesía como en una semilla diminuta que contiene un bosque entero. En su pequeñez late una arquitectura futura: troncos, sombras, pájaros, frutos. El poema es apenas un puñado de sílabas; su fruto, en cambio, puede ser una conciencia despierta.

Cuando leo a Miguel de Unamuno y escucho su clamor —“¡Que inventen ellos!”— o aquel latido suyo tan desnudo: “Me duele España”, siento que la palabra no es ornamento, sino raíz que se hunde en la historia. En él la lengua no es un jardín decorativo: es un campo de batalla espiritual. Su verso, sobrio y ardiente, me recuerda que escribir es un acto de responsabilidad, casi de fe. La palabra sembrada puede doler, pero también puede salvar.

También la poesía abre grietas de luz como en Octavio Paz, cuando sus imágenes se despliegan con esa lógica del sueño que no es irracional sino más honda que la vigilia. “Un sauce de cristal, un chopo de agua…” escribe, y de pronto el lenguaje se vuelve savia transparente. El surrealismo, en sus manos, no es evasión sino exploración de las raíces invisibles del ser. La palabra germina en territorios donde el lector no sabía que había tierra.

 

Yo creo que todo poema verdadero es una invitación a crecer.

 

La semilla necesita oscuridad y silencio. También el lector. Y el poeta. Hay un recogimiento previo al brote, una humildad necesaria. Pienso en Emily Dickinson y en su susurro luminoso: “Hope is the thing with feathers”. La esperanza —esa criatura alada— anida en el alma y canta sin palabras. Así también la poesía: a veces parece pequeña, casi invisible, pero su canto persiste incluso en el invierno.

La palabra que se siembra con autenticidad tiene vocación de fruto. Y el fruto no es el aplauso. Es el cambio.

He visto cómo un verso puede alterar una decisión, abrir una compasión, incendiar una rebeldía serena. La poesía no transforma el mundo con estruendo; lo hace con raíces. Trabaja por debajo de las noticias, de las consignas, de la prisa. Es un crecimiento lento. Orgánico.

Pero también el poeta es semilla.

No escribimos desde la superioridad, sino desde la vulnerabilidad. Somos granos arrojados al surco de nuestra generación. Nuestra tarea no es imponer sombra, sino ofrecerla cuando el árbol crezca. Cuidar la palabra es cuidar la tierra común. El idioma no nos pertenece: lo hemos recibido como herencia y debemos entregarlo fecundo.

En este sentido, recuerdo la voz maternal y firme de Gabriela Mistral: “Piececitos de niño, azulosos de frío…”. En esos versos hay ternura, pero también denuncia; hay belleza, pero también responsabilidad. La palabra abraza y despierta. La poesía se vuelve pan compartido.

Sembrar implica confianza. No vemos el fruto inmediato. No sabemos en qué corazón caerá la sílaba. Sin embargo, escribimos. Y al escribir, aceptamos una ética: no degradar la lengua, no empobrecerla con descuido, no usarla como arma de humo. La palabra es semilla viva; si la descuidamos, la esterilizamos.

Yo deseo que cada poema sea una invitación a sembrar en uno mismo. Que quien lo lea se pregunte: ¿qué palabra habita en mí sin haber germinado aún? ¿Qué bosque posible llevo bajo la piel?

La poesía no es un lujo: es un acto de cultivo interior. Nos recuerda que somos tierra fértil, incluso cuando nos creemos áridos. Que en lo más hondo hay humedad esperando.

Sembrar palabras es un gesto de esperanza activa. No basta con contemplar la flor: hay que plantar. No basta con admirar el fruto: hay que compartirlo. El poeta siembra; el lector riega; el tiempo hace su obra silenciosa.

Y así, de semilla en semilla, el lenguaje florece.

Y al florecer, nos transforma.

 

LA VIDA QUE SOMOS

Siete semillas

 

I

AGUA

Huele a tierra mojada

después de la lluvia

tu cuerpo de hoja verde

tu flor de granada

en la boca

 

La humedad evaporada

de los poros de tu piel

es la victoria sobre el cansancio

destilada

en hilos de saliva

tejiendo telarañas de besos

con perlas de rocío

 

Amaneció

después del torrencial aguacero

que hizo de nuestras venas

crecidas de ríos imponentes

los ví desde la cama

corrían caudalosos

hasta nuestros cabellos

cual mares sobre la almohada

 

La tierra mojada

la arena empapada

los ojos húmedos

hojas verdes en la noche

granada roja en la boca

 II

AIRE

Respirar

por la  nariz de la noche

esta vida que somos

 

flotando en el mar que nos habita

nos devuelve los fragmentos

que se nos han quedado en el aire

No ha habido

incertidumbres estáticas

 

más bien un ir y venir

de peces convencidos

de que en el tepor de las corrientes

se puede nadar en el pensamiento

tratando de conquistar

un sueño minúsculo

entre las algas aderidas al alma

 

Se puede ver

con claridad

esparcido sobre todo lo que fue

la cantidad enorme

de fragilidades

en medio de los remolinos del pecho

cuando los errores cometidos

se convierten en un río crecido

que sin piedad deja un lodasal a su paso

 

Ver con los ojos del sol naciente

nos regresa a la novedad

al asombro de haber superado

una tiniebla empecinada en mentirnos

acerca de la esperanza

una tempestad que gritaba muerte

y que se carcajeaba en nuestra cara

pensando que así

sucumbiríamos ante ella

III

TIERRA

Contarte acerca de quién soy

cuando somos los dos

es una empresa de hormiga obrera

con una hoja en su espalda

cuidando el jardín

del hogar que nos habita

es un vuelo incansable

de abeja recolectora

desde las cineas multicolores

hasta el néctar denso y viscoso

de nuestros dias

 

es un vuelo de golondrina

que sabe

que le pertenece al cielo

por eso arriesga ascensos y descensos

siendo capaz de planear

despidiendo así nuestros inviernos

 

IV

FUEGO

Por más dias de cara al sol

aún con el alma descosida

quemamos las naves

defendiendo el latido

del rojocorazónvivo

en lo sagrado atemporal

por lo sangrado vivificador

Por el calor y la luz

ardemos en el centro purificador

del mirarnos a los ojos

sin cenizas

Llamamos las cosas por su nombre

amor al volcán

y a los besos

lava

ardor al abrazo

llamaradas

a ese persistente

movimiento transformador

que nos da forma

así recuperamos

las chispas dispersas

de quienes somos

sin que se opongan

los miedos

ni los otros

ni otra cosa

ni nos morimos

ni nos iremos

ni qué dirán

 

la permanencia

es no prescindir del viaje

ni renunciar a la dicha de renacer

Que nos encuentren los siglos

trasnochados y con sueños

bajo el incendio del alba

propagada en punta de estrellas

Que nos encuentre

que nos encuentren

frente a esta hoguera

ardiendo

 

V

EL CUERPO

Mis huesos contenidos

en esta estructura compleja

donde cada órgano palpita

junto a cada célula que se mueve

y en todo tejido se entreteje del sabernos

bailan al son de las canciones

que salen de tu boca

Mis pies se mueven ligeros

tibios y desclazos

sobre la dicha de tu presencia

al ritmo de tus labios

que hacen nido en mis orejas

Todo deja huella en mi piel

El tacto y el contacto

delinean la forma del espacio que ocupo

con enigmas de fluir de sangre

proclamando lo tangible

de la sed

Se me queda

tu rostro entre la manos

lo blando y lo duro entre los dedos

cuál memoria de la noche interminable

y de la luz que lo borra todo

Hebe Muñoz.  Nacida en Pto. Cabello, Venezuela, reside actualmente en Italia.  Ha publicado los poemarios bilingües: (it-esp) PEGASA, Renacida de las aguas (Editorial Feltrinelli. 2014), presentado en el Festival Internacional del Libro BookCity de Milàn, Italia-Sala Khaled al-Saad, MUDEC Museo de las Culturas. 2016; ESCUDEROS de la Libertad (Editorial Feltrinelli 2018) presentado con lectura pública en el marco del evento “Venezuela” del Festival Internacional de Poesía de Génova y EXILIADOS, historia de la diáspora venezolana en Italia (Editorial Mondadori. Crowfounding. 2019. En colaboraciòn con la fotógrafa Irene Nasoni. Edición en italiano) Ha participado como poeta invitada en diversas antologías poéticas internacionales de caracter artistico y como proyectos humanitarios, así como también, en distintos Festivales internacionales y Jamming poéticos.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

Comparte esto:

LA GRAMÁTICA DE LO IMPERCEPTIBLE

La Gramática de lo imperceptible

Por Jerónimo Alayón

El mundo está enfermo de gigantismo. Creemos que la verdad habita solo en lo inmenso… trágica ceguera del espíritu. La vastedad es con frecuencia un velo, un estorbo, una distracción para el ser. Lo grande nos impone su presencia, pero lo diminuto concita nuestra fuerza de voluntad y, a menudo, un tipo especial de inteligencia. El ojo humano es perezoso: rápido mira lo colosal, pero es tardo para hurgar en lo invisible el soporte del cosmos. Un grano de arena y una estrella poseen la misma dignidad ontológica, pero rara vez nos detenemos a considerar la majestad de aquel. Bien visto, el átomo es la catedral del universo, pero, al ignorar esta verdad, le amputamos a la realidad su parte más fundamental. Vivimos tan aturdidos entre la obviedad de lo superficial y el ruido de lo macroscópico que hemos perdido la capacidad de asombro ante lo pequeño. Hemos confundido tamaño con grandeza.
Hay en las cosas pequeñas un silencio sagrado y sobrecogedor. Una mota de polvo flota en el rayo de sol que penetra por la ventana de casa. No ha pedido permiso para existir. Tampoco busca ser nombrada, pero su mudez es una forma de elocuencia superior. Hay en el silencio de lo diminuto una suerte de resistencia ontológica, la negativa a participar en la mascarada de las apariencias. Los objetos mínimos son guardianes de la quietud. Una hilacha colgando de la frazada, una grieta en la taza, un insecto agazapado bajo una hoja… En ellos habita una verdad sin adjetivos… desafiando nuestro lenguaje hecho de conceptos ruidosos. Las cosas mudas son, simplemente son. Desafían nuestra narcosis utilitaria. Su existencia es un fin en sí mismo. Contemplar lo pequeño es aprender a escuchar con la mirada.

 

Paradójicamente, la pequeñez es un espejo del infinito. Al viajar a la profundidad del cosmos, no hay límite. En nuestro organismo hay compuestos infinitesimales que formaron parte del polvo cósmico en el origen del universo y, sin embargo, lo diminuto es la frontera de nuestra percepción. Cuando el ojo claudica, nacen el misterio y el prodigio: el microscopio nos dice, por ejemplo, que el vacío está poblado de pequeñeces relevantes y que lo simple es un espejismo, que no hay trivialidad en la naturaleza, que lo trivial es nuestra desatención, no haber entendido que el universo es un poderoso tejido de minucias y una profunda suma de silencios. Con la edad perdemos la capacidad para contemplar el detalle, quizás porque hemos olvidado que en lo pequeño habitan, al unísono, lo sagrado y la nada.
Contemplar lo pequeño es un acto de rebeldía ontológica y ética, una forma de justicia, pues validamos la entidad de aquello que el mundo ignora en su elefantiasis metafísica. La contemplación es una suerte de oración laica. Exige tiempo, quietud y lentitud. El ser requiere calma para fecundar la ontología. En una época como la que vivimos, la parsimonia es subversiva, pero es la única vía para reconocer la alteridad de lo diminuto. Al hacernos testigos del mundo, podemos descubrir que hay una paz peculiar en observar lo nimio: aquello que no espera nada de nosotros, es libre auténticamente y, como tal, se emancipa de la importancia, categoría con la que medimos falsamente la grandeza de las cosas.

 

Hay también en lo diminuto una estética de la precisión. No hay espacio para lo accesorio. En lo pequeño, forma y fondo coinciden. La belleza de lo mínimo es siempre descarnada y, sin embargo, posee la elegancia de lo esencial. No solemos verlo así —dada nuestra ceguera—, pero el drama de nuestra existencia se vive milímetro a milímetro. La vida es un suceso conformado por una secuencia de instantes ínfimos que llamamos momentos. Visto así, la eternidad no sería una duración infinita, sino la inacabable profundidad de una brevísima porción de tiempo. Me gusta pensar que quien habita en el detalle ha conquistado lo sempiterno. La prisa, por tanto, es exilio del ser. La calma es el ancla a lo imperecedero.
El hombre que habita en el detalle hace del silencio su morada. Las cosas mudas no reclaman nuestra atención ni piden que las nombremos. En su mutismo hay fe de que, tarde o temprano, serán alcanzadas por la luz. Su silencio, por consiguiente, no es vacío, sino la certeza de que todo está penetrado por una minúscula sospecha de eternidad. En cada célula nuestra late nuestro nombre, sin embargo, hacen su trabajo calladas. Nuestra salud es el silencio de ellas… Todo lo que de bueno hay en el mundo tiene su domicilio en la mudez de la armonía.

 

Cruzamos la vida ambicionando dejar grandes obras, ser recordados por la estatura colosal de nuestras acciones, gozar de la admiración de quienes nos secundarán, pero todo eso no será más que la cicatriz de lo efímero. A menudo, tras la gloria solo quedan la soledad y el vacío interior. Entender que cada partícula infinitesimal es un testigo del cosmos y cada silencio de las cosas mudas una invitación al asombro es una vacuna contra la arrogancia. ¡Somos tan breves y, sin embargo, tan displicentes con la brevedad de lo pequeño! La pequeñez no es una carencia ni un error: es el susurro de lo absoluto. La verdadera grandeza está en la capacidad de poder oírlo.

 

© Jerónimo Alayón y El Nacionalhttps://bit.ly/3KcYCYv
CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «La gramática de lo imperceptible». El Nacional. 20 de marzo de 2026. https://is.gd/LzsaS1

 

Comparte esto:

Jorge Gómez Jiménez: selección del libro inédito Los temblores del mundo

Jorge Gómez Jiménez

Tus noches son actos telúricos,
fenómenos naturales,
terribles sismos de piel,
rugientes maremotos sudorosos,
llameantes lenguas de fuego
que brotan gimiendo de tu cuello.
Son, tus noches, devastaciones
totales, abrumadoras,
que estremecen impúdicas
todo intento de concreción.


 

Te escribo en mayúsculas
como un grito destemplado,
tímpano de tus ojos,
sacrificio de un sentido
para mi grito.


 

La noche
en una llanura de tela
ante ti
te acerca a tu fiera

A grandes zancadas
a tientas
en la oscuridad
encuentras el destino de sangre
que te depara tu fiera
oculta en la tela
de tu noche


 

Quisiera estar ante ti
decirte que te extraño
cuánto te extraño
mirarte tocarte besarte
y no estar en mí
sino en ti
y hacerte creer
que esto es un poema
y no un sollozo


 

Mi alma se debate
en una guerra sin cuartel
con los malhechores
de la tristeza.
Basta que mi alma pida refuerzos
y mi memoria empieza a pensarte,
y aunque termine
perdiendo la guerra
son reconfortantes
las pequeñas batallas
de las que tu recuerdo sale
siempre
triunfante.


 

Tus silencios
son el jolgorio prematuro
de la muerte,
el caldo esencial
del hastío,
el triunfo odioso
de la tristeza.
Me brindan
tus silencios
una agonía que avanza
a un ritmo
infinitesimal,
me tuercen el cuello
con manos blindadas,
me evaporan
y me hacen caer
tus silencios
como una lluvia
en el horizonte.


 

Cuán lejos de nuestro fino estilo
Que yo vaya a ti y te pida
Me aclares si para siempre
Te he perdido

Si algún día vuelves
Frente bajo sobre mí
Conmigo
Vaya qué bien
Me felicito

Pero qué importan
Las vicisitudes
El ir y venir de los días

Cuán lejos de nuestro fino estilo
sería que me conforme
Pero qué bien
Me felicito
Porque hace tanto te tengo
Porque tu recuerdo es ya
Suficiente
Para justificarlo todo


 

Un cuerpo pequeño
como el tuyo
ha de temblar de frío
por las noches
sólo
para que un cuerpo
desmesurado
como el mío
le sirva de cobijo.


 

La vida del solitario
suele circunscribirse
a un recuerdo.
¿Qué recuerdo de ti
perturbará mis tardes
cuando la vida,
el futuro,
te reclame?
¿Qué sonrisa,
qué franja de piel,
qué mirada,
qué palabra,
qué de ti
me asediará
una mañana fría,
ante un café
que aún no vislumbro?

 

Jorge Gómez Jiménez

Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Autor de los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Recibió en 2023 el Botón Filuc, máxima distinción de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, por su trayectoria como escritor y editor. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.

Comparte esto:

MUJER DE TIERRA ÁRIDA

Mujer de tierra árida

Por Ernesto Marrero Ramírez

Permíteme estrechar tus manos
rasgadas por el inclemente arado
y suavizarlas con el aliento de mis letras.
Permíteme sembrar tu sendero
con relojes de sueños
anhelos, versos e ilusiones…
Mujer de tierra árida
             …permíteme calmar tu sed
Lánguida espiga
doblegada por el tiempo,
amapola cenicienta
que resecó el árido suelo,
brinda con la copa de la voluntad
…embriaga tu alma.
Bebe del licor de la esperanza
y levanta tu mirada
Mujer de tierra árida
        …brindemos juntos por la libertad
La vida es de luz y de sombras,
una se funde con la otra.
No dejes que los vientos de los pesares
aquellos que moldean la piedra interior
aquellos que abren o cierran zanjas,
desmoronen tu confianza.
Deja que la brisa sacuda tus alas
y vuela alto, alto, muy alto…
hasta la cima de tu conciencia
Mujer de tierra árida
     …la vida espera por ti
Ernesto Marrero Ramírez es poeta, cuentista y ensayista venezolano. Licenciado en Administración y Magister en Filosofía Práctica de la Universidad Católica Andrés Bello. También realizó estudios superiores de Psicología Existencial en la Universidad Wiener en Lima, Perú, y Psicología Analítica en el Centro de Estudios Junguianos en Caracas, además de Narrativa Contemporánea en la UCAB. Es miembro de la Sociedad Venezolana de Filosofía y Director de Cultura del Círculo de Escritores de Venezuela. También es profesor universitario, investigador, conferencista, asesor gerencial, locutor, productor de micros radiales y articulista sobre temas filosóficos, biográficos y existenciales. Varios poemas de su autoría se han traducido al francés y al ruso. Algunos de sus libros: El pececito que quería ser humano, La leyenda del sabio de la montaña, Y ahora… ¿por dónde empiezo?, Cuando tenga tiempo, empiezo, Pasajes secretos del alma, El Futuro nos Alerta, Quisiera contarte algo, El jardín de la existencia, El tiempo y su legado, Fragmentos de impermanencia y Entre dioses y mortales.Ver Biografía en:  enlace:https://ernestomarreroramirez.blogspot.com/p/blog-page.html

Editora: Carmen Cristina Wolf    @carmencristinawolf

Asesoría Técnica: Jorge Gómez Jiménez Letralia

Comparte esto:

LAS MUJERES DE MI HISTORIA

LAS MUJERES DE MI HISTORIA

Por Lidia Salas

 Inicio estas palabras recordando el saludo de un amigo cuando me llamaba: ¿Cómo te sientes rodeada de tantas princesas?
Hacía referencia a que al perder a mi esposo, vivía con mi madre;  mi única hija,  quien tenía dos niñas en su matrimonio, era mi vecina.
Él sabía de la felicidad, que me producía la rama familiar tan florecida. Jenny y mis nietas son la mejor razón para vivir, mis amores más ciertos.
En esta celebración del día de la mujer deseo honrar a mi abuela materna:
Graciela LaTorre, cuyas memorias de vida escuché de sus labios, y quien al contarme la historia de Jean Valjean, el protagonista de Los miserables, abrió la cantera de la pasión por la lectura y más tarde por la escritura creativa.
 Ligia Rincón, mi madre, es el modelo de ser que amo y admiro, por la pasión que comunicaba su quehacer,  por el espíritu de sacrificio, de sabiduría y de fortaleza para encarar la vida y sus duros golpes, manteniendo incólume la dignidad y la ternura; vivió hasta los 104 años con su mente clara   y el sentido vital de la existencia.
De ella aprendí el gusto por el cine, la costura, la buena cocina y la  música clásica.
La autora, cuya obra  leí en los primeros años casi en su totalidad,  fue Agatha Christie; deseo unir su nombre junto al de esas dos francesas cuyos libros acompañaron mi juventud: Marguerite Yourcenar y Marguerite Duras, y en esas autoras están los nombres de tantas escritoras cuyas libros hicieron más hermosas las horas de silencio y de soledad.
Deseo rendirles un homenaje de gratitud, porque sus páginas dieron un significado más hondo al ser humano que soy.
Honor y admiración para las amigas poetas, narradoras, dramaturgas, docentes, amas de casa, profesionales y artistas, su cercanía es el don más preciado que jamás pude recibir, quienes junto a mis hermanas de sangre, constituimos  una visión de mundo, asumida desde la intuición, la compasión y la complicidad para encontrar la manera de ser útiles y felices.
Un tributo que brota desde el corazón, para mis maestras de la escuela elemental, quienes me dieron con la lectura y el razonamiento lógico, las mejores herramientas para llegar a ser sabía. Homenaje que rindo también a las hermanas salesianas, las profesoras en el colegio de secundaria, muy especialmente a: sor Domitila Vélez, quien abrió con sus enseñanzas el camino de retorno a la casa del Padre, y la cadencia de mis primeros versos.
Esta fecha tuvo como origen, la justicia para  resarcir a la mujer de los derechos humanos, económicos, sociales y culturales que le habían sido arrebatados por el poder patriarcal, que la consideraba sujeta a sus órdenes y caprichos.
Sea oportuna la fecha para declarar que falta un largo camino por recorrer, y que hay que ensalzar sobre todo el «anima» ese elemento femenino que según Carl Jung,  tienen TODAS las personas, lo que  concede ejercer el oficio de vivir, desde  la intuición, la sensibilidad, la creatividad, la resiliencia y la bondad.
Desde esta orilla, una ráfaga de los mejores aromas del bosque, invoquemos un conjuro que  permita a quienes creemos que solo hay dos sexos, y que la diferencia sirve para acercarnos, complementarnos y trabajar unidos hasta lograr la magia de transformar  este planeta azul, en el mejor de los mundos posibles.
Lidia Salas.  Marzo del 2026
Lidia SalasLicenciada en  Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. (Colombia)  Obtuvo su maestría en Literatura venezolana en la  Universidad Central de Venezuela.

Autora de los siguientes poemarios: Arañando el silencio. Finalista del 1º Concurso de Poesía Libre de la Universidad de Córdoba. (Colombia) Ediciones Puesto de Combate. Bogotá. Colombia. 1984 Mambo  Café Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas.1994. Mención de honor del Concurso de Poesía del Ateneo “Casa de Aguas” (Venezuela) Venturosa. Premio Único del VII Concurso Nacional de IPASMECaracas, Venezuela. 1995. Luna de Tarot Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas. 2000. Este poemario fue llevado al teatro en la Semana del Poesía en Escena en Caracas.. Coautora con Elena Vera de la antología Quaterni Deni 1988. Katharsis. Editorial Lector Cómplice. Caracas. 2013. Ciudad de Azul y Vientos,  libro digital    (Amazon) Edición impresa: Editorial Lector Cómplice. Caracas, 2016. Autora de las siguientes plaquettes: Sedas de otoño (2006)  e Itinerario Fugaz. La Palabra, 7 secretos de su energía creadora 2024. Edición impresa y en Amazon

(2007) Edición de la Universidad Nacional  Abierta. Su poema “Hechizo de isla” fue finalista  en el III premio Internacional de Poesía Amorosa en Palma de Mallorca. España. Publicado en la Antología del Círculo de Bellas Artes de la misma ciudad. 2005.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf

Comparte esto:

Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose

 

La revista va a dedicar el mes de marzo a celebrar el Día de la Mujer, cuya fecha es el 8 de marzo. Hoy leemos a Farah Cisneros, una mujer multifacética, escritora venezolana destacada en el ámbito de la Programación Neurolinguística y metodología organizacional, productora y coordinadora del Programa de Entrenamiento y Desarrollo Integral PEDIP. Gerente empresarial y madre de familia.
Como ella escribe: «Porque cuando una mujer avanza, no lo hace sola. Avanza su familia, su comunidad y, en consecuencia, la sociedad entera.»

Ser mujer: una historia que continúa escribiéndose

Por Farah Cisneros

Cada año, el 8 de marzo invita al mundo a detenerse por un instante para reflexionar sobre el significado de ser mujer. Más allá de los gestos simbólicos o las felicitaciones circunstanciales, esta fecha representa una memoria colectiva construida a partir de la valentía, la perseverancia y la conciencia social.
El Día Internacional de la Mujer tiene su origen en las luchas emprendidas por trabajadoras que, a inicios del siglo XX, reclamaron condiciones laborales dignas, igualdad salarial y reconocimiento de derechos fundamentales. Aquellas mujeres no buscaban privilegios; exigían justicia. Su determinación marcó un punto de inflexión que transformó progresivamente la participación femenina en la vida social, política y económica del mundo.
Recordar ese origen es esencial, porque permite comprender que los avances alcanzados no fueron concesiones espontáneas, sino conquistas logradas mediante esfuerzo colectivo y una profunda convicción de dignidad humana.
Sin embargo, la relevancia de esta fecha trasciende el ámbito histórico. Hablar de la mujer hoy implica reconocer su papel decisivo en la construcción cotidiana de la sociedad. Desde espacios visibles de liderazgo hasta escenarios íntimos donde se forman valores, afectos y principios, la mujer ha sido motor silencioso de transformación.
Ser mujer no responde a un único arquetipo. Es diversidad de experiencias, elecciones y trayectorias vitales. Es la profesional que impulsa cambios, la creadora que inspira, la madre que guía, la joven que cuestiona estructuras heredadas y la mujer madura que comparte la sabiduría adquirida a través del tiempo.
En las últimas décadas, el avance hacia la igualdad ha abierto oportunidades antes impensables. No obstante, el verdadero desafío continúa siendo construir sociedades donde el respeto, la equidad y la valoración del talento femenino formen parte natural de la convivencia humana.
Celebrar el Día Internacional de la Mujer no significa establecer diferencias, sino reconocer aportes. Significa comprender que el progreso social se fortalece cuando mujeres y hombres participan en condiciones de igualdad, respeto y cooperación.
Quizá el sentido más profundo de esta conmemoración radique en algo sencillo y esencial: reconocer el derecho de cada mujer a vivir plenamente su identidad, desarrollar sus capacidades y decidir el rumbo de su propia existencia.
Porque cuando una mujer avanza, no lo hace sola. Avanza su familia, su comunidad y, en consecuencia, la sociedad entera.
El 8 de marzo no es únicamente una fecha conmemorativa; es un recordatorio permanente de que la dignidad, la libertad y el respeto constituyen pilares indispensables para un futuro más humano.
La historia de la mujer continúa escribiéndose cada día, en cada decisión valiente, en cada espacio conquistado y en cada voz que elige expresarse con autenticidad.
Y mientras exista una mujer dispuesta a creer en su propio valor, el mundo seguirá encontrando nuevas formas de crecer.
Farah Cisneros

 

Editora: carmen Cristina Wolf

Comparte esto:

Poemas de Carmen Cristina Wolf traducidos al francés

         

CARMEN CRISTINA WOLF/VENEZUELA/EDICIÓN BILINGÜE ESPAÑOL – FRANCÉS/POR: JUSTINE TEMEYISSA/LA CASA QUE SOY

SELECCIÓN DE «ESCRIBE UN POEMA PARA MÍ»

1

AMANTE

No dejes caer la noche sin decírselo

La rosa no se avergüenza de velar

en lucidez al alba

Mejor un instante de atrevido sonrojo

a mil versos de sensata palidez

AMANT

Ne laisse pas la nuit tomber sans le lui dire

La rose n’a pas honte de veiller

dans la lucidité à l’aube

Mieux vaut un instant de rougeur audacieuse

à mille vers de pâleur sensée

2

Si pudieras contarme el secreto de los girasoles

la cayena indefensa en medio de la lluvia

si pudieras decirme el sabor rojo de los tulipanes

y el matiz verdinegro de las hojas.

Dime cómo besan en la piel

sus colores de agosto

escribe un poema que sea ahora

no dejes que se pierdan tus versos vegetales.

 

Si tu pouvais me révéler le secret des tournesols

la cayenne sans défense au milieu de la pluie

si tu pouvais me dire la saveur rouge des tulipes

et la nuance verte-noire des feuilles.

Dis-moi comment leurs couleurs d’août embrassent la peau

écris un poème qui soit maintenant

ne laisse pas tes vers végétaux se perdre.

3


Te escribo con urgencia

porque no puede ser de otra manera

para pedirte que me cuentes

cómo es el sonido de las constelaciones

los colores del relámpago

el galope de los caballos

en las tempestades de octubre

 

Je t’écris avec urgence

car il ne peut en être autrement

pour te demander de me raconter

quel est le son des constellations

les couleurs de l’éclair

le galop des chevaux

dans les tempêtes d’octobre

Fuente http://lacasaquesoy.blogspot.com/2024/12/carmen-cristina-wolfvenezuelaedicion.html

El poema

es una barca atada a una promesa

un hallazgo posible

Carmen Cristina Wolf

Comparte esto:

LA TIRANÍA DEL ALGORITMO EN LA LITERATURA

La tiranía del algoritmo en la literatura

Econ. Edinson Martínez

Cuando comencé a escribir mis primeros artículos, hace un poco más de medio siglo, lo hice en una máquina Brother. Era lo frecuente entre los jóvenes de mi generación; aquella ya había pasado por varias manos porque era el medio más moderno disponible entonces. Los textos giraban sobre temas tan elementales como ingenuos del entorno que nos rodeaba. Como registra la historia de la última mitad del siglo XX, el clima intelectual de la época estaba fuertemente influido por los autores del boom literario latinoamericano y una abundante literatura política.

Eran los tiempos de una juventud inquieta que escribía sobre lo que quería, sin más restricciones que las derivadas de su particular percepción, como entiendo que ocurría con los autores consagrados y todo aquel que aspiraba a fraguarse un lugar en el ámbito de las letras. De modo que la libertad —o, en todo caso, la soberanía para escoger los tópicos sobre los cuales escribir— era un asunto del único arbitrio y decisión de quien los suscribía. Acaso se admitía una considerada insinuación, una tímida sugerencia o una recomendación vertida desde las más íntimas cercanías para matizar o influir en la exposición de determinadas ideas, pero nunca una imposición de terceros por razones de estilo o tendencias con fines mercantiles, alienando así la natural soberanía del oficio de escribir.

El título que escogí para estas notas ya antes otros autores lo han empleado para describir el mismo propósito que anima esta escritura. Uno de ellos es Kyle Chayka[1], con su artículo The Tyranny of the Algorithm: Why Every Coffee Shop Looks the Same («La tiranía del algoritmo: por qué todas las cafeterías se ven iguales»), donde desarrolla una bien argumentada exposición sobre la influencia que los algoritmos tienen en las preferencias de las personas. Aunque el asunto, en realidad, no es nuevo —porque en el pasado la influencia de los mass media fue determinante para la manipulación de la conciencia colectiva a escala planetaria—, el escrito en cuestión plantea una inquietante línea argumental sobre la alienación colectiva en el presente siglo: una realidad de estereotipos y perspectivas similares como nunca antes conoció la humanidad, donde la piedra angular de todo este proceso la constituye la abrumadora influencia de las redes sociales.

Si en el pasado la fabricación de estereotipos era un proceso de reproducción cultural permanente, aquello ocurría en lapsos temporales relativamente largos que permitían la reacción contestataria de la sociedad; a lo que habría que añadir un contexto intelectual dotado de valores culturales para contener, con sentido crítico, el propósito de estandarizar los gustos y la concepción de la vida. De ahí la abundante literatura sobre el tema durante aquel periodo. De aquel lapso valdría la pena citar, por ejemplo, la obra de Wilson Bryan Key (1988), Seducción subliminal:

«Los lenguajes subliminales no se enseñan en las escuelas: la base de la eficacia de los medios de comunicación modernos es un lenguaje dentro de un lenguaje, uno que nos comunica a cada uno de nosotros a un nivel inferior de nuestro conocimiento consciente, que llega al mecanismo desconocido de la inconsciencia humana. Este es un lenguaje basado en la capacidad humana de recibir información subliminal, subconsciente o inconscientemente. Este lenguaje ha producido de manera verdadera la base de ganancia de los medios de comunicación masiva». (p. 39).

Hoy en día, situándonos en los últimos veinte años, aquel contexto de reproducción de estereotipos se ha agudizado de manera dramática. Lo que antes tardaba meses o días en consolidarse, ahora se consigue en instantes. Así, una idea, imagen o enunciado puede darle la vuelta al mundo de forma inmediata y, conforme a los algoritmos, conocer casi al instante cuál ha sido su impacto. El artículo de Chayka describe cómo ya no importa si estás en Bogotá, Madrid o Tokio; el algoritmo ha dictado un estándar estético global que anula la identidad local en favor de una uniformidad de gustos. Explica cómo los negocios han adoptado una estética idéntica para que todos tengan una misma imagen. Alguien podría preguntarse: «¿Qué hay de malo en eso?». En apariencia, nada, si se valora solo como tendencia estética. El asunto se complica cuando ese mismo algoritmo impone preferencias en otros ámbitos, como el político, donde ya vemos reivindicar perversiones del pasado mientras se defenestran logros civilizatorios si conviene a determinados intereses globales.

Aquí encaja mi reflexión sobre la literatura. Creo que nunca en la historia hubo tantas personas escribiendo y tantos lectores confluyendo en las dos caras de una misma moneda. Mi angustia es que esta maravilla del ingenio humano termine siendo una mercancía en el más estricto sentido; que el ejercicio intelectual concluya contando a los lectores solo lo que desean de acuerdo a preferencias previamente estereotipadas, en una clara enajenación de su soberanía intelectual. Una abominable deriva que desterraría de la creación el brillo de su autenticidad.

Tendríamos, por un lado, una legión de consumidores de contenidos promedio dictados por plataformas masivas y, por el otro, la seudoliteratura usurpando el lugar de la creación auténtica. Una realidad difícil de develar cuando el antifaz de la posverdad domina la sociedad, haciendo realidad la advertencia de Herbert Marcuse: «La catástrofe verdadera es la perspectiva de idiotización, deshumanización y manipulación total del hombre».

En este contexto, mucho me temo que el lugar de los escritores estará comprometido por la presencia de la IA como instrumento para generar contenidos que alimentan el consumo masivo, conforme a la escritura sin arte del algoritmo. Estamos ante una doble alienación: el escritor pierde el control sobre su creatividad —ya no decide género, estilo ni tema— y el lector consume lo que le llega bajo una velada manipulación. Me abruma la idea de que la literatura se transforme en un producto de moda, cuando en realidad es un testimonio de vida. Cuando leemos a Saramago, a Rulfo, a Borges o a García Márquez, nos conectamos con las obsesiones, los miedos y el tiempo que envuelve a los autores con el paisaje seco y espectral como residuo de una revolución, por ejemplo, la cosmogonía que cambió la percepción de la literatura latinoamericana, o los laberintos porteños de una ciudad que se queda para siempre en el imaginario del lector.

La literatura es la creación humana más trascendente desde que se inventara la escritura y, quizás, el prodigio intelectual de mayor relevancia desde el instante mismo en que nuestros antepasados sintieron el peso de su ser al ver su cara reflejada en un arroyo.

El peligro no es que la IA escriba como un genio o sea capaz de imitar nuestras emociones, sino que los seres humanos nos acostumbremos a leer como máquinas, atrapados en el contenido promedio de las redes sociales sin admitir la excepcionalidad; esa maravilla con la que cada autor se presenta ante sus lectores, el élan vital que le impulsa a concebir la literatura como un constante desafío de sus capacidades para sorprender a sus semejantes. Este riesgo nunca antes lo tuvo la humanidad, incluso cuando en el pasado los mass media influían abiertamente en corrientes de opinión, modas y preferencias de consumo.

No estoy seguro de que, con el despliegue alucinante de las nuevas tecnologías y plataformas, podamos tener una convivencia equilibrada entre ellas y el arte de escribir. Lo ideal sería que remitan principalmente a su uso como instrumentos de soporte —sea documental o de inmediatez en el acceso a fuentes— y no a la suplantación del ingenio humano para convertirnos en víctimas de la probabilidad estadística que dictan los algoritmos. Es una puja de resultados impredecibles que quizás resulte favorable a la perspectiva que represento; es posible, dada la historia construida por el hombre, pero nadie podría garantizarlo.

Algunos con quienes he conversado el tema sacan a colación el caso de la fotografía: cuando apareció, los pintores —entre ellos los retratistas— imaginaron que su arte desaparecería, pero con el tiempo la fotografía también derivó en un arte. No estoy seguro de que en nuestro tiempo ocurra lo mismo en la inevitable interacción entre escritores, lectores, IA y redes sociales.

Por ahora, a quienes deseamos una ponderación soberana del asunto, solo nos queda persistir. Busquemos el modo en que una tecnología que amenaza con hacer «caída y mesa limpia» termine facilitando las cosas para que, como el escultor, la IA se limite a buscar la piedra en la cantera, picarla y pulirla, para que el artista finalmente la talle y cree la obra que ha de ser admirada como expresión de su auténtica excepcionalidad y no como la aburrida rutina del estereotipo que no sorprende a nadie.

[1]   Kyle Chayka es un reconocido periodista y crítico cultural estadounidense, actualmente redactor de plantilla en la revista The New Yorker, donde escribe la columna «Infinite Scroll» sobre tecnología y cultura de internet

 

Edinson Martínez. Narrador  con raíces zulianas y alma universal, nació en Cabimas, estado Zulia, en 1957, y actualmente reside en Ciudad Ojeda, municipio Lagunillas. Es economista de profesión, pero ha dedicado gran parte de su vida a la literatura, el periodismo y la docencia universitaria.  Miembro del Círculo de Esctritores de Venezuela.

 

Editora: Carmen Cristina Wolf @carmencristinawolf en Instagram

Comparte esto: