Heberto Gamero: Intentos virtuales

INTENTOS VIRTUALES

Heberto Gamero Contín

(Del libro Cuentos de pareja y otros relatos)

—Déjame verte.

Ella hizo gala de una paciencia casi agotada.

—No es mucho lo que puedas ver –dijo, simulando estar de acuerdo.

—Algo es algo– insistió el hombre con expresión risueña, sarcástica. Ella se levantó con cierto desgano como si una nueva decepción estuviese a punto de sumarse a las que ya había vivido. Se puso frente al ordenador e hizo una reverencia rápida, luego se sentó con el apremio de quien quiere pasar a otro tema.

—Eso no fue suficiente –dijo el hombre–. Quiero verte toda. Qué tal si te levantas de nuevo y das una vuelta. Virginia lo miró con cierta tristeza y lo despidió para siempre.

Se quedó algunos segundos con la mirada fija en la pantalla cuya claridad rebotaba en su cara como la luz de un flash interminable. Respiró profundo. Luego, con ambas manos y los codos apoyados en el escritorio, frotó varias veces su cuero cabelludo. Le dio un repaso a las cosas que la rodeaban: su diploma de la universidad, la foto de su hijo, la marca de su ordenador, el polvo sobre la mesa, en la lámpara, el cuadro abstracto, los libros que no se llevó el exmarido, sus manos huesudas, las pequeñas manchas que comenzaban a aparecer en ellas. Luego revisó sus correos. Detalló las mejores fotos del año anterior, el tamaño de los planetas, el chiste de la mujer perfecta, la mejor forma de evitar la diabetes, el de eternamente jóvenes y algunos otros con música suave y pensamientos altruistas. Apagó la máquina. Fue a la cocina y bebió un poco de agua. Miró dentro de la nevera durante largo rato. Sacó un yogurt. Luego le sirvió un poco de comida a Coco, su fiel e incondicional perro de mirada dulce y siempre obediente. Una sirena en medio de la noche se perdió a lo lejos. Mientras comía el yogurt pensó en llamar a su hijo que estudiaba en Francia, pero al ver la hora desistió de la idea. Encendió el televisor y comenzó a ver una película que sin razón alguna la hizo llorar. Lo apagó. Luego se fue a la cama, tomó el libro que reposaba sobre la mesa e intentó leerlo.

Siempre disfruté el estar sola. No sé qué me pasa ahora. Quizás ya he estado mucho tiempo sola y ahora tengo dudas de si estoy sola porque quiero o porque ya nadie se fija en mí. Siempre pensé en lo primero, en que estaba sola porque así lo quería, nunca porque ya no despertara las sensaciones de las cuales antes me ufanaba. Bueno, nunca fui lo que se llama una vampiresa o el prototipo de un símbolo sexual, nada de eso, ni quise serlo tampoco, pero confiaba en mí, confiaba en encontrar al hombre que me propusiera cuando así lo decidiera. Pero ya ves, cuando después de todo sientes la necesidad de alguna compañía y de alimentar un poco tu espíritu con el combustible del ego, nada pasa: los hombres solo se fijan en las jovencitas y los más serios están casados o comprometidos. Ya no creo que estar sola sea la mejor forma de pasar el resto de mi vida. Es cierto que hago lo que quiero: voy al cine en cualquier horario, cocino solo para mí, leo o veo televisión hasta la hora que apetezco; todo eso es verdad, pero… no sé, quizá me cansé de toda esa independencia, o quizá ya me curé de aquel recuerdo y ahora quiero volver a las andadas… Fue muy cruel. Yo confié en él desde que nos casamos. Al principio siempre regresaba temprano a casa, le preparaba la cena y comíamos viendo la televisión. Era tan atento. A veces se presentaba con un ramo de rosas en medio de unas ramas de eucaliptos. Durante varios días la casa olía a eucaliptos. Todavía hoy en día, cuando huelo el eucalipto en algún lugar, recuerdo aquellos años. Un buen día comenzó a llegar tarde. Yo nunca desconfié de él hasta que escuché aquel mensaje en la grabadora. Todo se derrumbó. Mi vida cambió. Me dije que nunca más confiaría en un hombre. Pero, no tienes remedio, aquí estás, todos los días aferrada a Internet con la esperanza de encontrar a alguien que valga la pena. Fue muy emocionante. Las primeras veces lo fueron. Llegaba temprano del trabajo y me sentaba frente al ordenador como si se tratara de un juego. Conocí a Raúl. Leí su ficha y me pareció interesante: profesional, divorciado como yo, también con hijos grandes, de buen nivel cultural y de muy buen humor. Nos escribíamos muchísimo; hablábamos durante horas por teléfono hasta que un día me invitó a salir. Qué sorpresa. A veces me pregunto si estas cosas me pasan solo a mí: el hombre había publicado una foto vieja y había puesto una edad mucho menor de la que tiene. No me decepcionó tanto porque fuera viejo sino por la mentira. Si hubiese sido honesto desde el principio, como yo lo fui, quizá… Unos días después conocí a Alfredo. El mismo perfil del anterior, pero desde un principio le advertí que nada de engaños, que no quería juegos ni cosas por el estilo. Como con el anterior, chateamos hasta más no poder. Quería estar segura de que esta vez sería diferente. Así parecía serlo. Era un hombre culto. Yo, que me jacto de haber leído mucho, me sentía abrumada ante tanto conocimiento. A veces lucía un poco pedante con su palabrerío, a veces rebuscado, pero imagino que él pensaba que era una de las maneras de cautivarme y yo estaba dispuesta a tolerar ese tipo de defectos, si es que se puede calificar como tal. Me invitó a cenar. Al principio lo encontré un poco serio, distante, tímido, pero después de beberse el primer whisky se sintió más en confianza. Me reconoció, creo, como la persona a quien con tanta soltura y simpatía había contado sus cosas por chat y por teléfono. Yo pedí un vino y enseguida ordenó una botella. Le dije que con una copa estaba bien, pero él dijo que no pensara que me la iba a beber sola, que él también bebería durante la comida. Me pareció razonable. Tomé un trago de la copa de vino que sirvió el mesonero y también me sentí más relajada y a gusto con la conversación.

Alfredo pidió otro whisky, luego otro y otro. A medida que iba tomando se iba convirtiendo en aquel hombre simpático y conversador lleno de anécdotas históricas y palabras extravagantes que había conocido por Internet. Con horror me di cuenta de que el hombre que me gustaba, el que había conocido en el chat, no era este que ahora estaba sentado frente a mí, aquel se había quedado dentro del ordenador, lleno de tragos. Un fuerte dolor de cabeza cerró aquel encuentro. Luego conocí a un jovencito que parecía que en vez de buscar una novia buscara a una madre, después a otro que lloraba mientras me contaba sus problemas, luego a un escritor frustrado que no encontraba quien le publicara sus libros, a un mecánico que confesaba que le era imposible sacar el mugre de sus uñas, a un ingeniero civil a quien lo demandaron por haberse equivocado en los cálculos de una construcción, a un divorciado con nueve hijos, a uno que necesitaba apoyo económico y lo reconocía sin vergüenza alguna (ja, por lo menos este fue sincero), a otro que con cincuenta años todavía vivía con la madre. También conocí a uno que le había pegado a su mujer “pero no tan fuerte”, a otro a punto de suicidarse, al que estuvo preso y lo cuenta como una gran hazaña, al que dijo que yo era una vieja retardataria, en fin…

Los párpados se le fueron cerrando al mismo tiempo que el libro caía sobre su pecho. Fue una noche intranquila. Abría los ojos y los cerraba con suavidad al notar que estaba fuera de peligro. De vez en cuando dejaba deslizar su pierna solo para sentir el calor de su querido Coco. Le producía cierta satisfacción el confirmar, una y otra vez, que en definitiva era su perro quien la acompañaba en la cama.

*Heberto Gamero Contín, venezolano, egresado de la Universidad Central de Venezuela, destacado cuentista, novelista, biógrafo y cronista. Imparte con mucho éxito talleres destinados a enseñar a escribir relatos. Ha obtenido premios y menciones honoríficas por sus cuentos y libros. Fue publicado por la Editorial Equinoccio y por el Círculo de Escritores de Venezuela. Diez de sus libros han sido reeditados en España y se encuentran en las librerías de Caracas y en Amazon. Uno de sus libros más vendidos es TALLER aprende a escribir un cuento. 

Redes: @hebertogamero en  Twitter y en Instagram

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *