Lo bello y lo roto: Por qué el arte, a veces, ocurre en un escenario
Lo bello y lo roto: Por qué el arte, a veces, ocurre en un escenario
Por Raquel Markus – Finckler
Creí que iba a un concierto: Lo bello y lo roto. Beret en Caracas por primera vez. Y terminé entrando en un territorio que todavía no sé nombrar del todo.
Desde que lo escuché por primera vez quedé prendada de él. No solo de su voz, aunque la tiene, y de esas que no olvidas, cálida y algo raspada, capaz de susurrar y de llenar un anfiteatro sin perder intimidad, sino de su manera de decir. De esa forma tan suya de escribir desde algo roto, algo bello, algo muy dolido y vivido.
Beret es, antes que nada, un poeta. Un poeta con una voz que lo acompaña perfectamente: no llama la atención sobre sí misma, sino que se pone al servicio de lo que dice. Y como los grandes artistas, ha logrado sublimar el dolor de la vida, tomar aquello que podría quedarse en herida, en queja, en caída, y convertirlo en poesía, en belleza, en una forma de verdad compartida.
Siempre he admirado su manera de transmitir, su elegancia para romperse en público sin convertir la ruptura en espectáculo barato, y esa extraña generosidad de quien nos cura un poco el alma mostrando, con pudor y con valentía, las propias heridas.
La tarde del concierto empezó con un cielo imposible sobre Caracas. Rosa, azul, naranja, nubes. Como si alguien hubiese decidido escribir un prólogo solo para nosotras: mi hija y yo.
Fuimos con esa compostura elegante que ensayamos cuando queremos aparentar absoluta serenidad mientras por dentro somos una estampida. La verdad es que ambas gritábamos internamente. Esa mezcla de emoción adolescente y felicidad adulta, esa forma extraña en que ciertas canciones nos devuelven a todos los años que hemos sido, estaba ahí desde antes de que empezara la música.
Hubo selfies, risas, espera, miradas cómplices, esa electricidad previa de los conciertos cuando todavía no ha pasado nada, pero el cuerpo ya sabe que algo va a pasar. Y en algún punto entendí que aquello nunca fue solo un concierto: éramos ella y yo construyendo memoria. Esos recuerdos que años después no empiezan con una fecha sino con una frase: ¿te acuerdas cuando…? Porque hay fotos para Instagram y hay fotos para el alma. Una selfie no documenta una noche, documenta intimidad. Complicidad. Historia compartida. Una de esas pequeñas ceremonias familiares que no se anuncian como importantes, pero lo son.
Durante su presentación, Beret se mostró genuinamente sorprendido de que el público venezolano no solo lo conociera, sino que se supiera sus canciones, que las cantara con él, que respondiera con esa pasión, esa entrega, esa manera tan nuestra de abrazar lo que nos toca.
Contó que para llegar a tiempo no había tenido oportunidad de dormir en veinticuatro horas, que estaba agotado, pero que después de conocer al público caraqueño entendía que todo había valido la pena. Y creo que allí hubo un intercambio real, algo que no se puede fabricar desde la producción de un espectáculo: él nos cantó desde su cansancio y nosotros le respondimos desde una forma de afecto inmediato, de gratitud, de reconocimiento.
Cantó Ojalá y algo adentro me hizo clic. Porque hay canciones que no se escuchan: se reconocen. Van directo a una zona menos educada, menos defensiva, menos dispuesta a fingir que todo está bajo control.
Pero ese no fue el momento que me partió. Fue otro. Una canción que no conocía: Tata.
Antes de cantarla, Beret contó que la había escrito para su hermana, el mismo día en que murió. Dijo algo que preparó el silencio antes de la canción, algo sobre ella, sobre lo que había significado, sobre esa forma de presencia que no desaparece del todo cuando alguien se va. Y entonces empezó a cantar: “Tú ya eras un ángel antes de haberte ido”.
Hay versos que no están escritos para lucirse, sino para sobrevivir. Ese verso cayó sobre todos nosotros con una fuerza extraña, no como una frase bonita, sino como una verdad que alguien había logrado decir después de atravesar lo indecible.
De pronto el anfiteatro entero hizo algo profundamente humano: se sentó y escuchó. De verdad. Sin teléfonos levantados, sin ansiedad por grabarlo todo, sin ruido. Solo dolor. Solo amor. Solo verdad.
Así se reconoce a un artista de verdad: no cuando entretiene, no cuando ejecuta impecablemente un repertorio, sino cuando toma una herida imposible y la convierte en algo tan humano que miles de desconocidos terminan llorando en el mismo idioma.
Eso no es espectáculo. Eso es arte.
Y allí, sentada entre desconocidos quebrados por una historia ajena que de pronto se volvió un poco nuestra, entendí con una claridad brutal lo que quiero. No fama. No aplausos vacíos. No la idea de parecer artista. No la superficie brillante de una carrera. Quiero crear algo tan verdadero, tan necesario, que alguien se detenga. Que alguien escuche. Que alguien sienta: esto me tocó. Puede ser una persona. Pueden ser mil. No importa. El arte no se mide por volumen. Se mide por profundidad.
Luego vino el cierre. Beret cantó Lo siento a coro con todos los presentes. Miles de personas cantándole a alguien distinto, porque esa es otra de las cosas misteriosas que hacen las canciones: todos decimos las mismas palabras, pero cada quien se las entrega a su propio fantasma.
En su última canción, Beret se puso la bandera de Venezuela y el anfiteatro entero respondió como si el abrazo fuese mutuo. Dijo que era su primera vez en el país, pero que estaba seguro de que no sería la última. Y en ese momento, todos sentimos que esa promesa también nos pertenecía.
Llovió apenas al final, mientras salíamos. Lo justo. Una refrescadita necesaria. Como si Caracas hubiese querido firmar la noche sin arruinarla, solo dejando caer sobre nosotros una mínima bendición de agua.
Salí con catorce emociones sin procesar y una verdad nueva entre las manos. Fui a ver a Beret y terminé encontrando una versión más precisa de mí misma. Y quizá lo más hermoso fue salir de allí con cien pequeños momentos junto a mi hija, de esos que se quedan en el cuerpo, en la memoria, en las fotos que no son solo fotos, en las frases que algún día empezarán con ¿te acuerdas cuando…? y que ahora nos pertenecen a las dos para siempre.
Creí que solo iba a un concierto. Y terminé recordando para qué existe el arte.
Raquel Markus – Finckler
Periodista . Escritora . Poeta . Editora
@escritora.creativa
Comité editorial: Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros
Asesor técnico: Jorge Gómez Jiménez
Frankenstein: de monstruo gótico a criatura piadosa
Frankenstein: de monstruo gótico a criatura piadosa
Elizabeth Rojas Pernía
Las mayores dificultades del hombre empiezan cuando puede hacer lo que quiere
H. Huxley
I
El mito que crea Mary Shelley en su novela Frankenstein o el moderno Prometeo es uno original e innovador, aunque esté vinculado a otros mitos o historias, como, sin duda, el de Prometeo, incluido en su título, pero también con el Dr. Fausto, de Marlowe, que representa la monstruosidad del conocimiento, o con el Gólem, de la leyenda judía. Y también hay antecedentes en poemas épicos del s. XVII, como El paraíso perdido, de John Milton, donde Satanás interpela a su creador, «¿Te pedí, por ventura, Creador, que transformaras en hombre este barro del que vengo? ¿Te imploré alguna vez que me sacaras de la oscuridad?», frases que la autora inglesa incluye como epígrafe al inicio de su obra. Y la gestación de este clásico de la literatura universal, en 1816, ocurre en un contexto tan peculiar como lo será su trama. Ese año sin verano, debido a la violenta erupción del volcán Tambora, en Indonesia, que oscureció completamente los cielos de varios países, dejó atrapados en la Villa Diodati, en Suiza, a Mary Godwin (aún sin el apellido de casada), Percy Shelley y Claire Clairmont, en su visita a Lord Byron, quien estaba acompañado por el Dr. Polidori, su médico personal. Esos días y noches, que forzosamente transcurrían bajo techo, eran amenizados por la lectura de una colección alemana de cuentos de fantasmas, que inspiró al anfitrión a retar a sus amigos a escribir el mejor cuento de terror. Mary se tomó el reto tan en serio, que tuvo una horrible visión fantasmal que dio origen a su magistral relato gótico.
II
El Romanticismo, movimiento en el que se inscribe la obra de Mary Shelley, amplía los límites de la belleza hasta incluir la categoría de lo sublime ?rescatada del planteamiento original que hiciera el griego Longino?, que más allá de lo bello, como armónico, equilibrado y que evoca calma y placer, incorpora lo aterrador, lo inconmensurable, lo desmesurado, que simultáneamente produce placer y terror. La literatura gótica, derivación inglesa del Romanticismo, representa esa particular estética, que alcanza su máxima expresión con el Frankenstein de la jovencísima y culta Mary Wollstonecraft Godwin. Al nacer en hogar de Mary Wollstonecraft, considerada la primera feminista, autora de la Vindicación de los derechos de la mujer, y de William Godwin, filósofo político, escritor y precursor del pensamiento anarquista, creció rodeada de libros y presenció frecuentes debates filosóficos, políticos y científicos en la casa de su padre.
La transgresión de Víctor Frankenstein, científico brillante, de ambición desmedida, y moderno Prometeo ?que ya no es un semidios o un titán capaz de crear vida, sino un mortal que lo hace a partir de cadáveres?, es monstruosa, de acuerdo a la concepción de su autora literaria, pero más monstruosa aún es su incapacidad moral para hacerse cargo de su creación. Al rechazar, maltratar y desentenderse de la criatura, está mostrando que detrás de su genialidad, inteligencia y racionalidad, acecha su pequeñez afectiva. Así narra M. Shelley ese momento de creación:
«Fue en una noche gris de noviembre cuando vi culminar mi labor. Con una ansiedad que rozaba la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos de la vida para infundir una chispa de existencia en el ser inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia repiqueteaba lúgubremente contra los cristales, y mi vela estaba casi consumida, cuando, a la luz tenue de aquella penosa vela, vi abrirse el ojo amarillo y apagado de la criatura; respiraba con dificultad, y un movimiento convulsivo agitaba sus extremidades». «Lo había deseado con un ardor que superaba con creces la moderación; pero ahora que había terminado, la belleza del sueño se desvaneció, y un horror y una repugnancia indescriptibles llenaron mi corazón. Incapaz de soportar la apariencia del ser que había creado, salí corriendo de la habitación…»
III
Prometeo, ser mitológico con el que Shelley asocia su protagonista, ha sido una figura a la que continuamente se ha apelado, tanto en el arte como en la filosofía. Ha sido asociado con el arquetipo del héroe rebelde, que desobedece a Zeus para favorecer a la raza humana, y simultáneamente con el transgresor del orden olímpico. Sin embargo, para que una actitud heroica pueda ser considerada prometeica debe poseer, además de fuerza y astucia, compasión: fue esa cualidad, junto a la indocilidad, lo que condujo a Prometeo a robar el fuego divino, para otorgárselo a los seres humanos y promover así el conocimiento, el progreso y la civilización. La consecuencia de transgredir las restricciones impuestas para beneficiar a la raza humana fue su sufrimiento incesante.
Si no toda fuerza, transgresión o rebeldía son prometeicas, pues requieren de la inclinación inicial a proteger y actuar con calidez y cercanía hacia los protegidos, Víctor Frankenstein no sería propiamente prometeico a pesar de poseer algunos de sus rasgos característicos, porque carece de la filantropía del Prometeo original. La creación de vida, razón que anima su primera transgresión, solo está motivada por la soberbia de creerse apto de vencer a la muerte misma. Si sería, en cambio, titánico, esto es, desbordado.
IV
El 7 de noviembre de 2025, a los 207 años de haber sido publicada por primera vez la novela, Guillermo del Toro estrenó la última versión cinematográfica de esta obra, que posee más de 60 adaptaciones a la fecha, y en su elenco incluye al nada grotesco Jacob Elordi, a cargo de la criatura. En el culmen de su carrera, vemos al mexicano permitirse varias transgresiones, que son más que licencias creativas. El padre de Víctor aquí es aberrante, en contraste con el padre original que se muestra amoroso, atento e interesado en guiar a su hijo, de inteligencia y curiosidad intelectual enormes. Del Toro convierte al padre de su Víctor en uno que, a fuerza de frialdad afectiva y de maltratos, termina forjando un pequeño monstruo, quien más tarde replicará la misma crueldad al relacionarse, e intentar educar, al ser al que da vida en su laboratorio. Otra importante transgresión es que la criatura fílmica del Del Toro luce más cercana a lo bello que a lo sublime. Elordi sigue siendo guapo debajo de todas las prótesis y de todo el maquillaje; como criatura posee un cuerpo esbelto, bien formado, una estatura imponente, pero no descomunal, y sus costuras-cicatrices, indefensión inicial, movimientos erráticos y vulnerabilidad aparente, ejercen una atracción irresistible en Elizabeth, quien prefiere un instante a su lado ?así sea el último de vida? que una vida entera casada con William, su apolíneo prometido. Solo a un ser con estas características, menos monstruosas, puede este director mexicano convertir en alguien capaz de mudar la sed de venganza en perdón y el deseo de matar en reconciliación, pero, además, volverlo el hijo de un padre que nunca lo fue.
Mas allá de todo el mérito que el acto de perdonar pueda tener en la vida humana, si se eliminan, o ignoran, los elementos titánicos, se corre el peligro de mirar ingenuamente nuestra psique -o la de otros-, en cuya misteriosa profundidad y complejidad, pueden anidar aspectos irredimibles. La obra de Shelley, que sí mantiene la monstruosidad intacta ?la de Víctor al jugar a ser Dios, crear vida y vencer la muerte, y la de la criatura, al usar su atroz fuerza física y su locuacidad como armas principales para imponerse?, está manteniendo la lupa en el peligro, en lo amenazante, en lo que una vez desatado, no cesa en su destrucción: los aspectos titánicos, que son incapaces de experimentar el perdón y la dulce reconciliación. Es la razón, ni más ni menos, que, según el mito originario, condujo a Zeus a desterrar al Erebo a dichas fuerzas, donde deben permanecer a buen resguardo pues no fueron aniquiladas, solo vencidas. Guillermo Del Toro, al hacer un guion piadoso, cubre la historia con una dulzura que la aleja tanto de la novela que le sirvió de inspiración, que termina siendo casi otra obra, no solo otro lenguaje. Las preguntas existenciales, morales, que plantea la autora inglesa no son protagonistas aquí. Su tercera transgresión, al volver a la criatura invencible e inmortal, la convierte en una suerte de ser quimérico: es titánico y, a la vez, puede conmoverse hasta las lágrimas y estampar un beso en la frente de su arrogante padre -como es forzado a ser en esta versión-, mientras lo absuelve completamente, y ambos se declaran amor, en una escena que recuerda demasiado el largo linaje de telenovelas mexicanas que el director lleva a cuestas como herencia. También es explícita la enorme influencia de su educación católica: apenas creada, la criatura es elevada por el Dr. Víctor Frankenstein sobre un soporte a manera de cruz, con los brazos extendidos y el cuerpo semidesnudo, y está a punto de recibir la chispa que le insuflará vida, como a un Cristo a punto de iniciar, no de terminar, su camino de sufrimiento. El desenlace de esta novísima trama será, pues, la resolución del conflicto entre criatura y creador mediante el perdón, lo cual permite que Víctor muera en paz y la criatura viva eternamente, sin estar poseído por la sed de venganza. ¡Redención alcanzando las cumbres del melodrama!
La criatura de Del Toro parece traslucir más una necesidad profundamente personal del director, que algo que esté en la propuesta de Shelley, y que más bien la traiciona. El niño que fue, y que aún anida dentro de Guillermo del Toro, que se sentía al mismo tiempo un freak y un devoto católico, con la realización de su Frankenstein da rienda suelta (con una cinematografía deslumbrante, hay que decirlo) a su urgencia infantil de reconciliación cristiana entre un padre y un hijo. Es conocido el profundo rechazo que la temprana afición de Guillermo del Toro por el cine y por los monstruos produjo en su padre, quien calificaba sus inclinaciones artísticas de “capricho inútil”. El distanciamiento fue inevitable durante años.
V
Si hablamos de monstruos, hablamos del latín monstrum ?advertencia divina?, y de monstrare – mostrar para referirse a lo que se muestra diferente, deforme y que presagia una desgracia. Víctor Frankenstein escoge las partes más bellas de distintos cadáveres, las une y produce algo terrible. La autora misma llama a su personaje engendro, ser demoníaco. En la edición de 1831, escribe: «Y ahora, de nuevo, envío a mi espantosa progenie a que avance y prospere». El mérito enorme y atemporal de la novela de Shelley es revelar lo monstruoso que se manifiesta de diferentes maneras: soberbia, violencia, venganza, crueldad o ambición extrema. Y hay que insistir en la doble monstruosidad que concibió la autora inglesa. Es literal en la criatura, y es de carácter en Víctor. Es preciso detenerse en las enormes implicaciones que tuvo la intuición inicial de Mary, alimentadas por su vasta cultura literaria y filosófica. Al condenar la actitud encarnada por el brillante e indetenible Dr. Frankenstein, está señalando los peligros que ya asechaban a la Inglaterra de la Revolución Industrial. El triunfo desmedido de la razón, del progreso científico y tecnológico sin consideración por las consecuencias éticas, encarnado en Víctor, así como la crítica al poder patriarcal (un niño que pierde tempranamente a su madre y que de adulto se propone crear él solo, sin la participación femenina, a otro ser). Al mismo tiempo, Shelley muestra en su obra el surgimiento de la clase trabajadora explotada y desdeñada por los poderosos, representada por la criatura anónima y abandonada por su creador.
Cuando Frankenstein juega a ser dios apunta al ámbito que está más allá de la tierra. Su desconocimiento de lo sagrado vuelve su acción monstruosa, imperdonable, aunque Del Toro necesitó imperiosamente que su Víctor lo recibiera de su criatura. Esa suprema transgresión le negó su tercer Premio Óscar, a mejor película, quizás el más deseado.
Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía (UCAB), con estudios de posgrado en
Alemania (Universidad Alberto Magno); Psicoterapeuta de orientación junguiana; Coach Ontológico certificado; Master en Crítica Cinematográfica; Diplomado en Literatura del Mundo; Autora del libro “Viaje al centro de la Resiliencia” y de relatos de microficción.
Articulista en Papel Literario de El Nacional; Prodavinci; La Gran Aldea; El Espectador, Círculo de Escritores de Venezuela.
Comité editorial: Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros y Ernesto Marrero Ramírez
EL ROMANTICISMO EN LA CONDESA Y EL ORGANISTA.
Comité editorial:
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EN EL 71.º ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ANDRÉS ELOY BLANCO
´MADRE, MAMÁ…
“El sueño del tiempo”: la poesía venezolana actual en edición digital de libre acceso acceso
“El sueño del tiempo”: la poesía venezolana actual se lanza en edición digital de libre acceso
MOCA, PUERTO RICO / VALENCIA, VENEZUELA – Bajo el sello de la Editorial Letras Salvajes, se anuncia el lanzamiento oficial de la antología “El sueño del tiempo: Poesía
venezolana actual (Volumen II)”. Esta obra, editada por los escritores y académicos
Alberto Martínez-Márquez (Puerto Rico) y Mirih Berbin (Venezuela), reúne el trabajo de
31 voces fundamentales que definen el panorama lírico contemporáneo del país
sudamericano.
Tras el éxito del primer volumen, esta segunda entrega profundiza en la «fuerza
volcánica» de la palabra escrita en Venezuela, presentando una polifonía de autores que
habitan tanto el territorio nacional como la diáspora. La selección no solo destaca la
producción actual, sino que establece un diálogo necesario con las raíces de la poesía
venezolana, rindiendo homenaje a figuras tutelares como Rafael Cadenas, Ana Enriqueta
Terán, Reynaldo Pérez So, Vicente Gerbasi y Víctor “El Chino” Valera Mora.
Una apuesta por la democratización de la cultura.
Fiel a la filosofía de la Editorial Letras Salvajes, el libro se publica bajo el concepto de
“izquierdos no-reservados”. Esta premisa busca que la obra circule sin trabas burocráticas
ni comerciales, permitiendo su reproducción y distribución gratuita para que la poesía
alcance todos los rincones posibles.
Esta antología ha tenido la intención de recoger voces de todas las regiones del país…
permitiendo que se amplíe el panorama de la propuesta literaria en Venezuela desde la
forma más libre y compleja de escritura: la poesía”, expresa Mirih Berbin en el prólogo
de la edición. Incluye poemas de los siguientes autores venezolanos: Antonio Robles, Carlos Alberto Aguilar, Carmen Rojas Larrazábal, Carmen Cristina Wolf, César Seco, Ennio Tucci, Ernesto Marrero Ramírez, Yoyiana Ahumada, Glendys Pacheco, J. Gregorio Maita. Isaura Duarte, Jessica Álvarez, José A. Rosales, José Linares, José Gregorio Vilchez, Juan Lebrun, Leonardo Alezones, Lilia Ferrer Morillo, Liwin Acosta, Miki Poche, Miriam Rodríguez, Niddy Calderón, Nidia Portocarrero, Pedro Varguillas, Roger Herrera Rivas, Stefano Carcone, Vanessa Márquez, Venus Azuaje, Wefi Salih, Yurimia Boscán.
Disponibilidad y acceso
Para garantizar su preservación y fácil consumo, “El sueño del tiempo (Vol. II)” ha sido alojado en tres de las plataformas digitales más importantes de gestión documental y lectura interactiva, donde puede ser consultado de forma gratuita:
Internet Archive (Descarga y archivo): http://archive.org/details/el_sueno_del_tiempo2
Calameo (Lectura fluida): http://calameo.com/read/005996314a9315c405ea0
FlipHTML5 (Formato interactivo): http://fliphtml5.com/gjtsj/el_sueno_del_tiempo2/
Sobre los editores
Alberto Martínez-Márquez es un reconocido poeta, crítico y profesor universitario
puertorriqueño, director del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto
Rico en Aguadilla y editor de la revista Letras Salvajes.
Mirih Berbin es una destacada gestora cultural, editora, poeta, escritora y docente
universitaria venezolana, cuya labor ha sido fundamental para el puente literario entre
ambas naciones.
Contacto de prensa
Editorial Letras Salvajes
revistaletrassalvajes@gmail.com
Consejo editorial:
Carmen Cristina Wolf, Farah Cisneros, Ernesto Marrero
Asesoría Técnica: Jorge Gómez Jiménez. Letralia
23 DE ABRIL: DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA ESPAÑOL
«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo
«¡Diles que no me maten!»: El Rulfo que el cine venezolano hizo suyo
Por Edinson Martínez
En 1951, Juan Rulfo publicó el cuento que lleva el mismo título de este texto; aquella fue la primera vez que el manuscrito trasponía la puerta de la reservada intimidad de su residencia en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Entonces, el trabajo del futuro renombrado escritor fue leído con inusitado interés por los leales seguidores de la revista América, donde era colaborador editorial y publicaba las fotografías que tomaba por todo el país, en paralelo con su profesión de agente de ventas.
Aquel desconocido, para esa época, no se dedicaba con exclusividad a la literatura, pues ocupaba su tiempo viajando por la geografía mexicana como representante de la marca de neumáticos Goodrich-Euzkadi. Alternaba esta ocupación con la fotografía, oficio que desempeñaba con verdadera pasión, como suele ocurrir con quienes son animados por fuerzas inmateriales que los impulsan a buscar, en el mundo que les rodea, la esencia invisible de las cosas al ojo común.
Este ejercicio de auscultar el entorno social y paisajístico le permitió asomar su mirada al México rural, colmado de sus ancestrales soledades y atrasos, para que, con su aguzada observación, consiguiera retratar fielmente la agreste panorámica de una nación de extravagantes contrastes. ¡Diles que no me maten! fue incluido posteriormente en el celebrado libro de relatos El llano en llamas, publicado en 1953 por el Fondo de Cultura Económica; obra que, junto a Pedro páramo, logró convertirse en la importante referencia literaria que todavía representa. El ejemplar que ahora mismo tengo en mis manos agrupa ambas publicaciones en una edición que pertenece a la editorial Oveja Negra (1984); ha permanecido conmigo por varias décadas junto a otros libros de formato similar: una versión de tamaño media carta, sin mayores pretensiones en su cubierta, como si quisiera con ello pasar desapercibida a la mirada curiosa del lector.
El caso es que no habría reparado en El llano en llamas nuevamente, si no fuera por el hecho de descubrir —tardíamente, lo reconozco—, la adaptación cinematográfica realizada en 1984 —casualmente la misma fecha del libro ya amarillento que ahora mismo examino— del relato ¡Diles que no me maten! producida por un venezolano de origen merideño con el auspicio de la Universidad de Los Andes. Se trata de una realización fílmica a cargo del cineasta Freddy Siso con un elenco de figuras destacadas del cine venezolano. Siso formaba parte del movimiento del Nuevo Cine Venezolano y el Tercer Cine.
En los registros oficiales de la película, en los respectivos créditos, destaca una leyenda indicando expresamente que está basada en la obra de Juan Rulfo. Aparte, Freddy Siso figura junto a Bernardo Cequera en la escritura del guion; la música, a cargo de Pablo Manavello, y todo lo concerniente a la producción, remiten a un logro estrictamente venezolano.
Tuve la oportunidad de ver la obra en un enlace de YouTube hace unos meses. Quedé gratamente impresionado por su calidad, por lo que, desde entonces, sentí la curiosidad por indagar sobre la pieza propiamente dicha, la iniciativa cinematográfica y los involucrados en ambas creaciones: el escritor del relato y el cineasta venezolano.
La vida de Juan Rulfo
Antes del reconocimiento literario del autor, su historia de vida estuvo marcada por el infortunio: una infancia de orfandad trágica que empalma con el contexto político y social del país. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, Jalisco, a siete años de iniciada la Revolución Mexicana —el proceso sociopolítico más complejo que ha vivido esta nación después de la conquista española—; nace justo en el momento en que formalmente se daba por terminado este ciclo con la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No obstante, la confrontación armada continuó, según explican diversas fuentes para quienes este atribulado periodo culminó, en realidad, en 1920. Por eso señalamos que Juan Rulfo abrió sus ojos al mundo en medio de una cismática conflictividad social que, incluso, llegó a extenderse hasta el fin del gobierno de Lázaro Cárdenas en 1940.
Cuando tenía seis años, su padre fue asesinado en una revuelta y su madre murió cuatro años más tarde. Fue enviado a un internado —una suerte de reclusión para huérfanos y desamparados que él mismo describió como una cárcel—. Allí comenzó su hábito de observar el mundo desde el silencio y una amarga soledad que siempre acompañaría su perspectiva narrativa.
Como antes hemos anotado, Juan Rulfo tuvo que ganarse la vida en varios oficios, todos ellos muy alejados del ámbito literario propiamente dicho, salvo el de fotógrafo; porque, si se quiere, captar imágenes cuando se hace con propósito artístico, en cierto modo, emparenta el oficio con la intención de querer mostrar una materialidad que es invisible o impasible al observador común. Por eso apuntamos el caso del desempeño del escritor en la fotografía, porque, en efecto, su pasión por esta la ejercía con perspicaz mirada, intentando atrapar el aliento de una cotidianidad arrinconada en la esperpéntica realidad mexicana de su tiempo. A propósito de la cual André Breton expresó en 1938 su célebre aseveración: “México es el país más surrealista del mundo”, afirmación que, dicha en compañía de Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, era en sí misma una prueba viviente de la naturaleza disruptiva del tiempo que les rodeaba.
Así pues, Juan Rulfo tuvo entre sus haberes ocupacionales la condición de agente de inmigración, revisando barcos y persiguiendo polizontes. En otro momento fue vendedor de cauchos o llantas —como se acostumbra decir en México y otros países—, trabajo que le permitió recorrer los polvorientos caminos del México rural, conociendo de primera mano a los protagonistas de la miseria y a pueblos enteros con sus menesterosas rutinas. Se cuenta que de sus recorridos le quedó el lenguaje, las maneras particulares de expresarse de las personas y el paisaje que luego sería el telón de fondo de El llano en llamas.
¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizás se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Rulfo, J. (1984). Nos han dado la tierra. En El llano en llamas (p. 113). Editorial Oveja Negra.
Mientras trabajaba como funcionario estatal o bien como agente de ventas, leía de forma obsesiva; se dice que tenía una biblioteca solariega y bastante completa. En aquel tiempo escribía para sí mismo, sin imaginar la notoriedad que le esperaba al decidirse a publicar sus relatos. De hecho, se comenta que tiró a la basura una primera novela titulada El hijo del desaliento porque le pareció demasiado retórica y plagada de adjetivos. De Juan Rulfo podría decirse —aplicando con ajustada propiedad la expresión de Polonio en Hamlet— que “la brevedad es el ingenio del alma”, pues la producción literaria en la que se fundamenta su cosmos legendario remite únicamente al libro de cuentos El llano en llamas y a la novela a la que Joaquín Sabina alude en su canción “Peces de ciudad”. En ella, Sabina hace una referencia directa al contexto literario de Pedro Páramo como una suerte de metáfora en la que desmitifica la nostalgia y el regreso al pasado con esa impronta irónica tan propia del cantautor:
…Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar
al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios que sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios de los peces de ciudad
que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo
Que no merecen nadar
El Dorado era un champú
La virtud, unos brazos en cruz
El pecado, una página web
En Comala comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver…
Sabina, J. (2002). “Peces de ciudad” [Canción]. En Dímelo en la calle. Sony Music.
Antes de que existiera el boom latinoamericano, Rulfo (1951) ya había derribado en su narrativa la frontera entre la vida y la muerte. En sus historias, los fantasmas caminan junto a los vivos —no como un truco de terror o artificio narrativo, sino como una realidad cotidiana del campo mexicano—; algo que, en cierto modo, también ocurre en muchos de nuestros países. Basta recorrer algunos de los caminos desolados de nuestra geografía nacional para encontrar, por ejemplo, al recodo de esas largas carreteras que conectan los llanos venezolanos, algún santuario con imágenes acompañadas de velas encendidas, flores, ofrendas y toda clase de abalorios que manifiestan una devoción —a prueba de todo razonamiento secular— a las ánimas que habitan en el universo pactado con fe ciega por los lugareños.
«¡Diles que no me maten!»: Un Llano en llamas venezolano
Ahora bien, ustedes se preguntarán por qué he dedicado estas notas a un autor sobre el cual tanto se ha escrito, cuando casi todo se ha contado sobre él. Y no es que no se deba, de vez en cuando, investigar y escribir sobre autores tan célebres —¡válgame Dios!, claro que sí. Por lo que no hay ninguna duda sobre ello—. La respuesta a esta probable interrogante es muy sencilla: más allá del placer de revisitar a un autor de culto, he querido rescatar del olvido una pieza fundamental de nuestra cinematografía. Me refiero a la producción fílmica venezolana que antes he citado: ese “Llano en llamas venezolano” que Freddy Siso realizó en 1984 y que hoy casi nadie recuerda; entre otras razones, porque muy pocos han tenido el privilegio de verla.
El caso es que, al ver la película, se percibe que —aunque narra una historia distinta— guarda una absoluta fidelidad a la estructura narrativa del trabajo de Juan Rulfo. Así, el personaje principal de la trama, Juvencio Nava —al igual que en el relato—, es interpretado por el actor venezolano Asdrúbal Meléndez. En el reparto, la actriz Flor Núñez representa a la mujer de Juvencio con el nombre de Luvina; detalle que me llamó la atención porque, con ese nombre, en la obra El llano en llamas, el autor incluye un cuento con dicho título. Se trató, a mi modo de ver, de una licencia de guionista que se tomó Freddy Siso para su trabajo fílmico, como para que no quedaran dudas sobre la relación de su producción con la obra rulfiana.
En la película —y no entrego más detalles para que se decidan a verla y a la vez, si no han leído la obra del autor mexicano, pues, igualmente pueden leerla; es un buen momento para hacerlo porque es una verdadera joya narrativa—, el personaje principal, tras vivir 35 años huyendo por el asesinato de su compadre, finalmente es capturado y fusilado por instrucciones del hijo de la víctima. Dicho así, la inclinación natural de quien lee esta breve descripción sería conmoverse por el malogrado compadre; pero, en realidad, la vida suele ser mucho más compleja que una afirmación o juicio de veintitrés palabras. Por lo general está cruzada por una cartografía de sombras e injusticias que prohíja un destino determinado, como es el caso de Juvencio y su compadre: un círculo de hierro que les invito a descubrir en ambas obras.
El filme, de una hora y treinta y cinco minutos, obtuvo el Gran Premio Simón Bolívar en el Festival de Cine de Mérida en 1984, consolidando a Freddy Siso como un destacado realizador al capturar en ¡Diles que no me maten! la atmósfera de angustia; la de una culpa erosionando el alma por el miedo, junto al paisaje fantasmagórico que describe en sus textos, como su sello personal, el autor de todo este cosmos narrativo.
Así que no dejen de ver y leer la obra; tomen su tiempo para ello, porque hay placeres que no admiten prisa.
Muchas gracias a Edinson Martínez por enviarnos este artículo. Es verdaderamente magnífico. Ha sido publicado en otros portales.
Edinson Martínez. Escritor, economista, editor y radiodifusor. Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Es autor de la novela Vidas paralelas (2014) y es articulista de conocidos diarios. Recientemente publicó el libro de ensayos El peso de las palabras.
Editora de la web: Carmen Cristina Wolf
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La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos
La fe… aunque nos deje con la lengua en pedazos
Por Raquel Markus-Finckler
La fe es un territorio íntimo, pero también una experiencia compartida. Un lugar donde la razón, muchas veces, tiene que aprender a callar… aunque, curiosamente, algunos razonamientos también puedan conducirnos hasta ella.
Salí de ver La lengua en pedazos, la obra de Juan Mayorga inspirada en El libro de la vida de Teresa de Ávila… y algo en mí no volvió al mismo lugar.
Teresa no explicaba la fe. Escribía desde dentro de ella. Desde la duda, desde el quiebre, desde una experiencia de Dios que no siempre consolaba… pero que nunca la dejaba intacta. Fue cuestionada, vigilada, incluso juzgada, porque hablar de lo invisible con tanta certeza siempre incomoda a quienes necesitan pruebas.
La obra no me hizo llorar. Hizo algo aún más extraño: me hizo temblar. Era un estremecimiento que no pasaba por la mente, porque la mente no entendía nada… pero el alma sí. El alma entendía y sentía.
Traté de comprender el porqué de “eso”. De ponerle nombre. De domesticarlo. Pero no encontré una respuesta… encontré una intuición: que ese tipo de fe no llega como certeza, sino como una inquietud que no se deja resolver. Una pregunta viva. Una grieta. Algo que no viene a calmar, sino a abrir.
Algo en esos diálogos le hablaba directamente a mi alma, como si le recordaran una verdad que no sabe explicar, pero reconoce. Y en ese reconocimiento también había una advertencia: que esa fe —cuando es absoluta, cuando es radical— será muchas veces señalada como locura. Como delirio. Como algo que hay que corregir. Porque lo racional no logra descifrarla, ni entenderla, ni justificarla.
Soy judía. Mi espiritualidad es judía. Y, sin embargo, en ningún momento sentí contradicción. Porque, en el fondo, hablamos del mismo misterio: un Dios intangible, invisible, incomprensible, inabarcable. Un Dios que no se prueba… se intuye. Que no se toca… pero se siente.
Creemos así: a lo ciego, a lo sordo, a lo que solo puede rozarse con el alma. Y aun así… ahí apostamos todo.
Y cuando intentamos explicarlo, cuando queremos traducir esa experiencia para quien no la ha vivido, terminamos —como dice el título de la obra— con la lengua en pedazos.
¿Cuántas veces me he aferrado a la fe como última tabla de salvación, cuando nada alrededor tenía sentido… y tampoco lo tenía seguir aferrada? Y sin embargo, ahí está: etérea, transparente, intangible. Ausente cuando más la buscamos, avasallante cuando más la necesitamos… incluso cuando no la queremos.
Algo que Teresa de Ávila escribió en el siglo XVI sigue teniendo sentido en pleno siglo XXI. ¿Cómo es posible que una mujer que enfrentó la duda, la precariedad, la pobreza y el estigma pueda hablarnos de la fe con palabras que todavía nos hacen temblar?
¿Cómo puede enseñarle algo a una generación que parece tener más fe en la tecnología que en sí misma?
¿Hay todavía espacio para el espíritu en una sociedad que ha decidido pesar todo lo invisible?
Tal vez… las respuestas no estén en los lugares donde solemos buscarlas.
A veces no entendemos por qué algo nos estremece… pero aun así, vale la pena ir a sentirlo.
La dirección de Carolina Rincón y Jeizer Ruíz, la puesta en escena —precisa, contenida y profundamente simbólica— y las actuaciones de Wilfredo Cisneros y Grecia Augusta Rodríguez nos impactaron con una capacidad de expresión e interpretación fuera de lo normal… como si no actuaran, sino que atravesaran algo frente a nosotros, y fueron fundamentales para este viaje interior.
Gracias a mi querida amiga Gisela Cappellin, productora ejecutiva de esta obra, por invitarme a presenciar algo que no se explica… pero que, sin duda, se siente.
—
Editora de la web: Carmen Cristina Wolf
MARIANA LIBERTAD: SELECCIÓN DE POEMAS
Mariana Libertad. Caracas (1974) Académica, ensayista y poeta. Es autora de Oscura Bisagra (2017), Adherencias. Tratado sobre la mujeritud (2020), La naturaleza química de las emanaciones (2020) y El libro de los destinos (2021).
Los poemas contenidos en Solicitud de arraigo atraviesan diversas tradiciones para dar paso a la memoria familiar. Artemis, Hécate, Perséfone o Aracne aparecen entre los pasos de frontera, los autobuses que viajan de madrugada y el latido de una nueva vida.
En este libro, Mariana Libertad examina el viaje humano desde la vulnerabilidad del
cuerpo y la conciencia histórica que atraviesa cada desplazamiento. En esa travesía también
surge la figura de la hija migrante, portadora de una herencia que mezcla lenguas y esperanzas. El resultado es un poemario que acompaña al lector hacia una pregunta
esencial: ¿Qué significa habitar la tierra cuando el origen se vuelve itinerante?
Aquí nos tropezamos con la convicción de que cada palabra puede sembrar hogar.
Ángela dos Passos
La duda
¿Cuánto tiempo nos tomará entender
el idioma de la risa,
y la cortesía de los que llegan
con las uñas colmadas de otras tierras?
Solicitud de arraigo
Mientras bebo el salitre
y escucho los reclamos de la arena,
la radiación cerúlea me clausura los ojos.
A tientas, persigo el espejismo,
creamos un oasis,
sellamos la muralla,
sin aplomo y con sed
me desvanezco.
Es muy arduo quererte, vida nueva.
Apuntes sobre la cotidianidad
Me arrebatan el suelo cuando acaban las horas inclinadas del día.
Sostengo nuestra noche con hombros fatigados,
me quedo suspendida en un tiempo sin costas ni asideros,
me inclino en el sofá y nombro lo que queda cuando el mundanal ruido se ha callado.
Me cuesta comprender cuál de nosotras escala la montaña por designio de Zeus.
¿Acaso soy la piedra que rueda cumbre abajo?, ¿o la cima sardónica que nos ve regresar?
Ven conmigo,
revisemos las grietas que dejó la jornada,
y hagamos que subir nos duela menos, antes de que comience un nuevo día.
Editora: Carmen Cristina Wolf
HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN
HAY PALABRAS QUE NO SE DICEN: SE SIEMBRAN
Por Hebe Munoz
Hay palabras que no se dicen: se siembran.
Yo lo he sentido muchas veces. La palabra, cuando nace de un temblor verdadero, no cae en el aire como polvo inútil: se hunde en la tierra invisible del otro. Allí, en la oscuridad fértil del lector, comienza su trabajo secreto. Germina sin ruido. Echa raíz en lo hondo. Y un día —cuando menos lo esperamos— florece.
Siempre he pensado en la poesía como en una semilla diminuta que contiene un bosque entero. En su pequeñez late una arquitectura futura: troncos, sombras, pájaros, frutos. El poema es apenas un puñado de sílabas; su fruto, en cambio, puede ser una conciencia despierta.
Cuando leo a Miguel de Unamuno y escucho su clamor —“¡Que inventen ellos!”— o aquel latido suyo tan desnudo: “Me duele España”, siento que la palabra no es ornamento, sino raíz que se hunde en la historia. En él la lengua no es un jardín decorativo: es un campo de batalla espiritual. Su verso, sobrio y ardiente, me recuerda que escribir es un acto de responsabilidad, casi de fe. La palabra sembrada puede doler, pero también puede salvar.
También la poesía abre grietas de luz como en Octavio Paz, cuando sus imágenes se despliegan con esa lógica del sueño que no es irracional sino más honda que la vigilia. “Un sauce de cristal, un chopo de agua…” escribe, y de pronto el lenguaje se vuelve savia transparente. El surrealismo, en sus manos, no es evasión sino exploración de las raíces invisibles del ser. La palabra germina en territorios donde el lector no sabía que había tierra.
Yo creo que todo poema verdadero es una invitación a crecer.
La semilla necesita oscuridad y silencio. También el lector. Y el poeta. Hay un recogimiento previo al brote, una humildad necesaria. Pienso en Emily Dickinson y en su susurro luminoso: “Hope is the thing with feathers”. La esperanza —esa criatura alada— anida en el alma y canta sin palabras. Así también la poesía: a veces parece pequeña, casi invisible, pero su canto persiste incluso en el invierno.
La palabra que se siembra con autenticidad tiene vocación de fruto. Y el fruto no es el aplauso. Es el cambio.
He visto cómo un verso puede alterar una decisión, abrir una compasión, incendiar una rebeldía serena. La poesía no transforma el mundo con estruendo; lo hace con raíces. Trabaja por debajo de las noticias, de las consignas, de la prisa. Es un crecimiento lento. Orgánico.
Pero también el poeta es semilla.
No escribimos desde la superioridad, sino desde la vulnerabilidad. Somos granos arrojados al surco de nuestra generación. Nuestra tarea no es imponer sombra, sino ofrecerla cuando el árbol crezca. Cuidar la palabra es cuidar la tierra común. El idioma no nos pertenece: lo hemos recibido como herencia y debemos entregarlo fecundo.
En este sentido, recuerdo la voz maternal y firme de Gabriela Mistral: “Piececitos de niño, azulosos de frío…”. En esos versos hay ternura, pero también denuncia; hay belleza, pero también responsabilidad. La palabra abraza y despierta. La poesía se vuelve pan compartido.
Sembrar implica confianza. No vemos el fruto inmediato. No sabemos en qué corazón caerá la sílaba. Sin embargo, escribimos. Y al escribir, aceptamos una ética: no degradar la lengua, no empobrecerla con descuido, no usarla como arma de humo. La palabra es semilla viva; si la descuidamos, la esterilizamos.
Yo deseo que cada poema sea una invitación a sembrar en uno mismo. Que quien lo lea se pregunte: ¿qué palabra habita en mí sin haber germinado aún? ¿Qué bosque posible llevo bajo la piel?
La poesía no es un lujo: es un acto de cultivo interior. Nos recuerda que somos tierra fértil, incluso cuando nos creemos áridos. Que en lo más hondo hay humedad esperando.
Sembrar palabras es un gesto de esperanza activa. No basta con contemplar la flor: hay que plantar. No basta con admirar el fruto: hay que compartirlo. El poeta siembra; el lector riega; el tiempo hace su obra silenciosa.
Y así, de semilla en semilla, el lenguaje florece.
Y al florecer, nos transforma.
LA VIDA QUE SOMOS
Siete semillas
I
AGUA
Huele a tierra mojada
después de la lluvia
tu cuerpo de hoja verde
tu flor de granada
en la boca
La humedad evaporada
de los poros de tu piel
es la victoria sobre el cansancio
destilada
en hilos de saliva
tejiendo telarañas de besos
con perlas de rocío
Amaneció
sí
después del torrencial aguacero
que hizo de nuestras venas
crecidas de ríos imponentes
los ví desde la cama
corrían caudalosos
hasta nuestros cabellos
cual mares sobre la almohada
La tierra mojada
la arena empapada
los ojos húmedos
hojas verdes en la noche
granada roja en la boca
II
AIRE
Respirar
por la nariz de la noche
esta vida que somos
flotando en el mar que nos habita
nos devuelve los fragmentos
que se nos han quedado en el aire
No ha habido
incertidumbres estáticas
más bien un ir y venir
de peces convencidos
de que en el tepor de las corrientes
se puede nadar en el pensamiento
tratando de conquistar
un sueño minúsculo
entre las algas aderidas al alma
Se puede ver
con claridad
esparcido sobre todo lo que fue
la cantidad enorme
de fragilidades
en medio de los remolinos del pecho
cuando los errores cometidos
se convierten en un río crecido
que sin piedad deja un lodasal a su paso
Ver con los ojos del sol naciente
nos regresa a la novedad
al asombro de haber superado
una tiniebla empecinada en mentirnos
acerca de la esperanza
una tempestad que gritaba muerte
y que se carcajeaba en nuestra cara
pensando que así
sucumbiríamos ante ella
III
TIERRA
Contarte acerca de quién soy
cuando somos los dos
es una empresa de hormiga obrera
con una hoja en su espalda
cuidando el jardín
del hogar que nos habita
es un vuelo incansable
de abeja recolectora
desde las cineas multicolores
hasta el néctar denso y viscoso
de nuestros dias
es un vuelo de golondrina
que sabe
que le pertenece al cielo
por eso arriesga ascensos y descensos
siendo capaz de planear
despidiendo así nuestros inviernos
IV
FUEGO
Por más dias de cara al sol
aún con el alma descosida
quemamos las naves
defendiendo el latido
del rojocorazónvivo
en lo sagrado atemporal
por lo sangrado vivificador
Por el calor y la luz
ardemos en el centro purificador
del mirarnos a los ojos
sin cenizas
Llamamos las cosas por su nombre
amor al volcán
y a los besos
lava
ardor al abrazo
llamaradas
a ese persistente
movimiento transformador
que nos da forma
así recuperamos
las chispas dispersas
de quienes somos
sin que se opongan
los miedos
ni los otros
ni otra cosa
ni nos morimos
ni nos iremos
ni qué dirán
la permanencia
es no prescindir del viaje
ni renunciar a la dicha de renacer
Que nos encuentren los siglos
trasnochados y con sueños
bajo el incendio del alba
propagada en punta de estrellas
Que nos encuentre
sí
que nos encuentren
frente a esta hoguera
ardiendo
V
EL CUERPO
Mis huesos contenidos
en esta estructura compleja
donde cada órgano palpita
junto a cada célula que se mueve
y en todo tejido se entreteje del sabernos
bailan al son de las canciones
que salen de tu boca
Mis pies se mueven ligeros
tibios y desclazos
sobre la dicha de tu presencia
al ritmo de tus labios
que hacen nido en mis orejas
Todo deja huella en mi piel
El tacto y el contacto
delinean la forma del espacio que ocupo
con enigmas de fluir de sangre
proclamando lo tangible
de la sed
Se me queda
tu rostro entre la manos
lo blando y lo duro entre los dedos
cuál memoria de la noche interminable
y de la luz que lo borra todo
Hebe Muñoz. Nacida en Pto. Cabello, Venezuela, reside actualmente en Italia. Ha publicado los poemarios bilingües: (it-esp) PEGASA, Renacida de las aguas (Editorial Feltrinelli. 2014), presentado en el Festival Internacional del Libro BookCity de Milàn, Italia-Sala Khaled al-Saad, MUDEC Museo de las Culturas. 2016; ESCUDEROS de la Libertad (Editorial Feltrinelli 2018) presentado con lectura pública en el marco del evento “Venezuela” del Festival Internacional de Poesía de Génova y EXILIADOS, historia de la diáspora venezolana en Italia (Editorial Mondadori. Crowfounding. 2019. En colaboraciòn con la fotógrafa Irene Nasoni. Edición en italiano) Ha participado como poeta invitada en diversas antologías poéticas internacionales de caracter artistico y como proyectos humanitarios, así como también, en distintos Festivales internacionales y Jamming poéticos.
Editora: Carmen Cristina Wolf
LA GRAMÁTICA DE LO IMPERCEPTIBLE
La Gramática de lo imperceptible
Por Jerónimo Alayón
| El mundo está enfermo de gigantismo. Creemos que la verdad habita solo en lo inmenso… trágica ceguera del espíritu. La vastedad es con frecuencia un velo, un estorbo, una distracción para el ser. Lo grande nos impone su presencia, pero lo diminuto concita nuestra fuerza de voluntad y, a menudo, un tipo especial de inteligencia. El ojo humano es perezoso: rápido mira lo colosal, pero es tardo para hurgar en lo invisible el soporte del cosmos. Un grano de arena y una estrella poseen la misma dignidad ontológica, pero rara vez nos detenemos a considerar la majestad de aquel. Bien visto, el átomo es la catedral del universo, pero, al ignorar esta verdad, le amputamos a la realidad su parte más fundamental. Vivimos tan aturdidos entre la obviedad de lo superficial y el ruido de lo macroscópico que hemos perdido la capacidad de asombro ante lo pequeño. Hemos confundido tamaño con grandeza. |
| Hay en las cosas pequeñas un silencio sagrado y sobrecogedor. Una mota de polvo flota en el rayo de sol que penetra por la ventana de casa. No ha pedido permiso para existir. Tampoco busca ser nombrada, pero su mudez es una forma de elocuencia superior. Hay en el silencio de lo diminuto una suerte de resistencia ontológica, la negativa a participar en la mascarada de las apariencias. Los objetos mínimos son guardianes de la quietud. Una hilacha colgando de la frazada, una grieta en la taza, un insecto agazapado bajo una hoja… En ellos habita una verdad sin adjetivos… desafiando nuestro lenguaje hecho de conceptos ruidosos. Las cosas mudas son, simplemente son. Desafían nuestra narcosis utilitaria. Su existencia es un fin en sí mismo. Contemplar lo pequeño es aprender a escuchar con la mirada. |
| Paradójicamente, la pequeñez es un espejo del infinito. Al viajar a la profundidad del cosmos, no hay límite. En nuestro organismo hay compuestos infinitesimales que formaron parte del polvo cósmico en el origen del universo y, sin embargo, lo diminuto es la frontera de nuestra percepción. Cuando el ojo claudica, nacen el misterio y el prodigio: el microscopio nos dice, por ejemplo, que el vacío está poblado de pequeñeces relevantes y que lo simple es un espejismo, que no hay trivialidad en la naturaleza, que lo trivial es nuestra desatención, no haber entendido que el universo es un poderoso tejido de minucias y una profunda suma de silencios. Con la edad perdemos la capacidad para contemplar el detalle, quizás porque hemos olvidado que en lo pequeño habitan, al unísono, lo sagrado y la nada. |
| Contemplar lo pequeño es un acto de rebeldía ontológica y ética, una forma de justicia, pues validamos la entidad de aquello que el mundo ignora en su elefantiasis metafísica. La contemplación es una suerte de oración laica. Exige tiempo, quietud y lentitud. El ser requiere calma para fecundar la ontología. En una época como la que vivimos, la parsimonia es subversiva, pero es la única vía para reconocer la alteridad de lo diminuto. Al hacernos testigos del mundo, podemos descubrir que hay una paz peculiar en observar lo nimio: aquello que no espera nada de nosotros, es libre auténticamente y, como tal, se emancipa de la importancia, categoría con la que medimos falsamente la grandeza de las cosas. |
| Hay también en lo diminuto una estética de la precisión. No hay espacio para lo accesorio. En lo pequeño, forma y fondo coinciden. La belleza de lo mínimo es siempre descarnada y, sin embargo, posee la elegancia de lo esencial. No solemos verlo así —dada nuestra ceguera—, pero el drama de nuestra existencia se vive milímetro a milímetro. La vida es un suceso conformado por una secuencia de instantes ínfimos que llamamos momentos. Visto así, la eternidad no sería una duración infinita, sino la inacabable profundidad de una brevísima porción de tiempo. Me gusta pensar que quien habita en el detalle ha conquistado lo sempiterno. La prisa, por tanto, es exilio del ser. La calma es el ancla a lo imperecedero. |
| El hombre que habita en el detalle hace del silencio su morada. Las cosas mudas no reclaman nuestra atención ni piden que las nombremos. En su mutismo hay fe de que, tarde o temprano, serán alcanzadas por la luz. Su silencio, por consiguiente, no es vacío, sino la certeza de que todo está penetrado por una minúscula sospecha de eternidad. En cada célula nuestra late nuestro nombre, sin embargo, hacen su trabajo calladas. Nuestra salud es el silencio de ellas… Todo lo que de bueno hay en el mundo tiene su domicilio en la mudez de la armonía. |
| Cruzamos la vida ambicionando dejar grandes obras, ser recordados por la estatura colosal de nuestras acciones, gozar de la admiración de quienes nos secundarán, pero todo eso no será más que la cicatriz de lo efímero. A menudo, tras la gloria solo quedan la soledad y el vacío interior. Entender que cada partícula infinitesimal es un testigo del cosmos y cada silencio de las cosas mudas una invitación al asombro es una vacuna contra la arrogancia. ¡Somos tan breves y, sin embargo, tan displicentes con la brevedad de lo pequeño! La pequeñez no es una carencia ni un error: es el susurro de lo absoluto. La verdadera grandeza está en la capacidad de poder oírlo. |
| © Jerónimo Alayón y El Nacional. https://bit.ly/3KcYCYv |
| CITA CHICAGO: Alayón, Jerónimo. «La gramática de lo imperceptible». El Nacional. 20 de marzo de 2026. https://is.gd/LzsaS1 |
Jorge Gómez Jiménez: selección del libro inédito Los temblores del mundo

Tus noches son actos telúricos,
fenómenos naturales,
terribles sismos de piel,
rugientes maremotos sudorosos,
llameantes lenguas de fuego
que brotan gimiendo de tu cuello.
Son, tus noches, devastaciones
totales, abrumadoras,
que estremecen impúdicas
todo intento de concreción.
Te escribo en mayúsculas
como un grito destemplado,
tímpano de tus ojos,
sacrificio de un sentido
para mi grito.
La noche
en una llanura de tela
ante ti
te acerca a tu fiera
A grandes zancadas
a tientas
en la oscuridad
encuentras el destino de sangre
que te depara tu fiera
oculta en la tela
de tu noche
Quisiera estar ante ti
decirte que te extraño
cuánto te extraño
mirarte tocarte besarte
y no estar en mí
sino en ti
y hacerte creer
que esto es un poema
y no un sollozo
Mi alma se debate
en una guerra sin cuartel
con los malhechores
de la tristeza.
Basta que mi alma pida refuerzos
y mi memoria empieza a pensarte,
y aunque termine
perdiendo la guerra
son reconfortantes
las pequeñas batallas
de las que tu recuerdo sale
siempre
triunfante.
Tus silencios
son el jolgorio prematuro
de la muerte,
el caldo esencial
del hastío,
el triunfo odioso
de la tristeza.
Me brindan
tus silencios
una agonía que avanza
a un ritmo
infinitesimal,
me tuercen el cuello
con manos blindadas,
me evaporan
y me hacen caer
tus silencios
como una lluvia
en el horizonte.
Cuán lejos de nuestro fino estilo
Que yo vaya a ti y te pida
Me aclares si para siempre
Te he perdido
Si algún día vuelves
Frente bajo sobre mí
Conmigo
Vaya qué bien
Me felicito
Pero qué importan
Las vicisitudes
El ir y venir de los días
Cuán lejos de nuestro fino estilo
sería que me conforme
Pero qué bien
Me felicito
Porque hace tanto te tengo
Porque tu recuerdo es ya
Suficiente
Para justificarlo todo
Un cuerpo pequeño
como el tuyo
ha de temblar de frío
por las noches
sólo
para que un cuerpo
desmesurado
como el mío
le sirva de cobijo.
La vida del solitario
suele circunscribirse
a un recuerdo.
¿Qué recuerdo de ti
perturbará mis tardes
cuando la vida,
el futuro,
te reclame?
¿Qué sonrisa,
qué franja de piel,
qué mirada,
qué palabra,
qué de ti
me asediará
una mañana fría,
ante un café
que aún no vislumbro?
Jorge Gómez Jiménez
Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Autor de los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Recibió en 2023 el Botón Filuc, máxima distinción de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, por su trayectoria como escritor y editor. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.















