La Nostalgia en duermevela, porque si el tiempo olvida, la poesía muere

La Nostalgia en duermevela, porque si el tiempo olvida, la poesía muere.

Comentarios al libro Ciudad de Azul y Viento de Lidia Salas

Por: Magaly Salazar Sanabria

El tiempo de la poesía está inmerso en ella, la acompaña por siempre, a menos que el poeta se desprenda de su fardo y la deje morir. Por eso, la nostalgia trae consigo los recuerdos y actúa muchas veces en sentido terapéutico cuando la memoria es indulgente.

La poeta Lidia Salas en su libro Ciudad de Azul y Viento, dedicado a su tierra natal, Barranquilla, recrea los espacios amados, los personajes arropados en los cuidados de su alma, las flores que todavía perfuman los días de su vida, las canciones de los bares, los avatares y murmullos del mar con su puerto de esperanza, adioses, esperas. Así, como el rompecabezas de un mago va apareciendo la ciudad que nos empapa con su salitrosa belleza y querencia. En el poema “Saudade”, el hablante poético sepregunta “¿Cuánto duele el acíbar de tanta lejanía?” respuesta que sólo se escribe en sus versos

La autora no hace un registro de objetos, calles, gente. Ella recorre de nuevo cada rincón con sus misterios, pesares, alegrías, bellezas y va descubriendo en cada uno de estos parajes la inefable certidumbre de lo que vivió y quiere revivir y lo dice en poesía para que su Barranquilla no muera en ella y así dice: “Ciudad donde por vez primera conocí la belleza” para afirmar la frase de Rabindranath Tagore que dice: “La belleza es verdad”

En el poema “Tajamares”, se lee: “ciudad que giras / en las canciones de mi boca.”

Los versos anteriores ratifican lo que hemos sostenido hasta ahora. El recuerdo tiene mayor filiación con el corazón que con la mente y es a través de la palabra como, Lidia Salas, demiurga de la poesía, da rienda suelta a sus encantamientos para manifestar, en un bello cosmos poético, a su ciudad natal. Y podemos afirmar que, a pesar de los recursos poéticos, hay elementos vitales que conforman su experiencia del adentro y del afuera de la ciudad, que nos acerca cada vez más a Barranquilla.

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Ese cosmos esconde los fragores nocturnos y eróticos de los marineros, de los amantes, del amor a los padres, a los amigos y la madeja del amor se va estrechando hasta transformarse en un hilo conductor que atraviesa todo el andar de Ciudad de Azul y Viento, convirtiéndolo en un poemario de amor y de reflexión. En el poema “El estropicio” dice: “Un día somos y el torrente del tiempo / nos lleva y nos devuelve/ al verdín de las acequias/ a muros carcomidos por la ausencia…”

Todos los sentimientos afloran envueltos en el lenguaje musical de la tierra. La naturaleza está presente y comparte con nosotros sus misterios y deslumbramientos. Naturaleza mitificada por las querencias de la lejanía. No es un paisaje simple, es la búsqueda de las mieles y el acíbar, de los ángeles y los demonios de cada rincón, de cada calle. El poema “El miedo” anuncia una tragedia: “ser herida caminante / entre los cardos / sin óleos para cicatrizar /las pieles desgarradas.” en donde el yo poético confiesa el inmenso dolor de la separación, de las raíces mutiladas y de la soledad.

La misma poeta se refiere a la pena con estos versos: “Ancestral desgarradura./ Sentirse extraño con restos de palabras/ que golpean tan duro como los guijarros. / Triste tonada de la despedida/ sonaba cuando fuiste arrojado de tu casa / a lo lejos del camino.” En estos poemas hay canto y pesadumbre. El canto celebra la naturaleza, el amor, la vida, las flores y plantas, el mar, los barcos, el puerto, los padres, hermanos, amigos, maestros, a los artistas, pintores, escritores, poetas, músicos. También, festeja al hombre simple como personaje popular y a lo doméstico. Lidia Salas vuelve a la infancia, a través del sepia de la fotografía y del recuerdo. Lo sentimos en: “¿Captarían los espejos de la cámara / la nostalgia de la infancia?”

Entretanto, la aflicción denuncia la muerte, el acoso de la dicha, de las condiciones más estimadas del hombre, en síntesis la fragilidad de la vida.

Aunque este lenguaje se puede definir como de la terredad, tendríamos que señalar lo trascendente de la nostalgia en duermevela que responde al universo del espíritu. Agridulce de la vida que la escritora, como una confesión, dicta al yo poético y en donde se reconoce un vacío, que es la vastedad de los deseos, de la nostalgia.

La intimidad tiene su anchura en esta obra: En el poema “El tiempo” se refiere a la madre y la “la casa arrasada por crueles despedidas” .Todo, hasta “la antigua melodía”, está untado del achiote amoroso de los fogones y de la infancia. La soledad también se revela: “Lacerada de olvido/ navego por dársenas ajenas./ A las espaldas/ sólo la sombra de la muerte.” Ya la alteridad está en entredicho y la identidad ha perdido la brújula afectiva.

De acuerdo con el oficio de Lidia Salas, la poesía es “como un barco que zarpa hacia el oculto esplendor de las palabras.” La escritura termina pero sus enigmas continúan fluyendo entre el olor de los rones de las tabernas y los colores de los almendros, cayenas, robles en flor, en una absurda competencia de hieles y mieles. El poemario concluye con versos de amor dedicados a su amado esposo, ido, cuando sólo Dios le dio permiso. Como en oración de la mañana, parecida a la que hacía el hijo de Dios en un lugar solitario (Marcos 1:35), Lidia escribió hacia la ventana del cielo estos versos: “Hechizo de Isla”/ “A tus labios, goce donde se deshacen /las sales del exilio. /A tu lengua, roca donde me astillo /y permanezco./ Magia de una dicha que se esparce/ desde el centro del ser estremecido./ Deslumbramiento en íntimos fulgores, el amor.” Para cumplimentar la musicalidad del lenguaje de esta obra, terminamos con una cita del poeta costarricense, Francisco Amighetti, que dice: “El poema es también/ la noche en la ventana/ en donde el ruiseñor/ de una constelación canta”

Noche de Solsticio de verano en la Isla de Margarita. 2015

Magaly Salazar Sanabria

Poeta / Ensayista./ Ph.D. en Literatura

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Silene Sanabria: Mujer de pan y lluvia

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Mujer de pan y lluvia, publicado en Caracas en el 2014, nuevo libro de la poeta venezolana Silene Sanabria, ha sido dedicado a las mujeres de todas las latitudes, como escribe su autora en el epígrafe inicial:  «A ti, mujer, en el mundo».

La escritora Lidia Salas, poeta y estudiosa de la poesía iberoamericana, escribe en el amplio prólogo de la obra: «Con profundo conocimiento, delicadeza de espíritu y su experiencia de vida la poeta desliza su pluma desde los tiempos iniciales de la culpay de la pérdida del paraíso, paradigma del cual se deslastra para convertir ese ser proscrito por la cultura judeocristiana, en diosa, objeto mítico del arte y de la literatura». Escribe sus versos «a manera de manifiesto» por las mujeres cautivas de civilizaciones arcaicas, a quienes no se les conceden los derechos esenciales del ser humano, atadas a regímenes donde la mujer es un objeto para el uso y disfrute del varón, por razones religiosas o de cualquier otra índole.

Este poemario no será olvidado, su escritura revela  la maestría de la poeta en su oficio de andar y desandar con delicadeza y fuerza las letras. A continuación, transcribimos tres poemas de Mujer de pan y lluvia:

Eres objeto  /  figura de vidriera /  el masculino engreimiento  /marca la codicia  / hacia tu estirpe en el complacer ajeno / Eróticas campanas vibran / en uso y desuso de lo natural / de banales diseños / Tu apagado ciclo / merece un cetro diferente

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A Elizabeth Schön, in memoriam

En el marco de tus ojos / duermen presagios / de tibieza infinita / claridad que algún astro dejará / cercano a sus destellos / Referencias del tiempo / marcan paso de tu voz / calmando las aguas / de otros manantiales / Mujer de soledades cósmicas / y frescura de viento / en el sitial de las estrellas/ las formas inmutables se fragmentan / con la armonía de tu palabra

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Describir la trascendencia / es arte de mujer que lleva el mundo / y la voz de Dios / en diseño de lunas/ esconde su silueta / se reafirma / cuando logra aprehender / su vocablo original / que pone al desafío palabras / y brinda su legado de ansias contenidas / en su paso inmediato

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Un tinte visionario / denota sus proezas / gimen en su regazo / huellas vencedoras / Dios obsequió laureles al talento / de la mujer atrapada en sus causas / mártir cautiva de heróica entrega / Luisa Cáceres / La fe emancipadora del valiente ideal / en la hoguera del coraje / Juana de Arco / El recuerdo que no sesa / y emblema de amor / trazó la salvadora osadía / Manuelita Sáenz / Mujeres victoriosas / catedrales del tiempo / leyendas que asumieron la historia

Mi más profunda gratitud a Silene Sanabria por este libro que hago mío por su infinita delicadeza y decir que traspasa mi condición y espíritu femenino.

Carmen Cristina Wolf

Santiago de León de Caracas, 29 de agosto de 2015

 

 

 

 

 

 

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Sincronías. Crónica de un duelo, por Luz Marina Rivas

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En estos momentos, hoy 16 de mayo, en la Sala Cabrujas de Caracas, la escritora, crítica y amiga Laura Febres, está leyendo un texto mío sobre mi dulce esposo Carlos Pacheco, en su faceta de escritor. Acabo de ver en Twitter una foto de Laura leyendo “Pacheco, el escritor”, publicada por Benjamín Scharifker. Precisamente en estos momentos he comenzado a escribir este nuevo texto.

Esta mañana me quedé un rato en cama, pensando en Carlos, sintiéndolo, imaginando su presencia. Entonces decidí releer un texto suyo, “Santa Mimía”, escrito a los 49 días de la partida de su mamá, en 2003, en que hablaba de los sentimientos que le despertaba pensar en ella durante el duelo. Lo imprimí para verlo el Día de la Madre y enviárselo a sus hijos y otros familiares (hace una semana) y lo había dejado al lado de la cama. Conté cuántos días han transcurrido desde la partida de mi amor al día de hoy. Son exactamente 49, la misma cantidad de días transcurridos entre la partida de Mimía y la escritura del texto. En ese texto, encuentro las siguientes palabras de Carlos: “(…) esa presencia interior de ella en nosotros tiene un brillo, una armonía, una fragancia que, en lugar de conducirnos al pozo sin fondo del llanto, de la desesperanza, nos eleva a una condición privilegiada de visión clara, donde lo que corresponde es agradecer infinitas veces por el privilegio de haber tenido, como madre o como abuela a un ser como ella.” Desde la partida de Carlos, hace 49 días, no ha transcurrido uno sin que llore su intempestiva muerte, tanto, que ya he pensado ir a visitar a un oftalmólogo, pues mi vista parece haber empeorado. Sin embargo, conozco esa presencia interior, esa dulzura, ese brillo del que habla Carlos, que parece también hablarme ahora a través de tantas coincidencias o simultaneidades que rodearon su muerte. Encuentro, además, en “Santa Mimía”, mis propias palabras reproducidas por él: “A menudo, cuando siento el impulso de llamarla por teléfono, tal como hacía dos o tres veces por semana, me adelanto al dolor nostálgico y recuerdo lo que me decía Luz Marina: ´Puedes llamarla y hablar con ella cuando quieras; sólo que ahora ya no te hace falta el teléfono…´”.

Pienso en las múltiples sincronías y me doy cuenta de que aún no las he recogido en la escritura. Quiero hacerlo. Son memorias que atesoro y que me permiten intentar darle un sentido a este dolor que no termina de quitárseme.

Hace unos meses, terminando el 2014, cerca de la Navidad, Carlos me dijo que él sentía que ya había cumplido con todo lo que tenía que cumplir en la vida, que ya podía irse tranquilo, si le tocara. “No me malentiendas”, me dijo. “No es que yo quiera morirme. Yo deseo estar contigo y tengo muchos deseos de ver graduarse a mis nietos, pero creo que ya he hecho todo lo que tenía que hacer, profesionalmente y en todo lo demás. Si tuviera que irme ahora mismo, creo que ya he cumplido con lo que tenía que cumplir en esta vida” Aquello me produjo una sensación extraña, mezcla de dolor y deseo de aferrarme a su presencia. Estuvimos muy juntos esos días. Pasamos un diciembre hermoso, disfrutando en familia.

Antes de su último viaje, de Caracas a Bogotá, le pedí algunos libros, que dejé en nuestro hogar en Venezuela, entre ellos, Las noches oscuras del alma, de Thomas Moore. Este libro habla de cómo las grandes pérdidas transforman las vidas de las personas. No sé por qué se lo pedí. Creo que en los últimos meses, con mucha frecuencia, tantos cambios de vida me estaban afectando y sentía que ese libro me haría bien. Él cumplió y no solo me trajo ese, sino otro del mismo autor que él tenía en inglés: Care of the Soul. Este autor lo conocí por Diana Rísquez, cuando yo dictaba mi taller de Literatura para sanar. Ahora me resultan indispensables ambos libros.

El viernes 21 de marzo llegó a Bogotá. Yo estaría dando una clase por la tarde y nos reuniríamos en casa a su llegada. Así fue. Esa noche, ya habiendo regresado a la casa, recibí una llamada de Carlos. Me decía que estaba cerca. Le dije que bajaría a esperarlo, lo que hice enseguida. Cuando bajé, lo vi muy cerca de nuestro edificio, ya dentro del conjunto donde vivimos tantas cosas. Venía sonriente, arrastrando su maleta. Me le tiré encima a abrazarlo y besarlo. Estábamos como en un éxtasis. Él me dijo: “Esto es como Love story”. Unos años antes, comparando nuestras vidas antes de conocernos y recordando él sus años de estudiante javeriano en Bogotá, concluimos que debimos haber visto esa película en el mismo cine de Chapinero, él veintiañero y yo, apenas una adolescente de trece años. “Como Love Story, no”, le dije, mientras sentía una sombra sobre nosotros. “¿Por qué?”, contestó él. “Porque Love Story termina con una muerte”, le contesté. “Huy, bueno, como Love Story, entonces no. Yo no soportaría quedarme solo”. La sombra pasó y vino la alegría de estar juntos. Aquellos días fueron especiales. El lunes siguiente, incluso, era feriado y yo podía no ir a trabajar. Disfrutamos de caminar, descansar, ir al cine, leer juntos, hablar y hablar. Nunca se nos agotaban los temas. Juntos, nos hacíamos grandes conversadores.

Al día siguiente, Carlos me dijo que sabía que el Cirque du Soleil estaba en Bogotá. Tenía muchas ganas de ir. Era sábado y nos habíamos acercado a la agencia de viajes del Centro Comercial Santa Fe para pedir presupuestos de pasajes. O él o yo debíamos viajar en junio. Por circunstancias que no vale la pena comentar, él pensó que sería él quien debería venir en junio a Bogotá. En ese mismo centro comercial había un puesto que vendía las entradas para el circo. Yo estaba escéptica. Sabía que había personas que las habían comprado con un año de anticipación. Carlos consiguió comprarlas ese día para asistir al día siguiente, su último domingo en este mundo. Llegamos al circo y la función estuvo estéticamente hermosa, aunque el tema era fúnebre. Un payaso estaba a punto de morir y, desde su cama, podía contemplar toda su vida. Creo que la muerte ya nos rondaba.

Uno de los planes que teníamos para aquellos días en que Carlos estaría en Bogotá, era conocer al psiquiatra junguiano Eduardo Carvallo. Antes de venir a Colombia, la querida Diana Rísquez me había dicho que lo buscara, cosa que aún no había hecho yo. Nuestra amiga Olga Lucía Toro, compañera de Carlos en sus tiempos universitarios, estaba asistiendo a un taller dirigido por él, le habló de nosotros y, a mitad de semana, nos invitó a cenar en su casa después de la Semana Santa.

El otro plan importante era asistir al concierto que daría la extraordinaria pianista venezolana Gabriela Montero. El concierto tendría lugar en el Teatro Colón, el teatro más emblemático y con más historia, en el centro de la ciudad. Se haría justamente el viernes de concilio, el 27 de marzo. Ese día, estuvimos también conversando sobre muchas cosas, entre ellas, el hecho de que en Bogotá no teníamos un seguro funerario. “Si yo me muriera”, me dijo, “me gustaría que me cremaran”. Dijo que le gustaría que sus cenizas fueran llevadas a Venezuela. No podía yo sospechar que unas cuantas horas después, esas palabras me obligarían a tomar decisiones”.

Aquella noche, fuimos hasta el centro de Bogotá. Debimos caminar unas cuadras y disfrutamos de la caminata nocturna por el centro de la ciudad. Esperamos a mi hija Karina y entramos al teatro. Carlos estaba fascinado con este, cuando tomamos posesión de nuestros asientos. Lo vio hermoso; le dije que estaba recién remodelado. Se contentó al ver el piano de cola completo, majestuoso. A los pocos minutos, sentado en su silla, sintió que le faltaba el aire. El resto es historia. Murió en pocos minutos, pero yo no lo sabía. Pedí auxilio. Grité pidiendo un médico. Enseguida llegaron los paramédicos del teatro y tres médicos voluntarios. Entre ellos, el Dr. Eduardo Carvallo, cuyo hombro fue el primero sobre el cual lloré mi angustia. Más tarde, en la funeraria, él me diría que no acostumbraba a identificarse como médico, pero que en aquella ocasión sintió el impulso de hacerlo.

Cuando hice la difícil llamada a Fianna, la hija mayor de Carlos, para comunicarle su fallecimiento, ella me recordó que él quería ser cremado. Recordé, entonces, la conversación que habíamos tenido ese día.

Mi familia estuvo conmigo en el hospital, adonde llegamos en ambulancia. Mi hija Karina, que había ido al concierto con nosotros, me acompañó y sufrió conmigo aquellas horas terribles. Cuando llamé a mi hija Yazmín, ella estaba viendo una película con nuestra amiga Sandra Quiroz, justamente “La teoría del todo” y estaban viendo justamente la escena en la que el protagonista, el científico Stephen Hawkings, sufre un paro respiratorio en un teatro, cuando se disponía a ver una ópera. Mientras la película mostraba cómo lo sacaban de emergencia y lo llevaban a un hospital, sonó el teléfono.

Esa noche terrible tuve muchas solidaridades, aparte de las de mi familia -mis hijas, mi tía Cecilia y mi prima Marcela-. Agradecí mucho la siempre cariñosa y respetuosa presencia de Olga Lucía Toro, que llegó de primera a consolarme. También llegaron al hospital Sandra Quiroz, Oscar Rubén Duque y Cristo Figueroa. Fue importante la atención constante de Manuel José Álvarez, Director del Teatro Colón, que me informaba de lo que iba pasando con Carlos mientras intentaban resucitarlo. Al día siguiente, me puso en contacto con la propia Gabriela Montero, que quiso manifestarme su dolor por mi pérdida y que le dedicó el concierto a Carlos.

Días después, salí a acompañar a mi hija Yazmín y a mi tía Cecilia a hacer unas diligencias. Pasamos por un supermercado y, de repente, mi vista se posó en un libro colocado en los estantes de libros para todo público: El manejo del duelo, de Santiago Rojas, un médico colombiano, a quien yo había conocido en Caracas muchos años antes. Una nueva sincronía.

En aquella terrible semana, hubo una nueva casualidad. Me escribió un amigo de Carlos de la infancia, Sálvano Briceño, que se había enterado de su fallecimiento y que, por casualidad, pasaba esos días por Bogotá con su esposa, nacida en Colombia, como yo. Compartir con ellos un rato en esos días fue muy consolador.

No fue fácil regresar al trabajo después de la Semana Santa, habiendo recogido en el cementerio Jardines de Paz las cenizas de Carlos justamente el Domingo de Resurrección. Además, me tocaba trabajar con mis alumnos la novela más fúnebre posible: Pedro Páramo, el martes, cuando volví a la Universidad.

Antes del fallecimiento de Carlos, pocos días después de su llegada, me había comprometido con Sandra Caula para escribir sobre Contigo en la distancia, del escritor venezolano Eduardo Liendo, para la nueva revista El estilete, que estaba por salir justo después de la Semana Santa. Era la única obra de Eduardo que yo tenía en Bogotá. Sin embargo, no la había leído. En medio de mi dolor, quise cumplir con el compromiso, de manera que le pedí a Sandra unos días más y me leí la novela en dos días. Era sobre la muerte. Su protagonista, un niño que toma un autobús del que nadie se puede bajar, observa su vida por la ventanilla y recibe como compañeros de viaje a personajes literarios y cinematográficos, seres queridos, personas que pasaron por su vida. El niño es a la vez viejo y niño. Poco a poco se comprende que el autobús lleva a los pasajeros al final del fin. Escribí un trabajo titulado “La muerte como celebración de la vida”. La muerte aparece como la cima de una vida creadora y fructífera, como la de Carlos.

Uno de esos días tuve que ir con mi hija Karina al Centro Comercial Santa Bárbara, que no visito con frecuencia. La acompañé a comprar algo que solo conseguiría allí. Mientras la esperaba, me puse a mirar las tiendas vecinas y había una con figuras de santos. Me encontré con la sorpresa de que había allí una estatuilla pequeña de la Virgen de Coromoto, la patrona de Venezuela, con una pequeña placa que decía exactamente eso: “Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela”. Esa es la advocación de la Virgen María que veneraba la familia de Carlos, cuyas hermanas tienen ambas Coromoto como segundo nombre. Carlos y su hermana Beatriz hicieron la primera comunión en Guanare, en el templo dedicado a la Virgen de Coromoto. Por supuesto, entré en la tienda. Ahora tengo en mi casa una imagen de la Virgen de Coromoto, sentada en su pequeño trono, con el Niño Jesús en su regazo, adquirida en Bogotá.

Unos diez días después del fallecimiento de mi Carlos, una persona que no me conocía, conmovida por mi luto, me hizo llegar otro libro que fue fundamental para mí, Experiencias con el cielo, de la Doctora Elsa Lucía Arango, prologado por Santiago Rojas. La Doctora Arango, psicóloga colombiana, especialista en procesos de duelo, habla también de la vida después de la vida en un sentido cercano al de la Doctora Elisabeth Kübler Ross, cuya obra La rueda de la vida había leído yo hacía ya algunos años. Creo que es el mejor libro que podría haber leído en este trance difícil y desolador. La gran casualidad es que acaba de salir al mercado este año.

El once de abril era sábado. No había reparado en algo increíble. Con Carlos, al día siguiente de su llegada, el 22 de marzo, habíamos comprado unas margaritas anaranjadas para adornar la casa. Las puse en un florero entre la cocina y la sala, y Carlos las cambió de sitio. Le parecía que se veían más hermosas sobre la mesa del comedor. 22 días después estaban las flores frescas allí, donde Carlos las puso. Yo ni siquiera les había cambiado el agua. Tuve que tomar una foto para que me creyeran. Aquel sábado comencé a fijarme en mi casa, que no había arreglado en los quince días que habían pasado desde su fallecimiento.

He soñado con Carlos dos veces. En ambas lo he visto volver a la vida, sabiendo dentro del sueño que ya ha muerto. Ha sido muy impactante. Con el transcurrir de los días, me van llegando más sincronías. Me han llegado mensajes que puedo sentir como suyos de cuatro personas. Una me dijo que Carlos estaría conmigo mucho tiempo; otra me dijo que él estaba cerca; otra, que sentía que estaba allí, conmigo; otra más, desconocida para mí, pero amiga de él, soñó con él, que se le aparecía para pedirle que hablara conmigo. En el sueño, esa persona estaba acompañada de un familiar que necesitaba ayuda. Dos días después, tuve noticias de este familiar, que en efecto necesita ser ayudado. Siento que Carlos me habla a través de todas estas sincronías. El dolor es inmenso, pero no puedo negar que a través de todas estas cosas, él sigue conmigo. Puedo sentirlo dentro de mí, como decía él de su mamá, en su texto “Santa Mimía”: “como una luminosidad sonriente, como una compañía tierna, cálida, gozosa. De esta presencia suave y dulce, amorosa y persistente, no tenemos ni sombra de duda.”

Luz Marina Rivas

Bogotá, mayo de 2015.

* El homenaje al escritor, investigador y docente Carlos Pacheco, fue organizado por el Círculo de Escritores de Venezuela, el 16 de mayo en la Sala Cabrujas del Centro Cultural Chacao, Caracas.

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Treinta años de la publicacion del ensayo Dios de la Intemperie de Armando Rojas Guardia

El Dios de la Interperie

 

Hola Amigos del Circulo de Escritores

La Guayaba de Pascal  te invita a participar en la celebracion de los Treinta años de la publicacion del ensayo  Dios de la Intemperie de Armando Rojas Guardia

En este homenaje nos acompañaran:  Fernando Rodriguez, Ana Maria Hurtado.
Alejandro Sebastiani y Luisa Helena Calcaño
Dia:  sabado 23 de mayo de 2015
Lugar: Libreria El Buscon
Hora: 4,30 pm

Tambien te invitamos a comprar el libro El dios de la Intemperie con un valor de 850 bolivares. Puedes hacer la transferencia al    Banco   Mercantil, Cuenta de Ahorro, Nº  01050079610079326749, Luisa  Elena  Calcaño,  CI Nº 2938368

Telefono: 0212 243 17  42 y 0416 802 28 35

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Jurado del Concurso Iberoamericano de poesía Entreversos

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La convocatoria estará abierta hasta el 31 de Julio de 2015
Presentado el jurado del Primer Concurso Iberoamericano de Poesía

ENTREVERSOS

Caracas, 29 de abril de 2015. La Fundación MAR AZUL – asociación civil sin fines de lucro- presentó formalmente al jurado del Primer Concurso Iberoamericano de Poesía, Entreversos. El prestigioso jurado está conformado por los poetas: Armando Rojas Guardia (venezolano), Gioconda Belli (nicaragüense) y Antonio Gamoneda (español), ellos tendrán la responsabilidad de seleccionar al ganador que se llevará el único premio del concurso, USD 100.000 y que se dará a conocer en el mes de noviembre de este año.

La convocatoria va dirigida a todos los escritores de habla española. En esta primera edición, podrán concursar, autoras y autores de obras escritas en idioma español, cualquiera sea el país de residencia, con poemarios inéditos y sin proceso de edición. El período para enviar el material abarca del 21 de enero hasta el 31 de julio de 2015. El Jurado elegirá 5 finalistas y de ellos saldrá el ganador del concurso. El veredicto final debe estar listo el 1° de Noviembre.

El premio se concederá a la autora o autor del mejor poemario de poesía postulado, escrito y presentado en idioma español, durante el término establecido en las bases del concurso. Consistirá en la cantidad de cien mil dólares (USD 100.000,00) y será entregado en el mes de diciembre.

Este certamen fue concebido por iniciativa de la Fundación MAR AZUL, A.C., para reconocer la creación poética de habla hispana actual, ampliar los horizontes del quehacer cultural de los países iberoamericanos, fortaleciendo los vínculos culturales entre sí y como un aliento de estímulo y promoción tanto a jóvenes poetas como a los escritores ya consagrados a seguir registrando el acontecer anímico y poético de nuestros ámbitos.

Sobre el Jurado:

Armando Rojas Guardia

Nació en Venezuela en 1949. Su vocación como escritor se inició en su hogar y jugó un papel importante en el Talle de Calicanto y Antonia Palacios.

Ha desempeñado una amplia labor cultural una amplia labor cultural y docente vinculada a la literatura y es una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea, así como un destacado ensayista.

Gioconda Belli

Nació en Nicaragua en 1948. Su producción literaria se divide en tres etapas, en las que abordó desde la poesía revolucionaria hasta la novela y el cuento infantil

A grandes rasgos, algunas de sus obras más renombradas son: “Sobre la grama”, con la que obtuvo el premio de poesía Mariano Fiallos Gil, “Línea de Fuego”, “Truenos y Arco Iris” y “De la costilla de Eva”.

En 1978, obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas, en el género poesía.

Antonio Gamoneda

Nació en Oviedo, España en 1931. Es una de las voces de la poesía española más relevantes y se caracteriza principalmente por no haberse unido a ninguna tendencia y por tener un estilo auténtico que escapa de las estructuras pautadas por los movimientos poéticos.

Ganador del Premio Nacional de Literatura en 1988, Premio Cervantes en 2006, Premio Quijote en 2009.

Algunas de las obras de Gamoneda que gozan de mayor prestigio son “Edad”, “Libro del frío” y “Solo Luz”.

¿Cómo participar en el Concurso?

1. Para participar se deben registrar en la página y aceptar los términos y condiciones.

2. El participante debe subir en el registro su poemario en formato PDF.

3. En el concurso puede participar cualquier autor cuyo material inscrito sea una “Obra inédita”, es decir que no haya sido publicada.

4. Se aceptará un poemario por persona.

5. Los poemarios serán evaluados por el Jurado.

6. El plazo de inscripción es desde el 21/01/2015 hasta el 31/07/2015.

Toda esta información será ampliada a través de www.entreversos.com, donde se canalizará todo lo referente al Primer Concurso Iberoamericano de Poesía ENTREVERSOS.

Redes Sociales

Twitter: @conentreversos

Facebook: Concurso Iberoamericano de Poesía ENTREVERSOS

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Raúl Zurita Canessa, discurso en la Universidad de Alicante

Estrella supernova

Discurso de Raúl Zurita Canessa con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Alicante

Fuente: transtierros.blogspot.com

Agradezco profundamente a las autoridades de la Universidad de Alicante y muy en especial a su Rector, Manuel Palomar, el Doctorado Honoris Causa que hoy me han conferido. Es un altísimo honor que valoro profundamente. Hace 15 años fui invitado por el Centro de Estudios Mario Benedetti de esta prestigiosa Universidad iniciando un diálogo, ininterrumpido desde entonces, que para mí es tan entrañable como imprescindible. Colegas, amigos tan queridos, continuaremos la conversación. Agradezco a cada uno de los profesores, estudiantes, personal de la universidad de Alicante con quienes he tenido el honor y el placer de interactuar en tantas ocasiones. Les doy mis más sentidas gracias a todos los que se reunieron en las Jornadas en tormo a lo que se supone es mi obra, asegurándoles que el haber escrito algunos libros no me da el derecho de creerme su autor. Aunque yo mismo diga mi obra, no soy su autor, sí lo es el mar general del habla de donde todo surge y a donde todo vuelve. Amigos, les he manifestado mi gratitud, ahora debo hablarles de mi vergüenza. Lo que les leeré a continuación se titula “Son importante las estrellas: Poesía y adversidad”. Y efectivamente tiene que ver con la vergüenza, con la adversidad, con la poesía y con las estrellas.

SON IMPORTANTE LAS ESTRELLAS 

Poesía y adversidad 

Helena: -Yo nunca estuve en Troya, era solo mi sombra. 

Menelao: -¿O sea, que solo por una sombra sufrimos tanto? Está en la tragedia Helena de Eurípides, y es como si en la casi insoportable belleza de ese diálogo estuviera contenido el desencanto de la humanidad entera. Son millones de millones de parlamentos, de preguntas, de reproches: ¿O sea, que por solo una sombra sufrimos tanto? Es decir: ¿que solo por espejismos nos hemos hecho pedazos? ¿por creencias todas igualmente falsas? ¿por amores que jamás serían correspondidos? ¿por playas que nunca existieron?

 Es posiblemente el diálogo más conmovedor de la historia de la literatura y sin embargo nunca debió ser escrito, nunca debió existir Troya, nunca debió existir la literatura. La tarea no era escribir poemas ni pintar cuadros; la tarea era hacer de la vida misma una obra de arte y los restos triturados de esa tarea cubren el mundo como si fueran los escombros de una batalla cósmica que se ha perdido. Esos restos son el arte posible; aquella infinidad de poemas, de sinfonías, de cuadros y frescos que desde los cantos homéricos hasta el Guernica de Picasso, repletan los muros y las bóvedas de los museos, las bibliotecas y librerías, las salas de conciertos, y que como pájaros carroñeros incontables artistas, poetas, compositores, van recogiendo y firmando con sus nombres como si cada uno de esos restos no fuera el testimonio más indesmentible de una batalla innumerables veces perdida. Yo no hubiese querido escribir poemas, lo que hubiese querido es que no existiesen gran parte de las razones que llevan a los seres humanos a escribir poemas. Hay un canto que es absolutamente superior a todos los cantos de La Ilíada y es que La Ilíada nunca hubiese existido porque eso significaría que los extremos de la violencia y de la locura de los que ese poema tuvo que dar cuenta nunca sucedieron.

A diferencia de esas sombras que creen haberlos escrito, esos restos a menudo sobrecogedores que llamamos poemas no aspiran a la inmortalidad sino al olvido. No es el Non omnis moriar, No moriré del todo de la famosa Oda 30 del libro tercero de Horacio, sino el sueño de que absuelta finalmente de la condena de tener que testificar los actos humanos, la poesía, tal como la entendemos, se disuelva en un mundo que ya no la requiere porque cada segundo de la existencia ha pasado a ser un acto creativo.

A esa distancia entonces que media entre el poema que escribo y el horizonte final de la vida misma como la más grande obra de arte es a lo que he llamado “la adversidad”.

En la madrugada del 11 de septiembre de 1973, en Valparaíso, día del golpe militar en Chile, fui detenido mientras me dirigía a la Universidad Técnica Federico Santa María donde estudiaba Ingeniería después de una noche en blanco, y encarcelado en la bodega del carguero Maipo, uno de los tantos barcos que fueron usados como campos de detención y de tortura. Seríamos al menos ochocientos en un lugar en el que apenas cabrían cincuenta y el hacinamiento y el cansanci o nos hacía doblarnos unos contra otros sin que pudiéramos terminar de caer por la falta de espacio.

Las paredes de acero del buque nos aislaban completamente y el único contacto que teníamos con el exterior, fuera de las golpizas cuando nos subían a cubierta, era el cuadrado del cielo que, diez metros más arriba, recortaba la escotilla del techo desde donde nos vigilaban. En ese pequeño trozo de cielo se veía amanecer, avanzar la mañana, caer la tarde.

En las noches despejadas se alcanzaban a ver algunas estrellas, unos opacos punto de luz infinitamente lejanos que es como se pueden ver las estrellas desde el fondo de la bodega de un barco. A veces cerraban la escotilla y echaban a andar los motores del barco. La oscuridad era absoluta y en el hacinamiento solo sentía la masa multiforme de los cuerpos estrechados con el mío que se deformaban y volvían a formarse como una ameba negra.

Nada hay que palpite más que ese amasijo de estómagos, de torsos, de brazos, de piernas, pegados en la más completa oscuridad. Es un latido casi ensordecer, como si no fuera solo el presente sino que fuese el pálpito de la humanidad entera confinada en la bodega de un barco.

Hablo entonces de esa resistencia instalada en el corazón de las cosas que nos impide la dicha y que, como un vaticinio o una constatación, parecía ya instalada en el primer verso del primer poema de una historia que también nos incluiría: “Cólera, canta oh diosa la de Aquiles hijo de Peleo”. No dice diosa canta la belleza´, el heroísmo, la compasión de Aquiles. No; dice canta la cólera.

Y la cólera es la cólera. Porque cómo se podría escribir algo así si no fuese porque es el correlato de una furia que no ha cesado ni un segundo; en este momento, en algún lugar, hay una ciudad que está siendo bombardeada, hay un barrio que está siendo arrasado, y es la permanente reiteración de esa violencia la que pareciera mostrarnos que no hemos salido de la época homérica.

Más aún, es como si cegados en un amanecer lleno de sangre, toda esa amalgama de tiempos contrapuestos, de visiones, de avances y oscuridades, que sin más llamamos antigüedad, medioevo, renacimiento, modernidad, no fuesen más que los retazos de un sueño repetido una y mil veces donde la vista de Troya y de su inminente destrucción, era también el anuncio de las infinidades de Troyas que aún le aguardaban al mundo. Detenidos frente a los muros de una misma ciudad desde hace tres mil años permanentemente sitiada y permanentemente destruida, la historia de la poesía es el gran catastro de la adversidad y de los incontables nombres que toman las desgracias: Helena, Menelao, Héctor, Andrómaca y las cenizas de sus palacios arrasados: Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki, Bagdad ,Gaza. Es también el registro de la compasión. 

Nunca he logrado expresarlo con claridad, pero es esto: En 1993 la fotografía de dos jóvenes muertos que yacían abrazados sobre un puente a la salida de Sarajevo recorrió el mundo. Él era serbio y ella musulmana y les dispararon mientras intentaban huir de la ciudad para casarse. De inmediato los medios publicaron la foto bajo el titular: “Romeo y Julieta en Sarajevo”.

Pues bien, exactamente para que nunca esa foto hubiese existido, es decir, para que nunca más dos jóvenes deban morir víctimas de conflictos que los anteceden, es que Shakespeare escribió Romeo y Julieta. Todos los grandes poemas, desde las primeras epopeyas, hasta la estremecedora poesía de los nuevos jóvenes chilenos, son el intento más vasto y desesperado por erigir desde este lado del mundo, desde el rostro martillado de lo humano, una piedad que preserve a los que vengan de los horrores que esos poemas tuvieron que narrar. Le correspondió a la poesía, es decir, a esos escombros triturados de una lucha hasta hoy perdida, ser el descomunal registro de la violencia y paralelamente el registro no menos descomunal de la compasión.

Cada ser humano es el puerto de llegada de un río inmemorial de difuntos y en cada palabra que nos decimos, aquellos que nos antecedieron vuelven a tomarse la voz. La historia de una lengua es la historia de las infinidades de seres que yacen en cada sonido que hablamos, y cuando volvemos a usar esos sonidos, esas pausas, esos acentos, les estamos dando a ese mar antiguo de voces los sonidos de un nuevo amanecer. Porque hablar es hacer presente a los muertos. Una lengua antes que nada es un acto de amor, ella es el “Amor constante más allá de la muerte” de Francisco de Quevedo, y nos sobrepasa infinitamente porque es la única resurrección que nos muestra el mundo.

En el sonido de una lengua está el sonido de sus muertos y cada palabra que decimos es coreada por los muertos que renacen en ella. Una lengua es el sonido de todos los que la hablan y de todos los que la han hablado, la lengua que hablamos es la permanente ejecución de la partitura que nos va dejando la lengua de los que hablaron. Todo lo que escuchamos y decimos es la grandiosa reinterpretación que los vivos van haciendo de la sinfonía que han ejecutado los muertos. La música de un idioma es eso y esa música lo cubre y lo integra todo y sus notas son permanentemente desbordadas por las infinidades de difuntos que reviven en cada sílaba de las lengua que hablamos.

Bien, la lengua materna devuelve a sus muertos en las palabras de los vivos, el mar de sus difuntos canta entre las orillas del idioma. Pero a los otros, a los arrasados, marginados, expulsados en y por la lengua que hablamos ¿quién nos lo devolverá? Es la pregunta que abre el nacimiento de la poesía en América.

A finales del siglo XVI, un mestizo peruano, el Inca Garcilaso de la Vega, después de contar en los Comentarios Reales de los Incas el esplendor de un mundo que acababa de desaparecer, escribió una segunda parte donde narra la muerte violenta, unos en manos de otros, de los que protagonizaron la conquista del Perú. El libro termina con el relato de la ejecución del primer Tupac Amaru en la plaza del Cuzco en 1562; camino al patíbulo un emisario va enunciando a viva voz las culpas por la que se le condena a muerte. El inca al oírlo, le pide al fraile que va a su lado que le traduzca, pues no entiende el castellano, es decir, no entiende la lengua en la que están las razones por las que lo van a matar, transformándose así en la primera víctima simbólica de la lengua que yo hablo. El golpe es impresionante porque las razones por las que todos debemos morir, siempre están expresadas en un idioma extranjero, en un idioma que jamás entenderemos. Paralelamente en el poema La Araucana de Alonso de Ercilla, quien participó como soldado en la guerra de conquista en el sur de Chile, hay un pasaje, eactamente en el Canto XX, que debería ser nombrado el “Pasaje de la compasión”.

En él Ercilla cuenta que una noche estándo de guardia frente a un campo cubierto con los cadáveres que los araucanos dejaron tras de sí después de haber sido rechazados, ve una sombra que se desliza entre los muertos. Corre entonces hacia ella y cuando esta a punto de descargarle su espada, se da cuenta que es una mujer, Tegualda, que está allí buscando el cuerpo de su amado Crepino. Ercilla escucha su relato y movido por la compasión, ayuda a Tegualda a buscar el cadáver y finalmente cuando ella lo encuentra, Ercilla le ordena a unos indios a su servicio que con las primeras luces del alba carguen el cuerpo hasta los deslindes de un bosque cercano donde su pueblo pueda recogerlo y rendirle las honras fúnebres.

La grandeza de ese acto central, presente también en La Ilíada, radica en que es Alonso de Ercilla, es decir el poeta, quien devuelve el cadáver del enemigo a sus deudos. Ambos relatos, el de la decapitación del Inca Garcilaso, y el de la piedad de Alonso de Ercilla, son los que inician esa forma nocturna y sublime con que la poesía hispanoamericana ha intentado una y otra vez inventarles un nuevo mundo a nuestras derrotas, esto es, entregar los cuerpos que nuestros países, y mi país en particular, aún no nos han entregado. Es lo que he tratado débil, precariamente, de mostrar en lo que he escrito.

He imaginado en medio del horror de la dictadura sagas inacabables que se me borraban al amanecer, poemas alucinados y heridos donde el Pacífico flota suspendido sobre las cumbres de los Andes y donde el desierto de Atacama se eleva como un pájaro sobre el horizonte. Escribir esos poemas fue mi forma íntima de resistir, de no enloquecer, de no resignarme. Sentí que frente al dolor y al daño había que responder con un arte y una poesía que fuese más fuerte que el dolor y el daño que se nos estaba ca. No se trataba de lanzar andanadas de pequeños poemas de combate, sino de algo mucho más arrasado, más luminoso, más sordo y violento.

Pero para eso había que aprender a hablar de nuevo, comenzar desde cada letra, porque ninguno de los lenguajes que existían antes servían para dar cuenta de la magnitud de lo que había sucedido y continuaba sucediendo. Siento que los escombros de esos años están allí, en esos intentos, y que dictados por un deseo que nos sobrepasa los poemas no son sino los sueños que sueña la Tierra, los sueños con los que intenta lavarse del sufrimiento humano, y que uno no puede nada frente a eso sino apenas grabar una pequeñas marcas, unos mínimos retazos que quizás sobrevivan al despertar.

Yo viví en Chile en los años de la dictadura y sobreviví a ella y a mi propia autodestrucción.

El año 1975 después de un episodio humillante con unos soldados me acordé de la frase del evangelio de poner la otra mejilla y entonces fui y quemé la mía.

Estaba completamente solo encerrado en un baño, pero sentía el mismo latido de los cuerpos pegados al mío en la oscuridad de la bodega del Maipo, como una ameba negra, volví a pensar. No sabía bien por qué lo hacía, pero allí comenzó algo.

Recordé que de niño había visto un avión que volaba en círculos trazando con humo blanco el nombre de un jabón para lavar ropa e imaginé de golpe un poema escribiéndose en el cielo. Por qué justo en ese momento me acordé de esa escena, nunca lo sabré, pero fue instantáneo y en no más de 10 minutos tenía las frases que lo compondrían.

Supe entonces que aquello que se había iniciado en la oscuridad total de una bodega repleta de prisioneros a la que acababan de cerrar la compuerta, debía concluir algún día con el vislumbre de la felicidad.

Dos años más tarde pensé en una escritura sobre el desierto que solo pudiese ser vista desde lo alto. Solo diría “ni pena ni miedo”, y estaría surcando un país donde casi lo único que había era pena y miedo. Nadie debe dañarse, para eso bastan los otros. Sin embargo, hay imágenes de todos esos años que no me abandonan.

En 1982 vi recortarse sobre Nueva York las quince frases del poema en el cielo y su registro forma parte del libro Anteparaíso.

En estos días, mirando esas fotografías en el bellísimo Museo de esta Universidad, me di cuenta que el trasfondo de ese poema no es el cielo iluminado sino la noche, la oscuridad de todas las prisiones, de todas las cárceles clandestinas, de todas las bodegas usadas como jaulas de hombre, de todos los cuartos donde hay seres humanos que van a matar. Las quince frases del poema no están trazadas sobre el azul del cielo de esas fotografías, están trazadas sobre lo más oscuro de nuestro mundo.

 Es, como les digo, parte de lo que he intentado. Un poeta español, aun joven y sin duda bueno, planteó que quien no era capaz de escribir un soneto no era un poeta. Quisiera creerle, yo mismo he escrito decenas de sonetos, ninguno desgraciadamente que iguale a los de Francisco de Quevedo por lo que los he roto sin piedad. Ignoro si este poeta lo ha logrado, pero me temo que su requisito no es suficiente. No se trata de escribir o no un soneto, se trata de matar a un hombre. Quien no es capaz de matar a otro hombre no será jamás un artista: pero quien lo hace es infinitamente menos que eso: es un asesino. En ese borde habita el arte. No hemos sido felices, tal vez esa es la única frase que podamos sacar en limpio de la historia y la única razón del por qué se escribe, del por qué de la literatura. Y sin embargo esos restos, esas montañas de cuadros y poemas, de frescos y sinfonías, son también la única prueba de que ha habido una batalla y que ella continúa dándose: la que segundo a segundo libran millones y millones de seres humanos sobre la faz de la tierra por convertirse en seres humanos y por continuar siéndolo.

Creo que todo lo que puedo haber hecho está allí, en esos intentos. He escrito desde un cuerpo que envejece, que se dobla, que se rigidiza, que tiembla, pero también sobre ese cuerpo, sobre sus dolores, sobre los dolores que yo mismo le ha causado a otros y los que yo me he infligido, sobre su piel.

Siento que se escribe desde una cierta irreparable desesperación y, a la vez, desde una extraña alegría. Extraña porque es como si naciera de la imposibilidad de la dicha. Del encuentro de esos fantasmas nace la escritura. La escritura es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. 

Para escribir es preciso quemarse entero, consumirse hasta que no quede una brizna de músculo ni de huesos ni de carne. Es un sacrificio absoluto y al mismo tiempo es la suspensión de la muerte. Es algo concreto, cuando se escribe se suspende la vida y por ende se suspende también la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.

Pero en rigor, toda obra es un ejercicio de resurrección; emerge por un segundo del mar general del habla del que todo surge y al que todo vuelve. Porque, en suma, sea lo que sea que afirme o desmienta una obra, lo que nos está diciendo, es que no hemos sido felices, que si lo hubiésemos sido el arte no habría sido necesario porque cada instante de la vida habría sido la más impresionante de las sinfonías, el más vasto de los poemas.

Todos los poemas entonces, desde las primeras epopeyas, son el intento más desesperado por levantar desde la vida, desde el rostro de lo humano, una misericordia por cada detalle del mundo. Por nuestra indefensión, por nuestra necesidad de amor, por nuestra indescriptible y tímida ternura, e intentar la demente pasión de la esperanza. Y no me refiero a una esperanza a medias, a una esperanza cautelosa, sino a una arrasadora esperanza, tan fuerte que sea igual en tamaño a todo lo que hemos sufrido.

En 1993, veinte años después de la madrugada en que se inició el golpe de estado en Chile, vi la escritura en el desierto de Atacama y efectivamente solo podía ser vista completa desde la altura. Está entonces la esperanza ¿pero esperanza de qué? Esperanza de que el león paste al lado del cordero (Isaías), esperanza de que “No amada” sea amada (Oseas). Como me lo dijera hace poco en un correo el mayor poeta vivo de nuestra lengua, Antonio Gamoneda: Fraternidad con los asesinos un poco antes de matarlos; fraternidad muy a su hora con los suicidas y con quien no ha nacido aún, y con los animales, y con la luz y con la ausencia de la luz, y con las ciudades de agua y con las de secano; fraternidad con cuanto existe y con cuanto no existe pero quizá pueda, un día, existir. Y si no puede existir, fraternidad con ello también. En un mundo de víctimas y victimarios la poesía es la esperanza de lo que no tiene esperanza, es la posibilidad de lo que no tiene absolutamente ninguna posibilidad, es el amor de lo que no tiene amor. Quemada en ciudades que siguen ardiendo para siempre, triturada en sagas que jamás debieron haber existido, en cantos que nunca debieron haber sido cantados, en tragedias que debieron evitarse, la poesía ha sido mi militancia en la construcción del Paraíso, aunque absolutamente todas las evidencias que tenemos a mano nos indiquen que ese propósito es una locura.

Termino con el poema final de Anteparaíso:

Entonces, aplastando la mejilla quemada contra los ásperos granos de este suelo pedregoso –como un buen sudamericano– alzaré por un minuto más mi cara hacia el cielo llorando porque yo que creí en la felicidad habré vuelto a ver de nuevo las irrefutables estrellas.

Me refiero a las opacas estrellas que desde hace 42 años continúo mirando desde el fondo de un barco, en mis pesadillas, en mi horror, en mi amor y en mi esperanza.

Muchas gracias.

 

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La Orfandad del Vacío

Por Leomaris Herrera

 

Despertó de un salto. El estruendo se escuchó en toda la casa, parecía que toda la vajilla se había hecho añícos…estoy sola se dijo, antes de salir de la habitación, ¿quién está afuera?, el corazón se aceleró… y si llamo primero a la vecina…Cerró la puerta de la habitación y vino un segundo estrépito, ahora en forma de voces y barullo… ¿niños…? se dijo… Volvió a desbocarse en sus latidos…Se quedó quieta procurando descifrar el menor ruido… escuchó al pregonero de la esquina, las campanas de la iglesia, el transporte escolar que siempre pasa a esa misma hora….Y en su casa… silencio….separó los sonidos cuidadosamente para conocer su procedencia….ese viene de allá, el otro es más lejano y por tercera vez se estremece la habitación con más voces o será mejor decir…. con una voz… que decía …María!!!, María!!!…..ahora los latidos nuevamente desbocados se estrellaron todos en seco contra la muralla de lo desconocido, se paralizó… ¿quién me está llamando?….estoy sola, no hay nadie más…

Había un intruso en casa….hacía dos meses robaron en la casa del vecino, ¿será que….? oh Dios…!!! ¿qué hago? se dijo…Paseó rápidamente la mirada por los objetos de la habitación, para ver si había algo con lo que pudiera defenderse, siempre tuvo la costumbre de lo mínimo necesario, así que nada encontró; llamar por teléfono lo notarían….la escucharían….además la voz no saldría….Miró el reloj, han pasado tres horas que no oigo nada….Salió de la habitación, casi no respiraba, miró al fondo hasta donde le alcanzó la mirada, no había nadie. Pasó por el baño de visitas nada extraño a la vista… Atravesó la sala principal y no quería entrar a la cocina… se obligó… Entró… todo estaba en el perfecto y habitual orden, tal como lo dejó la noche anterior….entonces….pensó…Estoy segura que las voces venían de aquí…mi imaginación está exaltada de nuevo….No me acostumbro a esta soledad.

María, desayunó y olvidando lo sucedido se disponía a continuar su día.

Sus pies se deslizan muy pegados al piso….casi no se levantan. Mueve con dificultad sus piernas.

Y en su espalda una inmensa montaña abruma su caminar, sintiendo el mayor peso en el cuello.

Del rostro llama la atención su mirada, refleja un abismo insondable. Sus sienes imitando la nieve, hablan de numerosos inviernos. Y su boca es una morada cerrada donde la palabra ya no tiene lugar.

Al andar con sus pasos cortos, lleva una cuenta sin contar…uno….dos…tres… pasan los minutos, pasan las horas, le parece eterna esa permanencia en sí misma, sin mirar a otros, sin hablarles…sólo escuchando sus propios rumores. Entonces se sienta y teje…teje…teje sueños olvidados que más tarde volverá a destejer.

Ha llegado la noche…. Y escucha la voz: María!!! Se levanta del sillón en que tejía….ve entrar a la cocina una pequeña silueta….corre y no hay nadie….se aquieta a sí misma y dice estoy sola…no hay nadie más… vuelve al sillón de la esquina, se sienta, reclina su cabeza en el respaldo colorido, ¿quién es…? por fin sale la voz…¿quién está allí….?

Soy yo, Tere….¿no me recuerdas? Allí estaba Tere, con sus hoyitos en la cara…..que bueno que no había corrientes de aire en aquella casa, porque la más leve, la hubiera hecho volar y dar traspiés por toda la sala, caminaba como suspendida. Su voz era un dulce hilo, y como decía mi abuela era todo ojos….impresionaba como una pequeña, tuviese esa mirada que impusiera tanto respeto…llena de muchos más años de los que tenía.

Soy yo no me recuerdas.

La imagen y la voz retumbaban en la cabeza de María.

¿De dónde has venido? ¿Cómo has entrado a mi casa muchacha impertinente….?

Tere no se inmutó, tomó un pequeño banco y se sentó junto al colorido sillón de María, buscó su mano y su mirada… de niñas jugamos con la arena en la playa, veíamos el cielo bañarse en el mar cuando el sol era incandescente….y fue en un Abril….que te prometí que nunca te dejaría….

María….sintió deslizarse por un largo túnel que la llevó a su Costa….abrió los ojos y Tere había desaparecido…un escalofrío en su espalda…y un torbellino que le subía del estómago a la garganta le hizo llorar como tenía tiempo que no lo hacía….

Ya cuando agotó todo su enojo, que tantas veces disfrazó con amagos de tristeza… pensó estaré enloqueciendo… en fin el recuerdo de Tere no la abandonó esa noche….

¡Buenos Días María….! Escuchó a la voz, antes que el despertador sonara.

Abrió los ojos. Allí estaba Tere….con su gorra marinera y su camisa playera….María a qué vamos a jugar hoy….Hoy no hay juego contestó María, tú no eres real…. Y al instante la niña comenzó a llorar….ya cansada por el llanto incesante, María cedió al juego real o imaginario qué puede importar…. Y entonces para no cambiar sus rutinas, le dijo jugaremos a tejer….Tere no parecía entusiasmada con la propuesta, pero ya María a pesar de sus pausados movimientos, en poco tiempo se había bañado, comido y lista en el sillón había comenzado a tejer… Y yo, ¿qué hago?, le susurró al oído… lo que quieras….entonces tomó un ovillo de hilos amarillos y naranjas y armó figuras con sus dedos….hasta que María desesperada gritó: me dijiste que nunca me dejarías….que siempre navegaríamos juntas…. Y lo hice contestó…Siempre he estado contigo….cuando cumpliste los 15 años y no tuviste la fiesta que tanto querías….en tu graduación, en la que estabas feliz por realizar lo que te habías propuesto, en tu matrimonio…..y así enumeró otras sucesos importantes; unos alegres, otros tristes….todos especiales…Si era innegable que estuvo allí, sino como lo sabría…estoy enloqueciendo se dijo de nuevo….

María seguía absorta en su tejido, sin dar mucho crédito a lo que Tere decía…Aunque ahora se le miraba transformada….había aparecido una pequeña luz en su mirada….lo que antes fue un pozo quieto se transformó en sereno…Ese día no deshizo su tejido….al igual que en los días que siguieron….cada vez en unión con esa compañera que no había buscado y ahora encontrado…tejía…. lo hizo hasta que una vez … más allá de la media noche….terminó el manto….

Luego durmió plácidamente…. Y al primer rayo de luz se levantó y junto a Tere contempló a través de la ventana…. Sus ojos se posaron en el altivo Flamboyant erguido frente a su casa, se sumergieron en el amarillo y naranja de sus hilos….la brisa balanceaba las ondas impetuosas de una larga cabellera de fuego… que frenesí poseía las pupilas al mirarse a sí misma con la cabeza del padre en su regazo, tendría unos ocho años, y él le decía …María me gustaría que cuando pienses en mi veas nuestro árbol, el plantado por tus abuelos en la entrada de la casa, así tendrás la remembranza de mi amor en cada pétalo de sol y fuego, siéntate a su sombra y en el silencio… el viento susurrará a tu oído el fraternal latido de mi corazón, que aun detenido en el tiempo, seguirá su marcha para acariciar tu frente. María sintió una suave corriente en su rostro. Una sonrisa se dibujó en ella, suspiró y escuchó su melodioso nombre a la distancia de la infancia, y así María Teresa envuelta en su manto de ensueños, rescatada de las ausencias del pasado que la vaciaron de sí misma…. ahora sí…. Despertó a su nueva vida.

Leomaris Herrera

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En el bosque, cuento de Andrea Coultas

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En el bosque

Por Andrea Coultas

Mientras crecía tuve una hermanastra así que mi madre devotamente me repetía una frase que con el tiempo entendí que era un rezo y no una afirmación “Preciosa niña, la más hermosa de esta familia, la más talentosa. Mereces el mundo, un día tu príncipe llegará” y yo así lo creía.

En mi inocencia desfilé por un reino en el que estar rodeada de sedas, perlas, tules y flores era equivalente a convertirse en la indiscutible ganadora del premio mayor ¡El príncipe con su blanco corcel! Aquél que llegaría un día con su amor mágico, me despertaría con un beso del intoxicante letargo en el que vivía sumida y me convertiría en su esposa, en su sueño, en su estrella.

Pero hoy, escondida detrás de las cortinas que adornaban el gran salón, escuché como las campanas de la iglesia se burlaban de mí gritando “¡Despierta tonta nada de eso es para ti!” y una procesión de alegría y luz irrumpía el lugar como parte del cortejo de los recién casados que entraban felices, luego de haber logrado derrotar a la infame bruja.

Allí entre pájaros de arcoíris y mariposas cantarinas estaba ella, la Princesa, con sus bucles de sol y su piel de luna; damisela digna del Príncipe Azul que tomaba su mano. Ella sonreía sin percatarse que yo, su simplona y fea hermanastra la veía desde la oscuridad de un rincón que recordaba al alma de los suicidas. ¿Quién era la Princesa? ¿Qué es lo que la hacía perfecta, tan especial y tan diferente a mí? Podría ser que mientras sus ojos inmortalizaban las praderas en primavera los míos recordaban a un lodazal o que quizás su voz de sirena ensombrecía mi tono bajo y áspero; su nariz perfilada y sus labios finos siempre me habían traído pesadillas porque los míos eran demasiado gruesos en comparación. Totalmente la detestaba.

Y estaba su alma pura e inocente, tan llena de amor y bondad; mientras que la mía se deshacía en celos y envidia porque todo lo que debía ser mío ella se lo había llevado, todo lo que debía ser mi futuro destinado ella me lo había arrancado de las manos con su suave y perfecto ser de princesa. Ahora yo debía cumplir mi papel en su cuento de hadas, destinada a siempre ser la hermanastra, sin derecho a soñar mientras vivía esperando con mi devota amiga la soledad un baile prometido y una zapatilla de cristal que nunca llegaría.

-¡Menuda mierda!-“ grité y sin ningún tipo de ceremonia salí de mi escondite y atravesé el salón. En eso también nos diferenciábamos ella y yo, las princesas no maldecían pero yo parecía un lobo de mar. Las princesas esperaban encerradas en sus torres la llegada del príncipe pero yo no.

Caminé por delante del Hada Madrina, entre los pájaros y conejos, frente a los invitados, pasé por al lado de la Princesa y del Príncipe y sin voltearme abandoné el castillo jurando que no moriría siendo la Hermanastra bajo la sombra de su hermana la Princesa. Yo encontraría a mi príncipe así estuviese en la faro más lejano de la tierra, yo iría hasta aquél que había nacido solo para mí, aquél que salido de la bruma sacudiría el firmamento para transformar el cielo en poesía.

No siempre fuimos la Princesa y la Hermanastra, en algún momento de nuestra infancia mucho antes de los celos, la envidia y la crueldad fuimos solo dos niñas que disfrutaban perderse entre los brazos de ramas que abundaban en el bosque. A la Princesa el bosque siempre le había cantado, a mí me susurraba palabras llenas de misterio, cuentos oscuros, sueños paganos. A mí el bosque me llamaba y ahora que caminaba sus senderos sin luna podía conectarme con esa sensación irremediable, esa fuerza que hace que sea el alma, y no los pies, la que se adentre hasta lo más profundo del bosque; esa fuerza que impulsa cada uno de los pasos de una persona hasta encontrarse directamente con eso que llaman destino.

– Hermanastra, Hermanastra ¿Aún crees que eres digna de un amor apasionado?-“ dijo una voz sin cuerpo y me detuve en seco. Mi vestido estaba sucio por la caminata en el bosque y los mechones de cabello se me pegaban al rostro gracias al sudor que provocaba el verano. Si fuese la Princesa seguramente no tendría ni un solo cabello fuera de lugar y probablemente tampoco estaría transpirando, porque las princesas no sudan, pero gracias a no ser una de ellas estaba segura que la bruja, quien hablaba desde la oscuridad, no intentaría matarme.

– No me molestes bruja. Estoy ocupada-“ dije retomando mi andar y anulando el miedo que esta mujer venida de las tinieblas podía causarme.

-¿Qué buscas? Puedo ayudarte-“ dijo su voz y del suspiro del bosque apareció frente a mí en su verdadera forma. No con el rostro de una anciana decrepita, ni con los con cuernos del demonio. Apareció frente a mí con su figura de guerrera de la noche, con su hermosura terrorífica y su sangre de fuego. Ella, la bruja, quien no tenía miedo ni reservas en ser la dueña de su propio destino.

-No te daré a mi primer hijo como pago así que puedes ignorar mi presencia y volver a concentrarte en tus planes malévolos-“ dije viéndola fijamente, con un nudo en la boca del estómago, fingiendo que esa mujer no podía convertirme en un ratón con solo pestañear. Ella soltó una carcajada que el bosque no le devolvió.

-Solo quiero ayudarte Hermanastra ¿buscas a tu príncipe? Si sigues este camino lo que encontrarás será un dragón-“ dijo y por alguna razón sin razón supe que no estaba burlándose de mí.

-No me llames así-“ le dije y me di media vuelta ignorando su comentario. Prefería tomar cien caminos alternos para atravesar el bosque que continuar más tiempo en su presencia. A diferencia de las princesas yo sabía que no debía fiarme de una bruja, por muy hada que ésta quisiera parecer.

-¿Cómo te llamas entonces?”- me preguntó en un susurro y su pregunta caló en mi alma como un rayo salido del grito de Dios. ¿Quién era yo si no era la Hermanastra y tampoco era la Princesa? ¿Cuál era mi espacio en este ínfimo universo si había decidido abandonar mi papel en este cuento de hadas? El frío del bosque congeló las lágrimas que amenazaban convertirse en ríos bajo mis ojos, el silencio resquebrajado solo por el sonido de mi corazón ausente.

-Tu y yo venimos de una esfera diferente a las princesas. Mujeres como tú y yo no nacimos para ser villanas o heroínas de las historias de otros-“ dijo la bruja cuando decidí volver a verla. Era hermosa y viendo su piel mármol y su boca bermellón podía entender la facilidad con la que envolvía a sus víctimas en sus espinosas redes de hielo.

-Yo no soy como tú-“ le dije.

-No, pero viviendo en este bosque sabrás quién eres realmente-“ dijo ella y como si hubiese sido un espejismo del diablo desapareció.

Con las piernas temblando me senté en la seca tierra largo rato. Estúpidas princesas, estúpidas brujas; todas ellas con su magia inmortal que yo no podía igualar, que yo no podía entender. Probablemente eso era lo que me hacía diferente a ellas, la magia, yo no tenía nada mágico en mí, era mustia y simple como una roca ¿Qué príncipe de cuál mundo podría quererme si hasta las hojas secas de los árboles tenían más gracias que yo?

-¿Por qué anhelas tanto el amor de un príncipe?-“ me preguntó una voz que se asemejaba al grito de una flauta. Era un duende diminuto, que me observaba con sus malignos ojos desde la copa de un árbol. Yo suspiré observándolo, las princesas tenían hadas y dulces animales del bosque, yo tenía brujas cripticas y duendes pretensiosos.

Si bien no era la Princesa, eso no significaba que no pudiese llegar a ser una. Sacudí mis manos, dejé que el viento secará las semillas de lágrimas de mis ojos y comencé nuevamente mi camino. Atravesar el bosque era mi meta para llegar a un nuevo reino, uno en el cual yo encontraría mi destino. El duende me seguía sigiloso, esperando que olvidara su presencia para así jugarme alguna broma de mal gusto. La noche caía y era difícil para mí evitar las raíces que nacían del suelo seco; tan dentro del bosque me encontraba que aunque aún era temprano la oscuridad había hecho presencia absoluta en mi camino.

-Por ahí reza un dicho popular-“ dijo el duende después de un rato apareciendo varios metros delante de mi “- Que aunque la Hermanastra se vista de seda Hermanastra se queda-“ y el infernal ser se carcajeaba con su chiste cruel, retorciéndose en el suelo y disfrutando del dolor que yo intentaba esconder en un rincón de mi voluntad, de las dudas y del terror de saber que quizá nunca entendería cuál era el papel que estaba destinada a tomar en esta vida maldita de cuento de hadas. Tomé una roca de la tierra y se la tiré con todas mis fuerzas pero antes de que ésta lo tocará él desapareció con un suave “plop”.

Me quedé sola y entonces en la oscuridad que se parecía demasiado a mi alma, en lo profundo del bosque donde el llanto de Dios no toca el camino, lo vi. Un ser oscuro, sombrío y silencioso estaba dormitando sobre un tronco marchito.

A veces la eternidad puede durar solo un segundo, un segundo en el que las desabridas princesas y los huecos príncipes desaparecen de la faz de la tierra y solo queda la presencia absoluta y asfixiante de un animal mitológico nacido del centro de la tierra. Mi corazón perdido volvió a mi pecho con furia y fue en ese momento cuando los ojos del dragón se abrieron y se clavaron en mí. Ni mil cuchillas ardiendo podrían haber igualado la fuerza desgarradora de su mirada de luna, ni cien mil príncipes azules hubiesen podido siquiera desear su belleza. De la boca de aquél dragón en el cuerpo de un hombre brotó fuego cuando me habló.

-¿Eres la princesa que se perdió en el bosque?-“ preguntó con su voz oscura, mirándome como un animal que observa a su presa, como gaviota que mira al desorientado pez que nada en la orilla del río. Con movimientos de gato él se sentó sobre el tronco del árbol.

-No. Soy la Hermanastra que huyó del cuento de la Princesa-“ respondí mirándolo fijamente, con la piel erizada y las manos empapadas.

-Que lástima-“ dijo y no había pena en su voz “-Me hubiese gustado ser el príncipe que te rescata del dragón. Ah, pero casi se me olvida. No soy un príncipe, soy el dragón-“ sonrió con el peligro anunciado a viva voz en sus palabras.

– Y yo no soy la princesa, así que me marcharé-“ dije y él sonrío nuevamente. Nunca pude irme.

La oscuridad en el alma del Dragón no fue una sorpresa para mí, después de todo había una razón por la cual nadie amaba a los dragones ¿Y a las hermanastras? A ellas tampoco las amaba nadie pero nosotros dos, perdidos en lo profundo del bosque no éramos personajes de cuentos de hadas. Nos desdibujábamos entre los árboles, nos desencontrábamos de las formalidades en los riachuelos y nos encontrábamos bajo las estrellas fugaces en el lienzo del cielo. Éramos solo un hombre y una mujer, transparentes, perversos, amantes iguales sin ataduras. El bosque me había llevado hasta él con todo mi pasado de niña triste, de hermanastra fea y todo su pasado de fuego, con su misterio, con su boca pagana que me empujaba en una loca carrera hacia el sol y con la fuerza telúrica de su alma que llamaba sin descanso a la mía. Amar al diablo era un acto de fe y que el diablo te amará era algo tremendo.

-Este soy yo, maligno, oscuro desde nacer-“ me decía febril y demente entre besos de fuego y yo cambiaba, mutaba, me llenaba de una magia que no encajaba en etiquetas. En el bosque, en un mundo donde no existían las normas había olvidado lo que buscaba. ¿Un príncipe? ¿Quién quiere a un niño enamoradizo cuando tienes a un dragón? ¿Quién quiere ser una princesa cuando puedes dejar correr a tu alma desnuda como ninfa por el bosque? Princesas, esclavas de la perfección no tenían idea de lo que era amar a la fuerza de la tierra, esa fuerza que se metía en la sangre y que transformaba gloriosamente el espíritu de los muertos en vida.

Amando las imperfecciones y la oscuridad del animal perfecto comencé a enamorarme de mi propia penumbra. Él podía desaparecer un día de la misma forma en la que había aparecido pero yo ya había logrado grabar en el lienzo de mi memoria mis ojos, al verlos reflejados en los suyos, y ellos no tenían el color de un lodazal sino que se asemejaban a un cielo de tormenta en abril. Había oído mi voz y comprendido que no era áspera sino armónica cuando reía persiguiendo a los duendes sobre las puntas de los árboles; había besado con tanta pasión y desenfreno que agradecía que mis labios fuesen fuertes y carnosos para soportar el amor furioso de un dragón.

Este era mi cuento y yo ahora como ninfa reina, quien podía sudar de amor o de alegría, sin sentirme menos, sin culpas ni prejuicios era la que dictaba dueña y señora mi propio camino, solo yo y nadie más que yo podía vencer mi impuesto destino de hermanastra y el falso anhelo de perfección de princesa.

¿Quién quiere una zapatilla de cristal cuando puedes sentir al bosque latir bajo tus pies?

Cuento seleccionado por los integrantes del Taller Literatura para sanar durante las actividades para transformar hechos dolorosos en cuentos de hadas. Está muy bien escrito y rompe los paradigmas de la belleza y de las princesas. Lidia Salas

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Carmen Cristina Wolf: La profunda brevedad de La llama incesante

Carmen Cristina 3

Por Magaly  Salazar Sanabria\

La profunda brevedad de La llama incesante, libro de Carmen Cristina Wolf

Magaly Salazar Sanabria

La llama incesante es una combustión entre el silencio y la luz. Es como una oración que se revela, una virtud manifiesta. La llama es la belleza que purifica el símbolo del fervor. No sólo de la creencia en la palabra sino de ese Dios que se cruza entre el lenguaje y el pensamiento. “Cristo eres el corazón del universo”, dice la poeta.

La poeta se acerca con cierto temor al vacío que se tiende entre la palabra y la mirada. Llenar de valores esa distancia, cambiar las tonalidades del silencio por signos infinitos, es romper la intimidad de la potencialidad semántica de la profunda brevedad de los textos. La lectura de los aforismos permite, sin embargo, participar en la búsqueda de los enigmas, con la complicidad de un lector que, pretendiendo ser objetivo, se estremece ante lo incesante y la evidencia de una verdad aparentemente velada. Entonces, el lector se convierte en artífice de su realización. En ese intento, el gozo con lo esplendente descubierto, se convierte en un hallazgo de relaciones y sentidos que se mueven en un espacio autónomo. Pero los ojos no han aprendido el abecedario en ninguna cartilla porque sus descubrimientos son espontáneos. Así dice Rafael Cadenas en Memorial: “El que enseñó a leer a los ojos/ borró el paraíso.

Por su profunda brevedad los aforismos de la Llama incesante son juegos de palabras de una gran riqueza poética. Esta propuesta del lenguaje se diferencia del haiku porque éste es un poema breve de la poesía tradicional japonesa, con métrica específica y su temática se refiere a la naturaleza. Mientras el aforismo se enciende en una concisión que desea enseñar algo celado en una verdad, con cierta agilidad crítica que invita a la reflexión del lector sin llegar a demostraciones de ninguna índole. El aforismo transmite el sentido de las cosas. Es una potencialidad semántica que se ofrece al lector. Oigamos las voces de algunos aforismos de La llama incesante en la sección “Hallazgos”. Walt Whitman, propicia el ritual de iniciación con sus Hojas de Hierba. El poema va en la búsqueda de los encuentros, de los misterios, de la luz; en fin, los aromas de la vida y de la muerte; tocata y fuga de la existencia. Cito: “Persigo un sueño y encuentro la trama de la existencia, el esplendor”, “Cuando dejo de ser la protagonista, encuentro lo sagrado”, “En la oscuridad vislumbro un haz de luz: la esperanza,” El misterio es inasible, sólo nos queda su aroma”, “Descubrí un lugar en mí que permanece sosegado ante los cambios”. Amigos, como en el dibujo de El Principito, los invito a descubrir el cordero que está dentro de la caja.

El verbo enamorado” se alza con epígrafes de grandes poetas, Rafael Cadenas y Eugenio Montejo. La energía proteica de estos breves poemas está dedicada a reflexiones acerca de la palabra y la poesía, es otra instancia donde el lenguaje conjuga el sabor de su saber. El sabor nace de esas incontenibles y fulgurantes voces de los textos, se juntan saber decir y conocimiento y “aquello” instaurado en lo extralingüístico, el más allá del lenguaje. Es la palabra que se guarda. Ella puede esconder en el silencio de su brevedad, un poema, un discurso y un pensamiento filosófico que motive ratos de reflexión. Desde allí irradia musicalidad y silencio cuando concibe lo que está más allá del pensar .Por ejemplo: “El verbo es fuego que no cesa”, dice la poeta. Es cierto, cuando la mirada se levanta de la página los signos siguen fluyendo en el intelecto y en el corazón de los hombres. Estos aforismos nos hacen recordar poéticamente lo que hemos olvidado. Oigamos: “Hay palabras que atraviesan desiertos y suben rocas escarpadas sin perderse. Esas son las esenciales”, “El poeta rescata las palabras de la tiranía de los usos y significados establecidos. “La verdad última no puede ser dicha. La palabra se aproxima a ella sin tocarla”,

Entretanto, El misterio del fuego, se asoma en la página. La puerta se abre con un poema de El Cantar de los Cantares y un epígrafe de El lamento de Ariadna, de Edgar Vidaurre. Así dicen algunos aforismos: “El poder le teme al amor porque el amor no teme a nada”, “Sé lo que es la fealdad cuando me dejo arrastrar por la ira”. “Aprendí el arte de ver en tus ojos más allá de tus ojos”, “ El amor ama por encima de ser correspondido” El amor es lo predominante en este lugar de encuentro. El amor es un cuerpo que se imagina y se vive a través de la palabra. El lenguaje surge porque hay una erótica que es retórica también “ El incendio del alma” me lleva de la mano de Lao Tse con sus Meditaciones Hua Hu Ching. La poeta se expresa:”Vivo en tu misterio y permanezco en ti. Lleva mi ser al centro de tu Ser, quema mi alma en el fuego de tu Alma”, “Somos los invitados a la comunión del Verbo: amar por el amor de amar y ser por la pasión del ser”, “¿Cuál es la espada que ilumina la noche? La que corta la raíz del ego”. El encuentro con Dios, la búsqueda del espíritu Divino y el amor a su pasión recuerdan a la frase de Noé al ver la creación de Dios y la de Job al observar la restauración de su propia persona: “Señor: ¿Para qué existe un cielo sino para encontrarte?

La poeta Ida Gramcko, abre las celosías de “La conciencia en vigilia” para adentrarnos en aforismos referentes a los valores, la bondad, la justicia, la ética, la libertad. Se trata de ir a la otra orilla, a lo trascendente. Leamos: “No me alabes si vas a exigirme algo a cambio”, “Qué débil es aquél a quien los otros temen a causa de sus amenazas”, “El político que ofrece lo que no puede cumplir es un tonto. Pronto será repudiado”, “Respeto a quien me adversa para no convertirlo en mi enemigo” .En estos breves poemas el lenguaje se busca a sí mismo indaga con pasión en la semilla. La belleza de esta profunda brevedad, se cierra como flor diurna, hasta mañana que vuelve con sus fuegos a establecer un diálogo con el alma para liberarse del lenguaje. Entretanto, la llama sigue encendida como la fuerza creadora, espíritu, sabiduría intelectual y luz Divina.

*Sobre el libro La llama incesante, de Carmen Cristina Wolf, editado por el Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca y la Editorial Diosa Blanca.

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Palabras de luz en tiempos de sombra

Blog Roraima Brewer Carías

 

Palabras de Magaly Salazar  Sanabria, pronunciadas el  18 de mayo de 2015, Acto en homenaje  a Elizabeth Schön,  Ida Gramcko y Alejandro Lasser:

Muy buenos días. Saludo al Señor Presidente del Círculo de Escritores, a toda la Directiva del mismo, a los apreciados amigos, a los distinguidos escritores que disertarán de inmediato, al destacado público presente y muy especialmente a los nuevos Miembros del Círculo y escritores que han recibido condecoraciones de nuestra Institución, a quienes damos una calurosa bienvenida y les invitamos para que se incorporen activa y efectivamente a la asociación, a fin de mantener un vínculo de compromiso afectivo y literario que redunde en beneficio de la cultura y del país.

PALABRAS DE LUZ EN TIEMPOS DE SOMBRA

Es el nombre que hemos dado al acto de hoy. A los efectos, buscamos entre nuestros libros unos versos para darle un sentido poético al título de este encuentro. Y como la poesía es también mágica, abrimos el libro Tantos bosques, de Prevert Jacques (1993), en un poema llamado: “Los enamorados traicionados”, de sólo tres versos; que se constituyen en saetas de la concreción, en ballestas de sabiduría; leemos:

Yo tengo una lámpara

Y tú la luz

¿Quién ha vendido la mecha?”

Jacques Prevert

Porque la luz es una energía creadora, cósmica pero también se le ha relacionado simbólicamente con el espíritu y se le considera una manifestación metafórica de la intelectualidad y de la sabiduría. Según Pérez Rioja (1971), la Biblia, específicamente en San Juan, versículo 8, capítulo 12): La luz es Cristo “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida”. Entretanto, la sombra simboliza, según Jung, “el otro aspecto, el oscuro hermano de la individualidad humana” (p.276).De otra manera, Tomás Segovia, (1989), afirma: “lo que la comunicación simbólica transmite no reside en ella, sino en una exploración del receptor. Por eso, el lenguaje simbólico es esencialmente el lenguaje de la búsqueda, mientras el lenguaje literal es el lenguaje de lo encontrado” (p.445).

Juntados los opuestos, (coincidentia oppositorum), luz y sombra, nos detenemos en los tres impecables versos de Prevert. Y dado a su sintética riqueza, podemos especular con su mensaje, aunque el poeta francés nunca se planteó lo que vamos a anotar: Venezuela es una lámpara que necesita de nuestra luz pero alguien ha vendido la pajuela que ardería para siempre. Si no hay luz, la sombra nos seguirá. ¿Acaso no guarda relación esta lectura con lo que está pasando en el país? Porque parece ser cierto que un barco llamado Venezuela se escoró atado al muelle. ¿Acaso el término “vendido” no se relaciona en estos momentos con la “entrega” de nuestro Esequibo, el querido Delta del Orinoco y nuestras riquezas petroleras y mineras a otros países?

De esta manera , el interesante tema dicotómico es el preámbulo para presentar a los escritores homenajeados en el día de hoy: Alí Lasser, Decano de los dramaturgos venezolanos, novelista, con una dilatada obra, presentado por el narrador Alvaro Pérez Capiello; Elizabeth Schön, por el poeta, Presidente del Círculo, Edgar Vidaurre e Ida Gramcko, de quien disertará la poeta Silene Sanabria. Cada discurso traerá la palabra luminosa de los tres queridos y admirados escritores recordados hoy. Y la vamos a oponer a la penumbra reinante, que no es sólo la oscuridad económica, moral, de servicios hospitalarios y públicos, inseguridad, corrupción, muerte, represión y prisión para los disidentes, ignorancia, en fin, terrible violación de los derechos humanos sino la opacidad, estridencia y vulgaridad del lenguaje que intenta oficializarse y la falta de respeto a todo lo que signifique conocimiento y sabiduría. Por eso, el acoso a la Escuela Venezolana, desde la Básica hasta la Universitaria. Pero hoy los escritores llegan con sus palabras de luz, con la mecha de la lucidez encendida que el régimen no ha logrado vender. Ese es su único equipaje.

No obstante, el resplandor de la voz de los escritores, no se corresponde en estos tiempos con el entoldado mundo de la oficialidad y del cual se ha generado una casta de paladines de la violencia, el crimen, el insulto, el robo y de patriotas cooperantes o delatores de oficio. A los efectos, pensamos que un país mal educado es como la cáscara vacía de una luciérnaga muerta. Pero, todos esperamos “el sol que sigue”, como dice María Zambrano en su libro Claros del Bosque, o este poema de Salazar Sanabria, Magaly. (1996): “Cuando pienso en pleno eclipse/ la luna llena / es irreductible”,(p.57) o éste: “¡Busca el sol de fuego/desde lo oscuro,/ Van Gogh!”(p.157) .

El tema del claro- oscuro nos llevó a buscar entre nuestros libros. Allí encontramos un trabajo de Armas, Edda. (2007) acerca de Elizabeth Schön, en la excelente Revista Poda, dirigida por el poeta Ramón Ordaz. Edda habla del libro Luz Oval de Elizabeth Schön. Cito la estrofa de un poema:

Si encuentras la luz entre tu piel

piensa que es aquella

guarecida dentro del alma

con su corona de fuego blanco

para el canto y el paso

hacia el círculo” (p.78)

Coincidencialmente, la poeta Ida Gramcko le prologa un libro a Schön, Elizabeth, (2004) titulado El abuelo, la cesta y el mar. Es una publicación donde predomina la prosa poética. La temática se refiere a las experiencias de una niña al lado de su abuelo desarrolladas en un ambiente marino y que manifiestan sentimientos y emociones intensos. El hablante poético plantea conceptos como la estabilidad, perdurabilidad, fuerza, mansedumbre y libertad. Dice Ida Gramcko, refiriéndose al libro mencionado: “El misterio es lo oculto, lo desconocido, no lo que se posee. La luz, cualquier luz, no es enigmática ni huidiza. Es sólo inapresable con la piel. La luz es una especie de íntimo, interior, hondo-no irracional conocimiento; la constancia.” Una frase de Elizabeth rescatada por Ida es la siguiente: “Es mejor estar triste en la verdad que alegre en lo superfluo”. (p.XI) Este pensamiento lleva intrínseco la huella entre lo sombrío y la claridad.

Además, surge una pasión lúdica por los contrastes luz-sombra. El Premio Nobel 1913, Tagore, Rabindranath (2010), escribió varios aforismos poéticos sobre este tema: “Arrojan sus sombras ante sí / los que llevan su lámpara sobre sus espaldas”, “ Yo arrojo mi propia sombra sobre mi sendero/ porque tengo una lámpara que no ha sido prendida”, “Apaga tu lámpara cuando lo desees/ yo conoceré tu oscuridad y la amaré”(p.95). Es muy importante el sentido metafórico que tiene para los poetas, narradores, dramaturgos, fotógrafos y artistas plásticos y hasta los músicos del mundo, el contraste del claro-oscuro. Recordemos a un gran renovador de la pintura europea: Georges de La Tour. En su obra predominan las luces contrastadas y dramáticas como en el célebre cuadro de 1640: “San José carpintero”, que se exhibe en el Louvre de París. La vela que sostiene la niña alumbra, de manera conmovedora, el rostro de ella y el arduo trabajo del Santo, contra la penumbra reinante

Así, la presencia de la claridad y las sombras en las artes, suele expresar sentimientos y emociones. En medio de la nubosidad de su mente, Van Gogh pintaba girasoles y nuestro Reverón, estudioso de la luz, unos mares, desnudos y paisajes, que primero fueron azules, después blancos y más tarde se tiñeron de sepia. Y a propósito de los opuestos, Pepe Barroeta (2006) escribió: “Hay un arte de anochecer./ De la entrada del cuerpo al alma,/ de la niebla a la redondez/ y del círculo al cielo;/ hay un arte de luz, / un campo donde anochecer/ es mirar la vida/ con el cuerpo cerrado” (p.53) También, podremos encontrar luces y sombras coincidentes entre el Guernica de Picasso y el poema Trilce de Vallejo: Lo absurdo, la fragmentación, la desesperación, los grises, los negros, puestos en el lienzo y en el poema, sobre el papel. Y si acudimos a Foucault, Michel.(1976) en el capítulo Las Meninas, refiriéndose a la obra de Velásquez., es porque el autor menciona la importancia del espejo que hace resplandecer las figuras observadas por el pintor que está dentro del cuadro.

De todas maneras, lo trascendente es producir con la palabra un mundo más humano, palabra con peso y sentido, aunque sea leve, palabra lúcida, conmovedora, aunque sea breve, en la cual la magia de la voz, transmita la idea y afiance el sentimiento de vida en libertad. O como dice Cadenas, Rafael. (2000):” Que cada palabra lleve lo que dice/ Que sea como el temblor que la sostiene/ Que se mantenga como un latido”(p.101)

En estos momentos de sombra los invitamos a escuchar con su oído interior a los escritores que hablarán a continuación con sus palabras de luz. Mientras tanto, los dejo con estos versos para despejar la oscuridad que nos separa e intimida. De: SalazarSanabria, Magaly.(2006) “Somos la espiga que nace entre las rocas/ cuerpos de resistencia/ y la esperanza como subversión/ Somos la fe de los abrazos,/ presencia de vela en la sombra,/ el espacio para la libertad”(p. 87)

Reciban un caluroso abrazo.

Sala Cabrujas de la Fundación Chacao, Caracas

*Fotografía: Roraima.  Fuente: Charles Brewer Carías

Bibliografía

Armas, Edda. (2007) En Poda 5 (p.78) Barcelona: Fondo Editorial del Caribe

Barroeta, José (2006) En Poda 4 (p.53) Barcelona: Fondo Editorial del Caribe

Cadenas, Rafael (2000) Obra entera. México: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, Michel (1976) Las palabras y las cosas. México: Siglo XXI Editores

Pérez-Rioja,J (1991) Diccionario de Símbolos y Mitos. Madrid: Editorial Tecnos

Prevert, Jacques. (1993) Tantos bosques. Maracay: La liebre libre

Salazar Sanabria, Magaly (1996) Bajío de sal. Caracas: FEDUPEL

____________________ (2006) Cuerpos de resistencia. Caracas: Círculo de

Escritores de Venezuela.

Schön, Elizabeth (2004) El abuelo, la cesta y el mar. Caracas: Monte Avila

Editores.

Segovia, Tomás. (1989) Poética y Profética.México:Fondo de Cultura

Económica.

Tagore, Rabindranath. (2010) En Poda. Barcelona: Fondo Editorial del Caribe

Zambrano, María. (1986) Claros del bosque. Barcelona: Seix Barral

 

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Tres poemas de Enrique Gracia Trinidad

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Tres poemas del libro sobre películas de cine «Butaca de entresuelo», del poeta español Enrique Gracia Trinidad, Miembro Correspondiente y Emérito del Círculo de Escritores. Recibió la Medalla Internacional Vicente Gerbasi en Caracas, otorgada por el Círculo de Escritores de Venezuela.

VIVA ZAPATA (Elia Kazan)

Voy a tomar café con Marlon Brando
aunque esté gordo y viejo.
Que me diga otra vez aquella frase:
“Zapata… Emiliano Zapata…”
Así, como James Bond pero en sincero
lenguaje campesino,
de hombre que lucha por ganar su tierra.

Y a lo lejos que suene la voz de Víctor Jara.
_________________________

E.T. (Steven Spielberg)
A la memoria de Otto Rank, agradeciendo su estudio “El mito del nacimiento del héroe”

Venir del cielo que es su patria.
Curar a los enfermos con sus manos.
Volar como un milagro ante la luna.
Ser perseguido por los poderosos.
Resucitar después de haberse muerto.
Decir antes de irse: “Siempre estaré contigo”

O sea, como Cristo.
___________________________

UNA NOCHE EN LA ÓPERA (Sam Wood)

El mundo es un repleto camarote
donde ya no cabemos,
y alguien sigue pidiendo huevos duros.
Total, ¡y qué más da!

Insisto: No cabemos.
Cuando abran la puerta
se va a armar la de dios en el pasillo.
_______________________________

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Un poema de Yoyiana Ahumada

         

Yoyiana Ahumada

                         Kyodai

                  A Kira Kariakin

                        Luz de candil…

                        Mariposa del aire,

                        quédate ahí, ahí, ahí. Federico García Lorca

En la palabra

recojo la herida del mundo

Las mariposas

que me habitan

suelen ser un misterio

Abren y cierran

En perpetuo ejercicio de contemplación

Extreman su colorido secreto

Debo hacerme

                                               crisálida imperfecta

Cuando solo era sueño

Una promesa de vuelo

 YAAL

* Yoyiana Ahumada Licea es periodista graduada en la UCV,  1990.  Magister Literae (Universidad Simón Bolívar, 2001), escritora, guionista, e investigadora. Entre sus obras publicadas como autora o compiladora, están: «Venezuela: la obra inconclusa de José Ignacio Cabrujas» (2012), «Portugal y Venezuela: 20 testimonios» (2012), «Aproximación a nuestra cultura» (2011), «El mundo según Cabrujas» (2009), «Cabrujas ese ángel terrible» (2008), «50 Imprescindibles» (2002), «Empresas de vida; Primer Diccionario de la Televisión Venezolana» (2003), «Alucinados, visionarios e irreverentes, la idea escénica en Venezuela en los años 70» (Ecuador, 2001). Asimismo es autora del espectáculo «Cabrujas: la voz que resuena» (Cultura Chacao, 2011). Ha sido guionista de telenovelas desde 1992 y de varios documentales,  colaboradora en diarios, revistas nacionales y foráneas, y de la emisora FM Cultural 97.7.

 

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Charla: Guayana, tierra de promisión, 11 de abril de 2015

 

Guayana

El sábado 11 de abril a las 10 am, el biógrafo Dr. Carlos Alarico Gómez dictará una charla sobre el tema “Guayana, tierra de promisión”.

La cita es en el auditorio del Urológico San Román, lugar donde funciona el Club Médico Caracas.

FECHA: SÁBADO. 11 DE ABRIL? 2015?

.Hora: 10:00 a.m.

Lugar: Auditorio del  Urológico. Calle Chivacoa. Sección San Román. Urbanización Las Mercedes. Caracas.

PROGRAMA 

El Templo de la Amistad los invita participar cordialmente en la reunión cultural mensual del Club Médico de Caracas, pautada para el sábado 11 de abril a las 10:00 a.m. El evento se regirá por el siguiente programa:

 1.- Charla: “Foro  sobre Guayana”.

      Reseña histórica. Personajes. Costumbres. Anécdotas.

        Expositor: Dr. Carlos Alarico Gómez.

Tiempo  de exposición  30  minutos.

2.- Conferencia: “Nociones generales sobre Bromelias y sus cuidados básicos”.

Orador: Arquitecto Lorenzo Ilija.      

3.- Bautizo del Libro:”Epónimos y Sinónimos más frecuentes en Anatomía”.

Autor: Dr. Julián Viso Rodríguez.

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 ?4?.- Presentación del ensayo:”Venezuela: Ayer, hoy y mañana” que aparece en el libro “Venezuela: Ilusión, realidad o ficción” de la FVP

Autor del ensayo: Dr. Carlos Alarico Gómez

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