Atanasio Alegre: Un obispo sin mitra

UN OBISPO SIN MITRA

 Por Atanasio Alegre

Atanasio Alegre

 

 Para que no se olviden de uno hay que dejar, antes de disolverse en la eternidad, una escuela y un pozo, decía Antón Chejov, quien no sólo dejó escuelas y bibliotecas, como la se Sajalin y el pozo de su finca familiar en Melinjovo, sino un universo literario que por su estilo y el cultivo de una metafísica terrenal sin cruces ni resurrecciones abrió las puertas de la narrativa del siglo XX. Lo de la escuela debió decirlo por la sencilla razón de que se encontró allí con un pope que alternaba las enseñanzas religiosas con la lectura de Goethe, Shakespeare y Puschin, una influencia que lo vinculó a la literatura de por vida. Ya en Moscú y cursante de la carrera de medicina, comenzó a escribir artículos y sátiras durante el tiempo libre. Se creía entonces erróneamente que la sensibilidad literaria de este joven escritor frente a todo lo que significara dolor, indiferencia y soledad se debía a la tuberculosis de que era víctima. La desmitificación de los lugares más queridos, la muerte del alma por una sobredosis de sentimentalismo, el alejamiento de los más cercanos y de uno mismo, la fragmentación del saber y de los sentimientos constituyen el universo literario de Chejov. Su tarea fue la de mostrar la indefensión ante la desgracia, frente a las perversiones del poder, ante la violencia estructurada, tanto en su teatro como en sus relatos. Ya había dicho que la medicina era su esposa legal, pero la amante fresca, inagotable, sentimental y exuberante era la literatura. Y dentro de la literatura, volvería a repetir el símil: la narración es la esposa y la amante, el teatro.

En 1889 murió su hermano Nicolás el ilustrador de sus cuentos. Emprendió entonces un extraño viaje a Sajalin, un lugar donde se almacenaba toda aquella mercancía humana que, social o políticamente, no encajaba en la Rusia de los zares. Trajo de allí diez mil fichas con las que compuso una de las más grandes crónicas de época alguna. Las fotos de aquel tiempo nos ofrecen la imagen de un hombre delgado, elegante, de barba abacial. Viendo aquella foto dijo Samuel Beckett: Nunca hubo una sonrisa igual. Era la de la bondad de esta especie de obispo sin mitra, como lo definió Sean

   O Casey, en su misión de denunciar ante el poder la miseria de todo un pueblo. Cuando Lenin leyó El paciente del cuarto numero 6, confesó sentirse tan extrañamente conmovido que llegó a creer que era él mismo el enfermo de aquel cuarto. Chejov murió en 1904. Poco antes de expirar, pidió una copa de champagne, la bebió lentamente, inclinó luego la cabeza sobre el lado izquierdo y falleció. Ciento cincuenta años han transcurrido desde que naciera en Taganrog, en 1860, este maestro de la narrativa.-

Muchísimas gracias al novelista, investigador y traductor Atanasio Alegre, por haber enviado este texto inédito para nuestra Revista. Los Editores.

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