A propósito de la presentación de Transectos por la selva, de Guadalupe Burelli
Crónicas entre chocolates
Texto y fotografía: Raquel Markus-Finckler
La semana pasada vislumbré a una vieja Venezuela que se escondía de mí en los recuerdos de una mujer a quien apenas comenzaba a conocer.
Soledad Morillo Belloso y yo habíamos quedado en encontrarnos una hora antes de la presentación de Transectos por la selva. Queríamos conocernos mejor y conversar. Ninguna de las dos calculó que aquella hora iba a resultarnos tan pequeña.
En cada detalle que Sole relataba con una alegría y un desparpajo casi imprudentes permanecía atesorada una historia inmensa.
Un pequeño café de Caracas, sus mesas, los mejores bombones de chocolate y yo fuimos testigos de aquel despliegue de retazos de vida, y no pude evitar hacerme pequeña ante semejante avalancha de vivencias.
Sentía como si el agua más preciada se derramara, indolente, entre mis dedos. Yo intentaba atraparla, pero se me escurría pretenciosa, dejando en mi palma menos de tres tristes gotas.
Pronto mi memoria también será un colador. Pronto se irán por sus agujeros los pequeños y grandes spoilers de una Venezuela atrapada entre una democracia que fallecía y una revolución que se anidaba.
Quisiera poder compartir algo más que destellos, algo más que las sensaciones que me dejó el relato de un temblor, en el año 67, que no viví: unas mallas recién estrenadas, un edificio que se desplomaba y una Altamira cruzada por fallas tectónicas.
Me gustaría poder recordar completa la historia de la casa número 11 de La Lagunita, cuyo nombre guarda un fragmento del pasado ligado al origen del estado Zulia.
Me encantaría poder describir cómo se reunían tres mil almas frente a una esquina para disfrutar de una tarde de diciembre sobre patines; una tarde que terminé viviendo dentro de recuerdos que no me pertenecen.
Hasta podría recorrer los grandes pasillos de una casa coronada por una campana gigantesca. Al escucharla, las vacas que alguna vez vivieron allí sabían que había llegado la hora de ser ordeñadas: seguramente fueron las vacas más ordenadas y juiciosas de la historia venezolana.
Casi pude pasear por una residencia que fue el hogar de una familia de siete personas y que, tiempo después, se convirtió fugazmente en un arrabal que requirió limpieza, pintura y agua santa antes de ser entregada a unos clérigos de gran prestancia.
Más de un comediante de stand-up me habría envidiado la oportunidad de tomar nota de unos cuantos sketches con material suficiente para llenar de risas más de tres presentaciones.
Ya no me alcanzaban las carcajadas para celebrar tantas ocurrencias de mi interlocutora, vestida de verde manzana y con un glamur que hoy solo debe de sobrevivir en las páginas de una revista ¡Hola! recién llegada.
Las crónicas de la Sole hiladas entre bombones chocolate me llevaron a la discoteca que tenían los Cohen en el último piso de la casa y a los noviazgos entre estudiantes de Comunicación Social y de Ingeniería, en la misma alma mater donde un día me gradué de periodista. Ambas recordamos con afecto a nuestra querida Dita.
Paseé por las playas de Venezuela alimentada con galletas de soda, atún de lata y abundante cerveza. Dormí en una casa que era poco más que tres palos, un techo de paja y la sombra necesaria para tres o cuatro hamacas.
Conocí las primeras grandes obras sociales levantadas por la democracia en la capital venezolana, el auge de las universidades, el estruendo de una juventud que no conocía la virtualidad y que debía vivir todo a 3D.
Es posible que tuviera enfrente a la mejor cronista del país, ofreciéndome una sesión privada llena de nostalgia y humor, y yo sin saber dónde ni cuándo había comprado la entrada.
El tiempo no dio para tanto; yo habría querido más… Me quedé con ganas de conocer a la Venezuela con la que no coincidí por un error en el calendario de mi nacimiento.
Recordé a Óscar Yanes, a su Armandito, las vainas de un reportero muerto y todas las anécdotas que, por un momento, quedaron albergadas entre mesas de madera, manteles amarillos y bombones de cacao.
Más tarde pasamos a otro lugar, a otro escenario: el patio central de Trasnocho Cultural, frente a la Librería El Buscón. Allí se presentaba Transectos por la selva, las crónicas de Guadalupe Burelli, publicadas por Gisela Cappellin Ediciones.
Rafael Arráiz Lucca convocaba al encuentro; Tahía Rivero y Soledad Morillo Belloso habían sido invitadas a hablar sobre Guadalupe. Gisela las presentó. Al final, también participaron el convocante y la mamá de Guadalupe, lo que convirtió el evento en una despedida significativa para las más de 300 personas que llenaron cada espacio del patio central de Trasnocho Cultural.
Yo había llegado hasta allí por Gisela. Quería acompañar a mi querida amiga y celebrar con ella la llegada de un nuevo libro de su editorial a las manos de sus lectores.
Admiro su sensibilidad, su inteligencia, su disciplina, su generosidad y esa capacidad tan suya de hacer comunidad, provocar encuentros y vincular personas y proyectos. Gisela consigue que las cosas sucedan y que, alrededor de ellas, también nos encontremos los demás.
El azar, por su parte, me había reservado un asiento VIP ubicado, literalmente, en las escaleras. Para mi sorpresa, allí coincidí con la poeta Carmen Verde Arocha, a quien respeto y estimo. Ella había colaborado en la edición del libro.
Desde aquel escalón me quedé para escuchar y aplaudir a Sole, quien, subida sobre tacones imposibles, no parecía la misma mujer que, con su desparpajo, me había hecho reír sin pena en un café que conozco y que me conoce.
Esta versión de Soledad me arrancó diez lágrimas cuando sus palabras dejaron claro que no había acudido allí como cronista. Estaba allí únicamente en calidad de amiga.
Y esa es otra historia: una en la que deseo que algún día alguien me recuerde con esa misma ternura sagrada, con esa pasión capaz de rasgar la voz de la más templada oradora, con esa urgente necesidad de mantenerme viva por diez minutos más, aunque solo sea en un discurso que ninguno de los presentes podrá olvidar.
Nunca coincidí con Guadalupe en persona. No tuve esa suerte ni ese privilegio. La conoceré en sus relatos, como comencé a conocerla aquella tarde en las palabras de quienes fueron a honrarla.
De Sole me quedó la esperanza de una amistad que apenas comienza.
Al despedirnos, Gisela me regaló un ejemplar de Transectos por la selva y una flor. Regresé a casa con ambos entre las manos: una vida que todavía me falta leer y algo puro acompañándola.
Aquel gesto se parece mucho a Gisela: reúne las palabras y la belleza, la memoria y el afecto, y permite que una historia encuentre nuevas manos donde seguir viviendo.
Como si fuera una canción de Nino Bravo, al partir de allí me llevé… un libro, dos afectos y una flor.
Gracias a la poeta y periodista Raquel Markus-Finckler por esta inolvidable reseña sobre la presentación del libro Transectos por la selva, de Guadalupe Burelli.
Los Editores

