La Búsqueda: La resistencia a los totalitarismos

Una lectura de la novela «La Búsqueda» de Blanca Miosi

He finalizado la lectura de la novela La Búsqueda, (Roca Editorial. Barcelona. 2008) con un sentimiento de desolación. La autora es Blanca Miosi, escritora peruana residente en Caracas y Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. He sufrido con Waldek Grodek, su inolvidable protagonista el menosprecio y la crueldad, como víctima de dos de los más terribles engendros del mal, el Nazismo y el Comunismo, movimientos políticos inspirados por ideologías que buscaban la permanencia del poder totalitario y la devastación y sometimiento del ser humano. Marcado por un sino trágico, Waldek expresa su pasión por la vida mediante la capacidad que tiene para adaptarse a las situaciones trágicas y una vez superadas,  alcanzar logros desarrollando brillantes proyectos.

El hilo narrativo de esta obra de ficción se extiende entre dos hechos que simbolizan la violencia desmedida del Siglo XX, la invasión de Varsovia por Adolf Hitler el 1º de  septiembre de 1939 y la explosión de las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre  de 1998. Ambos hechos nos enfrentan a una de las mayores desgarraduras del alma universal, al encarar la amenaza del terrorismo y del fanatismo, cuando son usados como instrumento de destrucción y de muerte. Septiembre parece ser en estas páginas, el mes  más cruel, en amplia contradicción con el poema que nombra a Abril.

Como transeúnte de esta centuria he recordado en esta lectura de ficción, pero apegada al acontecer histórico, el drama del hombre contemporáneo. La causa de este drama se debe sin duda a los males acarreados a los habitantes de este planeta por los  gobiernos totalitarios. La peor de todas las consecuencias es la pérdida de las cualidades  indispensables para detentar la condición de ser humano: la dignidad y la compasión junto a las restricciones a la libertad y a los derechos fundamentales del hombre.

Waldek adolescente es apresado por su trabajo en la resistencia contra los invasores alemanes, y llevado a un campo de concentración. En las citas siguientes se testimonia lo expuesto anteriormente. “Empezamos a comportarnos como animales desesperados   por    sobrevivir,   insensibles al dolor ajeno…” (pag.69) “Había perdido casi completamente la capacidad de tener sentimientos, esa fue la peor consecuencia de mi cautiverio. (pag.94-95).

En las situaciones límites, el hombre siempre encuentra la esperanza que le impide caer en la inconsciencia. Si bien, el narrador mantiene el relato de las vicisitudes que soportan quienes son llevados por su credo, su nacionalidad o su posición política a los campos de exterminio de una manera fiel  al horror padecido,  muestra también las experiencias, que por instantes, devolvían a aquellos seres despojados  de toda esperanza, la fe en sí mismos.

Entre los personajes que ayudaron a mantener encendida alguna luz entre tanta oscuridad está el Tío Romatowski,  un  sastre polaco que confeccionaba los uniformes de los oficiales. El animaba a los jóvenes a recibir clases al final de la jornada y repartía entre los asistentes mendrugos de pan y otros alimentos a los que tenía acceso por su trabajo. El protagonista expresa su opinión de la siguiente manera: ”El Tío Romatowski me ayudó moralmente a conservar algo de humanidad.” (pag. Uno de los rasgos que me fascinaron de quien relata la historia, es su hondo conocimiento de la condición humana.  El lector encara la historia del mal, pero no hay una línea que separe  “los buenos” de  “los malos”. Existen pequeñeces, incomprensiones egoísmo y maldad en personas del entorno cercano al protagonista, amigos y familiares. Se señala también gestos de bondad y de grandeza entre los opresores, entre los causantes del dolor y de la tragedia. Es en este caleidoscopio de pasiones donde la novela toma una gran dimensión. El universo que nos muestra la escritora, es el del mundo real. El siglo donde el hombre caminaba al borde del abismo, en el claro oscuro de la vileza y de la generosidad.

Para quien desde temprana edad había sufrido los destrozos de la posguerra, la experiencia de los campos de concentración y una fuga del recién levantado muro de Berlín, el cual abría una incisión en Europa y en el mundo,  no podía tener otro deseo diferente al de viajar para residenciarse en un país de América del Sur. La visión que tenía este personaje de este continente era la de un “Nuevo Mundo” conformado como paraíso terrenal, con apacibles paisajes y sobre todo con la oportunidad de vivir en paz.

Aunque es en estas tierras donde desarrolla su potencial profesional obteniendo el éxito económico, sin embargo las traiciones, las injusticias, la depresión y la muerte lo llevaron nuevamente a vivir situaciones dolorosas.  Primero en Perú  durante el gobierno del General Odría quien repitió la formula de la izquierda radical, expropiando y limitando las libertades individuales y arrastrando al país a la miseria y al atraso. Huyendo de esta realidad Waldek Grodek se traslada a Venezuela, donde es testigo de la conmoción social del 27 de Febrero de 1993. Se inicia con Hugo Chávez una supuesta revolución socialista bajo las banderas del populismo y del resentimiento La resistencia del pueblo desembocó en los fatídicos hechos de Abril del 2002 cuando una gigantesca marcha fue sorprendida por francotiradores que sembraron el pánico y la desesperación dejando las calles bañadas en sangre.

Cómo una serpiente que se come su propia cola, el protagonista cierra su ciclo vital, no sin antes darnos una muestra de la indiferencia del hombre posmoderno y de la ineficacia de las Instituciones Internacionales. En memorable monólogo se duele de la fuerza que lo ha impulsado a huir. Seguidamente reflexiona sobre la vocación de su vida y rectifica. El jamás ha huido, desde los 14 años ha resistido al mal, se ha  enfrentado con valentía y coraje a las fuerzas que han desencadenado la destrucción de la felicidad.  Se hace una pregunta para la cual no hay respuesta: “¿Qué clase de gen de maldad comparten Hitler, Stalin, Bin Laden y otros muchos que han provocado y siguen provocando la desdicha de tantos millones de personas? Y lo más extraño de todo ¿por qué tanta gente los sigue?” (pag.316).

El retrato que hace la autora de los diversos personajes, la descripción de los espacios y el excelente uso de la narración y de los diálogos, enriquecen la estructura de la novela y le proporciona verosimilitud e interés a la historia. Atributos que mantienen viva la atención del lector. Literalmente devoré sus páginas sin poder abandonar aquel relato que me tocaban muy hondo.  Esta novela inspirada en la biografía de un hombre perseguido por los signos de uno  de  los tiempos  más feroces,  nos muestra el triunfo de la vida, del  valor de los sueños y del trabajo en oposición al odio, al poder desmedido causante del mal y de la muerte.

Agradezco a Carmen Cristina Wolf, presidente del Círculo de Escritores de Venezuela,  el haber puesto en mis manos tan excelente obra y reconozco en la pluma de Blanca Miosi, el oficio y la integridad de un narrador con gran potencial. Sería interesante conocer al personaje que inspiró estas páginas.

Lidia Salas

Poeta y crítico.

Caracas, Enero del 2011

*Lidia Salas es Magister en Literatura de la Universidad del Atlántico, Colombia. Profesora de lengua inglesa, con una vasta obra poética publicada e importantes reconocimientos.

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Eso que tú y yo llamamos Libertad

Por Maite Ayala

Ese concepto que llamamos libertad en nuestro país Venezuela ha sido muy mal entendido, convirtiéndose en su mal hijo, el libertinaje, es decir, el hacer lo que a cada quien le viene en gana, traspasando en su búsqueda derechos que son y pertenecen a otros.

La generación actual padece de un egocentrismo elevado a enésimas potencias, ellos comprenden el concepto de libertad en tanto y en cuanto significa todo lo que les otorga placer y huída de la realidad, de sus propias responsabilidades.

En suma, una generación obsesionada con la apariencia y la comodidad que se mira a sí misma como poderosa, pero en el fondo está sumergida en la inmadurez crónica y el cinismo.

Se ha venido afianzando dicho mal arrastrado desde pasadas generaciones, sin colocarse los correctivos necesarios para salvaguardar el futuro de la sociedad en su entera complejidad y totalidad; uno de estos factores fue sin duda el ya mencionado egoísmo, pero hay otros no menos importantes, como lo son el empobrecimiento del individuo en todos los órdenes de su existencia.

Al no haber utilizado el tiempo libre para mejorar la educación y con ello también la herramienta primera de comunicación que tenemos como lo es el lenguaje, hemos perdido una porción invaluable de calidad de vida.

NO DEFENDIMOS EL LENGUAJE, ya sabemos que quien no defiende y amplía lo que le es dado corre el riesgo de perderlo y a veces lo pierde irremisiblemente.

La dignidad que le ha conferido Dios al ser humano,anthropos, confiriéndole no sólo el don de la lengua, el valiosísimo poder de la palabra que lo separa del resto de los animales, sino que también le dió la capacidad de estar erguido para que pueda obtener perspectiva de su entorno y dominar para el bien de todos la creación, a diferencia del mono o del antropoide que no puede comunicarse sino con gestos y sonidos guturales, pero que además no puede erguirse y dominar el entorno en el cual vive, sino que es dominado por este, y su vida se desliza enteramente a merced de los embates de la naturaleza.

Esta dignidad de estar y mantenerse erguido, en pie, que nos ha sido dada como un don precioso y gratuito del creador,  debe entenderse también como sinónimo de dignidad espiritual que en nuestro bello país también se ha ido perdiendo junto con el lenguaje y, como consecuencia la sociedad está sometida no sólo al hampa y a un lenguaje de la más baja calidad posible, sino a un peor sometimiento: el de la mediocridad generalizada que, en consecuencia, es otro modo de esclavitud.

Dime como hablas, dime qué lees, con que alimentas tu espíritu y te diré quién eres…

Maite Ayala de Baldó

Poeta venezolana

23/01/2011

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Dos sonetos de Noé Machado Matheus

DADME, CRISTO LA SANGRE

Dadme, Cristo, la sangre de tu muerte,

dadme la voz del llanto que te aqueja,

la  herida de la lanza  y de la piedra,

la corona de espinas de tu frente.


Dadme tu  sed, Señor, dadme la fuente

bebida  en la maldad aventurera;

el sudario, sudor y la condena

y el llanto de la madre  por tu muerte.


Dadme los clavos que te dio el verdugo,

acostada la cruz sobre la arena;

los golpes del martillo uno a uno


y el látigo, serpiente de la  fuerza;

por último, Señor,  dadme la cruz

para morir también como tú en ella.

&   &   &

TU SOMBRA

Tu sombra no es la sombra que se pierde

debajo de otra sombra que  la cubre;

tu sombra es la nostalgia que en octubre

en su viaje fugaz dejó septiembre.


Tu sombra no es el tiempo detenido

en alas del reloj que se detiene;

es la luz de tu sol donde se tejen

tus pasos en la tierra del camino.


Tu sombra, confidente de mi sueño,

cobijó con su sueño el sueño mío,

y cautivo en tu voz y en el silencio


busqué tu nombre azul desde mi asilo,

mientras mi sombra, errante en tu recuerdo,

buscó a tu sombra errante al lado mío.

*Poeta venezolano. Obra publicada: Fabulario del tiempo, Maracaibo, 2010

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TERESA DE LA PARRA, EN BUSCA DEL TIEMPO ENCONTRADO

Por Eduardo Casanova

Teresa de la Parra (Ana Teresa Parra Sanojo, nacida en París en octubre de 1889 y muerta en Madrid en 1936), no fue la primera novelista venezolana. Ni siquiera fue la primera escritora venezolana. Ess posición le corresponde a Zulima (Lina López de Aramburu), que en 1885 publicó “El Medallón”, en 1889, año en que nació Teresa, publicó “Un crimen misterioso”, y en 1898 “Blanca; o consecuencias de la vanidad”. Pero la posición en las letras venezolanas, americanas y mundiales de Teresa de la Parra va mucho más allá. Domingo Miliani, uno de los más serios investigadores de nuestra literatura, la relaciona con Marcel Proust (1871-1922), Franz Kafka (1883-1924) y James Joyce (1882-1941), es decir, con lo más alto de la novelística mundial de su momento. Fueron suficientes dos libros –afirma Miliani– para que su proyección en la historia de nuestra narrativa emergiera, casi insular, en un arte de la ironía finísima, del humor piadoso ante una sociedad en declive, tratada en tono de añoranza vivencial, con un tiempo lento y perdido, que la aproximó, a los ojos de una crítica más moderna, al nombre de Marcel Proust. José Rafael Pocaterra, en su revista de narrativa, La lectura semanal, había insertado en 1922, un fragmento de Ifigenia, “diario de una señorita que se fastidia”. Dos años después, aquella novela obtuvo un premio de novela en París. Su nombre era casi ignorado hasta ese momento. Vino la crítica, elogiosa. Llovieron las entrevistas y las declaraciones de prensa. Una de ellas, la colocaba como simpatizante del gomecismo y entonces, también supo del escarnio y la negación. Pero la obra, impecable, profunda, crítica de la burguesía provinciana [95] de Caracas, perduró y rompió esquemas y estereotipos. (…) En 1929, su segundo libro, Memorias de mamá Blanca completó el cuadro, menudo en número, cuantioso en hallazgos, de un relato hecho para quedar como un clásico de nuestra mejor literatura moderna. La novela europea escrita por los mismos años en que Teresa de la Parra escribía las suyas, había eliminado ya el proyecto de narrar una historia dentro de tina cronología lineal. Irónica y poética, la novela ahora comienza a “Evocar, en vez de contar, saborear en los hechos la emoción que ellos llevan en sí, más que la lógica de su encantamiento” (…) Ese fue el legado de Teresa de la Parra a la novela venezolana, como fue el de Gide, Rilke, Barres, o Valery Larbaud a la novela europea de los mismos años. Un mundo que Proust había de resumir y agotar en sí mismo. Y en realidad, Ifigenia y Memorias de mamá blanca, son, por sí solas, suficientes para poner el nombre de su autora en la cumbre de la novelística nuestra e hispanoamericana en general.

Nació la novelista en París, en donde sus padres (Rafael Parra Hernáiz, representante diplomático de Venezuela en Berlín, e Isabel Sanojo de Parra) se encontraban de paso. A los dos años se estableció con sus padres en la hacienda de la familia, “Tazón”, que era entonces la salida de Caracas hacia los Valles del Tuy (y volvería a serlo en la década de 1960, cuando se abrió la Autopista Regional del Centro). Con la legada del siglo XX murió su padre, y su madre decidió ir a vivir a Europa. La niña entró a un colegio de monjas, el Sagrado Corazón de Godella, en tierras de la Valencia original, en España. Allí empezó su formación literaria, especialmente por su interés en la poesía. En 1909 ganó un premio por unos versos dedicados a la beatificación de la Madre Magdalena Sofía Barat. Un año después se establecieron en Caracas, en pleno centro, a poca distancia de la Plaza Bolívar (Torre a Veroes). En 1915 publica sus primeros cuentos fantásticos. En El Universal y en Lectura Semanal (Un evangelio indio: Buda y la leprosa, Flor de loto: una leyenda japonesa, El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol), con el seudónimo “Fru-Fru”. En Actualidades, la revista de Rómulo Gallegos, aparece en 1920 Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente, que no es en realidad un Diario, sino una obra de ficción, precursora de Ifigenia, su primera gran novela, editada en español y francés en 1924, con la que estrenó su seudónimo Teresa de la Parra, y que le valió en París, a donde se había mudado en 1923, el primer premio del concurso literario del Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa. Y además la fama, no sólo en Venezuela, sino en los círculos literarios europeos. En ese tiempo se acercó a otra de las grandes estrellas de las letras hispanoamericanas, Gabriela Mistral. Viajó por Cuba, Estados Unidos, Colombia, y dondequiera fue recibida en forma apoteósica. En 1929 publicó su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca, escrita en Vevey, Suiza, y en 1931, luego de recorrer varios sitios en plan de auténtica estrella de las letras, se instaló de nuevo en Europa. Las costumbres sociales de su tiempo, especialmente las de su país, le impidieron tomar el camino que su sexualidad le pedía, y en el terreno sentimental se limitó a mantener una relación más de afecto y amistad que de amor, con el gran escritor y diplomático ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide (1884-1965). Por los problemas pulmonares que la se le manifestaron poco después, buscó la curación en las montañas Suizas, tal como los personajes de La montaña mágica (1924) de Thomas Mann (1875-1955), pero la situación política de Europa la compelió a buscar otros paisajes. Finalmente la tuberculosis acaba con su vida en abril de 1936, en el Sanatorio de La Fuenfría, ubicado en la Sierra de Guadarrama, no lejos de Madrid. En sus últimos momentos la acompañaron su madre, su hermana, María, y su gran amiga cubana Lydia Cabrera (1899-1991), que le dedicó su obra fundamental: Contes nègres de Cuba, editados por Gallimard ese mismo año. Había empezado una biografía de Simón Bolívar que no concluyó. A pesar de la altísima calidad de la literatura escrita por mujeres venezolanas, Teresa de la Parra siempre se destacará entre todos los escritores venezolanos de todos los tiempos.

*Eduardo Casanova, escritor venezolano, novelista, ensayista, biógrafo y editor de la revista digital Literanova. Ha recibido numerosos reconocimientos por su obra literaria. Miembro del Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela.

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Ana María Velázquez Anderson, ganadora del Premio de Poesía 2011 de Latin Heritage Foundation

Felicitamos a la escritora venezolana por haber obtenido el premio, que  consiste en la publicación del poema ganador en la antología Una isla en la isla a ser distribuida en Estados Unidos e Inglaterra.

También ganadores fueron los autores venezolanos Pedro Segundo Yajure, Damelis Brito, Rosalinda Mariño, Urbano Antonio Durán. 

La antología reunirá a varios autores ganadores de Argentina, Puerto Rico, España, Perú, Cuba, Colombia, Panamá, México, Estados Unidos, Chile, Canadá, El Salvador, Brasil, Ecuador y Polonia.

Ana María Velásquez es ensayista, poeta e investigadora. Ha obtenido un gran éxito con sus libros de relatos, Creí que me besarías antes de partir y Con los ojos abiertos. Es integrante del Círculo de Escritores de Venezuela.
http://www.latinhf.com/premioconcursopoesia.htm

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Helena Sassone: Búsqueda del Yo trascendental y función poética

Búsqueda del Yo Trascendental y función poética en

“Enigmas Calcinados”

 Por LAURA GIMENO SASSONE

  Prólogo traducido al español, de la edición francesa de Enigmas calcinados, de la poeta, novelista y semióloga Helena Sassone

    “Una voz te nombra y no es tu nombre”, así empieza el primer poema del último libro de poesía publicado por Helena Sassone, “Enigmas Calcinados”, marcando el preludio de lo que va a ser una búsqueda exhaustiva de su Yo Trascendental, o según sus propias palabras: 

      “Busco la esencia de mi propio Ser.”

 

   Esta búsqueda nos planteará aparentemente una contradicción de fondo en el pensamiento de la autora, pues habiendo sido su poesía en “Diálogos de la Nada”  un reflejo de su afirmación de la Nada (Nietzche, y la muerte de Dios), de repente Helena Sassone apela a un “Todo” o a una especie de “suma” 

     

      “Dejar a los amigos en la cripta

     vivos o muertos puede que no importe

     todos hacen uno solo eterno…”

 

que existiría en el trasfondo de su búsqueda trascendental del “Yo” y del universo en el que vive. Este cambio casi drástico de pensamiento pierde su dramatismo y entra en el dominio de la lógica si nos atenemos a las palabras de Dubrosky.

 

      “Como en toda superación verdadera, la negación es también  conservación.

      (¿Por qué la nueva crítica?)”

 

      Pero, ¿cómo podríamos definir la Nada en la consciencia de Helena Sassone?

Ella misma nos dará la respuesta:

 

      Existe una soledad, semejante al silencio en música, en el espacio interior del juicio”.

 

Este silencio se verá rellenado por la “suma”:

 

 “Oh, eternidad callada

      belleza austera que nadie ha visto todavía

      sólo eres tal vez la suma

      de quienes aquí yacemos.”

 

y

 

      “entre todos labramos el tumulto que nos iguala

      y determina un ritmo en la conciencia austera.”

 

como hemos visto anteriormente, cuya idea implica una totalidad: así es como nos deslizamos suavemente desde el concepto de la Nada hacia el Todo.

 

      El silencio o en este caso la Nada va a ser colmado por las vivencias de la poetisa que en un acto de alquimia de dimensiones casi sobrenaturales llegará a invadirlo Todo. Este principio de invasión de naturaleza “oceánica” es la definición que nos prodiga Michel de Certeau en su artículo “La mystique”, (Enciclopedia Universalis): el místico se ve avasallado por un “sentimiento oceánico” en el transcurso de su experiencia.

 

      Esta búsqueda muchas veces implacable, de la esencia del Ser en el poeta va a estar compuesta por distintos elementos que serán los testigos de esta lucha interior y conformarán su realidad última: el otro (“Una voz te nombra”), en su pequeña medida de individuo aislado, o en su multiplicidad, reflejando así la totalidad de la humanidad

(no exenta por otra parte de una preocupación por la lucha social: “Mansos”), ya sean seres desconocidos o amigos allegados; la naturaleza, sobre todo los pájaros, que retratará muchas veces el sentir interior del poeta:

 

      “Llegas a sufrir

      de ese amigo de toda la vida

      el silencio de un día sin pájaros.”

 

los viajes y la materia: objetos sin aparente trascendencia (“Inventario”) y , por supuesto, la propia creación poética, el acto de escribir, la soledad inherente del poeta:

 

    2

      “Quisiste gritar tu voz no acudió

      nadie leyó el lenguaje de tu cuerpo”

 

      De esta manera, Helena Sassone va a tejer todo un mundo de dimensiones  ora inquietantes, ora apacibles, en el que el poeta, tras la inmensa lucha con y en contra de su destino, cae agotado y finalmente encuentra sosiego: 

 

       “Recordando las sombras sin ira

      perdonando

      tal vez así

      alma de amor nacida

      a ti regreses.”

 

      Si tuviésemos que trazar esa búsqueda trascendental del Yo en el contexto de un pensamiento filosófico podríamos acudir a la India, siglo VI antes de Cristo y, más concretamente, a las Upanishads, la parte final de los Vedas. En ellas, se describe al cuerpo del Universo como no diferente de su Creador, en un proceso de “Emancipación”

y no de “Creación” del mismo propio del Cristianismo. Los pequeños objetos trascienden su condición de objetos elevando la materia y convirtiéndola en pequeñas partículas del Supremo Ser, aunque sólo sea en una condición un tanto más degradada del mismo (“Inventario”). En este poema la autora siente haber extraviado parte de su Ser trasvasándolo a los objetos perdidos que se tornan, en una extraña y prodigiosa alquimia, en un tiempo:

 

      “Los instantes en que pude buscarme

      simple inventario son .”

 

      Este mismo pensamiento en el que la mera materia es elevada a un reflejo de lo trascendente ha sido ya explorada anteriormente en el Hinduismo, y en Occidente en el Uno de Plotino (siglo I).

 

      Pero, por supuesto, no se puede negar el pozo que ha creado el pensamiento cristiano en la poética de Helena Sassone que así mismo habla del descenso, de la culpa, del  perdón, de la redención, etc., aunando de una manera intuitiva y extraordinaria el pensamiento de Oriente con el pensamiento de Occidente, otorgando a su poemario una belleza extraña de contrastes que estilísticamente se va a ver sumida y reflejada en el uso frecuente de la antonimia  y de la antítesis, llevada éstas a su punto culminante cuando habla de alas sin aves,

 

3

      “Que signos hirientes de tu alma escapan

      preciosas alas volando sin aves”,

 

de “un saber mutilado” o, más conmovedoramente, del silencio del poeta que no tiene público:

 

      “Jamás emergería indemne

      del hermetismo silábico.”

 

      El silencio del poeta supone la muerte del poeta: es un pintor ciego, un bailarín mutilado. Eluard anteriormente había hablado del silencio del poeta. Tras la muerte de su amada Nusch, exclama en “Nuestra Vida”:

 

      “El pasado se disuelve, doy paso al silencio 

 

      Este silencio, acompañado de una soledad extrema, propicia un caldo de cultivo excelente en el que el ser desnudo frente a sí mismo no tiene más remedio que iniciar la búsqueda de sí mismo, es decir, su Yo trascendental, propósito primero y último de la existencia humana.

 

      Por otra parte, si nos atenemos a la función poética del escritor tan bien descrita por Victor Hugo en “Fonction d’un poète”, comprendemos que en éste último libro de poemas Helena Sassone ha cumplido ampliamente lo preescrito: por una parte, llega a su condición de Poeta-Visionario,

 

      “El ve cuando los otros vegetan”

(Victor Hugo: “Función del poeta”)

vehículo de transmisión celestial, entre la tierra y el mundo,

 

      “En el universo en que él es Dios,

      en el que él es el que ve en Dios.”

(Amrouche: “D’un poète”)

 

instándonos con su ejemplo a través de sus versos a que nosotros iniciemos también nuestra propia búsqueda

4

 

      Y sobre todo, podríamos hablar del poder curativo de la poesía y de su función terapéutica tan bien descrita por Alfred de Musset en “Les confessions d’un enfant du siècle”. Esta función terapéutica es doble en el sentido de que el poeta ofrece una vía de curación ante todo para sí mismo, pero también, y quizá sea éste el último propósito de la literatura, para con el otro:

 

            “Habiendo sido aquejado joven aún, por una enfermedad moral abominable,

      cuento  lo que me aconteció durante tres años.

            Si fuese el único enfermo no diría nada, pero como hay muchos otros además de

      mí que sufren del mismo mal escribo para ellos, sin prestar demasiada atención;

      porque aunque nadie me prestase atención habré aún retirado este fruto de mis

      palabras, de haberme curado mejor a mí mismo, y como el zorro cogido en la trampa,

      habré lamido mi pie cautivo.”

 

      La poesía sería susceptible de sanar a la humanidad, al corazón, y con el corazón al cuerpo.

 

      Así pues, el poeta cumple con su doble cometido en el mundo. Al desvelar su mundo propio a través de sus versos, nos ofrece su ejemplo como posibilidad a seguir y, caso de errar el tiro, según las palabras de Alfred de Musset, siempre habrá podido embalsamar su propia herida. La palabra se convertiría en algo así como una “logorrea liberadora”, dentro de un contexto del psicoanálisis ejercido a través de la escritura: por una parte el escritor se libera de su pesadilla interior, ofreciendo al mismo tiempo una posibilidad de catarsis al lector, “salvándolo de la desesperanza” (Simone de Beauvoir).

 

      Helena Sassone va más allá y, trascendiendo esta realidad, eleva la palabra a Verbo, volviendo al “Soñador sagrado” de Hugo:

 

      “La palabra es sagrada

      regresa a la vida eternamente.”        

Prólogo traducido al español, de la edición francesa de Enigmas calcinado de Helena Sassone

 

 

 

 

  

                                      

 

 

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Tres poemas de Ligia Colmenares

Las Nereidas. Gaston Brussiere

Ligia Colmenares, selección de la Antología El Ojo errante. Escritora venezolana, autora de: La mujer de la casa de adobe (El pez soluble, 2005); Desde el patio del limonero, Antología de Talleristas (Monteávila Editores y El Pez Soluble 2006); En el río de la palabra (Universidad Nacional Abierta, 2007). Es integrante del Círculo de Escritores de Venezuela. 

 LIMINAR 

 Blanco sobre blanco 

mórbida textura que incita 

la palabra 

  

Invisibles trazos 

la línea vertical 

el rojo equilibrio 

sostenido en el tiempo 

  

Blanco sobre blanco 

  

La vida 

 &   &   & 

 Boceto a Stravinsky 

 Viva llama en los arcanos 

blanco boceto 

flotando en el espacio 

  

Pájaro de fuego 

menguante luna 

  

En la gravitante noche 

se deshila el azul 

  

Alada mujer 

en tu mano 

la rosa carmesí 

ilumina 

  

 &   &   & 

 Ala en el vino 

El ala es el pájaro de la imaginación 

  

Vuelo de pájaro 

  

Ala 

que embriaga 

la gota de vino 

  

En los labios 

la bermeja lágrima 

  

En el aire 

suspendida gota 

  

que cae 

en el ala 

que cae 

gota 

que cae 

  

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ARMANDO ROJAS GUARDIA: PATRIA Y OTROS POEMAS

Por Alberto Hernández

La tierra, “la de otros muertos”, como confiesa Marguerite Duras en La mar escrita, consigue lugar en algunos de los versos que se agitan en Patria y otros poemas de Armando Rojas Guardia (Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, Caracas 2008). Y lo afirmo con el rigor que podría conferirme una lectura donde el presente, éste que escuece y enferma, es el más desaforado compañero. Admito que la poeta francesa tiene en la muerte una tumba clausurada, con los datos de los enterrados, asunto que no toca la poesía de Rojas Guardia, quien recorre la carne viva de hombres vivos –ellos llevan la tumba a cuestas-, que morían a diario sin epitafio alguno o escondidos en los sótanos y catacumbas de nuestras dictaduras. O de otras ajenas, que se nos hicieron cercanas y propias.


Marguerite Duras pregunta: “Quiénes son ustedes, sin ese anonimato, esa patria reciente, moderna, la de otros muertos, la de esa infancia muerta en combate con su cuerpo”. Y deja el tema pendiente, para luego entrar de nuevo en la muerte hasta el punto final, “perfecto”, del poema. La narrativa de este texto configura la “catástrofe” que una vez anunció Lacan –citado por Jaqueline Goldberg- a propósito de la desaparición de quien escribe, para darle paso a quien lee: una muerte, un nacimiento. Así, en Rojas Guardia tanto escritor como lector se hacen una sola tragedia, un momento del lugar y del sentir por una tierra, por una gente, por una particularidad de los afectos: el padre, el loco, el insomne, el que estuvo preso, el que ya murió y ha quedado como una gota de ácido sobre la conciencia de un país.


Este libro de Rojas Guardia, con once presencias cuya fuerza y densidad forman parte de una conmoción que une a poeta y lector en una suerte de lucha por deshacerse del niño que una vez fue testigo o víctima de esa experiencia, la de haber vivido en un territorio donde la maldad política, la tortura y la prisión eran los platos fuertes de la existencia. Digo, este libro del autor caraqueño muda el tiempo: nos trae el pasado y lo coloca sobre la horma de este presente que agobia, que desfigura la palabra patria y la convierte en un ahogo.

2.-

El cuerpo que se desvanece para dar realidad a la mirada”, así lo dice Guillermo Sucre en el ensayo de su imprescindible La máscara, la transparencia, el titulado “La última lectura”, y con el que cierra con una pregunta de Lezama Lima que queda colgando en la línea final del voluminoso tomo: “¿Leer es poseer el libro de la vida, donde tiene que leerse nuestro nombre, y ya, no somos poseídos?”. Podría parecer exagerado, pero estas dos reflexiones animan la lectura, la hacen más renuente a ocultarse con el escritor, con el que escribe y se abandona al sonido lejano de las imágenes. Dos pronunciamientos, uno toca la llaga, la herida, los pies hinchados por los grillos. Otro define la fuerza de una “realidad”, para muchos desvaída, que aún late en la memoria, en la vida de quienes la regresan en versos y la hacen de nuevo vida. Poseído por la vitalidad de la memoria, Rojas Guardia rescribe el país, la patria que le ahonda, que lo subsume, que lo desfallece. “Patria” –entonces- es el poema de “había una vez” y el poema de “hoy te quedas, quizá mañana”. Son dos tiempos en dos cuerpos, en dos países que terminan en un uno. En un solo instante que hizo escribir a Gabriela Kízer: “Patria” es imagen y, como tal, revela y oculta, permite el destello de la oscura clave –el cuerpo ajeno, ávido, otro- que somos”. En efecto, esa “patria” hemos sido todos revelados o escondidos, libres o presos, pero más, un hombre, cualquiera, sometido al escarnio de cadenas alrededor de los tobillos, al ring, a la piqueta, a la electricidad en el escroto, a la burla, a la humillación en nombre de un nombre, en nombre de algún héroe, de una bandera, en nombre de la patria de quienes humillan.


El poema se lee y se duele: “Alguna vez amamos, o dijimos amar, / la terquedad sombría de su fuerza. / La voz del padre enronquecida/ al evocar calabozos, muchedumbres, / hombres desnudos vadeando el pantano,/ llanto de mujer, un hijo/ y más arriba (¿dónde arriba?)/ el trapo contumaz de una bandera./ Supimos, lenta y vagamente/, que lo imposible te buscaba/ extraviándote los pies…”
La “patria”, la del poema, la de aquel país del padre torturado, tiene el mismo miedo y el sudor de ésta en la que alguien arrastra el presente y lo hace pasado.

3.-

El libro viaja en su interior. Una apuesta, un naufragio de quien lee y luego escribe: el libro comienza con “Patria” y termina con “La desnudez del loco”. Son los extremos de un mismo tema, de un mismo golpe. Y afirmo apuesta y naufragio porque quien busca en el resto de las páginas la continuación de la ofrenda, queda suspendido, en equilibrio, en vilo, en las imágenes del “Retén judicial” (“La soldadesca ríe y las antorchas/ iluminan mi frente, señalándome. / Ustedes somos todos, somos el/ llevado a declarar, fotografiado/ en todos los archivos, los prontuarios/, las actas judiciales de Judea”). Otra instancia de la tortura. Se trata de aquel hijo en uno de los versos del texto que le da nombre al libro, que es testigo del “paseo” que hace el padre a los tribunales. Pero después Rojas Guardia nos saca del lugar y nos lleva, una vez oído el canto del gallo, seguramente el mismo que anunció las negaciones de Pedro, a la luz, a un poema conceptual, muy del adentro, y nos deja un momento en oración musical con “el acorde” de Nuestra Señora, en pregunta a Dios por ese sonido, por ese profundo sonido de la memoria. Busca una canción, la de la despedida, pero continúa en la esencia de los objetos, de “Las cosas”, en una indagación que anuncia “la utopía/ inscrita en esa santidad/ constantemente maculada/ de la amnesia fragante de las cosas”. ¿Querrá decirnos el autor de la cercanía entre el Dios de los hombres y los mismos hombres, victimas de los mismos hombres? Otros textos pasan por el alma del lector, que ansía llegar al último donde se mirará sin ropa, en ruinas, sucio de miedo, moribundo, aquejado por la perversión, por la maldad de otros hombres que también son una patria, un estadio, un lugar en la conciencia, en la muerte y en la carne aporreada.

4.-

No se desvanecen los presos de Guasina, los de Palenque, los que viajaron en el mismo avión o remolcados en un camión mientras el ojo de Otero Silva los asilaba en La muerte de Honorio. No se quedan rezagados los condenados que el lector acumula en la memoria de la que nos dotó José Vicente Abreu en Se llamaba SN. Nada se pierde: “La desnudez del loco” es nuestra desnudez, la de aquellos padres que pasaron la prueba y emergieron vivos o cadáveres. Es la misma cárcel, el mismo campo de concentración, la misma tortura, la misma muerte: la de Auschwitz o Dachau, la del Retén de Catia, la misma muerte siempre, con el mismo nombre, con todos los nombres.
“La desnudez del loco” es un poema hermosamente doloroso, musicalmente doloroso. Escrito con una tensión envidiable, el texto se pasea por la lengua, por los ojos, por las imágenes que van y vienen, con la piel agitada. Es un poema para dolerse en él. Hay que decirlo: somos ese poema, somos en ese poema. Rojas Guardia lo maneja con destreza, con magistral destreza. Desde la experiencia de la historia, desde los campos de la muerte de Hitler, desde la simulación del mundo, desde la desnudez de un grupo de hombres que se desvanece en “la solar ingrimitud de ser un cuerpo/ parado allí frente a los ojos/ del escrutinio ajeno”. Son seres disminuidos, castigados “en la pulpa del hombre”, en medio del “asco de tanto desamparo genital”. Son hombres en un poema, pero fueron hombres reales, mutilados, cegados, asfixiados, desnudados, ofendidos, medidos para la muerte y para el sufrimiento.


La anécdota bíblica, la parábola o la historia de quien sigue al Padre arropado por una sábana, auspiciado por el amor que siente por el Hijo del Hombre. Y así sigue, desnudo, polvoriento, alucinado, amado, pero también los otros, los que sucumben o sobreviven en las ergástulas de Hitler, Mussolini, Gómez, Pérez Jiménez, Pinochet, Castro u otros pervertidos que se solazan “en cada bocado masticando el pánico”.


Desnudo está el poema. Musicalmente desnudo, aterido por el clima en un muchacho que se niega a bañarse a las doce. Entonces aparece otro crimen: “Otra desnudez, distinta a la/ buscada para lavar el propio cuerpo en el agua lustral,/ bajo la ducha, le era ahora ofrecida dentro de aquel/ calabozo: la de estar sin abrigo en la gélida humedad,/ y la de estar excluido, siendo un réprobo”.
Los presos son uno solo. Un grupo de hombres con un nombre común. Muchos en uno solo. O uno solo en muchos. Así, “éramos y aún somos aquel hombre”…”Nosotros todos éramos y somos/ aquel evangélico muchacho”. La lectura nos deja desnudos, apocados frente al mismo texto y frente a quien nos mira leernos. Al leerlos. Rojas Guardia se desnuda en él y muere en él. Vuelve desde la desnudez de esos hombres y cierra el poemario: “la libertad desnuda de Adán en el jardín/ y esa misma desnudez ya avergonzada”. Dos patrias, la primera del Génesis; la segunda de un Apocalipsis que amenaza y se trajea frente a todos con la desnudez de quien se atreva a desafiarlo.

Alberto Hernández, escritor venezolano, poeta, ensayista y editor

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Carora es de Morón y Morón es de Carora

Por Enrique Viloria Vera

Además de Cuicas es la villa Nuestra Señora de la Madre de Dios de Carora la población que convoca los recuerdos más sentidos y emotivos de Guillermo Morón que hizo también de ella auténtica patria chica y orgulloso gentilicio estricto. Esa ciudad habitada por “godos grandes carajos, por cara – coloradas hijueputas”, fue la que albergó tanto las travesuras naturales como las lecturas decisivas de nuestro narrador, quien a muy temprana edad “estuvo en la tienda de Polo a buscar un libro de Historia, los libros están apilados en la trastienda, sopotocientos libros, impresos en España, impresos en una ciudad que es la más grande de todas las ciudades fundadas por los españoles cuando fundaron también a Carora, llamada Buenos Aires.”

Carora se jacta de conservar intactos los mismos linderos desde su fundación, el 15 de octubre de 1569, así como de exhibir el linaje de unos apellidos – Riera, Zubillaga, Perera, Oropeza, Álvarez, Herrera y los que faltan para completar los veinte recogidos por el genealogista de la villa – que se mezclan entre sí, se entrecruzan una y otra vez, para dar origen a ese caroreño blanco, godo, colorado y peculiar, muchas veces genuino pero no legítimo: “ de sangre azul conocida, cristianos viejos probados, ni turcos ni negros ni judíos ni indios ni protestantes, Jesús amén, sólo caroreños antiguos y principales ” y nunca a los otros, los ilegítimos, los pecaminosos, “los hijos naturales ni los pardos del siglo XVIII que aunque se hacían pasar por honorables y blancos eran todos negros, descendientes de esclavos, que las familias les permitían usar sus nombres y apellidos.”

En fin, ese caroreño genuino, blanco y legítimo también se caracteriza por proferir palabras gruesas y agresivas, no necesariamente malas palabras, aunque sí gritadas: “como si tiraran pedrugones con la lengua.” En efecto, recuerda el escritor: “cuando un Álvarez habla por el teléfono de manigueta desde la hacienda que tienen en El Blanco, en las cabeceras del río, se escucha el escándalo en Carora y en los pueblos vecinos, no necesitan usar el teléfono ni mandar recados para los peones, se ponen a gritar y todo el mundo se entera de que no llueve en la hacienda, que los pozos de agua están secos, de que esos carajos peones son unos perezosos, que si no aumenta el precio de la leche a esto se lo llevó el diablo, que cómo va a ser eso de dejar entrar al Club Torres a ese negraje de Barrio Nuevo, Carora se acabó, no puede ser, entonces nos tendremos que ir de aquí, los vozarrones de los Álvarez aumentan el calor de la ciudad, ah buena vaina, carajo.”

Carora es sinónimo de agobiante e inclemente calor – “continuo, día y noche, desde enero a diciembre, apenas bate el viento por la tarde, con cierto ruido de borrasca” – sólo comparable con el de los desiertos más inclementes del planeta: el conocido Sahara, el inquieto Sahel o el más lejano Gobi: “Porque lo que pasa lo sabe todo el mundo, aquí abajo en esta maldita tierra y allá arriba en ese maldito cielo, un cielo maldito, que no hace sino relumbrar, echar sol como si no tuviera otro oficio, como si en lugar de ser el cielo fuera el infierno.” Francisco ha sudado ese calor, a chorros lo ha sentido correr por su pequeño y enjuto cuerpo de niño precoz, dotado de “unas nalgas poco atractivas, más bien flacas, los huesos se adivinan debajo del pantalón sin calzoncillos, carne magra, como un firulí el cuerpo pequeño de Francisco, pero reluciente el rostro, ágiles los movimientos, oscuros y brillantes como estrellas los ojos, el pelo negro, el perfil de su abuela materna, respingada la nariz, te pareces a Simón Bolívar le dijo la maestra Teresa Molero y desde ese día sus compañeros le pusieron chapa de oro con el está bien, Bolivita, hola Bolivita, Francisco tuvo que agarrarse de nuevo cuatro horas en El Pajón con Amorfiel Martínez para quitarse la chapa de encima.”

Un calor permanente y un río agazapado caracterizan a esa villa de Carora que Francisco se conoce de memoria, al dedillo, de pe a pa, en cada uno de sus detalles, de tanto recorrerla, caminando, dando brincos, saltando de una acera a la otra, a pleno sol o en la cómplice oscuridad de las sombras, volando ligero: “tomé la decisión de mirar desde arriba todas las casas, en vuelo despacio, no como los pájaros, sino agachado, agarradas las piernas con las dos manos. Pero la mano derecha, suelta para pasar por encima de las maporas de la plaza y más alto que la torre de San Juan”, en fin, vagando a sus anchas por unas calles que conoce al pelo y que puede recitar, una a una, con los ojos cerrados, visitarlas de nuevo con la imaginación como si estuviera consultando un preciosista portulano o las vías mostradas en pantalla por el más eficiente buscador satelital. Rememora Francisco las calles de la ciudad de poniente a naciente: “la calle Bolívar, la Zamora, la Torres, la Carabobo (…) la calle de La Paz, la Miranda, la Democracia que le cambiaron el nombre, la Libertad que también le pusieron otro nombre por si acaso y no se alcen los caroreños son todos gobierneros, por eso hay que mudar los nombres federales de las calles transversales, la Calle Falcón, ¡quién ha visto! que es la primera cerca del río, paralela claro está a la calle del Comercio las dos capillas en sus puntas, luego la calle real y principal, que es la de San Juan, toda hecha con casas sagradas (…) la calle Bruzual quién será ése, la Sucre más arriba que no le han cambiado el nombre al Mariscal de Ayacucho, Monagas cuál de los dos será, debe ser el libertador de los esclavos, que nos echó ese tronco e vaina de dejarnos sin esclavos, la calle Federación ésa sí ya dejó de llamarse así (…), y la última que era la calle Independencia, porque de ahí para arriba ya es el trasandino y la carretera trasandina de tierra….”

Pero no hay calle verdadera, genuina, sin sus habitantes y sus moradas, esas edificaciones, esas viviendas de particular estilo que le otorgan especial identidad a Carora, verdaderas casas sagradas que el escritor visita con ánimo de urbanista del espíritu, de antropólogo de la historia caroreña. Siempre dispuesto a trasladarnos vivazmente a la villa de sus afectos a través de sus emotivas evocaciones, Morón explica minucioso, detallista, reparón, que una casa sagrada caroreña tiene: “portón y anteportón, con lo cual se da existencia de presente al zaguán. Las casas sagradas de la ciudad, donde viven los godos, tienen todas zaguán (…) todas las casas caroreñas tienen y deben tener esa entrada entre el portón que es la puerta principal de la morada y el contra – portón o segundo portón que es la puerta con acceso final hacia el interior sagrado de la casa (…) en Carora hay como mil casas, unas doscientas serán casi sagradas, donde viven los blancos de la plaza, las diversas clases de godos, que unos son llamados Chuios y otros son llamados Chuaos, eso no quiere decir gran cosa sino que unos son más godos que otros, no es que sean más blancos ni más caracolorás, sino que lo hacen para pelear los puestos públicos.”

El sol y el calor de la ciudad son objeto de variadas y sudorosas imágenes que dejan su indeleble mancha sobre las páginas que garrapatea el escritor. Morón advierte con estricta crudeza acerca de las consecuencias fatales que pueden producir los furibundos rayos solares del cielo de Carora sobre cualquier mortal negligente o irreflexivo. Para que estemos prevenidos aconseja: “a las diez aprieta el sol, hay que llevar sombrero aludo porque de lo contrario se achicharra la cabeza y se pueden quedar los huesos pelados entre los tejos de la playa, como huesos de chivo muerto, se mueren de sed, se los comen los zamuros y se quedan los cachos en la cabeza pelada en un sitio, más allacita las costillas y por los lados, todos regados, los huesos de las patas, todos ruyíos, desmigados por el calor, por eso hay que ponerse sombrero de cogollo bien alón, para que el sol no haga de las suyas y lo convierta a uno en chivo muerto.”

Las villas poseen para temor de niños y adultos sus propios espíritus, sus apariciones o aparecidos, sus fantasmas: El Silbón, La Llorona “que llora inconsolablemente la muerte de su hijo muerto sin haber nacido porque ella misma le dio un gran manotón y el hombrecito (porque era macho, veis) le gritó desde adentro, ¿por qué me matáis antes de tiempo?”, el hombre del carretón, El Salvaje, La Sayona, El Maniador, pero solamente Carora muestra con orgullo a su espanto fundamental y sin comparación: el mismo Mandinga, un demonio sin amarras, el propio Diablo que todavía anda suelto en Carora. A tenor de lo narrado por Morón, la presencia permanente y libertaria del diablo en la ciudad infernal se debe justamente al calor insoportable que la define y le es consustancial:´”El calor se aposentó en la ciudad, el calor soltó al diablo, el diablo estaba bien amarrado en el solar del convento de Santa Lucía, el convento franciscano; allí lo había dejado tuerto Santa Lucía de un bastonazo que le dio, cuando el diablo entró al oratorio donde estaba la santa dedicada a sus oraciones (…), en el convento estaba amarrado el diablo desde cuando se fundó el convento, tuerto y amarrado con fuertes cadenas en el tronco de un cují seco, con el rabo mocho, un franciscano se lo pisó, cuando Santa Lucía le saltó un ojo de un bastonazo, y entre los frailes lo dominaron a palos, lo amarraron con las cadenas de amarrar negros y lo dejaron en el solar, amarrado, sin darle de comer, más de doscientos años estuvo el diablo amarrado en el convento, hasta que se soltó y la culpa la tiene el calor, porque el día en que se soltó el diablo en Carora hacía más calor que en el propio infierno, cómo haría de calor que los caroreños, se acostaron, desnudos, empapados en sudor, a las diez de la mañana, como si fueran las dos de la tarde, que es cuando se duerme la siesta después de almorzar mondongo de chivo, cabeza de ovejo, caraotas caldúas, lomo prensado, longanizas, tajadas fritas, suero, queso raspado, arepas, y un chocolatico caliente, como hacía tánto calor, los caroreños decidieron desayunar como si fuera el almuerzo y todo el mundo se echó en sus chinchorros a dormir la siesta con ese inmenso calorón, todas las barrigas caroreñas repletas de mondongo ocuparon los chinchorros, sin una gota de aire, caliente el sol, despiadado encima de las tejas, implacable en la plaza y en las calles, los árboles se quedaron pasmados de calor, un gran silencio entró a las casas sagradas, el silencio del calor y de la siesta, todo el mundo con la barriga desnuda, la paloma apagada, los brazos colgando fuera del chinchorro, el calor se hizo dueño de la ciudad, para que el diablo soltara sus amarras, para que el diablo endemoniara el convento, nueve muertos con calor y sudor dejó el diablo en Carora el día que se soltó y ya no lo han vuelto a amarrar, porque el convento se cayó, los godos de Carora expulsaron al último fraile y Santa Lucía se quedó ciega…”

Sin embargo, otros entendidos en el asunto del Diablo de Carora como Don Pedro Nolasco de Álvarez dicen, en boca de Francisco y con los presuntos cachos del diablo bien sujetos en sus manos: “El diablo se soltó de sus cadenas. Y comenzó a realizar acciones heroicas, de muy diversa naturaleza. Para vengarse de Santa Lucía que lo había amarrado en el tronco del cují, en el patio de su convento, comenzó a poner ciegos a todos los curas de la ciudad, y principalmente al Padre Francisco Ramos, que era Doctor en cánones, para que no pudiera ver quién era quién y así mandara para el infierno a los inocentes y remitiera en sacos de lona a los culpables para el cielo; luego el diablo confundió a unas autoridades con otras, para que se mataran entre sí. A unas autoridades con otras, para que se mataran entre sí, como en efecto se mataron, los Alcaldes Ordinarios pasaron por las armas al Juez de Comisos y el teniente Justicia de la Compañía de Volante, que también era el Buenaventura, le dio de puñaladas a los presos, de tal manera que se armó la sampablera. Y también el diablo, sólo por fuñir, sin otra intención, comenzó a cogerse a todas las mujeres de la ciudad, de lo cual se aprovecharon algunos maricos viejos y sabios y otros maricos jóvenes e inexpertos para hacerse pasar por mujeres, sólo por aprovechar. De modo que el convento de la Consolación, fundado en el barrio de la Greda, donde la ciudad repetiría su propia historia, con casas y todo, tuvo muchas reclusas santas, hijas adulterinas del diablo. Nada de esto se puede decir en voz alta porque es absolutamente pecaminoso y forma parte del Capítulo Décimo titulado De las Prohibiciones y Fornicaciones en el Libro Secreto escrito con mucho cuidado, amor de Dios, santo celo y curiosa preocupación, por el Ilustrísimo Señor Obispo Don Mariano Martí, cuyo capítulo se refiere íntegramente a la ciudad de Carora visitada por el Obispo, inmediatamente después de la fecha en que el diablo se soltó en Carora.”

Sea como sea, cuéntese como se cuente, entiéndase como se entienda, nárrese como se narre, desde aquellos lejanos, confusos y aciagos días en el convento de Santa Lucía, ningún visitante de la villa pregunta por el Dios de la ciudad, sino por el distinguido, célebre, famoso y suelto, Diablo de Carora.

Culminados con excelencia sus estudios en la ciudad donde el diablo continúa suelto: “yo soy estudiante de puros veintes en todo, también en conducta, aunque tengo que pelear en el recreo”, más adulto, más persona, más seguro, con la indoblegable esperanza puesta, desde el instante mismo en que partió de Cuicas, en el logro de un porvenir diferente, el escritor, al momento de pasar por el Trasandino con destino a Caracas, en la parte alta de Carora, no quiso divisar la villa de su adolescencia: “no quería ver las casas sagradas, cuando sea rico y doctor volveré, dijo a los catorce años Francisco, camino de la flor amarilla del araguaney, la flor del araguaney es amarilla, florea el árbol todo entero, se caen las hojas y la flor amarilla llena frondosamente las ramas. La flor del araguaney se cae al suelo a los quince días. Sólo quince días dura la flor del araguaney. Francisco no tuvo tiempo de recordar su infancia.”

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ULTIMA PUERTA DEL SILENCIO, DE JUAN RUIZ DE TORRES

Este año hemos recibido un hermoso regalo. Se trata del último libro del escritor español Juan Ruiz De Torres, Última puerta del silencio. Editado por Huerga y Fierro Editores, Vizcaya, España 2010. El autor es Miembro Correspondiente y Emérito del Círculo de Escritores de Venezuela, Doctor en Filología Hispánica, Ingeniero Industrial y Licenciado en Informática. Es Director de la Revista Prometeo Digital. Desde 1980 dirige la Asociación Prometeo de Poesía y coordina la Academia Iberoamericana de Poesía, entre otras instituciones. Escribe narrativa, ensayo y poesía.

Sobre esta “última puerta del silencio”, escribe el dramaturgo y poeta español Alfredo Villaverde: “Quiere traspasar ahora Juan esta última puerta como ese peregrino jacobeo… seguro de que esta puerta que hoy traspasamos no conduce al silencio, sino que no es más que otro umbral que nos recibe sonoro, pletórico de palabras y afectos … otra cosa es que el maestro Ruiz de Torres haya despojado tanto el árbol del lenguaje de ramas, cortezas y hasta de parte de su tronco para dejarlo reducido a este último dístico del libro: “Derrama sangre mi palabra / ¡y no sé qué la hiere!, en la búsqueda del poema único y perfecto que él persigue como el Santo Grial de la literatura y que desconfía ya de alcanzar”.

El libro está dividido en los siguientes capítulos: “Mucho más allá”, catorce poemas de ciencia-ficción. “Paso grande de América”, veinte poemas dedicados a diez países americanos. “Poemas del mundo”, veintiocho poemas para una docena de países. “Minipoemas”, nueve miniaturas que el autor confiesa no haber sabido clasificar. “Peripoemas II”, seis breves poemas de “anarquía pura”. “A dúo”, un par de poemas escritos al alimón con dos admirados poetas tocayos, Enrique Valle y Enrique Gracia. “Los poemas perdidos”, cuarenta y ocho poemas encontrados en los archivos del autor sin publicar. Incluye un poema-fractal-visual. “La palabra poética”, veintisiete versículos en ediciones de la Carta de la Poesía de la Asociación Prometeo de Poesía. “Y basta ya”, con seis poemas finales.

De los Minipoemas, seleccionamos dos, para delicia del lector:

EL POEMA DEFINITIVO

“Un día,

alguno de nosotros escribirá el poema.

Y en él seremos uno.”

&   &   &

“A romper,

a romper.

Tanto verso fallido.

Fotos.

Y diccionarios.

Ombligos, crucigramas.

Sólo el instante único

se resuelve en poema.

El resto es vanidad,

tiempo al amor perdido.

A romper.

Incluso este manual..

Hay que salvar los bosques. ”

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Luis Pastori, cultor de la poesía y la amistad

Por Eduardo Casanova Sucre

Apenas a una hora de Caracas está hoy La Victoria, una pequeña y bella ciudad que por su falta de espacio no es capital del Estado Aragua, aunque tiene todos los merecimientos imaginables para serlo. Fue fundada el 18 de noviembre de 1620, cuando por mandato real el gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela, Francisco de la Hoz Berrío, y el obispo fray Gonzalo de Angulo, el teniente general Pedro Gutiérrez de Lugo y el cura Gabriel de Mendoza reunieron allí a los indios de las encomiendas de los valles de Aragua. El sitio fue llamado Nuestra señora de La Victoria, en recuerdo del triunfo español en Lepanto, en el que participó Miguel de Cervantes. Después se llamaría Nuestra Señora de Guadalupe de La Victoria, y se le daría el título de ciudad en 1814. Fue allí en donde el 12 de febrero de 1814 un ejército reforzado por estudiantes de la Universidad y el Seminario de Caracas, al mando de José Félix Ribas, derrotó a las fuerzas de Boves, comandadas por su segundo, Francisco Tomás Morales.

Y fue allí también en donde, el 25 de agosto de 1921, nació Luis Pastori, uno de los padres de la moderna poesía venezolana y un auténtico cultor de la amistad. Hijo –como Vicente Gerbasi, otro gran poeta– de un inmigrante italiano, su madre fue –a diferencia de Vicente Gerbasi, cuya madre era también italiana– una auténtica e ilustre victoriana de apellido Aponte.


Rodeado por los cerros y colinas de La Victoria, y con los bellísimos valles aragüeños a la vista, Luis Pastori desarrolló pronto sus inquietudes intelectuales. Hizo su primaria en la Escuela San Luis Gonzaga, en la Escuela Federal José Félix Rivas y en el Instituto Mariano Montilla (los tres en La Victoria), y el bachillerato en el Colegio Federal de Maracay. En los días de la muerte del general Juan Vicente Gómez –1935–, cuando apenas tenía 14 años, Pastori ya publicaba poesía en un pequeño periódico con el sugestivo nombre de
Brotes, y no mucho después, cuando estudiaba en Maracay, se convirtió en director de El Preparado, publicación humorística, precursora de El Morrocoy Azul, el semanario fundado por Miguel Otero Silva, en el que Pastori, con los seudónimos de “Concho Kolate” y “Jacinto Ven a Treinta”, colaboró entre 1945 y 1948, desarrollando así otra de sus vetas: el humorismo, o, mejor aún, el buen humor, el humor inteligente.

En Caracas se graduó de Economista y siguió desarrollando sus actividades intelectuales, que se plasmaron en una importante bibliografía formada por los siguientes títulos: Quince poemas para una mujer que tiene quince nombres (Caracas, 1942), Poemas del olvido (Caracas, 1945), Las canciones de Beatriz (Caracas, 1947), País del humo (Caracas, 1948), Tallo sin muerte(Caracas, 1950), Toros santos y flores, (Caracas, 1950), Herreros de mi sangre(Caracas, 1950), Poetas venezolanos (Buenos Aires, 1953), Caracas y la poesía(Caracas, 1966- Antología), Palabras de otros años (Caracas, 1954), Elegía sin fin (Caracas, 1962), Aire de soledad (Montevideo, 1959), Primera selección lírica (Caracas, 1962), Hasta la fecha (Caracas, 1964), Trompos y testimonios(Caracas, 1964), Definitivamente enamorado (Cumaná, 1965), Poemas(Traducción de Paul Verna, París, 1966), Caracas y la poesía (Caracas, 1966),Tiempo de glosa (Madrid, 1967), Trofeos de caza (Caracas, 1969), Poemas en italiano (Traducción de Marisa Vanini, Caracas, 1971), Renesansa samoce(Traducción de Dubravica Brili, Belgrado, 1973), Tempo di poesía (Traducción de Marisa Vanini, Siena, 1974), Poetas (Caracas, 1976), Hasta aquí me trajo el río(Caracas, 1977), Andrés Eloy Blanco: parlamentario (Compilación, Caracas, 1981). A esa bibliografía hay que agregar numerosas publicaciones en diarios y revistas de varios países y en varios idiomas, además de una vastísima bibliografía indirecta. Al alimón, con Tomás Alfaro Calatrava, Pastori escribió la letra del Himno de la Universidad Central de Venezuela, cuya música es de Evencio Castellanos y ha emocionado ya por décadas a los ucevistas.

Ese trabajo intenso, esa poesía vigorosa, armónica y valiente, lo hicieron recibir, entre otros premios, el Municipal de Poesía en 1950, el Nacional de Literatura en 1962 y el Hispanoamericano de Poesía León de Greiff en 1984.
Para completar su imagen, hay que recordar que se casó con la también poeta, además de educadora, Beatriz Mendoza Sagarzazu.

Quien revise algo parecido a su biografía oficial se enterará de que trabajó casi cuatro décadas en el Banco Central de Venezuela, estuvo en la Directiva del Conac, fue Ministro de Cultura, presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela, Fundador del Círculo de Escritores de Venezuela y Presidente de la Fundación Celarg (Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos). Dirigió, también con especial brillo, la Academia Venezolana de la Lengua.

Pero ninguna biografía, ninguna enumeración de cargos y de méritos, podrá reflejar jamás dos de los aspectos más importantes de Luis Pastori, el ser humano: su pasión por la amistad y su inmensa capacidad de seducción a través de la palaba bien dicha, de la conversación. La combinación de esos dos caminos con el de la poesía lo convierte en uno de los venezolanos más gratos y talentosos de todos los tiempos.


Fuente: www.literanova.net

Eduardo Casanova Sucre: Nació en 1939, estudió Derecho y Letras en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Nacional de Buenos Aires. En 1963 se estrenó su obra teatral Barrabasalia, escrita en colaboración con Arturo Uslar Braun, en 1975 se estrenó su comedia «El solo de saxofón». Luego, en 1968, recibió su título de abogado. Presidente de la Fundación para las Artes del Distrito Federal (Fundarte), 1984. Director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), 1984-1987. Premio Guillermo Meneses por su obra narrativa (2000). Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela, 1999 y 2001. Obra publicada:

  • Los caballos de la cólera. Novela. Monteávila Editores, Caracas, 1972.
  • La agonía del Macho Luna. Novela. Monteávila Editores, Caracas, 1974.
  • Hacia la noche. Novela. Editorial Planeta, Barcelona, España, 1974.
  • La región desapacible. Narraciones. Ediciones En la Raya, Caracas, 1974.
  • El Arca de Daniel. Novela. Editorial Panapo, Caracas, 1991.
  • Las Bejarano. Teatro. Cruz del Sur, Caracas, 1987.
  • Las alegres campanas de la muerte. Novela. Cruz del Sur, Caracas, 1988.
  • La noche de Abel. Novela. Monteávila Editores, Caracas, 1991.
  • Las trampas de la luz. Poesía. Editorial Signo Contemporáneo, Caracas, 1991.
  • Lento Laberinto de temor. Novela (Cuarteto en Sol). Editorial Actum, Caracas, 1993.
  • Corazón de dinosaurio. Novela (Cuarteto en Sol). Editorial Actum, Caracas, 1993.
  • Contra natura. Novela (Cuarteto en Sol). Editorial Actum, Caracas
  • La muerte del novelista. Novela (Cuarteto en Sol). Editorial Actum, Caracas, 1993.
  • El señor de la montaña. Novela. Editorial Actum, Caracas, 1994.
  • Los cantos del Libertador. Poesía. Editorial Giluz, Caracas, 1998.
  • El solo de saxofón. Novela. Círculo de Escritores de Venezuela, Caracas, 2000.
  • En los días de Bolívar. Ensayo Universidad Metropolitana, Caracas, 2002.
  • La última muerte de Simón el triste. Novela. Editorial Actum, Caracas, 2003.
  • El gigante doblado. Crónica. Editorial Actum, Caracas, 2008.


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WILLIAM NIÑO ARAQUE: ANGEL GUARDIÁN DE LA CARAQUEÑIDAD

WILLIAM NIÑO ARAQUE, DICIEMBRE 2010

CARACAS SIN TI. A William Niño, in memoriam

Imposible olvidar tu visión de Caracas, el amoroso cuidado que pusiste en el estudio de tu amada Caracas. Has sido y serás el amante más honesto, apasionado y fiel de las maravillas que encierra este valle bendecido por la protección de El Ávila. Comparaste las ciudades con los estilos literarios, señalando que algunas de ellas “se acercan a la ética caballeresca, otras a la abstracción lírica, a la par que muchas escritas en un estilo opaco y brutal”.

Nos acostumbramos a las mañanas del domingo en tu compañía, a través del Programa que compartías con Federico Vegas y Mariela Vegas en la Emisora Cultural de Caracas. Esperábamos con impaciencia que llegara la tarde semanal de tu diálogo con Maríanela Salazar, a quien se le notaba el inmenso afecto que te profesaba, y tú, inteligente y ponderado, tratando de sortear los asuntos amargos de la realidad, para hacer énfasis en lo hermoso, en la Caracas posible, en aquello que debía emprenderse para brindar a los caraqueños de todos los rincones, de todas las tendencias, una ciudad que nos dignificase a todos, que nos hiciera sentir la paz y el regocijo de pertenecer a un lugar amable, con sus plazas, bibliotecas, museos, avenidas, medios de transporte y servicios públicos al alcance de todos. Que nadie fuera excluido del hada madrina: La Ciudad.

Te vamos a extrañar, Amigo, angel guardián de la caraqueñidad que tan bien supiste entender.

Una despedida, un breve hasta luego, porque te nos adelantaste en el camino de retorno a nuestro Origen: el Ser. Que el Espíritu Santo te haya abierto sus Puertas de Luz, Amigo querido, William…

Carmen Cristina Wolf, Caracas, La Carlota. 20 de diciembre de 2010

Un ejercicio impostergable: Pensar la urbe del futuro.

Por William Niño Araque

Las ciudades corresponden a una narrativa inconclusa; una novela abierta a múltiples capítulos a través de los cuales se describen las más inesperadas odiseas. Las ciudades también pueden comparase con los estilos literarios; algunas se acercan a la épica caballeresca, otras a la abstracción lírica, a la par de muchas escritas en un estilo opaco y brutal. Desde esta perspectiva, Caracas podría definirse como una paradójica contraposición entre la tragedia y la escena virgiliana; su particularidad narra la insistencia de un espacio que no se reconoce a si mismo en su potencia descomunal. El hilo de su construcción y desventura reside en el olvido inmemorial.

Tal vez esta inconsistencia inexplicable se cifra en el desconocimiento del territorio, de cara a un nuevo tiempo por construir. Inesperadamente y sin conciencia Caracas descifra un nuevo texto en el que todo se hace ciudad; y es que desde Carayaca hasta Guarenas Guatire, desde Los Altos Mirandinos y la Panamericana, hasta el frente marítimo del litoral, todo es ¡Caracas!. Hoy la extensión de su superficie, inevitablemente trasladó los límites inscritos en el área Metropolitana, establecidos desde 1951, en la cual se refrendaba como urbano el eje contenido entre Catia y Petare. Ahora, todo es ciudad, y con más de medio siglo de retraso, vivimos a expensas de esa herencia chucuta, marcada con un complejo extremo de “enanización”. Una pequeñez dimensional que exhibe a su vez, los complejos que abaten la Capitalidad.

Tal vez, este complejo, ahora engorroso y vergonzante referido a la “capitalidad” ha impedido la visualización y el dominio de sus extensiones a la luz de una ciudad abierta, anhelante y competitiva desde su escala internacional: Bogotá, Cartagena de Indias, La Habana, San Juan de Puerto Rico, Lima, Miami, Buenos Aires, Sao Paulo o Río de Janeiro, establecen el patrón de un principio de autoridad; un paradigma de bienestar y competencia al que Caracas, tristemente, no logra ingresar. Y es que la novísima y esperanzada ciudad de los años cincuenta, colosal y heroica en su proyecto de modernidad, se ha desplazado desde uno de los principales lugares urbes del continente, a lo que hoy la define como casi la última en el ranking de las grandes ciudades de la región.

El desafío que orienta una reubicación en el sistema de ciudades continental, insistimos, está en el reconocimiento de su voluntad histórica, que la condujo desde el siglo XVIII a la narrativa de un capítulo fundacional y de alcance histórico libertario. Hoy, ¡todo es ciudad¡ hoy, hasta la montaña gigantesca y monumental, decretada Patrimonio Nacional desde 1958 ha pasado a instaurar la “pieza fundacional” de la dinámica caraqueña del siglo XXI.

Habría que definir las acciones y argumentos que contextualizan este nuevo capitulo, referido al señorío y la capitalidad: El sentido de su verdadera territorialidad; la dimensión de su extensión a la luz, no ya, de cuatro millones de habitantes, sino a partir de las exigencias de los seis millones de caraqueños inexorablemente la habitarán en el 2030. Habrá que cuestionar y plantear las expansión irreversible de Caracas hacia los ámbitos y paisajes de Barlovento; habrá que negociar su natural derecho sobre la arcadia marítima extendida a lo largo de una franja de 40 kilómetros, de caraqueñidad salitre; Catia La mar, La Guaira, Macuto, Naiquatá, Anare, Los Caracas, ¡todo es ciudad!, a lo largo de todo ello resuena una toponimia caraqueña.

A esta negociación entre gobernabilidad y territorios del paisaje de mar, se suman dos paisajes particularísimos y vitales: Los ámbitos de las autopistas y los cerros cubiertos de ranchos que cimientan una babelita descomunal.

La hipótesis que fundamenta el mapa de la Ciudad Ideal del 2030 define a Caracas como un aro perimetral de funcionamiento que envuelve la montaña; este paisaje se extiende desde Catia hasta Petare y desde allí, hasta Guarenas-Guatire: Hacia el norte el frente marítimo se despliega desde el Puerto de La Guaira y el aeropuerto de Maiquetía, hasta el extremo de Los Caracas; una “carretera del placer” vincularía a Guarenas con la Ciudad Vacacional Los Caracas; una Autopista del trabajo relaciona Catia con Maiquetía; en el centro vibra el jardín más gigantesco del mundo: el Ávila, la selva húmeda tropical.

Tal vez las acciones indispensables que transformarían esta bizarra novela que describe hoy a Caracas, como el territorio parcializado de los conflictos y que la trasladaría a una épica más allá de la modernidad, está en la definición de un guión urbano escrito a lo largo de 12 capítulos: la intervención del Puerto de La Guaira y el aeropuerto de Maiquetía, potencia la recuperación del frente marítimo; esta acción exige la prolongación de la Cota Mil desde la avenida Baralt hasta Catia y la Autopista Caracas La Guaira. A esta reconstrucción del tejido vial se suma la inmediata rehabilitación física de los barrios de Gramoven, Catia, Petare, La Vega, Valle-Coche, y Las Minas de Baruta. Este planteamiento se fortalece en la necesaria atención al Portal de Llegada Sur, desde la estación de trenes provenientes de Valencia-Charallave y el mercado Periférico de La Rinconada, marcando como punto central de llegada a la nueva ciudad conmemorativa la Plaza en ciernes de la Zona Rental.

Vista a El Avila desde Country Club
Vista a El Avila desde Country Club

Como un lineamiento indispensable de este capítulo, se visualiza la construcción de la Circunvalación del Sur, como la vía alterna entre Hoyo de la Puerta y Petare, despejando así la autopista central. Es necesario insistir en la culminación Metro de Caracas y el sistema de túneles Prados del Este- Valle-Coche, Santa Fe-Valle-Coche. Los ejes peatonales de espacio público entre Catia y Petare, en sentido este-oeste, y los ejes de La Rinconada-el Ávila, y la Trinidad, el Country, el Ávila en sentido Sur-Norte; es necesario incorporar como Parque urbano, los campos de Golf del Country, Valle Arriba, La Carlota y el Fuerte Tiuna. Se hace imprescindible concluir el Parque Vargas y La Plaza de La Hoyada, como centro de este sistema de peatonalidad, el cual fortalecería el funcionamiento del todo Casco Central. De todo este sistema el Ávila permanece como el recurso del mercadeo y recreación. Su hipótesis prevé que para el 2030 este parque Metropolitano abastecerá servicios y recursos de funcionamiento a una población flotante de 150.000 excursionistas durante las temporadas altas o durante los fines de semana, solo en la búsqueda del placer.

Fuente escrito de William Niño: Prodavinci

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El Nacional: ANIVERSARIO El Círculo de Escritores de Venezuela

El Nacional, Martes 14 de diciembre de 2010. Escenas p. 2

 ANIVERSARIO El Círculo de Escritores de Venezuela

Homenajeados Armando Rojas Guardia

y Francisco Suniaga

 El premio creado este año, la Medalla Tomás Polanco Alcántara,

fue para Carlos Alarico Gómez

 MICHELLE ROCHE RODRÏGUEZ

mroche@el-nacional.com

En un país en el que las iniciativas culturales naufragan en el olvido más pronto que tarde, es motivo de celebración que alguna cumpla dos décadas. Tal es el caso del Círculo de Escritores de Venezuela, organización creada hace 20 años cuando un puñado de autores quedó desamparado después de que murió el poeta Caupolicán Ovalles y desapareció la asociación que los agrupaba.

“El Círculo no es un gremio, es una agrupación de escritores que se constituyeron en una entidad sin fines de lucro. En todos estos años hemos editado alrededor de 50 libros, que se dice muy fácil y hasta puede parecer poco, paro ha representado un gran esfuerzo porque trabajamos con pocos fondos y patrocinio privado”, señaló Carmen Cristina Wolf, presidenta del grupo desde el año 2008, antes de agregar que la misión de la institución que representa es reunir a los escritores para conocer, estudiar, investigar, promover y divulgar sus obras, ideas y proyectos.

Desde hace un lustro, el Círculo aprovecha la ubicuidad y economía que le permite Internet y ha comenzado a publicar artículos en la página circulodescritoresvenezuela.org. A partir de los primeros meses del 2011, Wolf aspira a comnenzar a publicar un índice de poetas venezolanos nacidos en el siglo XX y asegura que la primera parte del documento correspondiente a los nacidos entre 1900 y 1960 ya está lista y será `publicada en enero de 2011.

Como parte de la celebración del vigésimo aniversario de la institución, la junta directiva entregó tres distinciones. Dos de ellas tienen quince años de existencia y la tercera se creó para conmemorar el aniversario: la Medalla Tomás Polanco Alcántara, que fue otorgada a uno de sus Miembros, Carlos Alarico Gómez. El poeta Armando Rojas Guardia obtuvo la Medalla Internacional Vicente Gerbasi y Francisco Suniaga se alzó con la Medalla Internacional Lucila Palacios por la trascendencia de sus obras.

El Círculo entregó también una Orden al Mérito Institucional al Centro de Cultura Chacao, por su esfuerzo en la promoción de la literatura y de las expresiones artísticas.

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Alto, no respire! Novela de la venezolana Iliana Gómez

¡Alto, no respire! ha sido editada nuevamente por Monteávila Editores Latinoamericana

La autora es publicista, cuentista, novelista, profesora de idiomas, guionista de telenovelas y cultora de la ciencia ficción, Iliana Gómez Berbesí (Caracas, 1951) es licenciada en Letras, título obtenido por Las criaturas de la ciencia ficción, denso estudio simbólico de este subgénero de la literatura fantástica.

Suyos son los libros : Confidencias del cartabón(1981); Secuencias de un hilo perdido(1982); Tornillos de taller(1983) , Extraños viandantes(1990) ySoñé que contaba ovejas electrónicas (inédito).

Teatro mágico, solo para enfermos

¡Alto, no respire! es un bildungsroman. Se trata de la historia de formación de una joven quinceañera habitante de Caracas en 1967. Merlin, la protagonista, a causa de una súbita enfermedad pulmonar es internada en un sanatorio para tuberculosos, viéndose así forzada a interrumpir sus estudios de bachillerato. Ya en el sanatorio, una suerte de símbolo de la ciudad, inicia un doloroso periplo camino a los infiernos, al enfrentarse a terribles experiencias, que a su vez irán moldeando una nueva personalidad. Desesperada por encontrar un escape, se impone soportar la cruda realidad en difícil convivencia con otros curiosos personajes, quienes al principio le hacen la vida imposible.

Merlin atraviesa diferentes fases en el proceso de templar su carácter. Desde una severa depresión hasta un cambio progresivo de actitud. Como sucede con los reclusos de una cárcel, se habitúa a sobrevivir en aquel siniestro recinto y aprende a amar y comprender a aquellos seres que al principio le producían temor, odio o repulsión. La vida en un hospital público, por terrible que sea, siempre desborda de humor, amor y fantasía.

Muchos años después regresa al hospital para visitar a un moribundo. Conversa con los fantasmas del ayer a quienes añora, y decide buscar afuera a otra persona que cuente su historia, guiándose por un diario que conserva de esa época juvenil.

¡Alto, no respire! 1ª. Edición; Contraloría General de la República, 1999, 2ª edición. Monteávila Editores Latinoamericana, 2009, Caracas, Venezuela.

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Poetas proponen se otorgue anualmente el Premio Municipal

“La preocupación de los poetas por dar a conocer su trabajo o por sortear los obstáculos para lograr la publicación de sus libros pasó a un segundo plano. En este momento, los especialistas del verso están unidos en torno a una meta que no han logrado alcanzar: la entrega anual del Premio Municipal de Poesía.” Esto lo publica  la periodista Martha Cotoret en el diario Tal Cual, el 1º de diciembre de este año.

El poeta y escultor Frank Ziccarelli, Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela, ha propuesto por escrito al Concejo Municipal de Baruta, se apruebe una legislación que comprometa a los Municipios a otorgar anualmente el Premio Municipal de Poesía.

Durante muchos años, algunos Municipios del país han concedido este Premio a poetas venezolanos merecedores de tal distinción, lo que ha significado que su obra literaria se haya dado a conocer. No obstante, hace ya tiempo que no se abren  Concursos en casi ningún Municipio.

Ziccarelli ha entregado un proyecto a la Alcaldía de Baruta, que puede extenderse a las Alcaldías de El Hatillo, Chacao, Sucre y Libertador. Propone que  las bases del Concurso, contemplen se entregue un premio en metálico, además de la publicación de mil ejemplares del poemario ganador. De esos mil ejemplares, 400 serían para la Alcaldía, 400 para el Concejo Municipal y 200 para el escritor.

Ziccarelli señaló a la Directiva del Círculo de Escritores, que la gente de Cine está logrando muchas cosas ahora, porque durante años pelearon por una Ley de Cine.

Esperamos que se haga realidad este importante logro, y apoyamos la idea con toda fuerza.

Carmen Cristina Wolf

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