Escribir desde el símbolo y el misterio
Jerónimo Alayón
Si las puertas de la percepción se purificaran,
todo se le aparecería al hombre tal como es, infinito.
William Blake
El símbolo y el misterio no son adornos del lenguaje, sino su fundamento más profundo. El símbolo es puente entre una realidad explícita y otra oculta. El misterio, por su parte, es el sentido que no se agota en sí mismo, lo que se revela velándose. Escribir desde el símbolo y el misterio implica aceptar que la palabra no es dueña del mundo, sino huésped de lo infinito. El escritor que busca lo trascendente sabe que la realidad no se agota en lo visible. Sabe —como sospechaba Heráclito— que la naturaleza ama ocultarse, y que en ese ocultamiento está la sede de la belleza absoluta.
El acto de escribir se convierte así en una arqueología del espíritu. No se trata de decir lo que se sabe, sino de merodear lo que se ignora hasta que el lenguaje —fatigado de sus propios límites— se quiebra y deja pasar una luz que no le pertenece, la luz del misterio. El símbolo es el prisma que permite intuir esa luz sin quedar ciego.
Quisiera hacer un paréntesis para recordar que el origen etimológico de la palabra símbolo se remonta al griego ???????? (symbolon, ‘señal de reconocimiento’). En la antigüedad clásica griega, un symbolon era un objeto que se partía en dos, de modo que cada una de dos personas guardaba una parte con el fin de encajarlas a futuro como señal de reconocimiento mutuo o de un acuerdo. Por tanto, en cada symbolon habita una esperanza de completarse como signo.
Este, sin duda, es el sentido de toda escritura forjada como y desde el símbolo: el intento de reunir lo que ha sido escindido, el anhelo de zurcir por medio de la palabra el hiato ontológico y metafísico. Sin importar si ha sido mítica o existencial, tras la caída cada hombre se siente ciudadano de la escisión, y el lenguaje cotidiano de la tribu solo consigue profundizar aun más la grieta que separa al sujeto del mundo, lo finito de lo infinito, la psique del cosmos.
Solo el símbolo literario es capaz de salvar el abismo. Más que un puente es el pontifex, el artífice de puentes. El símbolo no solo indica, sino que participa de aquello que significa y deviene en encarnación abriendo la dimensión ontológica de un misterio que preserva. Cuando Rilke invoca al ángel, no está haciendo uso de una simple figura retórica para ornamentar el poema, sino que está convocando el misterio. El símbolo literario es la parte visible de una realidad invisible que reclama completitud.
Cuando el autor escribe desde esta consciencia no busca ser original, sino originario… busca descender a la región del ser donde el symbolon puede ser recompuesto. Escribir simbólicamente es aspirar a que cada objeto del mundo, cada gesto humano, cada caída de hoja y cada ascenso desde el Hades sea la mitad de un mensaje cuyo remitente es el misterio. El texto se convierte así en el topos donde lo finito y lo infinito se tocan, siquiera sea por un instante, antes de que la razón ilustrada vuelva a imponer sus fronteras.
En un mundo empobrecido por la transparencia del dato, el símbolo insurge con su opacidad fecunda, con una densidad ontológica que reta a la razón e invita a pensar. En el seno de su noche aguarda por nosotros la hija de la luz. Cada símbolo es el umbral a lo absoluto que no puede ser reducido ni al cálculo ni a la definición.
El misterio es la patria del símbolo. Poco sabemos ya del misterio en una era desencantada y escéptica como la que vivimos… El misterio es lo numinoso, aquello que —por su naturaleza y excediendo los límites del entendimiento humano— se nos ofrece a la intuición como alimento del espíritu. Si el símbolo es el hacedor de puentes, el misterio es el abismo insondable sobre el que pretende cruzar el símbolo. El misterio no es lo ignoto cognoscible, sino aquello que jamás será domesticado por la razón. Es la sombra que hace posible la revelación de la luz.
Escribir desde el misterio es escribir desde la conciencia del límite y de cierta insuficiencia del lenguaje. Cuando la palabra se enfrenta al misterio, acaba bordeando el abismo de lo imposible y, paradójicamente, termina diciendo mucho más de lo dicho. No hay rivalidad entre el misterio y el sentido profundo de las palabras, sino completitud, symbolon. Sin misterio, el lenguaje deviene en simple técnica, un instrumento superficial para rasguñar el alma del mundo, pero sin dejar, a fin de cuentas, nada escrito en ella.
Escribir desde el misterio también es aceptar cierta condición de orfandad ante su majestad. Es saberse ante la zarza ardiente sin pretender apagarla con sesudas disquisiciones de la razón ilustrada. Buena parte de la literatura contemporánea está obsesionada con la transparencia, y los lectores demandan textos que no opongan resistencia a ser consumidos con facilidad, textos fáciles de entender. La belleza difícil y plena, sin embargo, esa a la que aspiraba Hölderlin en el Hiperión, esa que «abre el cielo de la perfección ante el amor anhelante», siempre es terrible al comienzo porque nos desinstala de la comodidad.
Quien escribe desde el misterio es inefablemente guardián de la sombra que protege lo arcano. Su palabra densa enfrenta el vértigo de nombrar lo esencial, y a cada paso teme la banalidad. Sabe, en el fondo, que trata con entidades sin cuerpo: las ideas. En este sentido, el símbolo rima con la realidad intangible, es el rayo sublime que hiende la oscuridad y por un instante revela el lugar exacto de cada cosa oculta en el mundo. Cada símbolo nos inicia en un misterio.
Escribir desde el símbolo y el misterio es, en definitiva, un combate con el ángel que —como a Jacob— nos dejará heridos, bendecidos y renombrados. Esa herida es el estilo. El estilo de quien escribe desde el misterio y el símbolo no es una pose ni una superficial elección estética: es la cicatriz de su encuentro con lo inefable.
Por ello escribir es morir indeclinablemente. Escribir así cuesta la vida. No hay modo de transitar incólume la senda del símbolo hacia el misterio. Escribir así supone una contemplación tan intensa del mundo que los objetos comienzan a desatar sus límites y a liberar su alma, que el lenguaje se descoyunta con tal potencia que vierte su sangre antigua y se hace sensible al lenguaje de las cosas mudas y… sin embargo, siempre nos parecerá insuficiente el lenguaje para girarnos al mundo y señalar, en medio de la luz más alta, la palabra, la única, justo aquella que aún no ha sido soñada por ninguna pluma y que escapa a toda posibilidad se ser aprehendida por la razón.
Jerónimo Alayón es Lingüista y Filólogo. Profesor e investigador de la Unidad Docente de Lengua Española, adscrito desde 1994 al Departamento de Enseñanzas Generales de la Universidad Central de Venezuela. Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela.
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