El color autónomo de Cruz – Diez, por Enrique Viloria

       Enrique Viloria Vera

 

El arte es el hombre agregado a la naturaleza; la naturaleza, la realidad, la verdad, pero con un significado, con una concepción, un carácter, que el artista hace resaltar, y a los cuales da expresión, que redime, que desenreda, libera, ilumina.

Vincent Van Gogh. Cartas a Theo

Con el patrocinio de la Cruz – Diez ArtFoundation sale a la consideración de público interesado el libro de Ariel Jiménez – destacado crítico e investigador venezolano de las artes visuales – especialmente del arte contemporáneo y del movimiento cinético –, dedicado al estudio de la obra del maestro Carlos Cruz – Diez, en donde analiza el largo recorrido llevado a cabo por el artista para alcanzar la ansiada y bienvenida autonomía del color.

En el texto introductorio de Adriana Cruz, Presidente de la fundación patrocinadora del libro Carlos Cruz – Diez y la autonomía del color, publicado en 2016, se ofrece una precisa explicación de las circunstancias y motivaciones que llevaron a Jiménez a estudiar prolijamente la particular obra del maestro del cinetismo. Reseña la presentadora:

“El presente ensayo de Ariel Jiménez es un interesante recorrido por el rol del color dentro de la historia del arte. Descifrar quiénes fueron los primeros en cautivar los colores, sus motivaciones y cómo lo hicieron, desvela capítulos de una aventura inconclusa en la que el color resulta ser un protagonista fascinante y misterioso. ¿Existe históricamente una sujeción de parte del dibujo sobre el color? ¿Qué significa la «liberación» del color y hasta dónde se ha llevado en los últimos dos siglos? Ariel Jiménez, con la erudición y claridad que lo caracterizan, abordó algunas de estas preguntas en marzo del 2013 en una conferencia ofrecida en The Central Academy of Fine Arts en Beijing, China, en el marco de la exposición Carlos Cruz-Diez: Circumstance and Ambiguity of Color. Pero las interrogantes que él mismo se planteó no lo abandonaron. Continuó investigando y abordando los temas centrales en su infatigable conversación sistemática con Cruz-Diez. El diálogo entre ambos, sumado a estudios de filosofía, historia, estética y creación, se enriqueció y rindió los frutos que terminaron en este libro que Cruz-Diez Foundation tiene el gusto de presentar”.

Efectivamente el autor con enjundia y conocimiento del tema en estudio,investiga la accidentada ruta que ha debido recorrer el color para obtener su libertad, ser protagonista y no telonero, artista de reparto, relleno, en su ancestral sujeción al dibujo, al trazo y a la línea.  En este sentido, el autor precisa:

“Pero liberar el color implicaba la existencia de un estado anterior en el que habría sido prisionero de algo o de alguien, y es incuestionable que ese momento se sitúa en los albores del Renacimiento, cuando se comenzó a concebir la pintura en términos de mimesis. Es decir, como un arte cuyo objetivo central consistía en producir un doble fidedigno del mundo para, a partir de allí, darle forma visible al universo espiritual de la humanidad, a sus utopías, sus luchas ideológicas, sus logros materiales”.

Cruz – Diez no fue ajeno a este proceso histórico que asumió como propio. Recordemos que el artista viene del diseño gráfico, de la ilustración, en fin, de la tradicional y convencional pintura figurativa. Larga y ardua es entoncesla tarea que el creador realiza en su taller para liberarse y liberar al color, para obtener el color buscado: su color. Sin remilgos ni cortapisas, el autor comunica lo comunicado por el artista:

“Cruz-Diez, entonces marxista y materialista convencido, en lucha él mismo contra las tradiciones religiosas de su familia y su tiempo, quería hacer de su investigación una práctica absolutamente desligada de toda lectura simbólica, religiosa, filosófica o esotérica, inscribiéndose en la historia, sí, pero en un gesto de ruptura radical ante ella, con los ojos puestos en lo posible. Y no solo quiso construir un discurso plástico desprendido de toda simbología, también persiguió, a la parde todo artista moderno, restringirse a la esencia misma del medio empleado, dejando fuera –excluida–, toda solicitud literaria o extra-pictórica. Aferrarse a la especificidad de la pintura, arte de la visión, como a la naturaleza física, fenomenológica y lumínica del color, fue y sigue siendo su reto. Y todo lo demás será percibido por él como agregados no solo innecesarios, sino hasta molestos; defectos, maculaturas o desperfectos que no hacen otra cosa sino entorpecer la experiencia, que él sueña pura, de un ser entregado –aquí y ahora–, al goce y a la magia de la luz y sus manifestaciones cromáticas”.

Luego de muchos tanteos y ensayos, de hallazgos y desencuentros, de errores y aciertos, de alegrías y frustraciones, Cruz –Diez logra, finalmente, habitar en la paz de sus colores. Diversas son las vías, los derroteros, los itinerarios, los recorridos que el artista transita para llegar a la Tierra de Gracia del color, de su color. Según el autor:

“Entre estas operaciones destaca, ante todo, el hecho de recurrir a lo que podríamos llamar los componentes básicos de un verdadero lenguaje pictórico, en ciertos puntos al menos paralelo o comparable a lo que ocurre con el lenguaje oral o escrito, solo que se trata de un lenguaje tácito, no discursivo, que carga o impregna de sentido los objetos. Por ejemplo, el pensar su obra (Physichromie, Chromointerférence [Cromointerferencia], Couleur Additive [Color Aditivo] e Induction Chromatique [Inducción Cromática]), como el resultado de la interacción entre tres factores: la creación de lo que él llama un «Módulo de acontecimiento cromático»; esto es, la agrupación de dos, cuatro o más líneas de color yuxtapuestas, en un orden preciso e invariable al interior de cada 96 obra, produciendo una suerte de célula que luego se repite (segundo elemento del lenguaje), guiada por una sintaxis serial y repetitiva. Y, por último, el acudir a esa especie de detonante que representan sus tramas de líneas negras inclinadas, y cuya superposición a los módulos repetidos, induce la aparición de nuevas gamas”.

Jiménez – solidario y complacido – acompaña al maestro por las variadas y convergentes estaciones del atrevido y fructuoso recorrido cromático de Cruz –Diez. Dejémonos conducir:

  1. LasPhysichromies [Fisicromías]: En las que la mezcla óptica no se produce solamente a partir del color químico, sino también de sus 94 reflejos. Esto porque los pigmentos seleccionados fueron aplicados sobre los costados y los cantos de una serie de bandas en cartón, encoladas todas juntas sobre un fondo de madera, y a diferentes alturas (algunas incluso más altas de un lado que del otro), con lo que se generan entre ellas pequeños corredores, minúsculos espacios cuyo interior se ve invadido por el color que reflejan las bandas laterales Allí, en esos diminutos corredores, el color reflejo flota literalmente sobre la superficie, y lo que el ojo percibe, y varía en función de las condiciones de observación, es un ligero halo de luz coloreada recreando, en modelo reducido, fenómenos cromáticos cercanos a los que se perciben durante el atardecer o el amanecer; una aurora apresada por la pintura. Pero una aurora, y esto hay que tenerlo siempre presente, que vemos allí presentada, regida, por el lenguaje.
  2. Ahora, si en las Physichromies es donde mejor se advierte esa tensión claramente barroca entre la luz y la materia, sus Inductions Chromatiques y Chromosaturations nos brindan por el contrario dos ejemplos particularmente felices; en la sencillez de las soluciones técnicas a las que recurren, y en su eficacia para presentar el color-luz «liberado». Aun así, ni siquiera ahí se le ve absolutamente independiente, como lo sueña el artista cuando imagina, en el futuro, una tecnología capaz de confinar auténticas masas de color en el espacio (especies de auroras boreales recreadas por el arte), que podrían evolucionar y transformarse en el tiempo, ofreciéndonos el espectáculo de un ser aéreo y lumínico, perfectamente autónomo. Mientras ese día soñado llega, su obra no podrá sino sugerirnos una posibilidad, una pureza ideal por ahora imposible de alcanzar, y el color-luz seguirá manifestándose en los intersticios de sus tramas, o proyectado sobre un cuerpo (muro o cubos blancos), nunca por completo emancipado. Todo pues es significativo en ellas, incluyendo los materiales y la manera como cada serie surge de sus procesos creativos”.

Finalmente, coincidimos con la acertada consideración de Ariel Jiménez, cuando concluye que las obras del maestro Cruz – Diez:

“…son el fruto innegable de nuestro tiempo, de una pintura que integra en su estructura y en sus resultados un concepto otro del cosmos, y que ya no concebimos a la manera de los filósofos y científicos occidentales anteriores al siglo XIX, sino como un universo material producto en cierta forma «emergente» de interacciones electromagnéticas, energéticas. Uno, además, donde lo que percibimos no se presenta como una realidad ajena, exterior a la conciencia, sino como fenómenos inextricablemente dependientes de nuestras posibilidades y limitaciones de observación, de esa casi improbable capacidad que brota en los frágiles seres vivos que somos, y que nos lleva a maravillarnos ante la belleza del mundo cada vez que abrimos los ojos. Porque pensar el color es definitivamente una forma de pensar el mundo, y las relaciones que nos atan a él”.

*Enrique Viloria Vera, reconocido escritor venezolano, crítico de arte, ensayista, poeta, biógrafo, con una extensa obra publicada. Su obra ha sido laureada con varios premios, entre los que destaca la Medalla Internacional de Poesía Vicente Gerbasi.  Es Miembro Emérito del Círculo de Escritores de venezuela.

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Rodrigo Lares Bassa en homenaje al Día del Escritor

Rodrigo Lares Bassa nació en Caracas, el 17 de noviembre de 1975. es Abogado, reconocido narrador, poeta, ensayista y articulista de opinión. Ha impartido la docencia en varias Universidades venezolanas de prestigio. Es autor de obras académicas, biográficas y literarias; de ensayos y trabajos de carácter científico-jurídico, e igualmente, tiene en su haber colaboraciones a Libros homenajes y a revistas científicas. Amante del deporte. Fue Director de la Fundación Escuela de Escritores de Venezuela y es miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Ha recibido reconocimientos de carácter literario. www.rodrigoeloylaresbassa.com IG: @rodrigolaresbassa Instagram. Twitter: @rodrigolaresb

Poemas del libro «A fuego de Jazz». 2018

Mío

            A Rafael Cadenas

 

País mío,

educación

y cultura

¡que se levanten!

como cuero seco.

 

Desdoblamiento 

Construir en la neblina

ciudades

a través de luciérnagas

 

Construir templanzas

en los cortos circuitos y en las medianías

 

Construirlo todo

con su plateado resplandor

 

Construir el cuerno de un unicornio

y pulirlo

entre un quejido y una ilusión

Construir

una semilla

 

 

Todos somos árbol

 

De ese árbol que somos

raíces nos nacen.

 

Dependiendo

del agua

(y de la intencidad):

cara o sello

transcurre la vida.

 

De uno depende

la sombra:

¿frondosa copa

o escuálido palo?

 

De uno depende

lo que nos rodea:

grama

selva

un matorral de rosas

tierra árida o maleza

 

De uno depende

cómo crecemos

(nosotros y los nuestros):

¿un pequeño arbusto

o un gran samán?

 

De uno depende

la semilla

que en nosotros

crece.

 

De uno depende

qué versos

escribiremos

 

Magia

 

Irrepetible                como una letra

que en tinta dejamos

 

El milagro de un papel fugaz

que nos cambia el corazón

 

La magia                  un respiro.

 

¿A quién le escribimos?

 

A fuego de jazz

 

Mi escalofrío favorito es escribirte:

 

Vi tu sonrisa y me volví piano

mientras mis labios en tu cuello se convirtieron

[en jazz

y la poesía corrió por mis venas.

 

Al abrazarnos te convertiste en sueño de carne y

[hueso.

 

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Heberto Gamero en Homenaje al Día del Escritor

Riendas

Por Heberto Gamero

“Mil veces caminó por esa calle y mil veces pensó en entrar a la librería de amplia vitrina y libros que parecían observarlo. Esta vez se detuvo frente a ella, entró, escogió uno y… Es una magnífica novela, le dijo el vendedor, trata de un hombre que solía pasar por el frente de una librería sin prestarle atención. Un día se detuvo y decidió entrar”. 

De nuevo mi garganta se anudó al releer las primeras líneas: “Mil veces caminó por esa calle y mil veces pensó en entrar a la librería…”. Por un momento creí que la historia que había comenzado a escribir no me pertenecía, que la había leído en otra parte o visto en una película o referida por algún amigo, y por esa razón, sin darme cuenta, la había transcrito de forma textual, algo que también escapaba de toda lógica dada mi pésima memoria. ¡Cómo era posible! Más que confuso continué leyendo: “…de amplia vitrina y libros que parecían observarlo. Esta vez se detuvo frente a ella, entró, escogió uno y…”. Tuve miedo de seguir leyendo, pero aquellas palabras, mis palabras, seguían nítidas en mi cabeza como ecos interminables, por lo que compré el libro y me senté a leerlo en la cafetería más cercana. “Es una magnífica novela, le dijo el vendedor, trata de un hombre que solía pasar por el frente de una librería sin prestarle atención. Un día se detuvo y decidió entrar”. No podía creerlo. ¡Mi párrafo, mi primer párrafo! No había escrito una letra más y ahora tenía un libro entero entre mis manos. ¿Acaso alguien…? ¿Qué seguía entonces? Ávido por descubrirlo continué leyendo: “Era el primer y único párrafo que había escrito de su nueva novela. Compró el libro y se sentó a leerlo en la cafetería más cercana. En la portada aparecía la sombra de un hombre en medio de un escenario en llamas. Al detallarla le asustó ver que aquella lúgubre silueta parecía la suya: el mismo sombrero, las mismas grandes orejas. Nunca pensó aquel hombre que escribiría una gran novela”.  

Tembloroso, ya persuadido de que estaba leyendo mi propia historia, iniciada por mí y continuada por algún ángel salvador, con inocultable desespero pasé a la página siguiente y la encontré en blanco, y también la siguiente y todas hasta el final del libro. Quedé paralizado. Desconcertado. “Una gran novela…”. Instantes después comprendí de qué se trataba todo aquello. Me levanté entonces y apuré el camino a casa. Con una resolución que no me cabía bajo la piel me dispuse a continuar escribiendo mi historia, el futuro con el que tantas veces había soñado. No sin antes cambiar la imagen de la portada, claro.   

Heberto Gamero Contín

Madrid, 19/11/2019

El autor es un reconocido narrador y novelista venezolano. Ganó el concurso de cuentos de El Nacional con «Los zapatos de mi hermano». Creador de la Fundación «Aprende a escribir un Cuento» (FAEC). Imparte talleres para enseñar a escribir cuentos a los jóvenes y al público en general.

Ha publicado varios libros de cuentos, novelas y crónicas de gran aceptación por el público, impresos y digitales, entre ellos Cuentos de pareja y otros relatos, Biografías de Músicos, Pintores y Escritores etc.

 

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Carmen Cristina Wolf: La casa en la memoria

 

Por Alberto Hernández

1.-

Una casa es también un ser que respira.

Se respira la casa y con ella los objetos que la hacen. Quien la construye a diario con palabras es la misma casa en la textura de su lenguaje, y es habitable por sus distintos silencios o desgarraduras.

Carmen Cristina Wolf en su poemario La casa que me habita habla de la casa como si esta viviera dentro de ella. Y así es: la casa es memoria y paredes, risas y techo, libros y fotos, tristeza y árbol en un patio, pero más allá de esos habitantes, la casa es un rito, una esencia que cambia con quienes la convierten en símbolo, en una metáfora del tiempo.

Es decir, la casa es la memoria.

Hay casas que permanecen. Casas que no mueren. Casas siempre plenas, abundantes en su habitación: se vive una casa y se revela como milagro.

Una casa, por muy perdurable que sea, muda de piel. La poesía hace posible que esa piel tenga la misma lozanía en la memoria. Capas de tiempos, el poema avizora la posibilidad de hacerla eterna en la genealogía, en la heredad.

Una casa es la gente que la habita. Pero también la casa se hace gente.

2.-

La mirada de una niña ve crecer la casa. Entonces el poema aparece, se despliega con sus diversos tonos. Una calle hace de testigo y se abren otras calles que no son nombradas, que se silencian detrás de las palabras.

La ciudad era un lugar inmenso (…) mejor estar en casa bajo el árbol del patio// el vaivén del columpio y los juegos del perro/ la pelota de hule las muñecas”.

Esa mirada también crece, escribe la casa, el poema, se permutan. Son en tiempo.

Desde el afuera, desde el acento que se impone, cada lugar es un espacio donde habita el susurro, lo que habrá de ser el poema de la casa, la casa misma como ser vivo:

las habitaciones lucen su juego de sombras”.

 

Los personajes que mueven cada objeto, que son los cimientos de la casa, trazan la memoria perdida, aunque la voz, también parte de ese juego de sombras, anuncia la distancia:

A lo lejos la montaña/ lo imagina en aquella ciudad/ donde los días se vuelven interminables”.

Tutear la casa, hablarle: el poema dilata su eco, habla con su doble significado sensorial:

habito tu silencio/ atravesable como el ojo del espejo”

3.-

¿Cuántas casas son posibles en una vida? ¿Cuántas vidas para habitar una casa?

Queda la memoria como ensueño, como figura de alguien que pasa, un duende, una voz de otro mundo, la abuela que farfulló una oración. Un pequeño altar, una silla, una repisa, el calor o el frío. La casa se deja habitar. O se hace abismo, equilibrio.

Quien ha crecido ve la casa más pequeña. Ya el hogar ha dejado de ser para ser memoria, compañía. Olores, colores, caricias o dicterios. La memoria incansable:

En la habitación frente a la mesa/ una vieja silla de madera cruje”.

La que escribe se mira y dice: “El poema encontró su camino”.

Y así como las casas hacen la ciudad, la ciudad hace el país. Y lo verbaliza desde el dolor, desde la agonía de sus habitantes: la misma casa como desgarramiento, como soledad, como acoso:

en mi país/ la libertad está asediada”.

¿Cuántas quedarán sin la voz de sus hábitos, sin el roce de los vestidos, sin las manos que la limpien? Las casas hablan solas. Dialogan entre ellas, las más de las veces. Cuando dejan de hacerlo caen. Se derrumban.

¿De qué se alimentan, qué las mantiene en pie?

Las palabras, un poema, una canción.

Por eso:

El poema habita tu secreto”.

En este libro de Carmen Cristina Wolf están todos estos momentos.

Una lectura que nos conduce a ser la casa que seguirá habitándonos.

*Alberto Hernández. Síntesis Biográfica

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952.

Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria. Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios.

Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua.

Ha publicado ensayos y textos poéticos en las revistas Turia de España (Aragón), números

81-82; en Il foglio volante de Italia, Nº 4, abril 2007; Piedra de molino, Arcos de la

Frontera, España, primavera de 2007, entre otras.

Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano y al árabe.

@circuloescritoresvenezuela en Instagram

#carmencristinawolf #albertohernandez

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María Isabel Novillo: Los Voluntarios creativos

María Isabel Novillo

LOS VOLUNTARIOS CREATIVOS

Por María Isabel Novillo

Se dice que una de las comprensiones hacia la profunda y significativa felicidad del ser, se funda en encontrar dónde servir y cómo hacerlo. Ese incentivo se basa en un definitivo y real amor vital hacia la humanidad, sostenido por una motivación y un propósito desinteresado y altruista, que piensa en los otros y que le importa su bien. Esta podría ser una de las muchas facetas que definen a los Voluntarios.

Ese deseo de colaborar, de hacer, no es una posición sentimental sino una certeza práctica,  que algunos deciden poner en acción,  para el proceso de desarrollo de los seres que habitamos este planeta y todas las formas de vida que lo pueblan. Por ello, su campo abarca todos los aspectos sociales, culturales, ecológicos, artísticos, científicos…. en fin, nada humano le es ajeno. Es una decisión que excluye el pesimismo y demuestra el inmenso potencial de la actitud desinteresada y ordenada.

Otra clave para reconocer a los VOLUNTARIOS sería que son personas de Buena Voluntad, que desean practicar los principios de la no separatividad, de la colaboración en un nuevo orden filosófico y social. Que no conocen barreras nacionales, raciales, ni diferencias políticas o religiosas. Estos hombres y mujeres Voluntarios desean que el bien universal deje de ser un bello pensamiento y se convierta en la aplicación práctica activa de todos los asuntos cotidianos. Constituyen una fuerza que se mantiene por la mutua comprensión de un objetivo similar en muchos países, en muchos pueblos, en muchas personas.

Los Voluntarios no confrontan a nadie, no generan  separaciones. Nada en sus palabras produce conflicto ni alimenta antipatías. Pareciera que siempre tienen en sus mentes muy presente esa bella  anécdota de la Madre Teresa de Calcuta, la cual al ser convocada por una asociación internacional para «marchar en contra de la guerra», contestó que no.  Dijo: «No. No marcharé en contra de la guerra. Pero, pídame que marche  A FAVOR DE LA PAZ   y seré la primera en sus filas».  Esto pudiera parecer un juego de palabras, sin embargo no lo es….

 

Son personas que se vuelcan en Instituciones o emprenden actividades que de ninguna manera fomentan violencia, desamor ni crítica y se valen de toda oportunidad que acentúe la hermandad, la unión y el cuido de la evolución integral y noble de todos.  Por ello, son totalmente valiosos para otros seres, sin importar países, gobiernos, iglesias, políticas, filosofías o sistemas de pensamiento.  Su presencia aporta fuerza, optimismo, cualidades, habilidades, formación y clarifica el trabajo y los ideales de las instituciones en las que presten sus servicios.

 

*María Isabel Novillo, poeta y ensayista venezolana, con estudios en sociología, filosofía, letras clásicas y música. Es Directora de Relaciones Internacionales del Círculo de Escritores de Venezuela.

Poemarios publicados: Metálica virtud, Poemas peregrinos, Memoria del Caballero de la Isla.

Se ha desempeñado en el área de la cultura en diversas instancias en el Estado Mérida; durante siete años ha dictado el Taller de Poesía de la Universidad de Los Andes ULA. Actualmente trabaja promoviendo la creatividad poética a través de seminarios y talleres, con particular incidencia en lo filosófico y humanitario. Fue contratada por la Organización de Ayuda Internacional a la infancia Save The Children, para escribir un libro sobre la convivencia, la tolerancia y la paz. Ha prestado servicios en varias ONGs europeas de protección de los derechos de las mujeres y de ayuda a la integración a través de las artes y de la adopción internacional

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La escritora Sara Uribe visita Caracas

Bienvenida la escritora mexicana Sara Uribe, visitará Caracas gracias al Convenio de Cooperación entre la Fundación La Poeteca de Caracas y la Embajada de México.
Sara Uribe es una de las voces más reconocidas de la actual literatura mexicana. Protagonizará una agenda entre el lunes 4 y el viernes 8 de noviembre en la sede de La Poeteca de Caracas

Acompáñennos en algunas o todas sus actividades en el Edificio Mene Grande Avenida Francisco de Miranda.
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Sara Uribe, nacida en 1978, es una de las voces más reconocidas de la actual literatura mexicana. Sus libros de poesía, ensayos y conferencias son ya de referencia obligada para hablar sobre la relación entre poesía, cuerpo, ética y política. Su poesía está atravesada por las múltiples posibilidades del sujeto lírico en el devenir del texto, haciendo uso de la intertextualidad, el spam, la narratividad, el dialogismo y muchos otros recursos.

Su cronograma en Caracas incluye un encuentro con prensa y público general el lunes 4 de noviembre. El martes 5 sostendrá un diálogo y lectura con poetas venezolanos de distintas generaciones. El jueves 6 dictará una conferencia sobre poesía mexicana contemporánea. Y el viernes 8 ofrecerá una lectura de su trabajo poético. Todas las actividades serán a las 4 p.m. en los espacios de Fundación La Poeteca, ubicada en la Torre Mene Grande 2, piso 2, en la avenida Francisco de Miranda.

Es autora de los libros «Lo que no imaginas» (CONARTE, 2005); «Palabras más palabras menos» (IMAC, 2006); «Nunca quise detener el tiempo» (ITCA, 2008); «Goliat» (Letras de pasto verde, 2009); «Magnitud/e» -en coautoría con Marco Antonio Huerta– (Gusanos de la nada, 2012 / traducción de John Pluecker); «Antígona González» (2012 y 2014 con Surplus; 2016 en Le Figues Press con traducción de John Pluecker; y 2019 con Quinqué Ediciones), «Siam» (FETA, 2012), «I never wanted to stop time» (Editorial Medio Siglo, 2015 / traducción de Victoria M. Contreras) y «Abroche su cinturón mientras esté sentado» (Filodecaballos 2017).

Sus poemas han aparecido en publicaciones periódicas y antologías de México, Perú, España, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Tijuana y el Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo. Asimismo, ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico. Actualmente estudia el Doctorado en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana.

Información recibida gracias a La Poeteca de Caracas y a la escritora Jacqueline Goldberg

circulodescritoresvenezuela.org
carmencristinawolf.wordpress.com
@carmencristinawolf Instagram
@literaturayvida Twitter

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Soltar amarras

Por Farah Cisneros

Piensa siempre en lo bueno de las cosas y cambiarás la estructura de la mente.

La capacidad que logremos desarrollar para conectarnos con nosotros mismos es La Actitud.  Cuando logramos concientizar la importancia de estar con nosotros, conocernos y disfrutarnos en la intimidad estrecha del Yo conmigo mismo, se crea el vínculo, el poder y la fuente de vida para estar en equilibrio.

Independientemente de cómo puedan resultar las cosas en lo externo, la percepción individual que tengamos de ello y de cómo interactúan entre sí, en la medida en que poseemos un  mundo exclusivamente nuestro, nos brindará oportunidades no solo de ser libres e independientes, sino además de contar con valiosos recursos para ser y hacer las mismas cosas de maneras diferentes.  Disfrutar y obtener satisfacciones en el intento.  No es fácil, nadie dijo que tendría que ser fácil.  Pero en la medida en que establecemos una impecable relación de trato y comunicación con nosotros mismos, se sellan mágicos acuerdos de alianza que nos dan paz interior, aun cuando haya mucha tormenta en lo externo.  Todo pasa y por tanto también las tormentas, pero el bienestar interior promueve salud y logra consolidar nuestros verdaderos y apreciados principios y valores como personas y seres humanos, capacitándonos para relacionarnos con los demás de una manera más clara, segura y transparente.

Atrevernos a establecer cambios en nuestra vida es todo un tema y para muchos de nosotros es más fácil dejar las cosas así, recoger los vidrios, guardarlos y seguir adelante.  Una de las excusas puede ser que este no sea el mejor momento o que puedo dejarlo para después.

Ahora bien, ¿Cuándo podría ser un buen momento?  ¿Quién dice que este no lo sea?

¿Quién posee el dominio de la vida y de los tiempos, para dejar las cosas que necesitamos arreglar para después?

“Yo fluyo maravillosamente con la vida y me permito disfrutar este momento”

Es la gratitud una inmensa fuente de bienestar que ofrece generoso gozo al espíritu.  Es generadora de una corriente armoniosa que nos conecta y motiva, donde vamos descubriendo que cada vez existen más y más razones por las que agradecer por lo bueno que nos pasa y hasta por lo no tan bueno, ya que cada evento por cuenta propia da la apertura a toda una cadena de circunstancias y consecuencias.

La gratitud es ese estado que  nos reúne con la esencia de la vida.  Honra lo que se encuentra contenido en  nuestro mundo, donde somos beneficiados de una u otra manera en cada detalle de nuestra existencia.

Reconocer y estimular la actitud de agradecer los detalles por tontos que puedan parecernos, nos estimula el optimismo y la percepción para obtener nuevos enfoques de cómo ver y apreciar lo que nos ocurre; conectándonos con la abundancia del Universo, la confianza que procura el declarar la presencia de Dios en nosotros.  Con la gratitud podemos crear una consciencia que nos empodera como verdaderos guerreros para encarar los retos que se nos plantean como valiosas oportunidades para hacernos cargo de nosotros mismos y avanzar.

La misión de aprender a amar y dejarte amar

Te acompañas el resto de tu vida, acostúmbrate a ti y disfrútate.

La vida es regalo.  Es nuestro más importante poder y ahora en este instante mientras lees, está allí aguardándote, esperando por ti.  Es el amor maravilloso de Dios en acción, que fluye constantemente en este momento presente.  Es vigorizante y sutil, fuerte y enteramente vulnerable.

En la gratitud que ofrece entender la vida como una bendición, es de valiosa significación  además de honrarla con una rica abundancia de crecimiento interior, también en el aprovechamiento de lo que tengamos a mano y disposición para llegar a otros de la mejor manera.  Vale la pena.

Al atrevernos a avanzar y establecer los cambios que necesitamos y demandamos, una grata diferencia se abre en la forma y manera de percibir el entorno, la realidad es transformada y comienza a ser diferente el cómo son en él ahora las cosas.

Como el Conejo del cuento de Alicia en el País de las Maravillas, así solemos andar muchos de nosotros, siempre de prisa.  En un agotador círculo vicioso intentando hacer todo a la vez, incluyendo tareas y diligencias que evaluadas por su importancia, prioridad y hasta la lógica común, bien podrían encontrarse planificadas para ser realizadas en otro mejor momento, delegarlas, postergarlas o simplemente obviarlas.  El no saber administrar en rendimiento y efectividad el tiempo, nos crea una gran batalla y resulta de profunda sabiduría detenernos para sincerar un plan, clarificar expectativas y reconocer con sinceridad el rango de nuestras ocupaciones.

Cuando de manera osada pretendemos administrar uno de nuestros mayores recursos como lo es el tiempo, sin planificación alguna o con una que no se compadece con lo que humanamente se puede hacer, resulta factible que impere el caos y hasta la frustración por el acumulado de pendientes por atender.  Esta lid con el tiempo, ocasiona quiebres emocionales importantes que añaden leña al fuego al propiciar o incluso, exacerbar enfermedades físicas que requieren emplear más tiempo en visitas al médico, exámenes, tratamientos, reposos y terapia.  Todo esto para recuperar la salud entonces comprometida para continuar en el caos si no se logra corregir y salir de él.

Tomarnos esta cuestión del tiempo en serio es obvio que nos conviene, demanda un estado de sinceridad, compromiso y disciplina con nosotros mismos, factor que resultará de apreciado beneficio común para todo nuestro entorno familiar y social ya que no estaremos gastando innecesariamente el tiempo y la salud, las oportunidades de ocuparnos y el avance de nuestra propia cadena productiva.

Existen diferentes metodologías a aplicar a los fines de mejorar altamente nuestra efectividad en el aprovechamiento y rendimiento de nuestro tiempo, asunto este que se relaciona de manera personal con cada quien.  ¡Incluye costumbres, gustos y manías!  Incluir, independientemente de la personalidad que se tenga, espacios para el ejercicio, la recreación, meditación y hasta el no hacer nada a ratos, son recursos excelentes para renovarnos totalmente y prolongar nuestro bienestar integral.

           El mayor éxito que puede alcanzar un ser humano es el de conquistarse a sí mismo.

Al atrevernos a hacernos cargo de nosotros mismos, asumimos el mando.  Ocuparnos de ello conlleva a establecer como prioridad el conocernos.  Entender esto va más allá de asearnos, alimentarnos y educarnos entre otras cosas.  De alguna manera podemos decir que se trata de aprender a vivir.

Somos una trilogía representada por nuestro cuerpo, mente y sentimientos o espiritualidad.  Tomarnos tiempo, espacio e incluir de manera permanente como prioridad existencial estar en presencia de uno mismo íntima y naturalmente, nos conecta y estrecha los vínculos para reconocernos.  Aquí podemos iniciar un enriquecedor proceso de aceptación, amor y respeto.

Aprender a reconocernos, aceptar quien se es y aprobarnos, es el resultado  de tomar las decisiones de vivir de manera consciente las emociones experimentadas, los pensamientos que llegan y las acciones que tomamos y esto es aun cuando muchos de nuestros actos se generan inconscientemente.  Al vivir en tiempo presente nuestra percepción es evidencia para  saber que deseamos mejorar o cambiar y como consecuencia ocuparnos en realizar los cambios o correcciones que estimemos.

Para saber más de uno mismo, resulta interesante partir del análisis y la reflexión que hagamos de las capacidades y limitaciones personales con las que contamos.  Al ofrecernos permiso para abrirnos sin autoengaños, podemos obtener la ventaja de desarrollar un interesante descubrimiento con el valioso hallazgo de saber más sobre quiénes somos.  Esta práctica irá fluyendo instintiva y natural con el tiempo, partiendo de la premisa de que todo se mantiene en permanente cambio y transformación.

Por diversas razones y cobrando peso importante la intención latente de caer bien y ser aceptados socialmente, muchos de los seres humanos  construyen y se ponen máscaras.  Estas máscaras disfrazarán y esconderán todo lo que no se desea mostrar… evidenciar.  Al despejarnos y enfocarnos adquirimos la confianza y la seguridad para vivir con una mirada fijada en ser, sentir y hacer quienes somos.

En la renovación de soltar lo que sobra y ya no nos es necesario y fluir con los cambios que representen bienestar estaremos listos para:

Puedo dejar de                                                                    Aceptar que

Criticarme                                                              Mis cambios son positivos

Ofenderme                                                      Mis pensamientos son placenteros

Fingir/Aparentar                 Soy amable y paciente conmigo y con los demás

Avergonzarme                                         Puedo fortalecer mis aspectos débiles

Menospreciarme                           Puedo halagarme.  Elogiarme.  Disfrutarme

Sabotearme                                 Puedo brindarme apoyo, ser mi mejor aliado

Descuidarme                        Es prioritario cuidar mi cuerpo, mente y espíritu

Ignorarme                    Disfruto mirarme, perdonarme y recibirme con amor

Atacarme                                    Vivo en el presente. Fluyo en paz y armonía

 

Existe una paradoja universal que expresa que “Somos aquello que nos negamos a ser, por lo que mientras no me acepte tal como soy, me mantendré en la orilla de quien deseo ser”.

Fragmento del libro ¡Haz lo que te dé la gana!. Segunda edición revisada

 

Farah Cisneros es Fundadora y Directora de EGP Escuela de Gerencia y Pensadores.  Creadora del Programa de Entrenamiento y Desarrollo Integral Personal PEDIP. En ejercicio activo como Asesor-Consultor en metodologías organizacionales en las áreas de planificación, sistemas y procedimientos administrativos.  Certificada como Coach Organizacional (IESA) – Master Practitioner en Programación Neurolingüística PNL. Teacher International Certified Heal Your Life – based on the Philosophy of Louise Hay. Pinealista (Glándula Pineal).  Directora de Relaciones Institucionales del Círculo de Escritores de Venezuela.

 

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Lidia Salas , selección de poemas

Lidia Salas, destacada poeta venezolana nacida en Colombia, ha escrito libros que han cosechado numerosos reconocimientos, tales como Venturosa, Mambo Café, Luna de Tarot, Ciudad de Azul y Viento, Katharsis. Es licenciada y magister en Letras, docente, y dicta talleres de poesía. Es directora del Círculo de Escritores de Venezuela. 

A continuación, tres poemas de su libro Venturosa:

VAHO DE SAHUMERIO
¿Cuál presencia camina por mis predios
llamándome en secreto?
¿Quién me aleja del mustio laberinto?
¿Quién me arroja al extravío?
—Aúna los despojos de tu reino—
Susurra en mis adentros.
A horcajadas cabalga la vida en las afueras.
Te seduce la íntima canción de las violetas
bajo la fronde leve.
¡Los húmedos cimientos!
Dueña de cosas sin nombre ni aposento
desgarra las sedas del cuidado.

TROMBA MARINA
Leños salitrosos dejados
a orillas de la espuma.
Extraviados espíritus han hecho
en sus alvéolos de iodo sus moradas.
Escucha en la tromba marina
sus lamentos:
—De vuelta hacia las lunas
entre gozo y ausencias
nos lleva el oleaje a la deriva.
No nos pierde este mar de verdes aguas
que señala en astros y gaviotas
sus caminos.
Es ese otro interior, salobre y de sargazos,
que llena en oquedad los extravíos,
el que nos hiende en el naufragio.

ÍNSULA
Isla que te sueña
desde el fondo de ti devuelta en voces.
El verde de plátanos salvajes te saluda.
El día sosegado levanta su mirada
entre tus pechos.
Cayenas debaten el rojo de pétalos abiertos
como labios.
Pulpa de mangos y melones bajo la dulce curva.
Abejorros, iguanas
hormigas laboriosas presienten tu llegada.
Mordedura de la vida.

Del libro Venturosa.
FONDO EDITORIAL IPASME
VII Premio de poesía del Concurso Anual del IPASME

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Magaly Salazar Sanabria, poemas


Magaly Salazar Sanabria. Destacada Poeta y ensayista venezolana. Graduada en Letras y Magister en Literatura Hispanoamericana. Con una extensa obra publicada, ha recibido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Actualmente es Vicepresidenta del Círculo de Escritores de Venezuela.

XVII

Lo espacial en el tiempo marcado por las olas / forma el recinto divino / ¿Por qué hemos reducido nuestras casas a paredes y techos?
Devuelvo la cabeza para saber quién viene / y solo mi sombra adelanta y observa los paisajes antiguos, / pero la mirada funda cocoteros en la otra orilla / y designa nombres a las barcas con desmedido color en la pupila

Del libro Ardentía (1992) Barcelona.. Anzoátegui: Fondo  Editorial del Caribe. Magaly Salazar Sanabria

XI

Abro los ojos sobre las superficies / y decido una prueba de luz, /miro y me sucedo en un tránsito, / doble excelencia:despegue y combustión. / Es el espejo que se busca y nos refleja. / Por eso, la mirada rescata la forma y la vida, / cuando pulsa, no cuando mide.
Hay un parpadeo. Se va hondo; / La búsqueda es ardua: atrapar el fulgor de otra piel. / La dificultad está en el resplandor no en la luz.
He allí el umbral entre el vuelo y el pájaro.
Oteo el laberinto y limpio el hollín  para reconocernos. / La ciudad piensa amanecer en una extensión de latas, letreros y ruidos. / ¡Cómo añoro las voluptuosas hierbas! /Aquellas caminatas de abrojos y malezas / cuando la física del ojo se transformó en pasión. / Pero necesitamos inscribirnos en la luz / para existir y dejar nuestros nombres. / ¿Dónde estás viejo Tiresias? /¿Cuánto sobreviviremos a la apariencia? /Si alguien tan hábil en cuestiones del ojo / supiera que al mirar podemos transmutar hechuras, / diríamos: No me halague, / Deme alimentos sencillos, / atiéndame la sed. / No aspiramos al cielo, sólo queremos respirar.


Del Libro: Bajío de sal (1996) Caracas: FEDUPEL. Universidad Pedagógica Experimental Libertador

XLI

Los labios enredaron al narciso / porque su boca no bebió buen vino / y su lengua extravió todas las transparencias. / ¿Cuánta campana doblará la mordaza y la bala? / ¿Cuánta trampa asumirá lo oscuro? /¿Cuánta mano anudando?
¡Oh Señor de la palabra / te ruego por los días apacentados / y por aquellos escarceos con la ternura / como quien tiene un pétalo a punto de volar.

Vuelve flor del granado a despertarnos / con tus raciones de sangre apasionada.
¿Es este el fruto que acude al canto de la tórtola?

Del Libro: Cuerpos de resistencia. (2006) Caracas: Círculo de Escritores de Venezuela

Magaly Salazar Sanabria. Destacada Poeta y ensayista venezolana. Graduada en Letras y Magister en Literatura Hispanoamericana. Con una extensa obra publicada, ha recibido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Actualmente es Vicepresidenta del Círculo de Escritores de Venezuela.

http://www.magalysalazar.com.ve

fuegosysietes@gmail.com
fuegosysietes@hotmail.com

Caracas Venezuela


http://www.circulodescritoresvenezuela.org/
http://www.letralia.com/firmas/magalysalazarsanabria.htm
http://www.redescritoresespa.com/S/salazarS.htm

 

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Dos regalos

Por Heberto Gamero Contín

Del libro Dos regalos

Sabía que no me iban a dejar ir solo. Mi papá lo único que hace es regañarme y mi mamá me sobreprotege como si yo fuera un niño de pecho. Así es que decidí hacerlo solo. Preparé mi morral y muy temprano, aún a oscuras, cogí la plata que tenía ahorrada, otro poco de la cartera de mi mamá, un mapa, una botella de agua y salí de la casa sin que nadie se diera cuenta. Palpé el fondo de mi morral y sí, allí estaban, cómo podría olvidarlos. Ya tenía cédula de identidad, pero no era suficiente para salir del país y todo eso. No sería fácil, lo sabía, pero no podía quedarme de brazos cruzados sin comprobar que lo que decían era mentira y renunciar a la ilusión de su firma en mis libros. Caminé hasta la parada de autobús y esperé durante largo rato. Un hombre leía el periódico. Alcancé a ver los titulares de primera página. De nuevo trague grueso. Ayer, cuando me enteré de la supuesta muerte del Gabo, se me revolvió el estómago y ya no pude seguir comiendo. Qué te pasa, me preguntó mamá cuando me levanté de la mesa sin haber terminado de cenar. Déjalo, dijo papá con su permanente y endemoniado carácter, es un pendejo, sólo le interesa leer. Y la noticia seguía nublando todo lo que me rodeaba. Me fui a mi cuarto y me paré frente a la ventana. Llovía, pero no era agua lo que caía del cielo, eran rosas y mariposas amarillas de diferentes tamaños, texturas y tonos. Lo cubrían todo: lo que estaba fuera, al alcance de mi vista, y también lo que no podía mirar, lo que se revolvía dentro de mí. Mis ojos pardos se volvieron amarillos y ya no pude distinguir la diferencia entre la lluvia y los colores detrás de la ventana. Me acosté y cubrí mi cara con la almohada. ¿Lloré, grité? No lo recuerdo. Tal vez lo hice y no lo recuerdo. Recuerdo sí con claridad mi decisión de hacer algo, de perder el miedo y buscar eso que no sabía qué era, eso que agitaba mi mente y zarandeaba mi cuerpo: una simple firma, tal vez. Le pregunté al chofer del autobús si llegaba al terminal de La Bandera y me dijo que sí. Me senté solo en la última fila. Tenues rayos de luz comenzaban a asomarse por los cerros de Petare. Luego saqué del morral uno de sus libros e intenté leer. Los había leído muchas veces, desde que era muy niño y ya había superado la etapa de Blanca Nieves, La cenicienta, Caperucita roja y otros clásicos infantiles… Mi amor por la lectura se la debo a él y sólo a él. Me acompañaba cuando mi papá llegaba tarde en las noches y mi mamá, siempre cansada, nunca tenía tiempo para otra cosa que no fuera cocinar y esperar que llegara el agua para lavar la ropa y fregar los trastos, nunca para leer. Apenas leí la primera línea de uno de sus cuentos recordé lo que decían las noticias y no pude seguir leyendo: mi garganta se anudó y tuve que cerrar el libro. Me quedé con él entre las manos, acariciando su lomo y mirando por la ventana. Cuando llegamos al terminal de autobuses le pregunté a un señor sentado sobre su maleta dónde se compraban los boletos para Colombia. Él me miró de arriba abajo y señaló con la boca hacia un pasillo donde había mucha gente haciendo cola tras una fila de pequeñas ventanillas. Me paré detrás de una señora que llevaba una rosa amarilla en la solapa de su blusa negra (tenía un aire a la tía Antonieta) y le pregunté si en esa cola se compraban los boletos para Colombia. ?Para qué parte ?me preguntó. Temeroso de revelar mi destino le dije: ?Colombia, cualquier parte de Colombia. Ella, al verme solo, imagino, me miró con cierta reserva y respondió con marcado acento colombiano que sí, que los vendían para muchas ciudades de Colombia: Maicao, Río Hacha, Santa Marta… También podía salir de Venezuela por San Antonio del Táchira, Cúcuta, Bucaramanga… Presté mucha atención a todas aquellas ciudades pero ninguna coincidía con mi destino. Cierto temor comenzó a llenarme el pecho. Le di las gracias y pensé que la vendedora de boletos me daría una información más detallada. La cola era larga, no había aire acondicionado y avanzaba con lentitud. Finalmente tocó mi turno y, ansioso, le hice la misma pregunta a la mujer tras la ventanilla. ?¿Adónde quiere viajar? ?preguntó de forma directa y contundente. Entendí que estaba atareada y no tenía tiempo que perder y menos con un mocoso de mirada perdida al que no le salían las palabras. No había alternativa, me dije, tenía que decírselo si quería que me vendiera un boleto, pero no le diría la ciudad exacta, por si mis padres o la policía me daban por perdido y me encontraban antes de lograr mi meta. ¿Qué hacer? Me puse a un lado de la cola y saqué el mapa de mi morral. Pude ver que la ciudad más cercana a mi destino era Santa Marta, a menos de cien kilómetros de Aracataca. ?Santa Marta ?le dije sin titubeos. ?Su cédula. Le entregué mi cédula. ?¿Representante? ?No, viajo solo. ?Permiso para viajar. ?Eh… no tengo… se me perdió… pero yo tengo permiso de mi ma… ?Es menor de edad. No puede viajar sin permiso. Siguiente. ?No, espere, mire, le puedo regalar un libro de García Márquez que tengo repetido. ?Siguiente ?insistió la mujer mirando al próximo en la cola. Me eché a un lado y me recosté de la pared. Ya eran las doce del medio día y no había comido nada. Salí del área de las taquillas y compré una arepa y una malta. Busqué un banco y me senté a pensar. Tal vez si leía algo. Saqué de mi morral Doce cuentos peregrinos y de nuevo, al abrir el libro, un puñado de rosas amarillas cayó de sus páginas. Una vez más se nublaron ante mis ojos y tuve que conformarme con el recuerdo de los niños que para Navidad pidieron un bote de remos, con el verano infeliz de aquella señora o con el dedo ensangrentado de Nena Daconte. Pasaron las páginas, las flores y regresé a la taquilla. La cola había disminuido y era otra la persona que atendía tras la ventana. Esta vez un muchacho no mucho mayor que yo, tal vez de dieciocho años o poco más, me miró y luego miró a los lados. Sí, vengo sólo, le dije, soy menor de edad, no tengo permiso para viajar y tengo algo muy importante que hacer en un pueblo que queda cerca de Santa Marta, Colombia. ?Lo siento mucho ?dijo el muchacho, pero sin permiso no puedo venderte el boleto. ?Pero, tengo que ir… no entiende… dicen que alguien murió y… ?No puedo. Apenas tengo una semana trabajando aquí. De nuevo me eché a un lado, puse mi pesado morral en el suelo y me dije que si Florentino Ariza había tenido la paciencia de esperar toda una vida por la mujer que quería, yo podía esperar unas horas, incluso días, hasta poder embarcarme en un autobús que me llevara a Colombia. La tarde comenzaba a caer. Los edificios alrededor del terminal de pasajeros tapaban los rayos del sol y el ocaso se precipitaba a más velocidad que de costumbre. A veces pienso que estas cortas metáforas se las debo a mi admirado maestro, y hace que crezca mi amor por él. Porque… porque fue como un padre para mí, porque siempre estaba allí, a mi lado, contándome historias, y yo lo escuchaba y lo veía detrás del libro con sus bigotes blancos y su mirada bonachona rebosante de destellos amarillos… Comenzó a hacer un poco de frío. Saqué mi chaqueta del morral, me la puse y caminé entre los autobuses estacionados en el terminal. Pregunté a alguien que pasaba dónde se estacionaban los que viajaban a Colombia. Me dijo que por allá y apuntó con el dedo hacia el segundo carril. Pensé que tal vez… ?Oiga, ¿viaja a Santa Marta? ?le pregunté a uno de los conductores que fumaba frente a su autobús?. Puedo pagarle el boleto aquí mismo. ?¿Qué edad tienes? ?Quince, pero todo el mundo dice que aparento más. No tendrá problemas. No hablo, soy un chamo tranquilo, lo único que hago es leer… Por favor. El hombre pareció pensarlo por un instante. ?No ?dijo?, voy lleno. Caminé durante largo rato repitiendo la misma historia. Nada, mi cara de niño me delataba más de lo que yo pensaba. Sentí hambre y me comí un perro caliente y un refresco. Compré otro para llevar, por si acaso cierran más tarde y no consigo viajar esta noche. De haber podido embarcarme en la mañana ya estaría en la frontera, murmuré con desconsuelo… Lo cremaron. Eso es lo que dicen las noticias. Cuando de verdad muera espero que no le hagan eso, es mejor que lo entierren en una tumba donde la gente pueda visitarlo las veces que quiera; dejarle flores, amarillas, como a él le gustan, leerle cuentos o pedazos de sus novelas… Ahora voy a Aracataca con el propósito de encontrarlo allá, vivito y coleando, riéndose del mundo porque todo fue producto de su imaginación y el que murió en México no fue él sino otro cualquiera, uno que se le parecía mucho, y el verdadero Gabo se encuentra allá, en Aracataca, meciéndose en un chinchorro debajo de una mata de mango. Me verá venir de lejos. Le daré un abrazo. Le entregaré mis libros para que los firme y me leerá uno de sus cuentos, como cuando niño, como lo hace cada vez que lo necesito. Eso hará: me leerá uno de sus cuentos. Un día de estos, podría ser. Me leerá ese cuento porque ya soy grande y finalmente disparará, le dará un tiro al alcalde por los veinte muertos que lleva encima y por todo lo que le ha robado al municipio. No, no es la misma vaina, pensará el funcionario cuando, boca abajo, vea su propia sangre formando una poza cerca de su cabeza. Pregunté a varios conductores y ninguno se quiso hacer cargo del muchacho. Me fui al banco donde me había comido la arepa, el morral de almohada, y me recosté un rato. Me mantuve con un ojo abierto y otro cerrado, por si algún ratero, abundantes en la zona, se le ocurría robarme. No encontraría nada de valor: algunos calzoncillos, un par de franelas, el mapa, un pantalón y mis libros, mis queridos libros; eso sí me dolería. Lo único que hace es leer a ese colombiano, decía mi papá cuando llegaba tarde a la casa y me encontraba con un libro del Gabo entre las manos. Déjalo, decía mi mamá, él no será un bruto como nosotros. Yo cerraba el libro, apagaba la luz y después de un rato la prendía de nuevo y seguía leyendo a “ese colombiano” que hubiese preferido tener de papá. Pero no lo era. En cierta forma sí, porque era el que me contaba cuentos en las noches. Murió. Eso dice la noticia. Pero yo no lo creo. Sigue conmigo, noche tras noche, contándome sus historias, las que le contaban sus abuelos Tranquilina y el coronel Nicolás y otras muchas que su imaginación recreaba. Papá no lo quiere. Lo culpa de mis bajas notas. Pero eso no es verdad. Mis notas son normales: doces y treces. Lo que pasa es que nunca entendió Cien años de soledad. Por eso no le gusta. Intentó leerla dos veces y las dos veces la tiró a un lado. Cuando traté de explicársela me dio un manotazo en la cabeza que casi me la rompe. No sirve, dijo, abrió una cerveza y se puso a ver televisión. Algo similar dijo el primer editor que recibió el manuscrito… Qué equivocado estaba. Así son las cosas: la gente se equivoca, incluso los que más saben o los que creen saber más. También las noticias se equivocan, mienten para vender más periódicos o subir el precio de sus anuncios. Papá siempre lo dice. En eso estoy de acuerdo con él. No les creo un pepino. ¿Que murió, que lo cremaron? No les da vergüenza engañar a la gente de esa forma. No se dan cuenta de que es otra patraña del maestro, el realismo mágico en su máxima expresión, ahora aplicado a sí mismo: el mismo autor como personaje principal, fantaseando con su propia vida, o muerte, impresionándonos con su creatividad y jocosidad. Afortunadamente nadie se fijó en mi morral, ni en mí: un imberbe común y corriente, de pelo castaño, ojos pardos, piel más morena que blanca, ni alto ni bajo, más bien bajo, callado, y con una cara de pendejo que resalta a kilómetros de distancia; quién podría reparar en alguien tan poco visible. Dormí un rato. Al despertar observé a otros que también dormían en el pasillo lateral del terminal. Tal vez por falta de plata no pudieron viajar, o llegaron tarde, o madrugan para estar de primeros en la cola y asegurar sus boletos… Algunos borrachitos se acurrucan en una esquina arropados con cartones y un perro famélico les sirve de guardián. Me comí el otro perro caliente y me tomé el refresco. No podía quedarme ahí más tiempo. Tenía que buscar la forma de salir de aquel lugar. De pronto vi una oportunidad. Un autobús anunciaba su salida para Santa Marta a las cinco de la mañana. Ya habían llegado algunos pasajeros que fumaban o tomaban el café de termo de algún vendedor ambulante. Faltaba una hora para la salida y el chofer ya había abierto las grandes compuertas inferiores donde transportan el equipaje de los que viajan. Pensé en que quizás… Mientras el chofer metía las maletas de un lado del autobús yo, como un pasajero más, caminé hacia el otro. Me cercioré de que nadie me estuviese mirando y, cuando el hombre fue a cargar el equipaje del otro lado del transporte, ya yo estaba dentro, encogido en la más sombría esquina del hueco. El hombre acomodó las maletas sin percatarse del pequeño espacio ocupado por el polizonte que los acompañaría durante el viaje. Un rato después se cerraron las compuertas y una tétrica oscuridad envolvió todo el lugar. Me acomodé lo mejor que pude, cerca de una de las rendijas por donde entraba un poco de aire, mi cuerpo como un ocho, y traté de dormir un rato. A pesar de todo me sentía feliz. Visitaría la tierra de mi maestro. Comprobaría que todo había sido producto de su realismo mágico, de su imaginación, de su jocosidad, de la calidez de su espíritu… Cuando desperté un calor asfixiante me ahogaba y sudaba a borbotones. Me quité la chaqueta, saqué la botella de agua de mi morral y sentí un frescor como si hubiese descubierto el hielo. Intenté leer un poco pero la luz que entraba por la rendija de la portezuela era insuficiente. Guardé el libro y cambié de posición. Me faltaba el aire y tuve que arrimar de nuevo mi cabeza a la grieta de vida. Recordé que de Caracas a Maracaibo (una vez fui con mi mamá a visitar a unos primos) son unas doce horas de camino. ¿Cuántas serían hasta Santa Marta? ¿Cinco, diez horas más? ¿Podría estar tanto tiempo sin comer, sin probar los ricos pasteles y los biscochos de ciruelas de la señora Forbes? Tendría que racionar el agua que me quedaba en la botella, aunque tenía mucha sed. Me pregunto qué haría el Gabo en una situación como esta. Y yo, ¿encendería una vela? No, eso no. Podría incendiarse todo este equipaje, yo con él y luego el autobús completo. Es como yo actuaría, con cautela, aferrado a la lógica de un hecho real, pero no el Gabo, él hubiese buscado la manera de remediar esta situación de la forma más impredecible y mágica posible, tal vez con el fantasma de la luz de una vela. Pero yo no soy el maestro y esto no es un cuento… Siento el sol sobre el techo del autobús, inclemente, abrasador; no tuve voluntad para racionar el agua, acabé con lo que quedaba, y sigo sudando como si mi cuerpo fuera la fuente de una plaza pública. El calor pesa, lo siento sobre mi cabeza como un sombrero de plomo. Dos de la tarde. Siete horas de camino. No, ocho. ¿Cuántas faltan para llegar a Santa Marta? El autobús se ha detenido varias veces. Tal vez a echar gasolina. Los pasajeros comen pollo guisado (o guiso de “pajaritos cantores”), fuman, conversan… A ninguno se le ha olvidado algo en el compartimiento de las maletas. Eso me daría un poco de aire, sí, hasta podría salir un momento al baño y a comer. Pero sólo el chofer puede abrir este hueco hirviente. Escuché cuando lo cerró con llave: primero una gruesa palanca de hierro y luego la llave. Estoy preso, como un general en su laberinto. Y si se enterara de que lleva un polizonte a bordo me dejaría aquí mismo, en medio de la carretera, en una estación de servicio o, mucho peor, en la policía. Y me regresarían a mi casa y escucharía los llantos de mamá y sentiría los correazos de papá, que no son fruto del realismo mágico, son de verdad verdad, y duelen tanto como el sol y el calor que atraviesa el metal y pesa sobre mi cabeza. Me pregunto si alguien se quedará en Maracaibo o en Maicao… En ese caso tendrían que abrir esta celda y yo saldría corriendo sin importar no haber llegado a mi destino. Lo haría pidiendo cola. O caminando. Cualquier cosa antes de volver a encerrarme en un lugar como este: un infierno, oscuro, rodeado de bultos hirvientes que apenas me permiten respirar, estirar las piernas; y sin suficiente luz para leer. Cómo me gustaría leer un poco. Me olvidaría del hambre, del calor y volaría en el avión de la bella durmiente, sin nada de qué preocuparme más que de cuidar el sueño de aquella hermosa mujer. O le desearía un buen viaje al señor presidente. O con gusto me dejaría llevar por la potencia de los vientos de Tramontana o por el olor de la rosa roja que María dos Prazeres puso en su oreja cuando llegó el hombre de la agencia funeraria… Pero, más que rememorarlas, no podía hacer otra cosa. Por otro lado no veía el momento de contarle a Ramón (el único en el liceo que, como yo, prefiere leer libros que acribillar muñecos en la pantalla de un computador) mis peripecias en el hermano país. Hola, le diría, soy Alberto, estoy en Colombia. Sí, en Aracataca, y comprobé que todo era mentira, que el maestro vive; no ha muerto, vive, no hay rastros de su sangre en la nieve y la luz brilla como si fuera agua. Todo era mentira, un espanto de agosto, un chiste del maestro que a veces, cuando está de ganas, se alquila para soñar, para envenenar ingleses, revolcarse en la hojarasca, inventar coroneles que esperan cartas, pueblos fantasmas, veranos felices y decorar el universo con flores amarillas. Son otros los funerales, los de Mama Grande, los de Florentino, los de los Buendía, los de patriarcas y generales, pero no los del maestro: el maestro vive y se mece en una hamaca bajo una mata de mango, aquí en Aracataca, cerca de Santa Marta, en Colombia, el lugar donde nació. Desperté al escuchar el chillido del hierro al deslizarse. ¿Dónde estaba? Apenas escuchaba las voces y sentía un exquisito aire fresco sobre mi cara. ?¿Cómo es la suya? ?preguntó el conductor a un barrigón con la franela subida hasta el pecho. Se echaba aire con una revista hípica. ?Aquella, la negra de rayas rojas ?dijo después de una atenta mirada sobre el equipaje. También debió de ver parte de mi cuerpo desparramado sobre las maletas, cajas y sacos; más un muñeco de trapo que alguien de carne y hueso?. ¿Y eso? ?dijo, alarmado, señalando con la revista hacia el fondo del depósito. El chófer del autobús afiló la mirada y me vio. ?¿Qué vaina es esta? ?murmuró asombrado, y trató de alcanzarme con sus brazos. No pudo halarme y yo no pude acercarme a él. De rodillas se metió en el depósito y al ver que yo estaba casi inconsciente le pidió ayuda al barrigón que ya no se abanicaba. Apenas los podía ver entre mis pestañas cruzadas. Me sentía ingrávido, como la hija incorrupta de Margarito Duarte cuando exhumaron su cuerpo para llevarla a un nuevo cementerio. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo. ?Dame una manito aquí ?dijo. Entre los dos me sacaron del maletero y me acostaron en el piso a la sombra de un Araguaney. El color de las flores me hizo sentir mejor, pero no podía moverme. ¡Mi morral! ¡¿Dónde estaba mi morral?! El barrigón me puso su cabeza en el pecho y dijo: ?Este chamo está listo. ?Mierda ?dijo el chófer del autobús. Yo lo único que pensaba era en mi morral. Mis libros. ¿Dónde estaban mis libros? No eran nuevos pero eran míos. Mi mamá me los fue comprando poco a poco, uno a uno, en las ventas de libros usados que hay debajo del puente de las Fuerzas Armadas. Todos del mismo autor. Yo no quería leer a nadie más, no me llamaban la atención otros autores. No sé por qué. Es algo que no puedo explicar. Sería como traicionarlo, menospreciarlo, o como aceptar que hubiese uno mejor que él, algo que no cabía dentro de mi cabeza. Yo los escondía debajo de la cama porque si mi papá se enteraba… bueno, era capaz de botarlos por la ventana o de pegarles un fósforo y tirarlos en la ponchera de los platos. Una vez lo hizo con Cien años de Soledad. Yo traté de evitarlo y me quemé las manos. Mi mamá enseguida me las metió en agua fría y luego me untó bastante pasta de diente. Sentí un alivio. A los pocos días ya mis dedos no me ardían cuando pasaba las páginas del amor en aquellos tiempos o del otoño de algún patriarca… La verdad es que yo no tenía papá. Mi papá me leía en las noches. Mi papá era colombiano. Mi papá, el de mentira, odiaba a mi otro papá, al que escribía. Por su culpa yo no lo ayudaba en la albañilería los fines de semana ni sacaba altas notas en el liceo; me la pasaba leyendo al “colombiano ese medio comunista al que no se le entiende nada”. Los hombres me montaron en un taxi y me llevaron al hospital. Yo lloraba por dentro porque había perdido mi morral, y mis libros. Trataba de hablar pero no me salía la voz, trataba de levantarme pero el cuerpo no me respondía. Todo era oscuro y silencioso, como la caja negra donde había viajado, esa urna de grandes proporciones atestada de maletas, bultos y bolsas, y los fantasmas del calor me envolvían como telas incandescentes. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude moverme y hablar. Una enfermera vestida de impecable blanco me dijo que estaba en Maracaibo y que había dormido durante dos días. Le pregunté por mi morral y me dijo aquí está, bajo la cama. Giré un poco y pude verlo. Las flores amarillas sobresalían por las aberturas y la forma de los libros al fondo me devolvió el alma al cuerpo. No faltaba nada. ?Ahora a descansar ?dijo?. Luego vendrán unas personas a hacerte algunas preguntas. ¿Preguntas? Apenas la mujer se marchó me levanté de la cama, me vestí, cargué mi morral y me escabullí de aquel lugar por la puerta principal como si saliera de mi casa. Me fui directo al terminal de autobuses y decidí no perder tiempo tratando de que me vendieran un boleto para Santa Marta, sino intentarlo directamente con alguno de esos transportes piratas que llevan a cualquiera sin pedir explicaciones. El primero que me dijo No ?un moreno de pelo ensortijado y brillante que recogía pasajeros en las afueras del terminal? cambió de opinión cuando le dije que le pagaba el doble. Luego de pensarlo un par de segundos me dijo que estaba bien, pero hizo énfasis en que si la guardia me agarraba en la frontera él diría que no me conocía, que no sabía de dónde había salido ese carajito, que seguramente me había coleado cuando fue a llenar el tanque o a revisar el aire de los cauchos. Ok, le dije, satisfecho del resultado. Como siempre, me senté en la última fila, al lado de una viejita muy sonriente de largos cabellos blancos. Yo iba feliz del aire que respiraba, de lo lejos que llegaba mi mirada y de poder estar cada vez más cerca de mi destino. Sin embargo el corazón se me puso de corbata cuando llegamos a la frontera y un guardia subió a la buseta. La humedad bajo sus axilas le llegaba casi a la cintura, el borde de su gorra tenía las marcas blancas de viejos sudores y su mirada podía intimidar al peor delincuente; dos cinturones de balas cruzaban su pecho y un fusil casi de su tamaño le colgaba de la espalda. Caminaba con lentitud, pedía la cédula y comparaba la foto con el rostro de la persona. Imagino que a los más jóvenes también les chequeaba la edad. Me sentí perdido. Ya me veía de vuelta a casa: mi madre llorando y mi padre buscando la correa para darme una paliza por haberle ocasionado ese dolor a mi madre, por haber perdido unos días de clase y por esa loca idea de ir a Aracataca a ver si era verdad lo que decían las noticias de mi maestro, ese al que nunca pudo entenderle su más famosa novela. Que sea lo que Dios quiera, dije, y me persigné mentalmente para que el coronel (tal vez era un sargento o un cabo…todos me parecen iguales desde que leo al Gabo) no se diera cuenta de mis nervios y por algún milagro me pasara por alto. Cuando llegó a mi puesto y vi sus intenciones de pedirme los papeles, el permiso de viaje, preguntarme la edad, quién lo acompaña… me recosté del hombro de la viejita que estaba a mi lado y comencé a acariciarle la mano. Ella hizo lo mismo con mi cabeza. Cerré los ojos y me hice el dormido. Qué viejita tan berraca (una palabra que he escuchado varias veces por estos lados y que todavía no estoy seguro cuándo utilizarla correctamente; pero en este momento, no sé por qué, me pareció que venía a la perfección), diría uno del lugar; me acariciaba con tal ternura que de verdad parecía mi abuela. El guardia no gastaría su tiempo en esa abuelita con su enclenque nieto, dio media vuelta y se fue. No podía creerlo, ya estaba en Colombia. Maicao, Riohacha, otros pueblos y finalmente la hermosa Santa Marta, donde nuestro Libertador pasó sus últimos días y el lugar donde ya nadie podía evitar que llegara a Aracataca. Le di un beso a la viejita cuando nos despedimos. Me dio la impresión de que era una de esas personas que leen el fondo de las tazas, pero me pareció tonto lo que iba a preguntarle, lo que yo ya sabía, que todo era mentira, parte del realismo mágico del maestro. No, no ha muerto, solo se cansó de vivir en México, donde la violencia hoy en día puede compararse con la de Colombia hace unos años, y prefirió refugiarse en el pueblito donde nació, donde todos lo quieren y en el que puede seguir escribiendo con tranquilidad y planificar sus nuevos cuentos recostado en un chinchorro a la sombra de una mata de mango. Comí un par de pastelitos, compré dos botellas de agua y sin perder tiempo, en el mismo terminal de transporte donde me dejó la buseta, agarré un bus intermunicipal hacia mi destino. El paisaje abruma por su belleza, me empequeñece, me hace sentir grande y a la vez insignificante. Todo lo veía amarillo: las mariposas detrás de Babilonio y las flores amarillas ahuyentando la mala suerte del lugar. Más allá la Sierra Nevada de Santa Marta, imponente, con su pico alegre, limpio, sin rastros de sangre que leer ni muertes que lamentar. En poco más de una hora ya estaba en Aracataca. Toqué mi morral y me aseguré de que mis libros seguían allí, apilados bajo mi ropa, esperando la firma del maestro para crecer, para reconocerme como su amigo. Escribiría: “Para Alberto, apasionado lector, de su buen amigo, el Gabo”. O “Con especial afecto…”. O “Para mi amigo Alberto que ha leído todas mis obras…” O “Para mi amigo Alberto que ha leído todas mis obras, no una sino muchas veces…” O “Para mi amigo Alberto que ha leído todas mis obras, no una, sino muchas veces, a quien he arrullado en las noches y a quien quiero como a un hijo…” Algo como esto podría escribir. Sí, cuando hablemos y le cuente. De pronto me sentí perdido. Pregunté a alguien dónde quedaba la casa de Gabriel García Márquez y me dijo que siguiera recto un par de cuadras y luego a la derecha. Es un pueblo pequeño de poco más de cuarenta mil habitantes, asentado en la inmensidad del Departamento del Magdalena, de casas humildes y de gente alegre amante de la música vallenata. Pasé cerca de la iglesia de San José, por la biblioteca Remedios la bella ?una sonrisa vino a mis labios?, por la Casa del Telegrafista, por la nueva Estación del tren… Otra vez me había perdido. De pronto me topé con una muchedumbre que caminaba por la calle principal con rosas amarillas en las manos y la foto del maestro en pancartas y cuadros. Seguramente es su cumpleaños, pensé. Un grupo cargaba una caja de vidrio rebosante de sobres y escritos sueltos, algunos enrollados como si fueran diplomas y sujetados con cintas y lazos amarillos. Todo muy bonito. Imaginé que eran cuentos o ideas de cuentos como regalos al maestro. Tal vez no era su cumpleaños sino el día de su santo, quién sabe; lamenté no recordar ninguna de las dos fechas. Más atrás unos hombres de sombrero, acordeones y otros instrumentos tocaban y cantaban al son del vallenato. La verdad es que me sentí realmente pleno en ese pueblo. Todo tan pintoresco, sano, amoroso… La expresión de la gente era de una serena alegría, de un orgullo sin límites, de una compasión que me hizo pensar que estaba en otro sitio, diferente, fuera de este mundo. Allí estuve un rato parado, mirando a la gente pasar, llenándome de aquellos aires, con mi morral repleto de libros, pensando en cómo encontrar al maestro para que me los firmara, para pedirle su bendición y darle un abrazo, y las gracias, las gracias por todo. Pregunté a una bonita morena de falda blanca y gesto triste pero amistoso que pasaba con el grupo de gente y me dio la dirección exacta de la casa de mi amigo. Mi corazón comenzó a latir como cuando papá llegaba a casa y yo salía corriendo a esconder mis libros. Volteé una esquina y allí estaba la casa del Gabo: blanca, de madera, como recién pintada, de techos rojos a dos aguas y rodeada de frondosos jardines y matas de mango. Una fila de materos adornaba el pasillo principal, abierto al paisaje y sujetado al techo por rolas y zapatas que le daban un carácter antiguo, restaurado, como si la casa hubiese sido construida ayer. Qué cuidadoso es el maestro, pensé. Había mucha gente de visita. A lo mejor se enteraron de la falsa noticia y, como yo, fueron a asegurarse de que el escritor estaba bien. No me pareció gente de ahí, quiero decir, gente que viviera en la casa, sino curiosos como yo, así que me dediqué a seguir a ese grupo y a escuchar a alguien que decía cosas acerca del pasado y de la vida del autor. Una súbita preocupación asaltó mi cabeza, pero no le presté atención. Es lógico que una parte de la casa de un premio Nobel sea destinada a las visitas, como si fuera un museo, y otra se conserve para la intimidad de sus habitantes. Me paseé por diferentes lugares de la casa-museo: la sala, el comedor con su vajilla impecablemente dispuesta, algunas habitaciones con escritos que el Gabo había plasmado en algunas de sus obras: “Para nosotros sólo existía una en el mundo, la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la suerte de nacer”. Y donde yo tengo la suerte de estar, me digo ahora con insuperable orgullo. Más que complacido del aire que respiraba caminé hacia el patio de la casa atestada de matas de mango. De nuevo todo se volvió amarillo ante mis ojos: las hojas de los árboles, el viento que las movía, la grama que pisaba, el cielo hasta la línea de un horizonte invisible, las nubes apenas perceptibles, las aves, sus trinos, las flores, las mariposas, mis manos, mi pecho, mis ojos, o tal vez mi mirada… Dos horas después, ya en el terminal para tomar el bus de regreso: ?Hijo, hijo querido ?escuché que alguien gritaba desde el otro lado de la calle. Era mi madre que corría hacía mí, llorando y con los brazos abiertos. ?Mamá ?grité, y corrí hacia ella y la abracé como nunca lo había hecho. ?Sabía que estarías aquí, lo sabía ?dijo, abrazándome y besándome una y otra vez. Y emocionados nos sentamos en un banquito de la estación y le mostré mis libros, todos firmados por el maestro con diferentes dedicatorias. Una de ellas decía: “A mi buen amigo Alberto, de quien espero escuchar mis cuentos por las noches”. Ella me estrechó con fuerza. Dos días después ya estábamos en casa. Lo primero que hice al llegar fue guardar los libros del Gabo bajo la cama. Temblé y encogí todo mi cuerpo cuando papá entró al cuarto. Me sorprendió que en vez de la correa en la mano trajera un libro. Su expresión era diferente, extraña, como si no me guardara rencor por haber hecho lo que hice. Se sentó a mi lado, me acarició la cabeza y comenzó a leer: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Heberto Gamero Contín (Venezuela, 1952). Después de una vida dedicada a los negocios en 2002, y de forma autodidacta, inició su carrera literaria. En 2007 fue finalista en el VI Concurso Nacional de Cuentos de SACVEN con el relato Oportunidad no negociada. Ese mismo año obtuvo la mención honorífica del Premio de Narrativa Salvador Garmendia con el libro Cuentos de pareja y otros relatos. En 2008, con el cuento Los zapatos de mi hermano, ganó la 63° edición del Concurso Anual de Cuentos del diario El Nacional. Y en 2011, en la 66° edición del mismo concurso, obtuvo Mención Especial con el cuento Mi amigo invisible.

Desde el 2009 dicta talleres de cuento (75 talleres, más de 700 alumnos)  a beneficio de la Fundación Aprende a Escribir un cuento (FAEC). www.fundafaec.org

Actualmente reside en Madrid.   

Publicaciones:

Los zapatos de mi hermano (Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar, 2010), Cuentos de pareja y otros relatos (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2010), Caracas-Ushuaia, un viaje en cuatro ruedas (Monte Ávila Editores, 2012), Taller Aprende a escribir un cuento (Círculo de Escritores de Venezuela, 2015), Escritores, Pintores y Músicos Inmortales (Relatos biográficos. Cersa Editorial, España, 2016), Inventores (Relatos biográficos, Amazon), Dos regalos (Cuentos, Amazon), Más allá de una marca (Novela, Amazon).

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Pionero de la Aviación, Carlos Meyer Baldó

CARLOS MEYER BALDÓ:

PIONERO DE LA AVIACIÓN

*Luchó en la I Guerra Mundial al lado del Barón Rojo

*Fue uno de los forjadores de la aviación en Venezuela

Por Carlos Alarico Gómez

El lunes 27 de noviembre de 1933 Maracay amaneció con un sol intenso, un hecho totalmente inusual para esa época del año. El ambiente luminoso alegró el espíritu del grupo de pilotos que se había congregado en el galpón principal del aeródromo de Las Delicias en Maracay, adonde llegaron desde las seis de la mañana. Al teniente de aviación Carlos Meyer Baldó le correspondía pilotear el avión monomotor Stearman C3B adscrito a la Fuerza Aérea y antes de subir a su aeronave verificó que todo estuviera en orden para iniciar las actividades, pudiendo constatar que las aeronaves, los equipos y los paracaídas habían sido cuidadosamente revisados.

Le comentó entonces la situación al mecánico Héctor Arias, quien con entusiasmo le respondió que el viento era excelente para el vuelo que iban a realizar. Meyer le indicó que eran las siete de la mañana, hora de partir para cumplir con la práctica programada. Sorbieron un café y después de los saludos de rigor se colocaron los paracaídas, subieron a la aeronave y se ajustaron los cinturones de seguridad. Meyer tenía una gran experiencia como aviador. Había volado sobre los cielos europeos durante la Primera Guerra Mundial al lado del legendario “Barón Rojo”.

Antes de partir procedió a chequear los mandos, encendió el motor y con gran seguridad correteó la aeronave por la pista de taxeo, haciendo que el pequeño biplano de color verde-gris levantara vuelo, mientras el joven mecánico disfrutaba de la hermosa escena que se mostraba ante sus ojos. Mientras el avión ascendía su primo Lucio Baldó llegó a la pista para viajar con Meyer, pero no pudo hacerlo al no estar a tiempo en la cita convenida. No le quedó más remedio que observar las piruetas que el legendario piloto había programado, las cuales disfrutaba junto con sus otros compañeros de tierra. Todo el ejercicio iba saliendo a la perfección, pero de pronto se sintió un fuerte ruido, como si algo se hubiera roto en el aire.

El extenso público que se había congregado en las cercanías para observar el espectáculo gritó aterrado cuando observó que una de las alas se estaba desprendiendo de la nave, la cual se ladeó peligrosamente, pero lo más terrible ocurrió cuando se dirigió en picada hacia el sitio de La Soledad, donde segundos después se estrelló causando la muerte instantánea de los tripulantes.

Meyer en el ejército alemán

Al momento de su muerte Carlos Meyer Baldó tenía cuarenta y tres años, mientras que su compañero de infortunio apenas había alcanzado la mayoría de edad. Era marabino de nacimiento, de familia alemana por su padre y por el lado materno estaba emparentado con los Baldó del Táchira. Había viajado a Berlín en 1908 a completar su formación, registrándose en la Academia como estudiante alemán, ciudadanía a la que tenía pleno derecho.

Allí estaba cuando se inició la I Guerra Mundial, alistándose como voluntario en el ejército del II Reich, lo que alegró el corazón juvenil de Carlos Meyer, quien ansioso de mostrar su valor y destreza, solicitó ser destinado a la recién fundada Fuerza Aérea, que por primera vez en la historia sería usada como arma militar. Meyer peleó con singular bravura en los cielos de Alemania, Francia y Flandes, habiendo recibido su primera herida mientras piloteaba un Jasta 11 contra un Camel inglés. Durante el enfrentamiento su aeronave fue alcanzada por las balas de un piloto enemigo, que lo hizo entrar en barrena, cayendo desde gran altura, pero tuvo la buena suerte de enderezar su nave y aterrizar a salvo en un terreno ocupado por los alemanes. En otra de las numerosas batallas aéreas en las que participó, tuvo la oportunidad de salvarle la vida a Manfred von Richtofen, el legendario “Barón Rojo” y contribuir con efectividad a su victoria número sesenta y uno sobre el cielo de Flandes. Ese día lograron derribar cuatro aviones ingleses Sopwith-Pup y Meyer tuvo la oportunidad de proteger a su jefe con su avión, dándole la oportunidad de atacar sin mayores contratiempos a sus enemigos y lograr una nueva victoria.         

La brigada aérea que comandaba von Richtofen era muy eficaz. Su apodo se debía al color que usaba en el fuselaje de los aviones de su temible escuadrón. Meyer se destacó de tal manera que logró obtener la Cruz de Hierro en su primera clase, la Copa de Honor, la Cruz Hanseática y la insignia de Piloto de Caza. Había luchado con gran valor piloteando aviones de caza tipo Fokker D-VII dotados de veloces motores Mercedes-Benz.

Principio y fin de la hecatombe

El detonante de la primera conflagración mundial del siglo XX fue el asesinato de los príncipes austriacos Francisco Fernando y su esposa Sofía en la población eslava de Sarajevo, en junio de 1914, lo que provocó la declaración de guerra del Imperio Austro-Húngaro contra Serbia, con el respaldo de Alemania. Era el día 28 de julio de aquel fatídico año. Alemania ocupó casi de inmediato el territorio belga, mientras los austriacos ocupaban Belgrado. Rusia, Francia e Inglaterra entraron en la guerra a favor de Serbia, provocando un complejo movimiento en las cancillerías europeas, las cuales fueron alineándose en torno a cada uno de los ejes. El Imperio Otomano se alió con Alemania.

Sin embargo, a pesar de que se veía inminente una victoria alemana, en 1917 las cosas se complicaron. Rusia cayó en manos de los bolcheviques y los Estados Unidos entraron en la guerra, debido a que submarinos alemanes hundieron el barco mercante Lusitania. La I Guerra Mundial causó la muerte a más de quince millones de personas, incluyendo la del valiente Barón Rojo. Cuando concluyó, los poderosos imperios Otomano, Ruso, Alemán y Austro-Húngaro habían dejado de existir.

La derrota no fue una buena noticia para Meyer, quien destruyó su avión D-VII antes que entregárselo al enemigo y luego regresó a su casa en Wansbeck para ayudar a la familia en el cultivo del café. Eran malos tiempos para Alemania. La economía estaba totalmente destruida, la moral por el suelo y el nuevo gobierno de la recién nacida República de Weimar no lograba consolidarse. Después del Putsch de Munich en 1923 y la consiguiente prisión de Adolfo Hitler, Meyer comenzó a pensar que había llegado la hora de regresar a su país natal.

El regreso a la patria

Meyer tomó el barco en Hamburgo vía La Guaira donde fue recibido por su primo Lucio Baldó, que más que un primo era un verdadero hermano para él. Al regresar a su patria observó que el país había cambiado durante los años en que estuvo ausente, como el caso de la economía que había pasado a ser dominada por el petróleo, lo que no era así cuando él se marchó en 1908. Dos años después de su regreso vio a Venezuela convertirse en el primer exportador mundial de petróleo, con un gobierno dictatorial regido por la mano férrea de Juan Vicente Gómez, tachirense como su familia. A su regreso se hospedó en la casa de sus parientes Baldó, ubicada en El Paraíso.

Es en esa época cuando conoce a Florencio Gómez Núñez, forjador principal de la Fuerza Aérea Venezolana. Este contacto le es sumamente útil, ya que Gómez conoce muy bien la hoja de servicios de Meyer y trata de captarlo para que se incorpore al cuerpo de entrenadores de la aviación militar fundada en 1920. Sin embargo, lo que deseaba hacer era volver a volar, pero Gómez le explica que el rígido reglamento de la Fuerza Aérea no permite volar aviones de guerra a personas de su edad, pero ya en 1930 se ponen de acuerdo. Las requerimientos del Gobierno fueron los siguientes: Sería incorporado a la Fuerza Aérea, pero a condición de que hiciera un curso de actualización en Estados Unidos. Por supuesto, Meyer acepta e ingresa a la FAV en 1931, partiendo de inmediato para la Academia de Aviación Militar de Mitchell Field, en Long Island. Allí renovó sus conocimientos y readquirió la habilidad perdida después de diez años sin volar. Al terminar el curso básico fue enviado al campo de entrenamiento de Kelly Field, cerca de San Antonio, Texas. En 1933 regresa a Venezuela residenciándose en Maracay, donde actúa como instructor de la FAV. No obstante, Florencio Gómez le insiste en que no vuele, pero su pasión por la aviación puede más que los sanos consejos de su amigo y a la larga lo convence de que lo deje volar en aviones de turismo. Meyer no solo voló este tipo de aviones, sino que valiéndose de su simpatía y merecida fama logró que sus superiores se hicieran los desentendidos y lo dejaran satisfacer sus deseos de pilotear aviones militares, aunque solo fuese de cuando en cuando.

Su muerte fue muy sentida en el mundo de la aviación, así como en el sector social en el que se movía. El coronel Florencio Gómez expresó: “Murió Carlos Meyer cuando todos esperábamos más de su temple, de sus conocimientos y experiencias ya manifestadas desde su entrada a nuestra aviación… Aún conservo el recuerdo de este oficial con el pecho cargado de extranjeras glorias…”. Su sepelio se efectuó en Caracas, en el panteón familiar de los Baldó ubicado en el Cementerio General del Sur. Asistieron las autoridades militares venezolanas y el Embajador de Alemania, conde Franz von Tattembach. El Agregado Militar alemán, Wilhelm Birtner Baldó, habló en nombre del Comandante de la Luftwaffe. Era pariente cercano de Carlos Meyer Baldó, de quien expresó: “Por unirme al caído lazos estrechos de amistad y sangre, cumplo agradecido este honroso encargo y os pido, señores, que me acompañen inclinándose conmigo ante quien cumplió siempre con valor su deber de soldado, acudiendo valerosamente a defender su patria alemana y muriendo ahora al servicio de su patria venezolana”.

BIBLIOGRAFÍA:

-Balladares, Clemente (2006). El teniente Carlos Meyer Baldó. Caracas: FP.

-Gómez, Florencio (1970). Mis apuntes sobre la aviación venezolana. Caracas: Edit. Moranduzzo.  

  • Carlos Alarico Gómez es magister en comunicación y doctor en Historia. Obtuvo sus títulos en Venezuela, Italia y Estados Unidos. Es profesor universitario categoría titular y autor de más de treinta obras de investigación académica.
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Helena Sassone, a la memoria de su obra literaria por Laura S. Leret

Una larga enfermedad ha terminado con la vida de la escritora Helena Sassone, suceso acaecido en Caracas, Venezuela, el día 5 de agosto de 2019. Nació en Madrid en 1938, hija del escritor de teatro Felipe Sassone y de la actriz Pura Martínez.

Estudió Periodismo en la Escuela Oficial de Madrid, y en 1955 sus deseos de alejarse de la España franquista, la impulsaron a aceptar una invitación de un periódico caraqueño para realizar una pasantía. Desde entonces Sassone echó raíces en Venezuela.

Infatigable escritora, vivió de lo que escribía, ejerció como crítica literaria, de música, ballet y teatro en los periódicos: El Nacional, El Universal, Panorama y en las revistas Imagen, Resumen y Nacional de Cultura.

Helena Sassone fue miembro fundador del Círculo de Críticos de Teatro de Venezuela, de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA) donde ejerció la Secretaría General. También fue Presidenta del Círculo de Cronistas y Críticos de Música y miembro de la Junta Directiva del Círculo de Escritores de Venezuela durante varios años.

Se destacó por su obra poética, 14 poemarios que publicó a lo largo de su vida, siendo el primer poemario editado a principio de los años 1960 por Lírica Hispana. Sus versos han sido incluidos en diversas antologías de poesía tanto en Latinoamérica como en Europa.

La obra de teatro titulada “El Parto” (Editorial Once, C.A., 2005) obtuvo la Mención de Honor de dramaturgia José Ignacio Cabrujas. Farsa en dos tiempos, Sassone intercambia los roles de los sexos en un mundo de su creación. Revive el mito de la diosa de la inteligencia Atenea, la hija nacida de la cabeza de Zeus. El parturiente en “El Parto” es un hombre.

Su novela “No siempre el olvido” (Monte Ávila Editores, 2007) está inspirada en su viaje a Rumania durante el gobierno comunista de Ceaucescu. A lo largo del relato se respira el asfixiante entorno político de la época. Sassone representó a Venezuela en el Congreso Internacional de Música celebrado en Bucarest en 1981.

A continuación de su último poemario “Extraña Sonoridad” (Caracas, Editorial Anghel, 2012) transcribo uno de sus poemas, “La alquimia del sufrimiento”:

Mi cabeza he visto recién cortada/adornando el centro de la mesa/el rostro tenía expresión alegre/aunque de los ojos salían lágrimas.

Desdoblada de mí y ya sin figura/como sombra invisible contemplaba/la vida sin mí que vivían otros/esa ausencia que la eternidad llaman.

Les había donado mi cabeza/de todo mi yo lo mejor dotado/separada del cuerpo y ya sin mente/era la cuenta gigante de un ábaco.

Helena Sassone fue mi maestra y mi amiga. Dedico estas líneas a la memoria de su obra literaria: Ars Longa, Vita Brevis.

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El hombre está hecho para la guerra, no para la paz

Enrique Viloria Vera

                                                                                          

                                           A Rafael López Cosio, con quien he conversado mucho sobre el tema.

Todo hombre lleva dentro de sí una bestia salvaje. Rey Federico El Grande

Cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro. Diógenes El Cínico

Thomas Hobbes tuvo mucha razón cuando sentenció que el hombre es lobo para el hombre – homo homini lupus -. La historia de la Humanidad así lo confirma: conflictos bélicos para la conquista territorial, guerras fratricidas por causa de la raza, de la ideología, insurrecciones por motivos políticos, guerras de secesión o de independencia, motines libertarios, ilustran bien el quehacer exterminador del ser humano contra su semejante, convertido, sin más, en desemejante. A estos fines, se han creado armas de toda índole para eliminar al prójimo o torturarlo; también se han aprovechado inventos pre-existentes para servir de apoyo a las operaciones bélicas

En el pasado lejano, el aprendizaje de la fusión de los metales convirtió a los herreros de la comarca en protagonistas sociales, esta revolución tecnológica permitió al hombre contar con sofisticadas armas de guerra para la época. En efecto, el desarrollo de la primitiva metalurgia dio origen a los carros de guerra tan temidos en las guerras de la antigüedad, así como a filosas dagas y espadas, y a las primeras armaduras personales. Por otra parte, la catapulta creada por los griegos, desarrollada por fenicios y cartagineses, y perfeccionada luego, se convirtió en el arma privilegiada para atacar castillos y fortificaciones, mientras los sitiados combatientes esperaban la llegada de sus enemigos para calcinarlos con calderas de agua o aceite hirviendo, arrojadas desde las alturas del castillo.

En las guerras de la Edad Media se pusieron a prueba nuevos artilugios de extinción, entre las que destacan: las armas de arco largo, las ballestas usadas a mansalva contra los musulmanes y el mosquete. El cañón, los puentes de asalto móvil y la mejorada catapulta fueron de uso frecuente en las guerras entre reyes, duques, príncipes,exarcas, o en contra o a favor de loa Papas guerreros, así como en la exterminación tanto de musulmanes como de protestantes. Además de los temibles y poderosos barcos de guerra usados por Estados, corsarios, piratas y filibusteros, en especial en el Mar Caribe, potenciando el desarrollo de la industria militar naval y la infraestructura portuaria.

La cruel o temidaSanta Inquisición, en vista de que lo más importante para el creyente era el cristianismo y la adoración al Dios verdadero, también realizó su aporte; en este caso, desarrollando y empleando crueles y novísimos instrumentos de tortura, a saber: el potro, la rueda, la garrucha, la cuna de Judas, la sierra, las peras orales, anales o vaginales, y la sanguinaria araña de hierro.

La Edad Moderna ha sido munífica en la creación de nuevas armas, ahora de destrucción masiva: la bomba nuclear, la sólo mata gente, losenormes portaviones y los submarinos nucleares,las armas biológicas y químicas son dramático ejemplo de la condición destructiva del ser humano.  Sin embargo, pondremos el énfasis en invenciones previas, algunas de ellas civiles, que fueron de gran utilidad en las guerras del siglo XX y, desafortunadamente, en el actual.

  • El Telégrafo, es un aparato o dispositivo que emplea señales eléctricas para la transmisión de mensajes de texto codificados, como con el código Morse, mediante líneas alámbricas o comunicaciones de radio. El telégrafo eléctrico, o más comúnmente sólo ‘telégrafo’, reemplazó a los sistemas de transmisión de señales ópticas de semáforos, como los diseñados para el ejército francés y para el ejército prusiano, convirtiéndose así en la primera forma de comunicación eléctrica, ampliamente utilizado en la Gran Guerra.
  • El Avión primero de uso civil, fue adaptado para el combate aéreo en las dos guerras mundiales. Ahora sofisticados aparatos tripulados o no son elemento indispensable en las guerras modernas.
  • El Bolígrafo, inocente y útil invención cívica, fue utilizado en la Gran Guerra, para el levantamiento de planos, en virtud de la poca confiabilidad de lápices y estilográficas en el aire.
  • El Radar, el modelo actual fue creado en 1935 y desarrollado principalmente en Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial por el físico Robert Watson-Watt. Supuso una notable ventaja táctica para la Real Fuerza Aérea británica en la Batalla de Inglaterra, cuando aún era denominado RDF (Radio Direction Finding).
  • El Jeep, es de indudable origen militar, En junio de 1940, poco después del estallido de la II Guerra Mundial, se convoca en EstadosUnidos un concursopara diseñar un vehículo de combate. Bantam Motor Company y Willys-Overland, que presenta un quad, son las empresas que acuden a la llamada; más tarde se une Ford. Willys es la ganadora y el resultado es el definitivo MBde 1941 (aunque todo el mundo lo conoce como Jeep), del que se fabrican durante la contienda 650.000 unidades.
  • La Internet, ahora de uso diario y obligado por la sociedad civil, tuvo en sus orígenes una finalidad militar. Recordemos que el origen de Internet se basa en ARPANET (AdvancedResearch Projects Agency Network), red de computadoras del ministerio de defensa de EEUU que propició el surgimiento de Internet dentro de un proyecto militar estadounidense que buscaba crear una red de computadoras que uniera los centros de investigación de defensa en caso de ataques, que pudieran mantener el contacto de manera remota y que siguieran funcionando, a pesar de que alguno de sus nodos fuera destruido.  Sin embargo, su objetivo era el de investigar mejores maneras de usar los computadores, yendo más allá de su uso inicial como grandes máquinas calculadoras, y luego de su creación fue utilizado por el gobierno, universidades y otros centros académicos haciendo su aporte a la actual sociedad binaria, digitalizada. 
Enrique Viloria Vera
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El oficio del escritor

Álvaro Pérez Capiello

Escribir no es una acción que solo proporciona placer… La literatura es un oficio. Toda obra se perfecciona en el acto mismo de la lectura, es así como el lector participa activamente de la oferta del escritor. A pesar de que muchos artistas admitan que sus creaciones no están dirigidas a un público, a ese espectador que, en muchas oportunidades, ha de ser parido por la propia obra, existe un afán de comunicabilidad en cada propuesta expresiva. Nadie enciende una antorcha para colocarla debajo de la cama, sino que acaba emplazándola en un lugar elevado para brindar luz y calor a la habitación. Se escribe por necesidad, más que por regla, aunque al final las soñadas invenciones de un hacedor de ficciones puedan terminar satisfaciendo el gusto colectivo a tal grado que se transformen en la base estética de una época. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra es claro ejemplo de ello. Una novela nacida de lo particular, plagada de tradiciones y localismos, que retrata las aventuras de un hidalgo y su fiel escudero Sancho Panza, acaba sin querer, o queriéndolo, resumiendo las pasiones y los vicios de la mansión humana. Prácticamente, las diferencias habidas entre los escritores son fáciles de encuadrar dentro de la cuestión formal o expresiva. En lo fundamental, preguntas del tenor de: ¿quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, y ¿a dónde voy?, gravitan en torno a la mente de los hombres desde tiempos remotos. Cualquier texto literario toca, aunque sea muy subrepticiamente, estos tópicos. Así como la idea del vuelo yace anclada en el mito griego de Ícaro, a quien su padre Dédalo confeccionó unas alas de cera, todo en nuestro viejo universo está hecho y realizado, por lo que solo hay que buscar una manera original para expresarlo. A mi manera de entender, el qué decir está subordinado al cómo se dice.

Cierto es que resulta inevitable una encarnación del escritor en cada acento, punto y coma de su obra literaria por cuanto se narra a partir de la propia desesperación. Empero, el autor y el producto creado demuestran andar caminos muy divergentes. De qué otra manera pueden entenderse los trazos del pintor Amadeo Modigliani, muy alejados de la vida disoluta del artista, nacido en el gueto de Livorno, en 1884. En el cuento El Ruiseñor y la Rosa, el genial Oscar Wilde nos presenta a un ave que escucha los incesantes lamentos de un estudiante por no poder ofrendar ni siquiera una rosa roja al más caro objeto de sus deseos. Un amor tan sublime, lleva al ruiseñor a sacrificar la propia vida en aras de teñir con su sangre una espléndida flor encarnada. Al final, la rosa terminará lanzada al arroyo junto a aquella insólita sentencia: “¡Qué tontería es el amor! No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas”. Sí, el autor de El Gigante Egoísta y La Importancia de llamarse Ernesto asoma en El Retrato de Dorian Gray el temor del creador por desnudar su alma en el producto creado: “Todo retrato que se pinta de corazón es un retrato del artista, no de la persona que posa. El modelo no es más que un accidente, la ocasión. No es a él a quien revela el pintor; es más bien el pintor quien, sobre el lienzo coloreado, se revela”. Sería estúpido, o cuando menos inútil, tratar de psicoanalizar a un texto literario.

Como novelista, me gusta que la obra respire… En ese microcosmos, los personajes deben moverse con absoluta libertad y tomar sus propias decisiones de vida o de muerte. Luego de escribir Guardatinajas (1992), me pareció que quedaban muchas cosas aún por explorar. Valiéndome de instrumentos puramente culinarios, podía usarse la espátula para sacar del molde toda la mezcla. Parecía que aquellos personajes querían decirnos más sobre ellos y hablarnos del futuro. Fue, pues, cuando me di a la tarea de escribir Sombras Bajo el Sol. En esta nueva novela me hundí entre los callejones oscuros que gravitaban alrededor de las corrientes del río, como símbolo del fluir. Sin haberlo previsto, Pedro estaba muerto al tiempo que otras voces aparecían en aquella trama de luces y sombras como bien quiere sugerirlo el título de la propia obra. Los lectores no son tontos, aunque cierta crítica pretenda dejar esto de lado. Ninguna aproximación a un texto literario es igual a otra, por cuanto “nadie es capaz de bañarse dos veces en el mismo río”, ni recibir con igual ánimo las palabras contenidas en un libro. La buena literatura representa un desafío, tanto para quien la crea como para quien la recibe. Eso lo comprobé con Sombras Bajo el Sol, cuando mis lectores me sentaron en el banquillo de los acusados por matar a Pedro. “La gente muere (fue lo único que alcancé a decirles) los personajes también”.

En una ocasión, un amigo pintor me comentó sobre un incidente ocurrido a propósito de una de sus exposiciones. Allí, una visitante apuñaló con un filoso cuchillo uno de sus cuadros. A él tal cosa le resultó maravillosa pues su curiosidad intelectual lo llevó a ahondar en las motivaciones que la guiaron a cometer un acto como este. Se pretendía mover al espectador, emocionarlo desde un punto de vista plástico, vaya que lo logró… Por fortuna, no me ha tocado transitar un incidente con esos artilugios de los chefs. Pero, debo decir, que en una amena charla sobre El Bar de Luso, una novela ambientada en el mundo de los cocteles, estuve a punto de salir ileso a no ser por una amable señora que, tras escuchar pacientemente todos mis comentarios, me dijo ya casi al final de la reunión en un tono grave: “Tras leerlo, solo quise tirar su horrible libro a la basura”. Como quiera que todos los escritores tenemos un cierto toque de locura, no pude menos que deleitarme con aquello, pues tanta arrechura no era a título gratuito. Sucede como en el amor; a los buenos amantes y a los buenos escritores o nos adoran, o nos odian, pero jamás terminamos siendo indiferentes. Al hurgar en las razones de la dama, descubrí que mi inocente personaje Rubio se parecía mucho al inocente hijo de la señora al cual tenía cinco años que no veía. ¡Cosas veredes Sancho!

Para quienes desean incursionar en el mundo de lo literario, noten que las cuartillas borroneadas y reescritas pueden no ser tan seguras como parece deducirse de su inalterable esencia. En el taquillero filme “Misery”, la actriz Katy Bates interpreta a la fan número uno de Paul Sheldon, un novelista que tiene la costumbre de retirarse a escribir en un desolado paraje montañoso y acabar sus obras al amparo de una copa de espumante champaña. Bajo una tormenta, el automóvil en el que viajaba derrapa en una curva y se precipita al abismo nevado. Entonces, el maltrecho escritor es rescatado y alojado en la casa de su gran admiradora, lo que nos guía, o debería guiarnos, hacia un desenlace feliz pero, las cosas no parecen tan sencillas en el mundo real y su anfitriona es una enfermera sociópata que pondrá a prueba la inteligencia y la imaginación del señor Sheldon. En la película es rescatable el papel de las viejas máquinas de escribir Smith Corona, no ya como un recurso, o tal vez una manía, que hace fluir las ideas, sino a la manera de un arma improvisada capaz de derribar a la loca de la historia con un certero golpe en la cabeza. ¡Definitivamente los conocimientos pegan duro! A mí, no me ha tocado experimentar los cuidados del personaje caracterizado por la señora Bates pero quien una vez dijo “amarme con locura” destruyó mis cinco bibliotecas con todos mis libros incluidos dejándome en la orfandad intelectual. No sé si tal arrebato furioso ocurrió tras leer un pasaje de El Bar de Luso, Razones para Vivir, Laberinto de Ilusiones, El Desván de lo Oculto o De Epitafios y Tumbas, quisiera pensar que sí por una mera cuestión de ego, porque pareciera que en la normal existencia de un escritor de prestigio debe haber siempre un exilio forzado, un amor que no llega a cristalizar, unos años de presidio, algún embarazo por descubrirse o un cadáver oculto en el armario, al más puro estilo de Las Crónicas de Narnia. Desde luego que exagero, aunque la gran pantalla no duda en presentar al hacedor de ficciones colocándole el punto final a un texto, balanceando algún vaso de escocés con poco hielo, o apreciando el afrutado “bouquet” resguardado en una copa de carmenere, cuando no es así, ingresamos al terreno de los mal vestidos, mal encarados, olorosos a licor barato y harapientos poseedores de una verdad escondida que no alcanza a ultrapasar el umbral de un edificio semi-derruido en una urbe populosa. Esa imagen de Edgar Poe, víctima del “delirium tremens” a las puertas de una taberna cautiva tanto como los escándalos protagonizados por los creadores de la “Generación Beat” insuflando la leyenda de los escritores malditos.

Pero, como dije al principio, escribir es un oficio que no busca halagar, sino lanzarnos a la conquista de un territorio inexplorado y carente de balizas donde no existe nada seguro. La transgresión está unida al alumbramiento de algo genuino por lo que la mayor prueba que se le presenta a una obra literaria viene dada por el tiempo: aquel tiempo que la vio nacer, aquel tiempo que la golpeará en su andadura y no dudará en hacerla girones. El best seller, punto de mira de la industria editorial no suele dejar huella pues, como bien lo dijo Juan Goytisolo, busca lectores y no relectores en un mundo que hace reverencias en los altares del Fast-Food. Para terminar y no cansarlos demasiado, sigamos a lo dicho por Buñuel: “La mejor manera de no quemarse es seguir ardiendo”, menuda enseñanza en un mundo de pintores que no pintan, de narradores que no cuentan, de poetas que viven a la sombra de un verso afortunado ya esquivo a la memoria y de cineastas que confunden a Maléfica con un ser de bondad para no forzar demasiado a la imaginación.

Álvaro Pérez Capiello es un destacado escritor venezolano, narrador y ensayista, escribe para diarios y revistas. Dicta clases en la Universidad Alejandro Humboldt. Ha publicado los siguientes libros: Ventanas, Ensayos; Guardatinajas, Novela; Sombras bajo el Sol, Novela; El Bar de Luso, Novela; Laberinto de ilusiones, Novela; Entre la Verdad y el Engaño, Cuentos; La Mamoria de un Símbolo, Ensayo; El Desván de lo Oculto, Novela; Las Pinceladas de la Inmortalidad, Novela; En el tiempo de las arañas, Novela; De epitafios y tumbas, Cuentos; Relatos de la Tierra Negra, Novela; Los Dieciséis Escalones, Novela publicada en 2019. Ha recibido numerosas distinciones, entre las cuales destaca la Medalla de Narrativa Lucila Palacios otorgada por el Círculo de Escritores de Venezuela.

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Venezuela en todas partes

Venezuela en la Feria del Libro de Madrid

En la F??eria del Libro de Madrid, el 1 de junio firmarán libros publicados por Kalathos Ediciones España, el escritor Ben Ami Fihman y el poeta y narrador Carmelo Chillida. El 11 de junio estarán presentes el narrador Eduardo Sánchez Rugeles y la poeta Sonia Chocrón. Entre los publicados por Kalathos destaca la novela “Anclados”, de Inés Muñoz Aguirre. Todo gracias a la valiosa labor editorial del psiquiatra y editor David Malavé Bongiorni. La Editorial Kalathos ha publicado 21 títulos de destacados autores venezolanos.

Ningún poeta o narrador venezolano es indiferente al dramático proceso social y político que vive nuestro país. La decadencia de los pueblos se inicia con la perversión del lenguaje cuando es utilizado por una ideología comunista o fascista. Por esa razón, es tan importante el libre testimonio de los escritores para dar cuenta de la realidad.

Según?? David Malavé, director de Kalathos Ediciones España, “hoy estamos ante una verdadera puerta de entrada para mostrar la calidad y el trabajo constante que han venido haciendo los escritores durante largo tiempo como testigos de excepción.”

Los visitantes de la Feria podrán conversar con los escritores mencionados.  Eduardo Sánchez Rugeles es autor de Blue Label /Etiqueta Azul, novela que pronto también será llevada al cine.  

El Círculo de Escritores de Venezuela felicita a Kalathos, la única editorial venezolana que ha logrado captar el interés de los lectores y de importantes distribuidoras españolas.

Carmen Cristina Wolf

Directora ejecutiva del Círculo de Escritores de Venezuela                                    

@carmencristinawolf Instagram. 

@literaturayvida  Twitter

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