En homenaje a los 458 años de Caracas, publicamos este artículo de la periodista venezolana Faitha Nahmens, amante fiel de nuestra ciudad.
En la ciudad al borde menos bardas y más verde
Faitha Nahmens Larrazábal
Democracia es florecer en el abismo
Verde terco, verde bandera posible, verde propuesta, en el verso de Cadenas que lo celebra y lo siembra, el color es pista que da fe de la persistencia. Enfocado en el cogollo que brota en el resquicio impensable y acaso dándonos aliento, con su verbo de increpar —¿qué hace la palabra amor colgada de un fusil?—, el poeta advierte dulcemente: florecemos en el abismo. Más que un guiño a la entraña nos da una clave.
Pese a no pocas contrariedades y desatinos, verbigracia el implante de palmeras en recalentado dorado de embuste, y pese al auge de la desconcertante misión leña —los árboles sin fronda, podados enjutos como un isopo según la analogía de la arquitecta María Eugenia Bacci, para liberarlos de la tiña o acaso para que por las ramas no se encarame el indeseado y nos sorprenda en el corredor—, nuestro destino edénico tan natural salta a la vista: es la vida. Cuando Damocles amenaza nuestras mollera con su espada, ojalá dar la vida sea, más que perderla en el compromiso que apremia, vivirla. Decidir por ella.
Con esencial contumacia, lo verde persevera en este valle de lágrimas, de silicona, de pasiones y de amos que se rotan en la narrativa de desmemoria y picota. De cerros y lomas, carros y maromas. De trampas urbanas y solapamientos al este, el hormigón que se deteste. Capital de retrechería histórica, tres intentos de conquista hasta Lozada, de epicentro extraviado y rota la calzada, de burbujas que narran variaciones de aromas y fachadas, mezcla a juro y con desgano de la ciudad desigual, y que vivan sus variaciones— Campo Alegre, Caricuao, La Floresta, La Pastora, El Paraíso, Petare, El Pedregal, La Florida, La Lagunita o Catia sin laguna—, Caracas tiene su tumbao. La clave es más verde que madura. La dice el mango tan a mano y a pedir de boca: man go, el hombre se va.
Vocación de verde, aun con menos habitantes de raíz, los hijos idos y los tantos árboles tronchados hasta convertirlos en tocones, el privilegio tropical alcanza su punto climático con el Ávila y su verde mutando de un minuto al otro según los designios de la luz gozona y correlona; con la montaña sinuosa y ambigua, un sultán o una mujer acostada, caderona y con su pezón coqueto asumiendo sensualidades, rosada en diciembre, y siempre verde que te quiero verde. Si Caracas es un clima, como decía Isaac Chocrón, estamos a salvo. El paisaje de brotes que se infiltran nos da un respiro. Cuando nuestro árbol genealógico se deshoja en lejanías, lo verde próximo nos resguarda. Un solo araguaney da oxígeno a 23 de la especie nuestra.
Venida a menos y desdentada, el miedo convirtiéndonos en rehenes sitiados tras las murallas que nos impiden ver los jardines y sentirnos a nuestras anchas, el verde exultante —agradecemos tanto a la lluvia—, es una promesa cumplida con tenacidad en cada resquicio de la caraqueñidad; se trata de una verdad que susurran no sólo sus habitantes de hojas. También lo proclaman las 450 especies de aves que conviven en operática coreografía, y lo anhelan algunos de pelaje resiliente que intentan rebuscarse a todo pulmón.
Bella y escarapelada, tierna y arisca, desarticulada y con voluntad de junco, acaso esta escenografía de brisa perfecta, de este a oeste, Caracas contiene las claves de lo que somos y podemos esperar: llueve y escampa. Cuando más tememos y extrañamos al ser amado o echamos de menos, ay, a las formas republicanas, más fogoso parece el sol que calienta sin distingos; y sale para todos, de Miseria a Porvenir y de Dolores a Gloria. Cuando las nubes lloran con nosotros y nos ahogan o nos besan, igual reconocemos en la carencia que todo aguacero comienza con una sola gota.
Ciudad a la que vamos por partes y que se va acercando poco a poco a sí misma, con aceras disparatadas que vencen por fuerza los jabillos y de eventuales y concurridas rumbas para el reencuentro en la calle tocando la Billos, de identidades en la trama haciendo contraste que los desalmados intentan dar al traste, de gastronomía que persiste, sazón hispana en La Candelaria, criolla profunda en El Hatillo y tanta variedad que aún existe —y qué importante el aún—, Caracas resiste y la clave está justamente ahí, en su naturaleza. Un río, ay, con sombrero —la autopista—, y que miramos con vista gorda, porque Guzmán lo decidió cloaca, y así botó toda su gracia por la borda, desde entonces es agua sin filtros ni purezas que pasa de largo; y nadie se hace cargo. El Guaire nuestro es vertedero de los desechos urbanos y humanos como si su falta de peces, no hablemos de heces, fuera un designio sin vuelta atrás como su ir al mar.
Pero también el río puede reverdecer. Corrijamos el decreto, y alrededor del concreto, sembremos y hagamos sombreadas las orillas, sembremos árboles y que aniden los cristofués y que correteen ardillas. Que la belleza haga su embrujo, no la saboteemos, no es un lujo. Celebremos la iniciativa de Elisa Silva y Cheo Carvajal, que proponen dos kilómetros de Las Mercedes a Colinas para andarnos a la vera del río que podremos ver limpio si usamos en casa purificadores a favor de la biosfera y un gentío. No digamos que la naturaleza se opone. Ni que hay que luchar contra ella, al revés.
Con verde, Caracas podría mantener, ojalá, esa mixtura de ciudad febril y ciudad fértil donde sembrarnos. Arbolada y pajarosa, respirable y con aspiraciones, debe seguir conteniendo espacios en el afuera para el reencuentro, donde darle cuerda al debate y al pensamiento. Obras que alberguen el arte y la cultura e instituciones y piezas arquitectónicas y paisajísticas para la contemplación, no perdamos por el hormigón y el aire acondicionado de las torres herméticas y sanforizadas la ventana abierta y el balcón, ese espacio intermedio de libertad y de la serenata antañona, donde estuvo oyendo su canción, enamorada perdida, Julieta. Asomado, el señor de reventona camiseta. Y recostada, aquella empecinada bicicleta.
Sala común, una ciudad, como órgano vivo que es, como espacio para conversar y con-besar, implica transformaciones, pero no tendrían que ser amputaciones. Caracas con sus 22 arroyos trazando un nuevo damero y flanqueados por bancos para la devoción ¿no sería el edén? ¿O es acaso muy bucólica la imagen? ¿Mejor con la torre británica o no cabe tal comparación? ¿Tal edificio de Altamira es una gracia, una arrogancia o una desproporción? Quisimos tener nuestra torre Eiffel, una jirafa como aquella dama de hierro de piernas largas y tan controversial como Madonna entaconada, de 300 metros del suelo al cielo o tres cuadras verticales, visitada por unos seis millones de personas al año. Pero el desdén le colgó telarañas al edificio de gran tamaño, qué daño.
Las ciudades, como modelo y estructura de vida organizada y efervescente, son indetenible predilección de la geodesia. A esa noción compleja que implica mucho más que la reunión de pobladores en un territorio acotado, que tuvo murallas —y aquí de nuevo y donde las haya—, en el mundo se ha sumado más de 60 por ciento de la población, y no se detiene la tendencia a favor: somos cada vez más urbanos y nos congregamos para establecernos, satisfacer nuestras necesidades, convivir, producir ideas, rezar o no, y crear, compitiendo con el dios abjurado. Colmena que variará según el clima y la geografía, y sin duda el sistema de creencias, una ciudad es reflejo del pensamiento de sus habitantes. Su espejo. ¿Somos conductores solo de automóviles? Nos viene bien repasar la hoja, releerla, voltearla.
Una ciudad sobresaliente es más que su señalización inteligente aunque qué listos los que aprovechan la oportunidad para enraizar democracia: es el epítome de la democracia misma; su plataforma perfecta. Aun cuando tenga líneas de casas exactas como narrativa, contendrá la irremediable y fascinante diversidad humana de ideas bullentes y de perspectivas que garantiza la condición insoslayable y vital de pluralidad. Volvamos a lo verde y al enraizarnos: tenemos el mejor cacao del mundo porque ese arbusto de fruto autóctono, sí, es originario de nuestro país, en Chuao crece bajo el aromático cobijo de las matas de mango. En tiempos de váyanse de aquí y de no vengan más, cuánto simbolismo.
El salvador no tiene botas ni sables, sino hojas amables. Es el verde. Es la Naturaleza, donde estamos y vivimos: no es que vamos a ella. Convocados para la causa: el malojillo tan bueno que calma y sana todo karma e incluido el síndrome del sauce llorón y el mal de ojillo. El guayabo, más que para amores contrariados, para problemas digestivos; para que no sigamos tragando grueso, con la boca solo besos. La ruda, que no intenta la violencia, al contrario, ayuda a desinflamar. La menta, para el colon irritable, no pretende mentar, y vale como descongestionante nasal. La Yerba Caracas, también conocida como bledo, que nos importa muchísimo porque mejora la memoria, prohibido olvidar, por ahora. El helecho, mejor que resignación y a lo hecho pecho, persistencia, hacerle a la paz y a la democracia lecho. Y pongámosle cuidado a la enredadera. Es que Caracas se las trae. Sísmica y con sus dramas, la del tongoneo y aquella que tanto se ama, que el té quiero esté servido y el mango con su secreto ungido.
Seamos castores, en las aguas, y pájaros en la construcción de los nidos, escogiendo los materiales más amigables para cada obra, cada puente; invento que enlaza, hay que celebrar aquél que se alzó para uso de los ciervos que quedaron a ambos lados del camino luego que se construyó el viaducto excluyente. Es que como dice Claude Levy Strauss: “La ciudad da simultáneamente testimonio de la procreación biológica, de la evolución orgánica y de la creación estética, ella es, a la vez, objeto de natura y sujeto de cultura, individuo y grupo, lo vivido y soñado, la cosa humana por excelencia”. Si la ciudad es la cosa humana por excelencia y Caracas lo es por naturaleza, imaginemos aquí el maridaje mejor avenido entre ciudad y verde, porque es, ya lo dijimos, su destino. Londres, ciudad con su Támesis, por cierto recuperado como hábitat vivo, hizo un anuncio futurista y vital: promete convertirse en la primera ciudad verde del planeta. Donde haya un parque, quedará. Donde no lo haya, se sembrará.
Valle verde el nuestro, interceptado por demoliciones y el troche y el moche, podríamos ser los abanderados en eso establecer tal forma de convivencia (y todas las posibles) entre ciudad y naturaleza. Podría la arquitectura hacer un diálogo inclusivo, sensual, irremediable con el verde. No, no gallineros verticales en la Avenida Bolívar. Las paces con los árboles es adiós al aniquilamiento de bucares, acacias o mijaos de la entrada del establecimiento comercial, para que ingrese cómodo el automóvil al restaurante sin tropezar (y ya sin pizca de sombra). Está un parque previsto, el Simón Bolívar en la Carlota. Y otro a la vera del arroyo que bordea Vizcaya. Sumemos. Gocemos el verde palmo a palmo, como recomienda la arquitecta paisajista Diana Henríquez. Y no aceptemos restas. ¿Cómo que bicis y motos en el Ávila remontando la cuesta?
Es hora de reconstruirnos, hacer costura en la ruptura, ser comprensivos con los jabillos y asumir el amar Caracas, como estribillo: no solo en Amadores, también de Miseria a Peligro. La vida debería ser amarilla como el araguaney: amar y ya. Prefiramos antes que el miedo irnos por la calle del medio. Que el verde del abismo, constancia poética, paisajística y política sea el único barranco por el cual zumbarnos, ay, amén del amor. Repitamos como mantra a Shakespeare, en sintonía naturalista: “El amor alivia como la luz del sol tras la lluvia”. Reverdeceremos.
Faitha Nahmens Larrazábal. Reconocida periodista nacida en Caracas en 1958, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. Es una gran investigadora. Recomendamos leer la entrevista que le hace José Pulido y ha sido publicada en Letralia:
https://letralia.com/entrevistas/2020/10/04/faitha-nahmens/

