BAJO UN NUEVO CIELO
Lidia Salas
Quienes sobrevivimos a los dos terremotos del pasado 24 de junio, vemos la vida con gratitud infinita y activa.
Sabemos que fue la Misericordia Divina, quien nos concedió la gracia de seguir viviendo en el mismo espacio doméstico, pero rodeados del entorno desgarrado por una catástrofe de dimensiones inconmensurables.
Esta oportunidad de vida es una señal de la misión que aguarda nuestra aceptación.
El azar no existe. Este grito de la tierra, metáfora usada por Farah Cisneros en su reflexión sobre la catástrofe, tiene un sentido que todos debemos conocer.
Es oportuno recordar que las leyes de la creación que mantienen la realidad en la que transitamos, están inspiradas en el amor. Las tragedias tienen también un sentido que debemos buscar con humildad.
Tendremos la fe necesaria para fluir en la corriente del dolor que nos arrastra, sin rabia, sin miedo, para poder encontrar a Dios entre las lágrimas?
Dónde encontrar las estrellas que iluminen la senda, la misión, la disciplina, para alcanzar el estado de luz que aguarda a esta tierra, después de tantos años de sombras?
Hemos leído las palabras de quienes tratan de describir, no sólo la realidad de estos días trágicos, sino la devastación de un país víctima desde antes, de un poder depredador y malvado.
Pasamos horas mirando vídeos como si apagar esa fuente de información fuera una traición para los hermanos, víctimas de un desastre telúrico y de un país fallido e indolente.
Debemos ir más allá de intoxicar la mente con tanta información. Hagamos silencio para escuchar la voz de nuestro ser interior, para saber el propósito que a cada alma le toca en la tarea impostergable de reconstruir a Venezuela, como una república de paz, de justicia y de abundancia, con los pedazos dolientes de la patria herida.
Quienes trabajamos con las palabras, en la pedagogía de la enseñanza o en el arte de expresar la verdad y la belleza, en la escritura literaria, tenemos la responsabilidad de acercarnos a quienes gimen para ayudarlos a transformar el grito en canto. La queja en gratitud por el milagro de estar vivos. La rabia en serenidad para aguardar la justicia que debe llegar a los verdugos.
Entonemos versos que iluminen, que acompañen, y que transformen lo oscuro del dolor en la luz rutilante del amor.
Que nuestras frases señalen la fuerza de un pueblo que ha dejado las uñas en el polvo, para rescatar a desconocidos atrapados bajo los escombros.
Señalemos los milagros donde la gloria del Señor ha brillado sobre la estupidez de la avaricia. Hagamos un coro de esperanza el que debemos entonar para disolver el sordo
rugido del egoísmo.
Es el momento de acercarnos, con una llamada, con un saludo. Entregar en secreto las ayudas que podamos realizar desde nuestras posibilidades. Acompañar con nuestra escucha a alguien que habita la desolación, en soledad.
Entre los muchos textos leídos recordamos el que alguien escribió: «Ante el desastre no deberíamos preguntar, el por qué, sino el para qué».
Sin duda alguna, este terremoto es una oportunidad para acercarnos más a Dios y a nuestros hermanos.
Pero, como amantes de la naturaleza, volver a contemplar los verdes y los azules de ese nuevo cielo que tendrá la Venezuela con la cual soñamos.
Lidia Salas. 6 de julio 2026.


