Jerónimo Alayón

Pieza por pieza: una filosofía de la ruina y la restitución del sentido vital

Jerónimo Alayón

Reiniciar las actividades académicas en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela, a casi tres meses del doble terremoto, no ha sido fácil. Por una parte, nos movemos entre alumnos devastados emocionalmente por la pérdida de amigos, familiares y hogares. Por otra parte, cruzamos instalaciones abrumadas por las grietas, las reparaciones y las marcas de la inclemencia telúrica. De todo ello, quizás, lo más doloroso ha sido estar de pie ante el mural de Mateo Manaure, terriblemente afectado —debe desmontarse pieza por pieza para rehacer la pared que lo sostiene y volver a ensamblarlo—, y escuchar a los estudiantes el relato de una tragedia que apenas comienza a asomar sus crestas.

El espacio habitado no es una escenografía inerte. Lo he dicho hasta el cansancio. Cuando la tierra se sacude, no solo se fracturan columnas y paredes, sino también el tejido del amparo y el soporte de nuestra conexión ontológica con los otros. El diseño arquitectónico de Carlos Raúl Villanueva buscó sintetizar la luz, el arte y la vida comunitaria de la academia. Hoy, sin embargo, esa geometría exhibe las entrañas de su propia fragilidad —como toda obra humana—. Caminar por el campus universitario equivale a recorrer una topografía de la pérdida donde cada grieta es una boca muda, una herida del espacio.

La ruina no reside, sin embargo, en el deterioro de la forma, sino en la memoria dolorosa. En medio de esta geografía herida, la mirada ida de nuestros estudiantes refleja el mismo despojo de las estructuras familiares agrietadas o, en el peor de los casos, aniquiladas por el sismo. Hay un silencio espeso que flota en cada espacio del campus universitario, un silencio que no nace del vacío, sino del colapso de las certezas cotidianas. Así pues, nos descubrimos habitando un territorio que está suspendido entre lo que fuimos y la penumbra de lo que aún no logramos nombrar. La catástrofe de la zona centro-norte del país es un ojo sin párpado que nos obliga a contemplar la frágil desnudez de nuestra existencia.

El mural de Mateo Manaure en el vestíbulo de la Facultad de Ingeniería representaba, en su esplendor geométrico, el orden, el ritmo y la fe en el intelecto humano. Verlo deteriorado por el sismo nos obliga a admitir que las grandes obras de la humanidad también están sometidas a la misma caducidad de la carne. Sin embargo, en ese gesto de desmontarlo pieza por pieza residen una advertencia y una promesa: a veces, no se puede salvar una realidad sin desmontarla temporalmente. Reparar lo sublime exige tocar la herida.

Desarmar lo hermoso para refundarlo es el auténtico aprendizaje del dolor. Hay algo pedagógico en esta fragmentación. Cada tesela guardada con celo implica una profunda fe en el futuro y en la restitución de la belleza, soporte ineludible del cemento social que sostiene esta casa que vence la sombra. Es una posibilidad que nos exige comprender que la integridad del ser no depende de su inmutabilidad, sino de su capacidad de reconstruirse desde las ruinas. Nuestros ingenieros no solo están recalculando un espacio físico: están sopesando la envergadura del alma colectiva que gravita sobre cada estructura ucevista.

En medio de ello, escuchar a nuestros estudiantes es adentrarse en un paisaje devastado. En su narrativa del desastre no queda espacio para la grandilocuencia y, sin embargo, en su trágica sobriedad habita la austera solemnidad de quien ha sido testigo de la caída de un mundo —en la mayoría de los casos— acogedor. Perder el hogar, despedir a los padres, hermanos y amigos sepultados bajo los escombros o intuir la ruina del futuro son heridas que no sanarán con consolaciones apresuradas de manual. El dolor de nuestros jóvenes no pide solo palabras de aliento, exige presencia y honestidad. Frente a ellos, el aula ya no es solo un recinto académico: es también un espacio de resistencia ontológica en medio del desierto humano que muchos de ellos están viviendo.

Los griegos de la Antigüedad empleaban el término ??????? (eremosis, ‘devastación’) para nombrar la desolación total de un lugar, la transformación del espacio habitado en un desierto absoluto. La eremosis no describe solo la destrucción física de una ciudad o un recinto: nombra también el vacío espiritual y la ausencia de sentido que surgen ante la pérdida de los referentes inmediatos. Es la experiencia, trágica y extrema, de la intemperie radical, el momento exacto en el que la tierra se rehúsa a sostener los pasos del hombre.

En el pensamiento clásico, el desierto no era únicamente el hogar del abismo trágico: era también el espacio del discernimiento y la purificación. En el desierto de la eremosis se acalla el ruido superfluo de la vida y queda desnudo lo esencial. Los eremitas eran, por tanto, los hombres que hacían espiritualmente fértil el desierto. Cuando las paredes caen y los seres queridos se callan para siempre, aún quedan en pie la dignidad humana y la facultad de construir un sentido vital desde el caos del abismo. A esta ascensión de la oscuridad a la luz los antiguos la llamaban anábasis o ascenso. La eremosis no es una condena eterna y absurda, sino el umbral doloroso que tiempla la voluntad y se abre a un territorio de tránsito.

Hay, sin embargo, una ética de la ruina que exige, para salir de la eremosis, desconfiar de las fórmulas preconcebidas y de los optimismos irreflexivos. Es una ética que exige reconstruir el fuero interno sin claudicar ante el desastre, mucho antes de reparar frisos y columnas. Primero la ética y después la técnica. Cualquier labor de reconstrucción debe estar precedida de una conversación con los escombros —materiales, morales y espirituales—, reconociendo que nunca volveremos a ser los mismos de antes del terremoto.

Una reconstrucción auténtica exige el coraje de habitar dignamente la cicatriz. Ignorar las marcas del dolor sería una forma de cobardía intelectual, afectiva e institucional. Las grietas que hoy se ven en nuestro campus universitario son sagradas: incluso después de reparadas, en ellas habitará la memoria de nuestra fragilidad. Nunca lo olvidemos: no hay grandeza humana sin la conciencia de su propia vulnerabilidad.

Retomar las clases en medio de la desolación es, sin duda, muy difícil, pero es uno de los mayores y más sublimes actos de afirmación ontológica porque construimos con ello un vínculo sobre el que se sostiene la promoción humana. No estamos avanzando porque hayamos olvidado la tragedia, sino porque la llevamos sobre los hombros como el deber de honrar la memoria de quienes ya no están. Hoy estamos más unidos por la herida compartida que por la comodidad de aquellos días previos a la tragedia. Tenemos la obligación de levantar el futuro sobre estas cenizas, honrándolas.

La esperanza, sin embargo, no debe ser un optimismo ingenuo. Debe ser la determinación de esculpir el sentido del mañana sobre la piedra rota del presente. Del mismo modo que las manos expertas desmontarán con sumo cuidado cada tesela del mural de Mateo Manaure, nosotros debemos desmontar cada dolor para clasificarlo y colocarlo en el orden preciso que nos permita alzar una nueva catedral del conocimiento. La Universidad Central de Venezuela no habita solo entre las vigas y el concreto de sus estructuras: habita, sobre todo, en la conciencia incorruptible de hombres y mujeres que a diario luchan contra la oscuridad de la ignorancia, la barbarie y el despotismo.

La eremosis nos ha despojado, como universidad, de una vestidura humana que lucíamos con denuedo, pero nos ha entregado, a cambio, la túnica de una fraternidad aún más depurada que aquella de la que solíamos hacer gala, la fraternidad en medio del dolor y la escasez. Mientras permanezca un docente dispuesto a enseñar y un estudiante presto a aprender sobre estas ruinas humanas, el terremoto habrá fracasado en su intento de aniquilar nuestro destino. La luz que Villanueva tanto cuidó en su invención arquitectónica ingresa hoy a la casa que vence la sombra no para iluminar la muerte, sino para señalar la dolorosa y majestuosa aurora de un nuevo comienzo.

@JerónimoAlayon

Publicado en El Nacional 18/09/2026

 

Editora:
Carmen Cristina Wolf

 

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