Rubén Ackerman: El triunfo de la memoria sobre la muerte

Una lectura del poemario: Los Ausentes de Rubén Ackerman

Por Lidia Salas

Leí el primer poema de Rubén Ackerman en días desesperados. No pretendía consuelo alguno, necesitaba sentir el dolor hasta lo más hondo; las palabras del poeta, ejercían esa triste fascinación. Me habitué a llevar conmigo, la pequeña antología donde aparecían sus versos, para tener a mano la ración de lo amargo. Alguna tarde, me topé con el autor de los poemas que apretaba siempre en el regazo. Nos miramos de lejos, sin cruzar palabras, en la sala de la clínica donde llevaba al ser amado a las radioterapias. La lectura de su libro, Los Ausentes, han traído de vuelta aquellas horas.

Las páginas presentan un racimo de historias. El abuelo Marcos con su pequeña maleta de extranjero; la abuela Raquel como “luz que persiste;” su hermana Silvia y la pregunta: “¿Quién eres ahora detrás de esa vieja fotografía donde sonríes?” El padre jugando el ajedrez con la certeza de “haber nacido en un mundo equivocado;” la madre, cuyo recuerdo lo aguarda “en una de las grietas del Muro de los Lamentos”; los tíos muertos, la mujer, ese “sueño que persiste entre las fauces tenaces del olvido…” Están, Marilyn con sus barbitúricos y Emily con “las cansadas letras del hartazgo” y la muchacha que dice: “soy especialista en cenizas.” También, su maestro y el poeta, a quien recuerda, “como una lejana ráfaga irrecuperable.” y todo aquel que “Anda a contracorriente dando tumbos en las esquinas.” ¿Cómo se transforma tanto daño en un canto?

La pátina de tristeza que envuelve las páginas, como ese gris de la sugerente portada del libro, es la tesitura de la poesía. Igualmente, la cadencia, donde el lector sufre todo el diapasón de emociones: desde la nostalgia por la infancia perdida irremediablemente, hasta la tristeza por sus muertos, pasando por la rabia, la desesperanza y la ternura. Se perciben también, el amor, la compasión, y la empatía, materiales de la vida misma, cuando la palabra se transforma en testimonio, no sólo de la existencia, sino de la muerte. Memoria de la tragedia de una raza, que en el fondo, es la tragedia de todos. La trágica suerte de habitar un mundo de crueldad infinita.

Las páginas de Los Ausentes, testimonian la condición humana en la angustia por la finitud de su destino. Hay en la poesía de Ackerman, un reiterado uso de imágenes que expresan esa disolverse en la nada. “Era tu silencio entre dos espejos / tu plegaria inútil arrebatada por las sombras” Más adelante: “Ahora su susurro se pierde / en un vacío que se desvanece. En las últimas páginas: “No pido más / antes que el tedio me trague…” Finalmente, “Ahora todo se desvanece.” La nada que arrebata las personas amadas, quienes convirtieron la infancia en el recuerdo que trata de rescatar, son los ausentes que atraviesan estas páginas en la materia de las palabras. Testimonio convertido en eternidad mediante el hálito sagrado del poema.

Como marco de los hechos esta el tiempo y el espacio descrito desde la concisión de resumir en un solo trazo, la esencia del recuerdo: “Tu en París después de la guerra…” Y este otro: “jugar debajo de los puentes pestilentes del exilio.” La polisemia de las palabras sugiere en tan breve frase una amplia y oscura realidad. Es memorable la belleza de los siguientes versos: “Vendrán los pájaros en fuga / en septiembre / cuando las hojas caen / y la tristeza se cuelga de las ramas.”

El amor resplandece en la originalidad de las figuras que se emplean: “nuestros cuerpos prolongando la embriaguez / nuestros olores confundidos / era la rosa de los vientos tu rosa” El ojalá, que según Octavio Paz, es la esencia de la verdadera poesía, estremece en las siguientes líneas: “que no falte la mesa de un café casual / donde tú y yo podamos ser nosotros” Pero, es el ruego que se cifra en los versos que siguen, lo que conmueve profundamente:

“…algún día dos amantes extraviados encontrarán

las palabras que nunca me dijiste, en el vertedero

del olvido

y escribirán con ellas su historia de amor

la misma que ahora el destino nos niega.

Que así sea.”

El poeta persiste en la memoria de sus ancestros. Es oportuno señalar cómo expresa dos elementos de la cultura judía. El emotivo recuento del Dios de su abuelo, se convierte en acto de rebeldía contra la herencia de haber sido “el pueblo escogido.” Confiesa textualmente: “El Dios que partió para siempre con tu muerte.”

La culpa, por haber entregado el Mesías a la crucifixión, la asume en el suicidio de un compañero de clases del Colegio Moral y Luces. Escribe: “Me temo David, que todos apretamos / el gatillo que puso fin a tus días.”

Todo proyecto encierra un gesto. Aunque el poeta dice la inutilidad de su escritura. “Con estas palabras que ahora viajan como nubes / desde ninguna parte, hacia ninguna parte” Sin embargo, expresa un humano deseo: “para que se puedan ver en nuestras pupilas / los rostros ausentes de nuestros muertos.” En esta lectura he encontrado no solo los rostros de sus amados difuntos, sino el perfil de los míos. Esta comunión de autor, lector ha sido posible por el oficio logrado de quien escribe. Es uno de los mejores textos leídos en los últimos años. Quizás, estos son tiempos de pérdida y de catástrofe, por eso nuestras voces acompañan el grito del maestro: “tráeme un poco de dignidad para vivir lo que resta” porque “ahora que es imposible tanta ausencia, tanto silencio, tanta noche” apenas queda este puñado de versos, para resistir desde la poesía, vale decir, desde la desgarradura de la belleza.

Lidia Salas

Poeta / Ensayista. Miembro de la Junta Directiva del Círculo de Escritores de Venezuela

Finales de Enero del 2017.

 

Comparte esto:

Daniel Medvedov: Cómo he llegado a Ser Poeta en 81 días

 

Selección del libro Cómo he legado a Ser Poeta en 81 días. Muchas gracias al Maestro Daniel. 

Por Daniel Medvedov

Dedicado al Poeta Francisco Pino

Había una vez,
Un ateo.
Y no sabía qué cosa era la poesía.
Aún así,
Creaba . . .

Esos gorriones,
Ya terminaron de trinar . . .
Ahora están esperando en fila,
mi regalo,
De migas de pan . . .
Pero quien canta en las mañanas
Es el mirlo,
El mirlo negro con pico gualda,
Que nunca llega aquí, al balcón,
Ni come mi pan . . .


¿Cuantas veces ya he encendido mi puro?
¿Cuantas veces no se me ha apagado?
No se ha pagado la luz,
Tampoco,
Y hoy,
Viene a cortarla veloz,
El empleado de la alcaldía.
Pero yo,
La voy a conectar de nuevo,
Como un puro la voy a encender,
Sin pagar,
Veladamente . . .
•El café, aún frío,
Sabe café . . .
Yo, aún ignaro,
Se todo . . .
Lo que tenía que saber . . .
°

Se han ido las nubes a NUBILANDIA,
Y el cielo ha quedado sereno, azur [no “azul”]. . .
Pero lo más que desea el cielo,
Es un relámpago . . .

Se dice que al mirar mucho un abismo,
El abismo termina por mirarte a ti,
También . . .
Y al mirarte yo,
a Ti,
Termino por ser Tu . . .

La ciudad, feliz . . .
Todos han salido de Semana Santa.
Y esos jornaleros de la cofradía,
Cargando como olas a la estatua,
Han quedado en la ciudad . . .

Franco Pino,
Altivo, verde, veloz,
Crece veloz hacia el cielo,
Huye veloz,
Hacia el centro de la tierra . . .

Uno, Luz,
Dos, Agua,
Tres, Piedra,
Cuatro, Madera,
Cinco, Animal,
Seis, Humanos,
Siete, Sueños,
Ocho, Todo,
Nueve, Nacer y Morir . . .
Diez, Retornar, Como Odiseo . . .•
Amo el desamor,
Pues con él,
Comprendo tanto lo que es el amor . . .

El círculo,
Aún redondo,
Parece un pan . . .
El pan,
Aún cuadrado,
Es redondo . . .

Voy a dejar que los perros ladren,
Que los lagartos suban por la pared,
Que los gatos mediten,
Que los humanos griten . . .

Estaba sentado,
Oí,
Campanas floridas,
Sones . . .

Ángeles van,
Ángeles vienen,
Humanos,
Seres,
Siempre-vivos,
Eternos . . .

Detesto ver libros en la basura . . .
Me los llevo,
Los cargo como una mula,
En mi regazo,
Parecen niños abandonados,
A la buena de Dios . . .

Un cuervo no necesita pintarse de negro,
Para ser oscuro . . .
Mi alma no requiere de luz,
Para ser luminosa . . .
Tus ojos,
Así verdes,
Reflejan por entero,
El color de las golondrinas . . .

Combino la calma,
Con la tempestad que me ha alcanzado. . .

Dentro del pozo,
Un sapo desea volar,
A ver,
A conocer el mundo,
Y salta en la espalda del fénix,
Para regresar junto
También desde las cenizas . . .

Responder con silencio,
Es como alcanzar la cima y seguir subiendo . . .
Más,
Algo más,
Tal vez encuentro,
Así,
El cielo . . .

Durante la caída,
Me han crecido alas . . .
Durante el salto del canguro,
Hay un momento,
Un instante sin duración,
En el cual todo queda congelado,
En el viento austral . . .

(…)

Daniel Medvedov, Miembro Activo y Emérito del Círculo de Escritores de Venezuela

Comparte esto:

Maribel Proietti: Tres poemas

Tres nuevos poemas dela venezolana  Maribel Proietti, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Gracias!

Reencuentro

Al morder

tu boca

tus dedos

danzarines

del vientre

van tocando

visualizan

en la oscuridad

se escuchan

  cánticos

  celestiales

Aullido

de hembra

hambrienta

convertida

en 

Gitana verde

rojo

azul bandera

que se

cobija

en tu

dulce

    pecado…

&&&

Inserto en una aguja

hilo negro

30 perlas negras

1   por  año

memorias que

suben y bajan

como columpios

inserto

2 besando bocas

en lenguas

extrañas

inserto

3 abro y cierro

los ojos

como una luz fugaz

me coloco

las cuentas

que cubren

mis pezones

que amo

brindándome

en ellas

como copas

besadas

por tus

manos

&&&

Conjuro   Gemidos

entre mis dedos

se cuelan

las partículas

mínimas

en Selenio

bañado en

el azul nocturno

como una

enredadera

de orquídeas

fantasmas

Suspiros de 5 segundos

mis venas

comienzan a latir

!! Existo !!

&&&

 

Poeta, Maribel Proietti

Miembro  Activo del Círculo Escritores de Venezuela

Comparte esto:

Margarita Belandria: El encuentro

EL ENCUENTRO

Margarita Belandria

La funeraria repleta de flores en ramilletes y coronas no parece un día de duelo. De altos cirios brota cera encrespada pendiente abajo y sus llamas enhiestas parecieran homenajear la partida de Livio Cordel, cuyo cuerpo yace en la urna elegantemente vestido pero con su rostro en lotes cárdenos a consecuencia del infarto que lo mandara al otro mundo sin previo aviso porque siempre había gozado de estupenda salud. Es ya el tercer día de velorio esperando la llegada de su hija Perlita quien venía en un vuelo desde París. Pero informó a su madre, vía telefónica, que llevaba dieciséis horas atrapada en el Aeropuerto de Maiquetía a causa del retraso de los aviones; que ya va a llegar el avión, le decían, y en ese teje y maneje iban pasando las horas, que de haber anunciado a tiempo el problemón con los aviones habría tomado un autobús aunque hubiese tenido que viajar muerta de miedo toda la noche por la carretera corriendo el riesgo de los asaltos y atracos que se han convertido en el pan de cada día, y nada más el día anterior un autobús, según reporte del periódico que tenía en sus manos, había sido atacado por bandidos y despojados de sus pertenencias y violados todos sus pasajeros, sin distinción. Eso, naturalmente, le daba mucho miedo.

Ya en la tarde entra Perlita a la funeraria tambaleándose en brazos de familiares y amigos de sus padres. Su madre corre y la ampara en su regazo, retira la hermosa cabellera que le cubre la cara y limpia con sus manos el raudal de lágrimas que escurren por el desencajado rostro de su hija. Se sientan ambas en un mueble contiguo a la urna, fundidas en un abrazo de temblores y gemidos que partía el corazón de los que allí estuviesen mirando. Los hombres daban la vuelta y se marchaban al pasillo exterior; las mujeres, unas a otras se miraban con los ojos anegados.

Ven, vamos a mirar a tu padre, ruega la madre intentando quebrantar la resistencia de Perlita que sólo deseaba conservar en el recuerdo la viva imagen de su padre, elegante, amoroso y comprensivo. La madre consigue convencerla de que ella no recuerda al suyo descuartizado por los guerrilleros de las farc y lanzado a un pozo después de recibir varios millones por el rescate; no, ella lo recuerda hermosísimo, valiente y generoso como había sido hasta el último día en que lo vio partir de su casa con los brazos en alto entre los largos fusiles y rostros endemoniados de sus secuestradores; no, ella en su alma no lo recordaba así.

Vencida la resistencia, cada cierto tiempo Perlita se para frente a la urna a mirarlo, se desgarra a llorar y vuelve al sillón donde continúa su llanto convulsivo, con la cabeza doblada entre las piernas sin prestar atención a pésames ni conversaciones. Viéndola llorar piensa su madre en los remordimientos que tendría la pobre niña por vivir tan desarraigada de la familia y no estar presente ni siquiera cuando su padre descendió del avión en un ataúd, quién iba a imaginarlo, pues cuando el dueño del hotel le comunicó la fatídica noticia ella pasó el día tratando de ubicarla por teléfono sin resultado alguno, y ya muy entrada la noche, cuando logró que le respondiera un correo electrónico, Perlita se quejó de estar muy enferma, con vómito, fiebre, escalofríos y con más de una semana de estar varada en París en vez de estar en Bruselas resolviendo un asunto importante de la trasnacional en la que trabajaba. Toma un avión y te vienes como un relámpago porque tu padre acaba de morir, le dijo la madre de manera directa y sin matices. Fue a Caracas a renovar la visa en la embajada y murió solito en la habitación del hotel. Ahí sí se le quebró la voz a la madre de Perlita y omitió decirle por teléfono los pormenores de cómo lo habían hallado tirado en el piso de la habitación, con piernas y brazos extendidos y cara de espanto, y en cuántas se vieron los maquilladores funerarios para cerrar sus ojos desorbitados, sin poder restituirle ese talante apacible que todos le conocieran en vida. Algo terrible debió de haber visto en su último momento para que su rostro acusara tan pavorosa compostura, y cómo saberlo si estaba íngrimo en la habitación del hotel. Pero de que su alma iba camino al cielo no tenía la menor duda la madre de Perlita, puesto que su vida había sido, no de vez en cuando sino siempre, un modelo de bondad y rectitud. Bastaba recordar las infaltables contribuciones que, sin ningún alarde, aportaba a los hogares de ancianos, de niños abandonados, o de toda buena causa que precisara de una mano amiga. Bastaba recordar su actitud de sosiego y cordura frente a las adversidades, su palabra sabia y firme que inducía a la calma a sus desesperados pacientes que en los últimos tiempos aumentaban en número y en desespero, sus diagnósticos clínicos y tratamientos certeros, su claridad en la amistad y su lealtad en el amor, a toda prueba, pues ella jamás tuvo que quejarse de lo que a menudo solía escuchar a sus amigas, que si mi marido no llegó anoche a dormir, que qué desgracia; que si anda con la mujer de fulano, que si llegó con el cuello de la camisa manchado de carmín y oliendo a bicha, que si le montó un apartamento a todo trapo a la barragana y sólo llega de madrugada a dormir para que los niños no hagan preguntas. No, ella jamás sufrió de esas tremendas amarguras. Era una mujer amada, y hubiese sumado más dicha a su vida de no haber sido por el espíritu inflexible de Perlita, que de niña cariñosa y dócil se iba tornando al crecer en una joven de carácter enigmático, sombrío e impenetrable. Al cumplir la mayoría de edad sorprendió a sus padres con lo que a ellos les pareció la más loca y absurda decisión: quiero vivir sola en un apartamento, les dijo. No sin incontables ruegos a lo largo de dos meses conquistó lo ansiado y fue sólo en ese instante que se le vio cara de desconsuelo a Livio Cordel.

Compró entonces el apartamento para su hija, de lujoso amueblado, y pagaba todas sus cuentas en las que habitualmente ella se excedía. Que primero le faltase el aire a él antes de que algo le fuese a faltar a la niña de sus ojos, que nada fuese a perturbar sus estudios, que nada echara al garete las regias empresas para las que la sabía destinada. Habría dado hasta la vida si hubiese sido preciso por verla contenta en todo momento y no con esa actitud distante y su mirada desaparecida en no se sabe qué pensamientos, que él no quiso indagar para no asediar su intimidad. Ya una vez la madre había hecho el intento y tropezó con una muralla de hielo: prefiero que no interfieras en mi vida privada, mamá.

Concluidos sus estudios, el mismo día del acto académico les comunicó a sus padres otra loca y absurda decisión: me voy a vivir a Caracas. Sí, trabajaría en una empresa trasnacional y en consecuencia tendría que andar viajando por el mundo, todo el tiempo. Desde su partida sólo habían mantenido comunicación por teléfono. Su madre había tratado de indagar más sobre la vida de su hija, su trabajo, sus diversiones, sus amigas, novio. Solo en una ocasión les mandó una foto en la que aparecía en un velero que surcaba el Mediterráneo acompañada de un hombre maduro y de aspecto distinguido del cual indicó que era su jefe. La madre continuaba pensando en la vida de su hija como un completo misterio. Comenzó a buscarla en internet. Solo encontró la reseña de su tesis de grado en lenguas modernas y su mención honorífica en lengua inglesa. Al parecer su trabajo era sumamente absorbente, viajando con personajes importantes como traductora.

 Cuando Livio Cordel llegó a la capital en este último viaje que lo llevaría a la tumba, desde el mismo aeropuerto llamó por teléfono a su hija con la esperanza de que esta vez estuviese en la ciudad para invitarla a cenar y charlar aunque fuese un poco después de casi tres años de ausencia, pero su niña le respondió que se hallaba en Paris. Se alojó Livio Cordel en el mismo hotel donde habitualmente se hospedaba y, al registrarse, recordó a su viejo amigo el gerente, como de costumbre, la clave de su solicitud: «y un dulce de frambuesa a la habitación». Sube a la alcoba y como parte del ritual acostumbrado deja la puerta sin llave mientras se da una ducha energizante. Al salir del baño, fresco y perfumado, ve a su dulce de frambuesa que está de espaldas apoyada en la ventana mirando hacia el parque, esbelta y bien a su gusto, en diminutas prendas negras que resaltaban el nácar bronceado de su piel. Se aproximó en silencio y le acarició la espalda, desabrochó el sostén y lo tiró sobre el mueble, y al darle la vuelta para extasiar sus ojos con lo que estaba acariciando, dos enormes alaridos sacudieron la habitación. ¡Papá! ¡Perlita, Dios mío, mi niña! Y fue entonces cuando el hombre se desplomó al piso llevándose ambas manos al corazón con los ojos desorbitados llenos de espanto y que los expertos maquilladores funerarios a duras penas consiguieron entrecerrar con un pegamento trasparente.

  • Margarita Belandria. Escritora venezolana, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela
Comparte esto:

Lucía Salerno, selección de poemas

Por invitación de la revista, Lucía Salerno nos envía cuatro magníficos poemas de su libro La certeza de lo inmóvil

LA MEMORIA SE VA
Lo que por última vez fue mi paisaje
disminuyó un crepúsculo
sepultó sombras
se llevó juicios casi imposible de extinguir
El río dejó huellas de un furor en reposo
en el curso me detuve
como suele hacerlo el silencio encima de los hombros
me siento cómoda sin registro
enciendo una vela
y dejo caer los troncos desnudos

Pedí un antídoto
vi volar albores hastiados
islas que son ojos
y dan por entendido
el desenfreno de la sangre

LO DIJO EL MAR

Lo dijo el mar
que las almas no tienen leyes
atraviesan los muros
y al avanzar deshabitan mi estatus

Carabelas declaran mástiles en la puerta
brasas que encontré en el vaho de la noche
embriaguez que me convierte en espasmo
picoteos insaciables de las gaviotas
que desde mis adentros
son el ritmo de la bruma

La senda es un mar surcado
la ola recorre el trote de los caballos
me atrae la seducción desde los miembros
me aferro a unos días derramados
como el pájaro que olvida su huella
y termina enredado en las olas del mar

NO ACIERTO A DISTINGUIR

Palpo el lenguaje
expulsado de las consignas
ligadura dichosa y taciturna
uso el silencio
son demasiadas palabras
selladas en el amor
escarbo en el paisaje
en los susurros friolentos
del mes de enero

El tema de la vida
cautiva la inscripción del sol
patrón brevísimo que anula lo inmóvil
situarme es un jubileo
aunque me deje a la orden
de mariposas dispersas
me hago la perdida
pero me visitan los cómplices de la precisión
espero darle a la noche la mejor geografía
matorrales de antiguos amaneceres
tintineo distante que se hunde en el invierno
vanos labios que son bahías
y ese riachuelo que pasa lejos de la euforia

 

EL LUGAR DE LA PRIMAVERA

En un abrir de manos
tomé las cuerdas de una guitarra
en ella dormitaba la primavera
entre una cosa y otra
caen los pétalos que tocan la vida
y totalmente desamparados
se adhieran a las púas
los pájaros vestidos de proyectos
se filtran en una sonrisa
saben cosas de mi infancia
y engullen el alimento
que se extiende de pared a pared

El dominio de la mutación
hace su debut en mi pecho
a pesar de los rigores
los arcoíris prestados
serían para siempre
si cada primavera contagiara
el húmedo punto del horizonte

  • Lucía Salerno, poeta venezolana. Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela
Comparte esto:

Andrea Zurlo: La incógnita

 

La incógnita

Andrea Zurlo

Se paró desnudo frente al espejo. Deslizó lentamente sus dedos sobre la piel vieja hasta llegar al punto exacto, sobre los hombros, donde sobresalían esos huesos o, mejor dicho, cartílagos. Un poco se impresionó.

A su pecho de palomo con el esternón puntiagudo estaba acostumbrado, no le afectaba. Nació así y el defecto se acentuó con los años, pero ¡esos cartílagos en los hombros! El solo contacto le provocaba un escalofrío, lo mismo debía acostumbrarse a tocarlos si quería limarlos antes del verano. Tenía por delante todo el invierno con el abrigo pesado para disimularlos.

—¡Menos mal que no está Petrona! –suspiró mirando la foto de su difunta esposa que le sonreía desde la cómoda.

Prudencio comenzó a friccionarse los cartílagos puntiagudos con aceite de castor y después se pasaba la vaselina para suavizar la piel que comenzaba a erizarse de manera extraña. Continuó su terapia sin interrupciones, añadiendo algún detalle, algún ingrediente, algunas hierbas como la bardana, que es buena para la piel y los huesos, o la infusión de manzanilla que ayuda a desinflamar.

No obtuvo grandes resultados con su cura. Los cartílagos siguieron creciendo lentamente y, con los primeros calores, el abrigo pesado era más ridículo que su pecho de palomo.

A la vista del posible fracaso, Prudencio se pertrechó con lo necesario para sobrevivir durante el mayor tiempo posible sin sacar la nariz fuera de la puerta, lo que le fue facilitado por la posición aislada de su casa, al final de la última calle del pueblo, y por su fama de hombre esquivo.

La procesión de días y noches se hizo más lenta. Los amaneceres lo encontraban insomne, dando un masaje a sus protuberancias cada vez más marcadas. Pasaba el día tumbado en la hamaca del patio, o en la mecedora, sentado en la galería, bajo el techo de chapa apenas refrescado por la sombra de una parra de hojas grandes. Esos pocos metros de casa, esas cuatro paredes en las que vivió durante cuarenta años, lo aprisionaban.

Cuando no dormitaba, pensaba, y entre tanto pensamiento se le ocurrió acudir al doctor Cruz, el médico, para pedirle un consejo, pero ¿qué podía hacer la ciencia por él? Poco y nada, se dijo, y añadiódesab que acaso lo que la ciencia no podía lograr lo lograría la fe.

Por fin, tras días y días de meditación, don Prudencio se armó de coraje y, con el primer rocío, amparado por la oscuridad de la noche, se fue a visitar al párroco.

El cura vivía junto a la iglesia. En el pueblo lo tenían en buena consideración, porque decían que era un hombre recto y justo, si bien demasiado moralista y amargado para el gusto de don Prudencio. Después de todo él siempre dejó el cuidado del alma en manos de Petrona, al igual que remendar los calcetines y plancharle las camisas, por eso desde que Petrona falleció andaba con los calcetines agujereados, las camisas arrugadas y el alma descuidada.

El cura lo recibió con la sotana abierta que se había echado de prisa sobre el pijama. Todavía era un hombre joven y la vida reposada de cura de pueblo le favoreció la salud, aunque se quejara constantemente de sus malestares digestivos, y mantuviera un gesto adusto y la boca contraída, a punto de decir una blasfemia.

—¿Qué sucede don Prudencio? No me viene nunca a Misa y me visita a estas horas.

Prudencio entró en la cocina detrás del cura, sin hablar ni justificarse.

Sobre un brasero una cacerola difundía vapores balsámicos con aroma a eucaliptos. Por una puerta entreabierta se veía el catre con las sábanas revueltas y un rosario con cuentas de madera colgando de la pared.

Con gesto lento y decidido Prudencio se quitó la manta que llevaba cubriéndole los hombros.

El cura no reaccionó de inmediato. Después se acercó y pasó los dedos sobre las costuras de la camisa de Prudencio que casi explotaban bajo sus protuberancias.

—¿Es una broma? –preguntó el cura.

—No. Creo que son alas –respondió Prudencio mientras se desabrochaba la camisa, como si fuera muy natural que a un hombre le despuntaran las alas.

El cura dio un salto hacia atrás.

—¡Jesús! –exclamó santiguándose-. ¿Qué has hecho?

—Nada, señor cura –replicó Prudencio-. ¿Qué puedo haber hecho?

El cura desapareció por la puerta lateral. Prudencio oyó que abría y cerraba otras puertas y que protestaba o murmuraba algo. Poco después retornó musitando una letanía con un recipiente entre las manos.

—¡Quítese esa camisa! –ordenó con voz firme el cura.

Prudencio obedeció sin chistar.

Sin pedirle permiso, el cura le vació el recipiente de agua bendita sobre la cabeza. Después lo santiguó de los pies a la cabeza, sin rozarlo, y lo tuvo hasta el alba rezándole, y lo salpicaba con aceite y agua bendita, al tiempo que cabeceaba vencido por el sueño.

—Obra del demonio, don Prudencio –sentenció el extenuado cura con las primeras luces del alba –. Retorne a su casa.

Prudencio llegó a su casa cuando los primeros peones eran los únicos habitantes de las calles y arrastraban el sueño bajo las suelas.

Se sentía desconsolado. No fue nunca un gran creyente, tampoco frecuentaba la iglesia ni iba a Misa, pero eso no significaba que ahora tuviera que sufrir las penas del infierno. Después de todo ¿qué hizo más que cometer algún humano y venial pecado?

Para mal de males, desde que el agua bendita le tocó la piel le comenzó una terrible picazón. Rasca que rasca, notó que donde le cayeron las gotas sagradas le surgían de la piel unas pequeñas puntas.

Aterrorizado decidió no salir más de su casa, ni abrir la puerta a nadie, tampoco al doctor Cruz que, alertado por el cura, se apresuró a presenciar el fenómeno con la excusa de llevarle la ayuda de la ciencia.

En poco tiempo ya no pudo ni sentarse en el patiecito a tomar el fresco, porque el pueblo entero lo espiaba. Los vecinos se organizaron y se daban turnos para asomarse sobre el tapial en silencio y sin hacer desórdenes, igual que como se asomaban para ver a los finados en los velatorios, “Evitando alterar el orden público”, como ordenaron las autoridades, y el comisario cerraba un ojo complaciente, ya que era oportuno que los habitantes del pueblo tuvieran alguna diversión más que la timba y el mercado una vez por mes o el prostíbulo en las cercanías.

Confinado como un leproso, el mayor problema de Prudencio era soportar el calor encarcelado en su lata de sardinas, bajo el techo de chapa, al tiempo que consumía con mesura sus provisiones para resistir lo máximo posible.

La vida de don Prudencia siempre fue simple y sin aspiraciones, como la de casi todos en el pueblo, ahora el futuro, que hasta poco tiempo atrás veía como un camino trazado con meticulosa precisión, se mostraba como un terreno incierto que lo atemorizaba. Futuro, ¿qué futuro?

Una mañana en que se despertó de un sueño agitado y sudado ya no se sorprendió al notar las plumas blancas en su espalda, ni tampoco que su nariz adquiría un aspecto ligeramente similar a un pico, y que comenzaba a unirse al labio superior.

Hacía mucho tiempo que se le negaba al espejo, con todo, ahora, sintió la necesidad imperiosa de mirarse.

El espectáculo era ridículo. Sus piernas arqueadas y cortas no mutaron en su aspecto humano, como tampoco lo hicieron sus pies reumáticos. Su pecho de paloma lucía mejor con esas alas en la espalda, y ¡su cabeza! Su cabeza era digna de una mención especial. Sus ojos eran los de siempre, pero con una vaga expresión de soledad, y estaban situados a los lados de la protuberancia amarilla que ahora era su nariz, o quizá su nariz creció lo suficiente como para apretarse contra sus ojos, y la cabeza seguía coronada por sus cabellos grises y rizados, y las arrugas de su frente continuaban apoyadas sobre sus cejas espesas.

No era un pájaro. Tampoco era un hombre.¿Y si nunca hubiera sido un hombre igual que todos los demás? ¿Era ese el motivo por el que no pudo tener hijos?

¿Qué era si no era un hombre? ¿Importa la definición y el aspecto más que aquello que realmente se es? Y si era ESO, ¿qué mal hacía? Ninguno. Pero sabía que la Iglesia y la ciencia buscarían una explicación: para una sería la obra del demonio, y para la otra un bicho digno de estudiar y ni hablar de o que pensaría la gente del pueblo.

No entendía, Prudencio.

Él era el de siempre, su mente, su pensamiento simple, sus sentimientos permanecían inmutables. No obstante, ya no era un hombre y no era el de siempre.

No se daba paz. No existía la paz.

Envuelto en las horas de la noche salió de su casa, furtivo, cubierto por una manta.

Lo siguieron solo unos chiquillos que se habían aventurado hasta la puerta de Prudencio y allí montaban guardia. Como parte de su juego infantil le arrojaron piedras, riéndose en voz baja para no despertar a los vecinos. Prudencio se escapó como pudo y corrió con sus piernas arqueadas y su nuevo traje de plumas recién estrenado, hasta el borde del barranco que caía alto sobre el río de piedras blancas. Allí abandonó la manta y se alzó en vuelo sin gran dificultad. Los chicos quedaron boquiabiertos, incapaces de comprender.

¿Hombre, ave, demonio o ángel?

De la Antología «Opuesto a la naturaleza de las cosas»

Julio 2011

Andrea Zurlo, Miembro Correspondiente del Círculo de Ecritores de Venezuela. Miembro Honorario de la Asociación de Escritores de Mérida

Comparte esto:

Rosario Anzola: Libros, archivos y directorios

LIBROS, ARCHIVOS Y DIRECTORIOS

Por Rosario Anzola

Comencé el año proponiéndome cumplir una tarea muchas veces pospuesta: poner en orden la biblioteca, las carpetas y los archivos impresos a fin de sincerar estas posesiones que van ocupando cada vez más espacio en espacios cada vez más reducidos. Empecé con los libros y rotulé unas cajas con el destino de la donación: para una escuela, para una universidad, para algunos amigos. Me tracé un horario, no más de un par de horas por día; sin embargo, el primer día, al final de las dos horas planeadas, había acomodado solamente media caja, porque libro que tomaba entre las manos, libro que hojeaba embobecida.

Cada uno aparecía en escena con su polvo, sus ácaros y sus recuerdos. Algunos me retrocedieron decenas de años. Otros me hicieron recordar mis estudios, o viajes en que los leí, o las personas que me los regalaron, o los poetas y escritores que me los dedicaron. Las dudas hicieron estragos: ¿Cómo me desprendo de un libro dedicado? ¿Le arranco la página? ¿Por qué si los he guardado durante tanto tiempo los echo de mi lado?

Al cerrar la primera caja siguieron apareciendo sorpresas: libros que incitaban a una relectura, libros que nunca fueron leídos, libros que alguien me prestó y que no devolví, libros donde aprendieron a leer mis hijos y libros tan malos que no son ni para regalar, pero que tampoco pueden destinarse a la basura.

Apelé a la cordura porque de esa manera no iba a avanzar en lo programado y le di paso a la racionalidad para no hojear los libros. Con un dejo de dolor fui despidiéndome de ellos colocándolos en los ataúdes de cartón. Los estantes lucieron holgados y limpios. Me quedé con libros emblemáticos y con los que probablemente seguiré utilizando. Al mismo tiempo, me quedé con una absurda sensación de duelo.

Pasé a las carpetas y los archivos. Magno el esfuerzo. Vuelta a su lectura, a los recuerdos y a las dudas. ¿Boto, rompo, guardo? ¿Me servirán para otro momento? Anteproyectos, proyectos, borradores, investigaciones, estudios y minutas fueron haciéndose presente marcando fechas, nombres de personas y desempeños laborales. Rescaté materiales que ya había olvidado y llené bolsas y bolsas de papel rasgado. Esta vez la sorpresa me la dieron los números. Llegaron a la escena presupuestos y relaciones de costos y gastos que me produjeron estupor y risa; nada que ver con las cifras actuales. Fueron directo a la basura sin ningún prurito. Aparecieron documentos extraviados que cuando se necesitaron me produjeron más de un dolor de cabeza; se mudaron inexplicablemente a otro lugar. Supongo que luego de esta poda ahora mis papeles se acogen a un nuevo orden.

Días después le correspondió el turno a las viejas agendas y directorios Entré en una especie de máquina del tiempo. Sabía de antemano que debía desechar kilos de celulosa que ya no tenían sentido. No aguanté la tentación de revisar las agendas y fue como pasar una película. Allí no solamente estaban anotadas reuniones, cumpleaños, recordatorios, citas médicas sino también eventos que no pueden ser olvidados. Contradiciendo mi tendencia a preservar la memoria, concluí que a nadie, que no sean las polillas, le va a interesar saber cuándo fui a una boda, a un reencuentro, a un viaje o al odontólogo. Y así las agendas se fueron a engrosar el vientre de las bolsas de basura. Anaqueles, estantes y gavetas respiraron aires y silencios a sus anchas.

Me quedaba el último tramo de mi periplo: los directorios. La máquina del tiempo esta vez se tragó todo a su paso. Mi terca insistencia de seguir hojeando me enfrentó a un mundo desvanecido. Nombres recordados, nombres olvidados, códigos telefónicos inexistentes, zonas postales que pertenecen a la prehistoria de las comunicaciones, direcciones electrónicas de servidores que desaparecieron, organizaciones, empresas o instituciones que cerraron sus puertas. La terquedad no quería abandonarme y decidí demencialmente que algún dato podía ser rescatado, entonces comencé a tachar los nombres de amigos y conocidos que han muerto y de muchos otros que se han ido del país. A medida que iba haciendo consciente las ausencias se me iba acelerando el corazón. A la soledad silenciosa de anaqueles, estantes y gavetas se sumó una extraña sensación de despoblamiento. Abrí un directorio de sobrevivientes. En manuscrito. No quise pasar los nombres a la computadora porque sigo siendo amante del papel.

Hay una nube que hoy guarda la información infinita, la de nosotros, la de otros, la del universo entero. Se puede tener y leer una biblioteca de miles de libros en un dispositivo minúsculo. Las agendas, minutas y recordatorios se almacenan en los celulares. Los archivos son digitales, multimedias y virtuales, no se extravían y son inmortales. Pero, a quienes nacimos y crecimos entre libros, archivos y directorios de papel nos reta el desafío de reaprender el mundo. Tengo toda la disposición e interés para hacerlo pero seguiré siendo de papel, amando el papel, guardando el papel.

*Rosario Anzola, narradora, ensayista, poeta, especializada en literatura infantil, con una amplia obra publicada, ha recibido numerosos reconocimientos. Directora  del Círculo de Escritores de Venezuela

Fuente: Diario El Universal

Comparte esto:

Ana Luia Ces: Mi Caracas bonita. Los buenos somos más

Por Ana Luisa Ces

En el letargo de extraordinaria tranquilidad de una ciudad, que siempre se movió en combustiones veloces, es muy raro todo… el demasiado silencio, la incertidumbre política, económica y social, el tráfico fluido de los vehículos, las tiendas cerradas o con poca mercancía, el clima demasiado frío y un sinfín de rarismos que nos han acompañado estas navidades y el arranque de año. En ella parecen surgir los sentimientos más sensibles. No teniendo lo material no quedan más que los afectos.

Tengo unos años viviendo en una callecita donde proliferan los indigentes que cuidan carros, que martillan dinero y comida a cambio de limpiarte los vidrios o el carro, o los que solo deambulan. Eso ya lo he contado muchas veces. El 24, cuando partía a la reunión familiar, hice fajitos de dinero para darles a los que me encontrara camino a buscar el carro. En la puerta del edificio tenía a dos que están casi todos los días y con los que suelo detenerme para escucharles los cuentos… oírlos es algo que he entendido que necesitan mucho, como los niños que cuentan lo que les pasó en la escuela.

Les doy su propina navideña y con cariño les digo que se porten bien, que Dios los bendiga y que se la pasen lo mejor que puedan. A cada expresión decían “gracias”. Al final uno de ellos se aproximó y me dio un abrazo… Cruzar esa enorme barrera que los dos sabemos que nos separan, que fuera él quien respetuosamente tomara la iniciativa, con cara de niño bueno y agradecido, solo me habla de que vivimos un momento-país muy diferente.

Luego, regresando el 25 en la noche, en medio de la calle oscura venía con los brazos abiertos, sonreído, y llamándome “princeeeesa” como quien ve a su amiga del alma, el que lanza besitos con la punta de los dedos. También se aproximó y también me dio un abrazo. Son de esos abrazos que se dan con cariño y un respeto inmenso.

En todos estos años es la primera vez que eso sucede. Quizás porque, incluso con lo frágil que pueden resultar esas relaciones, el saludo constante y el trato respetuoso los hace a ellos dignos. Y porque, ante la escasez de todo, lo que prevalece y fortalece es el afecto.

Atesoro, con extraordinaria alegría y ternura, ese par de abrazos que el Niño Jesús me trajo de regalo esta navidad, en #MiCaracasBonita donde #LosBuenosSomosMas (y los que no quizás necesiten uno).

Que este 2017 sea muy bueno y nos permita a todos ser mejores e inspirar a otros a serlo.

Comparte esto:

LA MIRADA EN EL LIBRO. LECTURAS RECOMENDADAS Enero 2017

Por Carmen Cristina Wolf

Poemas, Emily Dickinson. Tusquets Editores, primera edición 1985, Barcelona, España

Emily Dickinon nació en Massachusets (1830-1886), es una de las poetas más importantes de habla inglesa. Escribió casi 1800 poemas, de los cuales fueron publicados apenas una docena, alterados por los editores para adaptarlos a los usos poéticos de su época. Su traductora Silvina Ocampo respeta los signos de puntuación y logra una traducción literal maravillosa, que no trata de “embellecer” los versos.

Dickinson no escribía para deslumbrar a nadie, ponerse de moda ni obtener algún premio. No se exhibió en los salones. Su ars poética deviene atravesada por una fina agudeza y un sentido del humor a veces irónico y rebelde ante una cultura que menospreciaba a las mujeres y ante los convencionalismos de la estricta sociedad de su época. El libro lleva un prefacio de Jorge Luis Borges, quien escribe:No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esa mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo […] Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor”. Después de su muerte, su hermana encontró en sus cajones más de mil hojas manuscritas. Lo que hace excepcional este libro publicado por Tusquets, es el hecho de encontrar un poeta traducido por otro poeta de un modo impecable. Estoy convencida de que el traductor de poesía necesariamente debe ser poeta.

Así dice uno de sus poemas: Hay una palabra / que lleva una espada / puede atravesar a un hombre armado _ / arroja sus barbadas sílabas / y enmudece de nuevo / pero donde cayó / los que se salvan dirán / en un patriótico día / que algún hermano con charreteras / entregó su alma […]

Los poemas de Dickinson rompen con las normas de escritura poética de sus contemporáneos, son de versos cortos e irregulares escritos con aparente jovialidad y sencillez, con un desprecio casi absoluto por las reglas de la gramática. Se centra en temas metafísicos como la muerte y la inmortalidad, y en la observación de la naturaleza y temas cotidianos. Dickinson ha sido una influencia importante en la poesía contemporánea.

Recomiendo también la traducción de Hernán Vargascarreño que lleva por título Quién mora en estas oscuridades? Poesía Emily Dickinson, publicado por Ediciones Exilio, Bogotá.

& & &

Ontología del Lenguaje. Autor: Rafael Echeverría. Dolmen Ediciones, Cuarta edición, Chile 1997

El lenguaje crea y re-crea realidades. Las personas se inventan y se transforman de acuerdo al lenguaje que usan y escuchan. La ontología del lenguaje representa un esfuerzo por ofrecer una nueva interpretación del sentido de lo humano. Su autor reconoce que su inquietud principal proviene del ámbito de la ética. Y ello lo lanza en la dirección de lo que él define como el problema del sentido de la vida. Su planteamiento esencial es que los seres humanos somos seres lingüisticos. Por supuesto, el lenguaje no agota la multidimensionalidad del ser humano, sus emociones, el comportamiento del cuerpo, etcétera. Sin embargo, su comprensión requiere del lenguaje que no solo explica la realidad sino que la edifica.

Recomiendo este libro a las personas interesadas en el fenómeno humano desde cualquier disciplina, ya que no es un conjunto de conceptos alejados de la cotidianidad, sino que ofrece conocimientos y herramientas para la comunicación asertiva y comprensión de los cambios de la sociedad en la que estamos inmersos. Como lo son, por ejemplo, conocer los “actos lingüísticos básicos” y sus consecuencias, tales como las afirmaciones, declaraciones, juicios, peticiones y promesas; el poder de las conversaciones y los estados emocionales básicos. El último capítulo se refiere al lenguaje del poder, la seducción e influencia que ejerce la autoridad en nuestras vidas. Y lo que Rafael Echeverría llama la “política del alma”, la política como ejercicio de la libertad y como el arte de lo posible.

Considerar nuestra existencia como una obra de arte tal vez nos proporcione un magnífico reto para ser mejores personas ante nosotros mismos y para aquellos que nos rodean.

& & &

Una alemana en el Caribe. Autora: Marisol Marrero. Edición del autor en Amazon

Enlace universal: rxe.me/SQI3SS

La novelista y poeta venezolana Marisol Marrero inicia el relato de esta novela con una mujer pionera, propietaria de una casona vieja situada en la Colonia Tovar en Venezuela. El diario encontrado por esta nos conduce a un mundo de emociones, sentimientos, personajes originalísimos, misterio y erotismo. La investigación, documentación y la excelente escritura de la autora nos permite adentrarnos en los estados anímicos de los personajes y en las vivencias de un pueblo que nace a mediados del siglo XIX en una aldea montañosa habitada por alemanes que llegaron a instancias del gobierno para poblar y dedicarse a la agricultura y otras empresas que han sido útiles en el desarrollo del país. La novela relata el nacimiento y formación de la Colonia Tovar, situada en las altas montañas de la costa del Caribe.
Marisol Marrero fusionó en una sola novela la saga de tres libros de su autoría: “Lotte Von Indien, la Coloniera de Tovar”, “Niebla de pasiones”, publicada por Planeta y “Rosas y duraznos”, que se encuentran en las librerías.
Enlace universal en Amazon: rxe.me/SQI3SS

Comparte esto:

Enrique Viloria Vera: Mirada y escritura

 

Por Enrique Gracia Trinidad

De la amurallada Ávila a la dorada Salamanca hay exactamente 111 kilómetros por autopista (número mágico como puede verse), algo más si se marcha por lo viejos caminos del siglo XV que recorriera Alonso Fernández de Madrigal, alias «El Tostado» o «El abulense».

Dirás, amable lector, que a qué viene todo esto; pues ya sabes: a la asociación de ideas que a cualquier escritor se nos viene a la cabeza sin que haya trabajo previo de caletre.

Resulta que cada vez que pienso en Enrique Viloria Vera, me viene a las mientes este Fernández de Madrigal, que empezó siendo estudiante en Salamanca y terminó como obispo de Ávila. No porque el Caraqueño Viloria siga esos caminos, que anda más bien al revés, recalando en su madurez en la Ciudad del Tormes, sino por la condición de escritor todoterreno de ambos. Si sobre el polígrafo del siglo XV se acuñó en la Vieja Castilla la frase «escribir más que El Tostado», otro tanto podríamos decir de nuestro caraqueño Viloria Vera, en los últimos tiempos afincado en Salamanca, cercano a su prestigiosa universidad en la que fue alumno y profesor el tal Fernández. Enrique Viloria Vera, en suma, ha escrito y sigue escribiendo «más que El Tostado», dicho sea, con agradecimiento porque es siempre un gozo leerlo y además altamente provechoso.

Adelanta el autor en su breve introducción que este volumen forma parte —y al ser la tercera, cierra— de una trilogía que empezó a punto de terminar el pasado siglo con «Comarcas del ojo», continuó en 2010 con «Predios de la mirada» y remata con este «Territorio de la pupila». Acépteseme la broma si digo que ante la designación de «comarcas», «predios» y «territorio», junto al «ojo», la «mirada» y la «pupila», los que gustamos de la pluma eficaz, fluida y certera de Viloria, estemos deseando que la trilogía se resuelva en tetralogía y aún vaya incluso más allá. Aún le quedan títulos que cumplir con más excelentes miradas de las suyas. Sugerimos Provincias del iris, Barrios de la retina o Avenidas del cristalino.

Hablando de mirar, que como se sabe es el aspecto más voluntarioso de ver, entiendo que esa es realmente la sustancia de este libro, de casi toda la ingente obra de este autor infatigable: la mirada. Resulta fascinante —ojalá coincidas, lector, conmigo—, la forma de mirar de este escritor de auténticas hechuras. Es como si la condición de espectador impenitente formase parte de su ADN o como si, de chico, le hubieran indicado «tú fíjate mucho en todo, que todo es importante», y eso le hubiera inyectado en vena la condición de escritor ya para siempre, de analista de la realidad, de captador de imágenes de todo tipo, de observador del mundo; que no es otra la condición del auténtico escritor.

Su autor, cumple en este libro la antedicha condición de polígrafo esmerado y acumula ensayos, artículos y poemas escritos en los últimos tiempos. Lo hace, además, de una manera generosa puesto que suele utilizar gran cantidad de textos de los autores que reseña y celebra.

Desde el roterdamés Erasmo al abulense Muñoz Quirós, si de escritores hablamos, pasando por el filósofo científico Lennox o los poetas Martí y Pulido. Desde las aves que pueblan los papeles del pintor salmantino Miguel Elías hasta los colores viajeros del también charro Manuel Gutiérrez. Nada escapa al análisis intenso, al comentario amable, a las palabras veraces y emocionales de Viloria Vera. Literatura, arte, política, costumbres, religión, viajes, visiones, complicidades, identidades patrias, observaciones en detalle y visiones panorámicas, todo entra en este y en los otros muchos libros de este personaje nacido para las letras en su sentido más amplio y más rotundo.

Cuando lo conocí en Madrid, al mismo tiempo que el poeta y profesor López Rueda — él lo recuerda en el epílogo de este libro—, eran días de trasiego navideño y ni siquiera sospeché entonces que nos uniría ya para siempre una hermandad personal y literaria. Aquel Madrid de las Letras donde tantos escritores deambularon desde los siglos de oro hasta la actualidad eran el marco perfecto para que Enrique Viloria se sintiese como en su casa. Lorca y Calderón, Lope y Alfonso X el Sabio, Cervantes y Quevedo, Góngora y Bécquer, Valle-Inclán, Pérez Galdós y tantos otros que por allí circularon y andan en estatuas y fachadas, me preguntan cada vez que paso por la zona dónde está el amigo Viloria. Siempre les respondo que en Caracas o en Salamanca. Me preguntan ¿qué hace? y mi respuesta siempre es la misma: escribiendo sin parar, haciendo amigos, preparando proyectos, inventando historias, leyendo sin parar, concibiendo poemas…

Y todos esos habitantes del Parnaso me dan recuerdos para él y me dicen que no se olvide de venir a verlos; para ellos es un camarada, un cómplice, un colega aventajado, un escritor en lengua castellana de auténtica raza.

Siempre coincido con ellos y siempre deseo encontrarme con mi tocayo Enrique Viloria Vera, sea en una lectura literaria, en una tertulia de amigos o delante de un chocolate con churros en las tripas del viejo Madrid. Lo que sea con tal de disfrutar de su sabiduría y su desbordante personalidad.

Te aviso, lector: cuando leas este libro te va a pasar lo mismo, quedarás, como se dice, enganchado, y ya formarás parte de todos esos amigos que estamos deseando siempre volver una y otra vez a sus páginas. No podrás escaparte. Este escritor es una autopista de literatura por la que da gusto circular sin frenos. Pisa el acelerador y déjate llevar.

Enrique Gracia Trinidad. Poeta epañol, editor, artista plástico. Con numerosos premios y reconocimiento por su vasta obra publicada, recibió la Medalla Internacional Vicente Gerbasi otorgada por el Círculo de Escritores de Venezuela.

Comparte esto:

Alberto Hernández: Anarquismo de carne en vara

Crónicas del Olvido

En el tono de Luis Castro Leiva

ANARQUISMO DE CARNE EN VARA”

-Alberto Hernández-


I
Los lugares comunes se han entronizado en este pobre país, el mismo que dijera el poeta Valera Mora al referirse a nuestra pobre canción de 1811. Los lugares comunes cabalgan en el lomo de los que repiten en descargo de sus culpas, de los demonios que perturban el sueño y la ansiada tranquilidad, perdida por alcanzar un status quebrantable, un rostro lavado con el detergente de la adulancia y la amargura.
Las palabras del doctor Luis Castro Leiva, pronunciadas el 23 de enero de 1998, reeditan la angustia de los venezolanos que entendimos, hace ya muchos años, que lo que decía el filósofo profesor universitario sería un destino calcado por el lugar común, el mismo que nos marcó para siempre por mano de Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez y luego cuatro décadas de descuido partidista y ciudadano.
Los lugares comunes, los extraídos de los cuarteles, de la boca de un pez que escupe el agua sin darse cuenta de las llagas que muestra el cuerpo de la República, hoy aturdida, amenazada, cuestionada por su propia arrogancia. Los lugares comunes, los aspavientos de civiles que aprendieron en la cartilla militar la hueca resonancia del miedo. Los lugares comunes, esos que atienden a ese “anarquismo de carne en vara” que dijera Castro Leiva en su famoso discurso del año 98, un poco antes de comenzar a sentir la destemplanza de una demencia a punto de conducirnos al destierro, a la cárcel o a la muerte, si recitamos la consigna cubana instalada en la puerta de los cuarteles venezolanos. Ese “anarquismo de carne en vara” es la propuesta del llamado parlamentarismo y asambleísmo de calle, que como dijo Castro Leiva precisa de una loncherita, una vianda para regocijar el acratismo bajo una mata de mango, a la luz de un sol declinante. Y mientras el lugar común se refocila en el espíritu de algunos periodistas, alabarderos de las marchas militares, de una dirigencia que comió de la mano de una república hoy pasada por aceite hirviente, de una militancia que se vaciló a AD, COPEI y el MAS, sobadora del ego presidencial, los que nos alejamos del barranco sabemos que nos tocará también limpiar nuestras culpas, nuestros olvidos y vanidades, porque así nos lo tiene jurado el verbo tonante del que hablaba sin parar y ahora del que para sin hablar, un tonto de capirote, extranjero y poco claro de ideas.


II
Sin dejar de sentir que ese olvido nos sigue persiguiendo, la fiesta que consumimos a diario nos reclama no bajar la guardia, no perder el ritmo cardíaco de la democracia que anhelamos. No se trata de confiscar el pasado y colocarle velas, adornos e incienso. El pasado, pasado es. Y aunque somos el bagazo del pasado, debemos aliviar su carga para hacernos el presente/ futuro. La anarquía que nos somete, la que impulsa Miraflores con la fuerza de las amenazas, es la misma de Zamora y sus acólitos, aquella superada presencia temporal. Nos queda revertir el libertinaje, no esconder la cabeza para lo que viene –no sabemos qué es, de allí el temor- nos tome de sorpresa. 
Los adulantes, los que escriben los panegíricos del poder, son los mismos de Gómez, Guzmán, Pérez Jiménez. Son los mismos con los mismos apellidos. La carga de nuestro ADN político comporta una maldición. De allí el lugar común de los auspiciantes del despotismo, de un totalitarismo que se muestra como salvación, a través de un mesías hablachento o bigotudo a lo Hitler, dislocado históricamente, aislado y corrompido por el ego más grande que se haya visto en este país. De allí la “anarquía de carne en vara” que sentimos en las calles, en los poderes amarrados por una sola mano, en el discurso de los que rasguñan la sintaxis de la adoración.


III
Oigo con frecuencia el discurso de Castro Leiva. Repuesto hace poco en televisión, sentí de nuevo el escozor del miedo que recorre nuestras calles. Siento la pobreza de los lugares comunes en la miseria de quienes reconocen estar colgados de las polainas de un sujeto que se dice parte del Antiguo Testamento y se regodea en las palabras de Simón Bolívar, Fidel Castro, Sai Baba o el Negro Felipe. Oigo y leo con frecuencia a quienes sonríen sin enterarse que mañana podrían llorar en nombre de sus hijos y nietos, porque no se trata de regresar al ritornello discursivo de aquella izquierda que se quedó calcificada en los huesos de muchos, la mayoría oportunistas luego de haber pasado por el filtro del MAS y por los torniquetes de AD y COPEI. Los que viven pegados de la ubre del estado, los que siempre lo hicieron y hasta naufragaron en pequeños y grandes delitos, tan olvidados por la moral y la ley, que los hicieron crecer en fama en las universidades, pedagógicos, esquinas y bares de ésta u otras ciudades del país.
Esos lugares comunes, propios de quienes doblan la cabeza frente a una gorra, un quepis o unas botas bien lustradas, conforman la tragedia griega de esta nacionalidad que nos acosa y hasta nos ha convertido en traidores en la boca de los dueños de esta “verdad” convertida en otro lugar común.
Ojalá estos “lugarcomunistas” puedan acceder a la lectura de Castro Leiva, a la lectura de aquel miedo que una vez derrotaron nuestros abuelos, nuestros muertos lucientes, siempre en cada letra que pronunciamos.

 

Alberto Hernández, poeta, narrador y ensayista venezolano

Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela

adezgalina@gmail.com

Facebook: Alberto Hernandez

Comparte esto:

Ana Teresa Torres: Palabras para el Día del Escritor

Palabras para el día del escritor, Círculo de Escritores.

Caracas, Sala Cabrujas, 26 de noviembre, 2016.

Ana Teresa Torres

¿Qué puede decirse sobre la literatura, me pregunto, en medio de un secuestro que nos obliga a todos, sean cuales fuesen nuestras opiniones y sentimientos con respecto al destino del país, a vivir permanentemente sometidos al seguimiento de lo que acontece? Probablemente, pienso, esta escena en la que somos actores hoy les parecerá a muchos una suerte de evasión o de aislamiento de la “realidad nacional” –por llamar de alguna manera a nuestro secuestrador–, e incluso no descarto que alguno nos tomara por locos. La dificultad que me sobreviene no es la de la página en blanco, sino muy al contrario, la de la página demasiado llena de preocupaciones legítimas pero enemigas en ese momento de mi propia posibilidad de ser y hablar como escritora venezolana, que es finalmente la identidad por la cual estoy aquí y la razón que justifica esta invitación tan honrosa. No les oculto que desde hace un tiempo ya demasiado largo vengo experimentado que mi página está tan abarrotada de “realidad nacional” que no logro imponerme a ella, y a pesar de ella escribir acerca de mi propia realidad, o como quiera llamarse eso de lo cual se escribe. Y esta lucha por zafarme del secuestro es lo que me parece guía estas consideraciones. El combate por resistir la tentación que me hubiera llevado a interrumpir su escritura. Pero todos aquí estamos en el mismo saco, todos allí aquí somos resistentes del secuestro y eso nos une. Hablemos, pues, de literatura.

Un tiempo como el que vivimos, si bien para el acto material de la escritura es profundamente perturbador, es también un tiempo fecundo. No quiero decir que sea un productor de temas, sino un generador de conciencia de la literatura. Y quisiera hacer aquí un recordatorio de Imre Kertész que para sorpresa de muchos –y probablemente de él mismo– ganó el Premio Nobel en 2002. Kertész escribió durante más de treinta años una obra literaria totalmente desconocida, pero no sólo internacionalmente sino dentro de su propio país, Hungría, en donde vivía un secuestro incomparablemente más empecinado y cruel. Salió por primera vez de su país cuando tenía unos sesenta años. En su memoria “El otro, crónica de una metamorfosis” leemos su resistencia como escritor, para mantener por sobre todas las cosas su identidad de tal, escribiendo en un idioma que difícilmente puede ser leído fuera de sus fronteras, y sin ser leído dentro de ellas. Lo que he encontrado en el caso Kertész es una respuesta, o al menos una referencia por el lado del camino interior que me consuela en la experiencia de haber comprobado en vivo que de pronto la identidad de escritor sea tan frágil que pueda desvanecerse en medio de la atronadora voz del discurso del poder.

Ni los escritores –ni los críticos, los investigadores y docentes– debemos avergonzarnos de una condición que es consecuencia inmediata de nuestra identidad y de nuestro trabajo: el hecho evidente de que no podemos, en tanto tales, surgir a la palestra con una solución a cualquiera de los problemas del país, ni tenemos ni tendremos jamás una voz que se eleve en medio de una historia dominada por la pasión de poder, como creo que es la nuestra. El poder no es necesariamente nuestro enemigo, pero con seguridad nunca es nuestro aliado. Los escritores que han sucumbido a la tentación del poder han terminado por dañar su escritura, o lo que es peor, su conciencia. La escritura es lo contrario del poder. O si se quiere dicho de otro modo, no se puede escribir desde el poder. El poder es ese ciego, certero y sólido monstruo, amo del corazón de los hombres y que solamente es dominable, custodiable, amansable, en aquellas sociedades lo suficientemente inteligentes para reconocer su voracidad, que no es nuestro caso. El poder en Venezuela es ubicuo, crónico, tan presente como el sol que encandila los ojos acostumbrados a un mismo paisaje que apenas si lo vemos salvo cuando algunos momentos de la historia lo quieren así, y me pregunto si la débil presencia de la literatura, y de la cultura en general, no tendrá que ver con el hecho de que son acciones que generan en nuestra sociedad muy escaso poder. O en todo caso, poder de camarilla, pero no el poder duro, poder de verdad verdad. Y probablemente nosotros, me refiero a estos extravagantes personajes que somos los reunidos hoy aquí, lo sabemos y lo hemos sabido siempre. Y eso nos avergüenza, nos debilita, nos arrincona. Quizá también la diferencia entre la cultura y la barbarie sea precisamente el lugar que se le da a lo que no genera poder. Pero, volviendo a Kertész, me preguntaba cómo este hombre pudo resistir años construyendo una obra a contra marcha de la sociedad asfixiante en la que vivía, rechazado por las editoriales, silenciado por el poder totalitario. Creyó consistentemente en la importancia ineludible para él de ser alguien que escribe. Creyó en la escritura como el soporte indispensable de su supervivencia.

Pero hablemos de nosotros. Partir de algún punto que ordene el transcurso de estos años, me digo, para pensar el tiempo que he sentido a veces vertiginosamente escandaloso y otras discurriendo en la reiteración de situaciones, discursos, incidentes. Un tiempo abrumador en el que con frecuencia me encuentro desorientada sin poder precisar la ocurrencia de tal o cual suceso. Un tiempo detenido en los rituales de la confrontación política, distorsionado en pensamientos y actos gobernados por la convulsión. Un tiempo abarrotado de acontecimientos que se han acumulado como una quincalla en la que cuesta distinguir lo principal de lo accesorio, lo efímero de lo permanente, lo propio de lo ajeno. Un tiempo de escritura a saltos y sobresaltos por donde la literatura ha proseguido su silenciosa marcha, y los escritores, a pesar de la furia de la historia, hemos continuado ejerciendo el oficio, desafiando el riesgo de que se nos vuelva irrelevante (en varias ocasiones le escuché a Michaelle Ascencio su lucha contra el sentido de banalidad que la invadía al trabajar en una novela cuya protagonista pertenece al siglo XIX). Y sin embargo, allí está la clave. En el registro personal que cada quien habrá consignado de esta encrucijada en medio de la cual vive Venezuela desde el fin del siglo XX.

No hay separación aséptica entre lo que ocurre allí, fuera de mí, en el mundo del poder, y mi propia vida. No es (no ha sido) una época de torres de marfil, si es que en algún momento esos recintos han existido. No hemos sufrido tampoco el volcamiento en la tragedia del país aceptando una suerte de abandono sacrificial de lo que para el escritor es más amado. Hemos vivido y escrito en el país, del país, sin el país, con el país. Ha corrido un tiempo que nos ha obligado a todas estas contradicciones, vericuetos, incertidumbres, y así hemos construido (construimos) una experiencia única, que no del todo podemos clasificar en algún memorable de lo sucedido en otras lugares. No hay duda. El paisaje ha cambiado. Definir el destino de sus transformaciones resulta prematuro, apenas si comenzamos a divisar un conjunto diferente, pero todavía amorfo, incipiente, no sabemos si efímero. Intentemos palpar sus contornos.

Se ha publicado mucho en estos años. La mayoría de los títulos van por el ensayo, periodismo, historia, estudios sociales y económicos, análisis políticos y jurídicos, entrevistas; y últimamente ha surgido con mucha fuerza la crónica, como testimonio de lo que ocurre y lo que se vive. También las invitaciones para presentaciones de libros literarios son constantes. Antes tenían el carácter de reuniones de secta o de amigos del autor, ahora los asistentes son frecuentemente multifacéticos. Personas antes ajenas al movimiento literario se han aproximado, al menos con curiosidad, a los encuentros de escritores convocados desde distintas instancias. Sobre las mesas de las librerías reposa una considerable cantidad de libros de autores venezolanos. Las librerías son parte activa dentro del estímulo promocional de los libros nacionales; tiempo atrás -con las excepciones de rigor- eran reacias para aceptarlos en los anaqueles. Hoy el libro venezolano, literario o no, comienza a ser apetecible como consecuencia del control de cambio que ha encarecido o imposibilitado la importación, pero también por una necesidad de comprender qué pensamos de nosotros mismos.

En una intervención de hace muchos años, durante la Feria del Libro de Caracas, aproveché para exponer algunas consideraciones acerca de la conciencia del escritor y de su lugar en Venezuela. Me parecía entonces –y creo que mantendría mi parecer- que la intervención del Estado en la cultura, y por ende, en la literatura, había generado efectos benéficos en la medida en que se recibieron recursos sin precedentes que permitieron crear una importante infraestructura cultural en todas las áreas; pero también efectos perversos, en tanto se produjo una suerte de paralelismo entre el sector cultural y el resto de la sociedad. Veo ahora con claridad lo que en aquel momento apenas intuía: “El sostenimiento, preservación y circulación de nuestro patrimonio literario exigirá una decidida voluntad porque quizás no contará con otro recurso que el de nuestra inteligencia”. Y ciertamente, cuando los escritores comprendimos que ya el Estado no nos patrocinaba, o ya no queríamos que lo hiciera, comenzaron a multiplicarse las iniciativas privadas. Yo veo con maravillado asombro cómo nacen nuevos sellos editoriales y como se anuncian títulos en los más diversos géneros, y dando voz a viejos y nuevos autores. No podemos hacer vaticinios, pero lo que sin duda es un hecho es comprobar y celebrar su existencia, ser testigos de que los escritores venezolanos y los editores no se amilanaron ante las circunstancias adversas, y por el contrario buscaron y produjeron soluciones. Cuál será el destino de muchos de ellos, no lo sabemos. Resistirán la situación económica o morirán en el intento. Por el momento parecería suficiente afirmar que resistimos y sigamos haciéndolo.

La poesía, sin duda, ha tenido un papel fundamental. Cuantos poemarios no se vienen publicando, así como recitales, jammings, presentaciones. La resistencia ha sido activa, en defensa de nuestros valores democráticos, de libertad, de cultura ilustrada. Todo lo que hemos venido haciendo, escribir, leer, reunirnos, existir juntos, en suma, es una forma de lucha y sin duda que la persistencia del Círculo de Escritores es un magnífico ejemplo a seguir. Cuando más adelante los reseñadores de la literatura hagan el recuento de este tiempo no tengo ninguna duda de que la presencia constante de los escritores ocupara un lugar muy claro en su trabajo, a veces silencioso, de mantenerse en pie y continuar la tradición literaria venezolana, una de las más ricas de la lengua, aunque algunos no lo sepan.

Palabras pronunciadas por la escritora venezolana Ana Teresa Torres, en la celebración del Día del Escritor, evento organizado por el Círculo de Escritores de Venezuela el día 27 de noviembre de 2016

Comparte esto:

Día del Escritor; Palabras de Edgar Vidaurre Miranda

Edgar Vidaurre Miranda

Toda la oscuridad en el mundo, no podrá jamás

con la sola luz de una vela..

San Francisco de Asis – Las Florecillas

Gracia y benignidad para todos

Por motivos personales no estoy ahora presente con ustedes en esta fecha tan importante en la cual celebramos el día del escritor, que signa para nosotros los escritores venezolanos el natalicio de Don Andrés Bello, por lo que he rogado a nuestra querida Carmen Cristina Wolf, les lea estas cortas palabras de saludo y sobre todo de esperanza.

Digo esperanza pues Venezuela está hoy viviendo momentos de oscuridad, momentos en donde el odio, la exclusión y la intolerancia, han permeado el corazón mismo de la sociedad y a veces nuestro propio e individual corazón. Son precisamente estos los motivos para haber hecho este corto viaje que me impide hoy estar con ustedes, y así peregrinar para encontrar mi centro, mi núcleo anímico, la razón necesaria y el sentido para resistir y trascender la situacion que hoy todos los venezolanos (menos aquellos que ocupan el poder, cualquiera sea su advocacion) padecemos, no sólo en los aspectos económicos, sino en nuestros valores sociales, familiares y personales..

El corazón de este viaje es la ciudad de Assisi, lugar en donde floreció sobre el año 1300 y justamente a raíz de un proceso de crisis, la que sin duda alguna fue la primera obra escrita en el idioma italiano, lengua recién nacida para ese momento y la más reciente de todas las lenguas romances: me refiero a las pequenas y dulces «Fioretti» de San Francisco. A partir de ese evento y de esa eclosión extraodinaria, surgieron, casi de inmediato, poetas como el Dante, Petrarca, Gaspara Stampa, Vittoria Colonna (sin olvidarnos de los sonetos de Miguel Angel) hasta llegar a esos maravillosos poetas como lo son Ungaretti, Montale, Quasimodo, Pavese o Antonia Pozzi. A esto habría que sumarle los grandes narradores en esa lengua como lo fueron en sus inicios, Boccacio, Maquiavelo, hasta llegar a los maravillosos Papini, Carducci, Deledda, Dario Fo, Pirandelo, Malaparte y otros tantos.

Aunque casi todos estos escritores en algún momento de su vida tuvieron que rebelarse contra los regimenes que los gobernaban, y en algunos casos provocaron las transiciones de sus sociedades hacia la luz, el caso de San Francisco es un hito incontrovertible dentro del fenómeno literario. En su revolución espiritual, Italia se encontraba en plena tensión y en guerras intestinas entre los nobles y los burgueses, entre los burgueses y los pobres, entre los pobres y los nobles. A su vez otros reinos de Europa mantenían entre sí guerras interminables, algunas incluso (o casi todas) promovidas por la Santa Madre Iglesia. Se estaban gestando y produciendo las grandes guerras religiosas y las cruzadas, siendo que todos los valores espirituales del hombre habían sido raptados y secuestrados por los poderes encarnados en los reinados y principados, utilizando estos mismos valores como estandartes para totalizar y ejercer el poder, dividiendo y destrozando el tejido de las sociedades a través de la instalación del odio, la exclusión y la intolerancia.

No es nuevo pues el sufrimiento de las sociedades por parte de regímenes que ellas mismas se han impuesto por la falta de conciencIa colectiva o por el olvido de ese procesos histórico por parte de las nuevas generaciones. Y para eso son precisamente los artistas y los escritores. Para registrar la tensión perpetua entre la luz la sombra, para armonizarla, matizarla y dejar la evidencia de lo que puede hacer el mal a fin de que las generaciones futuras nunca lo olviden.

Creo profundamente que la crisis que en estos momentos vivimos los venezolanos, nos debe transformar en el entendimiento de los valores más esenciales y poder así revocar nuestras circunstancias. Que esta generación de escritores que hoy estamos sentados aqui celebrando el día del escritor, somos privilegiados, pues nos toca y nos seguirá tocando por algún tiempo más, llevar la luz, promover la esperanza y mostrar los caminos de retorno al hombre en la mayor inocencia posible, que no es otra que la de la belleza.

Viendo en estos días un cuadro extraordinariamente conmovedor en donde se aprecia la entrada de San francisco descalzo y casi desnudo en la gran sala papal de Roma, contrastando con la magnificencia y riqueza del traje de Inocencio III y el lujo extremo y exuberante del salón, recordé el diálogo entre ellos, cuando el pobre de Asís, que se llamaba a sí mismo «EL juglar de Dios» le cantó a viva voz sus poemas y canciones, terminando con el cántico de las criaturas y las contundentes verdades del dulce Sermón de la montana mirándoles la cara a todos los cardenales del recinto. En ese justo momento, El Papa no pudo contenerse, se despojó del manto Papal del poder, de sus insignias, y bajando más de 150 escalones para descender hacia donde estaba el santo le respondió: «No es el poder ni la fuerza, ni la guerra quienes preservan al hombre. Esas son mas bien, las causas de su desánimo, de su pérdida de la fe, de la pérdida de la esperanza…hoy tú nos has recordado algo que estaba más atrás y previo al pecado original, que no es otra cosa que la inocencia original.»

Sigamos pues celebrando este día y todos los días encendiendo luces, labrando la esperanza, registrando esta oposición que hoy hacemos a los antivalores que nos gobiernan para que las generaciones futuras nunca olviden, y tengan la certeza que «toda la oscuridad en el mundo, no podrá jamás con la sola luz de una vela…»

Salud

Edgar Vidaurre*

27 de noviebre de 2016

*Poeta, ensayista, editor, Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela

libro-antiguo-y-vela-1

Comparte esto:

Giovanni Bocaccio, por Heberto Gamero Contín

La FAEC enseña nuevos modos de vida a través de la literaturaHeberto Gamero Contín, el creador y presidente de laFundación Aprende a Escribir un Cuento y ganador del Concurso de cuentos El Nacional (2008) conLos zapatos de mi hermano. Desde 2009, la Fundación Aprende a Escribir un Cuento se dedica a dictar talleres en los que seofrecen técnicas narrativas a jóvenes con inquietudes literarias. La organización busca hacerseespacio en los lugares más pobres de Venezuela para llenarlos de historias y ganas de leer

ESCRITORES INMORTALES
Por Heberto Gamero Contín

Giovanni Boccaccio
Algo le faltaba al genio italiano Giovanni Boccaccio cuando comenzó a escribir, algo que no sabía cómo explicar, que le creaba dudas, que lo hacía sentir inseguro en las largas horas que pasaba frente a su escritorio de Florencia, pluma en mano, mirada ausente, tratando de definir qué era aquello en su escritura que le creaba cierta molestia o qué nueva e incomprensible forma de escribir tocaba a su puerta
sin interpretarla aún, sin percibir su color, su textura, el olor que despedía. Por el momento lo único que advertía es que no le causaba risa lo que dejaba sobre el papel, no había ironía ni ternura ni humanidad, por el contrario, cierta pesadumbre se asomaba a su ánimo cuando ponía fin a cualquiera de sus trabajos: era la primera señal. Influenciado, como la mayoría de los jóvenes más instruidos de la época, por Dante
Alighieri, que roían sobre el purgatorio, el paraíso y el infierno como si otros temas fuesen intrascendentes o no valieran la pena tratarlos, Boccaccio en cambio estaba más interesado en el aquí y en el ahora, en lo terrenal. Sin embargo los asuntos del más allá también lo inquietaban y la admiración que sentía por su predecesor quedó demostrada al escribir una biografía, la Vida de Dante, de gran relevancia, pero sin el éxito que esperaba. Podría pensarse que no llegó a interpretar a la Divina Comedia con todo su significado por estar inmerso en su propia comedia humana, la que, a la sazón,
vendría a abrir nuevos caminos en la literatura universal. Su permanente sonrisa no ocultaba un dejo de inquietud. Ese algo desconocido lo llamaba desde el centro de su corazón y sus esfuerzos por descubrirlo parecían perderse en un mar de hojas garabateadas que no terminaba de darle respuesta. Un buen día fijó su atención en el lenguaje utilizado hasta el momento. No se conocía otra forma, así se escribía, esa era la manera de decir las cosas sobre el papel, exaltando las creencias medievales, la
teología y lo divino; mientras Dante había concentrado su obra en los amores espirituales de Beatriz, por ejemplo, ya Boccaccio miraba con agrado el amor material de María. Seguramente fue un claro día de primavera, muy temprano, la llama de la vela ya innecesaria, la ventana abierta, el trino de un ave a lo lejos, un rayo de sol sobre el papel, cuando Boccaccio entendió con satisfecha alegría que era en el lenguaje, en el estilo recargado y arcaico, excesivamente florido, adornado, en el exagerado artificio
literario, donde radicaba toda aquella ansiedad. Su personalidad agradable y bonachona, sencilla, de un jovial humor que a todos contagiaba, contrariaba desde sus raíces toda aquella literatura rimbombante y llena de ornamentos que había conocido y practicado. Quiso estar a la par de sus contemporáneos, escribir como ellos, escarbar en una mina ya explotada que se presumía inacabable, un deseo que lo había convertido en uno más, una repetición de lo ya existente. La prosa docta y pomposa no era ya para el risueño Giovanni, se dijo un día con un grato placer no carente de temor tras la conclusión. Aún así, a gatas por ese camino de evolución literaria del que aún no decidía destetarse, escribió Filococo, novela romántica, larga y aburrida, sin encanto por su exagerada erudición. El escritor no lograba sacar de su pluma al verdadero Boccaccio, se perdía en pretenciosas frases que formaban laberintos interminables.
Citemos un ejemplo. Para describir el amor entre dos jóvenes, escribió: “Seres en la aurora de la vida, que han desplegado las velas en sus mentes vagarosas a las brisas que avientan los áureos abanicos plumíferos del joven hijo de Citerea”. No obstante Filococo fue un éxito, la gente recibió con agrado lo que posteriormente la crítica consideraría el primer intento de novela moderna en la humanidad. Su inquietud persistía aunque aún no era capaz de asirla con firmeza, se le resbalaba entre los dedos como un cuerpo aceitoso… Escribió La Tesaida, poema épico inspirado en La Eneida de Virgilio, con el mismo buen resultado pero una vez más sin esa originalidad que el escritor ansiaba y no se atrevía a exteriorizar… Ya no podía esperar. La inmortalidad lo llamaba. Pero no lo haría de un tirón, sin preparación alguna, lo haría lentamente; el verdadero Boccaccio llegaría a la orilla asegurándose antes de que su embarcación no haría aguas. Así escribió Filóstrato, donde Boccaccio se acerca un poco más a
ser él mismo, a dar rienda suelta a su imaginación, abordando más abiertamente los temas cotidianos, realistas, terrenales y las costumbres de la época. Sus dos personajes, Troilo y Crésida, ofrecen al mundo por vez primera dos formas de pensar diferentes, dos personalidades definidas y modernas, que alejan al escritor de toda aquella grandilocuencia y acercan al lector a personajes como ellos: humanos, creíbles.
Finalmente Giovanni Il Tranquillo parecía haberse encontrado a sí mismo; el filósofo de buen humor, el satírico guasón de permanente sonrisa, daba inicio a un nuevo género en las letras mundiales. Giovanni el poeta va dando paso al Giovanni humanista. Amorosa visión lo adentra un poco más en ese nuevo esquema del realismo y de lo cotidiano, de lo menos pomposo y más natural. Inspirado en un poema de
Dante, se aleja de lo abstracto para cimentarse en lo concreto: “El amor ya no es un pecado; es un gozo”.
Llegó la hora tan esperada. Pasadas todas las pruebas habidas y por haber, finalmente el genio italiano decide ser él mismo en su totalidad y escribe el Decamerón, su propio mundo, su obra maestra, donde los personajes abandonan el existencialismo, la espiritualidad y comienzan a divertirse como cualquier ser humano común y corriente lo haría, actúan con independencia y dicen lo que se les antoja en el lenguaje de todos los días, ven la vida de forma frívola y sincera, no pretenden ni les importa arreglar al
mundo sino vivir y disfrutar despojados de todo fanatismo medieval, cumplen con la máxima que pregonaba el autor: “Vivir y dejar vivir”. Con los cien jocosos cuentos de el Decamerón (diez personajes, diez cuentos cada uno en diez días alejados de la peste) Boccaccio se encontró a sí mismo, enseñó a reír a la gente, a afrontar su dolor pese a las adversidades, humanizó la literatura… ya nada le inquietaba. Todo debe de haber ocurrido un claro día de primavera, alrededor de 1350, muy temprano, la
llama de la vela ya innecesaria, la ventana abierta, el trino de un ave a lo lejos, un rayo de sol sobre el papel…

Comparte esto:

Página – Pantalla

sombras-de-bicicletas

Proyecto Página – Pantalla

Video recital de poesía

El sábado 19 de noviembre se estará realizando el video-recital de poesía del proyecto Página = Pantalla en la Librería Lugar Común de Altamira, en Caracas. El evento consistirá en la proyección de los videos del proyecto audiovisual de poesía, seguido de un recital de poesía de la mano de Virginia Riquelme, Erika Ordosgoitti, Andrea Paola Hernández, Graciela Yáñez Vicentini, y Francisco Catalano.

Página = Pantalla es un proyecto audiovisual producido por Francisco Catalano, con la colaboración de María Ruiz García, en donde se graba para cámara a 12 poetas reconocidos de la generación literaria más emergente de Venezuela. A los nombres dados encima se le suman el de Victor Manuel Pinto, Daniel Oliveros, César Panza, José Delpino, Jairo Rojas Rojas, Natasha Tiniacos y Jesús Montoya.

Este sábado los clips de video serán proyectados por primera vez antes de ser subidos al canal de youtube del proyecto. A continuación los poetas presentes en Caracas leerán poemas suyos y de los otros para los presentes en la librería. El proyecto es una búsqueda de difusión de poesía a través de medios no tradicionales, como el video, para acercar la producción local de poesía a un público más global a través de un medio masivo del siglo XXI como lo es la internet. 

Envía: Graciela Yañez Vicentini. Gracias

Comparte esto: