Frankenstein: de monstruo gótico a criatura piadosa
Elizabeth Rojas Pernía
Las mayores dificultades del hombre empiezan cuando puede hacer lo que quiere
H. Huxley
I
El mito que crea Mary Shelley en su novela Frankenstein o el moderno Prometeo es uno original e innovador, aunque esté vinculado a otros mitos o historias, como, sin duda, el de Prometeo, incluido en su título, pero también con el Dr. Fausto, de Marlowe, que representa la monstruosidad del conocimiento, o con el Gólem, de la leyenda judía. Y también hay antecedentes en poemas épicos del s. XVII, como El paraíso perdido, de John Milton, donde Satanás interpela a su creador, «¿Te pedí, por ventura, Creador, que transformaras en hombre este barro del que vengo? ¿Te imploré alguna vez que me sacaras de la oscuridad?», frases que la autora inglesa incluye como epígrafe al inicio de su obra. Y la gestación de este clásico de la literatura universal, en 1816, ocurre en un contexto tan peculiar como lo será su trama. Ese año sin verano, debido a la violenta erupción del volcán Tambora, en Indonesia, que oscureció completamente los cielos de varios países, dejó atrapados en la Villa Diodati, en Suiza, a Mary Godwin (aún sin el apellido de casada), Percy Shelley y Claire Clairmont, en su visita a Lord Byron, quien estaba acompañado por el Dr. Polidori, su médico personal. Esos días y noches, que forzosamente transcurrían bajo techo, eran amenizados por la lectura de una colección alemana de cuentos de fantasmas, que inspiró al anfitrión a retar a sus amigos a escribir el mejor cuento de terror. Mary se tomó el reto tan en serio, que tuvo una horrible visión fantasmal que dio origen a su magistral relato gótico.
II
El Romanticismo, movimiento en el que se inscribe la obra de Mary Shelley, amplía los límites de la belleza hasta incluir la categoría de lo sublime ?rescatada del planteamiento original que hiciera el griego Longino?, que más allá de lo bello, como armónico, equilibrado y que evoca calma y placer, incorpora lo aterrador, lo inconmensurable, lo desmesurado, que simultáneamente produce placer y terror. La literatura gótica, derivación inglesa del Romanticismo, representa esa particular estética, que alcanza su máxima expresión con el Frankenstein de la jovencísima y culta Mary Wollstonecraft Godwin. Al nacer en hogar de Mary Wollstonecraft, considerada la primera feminista, autora de la Vindicación de los derechos de la mujer, y de William Godwin, filósofo político, escritor y precursor del pensamiento anarquista, creció rodeada de libros y presenció frecuentes debates filosóficos, políticos y científicos en la casa de su padre.
La transgresión de Víctor Frankenstein, científico brillante, de ambición desmedida, y moderno Prometeo ?que ya no es un semidios o un titán capaz de crear vida, sino un mortal que lo hace a partir de cadáveres?, es monstruosa, de acuerdo a la concepción de su autora literaria, pero más monstruosa aún es su incapacidad moral para hacerse cargo de su creación. Al rechazar, maltratar y desentenderse de la criatura, está mostrando que detrás de su genialidad, inteligencia y racionalidad, acecha su pequeñez afectiva. Así narra M. Shelley ese momento de creación:
«Fue en una noche gris de noviembre cuando vi culminar mi labor. Con una ansiedad que rozaba la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos de la vida para infundir una chispa de existencia en el ser inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia repiqueteaba lúgubremente contra los cristales, y mi vela estaba casi consumida, cuando, a la luz tenue de aquella penosa vela, vi abrirse el ojo amarillo y apagado de la criatura; respiraba con dificultad, y un movimiento convulsivo agitaba sus extremidades». «Lo había deseado con un ardor que superaba con creces la moderación; pero ahora que había terminado, la belleza del sueño se desvaneció, y un horror y una repugnancia indescriptibles llenaron mi corazón. Incapaz de soportar la apariencia del ser que había creado, salí corriendo de la habitación…»
III
Prometeo, ser mitológico con el que Shelley asocia su protagonista, ha sido una figura a la que continuamente se ha apelado, tanto en el arte como en la filosofía. Ha sido asociado con el arquetipo del héroe rebelde, que desobedece a Zeus para favorecer a la raza humana, y simultáneamente con el transgresor del orden olímpico. Sin embargo, para que una actitud heroica pueda ser considerada prometeica debe poseer, además de fuerza y astucia, compasión: fue esa cualidad, junto a la indocilidad, lo que condujo a Prometeo a robar el fuego divino, para otorgárselo a los seres humanos y promover así el conocimiento, el progreso y la civilización. La consecuencia de transgredir las restricciones impuestas para beneficiar a la raza humana fue su sufrimiento incesante.
Si no toda fuerza, transgresión o rebeldía son prometeicas, pues requieren de la inclinación inicial a proteger y actuar con calidez y cercanía hacia los protegidos, Víctor Frankenstein no sería propiamente prometeico a pesar de poseer algunos de sus rasgos característicos, porque carece de la filantropía del Prometeo original. La creación de vida, razón que anima su primera transgresión, solo está motivada por la soberbia de creerse apto de vencer a la muerte misma. Si sería, en cambio, titánico, esto es, desbordado.
IV
El 7 de noviembre de 2025, a los 207 años de haber sido publicada por primera vez la novela, Guillermo del Toro estrenó la última versión cinematográfica de esta obra, que posee más de 60 adaptaciones a la fecha, y en su elenco incluye al nada grotesco Jacob Elordi, a cargo de la criatura. En el culmen de su carrera, vemos al mexicano permitirse varias transgresiones, que son más que licencias creativas. El padre de Víctor aquí es aberrante, en contraste con el padre original que se muestra amoroso, atento e interesado en guiar a su hijo, de inteligencia y curiosidad intelectual enormes. Del Toro convierte al padre de su Víctor en uno que, a fuerza de frialdad afectiva y de maltratos, termina forjando un pequeño monstruo, quien más tarde replicará la misma crueldad al relacionarse, e intentar educar, al ser al que da vida en su laboratorio. Otra importante transgresión es que la criatura fílmica del Del Toro luce más cercana a lo bello que a lo sublime. Elordi sigue siendo guapo debajo de todas las prótesis y de todo el maquillaje; como criatura posee un cuerpo esbelto, bien formado, una estatura imponente, pero no descomunal, y sus costuras-cicatrices, indefensión inicial, movimientos erráticos y vulnerabilidad aparente, ejercen una atracción irresistible en Elizabeth, quien prefiere un instante a su lado ?así sea el último de vida? que una vida entera casada con William, su apolíneo prometido. Solo a un ser con estas características, menos monstruosas, puede este director mexicano convertir en alguien capaz de mudar la sed de venganza en perdón y el deseo de matar en reconciliación, pero, además, volverlo el hijo de un padre que nunca lo fue.
Mas allá de todo el mérito que el acto de perdonar pueda tener en la vida humana, si se eliminan, o ignoran, los elementos titánicos, se corre el peligro de mirar ingenuamente nuestra psique -o la de otros-, en cuya misteriosa profundidad y complejidad, pueden anidar aspectos irredimibles. La obra de Shelley, que sí mantiene la monstruosidad intacta ?la de Víctor al jugar a ser Dios, crear vida y vencer la muerte, y la de la criatura, al usar su atroz fuerza física y su locuacidad como armas principales para imponerse?, está manteniendo la lupa en el peligro, en lo amenazante, en lo que una vez desatado, no cesa en su destrucción: los aspectos titánicos, que son incapaces de experimentar el perdón y la dulce reconciliación. Es la razón, ni más ni menos, que, según el mito originario, condujo a Zeus a desterrar al Erebo a dichas fuerzas, donde deben permanecer a buen resguardo pues no fueron aniquiladas, solo vencidas. Guillermo Del Toro, al hacer un guion piadoso, cubre la historia con una dulzura que la aleja tanto de la novela que le sirvió de inspiración, que termina siendo casi otra obra, no solo otro lenguaje. Las preguntas existenciales, morales, que plantea la autora inglesa no son protagonistas aquí. Su tercera transgresión, al volver a la criatura invencible e inmortal, la convierte en una suerte de ser quimérico: es titánico y, a la vez, puede conmoverse hasta las lágrimas y estampar un beso en la frente de su arrogante padre -como es forzado a ser en esta versión-, mientras lo absuelve completamente, y ambos se declaran amor, en una escena que recuerda demasiado el largo linaje de telenovelas mexicanas que el director lleva a cuestas como herencia. También es explícita la enorme influencia de su educación católica: apenas creada, la criatura es elevada por el Dr. Víctor Frankenstein sobre un soporte a manera de cruz, con los brazos extendidos y el cuerpo semidesnudo, y está a punto de recibir la chispa que le insuflará vida, como a un Cristo a punto de iniciar, no de terminar, su camino de sufrimiento. El desenlace de esta novísima trama será, pues, la resolución del conflicto entre criatura y creador mediante el perdón, lo cual permite que Víctor muera en paz y la criatura viva eternamente, sin estar poseído por la sed de venganza. ¡Redención alcanzando las cumbres del melodrama!
La criatura de Del Toro parece traslucir más una necesidad profundamente personal del director, que algo que esté en la propuesta de Shelley, y que más bien la traiciona. El niño que fue, y que aún anida dentro de Guillermo del Toro, que se sentía al mismo tiempo un freak y un devoto católico, con la realización de su Frankenstein da rienda suelta (con una cinematografía deslumbrante, hay que decirlo) a su urgencia infantil de reconciliación cristiana entre un padre y un hijo. Es conocido el profundo rechazo que la temprana afición de Guillermo del Toro por el cine y por los monstruos produjo en su padre, quien calificaba sus inclinaciones artísticas de “capricho inútil”. El distanciamiento fue inevitable durante años.
V
Si hablamos de monstruos, hablamos del latín monstrum ?advertencia divina?, y de monstrare – mostrar para referirse a lo que se muestra diferente, deforme y que presagia una desgracia. Víctor Frankenstein escoge las partes más bellas de distintos cadáveres, las une y produce algo terrible. La autora misma llama a su personaje engendro, ser demoníaco. En la edición de 1831, escribe: «Y ahora, de nuevo, envío a mi espantosa progenie a que avance y prospere». El mérito enorme y atemporal de la novela de Shelley es revelar lo monstruoso que se manifiesta de diferentes maneras: soberbia, violencia, venganza, crueldad o ambición extrema. Y hay que insistir en la doble monstruosidad que concibió la autora inglesa. Es literal en la criatura, y es de carácter en Víctor. Es preciso detenerse en las enormes implicaciones que tuvo la intuición inicial de Mary, alimentadas por su vasta cultura literaria y filosófica. Al condenar la actitud encarnada por el brillante e indetenible Dr. Frankenstein, está señalando los peligros que ya asechaban a la Inglaterra de la Revolución Industrial. El triunfo desmedido de la razón, del progreso científico y tecnológico sin consideración por las consecuencias éticas, encarnado en Víctor, así como la crítica al poder patriarcal (un niño que pierde tempranamente a su madre y que de adulto se propone crear él solo, sin la participación femenina, a otro ser). Al mismo tiempo, Shelley muestra en su obra el surgimiento de la clase trabajadora explotada y desdeñada por los poderosos, representada por la criatura anónima y abandonada por su creador.
Cuando Frankenstein juega a ser dios apunta al ámbito que está más allá de la tierra. Su desconocimiento de lo sagrado vuelve su acción monstruosa, imperdonable, aunque Del Toro necesitó imperiosamente que su Víctor lo recibiera de su criatura. Esa suprema transgresión le negó su tercer Premio Óscar, a mejor película, quizás el más deseado.
Elizabeth Rojas Pernía es licenciada en Filosofía (UCAB), con estudios de posgrado en
Alemania (Universidad Alberto Magno); Psicoterapeuta de orientación junguiana; Coach Ontológico certificado; Master en Crítica Cinematográfica; Diplomado en Literatura del Mundo; Autora del libro “Viaje al centro de la Resiliencia” y de relatos de microficción.
Articulista en Papel Literario de El Nacional; Prodavinci; La Gran Aldea; El Espectador, Círculo de Escritores de Venezuela.

