El efecto Hemingway

 

Guayana

El efecto Hemingway

Por Fausto Ramos*

El viejo Ernest asentó la frente

contra los cañones de su escopeta,

cerró los ojos, vio que un león se acercaba

y disparó. Ya era hora de que volviera a disparar.

Francisco Hernández

 

El día de mi encuentro con Marcelo Chiriboga, el cielo

tenía un color cenizo azulado que parecía augurar tormenta. Lo

encontré sentado por la Plaza Foch, a la salida de un café, sobre

una cómoda silla de mimbre y bajo una sombrilla, meciendo su

moccacino. Al acercarme se apoderó de mi brazo:

Fausto, mucho tiempo sin leerte –sonrió sarcástico.

Marcelo, tanto tiempo sin escuchar tus chistes agrios –

repuse también sonriendo.

Sigues a la defensiva como siempre… olvidemos lo pasado

y conversemos de nuestros planes futuros.

¿Quieres tomar algo?

Marcelo me invitó, dijo que quería proponerme un plan que

al fin le traería la fama que siempre nos había sido esquiva.

Recordamos entre risas el día que nos conocimos en un taller

literario, al que asistíamos únicamente por la convicción de hacer

arte, de crear. Recordé una frase de algún escritor francés que

decía que este oficio era un oficio de infelicidad, pero sin el cual

no podríamos tampoco vivir.

Escribíamos libros para repartirlos, como postales navideñas,

entre los familiares y conocidos, y gastábamos siempre de nuestro

agujereado bolsillo para organizar el lanzamiento en un aula que

parecía ser la más grande del mundo, porque jamás se llenaba. Sin

embargo, nos poseía un sentimiento especial de meta cumplida

mirar esa sala completamente vacía, con familiares y unos pocos

amigos que acompañan más por solidaridad que por interés

cultural.

¿Recuerdas? Cuando caminas desde el podio y subes las

gradas para recibir los abrazos de los amigos de siempre y de uno

que otro curioso que llega al final del evento, seguramente con

más afán de participar en el brindis que de la obra.

Y luego, durante el brindis, se formaba un enjambre de

voces con gente arrojándose a las bandejas con vasos de vino

Clos de Pirque, el más decente y barato que podíamos comprar, y

devorando los bocaditos como refugiados somalíes.

Claro, se iban formando los grupos para la sesión fotográfica

y al final, se dispersaban como fantasmas, ya sea por la hora o

porque se acababa el vino… o porque se lo escondía para que Le

groupe Vin saliera a libar en otra parte.

Tú les bautizaste así al grupito de borrachines que, con sus

mejores galas, asistían a todos nuestros lanzamientos con el único

afán de empinarse todo el vino que fuera posible.

Al final de cuentas, hay que ser compasivos con ellos… son

el público más fiel con el que contamos hasta ahora.

Sí, es cierto. Al menos hacen compañía. Es que no tiene

sentido escribir para que nadie te lea, regalar los libros a los

conocidos y repetir el ciclo interminablemente hasta ver si ocurre

un milagro y la crítica se fija en tu obra.

Y luego acudir a librerías para que reciban tus libros a

consignación y llamarles meses después para saber que siguen

empolvándose en sus estanterías.

Cuando el dinero escasea se te ocurre golpear las puertas

del Gobierno, para que tu creación forme parte de una lista

interminable de obras sin publicarse. Instituciones que más

parecen bodegas de añejamiento, porque, al parecer, creen que

los libros reposados adquieren cuerpo y un buqué más sutil para

el lector luego de siglos de estancamiento.

Sí, es la única manera de explicarse por qué esas instituciones

siguen publicando las mismas obras que la crítica extranjera miró

como pioneras muchos años atrás.

¡Cabrones! Como si eso fuera lo único que se produce en

el país. ¿Qué hay de nosotros, de los nuevos escritores, de los

que escribimos en computadora y ya no en máquina de escribir,

de los que regalamos vino y bocaditos junto con nuestras penas

volcadas en el papel para que alguien nos regrese a ver? ¿Qué

hay con nosotros, la generación de los ‘impublicados’? –Marcelo

se exaspera y continúa–. Si se te ocurre presentar tu obra para

concursos en los que dicen fomentar el rescate de los valores y

cultura locales, resulta que se premian obras que rinden culto a

lo escatológico. Y cuando al año siguiente escribes algo siniestro,

no te dan ni agua porque dicen que esa temática está decadente.

A mí se me ocurrió participar en una feria de libros,

exhibirme como un arlequín de circo o como diría un amigo

escritor: transmutar en un fenómeno de feria para ver cómo la

gente olisquea tu obra y pasa mirándote raro, haciéndote sentir

una especie en vías de extinción, por los miserables índices de

lectura que existen en el país: medio libro al año. ¿Te imaginas? Es

lo que un niño debería leer en una semana –y seguí elucubrando–.

¿Escribir para quién? ¿Escribir para qué? Sin embargo, lo

seguimos haciendo, Marcelo. ¿Cómo le puedes decir al salmón

que ya no navegue contracorriente? ¿Cómo le puedes decir a un

teatrero de la calle que no repita el mismo chiste agrio?

¿Cómo le puedes decir a un escritor que deje de crear

literatura? Pero todo esto va a cambiar, he hallado la fórmula para

que el mundo sepa de mi trabajo.

Miraba intrigado a Marcelo, tal vez porque era de las pocas

veces que invitaba algo o por la ansiedad de escuchar su idea para

salir del anonimato literario.

Te escucho Einstein. ¿Cuál es tu fórmula para alcanzar el

éxito?

El efecto Hemingway –dijo secamente.

¿Qué?

Efecto Hemingway –repitió impaciente–. Te explico, pocos

escritores en vida han sido reconocidos y únicamente cuando ya

no puedes siquiera orinar te premian. Analizando los antecedentes,

si quieres obtener fama rápida, solo queda una opción práctica:

escribir una buena obra y suicidarte, así como hizo Hemingway.

Dicen que sus sesos aún están regados del escopetazo que se dio,

pero él lo tuvo todo, fue corresponsal de guerra, un apasionado

de la vida, escritor, deportista, combatiente, bebedor y seductor

empedernido, prototipo del macho triunfante, ícono de la cultura

popular; solo le faltaba pasar a la inmortalidad y eso lo logró con

aquel disparo: “Ernest Hemingway despierta en su casa de campo.

Se pone la bata a la que llama la túnica del emperador, sale de

la habitación cuidando no hacer ruido para evitar despertar a su

esposa y va al cuarto donde guarda sus armas. De entre rifles,

pistolas y escopetas, elige una y baja al recibidor. Toma asiento y

apoya la frente contra los cañones”1.

¿Quieres decir que vas a suicidarte para que alguien te lea?

Técnicamente… sí. Pero en realidad, solo sería un adelanto

a la muerte con fines transcendentales –y me extendió un sobre–.

Es mi examen oncológico. El único que se fijó en este escritor, fue

el cáncer. Me diagnosticaron dos meses de vida y antes de morir

1 Rafael Vargas, Hemingway: el trauma que culminó en suicidio, Revista

Proceso, 2011.

quiero irme de aquí escribiendo una obra póstuma que el mundo

lea. Así como Larsson con su trilogía Milenium.

Pero Larsson murió de un paro cardiaco, subiendo al

ascensor y sin imaginarse que estaba escribiendo un bestseller.

Muerte, al fin y al cabo. Quiero pedirte un favor –me dijo–.

No voy a hacer un drama de esto, no tengo el coraje de hacer algo

espectacular como Hemingway, y lo único que sé es que el día

de mañana ya no estaré vivo. Quiero que tomes este borrador y

lo publiques como una obra póstuma, con tu prólogo. La obra se

llamará Palabras sombrías. También deberás ayudarme con el

lanzamiento de la obra y de lo que logres reunir con las ventas,

te quedas con el diez por ciento y el resto se lo das a mi esposa.

¿No decías que la odiabas y que ya no querías saber de ella?

Sí, pero hasta lo que odias lo terminas extrañando. Además,

de esa manera le demostraré que puedo servir, aunque sea de mal

ejemplo.

¿Y has decidido cómo terminar? –planteé tratando de

disuadirlo.

He estado investigando sobre el tema, mira por ejemplo

Alfonsina Storni, en lugar de caminar aguas adentro, como dice

la canción de Ariel Ramírez y Feliz Luna, se lanzó desde un

acantilado de la playa La Perla, en Mar del Plata.

Acá no podrías hacer eso. Tal vez buscar el puente del

Chiche o el de Guayllabamba.

O la poeta Marina Tsvetaeva, se colgó de una cortina en su

habitación.

Podría ser una buena alternativa.

Pero habría que ver un lugar alto y la buhardilla donde vivo

es una ratonera.

O Emilio Salgari, que se abrió el vientre con cuchillo –Dije.

Demasiado agónico para mi gusto, quiero algo más rápido

y efectivo.

Dijeron que Poe se suicidó envenenándose.

Es una teoría, pero usar veneno para ratas tampoco es una

medida que me seduzca. Como podrás ver, definitivamente la

clásica bala es uno de los métodos más populares: Jacques Rigaut,

Hunte Thompson, Sandor Marai y por supuesto Hemingway,

entre otros.

¿Y no podrías optar por una alternativa desesperada, como

seguir viviendo? Es también una forma de suicidarse…

No, ya está decidido. Y quiero que me ayudes a cumplir

mi última voluntad. Así confirmaremos si mi teoría del Efecto

Hemingway es cierta.

Desistí continuar hablando del tema y consideré la absurda

idea de Marcelo como un desahogo a su penosa situación. Preferí

conversar de temas más agradables y recordamos anécdotas

graciosas de nuestra vida bohemia, como aquella vez en que las

viejitas de un café nos confundieron con vividores. Al final nos

acercamos a ellas, siguiéndoles el juego, pero luego Marcelo se

acarameló con una y no la soltó en toda la noche. Me comentó

que la viejita era una solterona que le llevó a su casa y al día

siguiente le había servido el desayuno y embarcado en taxi, no sin

antes pagarle por sus servicios. Cuando le pregunté cómo se había

sentido, su respuesta me desternilló de la risa: “si eres bueno,

luego te pagan. La primera vez que recibes dinero te sientes mal,

luego ya te acostumbras. El problema es que después quieres

cobrar a todas las que se acuestan contigo”.

También recordamos que utilizábamos los libros como

divisa, ya que los intercambiábamos por otros libros usados o

nuevos, y a veces hasta eran una forma de pago para aplacar el

hambre atrasada o la última cerveza, donde la dueña del local, con

cara de madrastra, aceptaba el libro sin convicción.

Nos despedimos dos horas después y me hizo prometerle que

publicaría su obra póstuma.

En la noche recibí una llamada. Era Marcelo diciendo que

fuera a verlo. Considerando su estado depresivo y sus oscuras

intenciones, no dudé en acudir, era lo menos que podía hacer por

un colega de letras e infortunios. Llegué hasta el cuartucho que

arrendaba en San Juan y golpeé la puerta.

Entra Fausto –oí su voz desde adentro que me invitó a pasar.

Al correr el cerrojo, una detonación violenta explotó en mis

oídos. Y lo que miré me hizo recordar a Hemingway. Marcelo

había adecuado la puerta para que yo accionara el gatillo al entrar.

Ahí estaba un amasijo deforme… ahí estaba Hemingway… ahí

estaba un cojudo escritor ecuatoriano jugando a ser inmortal.

Llamé a la policía y luego llegaron los familiares. No había

dejado ninguna nota explicando su decisión y preferí respetar su

última voluntad.

Luego de responder algunas preguntas de rigor, acerca de

cómo se dieron los hechos, me dejaron marchar y llegué a la casa

con una curiosa morbosidad por leer el borrador de Marcelo.

Al hojear el trabajo, descubrí un alma atormentada que

seguramente había amado y odiado con intensidad. El libro de

relatos, Palabras sombrías, daría mucho de qué hablar a una

sociedad hipócrita como la nuestra, donde la moral viste velo de

beata, sale a misa de madrugada y se entrega lujuriosa por las

noches.

En el entierro de Marcelo supe que mi amigo sufría una

profunda depresión desde la ruptura con su esposa y que el tema

del cáncer era mentira, como lo comprobaron los resultados

forenses. Posiblemente tenía cáncer al alma. Me mintió para que

su decisión tomara fuerza, luego de yo haber aceptado continuar

con el plan que había urdido.

Palabras sombrías. Relato oscuro erótico, contiene una

ácida crítica a la sociedad, mostrando el lado oculto de nuestros

corazones. Y como Marcelo lo narra en su obra, la naturaleza

humana es claro-oscura y para demostrarlo, decidí hacer algunas

variantes al imprimirlo.

El libro se titulará Palabras sombrías y yo seré su autor. En el

prólogo aparecerá Marcelo Chiriboga y le daré el diez por ciento

de los ingresos que obtenga con su publicación a su exesposa. La

zorra se merece menos que eso, pero seré magnánimo.

Al hacer pública mi decisión de ayudar a la esposa de

Marcelo, los medios de comunicación han difundido el libro y la

crítica ha sido benevolente. Incluso tengo propuestas de editoriales

extranjeras para traducirlo, así como para escribir sobre la trágica

vida de mi entrañable amigo… quién sabe y algún día hasta le

hagan una película taquillera.

 

*FAUSTO RAMOS

(Ambato, Ecuador, 1970).

Escritor y gestor cultural de Letrábilis, grupo de gestión y difusión cultural de Literatura Ecuatoriana. Ha publicado los libros de cuentos El Señor de los Cuentos : Historias Perdidas de la Mitad del Mundo (Editorial Lagarto Azul 2011), género fantástico- ecuatorial; Palabras Sombrías (Editorial Rampi 2012), género relato oscuro; El Señor de los Cuentos II: Crónicas Fantásticas del Equinoccio (Editorial Rampi 2014), género fantástico- ecuatorial.

Su obra Palabras Sombrías se hizo acreedora a la mención de honor a las mejores obras Publicadas en género cuento, Premio Joaquín Gallegos 2012, otorgada por el Municipio de Quito.

Ha participado en una antología nuevos escritores ecuatorianos titulada Luz Lateral 2 bajo el Sello Editorial Jaguar.

Su relato corto Deja Vu está incluida en el proyecto Minicuentos de autores del Ecuador, Fundación Cultural Rocío Durán Barba y traducido al francés por la Casa Internacional de Poetas y Escritores de Saint Malo.

Sus próximos proyectos son la saga del Señor de los cuentos 3: Siniestro, historias de terror ecuatorianas, así como continuar con la construcción de su primera novela.

Comparte esto:

Astrid Lander: «Jean Aristeguieta es un milagro en la poesía venezolana»

 

Por Astrid Lander

 

 

VLUU L200 / Samsung L200

Cuando se aborda a Jean Aristeguieta, una primera sorpresa nos brinda: es la poeta venezolana viva que más ha publicado libros tanto en Venezuela como en el exterior. Se cuentan al menos 60 libros editados, además posee otros 50 poemarios inéditos. Esto testifica su fertilidad creadora y dedicación exclusiva a la poesía. Otra sorpresa: la distribución de sus libros por internet. A este respecto, la poeta no está al tanto de que a través de ese medio se pueda obtener referencias acerca de ella. Y enternece la curiosidad de la poeta por saber de qué se trata. Es una lección de vida constatar que a esta edad respire tanta ilusión.

Poeta viajera, vivió en España unos años, donde publicó gran parte de su obra, además fundó en Madrid la revista de poesía “Árbol de fuego”, con poemas de diferentes poetas del mundo y también crítica, reseñas, meditaciones estéticas, siempre desde la poesía misma. Ha sido traducida a varios idiomas y dialectos, publicada en antologías de poesía internacional y sobre todo, cuenta con la admiración de personas honorables en el medio literario mundial, y amigos poetas que la veneran.

Poeta premiada, posee el José Vasconcelos de México, el Diploma Maestro de Poesía de Chile, la Medalla Institucional en su Clase Única de la Asociación de Escritores Venezolanos, el Premio de Poesía Hölderlin y entre otras distinciones literarias, goza del título de Condesa Paladina Von Derneck, el cual le fue adjudicado por su distinción como mujer y como defensora de la poesía. Además, por su afán en abanderar la voz poeta sin distingos de lo femenino ni masculino y actualmente le emociona constatar que esta idea se ha fortalecido con los años.

VLUU L200 / Samsung L200

Jean Aristeguieta es un milagro en la poesía venezolana
Mujer célebre que es, tanto en su persona como en su poesía, melómana, lectora infatigable de los poetas consagrados, seguidora de Francisco de Asís y Santa Teresa de Jesús, profesa un culto por la Hélade, por todo lo que evoca el mundo griego, su filosofía y poesía, catarsis teatral, mitología, sus templos e islas. El hermoso libro “Hélade” es una suerte de contemplación poética de su viaje por Grecia, narrado en tercera persona. Conmueve el primer párrafo en el que escribe: “Cuando en la adolescencia vio grabado el nombre de Safo en una goleta que navegaba por el Orinoco, percibió lo legendario”. Ahí pienso que germinó y se iluminó la pasión poética en Jean Aristeguieta.

Entonces publica su primer poemario “Alas en el viento” en 1942, y desde allí se perfila la riqueza de su poesía, la cual la hace una de las protagonistas del desarrollo de la poesía venezolana. Cuando la leemos, hallamos la fineza en sus poemas-joyas, y asimismo advertimos la constante formalidad de la poeta cuando tiende a juntar con guión, dos o tres palabras, para ampliar la resonancia multifacética del lenguaje. También visualizamos la audacia adelantada de la presentación de sus versos sin comas, sin puntos seguidos ni puntos aparte, que fluyen sin trabas y siguen la libertad de la forma en la poesía, sin perder la coherencia ni la cadencia poética. Otro recurso efectivamente logrado es la reiteración de sustantivos en la misma línea para adjetivar la segunda y tercera repetición del sustantivo. Todo ello le confiere sonoridad a su poesía, la cual es además de acústica, contemplativa, palpable, emotiva. Tal es el resultado de las descripciones, de las imágenes tan vívidas.

 

 JEAN ARISTEGUIETA 3

Ha sido traducida a varios idiomas y dialectos, publicada en antologías de poesía internacional.

Poeta solar, que celebra la belleza, la luminosidad, la pureza, la fe en la vida como tal. Elevada, armónica, libre. Aun cuando hable de la oscuridad, allí mismo alumbra una chispa de luz, así cuando versa a la muerte, viva como la vida.

Jean Aristeguieta es un milagro en la poesía venezolana, basta leer un poemario suyo para detectar la paz, la plenitud, la gracia. Es su obra una poesía de la flora y fauna, con la enumeración detallada de la naturaleza para hacerla suya. Parte desde su paisaje oriundo de selvas y piedras preciosas de la Guayana, de la aldea natal Guasipati, y se contagia entre los paisajes del mundo que ha recorrido e imaginado. En el libro “Poemas Venezolanos” el poema titulado “Un texto para mi aldea” escrito en la distancia, desde Madrid, en 1965, culmina así: “Ninguna como ella la aldea cuya inmanencia / cubre de abrasadora belleza cuanto escribo”

También descubrimos en esta poeta numerosos poemas ars poética. De poesía como oración, como puente a lo sagrado. Poesía como verdad. La espiritualidad de la poesía se respira en los textos del poemario “Antología del ser”, publicado en Chile, en el 2002: “Descripción de la poesía / itinerario del delirio / diccionario de arcángeles / epigrafía de las flores / imagen de los espejos”

Con equilibrado estilo destila versos como torrentes, límpidos y níveos. En “El país de las mariposas” las palabras como mariposa, fábula, rocío, magia, arcángel, son leit motiv que la acompasan, como ecos deleitables, a la par que expresan luminosidad.

La doble lectura que detectamos en la totalidad de su poesía, la simbolización, lo enriquecedor de sus metáforas, da cuenta de lo que esta poeta inmedible contiene, de la expansión de su poesía.

Tal vez por su dulce humildad y sencillez no ha sido reconocida en el país como se lo merece, aun cuando está en el pedestal de la poesía. Tal vez no la hemos leído con detenimiento para seguir su legado y aprender de su perseverancia: “Pasan los años como cenizas y yo sigo creyendo en la belleza…Voy hacia la eterna poesía por siempre para siempre”. Esta es Jean Aristeguieta, tal como ella misma escribe: “mujer mujer mujer / poeta desvivida”.

Comparte esto:

CON MI MÚSICA Y LA FALLACI A OTRA PARTE

Blog Mujer, ilustraciónGracias a la conocida periodista Faitha Namens por escrbir  en facebook lo siguiente:

Elisa Lerner, la amada, me envía este artículo sobre la fuerza hipnótica de las redes; llega por ellas, sí, y es conmovedor… (never surrender).

CON MI MÚSICA Y LA FALLACI A OTRA PARTE

Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en periodismo.
Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.
Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies.
Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.
Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos -aunque más no fuera para no ser maleducados- todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen.
Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.
Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en 20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?
Así con todo.
¿Qué es lo que pasa en Siria? Silencio.
¿De qué partido tradicionalmente es aliado el PIT-CNT? Silencio.
¿Qué partido es más liberal, o está más a la «izquierda» en Estados Unidos, los demócratas o los republicanos? Silencio.
¿Saben quién es Vargas Llosa? ¡Sí!
¿Alguno leyó alguno de sus libros? No, ninguno.
Conectar a gente tan desinformada con el periodismo es complicado. Es como enseñar botánica a alguien que viene de un planeta donde no existen los vegetales.
En un ejercicio en el que debían salir a buscar una noticia a la calle, una estudiante regresó con esta noticia: “todavía existen kioscos que venden diarios y revistas….
En la Naranja Mecánica, al protagonista le mantenían los ojos abiertos con unas pinzas, para que viera una sucesión interminable de imágenes, veloces, rápidas, violentas. Con la nueva generación no se necesitan las pinzas. Una sucesión interminable de imágenes de amigos sonrientes les bombardea el cerebro. El tiempo se les va en eso. Una clase se dispersaba por un video que uno le iba mostrando a otro. Pregunté de qué se trataba, con la esperanza de que sirviera como aporte o disparador de algo. Era un video en Facebook de un cachorrito de león que jugaba. El resultado de producir así, al menos en los trabajos que yo recibo, es muy pobre. La atención tiene que estar muy dispersa para que escriban mal hasta su propio nombre, como pasa.
Llega un momento en que ser periodista te juega en contra. Porque uno está entrenado en ponerse en los zapatos del otro, cultiva la empatía como herramienta básica de trabajo. Y entonces ve que a estos muchachos -que siguen teniendo la inteligencia, la simpatía y la calidez de siempre- los estafaron, que la culpa no es solo de ellos. Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo.
Entonces, cuando uno comprende que ellos también son víctimas, casi sin darse cuenta va bajando la guardia.Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante. No quiero ser parte de ese círculo perverso. Nunca fui así y no lo seré.
Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible. Justamente, porque creo en la excelencia, todos los años llevo a clase grandes ejemplos del periodismo, esos que le encienden el alma incluso a un témpano. Este año, proyectando la película El Informante, sobre dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook. ¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que aguantarme las lágrimas!
También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente: primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana se sentó frente al dictador. Les expliqué todo. Les pasé el video de la Plaza de Mayo repleta de una multitud enloquecida vivando a Galtieri, cuando dijo: «¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!».
Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación.
Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando su Facebook. Todo el año estuvo igual.
Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Ellos querían que terminara la clase.
Yo también.
Leonardo Haberkorn
(Leonardo Haberkorn es un periodista muy conocido, era hasta este artículo el Coordinador de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la ORT. Tiene un blog que se llama El Informante, al cual pueden acceder a través de internet. En ese blog, escribió este artículo que prendió fuego Twitter y FB)

 

 

Comparte esto:

Despedida a Jean Aristeguieta

Jean Aristeguieta 002

Por Horacio Biord Castillo

Palabras para despedir a doña Jean Aristeguieta

(Guasipati, julio 31, 1921 – Caracas, enero 08, 2016),

Miembro Correspondiente por el estado Bolívar de la Academia Venezolana de la Lengua

La Aurora no quiso tocar el día con sus rosados dedos. Se puso un guante, un guante viejo y transido de dolor. Brisa y humo de otros recónditos lugares nos convocan. Brisa de un mar abierto, lleno de peces, un mar que no da cosecha, pero lleva a islas y playas ignotas o cercanas. La arenosa Pilos. Ítaca, la tierra a la que se llega tras anfractuosos viajes. El Olimpo sagrado donde Zeus tonante y Pallas Atenea, la de ojos siempre brillantes, Febo Apolo, Artemisa y Hermes nos aguardan. Y Lesbos, la isla de la barca que Jean vio en el Orinoco.

Acaya, la Hélade clásica, ha querido desviar los ríos brumosos que corren por el Hades y abrir un resquicio de luz, con rosas que brillan como coloridas botellas en cuadros que engalanan y perfuman, para recibir a una musa guayanesa que hoy nos deja y no nos deja, porque -como la poesía y la literatura- es y no es, viaja y no viaja, pero siempre brilla, Jean. Árbol de luz. Árbol de fuego. Árbol de vida y no mera ciencia.

Jean nos deja porque tiene que reencontrar otros brazos, otros labios, y oír otras palabras, voces niñas, voces adolescentes, voces de madurez y plenitud. Jean nos deja porque quiere estar siempre con nosotros estando con Aquel a quien ya intuían los moradores del Olimpo y quienes, reverentes, les ofrecían hecatombes o libaciones. Jean nos deja porque quiere besar a los suyos en la bruma de la tarde, los seres queridos, las manos que pintaban y volvían a pintar su mundo y el mundo de los vivos, de esos que aún respiran o están vivos porque permanecen en el recuerdo. Jean nos deja porque su obra se hizo grande y venturosa, clásica, como las columnas y arquitrabes del templo de Atenea, como las uvas que producen dulce vino o los hornos que cocinan suave el pan. Clásica como la música de los poemas más antiguos, clásica como la antigüedad escondida en las piedras y en las voces casi invisibles que pueblan la selva de Guayana, Jean nos deja porque su frente lleva los diplomas, los títulos, las dignidades académicas, los sobrados méritos de una anciana siempre juvenil en la evocación y el amor. Jean nos deja porque otros mundos, sus mundos, otras almas, las más amadas, la llaman, la esperan, la celebran, en el Absoluto canto de querubines, tronos y principados. Jean nos deja para que la vida continúe en sus versos, en su pasión, en su huella.

Y por eso mismo Jean no nos deja. No puede dejarnos quien deja tantos libros, tantos poemas, tantos ensayos, tantas cartas, tantos números de revistas bellamente editados. No puede dejarnos quien deja una obra tan densa, cartas tan hermosas, gestos, sonrisas, anhelos, deseos. No puede dejarnos quien nos deja también preces e invocaciones al Señor de los tiempos y de la luz, de la luz eterna. No puede dejarnos quien amó junto al Ávila (que sus coterráneos más antiguos llamaran Guarira Repano) y más allá de las columnas de Hércules, en las tierras arcaicas del olivo y el laurel. No puede dejarnos quien viajó amando, escribiendo y dedicando sus versos al sentimiento más sublime. No puede dejarnos quien, como Safo, se entregó al oficio de orfebre de la palabra y la pasión. No puede dejarnos quien, como Whitman o Lorca, buscó playas más nítidas para cantar. No puede dejarnos quien, como Kavafis, entendió con exquisitez y excelsitudes el sentido de la tradición y la esencia de lo clásico. No. No puede dejarnos quien como Homero no necesitó luces en los ojos para sentir el resplandor de los dioses, las finuras de las diosas, de seres inmortales que tomaban figuras humanas, pinceles del amor. No. No puede dejarnos alguien que escribió testamento tan hermoso: versos, prosas, pensamientos. No.

En mis días adolescentes, en mis momentos juveniles, el nombre de Jean Aristeguieta era un lucero inalcanzable, un placer de lectura, éxtasis puro. Nada me decía entonces que más tarde, no en la tarde sino en la plenitud del mediodía, en el pináculo del plenilunio (porque la vida es noche, por ser sueño y anhelo) tendría la bendición de oír la voz de Jean, voz de Guayana y voz de Grecia, en un hogar bendecido por el amor y el recuerdo, y de besar sus manos de poeta, sus manos hechas poesía, a la par que mis ojos se deleitaban en las formas, colores y luces de mil tonos que brotaban, que brotan, de los cuadros de Elvira Senior. Pocos regalos como ese, poquísimos como saber que Jean, que Jean Aristeguieta, que doña Jean Aristeguieta, dama de la poesía y las letras universales, oyó mis –ante ella- balbuceantes palabras y leyó mis –ante las suyas- torpes líneas. Gran regalo del Cielo, cuyas puertas imploro abiertas para esta mujer que nos deja y no nos deja, que se va y no se va porque siempre ha de volver, como mujer de letras, como poeta, como mujer hecha por y para el amor.

Jean, nos dejas el camino, nos abriste el camino, entre tantos peñones como Escila y Caribdis, como tantos seres sobrenaturales metamorfoseados en piedra en los ríos y raudales de la Guayana, en sus selvas, como esos dioses y diosas que tanto amaste con palabras que se lleva el viento, que nos las trae y siempre ha de traer.

Nos dejas y no nos dejas. Te vas y no te vas. Tu alma siempre, como Tiresias, acaso, nos alumbrará los caminos, nos dirá las señas para llegar a los más ansiados amaneceres, a los incansables en su rubor dedos de la Aurora. Tus palabras, Jean. Tu ejemplo, Jean. Tu amor, Jean. Tu entrega, tus voces, tus silencios, tus páginas todas, escritas a máquina o con la ambrosía caligráfica de tus lápices tornados pinceles y poemas en los cuadros del amor y la admiración por el más puro sentimiento que, junto a la idea de lo divino, una o muchas, no importa, nos hace humanos.

Vivirás entre nosotros, Jean. Regresa a Ítaca. Allí, ahora, lo sabes, te esperan, derrotados los impertinentes que asediaban el palacio y el amor que resplandece en tu obra, tras dibujar y desdibujar el cuadro del infinito anhelo. Viaja tranquila, Jean. Los vientos te sean, te serán, favorables.

Mil veces seas bendita, poeta.

Horacio Biord Castillo

San Antonio de Los Altos (Gulima), a 9 de enero de 2016

Comparte esto:

Cuento de Reyes

Reyes-Magos

Por Horacio Biord Castillo

El más moreno de los tres,

que ya había muerto cuando Jesús visitó sus tierras,

se llamaba Sair o Seir. Murió con el bautismo de deseo

Beata Ana Catalina Emmerich[1]

 

El agua transparentaba la piel de la venera. Reflejaba los rayos solares, las arenas y una música que ya había oído antes, que le parecía haberla oído. El agua agitó en la concha olas de espuma y el mar, lleno de peces, se abrió. Arpegios y brisa se confundían, lenta, aceleradamente después y de nuevo en forma muy calma y sosegada. Voces, gritos lejanos, como susurros en la distancia. Una luz intensa coronaba la noche y llenaba de sutiles reflejos de plata las culebrillas que transitaban cada día pastores y mercaderes, acaso algún salteador, pordioseros y vagabundos. Una mujer caminaba con un niño a cuestas, perdida, intrigada por el paisaje. Una cría de camello mamaba bajo la corta sombra de una palmera. Balidos. El ruido de la arena al danzar besando al viento.

Las tiendas se alzaban al caer la tarde y los sirvientes tocaban arpas y cítaras. Del agua emergían los rollos que acariciaba con fervor. Los mapas del cielo y la tierra se confundían entre sus dedos. En la mano, como un globo de fuego, se le posaba una bola de cristal donde leía las constelaciones y los recovecos de cada arcoíris, sus voces, incluso las más silenciosas y reprimidas. El cielo mostraba la ruta cada noche, cada mañana cuando aún la luna trasnochada brillaba sobre las tibias arenas o se confundía con el olor de cabras y ovejas o con la mirada espesa de los camellos de la caravana. Sonaban arpas y cítaras y algún bailarín hacía piruetas y con sus negros tobillos agitaba cascabeles, fabricados de pezuñas secas y metales. Escarabajos y toros alados, señores de músculos vengativos se veían estremecidos entre los orificios de la concha. Dorados becerros, seres antagónicos. Sus rostros se alargaban hasta desdibujarse como gotas que caían sobre el polvo. Polvo eran, polvo volvían a ser, polvo que ahora sus ojos veían extraño e impuro, cenagoso.

La luz seguía en el cielo. Derrota de astros guiada, cada paso contaba para apurar la marcha, cada desfiladero, cada oasis para abrevar y recoger dátiles. Llegaba la hora de la brisa y un olor de nardos impregnaba las ruinas que divisaban a lo lejos, algunas junto al mar, en las rutas más antiguas y transitadas, olorosas a seda y especias. Estrella partida en mil pedazos, luceros diminutos, mediodías como alfombras sobre el mar color vino que no daba cosecha, cada tarde volvía a pensar en aquellos relámpagos que brillaban y ardían más en la mente que en la bóveda celestial. Una noche se quedó dormido fuera del lecho, junto a las paredes de la tienda, sobre una manta de arabescos áureos y encarnados. El desierto se hizo cerúleo y luego mar, como las estrías brillantes de la concha, y el mar se abrió en una música de azahares. La ciudad estaba repleta de gente y hombres y mujeres hablaban con desparpajo. Unos llevaban pan, otros bajo el brazo gallinas y las mujeres se peleaban por ánforas y platos de cerámica. Un pastor, en el sueño, lo miró con asombro. La caravana seguía al compás de aquella música de alas, a ratos luz y sándalo, incienso.

Debajo de la concha una escalera conducía a una gruta oscura y con trazas de humo. Arriba, más arriba del agua abierta como un mar, flotaba un pez, y más arriba un cordero, y luego una paloma, una blanca paloma de alas muy precisas y tierna mirada. Muchos reyes se asomaban al camino. Algunos se postraban. Otros besaban la concha y se impregnaban la frente con el índice. Otros seguían impertérritos con hachones humeantes y sin brillo en las manos. Un caballo cornudo, de marfil tocado entre las crines y los ojos, galopaba con dulzura. Recorría praderas y selvas. Un niño vestido de pieles hecho hombre cantaba junto a un río. La concha brillaba entre aquellas manos benditas y el agua reflejaba su rostro y, en su mirada, las vistas de aquellos días, tantas voces y aromas, la música y la luz, la esperanza de llegar adonde los rayos iluminaban la tierra y cesaba cualquier resquicio de tiniebla. Las tiendas se recogían al amanecer y proseguían al encuentro, con lentitud pero sin sosiego.

Al postrarse sintió, tantos años atrás, la fuerza de las olas de aquellos océanos incontenibles que palpitaban, se abrían y volvían a cerrarse ahora, en la pequeña concha de venera. Sus ojos seguían mirando la luz, no tanto las luces palpitantes del cielo, sino aquella luz diminuta que hacía brillar la paja del establo y el hocico de las bestias, aquella luz que se hacía mirra y sal, aquella luz que era un camino y un altar en el silencio y el frío de la noche. Aquella luz no lo encandilaba sino abría el corazón de la concha, las entrañas del molusco, su canto de eternidad, como olas presas en el aroma y el candor de aquellos mapas celestes que mostraban geniecillos y bestias en las formas del cielo, retazos de historias, leyendas. De hinojos escuchaba el ruido del estandarte, la búsqueda sin fin, la senda del pastor tras los balidos de una oveja descarriada, cantos graves, llanos, simples, monódicos. Seguía con emoción el sonido bárbaro de los textos. La bola de cristal se hacía más transparente, como el globo de fuego que ardía sobre zarzas y olivos, sobre laureles y acacias sin quemarlos.

El mar abierto proseguía agitándose en aquella concha. El agua regaba tierras lejanas y naves ventrudas caminaban sobre lagos y ríos, como señores que sienten el deseo de llegar al aposento tantos años ansiado, un mundo sin torres inclinadas, sin carros desuncidos, sin seres atados y dubitativos. El agua caería como lluvia sobre tierra fértil, llena de granos y semillas. No llevaba turbante ni corona, solo sobre sus sienes el recuerdo de aquel viaje enigmático que de nuevo lo convocaba, que nunca había dejado de convocarlo veinte generaciones atrás. Su tumba en lejanos parajes sería venerada en relicario de oro. Sus pasos serían seguidos en cabalgatas por ancianos y niños, por ancianos que suspiraban como niños, por niños que debían seguir siendo como niños para llegar algún día a ser ancianos y comprender a plenitud el misterio de las cabalgatas. El agua era perfume y viento, suave viento del jardín, aroma de cuatro ríos. La gota era aquella mirada, aquel cántico de paz, aquella sinrazón suficiente para ser la única razón de cruzar desiertos y pasar al filo de acantilados y abruptas cañadas.

Décadas después, sus huellas se reflejaban en las aguas bendecidas que ansiaba para lavar su frente por última y definitiva vez, como tantas veces sus manos o los pies, despojadas las sandalias, llenos de polvo, de ese polvo del camino que recordaba el polvo primigenio, el barro y lo transitorio del crepúsculo. Deseaba beber aquella agua, vasta como los océanos, agitándose y, a la vez, aquietándose en la concha de la venera, beberla en la frente, sentirla cada día en los dedos, en los pasos, humedeciéndole las huellas, fecundándolas. Solo eso, entre tantos objetos del palacio, deseaba. Solo ese momento, entre tantos vividos, entre tantas profecías y anuncios del cielo lleno de estrellas, deseaba. Paja y musgo de un establo, cántico de criaturas simples, luz potente en la luz más tenue, hálito y modorra de pastores. Al nombrar creaba. Al desear nombraba lo creado. El agua se agitaba tranquila en la concha. Alfa y omega. Tres soplos estremecían la concha, el agua.

 

Comparte esto:

Cumaná y José Tomás Angola

Enrique Viloria

Cumaná y José Tomás Angola

Por Enrique Viloria Vera

José Tomás Angola Heredia es dramaturgo, poeta, narrador, director teatral, guionista, ahora se nos revela como bucólico ventrílocuo. Los Legajos del Marqués, no son de ningún Marqués, en realidad son los suyos; le permiten al escritor concretar una elegía poética a la ciudad de Cumaná, en lengua cumanagota unión de mar y río, fundada oficialmente en 1521 por Gonzalo de Ocampo – aunque ya desde circa 1515 utópicos misioneros franciscanos y dominicos crearon un poblado y construyeron un modesto convento – es con justicia considerada la primogénita del continente americano. Muchos nombres tuvo a lo largo de su accidentada y guerrera consolidación como villa: Nueva Toledo, Nueva Córdoba, hasta que finalmente se impone el originario nombre de Cumaná, formando parte de la extensa y muy rica Provincia de Nueva Andalucía. A continuación, dos poemas de José Tomás Angola:

Barbas y cabellos tanto mecido

por los días de travesía lengua

que ya el mare no recuerda a los idos.

Pero agora los caminos temidos

de astrolabio y arenga

se hacen de golpe caminos perdidos.

* * *

Con el sol rabioso del mediodía

asando cabo corchado y chicote

aguas verdinas cuando en felibote

ancoré en la Nueva Andalucía.

Menuzas urcas sin altanería

galeotas con el velamen arlote

tan triste parece simple capote

mientras descansa la marinería.

En puerto del paraíso soñado

do los ángeles son aves fermosas

y el mar un manto de azul templado.

Y es que lo nunca antes imaginado

a no ser me digan que falseo cosas

aquí se hace delirio de afiebrado.

José Tomás Angola

Desempolvando viejos legajos escritos en castellano antiguo, el poeta realiza un verdadero ejercicio de arqueología lingüística para rescatar las voces y usanzas de la época de la conquista, utilizadas por la gente del común mucho antes – para nuestro bien o nuestro mal – de que la Real Academia de la Lengua uniformizara y regulara el habla, ahora idioma. Recoge Angola en sus legajos la nota inicial escrita de su puño y letra por “D. Cristóbal del Hoyo – Solórzano y Sotomayor, Primer Vizconde de Buen Paso y Segundo Marqués de la Villa de San Andrés, ilustre poeta tinerfeño”, apodado también “el aventurero venturoso”, “el Quevedo de Canarias”, cuyo revelador texto reza de este tenor:

Así las encontré. Hojas leonadas escondidas bajo estoque, calabozo, contería de Taguache, boemios raídos, un coselete enmohecido, ruinosa talega, una Chaguala que algún salvaje le obsequió o él apropiose guerreando. Creí que serían sólo hojas sueltas de algún Auto. A lo mejor Probanza de haber asistido de mirada y oída a las maravillas de la Nueva Andalucía. Todo lo supuse, yo que fui vueso hijo. Pero e allí que he descubierto verso clarísimo pergeñado por él. Él que sólo berso había servido. Aunque me tenéis por travieso y díscolo, no se crea que estas hojas mías son. A él pertenecen. Y agora que duerme cual durmiente de sueño cristiano en esperanza de último día, yo le hago justicia y a luz saco, para avío de mi suerte y patronímico, este escrito. Y agora reconozco que salí bardo porque de bardo él hubo ejercido. Y si yo espada como él manejo, agora sé que ambos pluma compartimos. Que la suya fue secreta y la mía con ruido. Ahí les dejo, lectores míos, las letras de un Marqués que soldado ha sido y yo jamás con musa e ingenio le hubiese creído. Ahora que yo soy, por herencia, el Marqués y él se ha ido .

Cristóbal P V C D B P

Y menuda sorpresa recibimos los lectores contemporáneos de estos vetustos pliegos escritos – ahora lo sabemos con certitud de escribano poético de D. José Tomás – por ”D. Gaspar del Hoyo – Solórzano y Alzola, quien en vida fuese el Primer Marqués de la Villa de San Andrés según reza en real despacho firmado por D. Felipe V y fechado en Madrid el 2 de enero de 1708”. Leamos el mamotreto inicial del Marqués de Angola:

CARTA DE RECOMENDACIÓN A QUIEN OSE AVISTAR ESTOS VERSOS

Que no se me acuse de poeta sin haber cumplido. Yo, el más bizarro entre los bizarros. Puño de fierro. Alabarda en ristre. El primero que siempre acometió apicar. Que montonería supe desde niño. ¡Ay, cuántas escaramuzas sin peto! Ni falta hizo. Ya con mi alma de soldado tenía. Y yuso de la piel este corazón empeñado al Altísimo porque patrono del Convento de los Recoletos del Espíritu Santo de Icod he sido. Y fue a vuestra Magestad a quien serví con fervor. Serví á ella en las Islas de Thenerife, y la Palma, mas de veinte y un años, los diez primeros de Capitán de Infantería Española de una de las Compañías del Tercio, y Partido del Lugar, y Puerto de Garachico, en virtud de Patente del Governador, y Capitan General de aquellas Islas. Yo no era extraño desas comarcas. En desta villa de Garachico se me oyó llorar por vez primera al alumbrar desde las fuentes de mi madre. Y fue uno de mis grandes abuelos D. Hernando del Hoyo-Solórzano, valiente y bizarro “mozo de espuelas” de D. Fernando el católico. Espuela dorada hubo de ser tenido. Y llegó como conquistador destas tierras en las que se me vieron pacer y berrear como crío. Passé al empleo de Capitán de Cavallos del Tercio de la Palma, en que serví interpoladamente mas de once años con entera satisfacción de mis Cabos Superiores, y Capitanes Generales de las referidas Islas, considerándome digno de las honras que me hiciessen, como con efecto se me confirió en las Indias el Govierno, y Capitanía General de la Provincia de Cumaná en diez de Mayo de mil seiscientos y ochenta y ocho, y exercí este empleo con toda aprobación. Fui a tierra americana a quedarme con el noble empleo que Don Gaspar Mateo de Acosta acometiera con fortuna que no toca acuento. Ansí exercí de primera jefatura de provincia, yo, un cavallero del hábito de Calatrava, un maestre de campo aburrido de los vientos de isla de mi nacimiento y presto a la aventura. Allí conocí de las calenturientas fiebres que me hicieron soñar lo que acá escribo. Padecí de sarampión cuando la peste inundó Nueva Andalucía y de Viruela cuando en el año del señor de mil seiscientos y noventa y cinco el castigo asoló la tierra a mí encargada. Ansí le escribí al buen rey Carlos II al Consejo de Indias. Contele que con el sarampión no quedose muger con marido y al llegar la viruela tan sólo cinco poblados quedaron en pie y dellos muy despoblados. Fuese durante esos quebrantos que, calenturiento y malo, di en escribir destos versos. Y sólo sea la fiebre malsana la excusa de mi osadía de facer de poeta cuando soldado he sido. Mas no obviaré lira para cantaros de lo que estos sueños afiebrados diéronme en cantar. Que en dellos la América toda se guarda. Sirva a Dios y a mi buen Rey este discurso y perdónenme poetas y bardos por la osadía pues Nueva Andalucía, Nueva Barcelona, Cumaná toda, quedáronseme en la sangre y sólo escribiéndolas habré de purgármelas.

Exegi monumentum aere perennius.”

La sorpresa y estupefacción que experimenta D. Gaspar a su llegada a la Nueva Andalucía, a la Tierra de Gracia, es la misma que plasmaron en sus cartas los conquistadores iniciales, al enfrentarse con un nuevo escenario humano y físico- un Nuevo Mundo – sin precedentes en sus vivencias y realidades, lo que dio origen a las célebres Crónicas de Indias, fuente del Realismo Mágico latinoamericano. El mismo descubridor Cristóbal Colón en carta enviada a su financista el sefardí Luis de Santangel, en febrero de 1493, cuenta:

La Española es maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos del mar, aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutos y yerbas hay grandes diferencias de aquella de la Juana: en ésta hay muchas especierías y grandes minas de oro y de otros metales. La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos”.

El Marqués, por su parte, no se queda atrás en la descripción de las maravillas que fue encontrando en sus andanzas por Cumaná y sus cercanías, en verso rimado, el poeta venezolano habla por el ancestral poeta español:

A orillas de Cumaná no hay pecado

mas los sacadores de la nueva era

hunden su notomía en la cantera

do sirenas dejan perlas a nado.

Llegaba el caballero alistado

empleada la aguja capotera

que yesca y pólvora poca no era

con que mucho había disparado.

Piqueros guerreando a indios sin fajina

aves de canto raro y vuelo contrario

y noches zorras y luna cansina.

Que todo era invertido y milenario

pues la beldad desta ciudad marina

es beldad como trinar del canario.

Ya conocía dessas vecindades perdidas

historias de desastrados y luchas fragosas

de chuchear tras animales de tierras montuosas

de pejes de faz extraña y hablas escondidas.

Yo con color pues veía más de mil Ducados

el escondido Dorado y los cayres indianos

y los Reales de plata y cientos de Castellanos

y Maravedíes y los Vellones ansiados.

Arrobaba el amarillo del deslumbrante oro

mis ansias pecadoras de hidalgo sin decoro

sin saber que no era la gallardía del toro

lo que siempre ha buscado con suerte el noble moro.

Y no sabía del capó de garzo quemado

ni los dientes del yarbé o caimán bautizado

del yaguare de pelaje ambarino rayado

de aquel tupoco salvaje o cangrejo llamado”.

Sin embargo, no puede ocultar el Marqués recién llegado al Paraíso Terrenal, su profunda y genuina nostalgia por el reino dejado atrás, en melancólicos, tristones y mohínos versos, Gaspar se regocija a la vez que se lamenta:

Calores foscos, hirviente tremedal

descastados céfiros chamuscados

lambisqueando mis carrillos dorados

y venía de Capitán General.

Hincando la bota en la costa de sal

gallardete en mano de adelantados

toda España cargada en mis costados

alcanzando tierra que no ha visto mal.

Cumaná, niña recién parida

era yo padre asombrado y prestado

desta la dicha criatura habida.

Ya vendría la memoria ida

para recordar el reino dejado

llanto al oír la guitarra tañida”.

Ya más afincado en la Cumaná de sus nuevas querencias, asediado por piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, aquejado por las fiebres y los delirios, asustado por las inclementes tormentas y los mortales terremotos, y acongojado por el dolor de ver su patria de adopción – ya no sólo su Nueva Andalucía sino toda Venezuela, incluyendo la malhadada del siglo XXI – a punto de fallecer, el Marqués escribe este desolado y casi postrero poema, que habla de sus angustias y esperanzas, de sus alegrías y tristezas:

Al borde del desfiladero de una ventana

en este fortín descastado de San Antonio de la Eminencia,

bajo los cabellos de una lluvia,

en las fauces de Cariaco,

con la amargura de Araya la tristísima,

conviven tormentas y chicharras.

Descienden los truenos en carros incendiados

y el martilleo de la luz sobre mares de vapor

acosa a una luna sacra.

Sobre la frontera

que se yergue más allá de esta fortaleza,

se baten las horas en un duelo con las luciérnagas.

Es este abismo de temporal

donde los pretores hechos relámpagos

se ensañan con las vírgenes que fueron estrellas,

y un agujero impúdico penetra la bóveda

por el que miles de lenguas

gritan naranja.

El péndulo rubio antes virrey,

duerme su magnificencia

entre los senos de una noche desesperada por parir,

y alguien, sabe Dios dónde,

sigue ordeñando las ubres del cielo.

Se cuecen rugidos y rayos en esta olla

y mientras se ahogan los minutos en el patíbulo del véspero,

las vísceras del cosmos se revuelcan

y vomitan bilis.

Bilis que cae en techos de palma y tonsuras de cura,

en despechos indianos y cardonales,

en calzadas pedrosas y perros famélicos,

en bateles mohosos y en Cumaná la olvidada.

Bilis que apacienta locuras

y amasa el detritus de los puertos maléficos.

Bilis que santifica soldados y borrachos,

que bautiza niños y esclavos,

que abraza muros y cañones,

en este castillo cobarde de San Antonio de la Eminencia.

Bilis que reclama redención para una noche fosca,

y espera el sueño de un amanecer,

y desata mareas en el viento antiguo.

Tormenta que azota el ventanal de mi alma

por tu nación de futuro

que está a punto de perecer”.

*Enrique Viloria Vera, poeta, ensayista, polígrafo venezolano, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Ha recibido numerosos reconocimientos por su obra literaria.

Comparte esto:

Cuento de Ana María Velásquez

MujerBeatrízy libro

El mismo espanto que convierte la palabra en una mueca

Por Ana María Velázquez

Tercer Lugar en Cuento corto del VI Festival Literario ucevista, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2003

Los soldados avanzan y por donde pasan no queda nada. Con tanques y explosivos van devastando los edificios, las calles, los postes, los cafés, las librerías, los bares, las salas de video juegos, las estaciones de metro, los tenderetes de discos y de pinturas de labios.

No estoy despierta. Estoy soñando con la guerra, con el fin de todo lo que un día tuvo sentido en esta ciudad de decadencias interminables.

¿Acaso moriré? ¿Será este sueño el presagio de mi próxima muerte? ¿Será una profecía del porvenir oscuro que nos aguarda, a mí, a todo este pueblo de olvidos y abandonos infinitos?

Después nos acostumbraremos a las calles sin pavimento, destruidas por las bombas que lanzaron los aviones, a la suciedad de los albañales rotos y al excremento en todas partes, a la oscuridad de las noches sin bombillo callejero, a los apartamentos vacíos, a los mercados sin provisiones. Los que sobrevivan se acostumbrarán, irán de aquí para allá mirando sin ver porque ya no habrá capacidad para más asombro, serán como una horda de ciegos apretujándose en todas partes, en las paradas del autobús, en los centros de distribución de gasolina, de alimentos, de medicinas, a las puertas de los hospitales, de los consulados, de la Cruz Roja, de los crematorios comunes.

Pero un sueño es siempre un sueño, sólo una visión que, aunque conmueva el alma, no tiene necesariamente que cumplirse. Espero que pase rápido, que no sea tan cruel, que al menos nos dejen las viviendas para refugiarnos, los mercados para proveernos, los servicios básicos, que no destruyan los museos, que dejen tranquilas las bibliotecas y la estatua de Balzac, también la de Martí. Ojalá que no se ensañen contra las obras de Léger de la Universidad, que no quemen las muñecas de Reverón ni nos arrebaten los chicalotes y las dulcamaras, esa plantitas que se agarran con fuerza a los abismos de Luvina.

Sueño y, como en un sopor, veo las acciones confusas de los seres humanos buscando algo que no encentran más que en los depósitos de basura, en los restos de lo que quedó olvidado en las aceras, sucio, roto, inservible, barcos de papel a la deriva, guiñoles desmembrados, cometas llenos de huecos, con sus hilos enredados en los cuerpos entumecidos de pavor y las caras paralizadas de asombro.

Sueño y olvido que sueño porque la claridad de las imágenes me hace pensar que es real aquel mundo de humaradas negras, llantos interminables y relojes eternos, ding dong, que marcan el tiempo preciso de cada lágrima, de cada gemido, ding dong, como si las lágrimas y los gemidos fueran parte de una melodía, ding dong, de una sinfonía, si se le agregan los gritos nocturnos de las pesadillas.

Ahora estoy en el paseo junto al río, aquél donde sacaba a caminar a Olga, animal de dulce expresión que acompañó mi vida. Pero, en vez de parque con los bancos de madera de siempre, encuentro una gran fosa, un lugar al que se lo ha tragado la tierra y, en medio de aquel hueco negro, una bolsa de basura con un perro adentro reventándose de podredumbre. Sé que es Olga, no puedo soportarlo, quiero despertar, pero mi voluntad no cuenta, la muerte cruel de mi perra me persigue aunque corra buscando una salida. Sé que era ella, sé que era su cuerpo el que se descomponía en la fosa donde alguien la dejó olvidada porque no hay cementerios para perros. Pero por más que corra estoy presa de los caminos misteriosos de la visión que salen del paseo junto al río y me llevan hasta donde están los cadáveres que van a ser cremados, sin rezo, sin misa, sin nombre, porque no hay tiempo para averiguar identidades y saber quién es quién y quién debe cargar con cuál muerto.

Algunos buscan el que les corresponde, yo me uno a ellos, con el miedo pegado al costado, temerosa de que los aviones vuelvan a bombardear la ciudad, pero me afano en mi labor junto con los demás, con apuro, con ahogo por el hedor insoportable.

Trato de encontrar a mis padres para llevarlos a sus tumbas, los pondré allí para que descansen de todo esto, para que puedan olvidar lo que han pasado, lo que han vivido en aquellos días de la crisis antes de la guerra, los días del desasosiego. Quiero que puedan dormir en paz, quizás soñar, ¿pueden todavía soñar? ¿Qué pueden soñar los muertos?

Una vez acabado el trabajo me quedo en sus tumbas acostada en la tierra que remuevo con mis manos de vez en cuando, como queriendo que se abra y me deje entrar a mí también, como deseando que lleguen los soldados y me corten los brazos para poner uno en cada tumba y así poder abrazar a cada uno de mis padres eternamente.

Sueño con tumbas, miles de tumbas, miles de desaparecidos, de torturados, de ajusticiados y siento en la piel la angustia de aquellos días cuando todo el mundo sabía que habría guerra, pero nadie lo decía, cuando preferíamos callar y explicar que todavía estábamos a tiempo de hacer algo para evitarla. Es la angustia del que sabe y calla y callando muere o tiene que matar, con el mismo miedo muere o mata, el mismo sudor frío recorriendo la espalda, el mismo espanto que convierte la palabra en una mueca.

Morir, dormir, soñar. Aquí en mi refugio de imágenes puedo gritar tanto como quiera porque nadie vendrá a rescatarme, es sólo un sueño.

Pero entonces, al desviar la mirada del fusil que me apunta, no encuentro mi cama, ni mi lámpara, ni la mirada apacible de Olga que siempre cuidaba mis sueños porque sabía que eran nerviosos. No encuentro a Olga, lo que encuentro es la sangre que me salpica, todavía caliente, de los que acaban de caer a mi alrededor.

Con el ruido del disparo, mi cabeza gira con violencia en la almohada y, al cambiar de posición, comienzo a soñar que he despertado, que acabo de regresar de la tierra arrasada y que alguien me ha pegado un tiro en la cabeza mientras soñaba, ¿sueño que muero? ¿O muero y sueño que me han matado?

No sé, no sé. En el vértigo siento que es lo mismo, que es igual, que es el mismo sudor frío recorriendo la espalda, el mismo miedo, el mismo espanto que congela la palabra en una mueca.

*Ana María Velásquez, narradora, investigadora, docente de la Universidad Metropolitana de Caracas.. Ha recibido importantes premios y menciones honoríficas. Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela.

Comparte esto:

Milagro Haack: Trazo para otro mañana

 

Blog Mujer, ilustración

Selección del libro inédito: Trazo para otro mañana
Milagro Haack

IV

Parece
que tienes sed
me lo arrojas cruzando el canto
entre la niebla y mi esperarte
en la puerta de la casa

cambio el sonido
vuelvo a la incómoda silla

descanso
sobre tantas palabras
mientras espero su llegada

noche

cuanto amo tu sed
mosaico hondo por ánimas
su mirada
cazando lo húmedo del viento
entrando a la casa

XIV

Levanta la mirada
luz
entrando de a poco

no importa
lo bueno es mirarte
como un cuadro en la pared
mudable
que resucita de la noche
cuando se espera el goteo de cruza
sangre
preñada de mi preclaro óvulo
saneando la mano
los buenos días
que reconocen toda la casa

aplaudo

la cerca del día

XVII

La pared que despierta mi mano
húmeda
roza
ya el mediodía

un marco de luz
baña la forma de los pilares
donde se encuentra la sombra
junto al aire
por la lluvia de hace días

hermana mano
cambia la corona
la llena con diferentes aguas
de frente a la puerta de la entrada
a la casa

así,
nacemos
así,
comenzamos a tomar el aroma
de lo buenos días

tocando madera

XVIII

Llega

sobre la mesa
dos copas de agua
una que bendice los pasos
la otra en su fondo reposa la cruz

abre lo blanco
despliego las imágenes
que rompe el silencio

espejo de mi eco
espía desde el cuello
movimiento de largos pasos
hacia un cierre de puerta

detrás

al borde de la caída tarde
un doble incienso
viaja con la llama de la vela

alargándose

sobre el bordado cerrojo de la mesa

 

*Gracias por esta selección a Milagro Haack, poeta, investigadora, ensayista y editora venezolana. Miembro activo del  Círculo de Escritores de Venezuela

 

Comparte esto:

El Mundo de Beatriz, por Carmen Mannarino

Carmen Mannarino

Aquella idea feliz de Octavio Paz: los poetas no tienen biografía, su obra es su biografía es aplicable con justeza a Beatriz Mendoza Sagarzazu, escritora discreta e indesprendida de la palabra, de su incansable cancelación. Ella lo ha dicho en dos breves versos: Me tientan las palabras / todo lo que ocultan. Y en un calmo moldear ha permanecido sin prescindir de engarzar aconteceres, sentimientos y emociones personales en el tejido de su obra poética. Y, como en todo verdadero poeta, al transmutar las referencias individuales en poesía, adquieren la dimensión que ésta demanda. Además, la belleza que siempre fluye de su obra, emana de la persona de manera visible e invisible. Y como todo en Beatriz es poesía, cuando debutó, sin proponérselo, en el ensayo, con el introductorio a La infancia en la poesía venezolana, en vez de un mero antecedente explicativo de la selección antológica, se detiene en lo indefinible de la poesía, y en especial de la escrita para niños y jóvenes, como venía al caso. Y, con madurado criterio, amplio y certero, moderno y permanente, sobre el mundo de la infancia y la adolescencia, en una prosa que delata a la poeta que nunca ha dejado de ser.

El mundo de sus creaciones literarias es uno solo, totalizante, sintetizable

en la fijación en la existencia humana en medio de satisfacciones y vicisitudes y

ante el acoso del tiempo y la irremediable finitud. Ella, sabiamente, lo ha

transmitido en alta poesía, la de todos y para siempre, y en la otra para niños y

adolescentes, ambas con indeclinable calidad artística. Consciente la poeta de que esta última sería lectura de quienes transitan hacia la adultez, les ofrece su mundo en progresivas dosis de sugerencias por medio de imágenes y metáforas al alcance de la aprehensión de las distintas edades, sin lacerar esos espiritus en evolución. Porque si algo distingue a BMS es este don, que no todos los humanos conservan durante su trayecto vital, de saber comunicar a edades lejanas el descubrimiento y la experiencia de la vida, sin que sus expresiones dejen de revelar una delicada sensibilidad en el tratamiento del detalle de lo inmediato, detenida en cosas del entorno (la casa, los árboles, la lluvia) y en pequeños y cotidianos seres (la rosa, la hormiga) y los engrandece al construir con ellos imágenes y metáforas que sugieren reflexiones sobre la existencia; pues ella, tras el logro de una difícil sencillez siempre va a la hondura

De su entrega a la palabra de su obra han emanado tres vertientes diferenciables. La más extensa de la poesía como cultivo durante casi medio siglo, desde los poemas de la juventud, casi secretos, luego, en parte reunidos en Cielo elemental, la primera publicación hecha en 1948 por el esposo- poeta Luis Pastori, en esmerada edición diminuta y de ejemplares numerados, portada de Ramón Martín Durbán y viñetas desprendibles de Marius Sznajdermans; hasta los poemas contenidos en la plaquette Elegía de febrero, de 1994, conjunto de poemas con sustancia de comienzos y declinaciones, de lo permanente y lo perecedero. Y entre los dos: Al sexto día (1957 ), el libro de la plenitud del amor, la espera y el milagro de la maternidad, conducidos en un cantar de versos breves y brevísimos entrelazados temáticamente y en sucesión de situaciones y momentos insustituibles en cada historia de vida de mujer. Concierto sin música (1965), reunión de sensaciones personales suscitadas por obras de los grandes músicos de preferencia de la autora, en sensible transmutación de los sonidos en palabras. Y Esta sombra creciente (1992), libro de la vida afectada por la oscuridad progresiva en el transcurrir vital y la certeza del final.

Otra vertiente, muy suya, identificable de individualidad, la de los dos libros desprendidos del surtidor de la vida dejada atrás iluminando recuerdos de origen y formación y despertando evocaciones y nostalgias. Libros integrados por fragmentos o estampas, como la vida, en prosa poética permeada de recuerdos, sorpresas y sentimientos aposentados en el reservorio de los individuales haberes que el tiempo va cubriendo con la magia de los primeros años y el asomo confuso a la ventana de la adultez. En la visión de personas, lugares, objetos, naturaleza, de una pretérita realidad están recogidas la frescura de los primeros años y la experiencia adulta en mirada retrospectiva que, en conjunto, ofrecen parte de una biografía espiritual poetizada. En Viaje en un barco de papel (1956, 1996 y 2007) cada página, finamente ilustrada por María Tallian, dice de la vida retenida en cada motivo, de las preguntas formuladas por el ser humano de siempre sin posibles respuestas; de las ausencias y su siembra de vacíos y soledades; de la valoración trascendente de momentos vividos con la sola sensación de cotidianidad o de natural costumbre. En La muerte niña (1974) una visión aún más madura recubre iguales lugares, personas, cosas y naturaleza, más otros añadidos a manera de completación del microcosmos del sitio de origen, mención escogida por la poeta en las palabras leídas en el408ºAniversario de la fundación de la ciudad de Valencia, su ciudad natal, en semejante expresión poética. Los veintidós años transcurridos entre uno y otro libro dicen de la sostenida inquietud motivacional y temática, requerida de una adecuada expresión de ese callado reservorio para ser compartido con sensibles receptores.

La tercera y no menos importante vertiente de los libros para niños y para jóvenes de BMS se presentan demarcados por la curiosidad y la sorpresa del descubrimiento del mundo y de la vida en Tarea de vacaciones (1977), y por el alborear del sentimiento amoroso con sus satisfacciones, desengaños y añoranzas en Casi abecedario (1996), motivo casi inédito en la poesía escrita para jóvenes y que la voz del hablante lírico lo hace desde la interioridad de ese ser desconcertado y cambiante del adolescente, al que poco han tomado en cuenta nuestros poetas. La brevedad de los dos libros implica concentración cualitativa, solidez de visión, distintivos de los que poco dicen los títulos, por el halo pedagógico que tanto y por largo tiempo ha cercado la poesía para niños y jóvenes y que Beatriz rechaza sin desprenderse de los altos valores percibibles en los poemas.

(Primera parte)

  • Carmen Mannarino es narradora, ensayista, biógrafa, fundadora y directora de la Editorial Niebla. Es Miembro del Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela.

Blog Cezanne

Comparte esto:

Hacia ti va mi vuelo

 

CarmenCristinacloseup 2014

MI VUELO ES HACIA TI

La medida de amar es amar sin medida

San Agustín

Teresa… Teresa…

El roce del ramaje y las hojas caídas

en juego con el viento

el tictac de la lluvia en los aleros

dicen Teresa… Teresa…

Dejas quehacer, consejos y enseñanzas

Presiente tu razón que en esta vida

nada te hará feliz, solo la aurora

suspira el alma por su amor que anhela

y todo lo abandonas que te esperan

Los sonidos del bosque se acallaron

atrás quedan ruidos cotidianos

Una espada flameante te traspasa

y ya no eres Teresa sino espíritu alzado

en tu Señor el cuerpo permanece

Presiento tus palabras

Lleva mi ser al centro de tu Ser

quema mi alma en el fuego de tu Alma

Carmen Cristina Wolf

Publicado en Travesías del alma, 12 escritoras con Teresa

Trilce Ediciones, Salamanca 2015

Comparte esto:

Un lunes cualquiera en la vida de Cecilia

Mujer 1

Por Natividad Barroso García

¿Qué hace que, de repente, en medio del apuro de la rutina diaria de una ciudad acelerada desde la madrugada, sientas que el impulso básico hacia la vida, el Eros esencial, se te hace presente?

Ya había hecho parte del recorrido mañanero: salida apresurada del edificio, rápido caminar de una cuadra, fugaz paso por la vía conocida del centro comercial, descenso al subterráneo por la escalera mecánica, por la escalera corriente, espera del tren del Metro entre cientos de personas, entrada apretujada en el vagón, veloz avance asida a las manillas por ocho estaciones, llegada a la Plaza Venezuela y salida a la superficie de nuevo. En la cola de la buseta para la Alta Florida, hacia donde se dirigía para dar las clases particulares diarias, empezó a sentir algo distinto a lo cotidiano. El aire parecía más puro, respiraba mejor, sentía que su percepción se estaba agudizando. Ya en la buseta, cuando iban por las altas calles arboladas, tranquilas (a pesar de ser paralelas a la Cota Mil), el ambiente desplegaba sus atractivos y, de pronto, se sintió atrapada por él. Ya eran las 8:10 a.m. Las hojas de un árbol iluminadas por el sol mañanero, su fulgor entre las otras oscuras, atraparon su mirada. Al mismo tiempo, empezó a oír claramente el sonido de los pájaros, aun de los chirriantes.

Al bajar en la parada de siempre y empezar a caminar por la empinada y solitaria calle de todos los días, los detalles de la reparación en progreso de las paredes de una casa se le hicieron más nítidos. Observó con gusto los avances logrados desde que ella había comenzado a pasar por allí dos veces por semana.

Se dio cuenta de que ese día estaba sintiéndose plenamente viva. Se hizo a sí misma la pregunta: ¿Qué te devuelve la alegría de vivir?

De inmediato, se le presentaron imágenes casi superpuestas que se verbalizaron en voz alta. No le quedó más remedio que sacar su cuadernito de notas que siempre llevaba en la cartera y empezar a escribir, mientras caminaba, la respuesta:

El recuerdo de tus ojos enamorados.

La sonrisa pícara cuando se planifica una travesura.

Mi papá haciendo del abuelito que nunca llegó a ser en vida.

Esa rosa roja y esos geranios intensos en aquel jardín.

Las células batalladoras de tu sangre.

La nieta francesa y los nietos por venir.

El musgo que está convirtiendo a esta ciudad en lagunera o casi gallega.

Las mínimas plantitas que ciñen este muro.

El juego en las nieves de Andorra con tu primer amor.

Las palabras que vuelven a brotar.

Ese helecho especial que no veías desde el patio de la casa de la calle Pérez Galdós.

El saludo de la buena gente que encuentras por las calles.

El violeta de esas hermosas flores colgantes de un arbusto casi parásito.

El recuerdo de la amplitud de miras de Cervantes.

El reto de seguir escribiendo y publicando.

Tu subida en zigzag por estas agudas calles avileñas.

Las palabras resplandor, añoranza, travesías, faroles y un grandioso párrafo del mundo de barcos y juguetes de Gustavo Pereira del cuento que presentaron el otro día.

Contemplar el querido Ávila y estar escribiendo esto mientras llegas a una más de tus clases privadas para la subsistencia.

Y, en ese instante, algo aun más llamativo la atrajo tanto que tuvo que detenerse del todo: En ese pequeño jardín delante de una de las tantas típicas quintas de esa calle había un espectáculo que no podía pasar desapercibido por nadie.

Era una extraña flor que, casi instantáneamente, reconoció como la concretización de la que se le había presentado en aquella duermevela de su huerto en la pradera, a las cuatro y media de una de las tantas madrugadas cuando se despertaba repentinamente ante la visión de palabras de un texto, a veces a color, que copiaba en el cuaderno que siempre estaba al lado de la cama:

CINTILANTE

El extraño color de mis pétalos atrae a todo el que me ve. Su delicada tonalidad entre morado y rosado me convierten en una rara flor. Su geométrico contraste en listas es hermosamente abstracto. Sin embargo, su serpentina, lanceolada longitud y delgadez tornasolada producen cierto rechazo. El hecho de que desde el bosque de hojas gigantescas y vulgares de las ramas de mi planta brote con tal elegancia y exotismo no cabe dentro del esquema general de las flores. Mi fuerte y penetrante aroma nocturno desquicia a todo el que lo perciba.

A los escasos que mantienen su atracción por mis poco comunes características, el descubrir ?sorpresiva e inevitablemente? la brevedad de mi existir los hunde en desolación.

Se encontraba en una de las urbanizaciones construidas en los años finales de la década de los cuarenta del siglo XX a los pies del Ávila y que se han quedado como oasis entre dos de las arterias para la circulación asfixiante de vehículos automotores. En esa zona se viaja al pasado reciente de la ciudad ya que se mantiene en sus años sesenta. Se vive como en las pequeñas poblaciones andinas. No hay tráfico. En las aceras y en los jardines más grandes de algunas de las casas resisten casi todos los árboles sembrados originalmente. Se oyen los pájaros casi todo el día. En una de sus calles se siente el sonido continuo del agua que todavía desciende de la montaña por una quebrada oculta detrás de altos muros. Hay partes en que se mantiene una humedad que produce musgo.

Sin embargo, la creciente inseguridad de la macro-ciudad ha llegado hasta aquí: Ahora, a pesar de las casetas con vigilantes en algunas de las esquinas cerradas con barras movibles, muchas de las quintas han levantado altos muros en que culminan espirales metálicas capaces de ser electrificadas. De todos modos, aunque no se puedan contemplar sus jardines, se ven las ramas de algunos de sus árboles y se oye el canto de las aves. Algo de la antigua Caracas se niega a desaparecer del todo.

La calle comenzaba en una bajada bastante pronunciada y, más o menos, a la mitad, seguía en una subida empinada. Luego se abría en forma de “Y” en dos calles que ascendían aun más perpendicularmente. Había muchas quintas que evidenciaban su largo abandono. La mayoría estaba siendo objeto de reparaciones y adaptaciones, especialmente por el lado izquierdo de la calle. Una había sido convertida en un edificio de cuatro plantas.

En la calle empinada, aun cuando la mayoría de ellas conservan su correspondiente pequeño jardín, el tamaño y exuberancia de las abundantes, largas y apretujadas hojas de las plantas desde donde surgía la flor que había llamado la atención de Cecilia lo hacen destacar entre todos. La quinta está ubicada en donde la calle empieza a ascender. Su percepción agudizada desde temprano en aquel lunes rutinario se sintió atraída de inmediato por esos colores rosado y morado en listas paralelas perfectamente trazadas de los pétalos lanceolados y delgados que se volvían tornasolados bajo el brillo de los rayos del sol y por el ligero movimiento de la brisa. La extraña configuración de los extremadamente largos pétalos de dibujo abstracto –que surgían desde un conjunto de unas veinte corolas de color morado oscuro y de formas parecidas a los jarrones que elaboraban las civilizaciones antiguas– así como el contraste sobre el marco verde oscuro de las abundantes hojas de la planta constituían un atrayente espectáculo. Decidió darle el nombre de su premonición textual: “Cintilante”.

Tardó bastante tiempo en reanudar su camino. Cuando lo hizo, iba alimentada de algo nuevo.

Al regresar a su casa, Cecilia se dedicó a averiguar qué tipo de flor era aquella. En sus libros de botánica, no la encontró. El miércoles siguiente se decidió a tocar en la vivienda para preguntarles a sus ocupantes. Lamentablemente, quien contestó se veía que era simplemente alguien contratado para cuidarla. Solo le pudo informar que había oído decir que era un lirio. Al recorrer sus libros, ya ella había pensado que podría ser un tipo de lirio extraño, cuyo nombre no había podido localizar. Los lirios son herbáceos de la familia de las iridáceas, que son plantas con rizoma.

En los días subsiguientes, se detenía brevemente a contemplar la extraña flor, tanto en el ascenso como en el descenso. Pero, la vida de ese tipo de plantas es muy breve. Una de esas mañanas, se sintió desolada al observarla totalmente marchita. Solo quedaba esperar hasta la próxima ocasión en que algunas de las otras flores del enorme conjunto de ramas y tallos tuvieran su momento de eclosión y esplendor.

No se necesitaba mucho para caer en los pensamientos filosóficos sobre la brevedad de la vida y de todo lo que la compone. Cecilia recordó sus amores, sus viajes, sus bailes, sus grandes momentos vitales; cómo también habían tenido sus puntos de esplendor y de ocaso. Observó cómo se marchitaba su propia piel y contempló la cercanía de su propio fin físico. Se sintió solidaria de Cintilante; sin embargo, como ella, sabía que no desaparecería del todo. Le acababan de comunicar el nacimiento de otra nieta y la publicación de su primer libro. En ambos continuaría su esencia.

En Caracas, a principios del siglo XXI

Publicado en: Narradores por la tarde. Caracas: Editorial: Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. 2008-10-15. Del libro inédito: Zarandeos infinitos y una mirada impávida.

  • Natividad Barroso, poeta y narradora, Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela

 

Comparte esto:

Hedy Lamarr (1914-2000), por Heberto Gamero Contín

 

Heberto Gamero Contín

Hedy Lamarr (1914 – 2000)

Por Heberto Gamero Contín

19 de enero del año 2000. Tenía ochenta y cinco años.

Y tenía veintitrés años cuando dejó al marido, vendió sus joyas y escapó a América. Sola.

Siempre tuve el temor de morir antes y perder la posibilidad de saber de ella hasta el final de su vida, pero por otro lado no me importaba partir primero si fuera el caso y así ella podría disfrutar de unos años más. ¿Qué es lo que no estaría dispuesto a hacer por Hedy Lamarr? No llegué a conocerla, pero, desde que vi Éxtasis, su quinta película, filmada en 1933 cuando apenas tenía diecinueve años, mi misma edad, nunca dejé de admirarla, de soñar con ella, de vivir para ella. Y la admiraba no porque hubiese sido la primera mujer en el mundo que aparecía desnuda en una película comercial, ni por su hermoso cuerpo ni por la infinita belleza de su rostro, sino por ese atrevimiento, ese desplante, esa encendida inteligencia que brotaba de sus ojos con la naturalidad y la violencia de un volcán a veces dormido a veces en plena erupción. A diario la revivo. Sus fotos cubren las paredes de mi habitación, el marco de la ventana, me sonríen desde el techo cuando aún no he apagado la luz y el silencio de la noche se hace presente con su abrumadora soledad. En aquella primera película, Hedy no solo me embrujó a mí: un imberbe fascinado ante la pantalla que retorcía su boina entre las manos y cuya expresión era solo comparable al título de la película, y que un grupo de amigos calificaba de obsesivo por ir al cine con más frecuencia que al bar, sino también a un hombre de muy pocos escrúpulos, Friedrich Mandl, un millonario, experto en armas y negocios macabros, que no se detuvo ante ningún obstáculo para, literalmente, obligar a la todavía domable Hedy Lamarr a casarse con él. Cretino, como me hubiera gustado tener su cuello entre mis manos y apretarlo y apretarlo hasta que de sus ojos salieran lágrimas de arrepentimiento. Sí, pactó con el padre de la artista (¿le pagó?) a fin de que este la obligara a casarse con él so pena de quién sabe qué castigo. En una de las fotos está desnuda, tomada cuando rodaban Éxtasis. Nunca olvidaré esa escena: ella aparece en un paraje de la campiña checa, los pequeños senos al aire, el cabello abundante, su hermosa cara de niña, nadando en un lago y luego corriendo tras su caballo, Loni, que de improviso, como si alguien le hubiese clavado un par de espuelas en su cuerpo, se había ido al galope llevándose la ropa que ella había dejado sobre su montura. A lo lejos, un grupo de personas filmaban una película. Temerosa de ser vista, Hedy se esconde tras unos matorrales y espera. El director de la cinta corre tras el caballo, lo detiene y regresa en busca de su dueño. La encuentra tras los arbustos, apenada y temerosa. El hombre le devuelve su ropa sin intentar mirar la desnudez de la joven de ojos azules como el borde de una llama, que de inmediato lo cautivaron. El caballo se aleja de nuevo en busca de la yegua que antes lo había hechizado, se acerca a ella, la huele y la acaricia con su cabeza: una tierna alusión a lo que luego pasaría entre la pareja de artistas. La he visto cientos de veces. A veces me levanto a mitad de la madrugada, me echo en el sillón y la veo una vez más, y una vez más. Me hace compañía. Aunque duele saber que ya no está, me sigue haciendo compañía. Hermosa, siempre hermosa, aquí estás de nuevo. Su boca es como la del corazón de un ángel, su cabello negro hace un fascinante contraste con sus ojos, con sus largas pestañas, con los majestuosos arcos que dibujan sus cejas… También yo era así de hermoso ?me río al anotar esto en mi diario?, cuando la edad no era una preocupación y en el gabinete del baño sólo había desodorante, agua de colonia y todas esas cosas; nunca medicinas. Cómo me hubiera gustado ser su amigo, su biógrafo, estar cerca de ella y escribir para ella, intentar curarla de aquella primera y frustrante experiencia. Pero, nunca contestó mis cartas. No la culpo, las mías seguramente eran unas más entre las recibidas por miles de admiradores que como yo querían ser parte de ese otro mundo mágico y privilegiado que ella representaba. Pensemos también que el temor de encontrarse con otro Mandl debe de haberla traumatizado. Cómo se puede tratar a una mujer de esa manera: no le permitía salir, tener amigas, enviar y recibir cartas a menos que antes no las revisara él. Hedy menciona en sus notas que la vigilaba hasta cuando se bañaba. Y cuando salía en viajes de negocios la llevaba consigo para exhibirla como una reluciente joya y no la apartaba ni un minuto de su lado. Sus celos llegaron a tal punto que pagó para que se recogieran las copias de Éxtasis que pudiesen haber en los cines de toda Europa. En resumen, era una prisionera que sólo se podía mover dentro de las cuatro paredes de un castillo de oro. Pobre mujer. Sin embargo un día los guardaespaldas de Mandl se descuidaron y, con la cartera cargada de joyas saltó por una de las ventanas de un restaurante en que celebraban la firma de un negocio más, huyó del lugar y se fue a París y luego a Londres. Europa no le pareció lo suficientemente grande para escapar de su marido: sabía que en algún momento podía encontrarla, por lo que vendió sus joyas y se embarcó hacia los Estados Unidos. Fue lo mejor que pudo haber hecho, ya lo creo. Yo vivía en aquel entonces en Alemania, en Berlín, y trabajaba como ayudante en una librería: limpiaba y ayudaba a vender. En las tardes, al cerrar la tienda, con la condición de que no las arrugara, me podía llevar algunas revistas para mi habitación. Era muy bueno el señor Singer. Teníamos el mismo apellido. Tal vez por eso me adoptó. Me encontró en el orfanato judío de Berlín-Pankow un tiempo después de que muriera su mujer; también su hijo, en la guerra. Yo, por mi parte, no conocí a mi padre, y mi madre murió de tuberculosis; eso me dijeron en el orfanato cuando una vez se me ocurrió preguntar. Tampoco conocí a mis abuelos. Otro día me dijeron que no me quedaban tíos ni primos; fue cuando decidí no tener familia. Qué sentido tenía. Pero había algo que, como ahora y a pesar de todo, me hacía feliz: ver sus fotos, acostarme con las manos entrelazadas a mi nuca y pasearme por cada una de ellas, sentir su mirada desde cada rincón de mi pequeño mundo. Antes de Éxtasis, y antes de que el malvado la secuestrara, había filmado cuatro películas en Alemania, todas extraordinarias: Dinero en la calle, La mujer de Lindenau, Las aventuras del señor O.F. y No necesitamos dinero. Ella le daba a la película el color que no existía en las cintas de aquella época. Extraordinaria. No sólo era una joven y hermosa actriz sino que también había sido una muy buena alumna que había entrado a estudiar Ingeniería de telecomunicaciones con tan sólo dieciséis años. Aún conservo las fotos de aquellos años, aquí, frente a mis ojos, sobre mi escritorio, en todo lo que me rodea, siempre seria, cautivadora, viva y muerta a la vez, como de otro mundo. No necesito más compañía que sus fotos y películas, esa es la verdad, aunque la ilusión de un día conocerla en persona haya desaparecido para siempre. Una ilusión que me empeñaba en mantener a sabiendas de que nunca se materializaría pero, estaba viva, había visto todas sus películas, la había seguido a Norteamérica, le había enviado mil cartas, era uno de los tantos que la saludaba y gritaba su nombre cuando pisaba la alfombra roja… Sí, en aquellas revistas la vi por primera vez y conocí parte de su historia; esas revistas que el señor Singer me permitía llevar a mi cuarto y yo devolvía intactas a su lugar y que apenas podía compraba para recortarlas y empapelar mi vida. Era judía, como yo, su madre era pianista y su padre banquero. No da la impresión de que su familia tuviese problemas económicos pero tal vez sí morales. Quizás pensaban que entregándola a un multimillonario con supuestas buenas intenciones su hija dejaría de hacer películas que mancillaran el buen nombre de la familia, y el de ella misma. Es posible. Casi lo logran. Su verdadero nombre era Hedwig Eva María Kiesler y desde muy pequeña fue considerada una superdotada. Se dice que a los cuatro años desarmó y armó de nuevo el reloj de su padre con increíble facilidad. Ah, qué niña, ya desde pequeña se comportaba como una fierecilla. Se puede creer en estos detalles si tomamos en cuenta que a la par de su carrera como actriz mi querida Hedy se convirtió en una notable inventora: lo más trascendente que inventó y de lo que hoy más que nunca se beneficia la humanidad fue un sistema de comunicaciones secreto con la idea de disparar torpedos y misiles teledirigidos por radio con señal indetectable por el enemigo, hecho que quedó registrado bajo la patente número 2.292.387 con fecha 11 de agosto de 1942. Pero, ¿por qué Hedy tomó este camino? ¿Tenía alguna razón especial para ello? Desde su punto de vista la tenía, eso imagino: no olvidaba los sufrimientos de los que había sido víctima por parte de Mandl, tampoco la lealtad debida a los Estados Unidos, país que la había acogido como una más de sus habitantes. En aquellos viajes de negocios, donde su marido la obligaba a acompañarlo y a estar presente hasta en las conversaciones más privadas para tenerla a la vista, la inteligente Hedy Lamarr grababa en su cabeza todo cuanto escuchaba; cada vez que tenía oportunidad con gran astucia preguntaba y recababa información extra y privilegiada de otros clientes y proveedores que invariablemente asistían a estas reuniones e, incapaces de resistirse a los encantos de la hermosa dama, hablaban sin tapujos sobre sus proyectos e incluso, al oído, para embriagarse con su olor, de sus secretos más reveladores, como podían ser los pormenores de la tecnología armamentista de aquellos años. A la sazón todos sabían que el multimillonario Friedrich Mandl proveía municiones, aviones de guerra y sistemas de comunicación a Adolf Hitler y a Benito Mussollini, con quienes, más allá de los negocios, mantenía una amistad personal. ¿Qué mejor forma de compensar o intentar mitigar los agravios sufridos por parte de su primer marido, de detener aquellos terribles homicidas, que ofreciendo a sus benefactores toda la información que había recabado a lo largo de cuatro años de “esclavitud”? Ninguno de los que integraban aquella camarilla de horror imaginó que detrás de su cara bonita se encontraba una potencial enemiga. Su invento entonces, también llamado Técnica de comunicación de frecuencias o Salto de frecuencias, fue ofrecido a los americanos, que a los pocos años lo perfeccionaron pasando de un sistema mecánico a uno eléctrico, lo que les permitió aplicarlo con éxito en sus comunicaciones, proyectos militares y, más allá de eso, al pasar de los años, algo que quizás nunca Hedy imaginó, aplicarlo también en la telefonía celular, incluyendo la comunicación de datos hoy día conocida como Wifi. ¡Qué personaje! A pesar de su drama matrimonial y de su aventurada salida de Europa, se podía decir que era una mujer con suerte: en el barco donde huía, ya libre de todo temor, conoció a Louis B. Mayer, empresario de la Metro Goldwyn Mayer, quien seguramente, como yo, también era su admirador. No quiero saber lo que pasó en aquel barco, pero las revistas anunciaron que después de la larga travesía Hedy Lamarr llegó a los Estados Unidos con un contrato por siete años. ¿Celoso? Sí, por un tiempo lo estuve. Pero, la verdad, fue lo mejor que le pudo haber pasado a mi querida amiga. Además, quién puede juzgarla. Le esperaba la vida que había soñado: paz, fama, fortuna y mucho trabajo; filmó treinta películas, entre ellas la famosa Sansón y Dalila, compartió el escenario con los grandes de la época, inventó cosas importantes, tuvo todo lo que el viejo continente le había negado… Y se retiró joven, cuando aún las arrugas no habían surcado su rostro y el brillo de sus ojos no se había opacado. Así la recuerdo.

¿Yo? Volví a Europa cuando supe que sus restos habían sido trasladados a Viena. Nunca la conocí pero, no sé cómo explicarlo, no podría estar lejos de ella. No sería vida. Mientras espero que se extinga mi luz continuo mirándola tan hermosa como siempre en las paredes de mi habitación, en los portarretratos sobre mi escritorio, en el marco de la ventana y, en las noches, antes de acostarme, antes de apagar la lámpara y encontrarme inmensamente solo, escribiéndole cartas que ya no le envío pero que me ilusiona conservar.

Nada remediaré con lamentaciones, pero Hedy Lamarr se casó en seis oportunidades. Sí, tuvo seis esposos. Y ninguno pudo darle lo que yo tenía en abundancia.

Comparte esto:

ENTREVISTA A NERY RUSSO

Sombrero Mujer11

Hace un tiempo tuve el gusto de visitar el hogar de la escritora venezolana Nery Russo. Elegantemente vestida, peinada con cuidado y el maquillaje discreto, de punta en blanco como decían los caraqueños de principios del siglo XX, nos recibe la polifacética dama a Heberto Gamero y a esta admiradora, dispuesta a concederme una entrevista para la revista del Círculo de Escritores de Venezuela.

Después de los saludos de rigor nos cuenta que nació en Río Caribe, Estado Sucre, cerca del mar y de las colinas donde termina la Cordillera de la Costa, lo que de alguna forma debe de haber influido en su espíritu de mujer libre, luchadora y de una jovialidad que todavía hoy, a los 99 años, refleja en su trato y cordialidad. Es una mujer de temperamento vital, mirada penetrante y sonrisa fácil. Le pregunto por su infancia y dice que siempre era la primera de la clase. Sus maestras la tomaban en cuenta por su aplicación e inteligencia, por su desenvoltura y buena dicción. Por lo general la elegían para actuar en los actos de fin de curso, leer poemas y discursos.

Comenzó a escribir desde los 14 años. Su primer libro lo publicó en la década del 40: “Norte y Sur de mi mundo”, y confiesa con humor y cierta ironía que este libro “no tenía norte ni tenía sur”.

A los 16 años vino a estudiar a Caracas y se graduó de periodista en la Universidad Central de Venezuela. Desde muy joven comenzó a escribir reseñas y crónicas para algunos diarios como La Esfera, El Heraldo, El Universal y El Nacional. Fundó la revista Páginas, con temas sociales, políticos, culturales, de farándula y recreativos. Nueve años después fundó la revista Ellas. Fue una promotora cultural de primer orden.

Nery Russo tuvo al mismo tiempo una intensa vida social que la llevó a crear el certamen Princesita Venezuela. Perteneció a la Asociación Venezolana de Autores y Compositores (AVAC), fundada por la compositora María Luisa Escobar, de quien afirma: “Era como una madre para mí”. Nery Russo fue asimismo cofundadora del Colegio Nacional de Periodistas y Miembro del Ateneo de Caracas. Actualmente es Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela y algunos de sus poemas están recogidos en la Antología Poética de nuestro Círculo.

Cuando le pregunto por su actuación en la política señala que nunca se sintió atraída por ocupar cargos públicos ni por descollar en este campo. Sus intereses iban más bien hacia el periodismo. Escribió numerosos artículos en este sentido y aunque que no participó como activista político asistía a las manifestaciones por la conquista del sufragio de las mujeres.

Sus novelas Zori, La mujer del caudillo y Con los pasos del perro tuvieron gran acogida en su época. La mujer del caudillo, biografía novelada de Luisa Cáceres de Arismendi, fue lectura obligatoria en los colegios durante varias décadas.  Escribió también un hermoso libro dedicado el Ávila y en la actualidad escribe una novela autobiográfica muy extensa. “Casi mil páginas”, dice entre risas.

NERY RUSSO

Cuando le pregunto por la situación actual de Venezuela, nos dice: “Yo estoy muy descontenta con la situación que vive mi país, con la sociedad enfrentada y dividida y por la descomposición social, falta de valores y el resentimiento que se ha creado. Es muy triste todo esto, señala.

En su apartamento predomina un ambiente propio de una escritora. Una valiosa colección de cuadros de pintores venezolanos y extranjeros ocupan casi todas las paredes. En el centro de la sala, un hermoso retrato suyo realizado por su ex-esposo, el pintor español Felipe Vallejo, nos la muestra en todo su esplendor. Flores y delicadas figuras de porcelana de Sèvres adornan la mesa de centro y laterales. Cientos de libros integran su biblioteca y un escritorio cuidadosamente ordenado conforman su mundo de letras y memorias. Más allá, un mueble con puertas de vidrio guarda todas las medallas, premios y diplomas recibidos.

Luego de un delicioso té servido por la propia Nery Russo, nos despedimos de esta mujer que todavía ostenta el título de condesa, al contraer nupcias con el Conde italiano Hugo de Chiara Falangola.

Nery Russo, un personaje, un ejemplo, una vida de trabajo incansable. Una admirable mujer.

Para finalizar manifiesto mi profunda gratitud a Heberto Gamero Contín (gran amigo de Nery) por su gentileza al haber propiciado este encuentro inolvidable.

Carmen Cristina Wolf

Santiago de León de Caracas

26 de octubre de 2015

Comparte esto:

Carmen Cristina Wolf: Selección de poemas

Presentación del libro Atavíos,  por Alfredo Pérez Alencart

Selección de siete poemas

Biografía de la autora

VIGAS FUERTES DE CARMEN CRISTINA WOLF

Alfredo Pérez Alencart

Universidad de Salamanca

Oigo a una voz necesariamente enclaustrada rompiendo complicadas geografías, no sin antes advertir:No abandones tu rincón secreto / sin tender el hilo que te llevará de vuelta. Es, me percato, la poeta C. C. W., erigiendo un orbe nuevo para que sus invocaciones se posen sobre el oro molido del recuerdo, cierto, pero también dentro de la certeza de los sueños: Eres el sueño de aquel / en quien florecen siempre las palabras, como tan bellamente anota en otro de los diecisiete cánticos acopiados lentamente, cuales frutos de su inabarcable vida interior, porque son muchas las vidas que salen por las ventanas de su Espíritu; es más, algunas todavía no han nacido en esa casa cómplice del Tiempo: Me acostumbré a vivir / con un pie en su morada // y otro en el infinito.

Ella, que nunca abandona a sus amigos (confesión de antaño y de hoy, cual refugio), teje las sílabas de de este Vértigo hondo de presencia, con la alquimia del milagro de vivir y las brasas ardientes del amor-amante: No dejes caer la noche sin decírselo. / La rosa no se avergüenza de velar / en lucidez al alba.

Confluyen ausencias, desolaciones, promesas, años de niñez, manos, viajes, esperanzasLos textos se desbordan y se contienen, siempre en espera de un corazón que los sienta y los adopte. El mío lo torna su alimento y publicita la afirmación lírica-aforística de Carmen Cristina Wolf.

Celebro este alumbramiento múltiple. Celébrenlo conmigo, repitiendo al menos un par de versos: La espera, un eterno comienzo /El oficio, aguardar / en la ciudad que se abre al horizonte.

Octubre y en Tejares

Alfredo Pérez Alencart

Universidad de Salamanca

Carmen Cristina 3 2002

Selección del Libro: Atavíos de Carmen Cristina Wolf. Ediciones El Pez Soluble

1 LA CASA Carmen Cristina Wolf

¿Es ciego el giro de la casa

tan sola y huérfana?

Será que se detiene algunos días

sin darnos cuenta

se acicala con campos de espigas

y trae consuelo a dolores antiguos

La mecedora de la abuela levita suavemente

la persiana se mueve

.-.-.-.-

en clave morse

se balancea el móvil de corales

Millones de mensajes cruzan el corredor

sin golpear los retratos

provenientes de los siete confines

El aire se recrea con murmullos

salidos de laptops relucientes

El caserón de todos, no sabemos por qué

guarda secretos desde su pétrea hondura

le gusta cambiarse los vestidos

y lavarse la cara de pisadas maléficas

o besarse ella misma las memorias

Algunos días soleados acostumbro

acariciar los prados y dejarme

cobijar por la sombra

de las interminables filas de palmeras

mientras cientos de pies dejan huella impaciente

en los portales, apenas entran y se van

para dejarse caer un día u otro

en su regazo

Me acostumbré a vivir

un poco en su morada

y por instantes en el horizonte

& & &

2 ORIGEN Carmen Cristina Wolf

Eres el sueño de aquél

en quien florecen siempre las palabras

Entre piedras que exudaban templanza,

caíste millares de veces en las playas de todos los océanos

Cuando aún no existía el cántaro ni el día,

se cumplió el ritual de la gota de luz en la penumbra

Sudaste al calor de ríos de lava y al frío de las cavernas

confundida entre hipocampos y corales

enredada en celacantos sin mirada

Las tortugas gigantes llevaban en sus casas

grabadas las señales del que sería mi cuerpo y el de todos

Había un itinerario

en el centro del alma, era fácil sentirlo

casi imposible hallarlo persiguiendo las sombras

Era extravío seguro atarse a los deseos

& & &

3 PROMESA Carmen Cristina Wolf

Traje conmigo algunas piedras de la ciudad perdida

y un puñado de versos sin destino

Respirar lo imposible, no esperar noticias

recrearse en la experiencia de la sed

El oleaje aparenta una conversación con las otras máscaras

Mejor no oír su voz, quebrantaría el inquieto sosiego del mar

Si los sueños dejaran de serlo se perdería el gozo de la promesa

La espera, un eterno comienzo

Miré en celaje el vuelo de tus cabellos a través de la vidriera

Recé para que no fueras tú. Así nunca te poseería del todo

El vuelo del alma no debe caer abatido en la piedra más honda.

El oficio, aguardar

en la ciudad que se abre al horizonte

& & &

4 AUSENCIA Carmen Cristina Wolf

Los minerales permanecían mudos

sus contornos buscaban las formas

– aún no había tonos verdes

El germen de conciencia

se dejaba ceñir por los océanos

Él se acercó, tenía atisbos de aurora en su mirada

mis manos fueron el refugio exacto de sus cabellos

y un temblor de sangre abrasó mis entrañas

Desde entonces –cuando regreso a este mundo

suelo sentir los pasos de su ausencia

& & &

5 MEMORIA Carmen Cristina Wolf

Él nombraba las cosas con sonidos graves y conocí la risa

su porte recordaba el vuelo del albatros y el tornasol del tigre

Íbamos los dos solos intensamente unidos

Desde entonces, asistí innumerables veces a nuestro nacimiento

Alguna vez regresa el esplendor

Espero que regrese su mirada de mineral profundo

& & &

6 INFANCIA Carmen Cristina Wolf

Me encuentro entre los niños que abandonaron pronto los patines

y le fueron infieles a los cuentos por viajar en un tren de compromisos

Osar volver a ser

un corazón de pequeño latido

pasear de nuevo en el carro de los bomberos

Eso haré, si es posible

dibujaré un caballo estremecido de praderas

pintaré líneas de tiza en el garaje

para advertir al auto que detenga sus ruedas

Es el espacio de los pies desnudos

con cientos de caminos y hojas de tonos sepia

& & &

7 AMANTE Carmen Cristina Wolf

No dejes caer la noche sin decírselo

La rosa no se avergüenza de velar

en lucidez al alba

Tu cuerpo suele ser casa soñada

en los días del verano

y aún callas, tontuelo!

Mejor un instante de atrevido sonrojo

a mil versos de sensata palidez

Selección de poemas de Carmen Cristina wolf, escritora venezolana

Abril 2012

Síntesis biográfica de Carmen Cristina Wolf

Poeta, ensayista y editora nacida en Caracas, Venezuela. Abogado con Estudios Superiores en Literatura Hispanoamericana. Obra publicada: En poesía: Canto al Hombre, Cármina editores 1997. Canto al Amor Divino, Cármina Editores 1998; Escribe un poema para mí, Círculo de Escritores de Venezuela 2001; Prisión Abierta, Al Tanto 2002, Colección Las iniciales del tiempo; Atavíos, Editorial El Pez Soluble 2007; Huésped del Amanecer, poemas, Ediciones Universidad Nacional Abierta 2008. La llama incesante, edición del Instituto de Estudios Iberoamericanos de Salamanca 2010; Retorno a la Vida, Ensayo, Cármina Editores; Poesía Femenina y violencia, ponencia publicada en Antología Encuentro Internacional de Escritoras 2008; Acontecer fecundo: Estudio sobre la obra de Luz Machado, publicado por la Asociación de Escritores de Mérida 2008; Aproximación a la obra de Rafael Cadenas, publicado por ConcienciActiva 21.

Actualmente tiene un libro de Ensayos inédito: VIDA Y ESCRITURA. Ha sido publicado en amazon. Contiene textos sobre autores venezolanos e hispanoamericanos.

En dos oportunidades ha presidido el Círculo de Escritores de Venezuela. Obtuvo el Premio al Concurso de Cuentos 2005 de la Librería Mediática. Finalista en el Concurso de la Sociedad de Arte y Literatura con el libro El huésped insomne. Obtuvo la Medalla Internacional de Poesía Vicente Gerbasi.

Su obra aparece en Antología de Poetas Venezolanos de José Antonio Escalona, Universidad de Los Andes 2002.. Quiénes escriben en Venezuela (Conac 2004); El Hilo de la Voz 2004; Antología del Círculo de Escritores de Venezuela 2005; Biblioteca de Venezuela Analítica; Mujeres Venezolanas ante la Crítica de la Asociación de Escritores de Mérida 2008; Antología Octavo Encuentro Internacional de Escritoras, de la Asociación de Escritores de Mérida, 2008; Antología de Versos de Poetisas Venezolanas Editorial Diosa Blanca 2006;

colaboró con el periódico de la cultura PublicARTE, Una muestra de su poesía aparece en el libro La Mujer Rota (Primer Foro Internacional de Poesía); Literalia Editores México 2008; y en las Revistas Circunvalación del Sur, Conciencia Activa 21, Ateneo de Los Teques y otras.

Ha escrito numerosos ensayos, publicados en diarios y revistas nacionales e internacionales. Sobre su obra han escrito: Helena Sassone, Alfredo Pérez Alencart, Alejandro Lasser, María Isabel Novillo, Miguel García Mackle, Edgar Vidaurre, Lidia Salas, Alejo Urdaneta, Eduardo Casanova, Enrique Viloria, Pedro Pablo Paredes, Milagro Haack y Lubio Cardozo. Es Directora de Cármina Editores y actualmente es Directora Ejecutiva del Círculo de Escritores de Venezuela.

Su nuevo Blog: La llama incesante carmencristinawolf.wordpress.com

Comparte esto:

Lidia Salas: Selección de poemas

 

Lidia Salas 2013

Ciudad de azul y vientos

en las memorias del ayer.

De tus ráfagas de arena

caían pájaros en llamas de las horas.

Ahora cuando es irremediable la distancia

la seda de acordeones me devuelve

la belleza desnuda de tus noches.

El arroma de heliotropos humedece

el recuerdo donde alguien con mi cuerpo

atraviesa tus sombras.

¿Cuál destino dilata los secretos

anhelos de la sangre que me trajo

a esta orilla de tu ausencia?

Atrás queda el asombro por la vida,

el grito estremecido de los sueños,

el vino del adiós.

¿Es ilusorio el gesto de alcanzarte

en el poema?

Ciudad de azul y vientos, tu aire

ardía en alas de candela.

          &   &   &  &  &   &

El estropicio

de las gotas resuenan

sobre el zinc de la memoria.

Remota llovizna de la infancia.

Atisbo la alegría elemental

de la niña que fui bajo tus aguas.

Es la misma canción estremecida

por la risa de mi hija, con sus brazos

abiertos, flor que gira bajo la lluvia

ardiente, en el patio de mi madre.

Un día somos y el torrente del tiempo

nos lleva y nos devuelve al verdín de las acequias

a muros carcomidos por la ausencia,

a la humedad de lluvias que continúan

cayendo para siempre, sobre las palabras.

          &   &  &   &   &   &

El tiempo

se deshace en el sepia de las tardes,

en las hojas al viento y en el rastro

de jazmines entre abiertos.

Íngrima soledad de las alcobas.

Ventana donde mamá secaba

cortezas de naranja en espirales

para el té de las tardes.

Casa arrasada por crueles

despedidas. Sus frágiles destellos

se derraman en la melancolía

de las lágrimas.

Junto a la hornilla del corazón

las tintas del achiote tiñen

la antigua melodía. Canción

ajena que hice mía:

No volveré jamás, jamás se vuelve

El sitio de la vuelta es siempre otro”

Del libro de poemas Ciudad de Azul y Vientos, Caracas 2015

Lidia Salas es Magister en Literatura Latinoamericana y en Idiomas, graduada en la Universidad del Atlántico, Colombia; poeta, ensayista y docente, distinguida con varios premios. Miembro de la Junta Directiva del Círculo de Escritores de Venezuela

Comparte esto: