Nada te turbe

Jerónimo Alayón

Tras el fallecimiento de santa Teresa de Jesús en 1582, se halló —encartado en su breviario— un papel con una letrilla de su puño y letra que ha sido dada a conocer como Nada te turbe. Lo que parecía un poema de consuelo escrito por una religiosa afligida es uno de los documentos más densos de la espiritualidad occidental. En tan solo nueve versos de la primera estrofa, Teresa de Jesús condensó un sistema metafísico y una respuesta a la angustia existencial articulada en tres ejes: temporalidad del mundo, inmutabilidad de Dios y suficiencia del sujeto habitado por Dios.

Antes de abordar estas cuestiones, conviene hacer algunas consideraciones de orden filológico a la luz del texto:

Nada te turbe;

nada te espante;

todo se pasa;

Dios no se muda,

la paciencia

todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene,

nada le falta.

Solo Dios basta.

Santa Teresa escribió en una época de transición hacia el barroco, y si bien ello se nota en la construcción estrófica de Nada te turbe, su lenguaje rehúye el ornato culterano. La primera de las diez estrofas (que citamos arriba) no se corresponde con algún tipo estrófico conocido, ni siquiera por aproximación. Las siguientes nueve son seguidillas simples —salvo tres que son variaciones— con mucha inestabilidad acentual, utilizando mayormente los versos dactílicos (con acento en las sílabas 1 y 4), yámbicos (2 y 4) y anapéstico (1, 3 y 6), que modulan rítmica y musicalmente la composición. Se puede observar la tensión entre forma y fondo —clásica del barroco— en la fluctuación métrica de las estrofas II, VI y VII.

Aun cuando la composición ha sido considerada una letrilla, también se la podría categorizar como una glosa por la presencia de un epígrafe (primera estrofa) y un estribillo al final de cada una de las restantes estrofas. El poema comienza con un imperativo apotropaico, esto es, dos prohibiciones que, a manera de fórmula, buscan proteger el alma: «Nada te turbe; / nada te espante». El uso de este recurso establece, de una parte, un soliloquio de la santa con su alma y, de otra parte, un lenguaje performativo que crea la realidad que nombra despejando el campo de batalla de la conciencia para la llegada de lo sagrado.

Temporalidad del mundo. Un siglo antes de la muerte de Teresa, Jorge Manrique había escrito las Coplas por la muerte de su padre (ca. 1480), un memento mori, una de las obras más emblemáticas de la angustia occidental por la muerte en tanto que fin de la vida. Para Teresa, por el contrario, aquella es ocasión para el desapego liberador («Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero», dice en otro poema).

En la estrofa II, Teresa comienza a desarrollar su ontología de la ligereza: «Eleva tu pensamiento, / al cielo sube», pero es en la estrofa IV donde construye el eje que conecta el poema con la futilidad del mundo fenoménico de Manrique (cuyas Coplas gozaban ya de popularidad) y con la gran tradición occidental sobre el tiempo: «¿Ves la gloria del mundo? / Es gloria vana; / nada tiene de estable, / todo se pasa». Es notable la influencia de la copla II de Manrique: «Pues si vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / y acabado, / si juzgamos sabiamente, / daremos lo no venido / por pasado».

El verso «todo se pasa» es la clave del sistema metafísico teresiano. Si todo se pasa, nada de lo que ocurre en el plano fenoménico tiene entidad suficiente para modificar el núcleo del ser. La ontología de la ligereza insinuada por Teresa supone que el mundo es un camino («una noche, la mala posada», dice en sus escritos), y la turbación nace del error cognitivo de otorgar categoría de eternidad a lo que es meramente transitorio. Teresa de Ávila —que dio al poema soporte bíblico— nos recuerda en este verso lo que Jesús dijo a sus discípulos en el monte de los Olivos: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35).

Para el existencialismo sartreano y camusiano, la angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada y el absurdo. Teresa va más allá ofreciendo una salida: la angustia nace del apego a realidades movedizas, pero si todo se pasa, el mundo pierde su poder terrorífico. Por consiguiente, el dolor, la persecución, el fracaso —tanto como el éxito— y la incertidumbre pierden así mismo su peso ontológico en el eco de las palabras de Jesús: «No se turben. Crean en Dios y crean en mí también» (Jn 14, 1).

Inmutabilidad de Dios. Ante la inestabilidad del mundo y la fuerte concepción heraclítea de Occidente, Teresa planta la roca de Parménides: «Dios no se muda». Imposible no sentir en este verso el eco del primer motor inmóvil de Aristóteles, redimensionado en la tercera vía de santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios: «Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro (…). Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En este, todos reconocen a Dios». El genio de Teresa transforma toda esta abstracción teológica en una premisa básica y pragmática: Dios no es un concepto frío y distante, sino un refugio donde podemos guarecernos de lo impredecible.

En un tiempo de crisis multifactorial en el que la Iglesia había sido fracturada por el cisma protestante y la sociedad europea se hallaba asediada por las guerras religiosas y la Inquisición, la afirmación teresiana de que Dios no se muda constituyó una declaración de resistencia espiritual, la certeza de que existe un centro inmutable a pesar de la periferia en ruinas. En el idiolecto teresiano, el término verdad es sinónimo de real, por tanto, en medio del caos de las apariencias y falsedades, Dios es el asidero real. El misticismo platónico de Teresa nos propone ascender de la multiplicidad mudable a la unidad inalterable con Dios.

En este proceso de resistencia espiritual, Teresa propone la paciencia como una hypomoné (‘resistencia, perseverancia’), virtud que permite al paciente esperar en actitud activa —manteniéndose firme bajo presión— con fe, esperanza y constancia, en la seguridad de que lo que espera llegará. En otras palabras, mantener el eje interior alineado con Dios cuando el exterior colapsa. «La paciencia / todo lo alcanza» no significa en la espiritualidad teresiana obtener todo lo deseado, sino conseguir la llave que nos abre a la trascendencia absoluta sincronizándonos con los tiempos de Dios. En la mística de Teresa, la unión con Dios cesa ipso facto la distancia entre el deseo y la realidad porque ambos son uno en Dios.

Suficiencia del sujeto habitado por Dios. «Quien a Dios tiene, / nada le falta». Estos dos versos suponen la kénosis (‘vaciamiento’) que conduce a la plenitud en Dios. La mística teresiana es contundente: quien quiera poseer a Dios debe hacer espacio en su alma desapegándose de lo pasajero para dejarse poseer por Dios. La angustia existencial surge de la carencia producida por el deseo no saciado. Teresa nos propone abandonar la indigencia espiritual uniéndonos a la fuente ontológica más completa, en la que la palabra escasez pierde su sentido. Solo así es posible llegar al verso último: «Solo Dios basta».

En estas tres palabras finales se resume la madurez espiritual de Teresa. El concepto de bastarse nos remite inexorablemente al de autarquía (‘bastarse a sí mismo) de los cínicos y estoicos. Sin embargo, Teresa propone un más allá, avanzar a la tearquía: más que bastarnos a nosotros mismos, se trata de alcanzar la suficiencia en la alteridad unitiva con Dios. Solo Dios basta es la respuesta al vacío existencial que causa la incertidumbre e inestabilidad del mundo, la fórmula que cierra el círculo abierto por el nada te turbe. Si Dios es suficiente, la nada, el absurdo y la angustia no tienen dónde habitar.

El poema que ha comenzado con la nada que niega la angustia termina con el solo que afirma la suficiencia en Dios. Se trata de un juego fascinante por medio del cual Teresa plantea partir de una nada que no es nihilista, sino vacío fértil, silencio fecundo que antecede al Verbo. Mucho tiene que decirnos aún la letrilla de Teresa de Jesús cuando nos ahogamos entre la ansiedad y la dislocación de las grandes certezas. Nos invita a no dejar de mirar el mundo y sus atrocidades, pero alineados con lo absoluto, de manera tal que podamos colocar allí, en medio del horror y la ignominia, un contenido trascendente que otorgue presencia y sentido al caos. Más que solo un poema religioso, Nada te turbe es también un grito de resistencia ontológica que nos recuerda que lo que somos no se encuentra en lo que poseemos o en lo que nos sucede, sino en aquel que permanece cuando todo lo demás ha pasado.

Fuente: El Nacional

CITA CHICAGO:
Alayón, Jerónimo. «Nada te turbe». El Nacional. 9 de enero de 2026. https://is.gd/vYFPef

 

CITA APA:
Alayón, J. (2026, 9 de enero). Nada te turbe. El Nacionalhttps://is.gd/vYFPef

 

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