Desde mi pequeño escritorio
A Vicente Gerbasi
Por Heberto Gamero Contín
¿Admirado? ¿Querido? ¿Apreciado? No sé cómo expresar mis sentimientos hacia usted al inicio de esta carta. Refugio, podría ser la palabra adecuada, porque eso es lo que encuentro en su poesía: un lugar donde guarecerme, donde sentirme acompañada. De las aguas del fondo, la tarde levanta sus garzas en el aire quejumbroso del corazón. Es una sensación extraña percibir todo esto de alguien a quien se conoce solo a través de sus poemas, que de alguna forma he hecho míos. Cuando los leo me asalta un cúmulo de sensaciones: el abrazo del ser querido que llega a casa después de mucho tiempo de ausencia, la mirada de consuelo que provoca la despedida de un verdadero amigo, la palabra al final del día que te palmea el hombro y te dice: “sigue, como yo lo hago, no solo en ti hacen estragos la tristeza y la melancolía, también en mí y, ya ves, escribo para mitigarlas”, detalles que añoro con la vigorosa determinación de quien se aferra a una desconsoladora y a la vez hermosa realidad que se renueva en cada verso, en cada estrofa. En el aire suave que ondulan las yerbas de la madrugada crecen flores de humo lento.
Pero hagamos uso del lugar común y comencemos como comienzan todas las cartas: Querido Vicente… No está mal. Es un buen comienzo para quien tiene mucho que decir, pero no muy bueno para quien teme mostrarse en su interior, más por escrúpulos que por timidez o por temor a ser descubierta. Pero, ¿qué escrúpulos se pueden tener al escribir una carta que nunca será enviada? Aun así los tengo, como si usted estuviera a mi lado, por encima de mis hombros, la mirada atenta, leyendo lo que escribo. Trato de rehacerme y pensar que eso no es posible, que estoy sola y que nadie más que yo puede tener acceso a mis tormentos. Al fin y al cabo, si temo que algo de esto se sepa, aún tengo la opción de la papelera, mi aliada, mi amiga, que en su soledad recogerá los pedazos de estas confidencias cuando ya no tenga más que decir…
Pues bien, querido Vicente, ahora son las tres de la mañana. Desde donde me encuentro, un pequeño escritorio que heredé de mi mamá, puedo ver algunas estrellas y las luces de la ciudad que rebotan en la ventana y forman pequeños rayos que mis ojos modifican al quedarse fijos en ellos. De vez en cuando otra luz se aproxima, brilla con más intensidad y luego desaparece como si de pronto alguien la hubiese apagado, tal vez la de un auto, alguien que vaga por las noches en busca de un poco de compañía… Un perro ladra a lo lejos, otro le responde más allá, y la cortina frente a la ventana baila una melodía suave y fantasmagórica. Hace frío. Frente a mí el café aún humea. Con ambas manos abrazo la taza y tomo un sorbo. Luego otro y después otro… No sé por dónde empezar, solo sus poemas me traen alivio. Comprendí que el mundo todo era un secreto: un maravilloso y dolorido secreto, en que todo puede cesar con el vuelo de una estrella. Es cierto, el mundo, la vida toda es un gran secreto, dolorido, sí, pero… ¿maravilloso?, no me atrevería a decirlo. Por lo menos usted, dentro de su tristeza, todavía ve algo de maravilloso en lo que nos rodea; sin embargo escribe: Silencioso me hice como un viejo jardín lleno de sombras, y vi que los aires sangraban por la espina de la rosa, y el dolor se miraba en las fuentes dormidas, cuando los días pasaban bañando de lágrimas los rostros. A veces me siento así, silenciosa, como un viejo jardín lleno de sombras, y como ese aire que sangra por la espina de la rosa. Siento esa espina, Vicente, a veces, como si pendiera de alguna parte de mi cuerpo y no la pudiese desprender; se bambolea con un ritmo que se acrecienta con los años. Ahora que lo pienso bien, y si de metáforas hablamos, no se trata de una sola espina, son varias, la desaparición de dos de ellas hizo que las otras comenzaran a herir con más intensidad… ¿De qué hablo? ¿Llegó la hora entonces de olvidar los escrúpulos, de sacar todo esto que llevo dentro, de confiar en mi querida amiga, la cesta de basura, cuando ya todo haya terminado?
¿Por dónde empezar? ¿Por dónde empieza usted sus poemas? ¿Deja sus angustias en ellos? Es lo que intento hacer ahora. Pero, ya ve, yo no soy poeta, apenas una mujer común y corriente que escribe cuando ya no puede más, aterrada por el futuro que le espera, por la inminencia de un desasosiego que cada vez se hace más presente… A esto me lleva ser la menor de once hermanos. Éramos una familia muy unida, aún lo somos, salvo que papá y mamá murieron. Papá era un hombre sano, todavía joven. Yo lo conocí poco porque era muy pequeña cuando murió, pero todos dicen que era un buen padre, que nos llevaba al parque y que siempre estaba pendiente de nuestra educación. No bebía, hacía ejercicio y se alimentaba sanamente, por eso a todos sorprendió que muriera del corazón; claro, ahora entiendo que no hace falta llevar una vida desordenada para sufrir de algunas enfermedades. Un día sintió unos dolores en el pecho, mareos y fiebre, y lo hospitalizaron. A mí no me dejaban subir a la habitación. Estaba en un tercer piso y su cuarto tenía un pequeño balcón donde podía salir a tomar un poco de sol y respirar el aire fresco. En los horarios de visita, cuando mi mamá y mis hermanos mayores subían a visitarlo, yo me quedaba en el jardín mirando hacia arriba, esperando que se asomara para verlo. Desde arriba, con un pijama a rayas y por unos segundos que quedaron grabados en mi pecho como la eternidad misma, reía y me saludaba con la mano. Lo recuerdo como si fuera ayer. Las pijamas anchas, el viento agitándolas como banderas, su cabello revuelto, la sonrisa lejana… ¿Presentía lo poco que le quedaba de vida? A veces me lanzaba caramelos. Yo corría tras ellos como si todo se tratara de un juego. Para mí lo era. Luego se despedía con un beso al aire y al día siguiente se repetía la historia. Semana tras semana. Hasta que un día no salió más. Le pregunté a mi mamá qué pasaba, por qué papá no se había asomado al balcón. La evocación es difusa. No recuerdo su respuesta. Un velo espeso cubrió esa historia. Sin embargo, al final de un oscuro pasillo, oigo voces, murmullos, gente de negro abraza a mi mamá, se acercan a una gran caja, tocan el cristal, bendicen, las expresiones de sus caras me dan miedo… ¿Por qué todo aquello? Oí el gemido de los niños, rotos como nardos, vi la muerte callada como árboles talados, mientras los días pasaban bañando de lágrimas los rostros.
Hoy, después de muchos años, siento el dolor que creo no haber sentido entonces, como los aires que sangran por la espina de la rosa. Es así como me siento a veces, como el aire herido, como usted cuando escribe sus poemas porque, ¿cómo escribir algo que llegue tan hondo si en verdad no se siente? Sí, era apenas una niña. Y no recuerdo haber sufrido por su ausencia, no en aquella época, pero a medida que pasaban los años, sobre todo cuando veía a otras niñas de la mano de su papá, jugando, riendo o charlando en cualquier lugar, comencé a preguntarme por qué yo, por qué yo no podía disfrutar del mismo privilegio… Pero mamá se ocupó de todo. Tal vez por eso, los primeros años, no extrañé mucho la muerte de papá: ella llenaba los espacios con la sutil resignación de quien se sabe sola y con el coraje de quien ve las puertas cerradas y trata de pasar al otro lado aunque sea por el ojo de la cerradura o por la delgada hojilla de luz que queda en el suelo o por cualquier otro resquicio que implique una esperanza. Así que muy pronto me olvidé de ese señor amoroso y soñador que era mi padre, pero no del todo: una foto sobre un antiguo tocadiscos que ya no funciona se encargaría de recordármelo por el resto de mi vida, aun cuando esa foto ya no está allí, aun cuando ya mamá no la puede ver. Qué curioso, no recuerdo una foto de mamá en ningún lugar de la casa. Las pocas en las que aparece, nunca propuestas por ella, estaban en un viejo álbum de hojas negras sujetas por pequeños triángulos de cartón donde se insertaba la foto. Hay una donde se ve muy sonriente, con el pelo a un lado, recogido con la mano izquierda y el otro brazo sobre los hombros de papá, camisa de lino, mirada plena, expresión satisfecha, recostados a un Ford último modelo. Se veían tan hermosos… Más abajo, los once hijos, yo pequeñita, el cabello claro y ensortijado, con la cara llorosa, quizás porque papá no había querido tenerme en sus brazos o porque uno de mis hermanos se empeñaba en molestarme.
Pero más recientemente falleció mamá. He aquí la segunda espina, que dolió desde el primer momento y aún hiere entre días de resignación o de premeditado olvido. Un gran silencio se apoderó de mí. Todo vuelve a mí con el silencio en que se hunden las estrellas, elevando mi soledad en un profundo viento como árbol de estío… Vivió muchos años, es cierto, por un tiempo llegué a pensar que a ella no, a ella no le pasaría lo que a todos, ella siempre estaría entre nosotros, contando anécdotas y declamando los poemas de Vicente Gerbasi, de Andrés Eloy Blanco, de Ramos Sucre y los de tantos otros que colmaron sus horas. Pero ya ve, un mal día se levantó, se duchó, tomó su desayuno como siempre lo hacía y, en vez de sentarse a leer como todos los días, se acostó de nuevo… Sentí que mis puertas comenzaban a cerrarse al silencio de la noche, profundas en el luto de los árboles bajo los funerales estrellados. Fue una gran mujer. Me hubiera gustado que la conociese. Adoraba su poesía. Todavía era joven cuando papá murió y nunca más se casó. Fue madre y padre para mí; claro, no tenía otra opción, pero trató de hacerlo lo mejor posible, y de hecho lo hizo, no tengo quejas de ella, soportó con nobleza mis rebeldías y con indulgencia mis desmanes, que no fueron pocos. Si mi pulgar pudiese pasar los días como las páginas de un grueso libro, y se detuviera de pronto en una de ellas, la vería sentada en el sillón de la sala, de madrugada, el libro en el pecho, los lentes al filo de la nariz, esperando mi llegada; o la vería asomada a la puerta de mi cuarto, su mirada amable, “ya es hora de levantarte”; la vería exprimiendo naranjas, preparando el café o la avena de la mañana, regando las matas del balcón o rezando el rosario; o la vería leyendo con fruición y al pasar frente a su cuarto me diría: “lee este libro, lo leí muchas veces cuando era joven, es hermoso… O, ven, siéntate a mi lado, escucha este poema de Gerbasi”: He interrogado los aires que besan la sombra, he oído en el silencio tristes fuentes perdidas, y todo eleva mis sueños a músicas celestes. Voy con las primaveras que te visitan de noche, que dan vida a las flores en tus sombras azules y me revelan el vago sufrir de tus secretos. Tantas veces mamá me leyó sus poemas, querido Vicente, que ahora, que ya no está, siento que usted es mi único amigo, la única persona en quien puedo confiar, aunque, después de todo, nunca le envíe esta carta. ¿Me comunico con ella a través de sus poemas? Sí, ahora que me lo pregunto, sí, la veo entre nosotros: ríe y cierra los ojos como presa de una maravillosa musa que nos abraza y nos consuela, nos anima y nos pide fe. Así la veo o así la quiero ver. Debo confesarle que abrigo la esperanza de encontrarla de nuevo, de acariciar sus cabellos canos, de compartir sus lecturas hasta el fin de los tiempos. Mientras tanto lo tengo a usted, Vicente, poeta tenue y brillante, de la muerte y de la vida, de la risa y del llanto, de la soledad, poeta rebelde que no ha vendido su autenticidad a ningún postor, que ha escrito para sí lo que realmente sale de su alma.
Cuando ya creí reponerme de la partida de mamá, un nuevo evento ensombreció mi vida. Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Nunca tuve una relación muy estrecha con él, claro, él era el mayor y yo tan chiquitita, pero a medida que fui creciendo también fue creciendo el amor hacia mi hermano. Apenas se graduó de bachiller e ingresó a la universidad se fue de casa. Ya papá había muerto y yo me paseaba por la despreocupada etapa de la niñez, esa misma que usted tanto menciona en sus poemas y que, no tengo dudas, lo marcaron tanto como a mí. Te amo, infancia, te amo porque aún me guardas un césped con cabras, tardes con cielos de cometas y racimos de frutas en los pesados ramajes… Te amo, infancia, te amo porque eras pobre como un juguete campesino, porque traías los Reyes Magos por la ventana. Mi hermano se ausentaba por muchos meses, pero en Navidad solía venir de vacaciones y siempre me traía algún regalo. Cierra los ojos, me dijo una vez con su cara juguetona y las manos tras su espalda. Los cerré con fuerza, llena de emoción, y cuando me dijo que los abriera me encontré con una linda muñeca de largas trenzas doradas y ojos verdes. Cuando la vi en la tienda, dijo, pensé en ti: el mismo color de ojos ?y tocó mis ojos?, el mismo cabello largo y ensortijado ?y acarició mi pelo?, los mismos cachetes rosados y gordos ?y me pellizcó una mejilla?, la misma e insignificante naricita ?y me apretó la nariz varias veces mientras reía y yo abrazaba a la hermosa muñeca que en nada se parecía a mí, pero creía a rajatabla todo lo que mi hermano decía y el corazón me estallaba de contento cuando me comparaba con una princesa o con una simple muñeca. Nunca olvidaré su expresión cuando me pedía que cerrara los ojos —y ahora él, que se ha convertido en un inválido que ya no se vale por sí mismo, debe de recordar la mía— y yo con un ojito medio abierto trataba de hacerle trampas para enterarme antes de la sorpresa que me esperaba. Luego se fue a Israel a completar sus estudios y se casó con una venezolana que conoció mientras tomaba cerveza en una de las tantas terrazas que se colman de visitantes en los calurosos días de verano. Ir a Israel a enamorarse de una venezolana… Así son las cosas, diría un personaje que tal vez usted conozca. Quién sabe si en algún momento, cuando usted fue embajador en ese país, mi hermano estaba en el mismo restaurante donde usted solía comer, en la mesa contigua, hablando de amores con su novia mientras usted se inspiraba en la linda pareja que tomada de las manos se veía con miradas lánguidas y hacían planes para el futuro, quién sabe… Pensé que mi hermano se olvidaría de la familia, por el tiempo que estuve sin verlo, pero no, regresó a Venezuela y estuvo con nosotros hasta que se enfermó y el hombre inteligente, jocoso, apasionado por la vida, cuando se disponía a recoger los frutos de una carrera colmada de logros, ya no pudo hacerlo más, todo se acabó para él, sin esperarlo, como una lluvia sorpresiva… Reconozco tus muertos en la niebla, ronco abismo. Agua abajo, roca abajo, rumor abajo hacia la sombra dura, con memoria de espuma y de ramaje. Extraño al hombre que fue y atesoro el ejemplo que a todos nos dejó. A veces no entiendo a Dios, sobre todo cuando dispone de personas a las que aún les queda mucho que dar. Sé que usted piensa igual, sé que como a mí, la rabia, la impotencia a veces, hacen nido en su corazón y se revelan mediante sus poemas más dolorosos y nostálgicos, cantos a la tristeza que encuentran cobijo en almas como la mía. ¿Qué le espera ahora, querido amigo, aparte de sus poemas, a la menor de once hermanos?… Cuando era pequeña era un privilegio ser la menor, todos jugaban conmigo y le hacían caricias a la linda niña que les hacía reír. Y la linda niña llegó a pensar en la suerte que había tenido de ser la menor, consentida, merecedora de todas las atenciones… Pero ahora, cuando ya soy adulta, si los más viejos mueren antes que yo, como se supone que deba ocurrir, me aterra pensar que me tocará a mí despedirlos a todos. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde he de guiar mis pasos…? ¿Cómo ver las cosas con optimismo? Usted hace uso de la poesía, en ella deja sus lágrimas, su dolor y logra llevar una vida plena… Dígame, ¿dónde puedo yo depositar mis lágrimas, qué arte o afición me puede servir de pañuelo? Me parece escuchar lo que diría si alguna vez esta carta llegara a sus manos: “Resignación, querida amiga, tenga resignación, acepte lo que no pueda cambiar”. Lo sé, es la única salida, al menos la única salida racional, pero no es fácil resignarse a algunas cosas, al menos no para mí. Mamá siempre decía que me tomaba todo muy a pecho, que era muy sentimental y que eso me haría sufrir… Lo decía ella que hasta el último día lloró por papá. Oh, mi madre, mi amiga, mis hermanos de rostros doloridos bajo la lluvia interminable, casi árboles en la montaña de frío.
Día a día, me dijo una amiga cuando murió su esposo: esa es su forma de enfrentar la pena, viviendo, trabajando… Y en la noche, cuando llega a su casa cansada, toma la almohada de su marido, la abraza con fuerza y le da gracias por haberla ayudado a soportar otro día. ¿Mañana?, del mañana nos ocuparemos mañana ?dice con sus ojos brillantes y bondadosos, y continúa?, mis aspiraciones llegan hasta que cierro los ojos y me duermo y lo veo a él allí, en un lugar desconocido, sonriente y sereno, como si de verdad no tuviese nada de qué preocuparme. Buscaré una bella ciudad al amanecer, aún con luces en los parques, como una reminiscencia donde duermen las golondrinas. Tal vez deba tomar el consejo de mi amiga e intentar, cada vez que uno de los diez nos deje, si es que yo no me voy antes, imaginar que estarán ausentes por poco tiempo y que nos reencontraremos en ese lugar misterioso y desconocido con apariencia de lejanía que la gente suele recrear para no claudicar ante la vida.
No sé si lo he importunado con mis divagaciones, pero ahora siento que duele menos, ahora entiendo algo más acerca de lo que usted experimenta cuando escribe… Le estoy agradecida por ello. Desconozco los bosques de canela, pero en ellos veo el sol de la tarde temblar como una música, como un espejo del corazón para el que el tiempo ha reservado sus abejas.
Ya son casi las cinco de la mañana. Hace frío. He intentado darle una tregua a mis escrúpulos. Y la papelera, acostumbrado depósito de mis angustias, aguarda a que lo escrito se convierta en simple basura. Sin embargo, desde mi pequeño escritorio puedo ver las estrellas que aún brillan muy cerca del horizonte, y ya no se escucha el ladrar de los perros, a lo lejos. Quizás, a fin de cuentas, le haga llegar esta carta, Vicente, algún día, nunca será demasiado tarde… Se van los luceros con el andar frágil de celestiales aires.
Cariños, Estela.
*Los versos en cursivas son de Vicente Gerbasi
*El texto pertenece al libro Dos regalos de Heberto Gamero Contín
Editora: Carmen Cristina Wolf















