Harry Almela: Silva en las desventuras de la zona sórdida

La mesa del editor recibe el último poemario del escritor venezolano Harry Almela, un libro que será objeto de análisis y ensayos de los críticos, por la profundidad metafísica, la ironía y desparpajo para poetizar sobre lo cotidiano, calles, pueblos, ciudades. Resulta desgarrador asomarse al alma del poeta que afronta descarnadamente la soledad, el vacío, el insomnio, el miedo y la muerte. Luce sensual su acercamiento al mundo femenino. Aterradores» son algunos versos sobre la indigencia humana, las guerras, las injusticias.

Los lectores sentirán el vértigo de quien se lanza en parapente y un inmenso placer al encontrarse con las páginas de SILVA EN LAS DESVENTURAS DE LA ZONA SÓRDIDA, de Harry Almela, que nos azota el rostro con lo más doloroso de la condición humana y, al mismo tiempo, nos deja ver, muy allá en el fondo, un aroma mínimo de alma de muchacho que añora los días de su infancia “Si vas a salir a comprar algo, / por favor, acércate al mercado./ Y dile a Alberto que me mande/ una vela y una caja de fósforos./ Hace tiempo, me aseguraste/ que Mambrú se había ido a la guerra/ y que algún día regresaría/ en su urna de cristal./ Todavía Mambrú no regresa/ entre nosotros, madre.” (Poema sin paisaje)

El libro ha sido editado por La cámara escrita en octubre de 2011. Almela nació en Caracas en 1953. Ha publicado, entre otros, los siguientes poemarios: Cantigas (1990), Muro en lo blanco (Caracas, 1991), El terco amor (1996), Los trabajos y las noches (Maracay, 1998), Cuaderno de bitácora. Antología 1983 ?2001 (Nueva York, 2001), La patria forajida (Caracas, 2006), Instrucciones para armar el meccano (Caracas, 2006) y El dulce mal, Antología de Poesía Amorosa de Venezuela (Caracas, 2008). Ensayista y crítico, sus trabajos han sido recogidos en diversas publicaciones tanto nacionales como extranjeras. Su obra ha obtenido reconocimientos, entre ellos el Premio del Concurso de Cuentos
del diario El Nacional (1991) y el Premio Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra, mención poesía (Valencia, 1994). El autor deja constancia de su agradecimiento a la Fundación Guggenheim, por su apoyo durante la escritura de este libro.

A continuación, una selección de tres poemas:

CARTA DE INTENCIÓN:
“No me salves de nada, poesía.
Abandóname desnudo a la intemperie.

No me concedas claridad. No me interrogues.

Voy sobre la cuerda inestalble de mi equilibrio
y estoy al tanto de lo que me espera.

Niégame página en blanco donde puedan retozar
los tibios conejos de mi infancia.

No me aturdas cuando llegue la noche.
Quiero vivir en paz en esta selva húmeda
sin claros ni caminos.

No me consueles cuando vengo de regreso,
ocúltame palabras para decir hastío.

Permíteme vivir mi carne como si fuera mía
y déjame ser el ángel caído de mi cielo.

Sé de los lagares donde enseñas
a pisar las uvas de la ausencia.

Conozco la sílaba informe de mi tiempo.

Concédeme ser la sed en mi diluvio.”

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JUEGO DE DAMAS

“El día en que al fin
Adelita se fue con otro,
yo estaba ocupado en el oficio
de perder el tiempo.

El día que Ana María se fue
buscando el Sol en la playa,
yo escribía sin apuros
intentando acomodar la casa

del futuro y del pasado.

Hembras inteligentes
que siempre cavilaron acerca del nido
mientras yo cazaba sombras en la noche,
en el libro infinito.

Damas de ruido y de silencio
que no supieron entender
lo inútil.

Ahora veo sus espaldas, a lo lejos,
y comprendo todo.

Al final, se comprende todo.”

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EL PASTOR DE CATERPILLAR

“Cuando niño, hace ya varios siglos,
tenía una colección de tractores Caterpillar.

Negros y amarillos, exactos,
cumplían a cabalidad su cometido:
apilar, juntar, acomodar, transportar.

¿Quién diría, con el curso de los años,
que iba a tropezarme con estos de ahora,
rozagantes, sonreídos, exactos en su estupidez?

Ahora apilan, juntan, acomodan y transportan
cadáveres más allá de Austerlitz y Waterloo
(el poeta solo cantaba a la hierba).

Soldaditos de plomo
conducen ahora los tractores.

Cada uno, a su manera, debe pasear
en público sus torpes lealtades.

No deben quedar dudas
acerca de sus pensamientos.

Hay que bailar la danza macabra,
bajo pena de quedarse afuera.

A veces da lástima el pastor,
tratando de apaciguarlos.

Que no sean tan públicos,
amenazantes y notorios.

Pero han de seguir,
negros, amarillos y exactos,
apilando, juntando, acomodando, transportando.

Jugando a su sueño febril.

En verdad, ya no me preocupa tanto el pastor.

Me aterran más los caterpillars.”

Carmen Cristina Wolf
@literaturayvida

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