
Federico García Lorca: Eternamente Joven
Por Carmen Cristina Wolf
En agosto de 1936 se marchó definitivamente de este mundo uno de los más grandes poetas en lengua castellana de todos los tiempos: Federico García Lorca. No ha habido un poeta que haya cantado a la muerte como lo ha hecho Lorca. Recordemos lo que escribió al respecto Jorge Guillén: “Sepamos cómo se afrontan la vida y la muerte, cómo el sentido de la vida se va resolviendo en el sentido de la muerte”. (Prólogo, Obras Completas e. Aguilar). Lorca va sembrando, en el centro de toda su poesía eternamente joven y llena de luminosidad, la sombra de la parca como el tránsito necesario entre el día y la noche, entre la felicidad y el drama. Las dos riberas del río, no se sabe cuándo ni cómo lo atravesaremos por última vez.
Algunos de sus poemas revelan la espera sosegada de la despedida, el moribundo que dulcemente se está yendo, sin miedo, sin aferrarse a esta existencia. En contraste, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías muestra el dolor insoportable ante la agonía de un ser que amamos, ese negarse a ver la sangre derramada: “¡Que no quiero verla / Dile a la luna que venga, / que no quiero ver la sangre / de Ignacio sobre la arena”. Sus versos se van adentrando diez centímetros en el pecho, y cuando volvemos a leerlos abren nuevamente la herida que nos dejó el viaje final de nuestros conocidos, familiares y amigos:
“Si muero,
dejad el balcón abierto”.
(Despedida)
“Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta”.
Pero no vamos a continuar invocando la segadora de corazones. Es preferible escribir acerca de la gracia y el encanto en la escritura del poeta, en la cual siempre está presente la fascinación por la infancia:
“El niño busca su voz.
(La tenía el rey de los grillos)
en una gota de agua
buscaba su voz el niño”.
Él nunca olvida los juegos, tampoco el cantar popular ni la magia de la naturaleza: “Un árbol grande se abriga / con palabras de cantares”. Así como los niños, anda él entre el sol y el viento, entre el lucero y el pozo. Sabe escuchar a las madres que cantan sus nanas, también a los chiquillos y a los campesinos que entonan sus canciones de trabajo. La música influyó mucho en su escritura. Uno de mis primeros acercamientos a la lectura fue a través de los versos de Lorca, quien me hizo amar por siempre la poesía.
El ritmo es la forma de existencia estética del poema, esa trama fónica total, unidad estructurada a fuerza de ritmo. En la conversación el ritmo se subordina a las necesidades del contenido. En el poema, las palabras se salen de sus senderos de costumbre gracias a la manera como el poeta las entrelaza en sus intensidades, pausas y matices. El verso impacta por sus momentos de silencio, y este se compone de cientos de instantes en movimiento, en los cuales se expresa lo no dicho tanto como lo dicho. Todas las cosas están inmersas en el ritmo, las estaciones, los trenes, el giro de los planetas, el día y la noche, el amor y el dolor, la alegría y la tristeza.
Descubrir y expresar el péndulo en la vida de los seres humanos de cualquier lugar, de los jóvenes y sus anhelos, de los viejos y sus recuerdos, es una constante en la poesía de Lorca. Sobre él escribe Jorge Guillén: “(…) el sentido del ritmo en este poeta alcanza una variedad, una finura prodigiosa. El ritmo es ya también arquitectura. Y no los engañe la aparente ligereza al desaire de algunas de sus canciones. Todos sus poemas están, con cálculo perfecto, construidos, muy sabiamente estructurados. Inmenso error creer que Lorca fue un poeta que improvisó, arrastrado únicamente por la emoción”. Esta aseveración del propio Federico desmiente lo anterior: “La verdadera poesía es amor, esfuerzo y renunciación (…) Si es que soy poeta por la gracia de Dios, también lo es que lo soy gracias a la técnica y al esfuerzo, y a saber de una manera absoluta, lo que es un poema”.
Sea cual fuere el pretexto del poema, bien sea el amor, el sufrimiento o la muerte, Lorca apela a la reiteración y a la trama de endecasílabos, octosílabos y alejandrinos. Lorca conocía bien a los grandes poetas castellanos: Garcilaso, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora, Antonio Machado. Y aprendió mucho de cada uno de ellos. Sus imágenes y lo que él piensa de las cosas, se fortalece con la intensidad de los acentos y las reiteraciones:
“Dice la tarde: ‘¡Tengo sed de sombra!’
Dice la luna: ‘Yo, sed de luceros’.
(…)
Cantar sin carne lírica que llene
de risas el silencio
(Una bandada de palomas ciegas
lanzadas al misterio).
Cantar que vaya al alma de las cosas
y al alma de los vientos
y que descanse al fin en la alegría
del corazón eterno”.
Lorca apela a la narración, a la leyenda, a las costumbres populares. Algunas personas piensan que el poeta va por ahí cargado de emociones, sentimientos e inspiración. Esos son estados del ánimo influyentes, mas un caudal de ellos no es bastante para escribir un auténtico poema. Al contrario, la poesía que trasciende el tiempo es fruto de buenas lecturas, de una serena observación y un arduo trabajo. El propio Lorca escribe: “El poeta que va a hacer un poema (…) debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas y las mil fealdades disfrazadas de belleza que han de pasar ante sus ojos (…). Yo me admiro cuando pienso que la emoción de los músicos se apoya y está envuelta en una perfecta matemática”. Cuando le escribe a su amigo Gerardo Diego que lleva ya dos años escribiendo el Romance de la Guardia Civil Española, le dice los recursos de versificación que ha utilizado.
Algunos poetas gustan de envolverse en una atmósfera de misterio y nos cuentan que no saben cómo fue que escribieron tal o cual poema. No les gusta que les hablen de que ellos conocen las técnicas literarias y quieren conservarlas en secreto.
No es el caso de García Lorca, que declara francamente en sus conferencias y escritos su apego al estudio y el empleo de figuras retóricas como la metonimia, la sinécdoque y el oxímoron. Sin dar la impresión de maneras eruditas o rebuscadas, transmite con juvenil agudeza las conversaciones y risas del pueblo, en contraste con la “bandada de palomas ciegas” que nos recuerda los lances difíciles de la existencia, ocultos, inesperados.
Todavía hoy, cuando se acercan las tortolitas a mi balcón, me viene el recuerdo en la voz íntima y gutural de Paco Ibáñez, la Casita de las palomas oscuras: “Por las ramas del laurel / vi dos palomas oscuras / la una era el sol, / la otra era la luna / (…). La una era la otra / y las dos era ninguna”. (El diván del Tamarit). Y les pregunta Federico: “¿Dónde está mi sepultura?”. Y ellas le responden eternamente: “En mi cola”, dijo el sol. “En mi garganta”, dijo la luna. Porque García Lorca está y seguirá presente siempre que invoquemos la poesía y miremos al horizonte.
Carmen Cristina Wolf, poeta, ensayista y editora venezolana.
