DEL SILENCIO BLANCO DE LONDON AL TERREMOTO DEL 24J. APUNTES SOBRE LA VENEZOLANIDAD
Por Jerónimo Alayón
| De innumerables artimañas se sirve la naturaleza para convencer al hombre de su finitud |
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| Un terremoto es mucho más que un evento geológico: derrumba certezas, sepulta sueños y pone fin a la mascarada de la habitabilidad social. Nos sienta de golpe ante lo peor y lo mejor de la condición humana. Nadie sale indemne de los escombros. Un sismo es, fundamentalmente, una conmoción ontológica y metafísica. |
| En El silencio blanco, Jack London nos introduce en la llanura helada del Ártico. Allí, tres viajeros cruzan la inmensidad cuando un accidente con el trineo deja a uno de ellos, Mason, al borde de la muerte. Ante la mirada atónita de su esposa y de su amigo, el orden se desvanece: la jauría de perros se descontrola, devora las escasas provisiones y el caos toma cuerpo. Nada vuelve a ser lo que era. |
| El pasado 24 de junio, el doble terremoto en Venezuela nos arrojó a nuestro propio silencio blanco. Aunque el relato de London coquetee con la autoficción, su potencia literaria es estrictamente metafórica. En su tragedia están cifrados el ímpetu que raya en imprudencia, la tragedia sobrevenida, la rapiña de los miserables que medran en la desgracia ajena y, también, el coraje de quien se sobrepone al espanto para hacer lo correcto. Si proyectamos el mapa de London sobre la venezolanidad que emergió tras el doble sismo, hallaremos las claves de cómo nuestra identidad se desplazó antropológicamente. |
| Si algo nos dejó claro esta tragedia es que el pueblo venezolano merece un respeto reverencial. Durante las primeras cuarenta y ocho horas, la gente se volcó a la calle sola, solísima, al rescate de los suyos. Quienes lo habían perdido todo removían escombros con las manos desnudas, sostenidos solo por la voluntad del vecino. En esos dos primeros días, comprendimos el peso real de una frase que London suelta al vuelo: «Esa es la ocasión, si es que hay alguna en la vida, en que el hombre camina solo con su Dios». Hace tiempo que nos sabemos abandonados como sociedad. Sin embargo, nos sobrepusimos a la orfandad institucional. La empatía fue nuestra primera línea de defensa. |
| Cuando finalmente llegó la ayuda nacional e internacional —burlando los inauditos cercos y estorbos gubernamentales—, fuimos testigos de la gratitud de un pueblo que se desbordó en cuidados hacia los rescatistas. El jefe del contingente de socorro español confesaba con asombro que no habían tenido necesidad de tocar sus propias provisiones. Hay una paradoja conmovedora en esto: un país empobrecido como pocos en la región demostró que la única opulencia indispensable en la desgracia es la de la generosidad. |
| Mención aparte merecen los motorizados, un gremio que arrastra una pesada estigmatización debida a las tensiones cotidianas del tránsito. Desde la noche del 24-J, los vimos transformarse. Se organizaron en caravanas kilométricas, convirtiéndose en el sistema circulatorio de la ayuda humanitaria que, con esfuerzo, acopiaba la población. Rompieron el aislamiento de zonas inaccesibles con un sacrificio que la historia local no debería olvidar. |
| Tampoco faltaron los rostros del abismo: miradas que nos interpelaban desde las hendiduras del concreto esperando el rescate. En esos ojos nos reconocimos. Era la resistencia de quien mira con testaruda esperanza desde el fondo del horror. Es la misma fe colectiva que Rómulo Gallegos sintetizó hace casi un siglo en Doña Bárbara: «Tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera». |
| La espera no fue pasiva. Se sazonó con la clásica humorada criolla. El nuestro es, cada vez más, un humor negro que insurge contra el absurdo. Detrás de la chanza hay amargura, claro está, pero también una lúcida caricatura del espanto. Al reírnos del azar y de la muerte, les arrebatamos el poder de destruirnos del todo. |
| El lienzo, sin embargo, no es inmaculado. El reverso de la moneda mostró las taras históricas de nuestra cultura: el pillaje oportunista, la arbitrariedad de autoridades mezquinas, el apoltronamiento de quienes prefirieron ver un partido de fútbol antes que tender la mano al vecino y el tráfico de influencias. Tuvimos que convivir con la insensibilidad de quienes subieron el volumen de la música en pleno duelo nacional y con la mezquindad de quienes se negaron a ofrecer albergue y recursos o usaron el dolor ajeno como combustible para alimentar su vanidad y visibilidad en las redes sociales. Somos también esa tiniebla. |
| Pero es en el vector luminoso donde se registra el verdadero vuelco antropológico. Este desastre desnudó a un pueblo que la política pretendía dormido o anestesiado. En cuestión de horas, la ciudadanía se articuló orgánicamente sin necesidad de cúpulas ni de liderazgos mesiánicos. Un tejido social que lucía humillado plantó cara con determinación a una autoridad desnortada. Dando desde la escasez, se construyó una riqueza colectiva. |
| Desde ese territorio interior devastado por el silencio y el abandono, el venezolano no eligió la resignación. Por el contrario, ha templado una identidad hoy más acerada. Somos, al cabo, un pueblo que ha conquistado una mayor dignidad ontológica. |