Debajo de los escombros de la memoria
Por Elizabeth Rojas Pernía
La memoria no guarda películas, guarda emociones. Pero cuando el trauma las sepulta, recuperarlas es la única forma de liberar al cuerpo del peso de lo que no se pudo nombrar.
Bessel van der Kolk
«Ese veinticuatro de junio me encontraba en nuestro apartamento —el resto de la familia no había llegado aún, o eso creía yo—, en el piso quince. Acaba de salir de la ducha y mi cabello aún chorreaba un poco por mi espalda, aunque lo había estrujado bastante con una toalla. Hacía calor y, como no había más nadie, no me había vestido. Me senté al borde de la cama a revisar mis mensajes. Uno era de mi hermano. Le respondí, pero mi mirada enseguida se apartó del teléfono porque una pelota rodó hacia mis pies. Es lo último que recuerdo. Después todo el edificio se desplomó y quedé tapiada por una losa que, en su propio derrumbe, vino a incrustarse sobre mi cuerpo. Perdí la consciencia. Cuando la recobré, el espanto de saber que mi hogar ya no existía y que yo estaba sola y desnuda, aumentó mi parálisis. La inmensidad que me rodeaba parecía gemir y gruñir como un monstruo derrumbado y adolorido. Yo, en cambio, no gritaba, como no lo hacía desde niña, sin importar lo que me pasara. Permanecí inmóvil, y muda, en posición horizontal. Volví a sentir gotas rodando por mi frente, pero supe que no provenían de mi cabello, que ahora estaba cubierto de polvo y de pequeños trozos de cemento y de vidrio. Un olor ferroso que inundó mis fosas nasales me indicó qué era lo que bajaba por mi cara: mi sangre. Todavía no sentía dolor. Tampoco sabía cuánto tiempo había transcurrido ni la enormidad de lo que había pasado. La placa de concreto, que pesaba mucho más en la zona del vientre que en el resto de mi cuerpo, me producía más asco que dolor. No entendía por qué sentía tantas arcadas ni por qué aborrecía tanto el contacto con esa superficie áspera. El líquido continuó su recorrido por mi cuerpo y llegó hasta mi abdomen. Tocar su consistencia pegajosa me causó tal repulsión que vomité. En ese momento me di cuenta de que había permanecido con los ojos cerrados. Los abrí y sentí pánico ante la negrura que me rodeaba. Los cerré otra vez. Escuchaba mi respiración y, a pesar de lo que siempre sugieren los meditadores, “respira profundo, observa tu cuerpo al respirar y relájate”, hacerlo no me calmaba, al contrario, sentía que me asfixiaba. Intenté concentrarme en otra cosa. Los ruidos habían cesado —el monstruo había dejado de gemir—. En la oscuridad total de esa cámara insonorizada, con la omnipresencia del bloque que me aprisionaba, empezaron a asaltarme las imágenes. Los latidos del corazón retumbaron como mil tambores.
Estoy en el cuarto de Alicia, mi mejor amiga del colegio. Me encanta pasar fines de semana con ella armando rompecabezas, dibujando o turnándonos para leernos cuentos en voz alta. Aunque le insisto para que sigamos despiertas, ella se duerme muy pronto y me quedo sin su compañía. Leo un rato más hasta que, también a mí, el sueño me gana la partida.
El papá de Alicia me dice que no hable, que me quede quieta y que nada malo me va a pasar. Me toca despacio antes de aplastarse sobre mí y quitarme el aliento. Yo siento su piel velluda rozándome la barriga. Una mano callosa me sella la boca y la otra hurga mi cuerpo. Mis párpados y mis manos están muy apretados.
¡¿Qué es todo esto?!, me pregunté y la cabeza casi me estalló de dolor. Empecé a temblar, y cuanto más me agitaba, más me herían los bordes filosos de mi lecho de escombros. Aunque desde niña he vivido con miedo y asco, nunca había comprendido el motivo. Y sin importar lo que pasara, jamás gritaba. Jamás.
El papá de Alicia acerca su boca a mi oído, y muy bajito, con un aliento que apesta a alcohol, me dice: —Si le cuentas a alguien nuestro secreto, te mueres.
Escuché un pito y luego voces, —¡¿Hay alguien aquí?!—, pero no pude gritar que sí, que aquí estaba yo, con frío, paralizada y con una herida en mi cabeza que seguía sangrando. Otra vez, obedecí: mudez ante el horror.
Empecé a sudar tanto que el frío desapareció. El río de lágrimas que salían de mis ojos se mezclaba con la sangre de mi rostro y mi cuello. Intenté quitarme aquel asqueroso bulto pétreo de encima, pero era imposible. Perdí el conocimiento otra vez. Cuando volví a tener consciencia, tiritaba; el dolor en la frente era insoportable y tenía las piernas acalambradas. No pude aguantar más y me oriné por primera vez. El calor del líquido que rodaba por mis muslos me resultó grato, hasta que el contacto con las ruinas que me oprimían lo enfrió rápidamente. Deber ser de noche, pensé.
Más recuerdos se agolparon donde antes solo había una inmensa laguna inerte. Mi mamá me lleva a casa de mi amiga, aunque yo le suplico que no lo haga. Alicia ya tampoco se divierte tanto conmigo. Tengo ocho años y estoy muy delgada, soy huraña y prefiero quedarme en mi cuarto. Escribo y dibujo historias de niñas que corren y juegan en lugares lejanos donde hay hadas que las protegen. Duermo con esos dibujos bajo la almohada.
Seguí leyendo y escribiendo. Me gradué y empecé a trabajar en una editorial. Amo mi trabajo entre libros, mejor si son ilustrados. Las relaciones, en cambio, no se me dan bien. Sigo siendo bastante delgada. Y callada.
Algo empezó a moverse a mi alrededor. Una luz que hirió mis ojos penetró en el hueco donde había permanecido desde el desplome. Un brazo se alargó hacia mí y una mano me tocó. Yo toqué y me aferré a ese brazo como jamás lo habría hecho antes. Toqué y grité, grité y grité. Pero sonreía. Repetían: —Todo está bien, te vamos a sacar pronto—, aunque yo no gritaba de desesperación. Estrenaba sonidos como si mi garganta se hubiera abierto de par en par y años de horroroso silencio terminaran esa noche de terremoto. Recordé a las ballenas barbadas con sus enormes bocas abiertas que dejan pasar miles de litros de agua cargada de los diminutos organismos que las alimentan. Y mientras dura ese festín, sus mandíbulas permanecen expandidas para que entre toda la vida posible.
El brazo que me haló hacia la vida era de mi hermano. Había llegado a las seis y tres minutos de la tarde del día veinticuatro y caminaba hacia el ascensor para subir a nuestra casa. A las seis y cuatro minutos, el movimiento del piso bajo sus pies lo hizo correr hacia afuera a tiempo para salvarse, pero también para ver cómo aquel gigante, con su hermana adentro, caía en picada. No paró de cavar y remover lo que hiciera falta hasta encontrarme. Era la mañana soleada del veintisiete de junio cuando, por fin, salí de las tinieblas. Me cubrió con su chaqueta y limpió el polvo blanco, manchado de rojo, de mi rostro. Me dijo que el resto de la familia estaba bien. Deseé tanto abrazar a mi papá… Se lo dije a mi hermano, y mi voz sonó diferente. Un médico retiró la maraña de cabello de mi cara, cosió la profunda herida de mi frente y limpió el mapa que restos punzantes de edificio habían dibujado por todo mi cuerpo. Y el tatuaje púrpura, que la losa férrea estampó en el lugar donde había quedado tapiada mi memoria, requirió muchos cambios de vendajes para cicatrizar. Cuando supe que quizás esa marca no se borraría, sentí que estaba bien que se quedara allí para que yo no volviera a olvidar, no volviera a olvidarme. El doctor suturaba, yo lo miraba. También lo tocaba. Y sonreía. Sabía que él me creía trastornada y yo me sentía demasiado ¿nueva? para que me importara. Entonces escuché —bendita memoria—, como si la misma Mary Oliver me lo recitara por dentro, su verso: No me molesten. Acabo de nacer.
Tres días lejos del mundo de los vivos y las placas desplazadas en mi infancia empezaron a acoplarse otra vez. Podía tocar y podía gritar.
A veces pienso en Alicia con honda tristeza. Al recuperarme un poco sentí curiosidad por saber de ella. Perdimos todo contacto cuando mi familia se mudó a otra zona de la ciudad. Nadie supo darme noticias. Nada, como si a partir de los catorce años se hubiera borrado todo rastro suyo. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando comprendí que mi amiga de infancia había acabado con su vida. No tuvo tiempo de descubrir que ella, igual que yo, también tenía un lugar en la familia de las cosas, tal como escribió Mary, la misma poeta, tras sobrevivir a los tormentos de su propia infancia».
Así ha discurrido en terapia el relato de “Ana”, ¡bendita memoria!, y su deseo de que yo lo escribiera.
Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía de la UCAB con estudios de posgrado en Alemania. Psicoterapeuta de orientación junguiana. Coach ontológico. Crítica cinematográfica. Con Diplomado en Literatura del Mundo. Autora del libro «Viaje al centro de la Resiliencia.
Editora de la web: Carmen Cristina Wolf Losada

